Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Décima parte, Centésima decimoctava historia.

Tras llegar a su apartamento, quitó la ropa sucia que tenía sobre el sofá para que me sentara. Puso la tele, a pesar de que lo menos que yo quería en estos momentos era verlo, aunque ni me esforcé a protestar; mientras se iba a su cuarto a buscar algo, que era una manta bastante suave y calentita. Me la puso encima y luego me preguntó esto:

— ¿¡Quieres un vaso de leche de soja calentita!? — Me sorprendió un poco que tuviera tal cosa, era propicio para gente como yo, que no puede tolerar productos lácteos, aunque tengo que reconocer que no me gustaba nada.

Con la mirada pérdida, solo moví la cabeza de forma negativa, no deseaba comer nada. Se le veía en la cara que quería insistir, pero no dijo nada más, parecía que no deseaba presionarme. Me veía con muchísima pena, hasta daba la impresión de que iba a ponerse a llorar de un momento para otro solo por observarme, como si le destrozara el corazón verme así; ¡¿tan mal me veía o qué!? No puedo negar que estaba destrozaba y desolada, ni era incapaz de forzar mi rostro para parecer fría y seria.

— En fin, ¡¿quieres hablar!? — Entonces, decidió preguntármelo. — ¿¡Qué te ha pasado!? — Me tardé bastante en responder, dudando si hacerlo o no, porque no estaba preparada para decirlo.

Al ver que no respondía, ella me empezó a inspeccionar la ropa, como si buscara alguna señal de rasgaduras, y volvió a mirar mi cara y observó mis brazos, de forma muy detallada, buscando señales de heridas o de golpes. Yo apenas me resistí, aunque me molestaba bastante que lo hiciera.

— Parece que no te han hecho eso…— Eso decía muy dudosa, después de finalizar. Me di cuenta enseguida a qué se estaba refiriendo y me dejó muy boquiabierta, confirmándome que me veía tan horrible que hice pensar a alguien que fui víctima de una violación. Ni aún así, a pesar de mi molestia al saber que ella llegó a creer que me pasó algo tan desagradable y fuerte, ni le repliqué. Ni ganas de hablar tenía, solo deseaba desconectar de todo y olvidar lo que me había ocurrido.

— Lo siento, no tengo ganas de hablar…— Me costó muchísimo poder decírselo, al ver que iba a intentar a interrogarme. Ella intentó insistir, pero yo añadí de forma tajante: — Tal vez, mañana…—

Ni estaba segura de que pudiera ser capaz de explicarle todo mañana, aún así lo dije.

— Entendido, esperare hasta mañana. — Se le notaba en su rostro una especie de resignación y de enorme preocupación hacia mí. Luego, dijo algo: — Si quieres puedes usar mi cama. —

Solo moví la cabeza de forma negativa, de nuevo, para dejarla claro que no me iba a mover del sofá. Me daba mucha cosa que Candy me ofreciera la cama en estas condiciones, ya había hecho demasiado por mí. Le quise dar las gracias, pero no me dio tiempo, ya que, con la velocidad de un rayo, ella se durmió y me dejó despierta.

En fin, a pesar de que no quería verlo, me puse a observar la televisión sin prestar alguna atención a lo que se veía en la pantalla, intentaba entretener mi cabeza de mis desdichas; mientras me acurrucaba en el sofá.

Y en esa posición me quedé dormida, aunque tardé lo mío en hacerlo. De todos modos, apenas descansé, las pesadillas me hacían levantarme una y otra vez. Fue bastante horrible, a pesar de que yo no recordaba ninguna, aunque supongo que deben estar relacionadas con mi discusión con mi madre. Al final, la mañana llegó.

— ¡Oh, mierda! — Y así inicié el día, siendo despertada por estas palabras, más los ruidos que provocaban las caídas. — ¡Ay, qué daño! ¡Maldita caja, casi me golpeo la cabeza contra la pared por su culpa! —

Si el bullicio de la ciudad y el ruido de la televisión, que siguió encendida, no pudieron levantarme, fueron los gritos de Candy los que hicieron el trabajo.

