Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Onceava parte centésima decimoctava historia.

Tras pronto como recibí la noticia de que mi hermanita me quería ver, no perdí ni un segundo y me dirigí hacia al lugar del encuentro que le dijo ella a Nabila, sin importarme que hubiera llegado muy pronto, más o menos una cuantas horas antes. Aunque el tráfico decidió que no debía llegar tan pronto.

Y así acabé, perdiendo mi tiempo, metida en un taxi que apestaba a tabaco y a podrido, que se caía a cachos. Ese pobre automóvil pedía a gritos que le jubilaran de una vez. Y no estaba sola, además.

— Jo, ¡apenas tengo dinero para pagar este viaje! — A mi izquierda, estaba Candy, protestando en voz baja, mientras miraba los dólares que tenía en mano. — ¡No entiendo cómo puede ser tan caros los taxis hoy en día, además siendo éste, es una pocilga! ¡Deberían rebajarnos el precio por subir en él! — Al parecer, no se acordaba de que aún no nos habíamos bajado del coche y que el taxista la estaba escuchando.

Por supuesto, éste la miraba con muy mala leche, con ganas de expulsarla de su taxi. Aunque creo que no debía ponerse así, no es como si supiera cuidar de ese coche muy bien, porque era un desastre. No solo la miraba mal a ella, sino también a la chica que estaba de copiloto, Nabila.

— ¡No me puedo creer que estamos subidas a un Yugo! ¡Y tienen razón, hace justicia a su nombre! — No paraba de reírse como una loca, mientras observaba todos los desperfectos del coche. — ¡Mira se le cae la guantera, y también esto, y lo otro, hasta hay un agujero con lo cual puedes mirar al suelo! ¡Es, es, es grac…! — Lo hacía a gritos, mientras golpeaba con la mano sin parar sobre el salpicadero. Casi se le salían las lágrimas y le dolía el estomago de comportarse como si hubiera perdido el juicio. Ni siquiera había algo gracioso en ese vehículo para que se pusiera así.

Ignorando a Nabila, quién solo estaba enfureciendo aún más al taxista por aquel inexplicable comportamiento, a mi derecha se encontraba Ekaterina, quién observaba el paisaje como forma de perder el tiempo. Aunque de vez en cuando, me veía con un rostro lleno de preocupación y me preguntaba si quería algo o intentaba lanzarme algún tipo de ánimos:

— Pues parece que este atasco va para largo, pero aún tenemos tiempo de sobra, ¡llegaremos a tiempo, no te preocupes! — Solo le respondía con un gracias, aunque eso no me servía de mucho.

Yo estaba buena parte del viaje con la mirada vacía hacia al suelo, llena de preocupación y desanimada al máximo. Suspiraba unas cuantas veces, a la vez que luchaba por no adivinar lo que le había pasado a mi hermanita, eso solo me producía más ansiedad y temor. No puedo negar que estaba muy preocupada por ella, a pesar de que parecía que estaba bien.

Intenté ponerle buena cara a Ekaterina para que ésta no se preocupara de más por mí, pero creo que solo empeoraba las cosas. Por otra parte, su hermana pequeña, Natashenka, quiso acompañarnos, pero la convenció de lo contrario y ésta tuvo que volver a su casa junto con su padre. Menos mal, porque en este coche apenas hay espacio entre nosotras y estábamos muy apretujadas. Una razón por la cual este viaje al otro lado de la ciudad fuera tan insoportable.

Tardamos un buen rato en poder salir de ese atasco, producido porque hubo un accidente en el cruce de la avenida que nos llevaba a la antigua carretera a Bolgolyubov y a los barrios residenciales del noreste con la autopista.

Y por fin llegamos a nuestro destino, un parque situado en un barrio vecino del de Jane, ya en los límites en dónde la ciudad se confundía con el campo.

— ¡Oh, vaya! ¡Me traen muchísimos recuerdos! ¡Es como si hubiera vuelto a mi infancia, allá en Oregón! — Eso gritaba Candy, llena de una feliz nostalgia que yo no podría comprender, mientras se sentaba en uno de los pocos bancos de piedras que habría en el lugar, después de tirar las hojas que se acumulaban sobre él. Parecía que este lugar no era muy transitable, incluso daba la impresión de que apenas se le dedicaba mantenimiento.

