Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Novena parte, centésima decimoctava historia.

¡¿Qué me intentaba decir aquella musculosa mujer, la madre de Nabila!? Sus palabras me dejaron pensando durante días, llenándome de todo tipo de suposiciones, cada vez absurdas. Pero creo, en lo más profundo de mi ser, que esto tenía relación con mis padres, aunque no paré de negarlo y pensar de forma lógica que aquella corazonada no estaba en lo cierto. Y ahora que lo pienso, me lo dejó muy fácil y podría haber dado con la respuesta en un cerrar de ojos, pero eso significaría asimilar que iban a venir tiempos muy moviditos para nosotras dos. Y la tormenta finalmente vino, en un día laboral normal y corriente, ya en mediados de Abril.

— Gracias por todo, Grace, si no fuera por tu trabajo extra no hubiéramos terminado el papeleo tan pronto. — Me dijo Ekaterina, cuando finalizamos la jornada de aquel día.

— Siempre te digo que no es necesario que me des las gracias, me gusta terminar cuanto antes el trabajo, sobre todo cuando estamos en una época tan ajetreada. — Además era una buena excusa para no volver a mi casa tan temprano. Cuando más tarde, mejor.

— Espero que en el verano no haya tantas cosas que hacer, todo esto es un rollo…— Protestó la hermana pequeña de Ekaterina, bastante cansada, aún cuando ella apenas hizo nada de trabajo.

Por desgracia para ella, la Hermandad Sumovov no descansa nunca, si no estamos extraviadas dando ayuda a otras asociaciones y ayudar a los más necesitados, creamos actividades extraescolares para el verano. Así que en vez de asistir, debíamos decirle que se preparase, porque iba a sufrir de lo lindo en esa época del año.

A continuación, llamamos a nuestras subordinadas más cercanas y les hablamos de lo que debían que hacer y las actividades que nuestra querida hermandad iba a adoptar y cientos de cosas que no me pondré a explicar. Con esto hecho, ya no había nada más que hacer.

— Por cierto, ¡¿cómo le va a esa idiota!? — Entonces, Natáshenka me preguntó esto. Era obvio a quién se refería, aunque esa forma no era la más correcta. Me molesto bastante que le dijera eso, a pesar de que muchas veces he pensado que ella es idiota. Me sienta mal pensar así de mi propia hermana, pero es que hace cosas muy estúpidas.

— No le digas así, es su hermana. — Y a Ekaterina tampoco le gustó, la regañó. Su hermanita le replicó que era cierto y yo añadí: — Tu hermana tiene razón, deberías decir su nombre en vez de insultarla de esa manera. —

Tuvo que pedir perdón a la fuerza, en vez de insistir en que ella tenía razón. Luego, yo le dijo esto: — Bueno, todo le va bien. Está obsesionada un poco con eso de que quiere ser estrella del rock y está descuidando sus estudios, pero, además de esto nada más. —

— Pues recuérdale a esa que yo soy la mejor hermana pequeña. — Lo dijo con mucha seguridad y orgullo. Aún sigue con esa estúpida rivalidad.

— ¡¿Y cómo te va a ti, Grace!? ¡¿Alguna novedad en tu casa!? — Luego, Ekaterina me preguntó esto.

— Por ahora, todo sigue igual de siempre. — No había cambiado nada en estos últimos meses, seguía siendo el mismo lugar deprimente y solitario que no deseaba volver.

Lo que no sabía es que aquel mismo día iba a recibir una desagradable sorpresa al entrar en la casa.

Tras despedirme de ellas y vagar un poco por las calles de la ciudad para retrasar mi inevitable vuelta a casa, tuve que pasar por la puerta a las nueve y algo de la noche, sin saber que me encontraría con algo mucho peor que aquel silencio de ultratumba. Al pasar por la entrada y por la cocina, sin que yo lo pudiera sospechar, escuché estas palabras, expulsadas por un tono de voz muy poco agradables:

— ¿¡Podemos hablar, Grace!? —

Yo giré la cabeza hacia atrás y la vi a ella, a mi madre; mirándome con una cara de pocos amigos, mientras ésta se apoyaba sobre la nevera de la cocina entre la oscuridad. Me quedé cuadrada, era la primera vez en años que esta mujer me había hablado. Podría decirse que fue un milagro, pero, al ver esa mirada llena de seriedad y de odio, supe que era más una desgracia que otra cosa. Me tragué mi saliva y me preparé mentalmente, intentando controlar mis emociones al máximo y mostrarse serena y tranquila, pero seria.