Refunfuñando, abría mis ojos poquito a poco, mientras comprobaba como todo mi cuerpo me dolía por culpa de haberme quedado dormida en una posición tan incómoda. Lo primero que vi era la televisión y las cajas que aún lo rodeaban, recordando que no estaba durmiendo en mi casa, algo que me hizo dar un suspiro de alivio, por una parte. Ya no estaba en aquel lugar que solo me hacía sentir que estaba atrapada en la más completa soledad. Entonces, sin que me diera tiempo a recordar que estaba en el hogar de Candy, ésta se dio cuenta de que ya me había despertado:

— ¡Ah, perdón! ¡Es que todo está por medio y me he caído! ¡No era mi intención despertarte! — Me decía esto mientras juntaba sus manos en señal de que la perdonase y mostraba un rostro exageradamente arrepentido.

— ¡No pasa nada…! — Intenté forzar una sonrisa, pero sentí que me mostraba más miserable de lo que era. — En algún momento, tenía que despertar. — Por desgracia para mi yo de aquel entonces.

Con dificultad, me levanté del sofá y yo empecé a estirar un poco mis músculos, con la clara intención de aliviar mi dolor y mi aturdimiento. Luego, miré con mucha desgana el departamento y comenté:

— Pero lo que deberías hacer de una buena vez es quitar todas esas cajas del departamento. —

Menos mal que ella se lo tomó bien, no era mi intención decirlo en voz baja. Me sentí bastante mal, porque  me había un techo en dónde poder dormir, por lo menos en aquella noche. Candy reía nerviosamente, mientras me daba la razón.

— No era mi intención criticar…— Le decía a continuación, después de suspirar fuertemente. — En fin, como prometí, te lo contaré, creo que ya estoy preparada para hacerlo. — No tenía más remedio, después de todo.

Pero antes, ella decidió hacer el desayuno para las dos, algo que le costó mucho hacer, a pesar de que solo preparó unas simples tostadas con crema de cacahuete y zumos de arándanos sacados del supermercado. No le salió muy mal, pero creo que lo mejor era haber ido a un bar o un restaurante a tomar algo en vez de hacerlo nosotras mismas, porque creo que ambas somos unas negadas para la cocina.

Y bueno, era obvio que el mejor momento para contar mis penas era durante comíamos:

— Ya veo, debías de haberlo pasado fatal…— Concluyó Candy, que se quedó muy entristecida, al escuchar mi historia. — Lo siento, jamás me imaginé que podrías tener una vida familiar muy complicada. — Ella no sabía muy bien que decir, se le veía en el rostro mientras buscaba frases que podrían ayudarme a animarme.

— Tan complicada no es. Ella me odia y solo me dejó viviendo a su lado para prepararme a pagar el hecho de haber nacido de su vientre. —

Añadí, intentando atenuar mi propia situación. No quería montar un drama por esto, porque esta era una verdad que ya sabía desde siempre, aunque intentaba ignorarlo y hacer como si no fuera mi asunto.

— Tal vez, en lo más fondo de su corazón, ella te quiere. No debes sentirte tan despachada, seguro que ahora tu madre se siente muy mal por dejarte marchar y desea pedirte perdón por todo lo que te dijo. —

Aquel intento de ánimo fue contraproducente, me enfureció muchísimo. Di un fuerte golpe contra la mesa, mientras le gritaba como un ogro:

— ¡No me hagas reír! ¡Jamás me mostró cariño alguno, ni algún gesto que se podría interpretar de esa forma! ¡Lo más cercano a eso que he tenido ha sido su puta indiferencia, la única cosa que le evitaba mostrarme que me odiaba! ¡¿Crees que ahora lo hará!? ¡Esa capulla nunca me ha visto como su hija, es la pura verdad! ¡Y lo ha demostrado todo este maldito tiempo, no hay ninguna duda! —

Candy no dijo nada, solo estaba temblando, sorprendida por aquella actitud tan violenta de mi parte. Yo, al darme cuenta de que me había alterado con tal facilidad, que había perdido mi cautela habitual; añadí muy arrepentida:

— Perdón, aún me altera esto…— Y escondí la cabeza entre mis brazos, mientras me preguntaba qué me había pasado.