— ¡No sabía que había un sitio así en la ciudad! ¡Es relajante! — Aunque parece ser que a Ekaterina le gustó, eso fue lo que comentó mientras hacía lo mismo que Candy, aunque poniendo un pañuelo sobre el banco para no mancharse el vestido.

No sé si se podría considerar el lugar relajante, a mí me pareció bastante triste y melancólico. Tal vez no lo percibí, debido al hecho de que yo estaba anímicamente mal.

De todos modos, el parque tenía un tamaño regular y era ocupado solo por unos pocos olmos. Aún así, estos eran tan grandes y esplendidos que sus sombras lo ocupaban casi todo.

Y a pesar de que estaba rodeado por los tres costados por calles y casas residenciales,  al norte, tocaba un enorme descampado y un bosque, provocando que una no supiera dónde empezaba éste y dónde terminaba el campo.

— ¡Por fin, hemos llegado, ya me dolía el cuerpo de tanto estar sentada! ¡Ese taxi sí que era un verdadero incordio! ¡Y ahora toca a esperar, qué fastidio! — Nabila comentaba esto, a la vez que empezó a hacer flexiones  y estiramientos. Sus casuales palabras nos recordaron mirar la hora.

— ¡Y falta mucho para que llegue! — Añadió Ekaterina, mientras miraba su reloj. — Una hora, más o menos. —

Nabila lanzó una gran protesta, yo por mi parte no dije nada, pero si solté un fuerte y desolado suspiro. Ya estaba harta de tanto esperar, quería que Jane apareciera de una vez y comprobar en qué situación había llegado y cómo solucionarlo lo más rápido posible, además de saber si estaba bien.

— ¡Mierda, se me había olvidado una cosa! — Entonces, mientras yo me sentaba en el banco, Nabila gritó estas palabras con un gesto de conmoción, después de detenerse y callarse algunos segundos, como si su cerebro le había mandado una señal de que tenía que acordarse. — Es verdad, Jane me dijo que solo trajera a su hermana. —

— ¡Espera, si antes nos dijiste que no había problemas si íbamos a acompañar a Grace! — Exclamó Ekaterina. Era verdad, tanto ella como Candy, cuando ya habíamos llamado al taxi, le preguntaron si podrían ir y ella dijo que no había ningún problema.

Nabila rió de forma nerviosa, antes de admitir su error, tomándoselo con mucho humor: — Perdón, perdón, ¡no era mi intención olvidarlo! —

Aunque, al principio, la mirábamos con mucho enfado, tuvimos que soltar un suspiro de molestia, al ver que ya no se podría hacer nada. Esa chica no tenía remedio, la verdad.

— Todo bien, ¿¡verdad!? — Tentó a la suerte con esas palabras, para luego añadir estas: — ¡Entonces, tú y tú también, escondeos! —

Ekaterina y Candy iban a decir algo, pero decidieron callarse y hacerla caso, mientras exclamaban que no tenía más remedio. Solo se fueron al banco de piedra más cercano, que estaba ocultó tras el enorme tronco de un olmo.

Y así la espera continuó, por unos cuantos minutos más, hasta que llegó la hora concordada. Más bien, cinco minutos después de ésta. La primera en darse cuenta sería Nabila, quién se encontraba acostada sobre el banco:

— Pues parece que ya está llegando. — Decía ella, mientras se levantaba y afinaba su oído, que no parecía normal. Es decir, yo no estaba escuchando nada. — Y está montando un griterío impresionante. — ¡¿Cómo podría escuchar eso!? ¡¿Estaba yo sorda o qué!?

Pero, al pasar unos segundos, ya empecé a percibirlo, oía como alguien estaba vociferando sollozos y gritos desolados. Supe enseguida de quién era aquellos chillidos.

— ¡Jane! — Me levanté del banco y grité. Se oyó esto: — ¡Hermanita! —

Entonces, la vi, entrando en el parque, corriendo a toda velocidad hacia mí. Su rostro era lamentable, ella estaba llorando a mares, hasta tenía los ojos rojos de tanto llorar; y moqueaba un montón. Me destrozó el corazón con solo verla. Aún así, no me dio ni tiempo para correr hacia mi hermana ni para preguntarle que le ocurría, porque, con los brazos abiertos, saltó sobre mí, tirándome al suelo a la vez que me abrazaba con fuerza.