— ¿¡Qué quieres, madre!? — Eso le dije, sin nada de dulzura, con toda la seriedad del mundo. Ésta expulsó un molesto quejido, como si oír eso le daba arcadas, mientras arqueaba las cejas más de lo que estaban.

— ¡Qué sea la última vez que me menciones con ese nombre! — Estuvo a punto de gritarlo, pero se contuvo. Aún así, parecía que no tenía derecho a recordarle de qué útero salí. — En fin, me he estado preguntando con quién tú has estado saliendo estas últimas semanas. — Esto me empezaba a irritar.

— ¿¡Por qué te preocupas de eso a estas alturas!? Te diré que no he estado con nadie peligroso últimamente, eso es todo. — Y con esto dicho, pensaba finalizar la conversación y volver a mi cuarto a la velocidad de la luz.

— ¿¡Peligroso!? No será para ti, pero para mí lo es, y mucho. — Entonces, se sobresaltó, elevando su tono de voz, como si estuviera hablando con una escoria que no tenía derecho a replicarla.

— ¡¿Qué intentas decir!? — Con rabia y odio, le pregunté esto, incapaz de entender muy bien a lo que ella quería decirme.

— Jane Furneaux, ¡¿ese es su nombre, no!? — Y otra me quedé de piedra, mientras observaba como ponía un gesto de repulsa al recordarlo. Apreté el puño, me costaba tolerar esa fea actitud que tenía hacia mi hermana.

Aparte de eso, jamás creía que le iba a sentar tan mal el hecho de que yo estuviera con mi media hermana, parecía que ésta iba a estallar como un maldito volcán. Tenía la corazonada que no le iba a gustar, pero creía que lo iba a ignorar así sin más y no me diría nada.

— ¡¿Y ocurre algo malo!? — De todos modos, ya no podría volver atrás, tenía que plantarle la cara a esa mujer. — Me gusta estar con esa chica y creo que exageras un poco si crees que ella te es peligrosa. Estás muy equivocada. —

La tensión que había entre nosotras era tan impresionante, que se podría cortar el aire con un cuchillo. Nosotras nos mirábamos, cara a cara, con unos rostros que daban muchísimo miedo, parecía que de un momento para otro nos íbamos a golpear hasta la muerte. Y creo que faltaba poco para eso. Ella tardó un poco en contestarme,

— ¡Traidora, eres una puta traidora, eso es lo que eres! ¡Esa niña es parte del enemigo! ¡Estás con el enemigo! ¡Seguro que le has ayudado a darles información de nuestra empresa, traicionándonos! —

— ¡¿Qué!? — No me lo podría creer. — ¡¿Qué soy una traidora!? — Esa mujer estaba como un cencerro, su cerebro no le funcionaba bien.

Y empezó a repetir a gritos una y otra vez que yo era una traidora a su empresa y a ella.

— Yo no tengo ningún interés en atentar contra tu empresa, que no es la mía, sino la tuya. ¿¡Qué enemigo ni qué leches!? ¡¿Qué coño te crees, en la guerra o qué!? —

— En el mundo empresarial, estúpida. Es la supervivencia del más apto, el más fuerte. Toda empresa es el enemigo a abatir o a dominar. Si no comes a tu competencia, te comerán a ti. —

¡¿Pero qué visión del mundo tan retorcido tenía mi madre!? ¿¡De dónde ha llegado a tales conclusiones tan horribles, propias de un darwinismo social de principios del siglo XX!? Me quedé espantada, era la primera vez que oía su opinión sobre algo y me arrepentí mucho de haberlo sabido.