Era normal que Candy dijera eso, intentaba darme esperanzas y lo hacía con buena intención, no tenía que gritarle. Era algo que yo pensaba hace tiempo, esperando que, aunque fuera algo pequeñito, ella me quería o se hubiera encariñado conmigo al menos. Pero ya no había dudas, confirmé que me había engañado a mí misma y no voy a caer de nuevo, ya los perdí hace muchísimo. Esta es la verdad, mi realidad.

— ¡No te preocupes, solo me has sorprendido bastante! ¡No esperaba que actuaras así, de forma tan pasional! —

— ¡¿Pasional!? Tal vez…— Me reí de forma forzosa, recordando el hecho de que apenas me he mostrado así delante de alguien.

— Por cierto, ya que dijiste que ella descubrió eso de que te juntas con tu hermana pequeña, me queda la duda de cómo lo ha descubierto, ¿¡no te lo dijo, verdad!? —

Aunque no me lo dijo, uno puede suponer fácilmente la situación, que mi padre se lo hubiera dicho en toda su cara.

— Pues…— Y se lo iba a explicar, pero esas palabras provocaron que yo me diera cuenta de algo: — ¡Jane! ¡Tengo que saber cómo está ella! —

Si mi madre estaba así de enfada es que había pasado algo gordo con mi padre, obviamente relacionado con la disputa que tenían sus empresas con el control del petróleo. Una situación grave, que produjo que éste, que no dijo nada y actuó como si nada hubiera pasado después de verme junto a su hija, según Jane; se hubiera alterado y se lo hubiese dicho a mi maldita madre.

Con toda seguridad, Jane no se había librado de esto y podría haber sido afectada de alguna manera. Tenía que contactar con ella a la velocidad del rayo, mi preocupación estaba al límite.

— ¡Dame tu teléfono, por favor! — Le pedí a Candy, muy alterada. — ¡Yo ya no tengo ninguno, lo dejé en ese lugar! — Ya me había despedido de mi móvil, nunca más lo iba a volver, al igual que mi contrato con la empresa que me daba cobertura.

Candy accedió y yo escribí el número de teléfono de mi hermana lo más rápido que pude:

— ¡Vamos, contesta! — Con gran impaciencia, escuchaba como el móvil intentaba comunicarse al de Jane. — ¡Por favor, usa tu teléfono! — Pero no lo cogió, una voz me dijo que no se podría conectar con ella. Mal señal. Lo intenté de nuevo y no hubo manera. Repetí el proceso varias veces, con la esperanza de que alguien me contestara, pero solo conseguí gastar el saldo de Candy.

— ¡Mierda, algo le ha pasado a ella! ¡No comunica! — Tenía la cara llena de temor y miedo, mi cerebro me mostraba imágenes muy desagradables e incluso poco realistas en torno lo que le había pasado. — ¡Tengo que ir a buscarla! — Tiré el móvil al sofá y salí corriendo hacia la puerta, con el desesperado de encontrarla y ver si estaba bien.

— ¡Espera, Grace, ¿a dónde vas?! — Candy tardó a reaccionar, pero salió detrás de mí, con la intención de detenerme y tranquilizarme.

Reconozco que no estaba muy bien de la cabeza en aquellos momentos, porque correr del centro de la ciudad a la urbanización en dónde vivía, situado a unos cinco kilómetros hacia al noreste, no era buena idea.

No pude aguantar ni medio kilometro, a los cinco minutos ya me costaba respirar y me dolían las piernas. Tuve que detenerme y apoyar mi mano sobre una pared para poder recuperarme. Peor suerte tenía Candy, quién llegó mucho peor que yo:

— ¡Ya no puedo más, ya no puedo más! — Gritaba a pleno pulmón, a la vez que intentaba inhalar el aire que necesitaba y forzaba sus piernas, que ni ya soportaban su peso, a seguir adelante hasta alcanzarme. Su cuerpo iba de un lado para otro y tuve que acercarme a ella y cogerla del brazo para que no se cayera al suelo:

— ¡¿Por qué has salido corriendo de ese modo!? ¡Casi me matas por tanto correr! — Protestaba Candy, después de recuperar un poco el aliento.

— Pues la verdad,…— Entonces, me di cuenta de que hice una estupidez, dándome cuenta de que no sabía lo que hacía. Tras quedarme en silencio, algo boquiabierta, yo grité esto muy frustrada, mientras me ponía las manos sobre la cabeza: — ¡Mierda, ¿qué me pasa a mí hoy?! —

Tuvimos que volver a casa de Candy para enfriar mi cabeza, mientras le explicaba que estaba muy preocupada por mi hermana.