— ¡Hermana, he-hermana! — Gritaba de forma desconsoladora. — Yo no quiero…— Apenas se le entendía. — Mi padre…— Entre los sollozos y los balbuceos, apenas podría hablar. — Q-quiere, quiere separarme…— Daba mucho pena verla y oírla de esa forma. — ¡No quiero! —

No pude reaccionar a los primeros segundos, no sabía cómo responder a esto. Aún así, no era el momento de quedarme en blanco y verla llorar así, como hermana mayor que soy, debía consolarla.

— ¡No te preocupes! — Le dije a Jane, con un tono fraternal y compasivo, o eso intenté mostrar. — ¡No pasa nada, Jane! ¡Sea lo que sea, lo podemos solucionar! ¡Por ahora, puedes llorar todo lo que quiera! — Con torpeza, intenté emular a Ekaterina, con la esperanza de que estas palabras fueran capaces de tranquilizarla. Además, no había que apresurarse, primero se tenía que tranquilizar antes de hablar.

Creo que me salió bien, porque, tras pronunciar esas palabras, me miró y, con las lágrimas en los ojos, movió la cabeza de forma afirmativa. Con una sonrisa, le acarició la cabeza y nos levantamos del suelo.

Nos sentamos a continuación en el banco y esperé a que llorara todo lo que quisiera, o por lo menos hasta que pudiera explicarme bien lo que había pasado. Me volvió a agarrar con muchísima fuerza, como si no deseaba que me alejara de ella o como si quisieran robarme o algo así. Además, puso su cabeza sobre mi hombro y estuvimos así durante un buen rato.

— ¡¿Ya estás mejor!? — Pregunté, cuando vi que ya había dejado de llorar y parecía estar serena, más o menos. — Si quieres, me lo puedes contar ahora, yo te escucharé…— Tardó un poco en responder, pero empezó a contarlo lo que le pasó, al final de todo:

— Pues, verás, hermanita…— Aunque le costaba un poco arrancar. — Mi padre…—  La pobre no sabía por dónde empezar, mientras luchaba por no ponerse a llorar de nuevo. — Bueno, él, ese idiota, se ha pasado esta vez un montón. Me ha dicho que yo no debía volver a verte nunca jamás. —

— ¡¿En serio!? — Grité muy indignada. — ¡¿Por qué ha dicho algo así!? ¡No le he hecho nada! — No me lo podría creer, el capullo este hizo algo parecido a lo que hizo mi madre conmigo, echarle el muerto a su hija por culpa del trabajo, o del maldito petróleo, o lo que sea.

Y yo no fui la única indignada en esto, alguien salió de su escondite muy enfurecida, mientras gritaba esto a todo volumen:

— ¡Eso es realmente horrible, muy horrible! ¡Tu padre no tiene derecho a que no puedas encontrarte con tu hermana, es un abuso de su autoridad! —

Era Candy, quién perdió los estribos y se reveló, metiendo la pata hasta al fondo. Jane giró la cabeza y se quedó paralizada, algo sorprendida por la aparición de ella. Yo igual, aunque me puse la mano sobre la cabeza como signo de decepción, al verlo. La muy idiota tardó bastante en comprobar lo que hizo y solo se quedó inmóvil, riendo nerviosamente, a punto de decir algo para romper el hielo.

— ¡¿Y tú…— Pero Jane se le adelantó. —…quién eres!? ¡Me eres muy familiar! — Candy puso una cara larga, molesta por ver que se había olvidado de ella.

Después de que Candy le hizo recordar quién era ella, y de que Ekaterina se mostrará; Nabila tuvo que pedirle perdón a su amiga, explicándole que se le olvidó traerme solo a mí, entre risas nerviosas y malos chistes.

Soltó un gran suspiro de alivio al ver que su amiga le perdonó y lo pasó por alto, se lo tomó muy bien.