— ¡¿Y qué tiene Jane con todo esto!? ¡Ella ni siquiera trabaja, es absurdo que la consideres enemigo! —

— Es la hija de ese maldito cabrón, tu padre. — Eso no lo podría negar, la verdad. — El mismo desgraciado que me engañó, me usó para espiar a mi empresa, y luego me abandonó con un incordio; el maldito capullo que hace todo lo posible para quedarse con todo el petróleo. —

Y ahí es cuando comprendí aquella maldita indirecta que me dejó la madre de Nabila.

— Esa mujer está viendo como su empresa está perdiendo y hace todo lo posible por vencer a su rival, en el cual también trabaja alguien con otro apellido que me suena. —

Aquella frase no dejaba de repetirse en mi pobrecita cabeza, mientras me preguntaban muy molesta por qué no me di cuenta de esto o, por lo menos, se hubiera dignado a decirlo de forma directa. Aunque, la verdad es que su repetición duró poco, porque me centré en una palabra que mi madre dijo, “incordio”.

— Vaya, vaya, así que soy un incordio…— Una enorme rabia me estaba comiendo, tenía ganas de llorar y de gritar, además de romperla la cara a aquella mujer. — ¡Bueno, era de esperar! — Reí con una gran amargura. Intenté mentalizarme, controlar mis emociones, porque ya sabía que para ella yo no era nada, me despreciaba y me trataba como un mueble.

No era lógico que me destrozara saber eso, pero aún así me sentía desolaba, cientos de sentimientos negativos me obligaban que los liberase, mientras luchaba por mantenerme fría y racional, en las mejores condiciones para poder enfrentarme a esta mujer con inteligencia.

Pero no podría, me era imposible. Iba a explotar, de un momento para otro. Todo lo que había almacenado durante años, ya sea la soledad, el abandono o el no ser querida y amada,… En fin, tenía que salir, era inevitable.

— Pues claro que lo eres, solo eso. — Lo dijo con sinceridad y un rencor pasmoso. — Tú siempre fuiste un incordio que me impidió llegar hasta lo más alto de mi empresa, a ser la reina de todo. Un poder único, que puede doblegar países enteros cortándoles el flujo de esa sangre negra, se me arrebató por un regalo envenenado que me dejó ese capullo, ¡tú y solamente tú! —

¡¿Un incordio?! ¡¿Un regalo envenenado!? ¿¡Eso es todo lo que soy yo para ella!? Esas palabras no fueron cuchillos para mí, sino estacas, largas y afiladas, que me atravesaron y me dejaron como un verdadero colador. Ya no pudo controlar, estallé:

— ¡¿Y tú eres una madre, en serio!? ¡¿En serio, yo salí de tu puñetero y podrido útero!? ¡¿No tienes ni una pizca de amor por la persona que trajiste al mundo o eres un monstruo!? ¡No, incluso los monstruos pueden amar a sus hijos! ¡Ojalá tu querida empresa se hunda en la bancarrota y te pudras en la cárcel por corrupción!  ¡Púdrete en el infierno, monstruo! —

Entres risas ahogadas, llorando a mares, gritaba esto con toda intensidad que podría y sacando toda la rabia y el odio que había acumulado por años. Me faltaba poco para ir hacia ella y destrozarla a golpes, pero parecía que, a pesar de haber estallado, podría controlar mis intenciones violentas.

Me preguntaba por qué me tuvo que tocar ella, por qué de todas las cientos de madres que aman a sus hijos y lo defenderían a dientes de cualquiera que les haría daño, me caí en los brazos de alguien así.

— ¡¿Y así me agradeces, después de haberte dejado vivir en esta casa e incluso haberte dado un futuro!? — Y siguió hablando, la muy maldita no quería cerrar la boca— Si fuera por mí, podría haberte abortado o haberte mandado al orfanato a patadas, pero fui amable contigo, demasiado…—

Y lanzó un quejido de molestia, antes de añadir: — Tienes una deuda que salvar. — ¡¿Agradecerle, en serio!? ¡¿Qué se creía esta mujer!? ¡¿Qué le tengo que pagar hasta el último centavo por haber estado en su útero y por mantenerme!?

Esas palabras solo me provocaron más ardor y rabia.