— ¡No te preocupes! ¡Tal vez sea porque está en clases y lo ha tenido que desconectar! —

— ¡¿De verdad!? — Le dije de forma dubitativa, eso no me consoló mucho, pero sí hizo que me acordará de algo. — Es verdad, hoy es día laboral…— Recordé que era jueves. — Y yo debería estar en clases…— Solté unas risas amargas, mientras me daba cuenta de que, por primera vez en mi vida, había faltado a la escuela. Eso dejaría a todo el mundo con la boca abierta.

— Ahora que lo pienso, su amiga va mi escuela, tal vez lo sepa. — Estaba hablando de Nabila. — Además, tengo que avisar a Ekaterina…— Con toda seguridad, ella debe haberse dado cuenta de que me ha pasado algo feo y debe estar muy preocupada por mí, no es nada bonito de mi parte darle este susto.

Entonces, le pregunté la hora a Candy y vi que aún quedaba mucho para que terminaran, ya que mi idea era ir cuando estas ya habían finalizado y los alumnos estuvieran saliendo de ahí. Por desgracia, quedaba mucho tiempo y no tenía nada de paciencia para esperar.

A sí que me tuve que aguantar y soportar la espera más tortuosa que había vivido hasta la fecha. Cada cinco jodidos minutos, miraba el reloj con la esperanza de que el tiempo se hubiera adelantado, siendo defrauda una y otra vez. Candy, quién decidió llevarme en coche a mi escuela, intentó, con todo tipo de métodos, hacerme olvidar del tiempo, pero era en vano. Fue bastante desesperante, tanto para mí como para ella, quién tuvo que aguantarme.

Finalmente, tras salir una hora antes de la casa de Candy a toda velocidad y llamar a un taxi, llegamos a tiempo. Sonó la campana de salida cuando ya estaba poniendo los pies fuera de aquel automóvil.

— ¡Hemos llegado a tiempo! — Gritaba Candy, mientras salía del taxi, observando de nuevo y boquiabierta aquel enorme lugar que era mi escuela. — ¡Sigue igual de lujoso como siempre! — Seguía sorprendiéndose como si lo acababa de conocer.

— Es normal, solo han pasado unos pocos meses desde entonces…— Le repliqué, con una voz débil y desanimada, mientras recordaba que ella me ayudó con el teatro que hice con Mao y sus chicas. De todas maneras, no me escuchó, así que da igual.

Los estudiantes salían a montones del lugar y parecía casi imposible poder visualizar a alguien entre aquella muchedumbre, sobre todo cuando estabas a bastantes metros de la entrada. Hubiera sido más fácil acercarse, y era algo que me decía Candy, pero no me atrevía, me daba mucha vergüenza aparecer ahí mismo después de faltar todo el día. No era digno de alguien como yo, que supuestamente se tomaba muy enserio los estudios.

— ¡¿En serio, no quieres acercarte!? — Candy no dejaba de insistir.

— ¡¿Y si me ve algún profesor!? No me gustaría ser regañada por haber faltado a clases y luego aparecer por aquí tan tranquilamente. —

Eso sería fatal para mis ánimos, que ya estaban muy bajos, y daba mala imagen, los profesores estarían todo el puñetero rato recordando esto. Esos no olvidan ni una. Candy dio un suspiro, antes de continuar:

— No es como si como si hubieras faltado a gusto, solo les explicas que has faltado por problemas familiares y asunto resuelto. —

Tenía razón, pero no me hacía mucha gracia usar esa excusa, al igual que explicar lo que me había pasado, un asunto aún delicado para mí, a unas personas que eran casi desconocidas para mí. Así que me negué, no quería acercarme. Aún así, Candy insistió: — ¡No es tan difícil decir que tuviste problemas familiares, ni siquiera le vas a explicar realmente lo que te ha pasado! —

Y creo que pudimos empezar una pelea ahí misma, si no fuera por el hecho de que no tenía ni ganas de empezar una discusión y de que alguien más nos interrumpió, quién puso una mano sobre mi hombro y dijo, con una mezcla de seriedad y genuina preocupación:

— ¡¿Grace, qué ha pasado!? — Yo supe enseguida de quién eran estas palabras. Giré la cabeza hacia atrás y la vi, a Ekaterina.