— En fin, dejando todo esto de lado, puedes explicarnos con lujo de detalle cómo tu padre te dijo eso. — Dije yo, a continuación. Ella movió la cabeza y continuó hablando:

— Ayer, papá volvió a casa y venía muy cabreado, mil veces peor que cuando él me vio contigo. Daba muchísimo miedo verlo así, parecía un verdadero ogro, de verdad. Entró, cerrando la puerta con un gran golpe; mientras maldecía e insultaba a todo, y tiraba su maletín al suelo como si fuera basura. Mi mamá le preguntaba qué le había pasado, intentaba tranquilizarlo, y no se dejaba. Y luego, me llamó. —

— Y, y…— Todas les dimos palabras tranquilizadoras, para que no se pusiera a llorar. —…y me preguntó a gritos si mi hermana había entrado en casa. Le dije que no, pero él decía que mentía, que la había metido y ella robó sus documentos. Me empezó a echar la culpa, diciéndome que les había mandado a la pobreza, que le iban a despedir de su trabajo, que la otra empresa les iba a robar el petróleo; todo por hacerme amiga tuya. — Tanto Candy como Ekaterina se quedaron extrañadas, no entendían lo que quería decir con el petróleo. Y, al parecer, Jane tampoco. — Y le gritaba una y otra vez que eso no era verdad, que tú no hiciste nada malo. Se rió de mí, me volvió a llamar mentirosa o incluso insinuó que estaba compinchada contigo y que me habías comido el coco. —

Ella dio una pequeña pausa, con una gran expresión de rabia de enfado, mientras se le veía en el rostro que intentaba no llorar, aunque eso fue en vano. Volvió a romper a llorar, a la vez que añadía esto:

— Entonces, entonces, me prohibió que volviera a juntarme más contigo, que iba a hacer todo lo necesario, denunciarte, ponerte una orden de alejamiento, ponerme guardaespaldas, de todo. Que ya no me iba a codear con el enemigo, eso decía. —

Por un momento, moví la cabeza y vi como Nabila intentaba evitar ver la cara de su amiga, con una cara muy seria, la primera vez que la veía así. Apretaba los dientes, parecía que la situación que le contaba su amiga la enfurecida. Aunque eso me sorprendió, era comprensible. Después de todo eran amigas, normal que le molestará toda esa situación.

Ekaterina le dio un pañuelo para que ella se limpiara los ojos, aunque Jane, tras agradecer ese gesto, lo usó para soñar sus mocos. Y calló, no dijo nada más. Ya había terminado con lo que tenía que contar.

— ¡¿Ese hombre está un poco majara, no os parece!? —

Concluyó Candy, con una expresión de desagrado y de desconcierto, incluso hizo un gesto para dejarnos claro que no estaba bien de la cabeza. También añadió Ekaterina, a quién le costaba asimilar lo que escuchó:

— Yo no entiendo, ¡¿a quién se le ocurre a acusar a una adolescente como Grace de robar unos documentos suyos!? —

Yo no dije nada, no pude decir nada más, estaba llena de rabia y de odio por aquellas dos personas, tanto por mi padre como madre. No sabía lo que había pasado con ellos, sus empresas y su pelea absurda por el petróleo; pero nos habían arrastrado a su problema, nos culparon de su situación, para descargar sus frustraciones, creyendo que cada una era una versión en miniatura del otro. ¿¡Qué mierda les pasó a esos dos para tratarse el uno al otro como si fueran enemigos, y a todos los que nos relacionamos con ellos como sus simples compinches!?

— Parece como si la reunión que tuvieron ayer esos dos ha sido lo que ha provocado esto…— Entonces, Nabila, que parecía haber vuelto a ser la misma de siempre, soltó este comentario de forma casual, como si hablara del tiempo.

— ¡¿Qué reunión!? — Le decíamos todas estas palabras, al unísono, muy sorprendidas. — ¡¿Qué has querido decir con eso!? —

— ¡¿No lo sabían!? — Lo exclamó con un gesto de sorpresa, que pareció fingido. — Mi mamá me lo contó esta mañana. Bueno, algo…—

Después de todo, fue la madre de Nabila quién me aviso de la situación que se me venía encima, como si hubiera adivinado el futuro. Ella debía estar muy enterada del asunto.