— ¡Ni una mierda voy a hacer eso! ¡No voy a pagar por una persona que ni siquiera se atrevió a estar a mi lado y amarme! ¡Ni aunque fuera así, nadie con cabeza pediría algo tan estúpido a sus hijos! —

Me estaba quedando afónica con tantos gritos y parecía que casi me iba a dar un ataque de nervios. Para evitar golpear su cara u otras partes de su cuerpo, empezó golpear la mesa sin parar hasta sangrar.

— ¡¿Y por qué crees que te di buena educación y un techo dónde vivir!? Pues para prepararte para que pagues tu deuda, trabajar para mi empresa y para mí, ¡¿lo entiendes!? —

Ya entendí entonces, solo me quería para que fuera un trabajador más de su puñetera empresa y usarme para manipular todo lo que había dentro de ella y seguir subiendo por la cima, a costa de mí. Esa era mi deuda por existir, por haberla entorpecido.

— ¡Jamás pensé que fueras tan horrible…!— Reí de nuevo, para añadir en voz baja: — Eres una basura…—  Luego, cogí mi monedero, que tenía las tarjetas de crédito y demás cosas, y los empecé a patear con mis pies varias veces. — ¡Qué se fastidie todo tu puto dinero y tu educación! ¡Lo mando todo a la mierda! —

— ¡Pues, entonces, bien! ¡Te quedas sin todo eso! ¡No habrá escuela rica para ti, ni dinero, ni hogar al que pertenecer! ¡Te dejaré sin nada, puñetera cría! ¡Ya no seré amable con un incordio, pagarás tu deuda como sea, incluso vendiendo tus propios órganos! —

Y lo dijo sin despeinarse, sin ningún ápice de arrepentimiento o de sonrojo, y me pareció bien. Prefería vivir en la calle, antes que con alguien que me veía como un regalo envenenado.

— ¡Ni en broma te pagaré esa supuesta deuda! ¡Pero si me iré, abandonaré este asqueroso lugar! ¡Hasta nunca, monstruo! —

Eso le dije con todo mi desprecio y rencor a esa mujer que no se merece ser llamada “madre”, antes de dirigirme hacia la puerta de la calle y cerrarla de golpe, darle unas patadas por si acaso. Desde dentro, se la escuchaba gritar, amenazándome con hacer todo lo posible para sacarme hasta la última gota, como si yo fuera un marido divorciado o algo parecido. Lo único que hice fue salir corriendo como alma que llevara el diablo hacia afuera del edificio e irme lo más lejos que podría de ella, mientras aún soltaba gritos ahogados y me salían lagrima a montones.

No sé cuánto tiempo estuve, pero corrí un montón. Recorrí de un extremo a otro al barrio y cuando me di cuenta ya estaba a pocos metros de la línea de ferrocarril que atravesaba por la mitad a Springfield.

Incapaz de pensar en algo, empecé a deambular como si fuera un fantasma por las calles, algunas solitarias y otras llenas de gente que vivía con mucha intensidad la vida nocturna. Todos pasaban de largo e ignoraba aquella cara destrozada por la verdad, aún más dura y horrible de lo que creía. En este caso, tampoco supe cuánto tiempo estuve así, pero creo que atravesé el centro y luego volví hacia al sur, terminando en el parque que estaba cerca de Mao. Me senté en un banco y empecé a mentalizarme.

Ahora ya no tenía nada, ni una casa a dónde volver, ni dinero, ni nada de nada; lo había perdido todo, porque conociéndola, sabía que me lo quitaría todo lo más rápido que podría. Seguro que ahora estará muy feliz de que me haya quitado de encima, no sentirá lástima por mí, para eso debería tener un corazón, que parece que no lo tiene. Mejor, soy un incordio, un regalo envenenado; estar en ese hogar solo me angustiaba y me hundía en la más absoluta soledad. Estar sola antes es mejor que mal acompañada, como diría el refrán más o menos.

Aún cuando me intenté animar con esas palabras, yo no sabría qué hacer y seguía destrozaba. Aunque empecé a sentir una especie de alivio y paz, estaba desolada y quería gritar hasta quedar afónica, que me quedaba poco para eso. No tenía ni idea de a quién acudir, no quería presentarme de golpe y pedirles que me dejaran dormir en su casa. No quería que ni mi hermana Jane, ni mi amiga Ekaterina, ni Mao, me vieran de esta forma, me moriría de la vergüenza. Así que me puse a pensar en dónde podría ir yo, buscando en mis recuerdo algún albergue o algo parecido para personas sin techo que haya conocido la hermandad para poder dormir ahí.