— ¡Ekaterina…! — Susurré su nombre, mientras la observaba. Intenté prepararme para explicarle toda mi situación, con tranquilidad y calma, pero ocurrió lo contrario.

Al pensar en todo lo que me ocurrió, de nuevo se me llenaron los ojos de lágrimas, provocado por todos esos sentimientos horribles que seguía llevando desde ayer, ya ni aguantaba. Yo me aferré de golpe hacia ella, abrazándola muy fuerte; mientras gritaba su nombre varias veces con fuerza y escondía avergonzada mi cabeza. Ekaterina no se lo esperaba, quedó boquiabierta, jamás, en muchísimo tiempo, me había visto así y tardó en reaccionar.

Y para el colmo, la frustración que sentía al ver que ella y Candy me estuvieran viendo así solo empeoraba más mi humor.

— ¡No puede ser, está llorando! ¡Ella está llorando! — Ah, sí. También me vio la hermanita de Ekaterina, que estaba a su lado, igual de desconcertada que su hermana al verme así.

Aunque tardó un poco, Ekaterina me devolvió el abrazo y me empezó a consolar, como si actuaba como una madre que intentaba tranquilizar de forma gentil a su hija. Más o menos, no sé de qué otra forma podría explicarlo para que no se leyera tan vergonzoso:

— ¡No pasa nada, mi Grace! ¡Sea lo que sea, lo podrás solucionar! ¡Por ahora, puedes llorar todo lo que quieras! —

Agradecí aquellas palabras, a pesar de que solo quería dejar de llorar, que ya había llorado lo suficiente.

Y así estuve yo durante unos cuantos minutos, desconsolándome sobre el pecho de mi mejor amiga, que esperaba con mucha paciencia que dejará de llorar y le contará lo que me había ocurrido para ponerme así, mientras no me soltaba por nada del mundo. No sé, pero al final creo que eso me hizo sentir bastante mejor.

Entonces, aún cuando seguía llorando, otra persona apareció en escena, quién se dirigió hacia mí con toda normalidad, como si no se hubiera percatado de que estaba destrozada:

— ¡Ah, estás aquí! ¡Qué suerte! — Era Nabila, que gritaba muy feliz y alegre: — ¡Y pensando que tenía que ir a tu casa para buscarte, al ver que no estabas en la escuela, menos mal! — Y se atrevió, además, a soltar estas palabras, mientras hacía como si se tapaba la cara de la vergüenza. — ¡¿Y por qué estás sobando su pecho, no ves que estáis en público!? —

Me dejó como una pervertida, sin interpretar el verdadero contexto de la situación.

— ¡Oye, tú! ¡¿No ves que estás fatal!? — Y tampoco sentó muy bien a los demás, provocando que Candy le dijera esto, algo parecido dijo la hermana de Ekaterina. Mi amiga no dijo nada, lo ignoró, aunque se puso algo roja, al igual que yo.

— Pues ahora que lo veo, no parece estar muy bien…— Rió con mucho nerviosismo, antes de pedirme perdón y dar excusas muy malas.

— Ahora te enteras…— Añadí muy molesta, mientras levantaba mi cabeza y la observaba muy cabreada. Me entraron ganas de regañarla y explicarle que había momentos en dónde ese tipo de bromas no era nada necesario. Entonces, recordé cuál era la principal razón por la cual vine a la escuela y grité esto, después de acercarme con rapidez a Nabila y sujetarla por los hombres de una forma algo intimidatoria, llena de preocupación: — ¡Ah, es verdad! ¡¿Cómo está Jane, le ha pasado algo!? ¡Dímelo, por favor! —

— Para eso he venido, mujer. Algo ha pasado y he venido para comunicar que ella quiere reunirse contigo, dentro de unas horas, para contarte toda la situación. —

Y como si se trataba de un asunto nada grave, me dijo que mi hermanita quería verme y traje saliva, preguntándome qué le había ocurrido a ella. Aunque llevaba el consuelo de que ella parecía estar bien.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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