— ¡¿Puedes llamar a tu madre!? — Le pedí con amabilidad. Las demás, al oírle, también le pidieron eso. Necesitábamos más información, lo que ha había pasado ayer. — Necesitamos conocer lo que ella sabe. —

 

— Vale, vale…— Y sacó el móvil,  empezando a teclear un número de teléfono. — Bueno, ya sabía que algo así iba a ocurrir…—

Y lo puso además en el modo mano libre o en altavoz, como lo digan, para que todas escucháramos la llamada con nuestras propias orejas.

— ¡Vaya momento más inoportuno has tenido que elegir para llamarme, hija mía! — Y así es como comenzó la llamada, con la madre diciéndole esto, aunque de forma alegre.

— ¡¿Estás ocupada!? — Le preguntó Nabila. En ese momento, empezamos a escuchar unos extraños ruidos de fondo, algunos como si fueran gritos.

— Sí, algo así. Pero si has llamado, es por algo importante. Dime, ¡¿qué te pasa!? —Y además, se oyó otros ruidos, como golpes, puñetazos o cosas parecidas; y más gritos, que parecían de dolor.

Nos quedamos de piedra las cuatro, parecía que esa mujer estuviera metida en una pelea o en una situación muy poco agradable. Nabila hablaba como si no existiesen aquellos gritos y golpes, como si nada:

— Pues, bueno, quería saber más sobre esa reunión que tuvieron ayer sobre la cuestión esa del petróleo. —

— ¡¿Otra vez el petróleo!? — Se preguntaban Ekaterina y Candy en voz baja, llenas de intriga. — ¡¿Qué tiene que ver con todo esto!? —

— ¡Ah, eso! ¡Es información confidencial, nadie ajeno a esa reunión o, por lo menos, relacionado con los implicados; debería saber de esto, pero no es mi problema! ¡Me enteré a los cinco minutos y fue muy divertido! —

— ¡Vamos, mamá! ¡No te alargues, que mi móvil tiene poco saldo! ¡Dilo lo más corto posible! — Protestó Nabila, que puso una cara de aburrimiento, como si no le interesaba mucho aquel asunto.

Aunque yo, si estuviera en su lugar, no le diría eso, porque su madre era la que estaba ocupada y no ella. Además, mientras Nabila pronunciaba esas palabras, creo que se oyó como a alguien le habían partido el cuello, o eso daba la impresión. Y gritos de agonía, incluso se oyó palabras como “ten piedad” o “socorro”. ¿¡Qué estaba pasando en el otro lado del teléfono!?

— Hare lo que pueda, pero no te garantizo nada, me da pereza resumir. — Ella rió, a la vez que se escuchaban más gritos de agonía. — En fin, ayer se reunieron los portavoces de las empresas, ambas petrolíferas, que llevaban años metidas en un pleito, con el gobierno estatal y algunos representantes del federal. Además de haber traído como testigos, o más bien, alienantes; a miembros de otras empresas del sector, muchas de ellas apoyando a un lado u otro, por intereses comerciales o por depender de las principales para sus negocios en la isla. —

— ¡¿Qué mierda es todo eso!? ¡No entiendo nada, explícalo mejor! — Se puso las manos sobre su cabeza, como si tuvo un cortocircuito ahí dentro.

— En fin, para que te quede claro en la cabeza, hubo un montón de gente intentando convencer que ellos se merecían el petróleo del norte de la isla, ya sea porque se atenderán a los protocolos, se cuidará el medio ambiente, ganaran muchos beneficios, indirectas sobre sobornos y de favores. A la vez que no paraban de echarle mierda al contrario, aunque nunca de forma implícita, sino con buenos argumentos. Esta gente intentaban mostrarse lo más racionales y caballerosos posible para ganarse a esos idiotas, pero una aparición de unos documentos, que llegaron al momento más oportuno, cambió la situación. —

— Pues vaya, eso se ve tan jodidamente aburrido, que ni me he enterado ni de la mitad que has dicho. — Dio un bostezo, mientras decía estas palabras.