Entonces, me di cuenta de que estaba cerca de la casa de Mao y temerosa de que algunas de sus chicas me vieran en este lamentable estado, me dirigí hacia al centro de la ciudad de nuevo, recordando la posición de un lugar que me podría servir.

El camino se me volvió tan largo que me harté y terminé en otro parque, mucho más pequeño, que se situaba en medio. Me tiré en el banco y me acosté, mientras me hacía toda bolita para no perder calor, ya que hacía mucho frío, a pesar de que Abril. Y entonces mi maldito cerebro provocó que recordará, palabra por palabra, todo lo que ocurrió aquella noche y luego toda mi vida, sobre todo la soledad y el abandono que había sufrido.

Y lo peor es que hacía rato que había parado de llorar y pensar todo eso solo me hizo llenar los ojos de lágrimas y lloriquear intensamente.

¡Qué patético, ¿verdad?! No puedo negar que era muy lamentable e irónico, ya que siempre me molestaban con ser la viva imagen de un burócrata y ahora que estaba llorando como nunca, no deseaba ser vista por cualquier conocido, desearía que me tragara la tierra. Supongo que es normal que no quieres que los demás te vean en los momentos más deplorables, es algo muy humano.

Mientras me hundía en mi miseria, empecé a darme cuenta de que era la primera vez que me había peleado con mi madre, la única vez en que pudo mostrar lo que había en aquella indiferencia que tuvo conmigo durante toda mi existencia. Eso me hizo mucha gracia, al final, detrás de eso solo había odio y rencor, hacia mí. E incluso puede ser comprensible que me odiaría, porque fue producto de aquel hombre que la traicionó, de esa otra persona que tampoco ser merecer ser llamado padre. Seguro que mi rostro le recordaba el daño que le hizo y lo único que hizo para controlar su ira fue ocultarlo. Para no llorar, aunque en este caso era para parar de soltar lágrimas, aunque era en vano; reí con amargura y de forma forzosa.

Entonces, sin que me diera cuenta, alguien se acercó a mí y se quedó observándome durante unos segundos, para luego soltar mi nombre:

— ¿¡Grace Cock, qué haces aquí!? — Reconocí enseguida quién, solo una persona puede caer en la misma piedra dos veces, o en este caso deletrear mi apellido mal. Me levanté y dije con mucho desánimo:

— Grace Cook, se deletrea C-O-O-K, ¿¡entendido!? —

Lo que menos quería en estos momentos yo es que un conocido me viese en estas condiciones y tuvo que suceder. Deseaba morirme de la vergüenza, maldiciendo el hecho de que la friki, Candy, me hubiera encontrado.

— Perdón, perdón. — Rió un poco avergonzada. Luego, se le esfumo la risa de la cara y preguntó: — ¡¿Pero qué te ha pasado!? —

— ¡No es nad…! — Añadí, intentando fingir normalidad, pero sin que yo lo esperase cogió mi cara con sus frías manos.

— ¡Pues claro que no es nada! — Luego, acercó demasiado su cara hacia la mía y se quedó mirando durante unos segundos. Con una increíble seriedad que no me esperaba ver de ella, añadió esto: — ¡Te ha pasado algo horrible, se te ve en la cara! — Y con esto dicho, me levantó de la mano y del banco, y empezó a arrastrarme.

— ¡¿Qué haces!? — Preguntaba muy sorprendida, mientras veía me llevaba a rastras.

— ¡Te llevaré a mi casa y allí me explicarás todo lo sucedido! —

Quise detenerla y decirle que no hacía falta, pero no lo hice. No estaba bien, ni fuerzas tenían para contradecirla; y aunque una parte de mí me pedía estar sola, otra pedía desesperadamente que alguien me escuchara; además del hecho de que necesitaba estar en un techo para poder dormir.

FIN DE LA NOVENA PARTE

 

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