— Pero las señoritas si lo estarán entendiendo, déjalas a ellas escuchar y no hagas trabajar tanto tu cerebro. —

Me dejó perpleja que supiera que la estuviéramos escuchando, aunque creo que debió haber oído nuestras voces, o algo parecido. Nabila, que parece que no se dio cuenta de que su misma madre la había llamado idiota indirectamente, dijo que vale y se calló.

— Por supuesto, los ánimos se calentaron rápidamente. Pasaron de la burla a los insultos, y luego a las amenazas y le faltaron poco para meterse mano. Después de todo, aquellos regalos que le trajeron fueron documentos que mostraban escándalos y todo tipo de irregularidades sobre el asunto, sobre todo relacionado con la inspección de la zona en busca de petróleo. Las dos partes no se lo podrían creer, alguien les robó datos muy incómodos y se los mostró al mismo gobierno, con quién intentaban ganarse el favor. —

Y se volvió a reír. Luego se tomó una pequeña pausa, mientras oímos a alguien pedir a gritos, con mucha desesperación, que le perdonasen, alternando entre agonía y sufrimiento, a la vez que se oía como se rompía algo, como si les estuvieran destrozando las extremidades.

— Al parecer, fue obra de unos ecos terroristas, así se hicieron llamar, que dejaron sus intenciones escritas en los sobres en dónde contenían los documentos. Dijeron que eso era para evitar que destruyera el paraíso natural que era la costa norte de la isla, o algo así. Esos idiotas no se lo tragaron, creyeron que fueron los otros, utilizando a organizaciones medioambientes o a locos que creen en la Diosa madre para sabotear su botín. —

Dio una pequeña pausa, en la cual se oyó unos golpes bastantes fuertes, mezclado con una cantidad asombrosa de gritos; como si alguien hubiera sido capaz de lanzar un ataque tan fuerte que incluso podría derrotar a un elefante. Así de exagerado se oyó. Luego, continuo como si nada:

— Y lo mejor del asunto es que algunos empezaron a mezclar su vida privada con el trabajo. Sobre todo, los principales portavoces de las empresas que luchan por el petróleo. Una se apellidaba “Cook”, el otro “Furneaux”. —

— ¡Pero si son nuestros apellidos! — Gritó Jane, muy conmocionada. Las demás también. — Eso quiere, ¿¡qué quiere decir!? — Pero, a diferencia de Ekaterina y Candy, que pudieron adivinar al momento la situación, ella no entendió nada y tuve que explicárselo.

— Mi madre y tu padre, bueno, mío también;… — Por desgracia mía. —…son de empresas contrarias y se han estado enfrentados por el control del petróleo. — Se quedó muy boquiabierta, incapaz de decir algo. Eso la dejó mucho más conmocionada que antes.

—  Por cierto, esos dos se estuvieron echando mierda por el pasado, tal vez tenga algo relacionado con ahora. No hay nada más que explicar. En fin, ha sido un placer. La próxima, Nabila, no me llames cuando esté tan apurada, ¿ok? — Y con esto colgó la llamada.

Ignorando el hecho de ella parecía estar metida en algún problema serio, espero que no fuera ilegal y que todos esos horribles gritos y golpes fueran otra cosa; esto nos dejó muy pasmadas. Incluso a mí, que ya le habían revelado parte de la historia sobre el petróleo de la isla.

— ¡¿Espera, espera, un momento, tenemos petróleo!? — Ekaterina no se lo podría creer. La descolocó bastante. — ¡¿Es cierto eso!? —

— ¡¿Eco terroristas, eso existe, en serio!? — Entre gestos de asombro e incredibilidad, añadía Candy.

— ¡¿Esto es como, es como…!? — Tras estar con la mirada pérdida, como si su mente se hubiera quedado blanco, o como cuando un ordenador sufre un pantallazo azul; Jane soltó estas palabras, con el mayor grito que podría hacer. — ¡¿Es cómo Romeo y Julieta, pero con hermanas en vez de amantes!?

— No es para tanto. — La única que actuó como siempre fue Nabila, que solo protestó por lo aburrido que fue esa explicación. — Además eso suena muy mal, demasiado. —

Y Nabila tenía razón en eso último, no fue la mejor comparación con nuestra situación. De todas maneras, nos costó muchísimo poder asimilar lo que nos habían contado.

FIN DE LA UNDÉCIMA PARTE

 

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