Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Doceava parte, centésima decimoctava historia.

¿¡Y qué hicimos, a continuación, tras haber finalizada aquella importante llamada!? ¿¡Preparar un plan o algo parecido para convencer a ese idiota que es mi padre de que estaba muy equivocado respecto a mí y dejarla juntarse conmigo!? No, eso era lo que deberíamos haber hecho. En vez de intentar solucionar este problema, estábamos sin hacer nada, con las mentes en blanco y parecía que estábamos desoladas, como si hubiéramos perdido una guerra y solo estuviéramos esperando nuestra hora final. Aunque creo que elegir este ejemplo fue demasiado exagerado, pero se le acerca.

— ¡Parecemos que estamos de luto, eh! ¡¿Estamos muertas por dentro o qué!? — Nabila era la única que intentaba animar el ambiente, aunque preferí que no lo hiciera, porque lo único que haría era empeorar el ambiente con sus chistes malos, implicando que lo fueran.

Por otra parte, tanto Ekaterina como Candy aún intentaban asimilar lo que habían oído en silencio. Mi amiga estaba muy pensativa, tanto que cerró los ojos para evitar que el exterior le molestase en su intento por comprender lo que había oído, o tal vez estaba evaluando la situación. La otra también, a su modo más o menos. No dejaba de balbucear los pensamientos que estaba teniendo sobre la situación.

La que si estaba totalmente desolada era mi pobre hermanita, ella no decía nada, solo mantenía la mirada hacia al suelo, con una cara llena de tristeza que, con solo verla, ya producía mucho dolor. Yo, por mi parte, no puedo negar que estaba igual o peor, los recuerdos de lo que pasó anoche seguían torturándome, añadiendo todo lo que había confirmado. Debía dejarlo de una vez y hacer algo, para calmar el sufrimiento de Jane; ese era mi deber como hermana mayor. Por desgracia, yo estaba fracasando en hacer ese cometido y solo me provocaba más dolor, impotencia y odio hacia a mí misma.

Y así estábamos, perdiendo casi toda una hora bajo la sombras de aquellos olmos, sin darnos cuenta de que alguien más se estaba acercando a nosotras. Entonces, esa persona habló, provocando que casi nos diera un ataque al corazón por el susto:

— ¡¿Así que te encontrabas aquí, Jane!? ¡No me habías dicho nada de que ibas a estar aquí! —

Aunque más bien le dio un gran susto a Jane que, sobresaltada, dio un brinco de la sorpresa mientras gritaba esto: — ¡¿Mamá!? —

Sintiendo que nos habían pillado, las demás la copiamos y soltamos unos grandes chillidos que asustaron a los pájaros, que salieron a bandadas de los olmos.

— Pues sí, esa soy yo. — Le respondió ella, mientras la miraba con ojos de sospecha. — ¡¿Qué ocurre para que te pongas a chillar así!? — Nuestra reacción solo provocó que nos mirase muy mal a todas, preguntándose si estábamos haciendo alguna cosa ilegal o parecida.

— Nada, nada. Solo me estaba reuniendo con mis amigas, pasándolo muy bien, ¡¿a qué sí!? — Jane rió muy alterada antes de añadir estas palabras. Luego, nos miró y nos puso un rostro que nos decía con total claridad que debía mostrarnos alegres, creo que algo imposible para nosotros. Aún así, intentamos mostrar nuestras mejores caras.

Creo que no funcionó, su madre nos observó con muchísima más sospecha que antes, al contemplar nuestros vanos intentos de mostrarle una sonrisa o una actitud alegre. Ni siquiera lo estábamos intentando.

— Ah, no, señora. La verdad es que…— Y como si nada, Nabila le iba a contar lo que había pasado. Jane pudo reaccionar muy rápido y fue capaz de hacerle callar la boca.

— Perdón, Nabila está muy borracha y no sabe lo que dice. — Jane solo consiguió empeorar las cosas, no creo que cualquier adulto pasará por alto que una adolescente de apenas doce o trece años estuviera borracha, sobre todo a estas alturas del día.

La madre mostró una sonrisa burlona, como si le hubiera hecho gracia aquel intento de silenciar a Nabila.

— ¡¿Y ella quién es…!? — Entonces, aquella mujer me señaló a mí. Me dio la impresión de que, detrás de aquella aparentemente oportuna hacia mí, sabía más o menos quién era yo.

— ¡¿Ella!? Pues tiene un nombre muy original y raro…— Con muchísimo nerviosismo, le decía esto, mientras intentaba buscar un nombre falso para mí. E incluso me miró para que yo le dijera su nombre, pero a mí tampoco se me ocurría. — Ahora no me acuerdo, pero…—

Y fue interrumpida por su madre, que añadió con un tono muy serio: — Ya, déjate de historias, cielito. — Mi hermanita casi dio un chillido de horror. — Sé quién es ella, alguien con el cual a tu padre no le gustaría ver, ¡¿no!? Esa pregunta que he hecho solo ha sido para acorralarte. —

En definitiva, ya estaba confirmado que nos habían pillado con las manos en la mano. Yo intenté decir algo, asustada por lo que podría hacer aquella señora a continuación, pero Jane se adelantó:

— ¡No sé lo digas a papá, por favor! — Entre gritos y lágrimas, la cogió de las piernas y la suplicaba de forma desconsolada. — ¡Ella no ha hecho nada malo, solo son tonterías suyas! —

— ¡Vamos, cielito! ¡Levántate, que me estás dando vergüenza ajena! ¡No te he educado para que te arrastres de esa manera! — La madre la miró con una cara de severidad, como si le daba mucho asco y enfado ver a su hija actuar de esa manera. Tengo que decir que nos estremeció a todos, incluso a Nabila.

— ¡Vale, vale! ¡Perdón! — Jane se puso muy pálida. Con la misma rapidez, le soltó las piernas y se levantó.

— Así está mejor. — Añadió con una sonrisa. — Y no te preocupes, no se lo diré a ese capullo de tu padre. — Para ser su esposa, parecía que ella no tenía una buena opinión de él. Luego, se dirigió hacia a nosotras con mucha educación: — Bueno, señoritas, ¡¿quieren qué les invite a algo!? —

No pudimos negar su invitación.

A continuación, ella nos llevó a un pequeño y lujoso restaurante, situado en uno de los arcenes de la carretera que salía de Springfield hacia a diversos pueblos situados más al noreste, algunos costeros.

Tras sentarnos en una de las mesas y pedirle al camarero lo que queríamos, aunque todo que elegidos fue recomendado por la madre de Jane, a la fuerza; ella empezó de esta forma la conversación:

— Así que tú eres la famosa y supuesta “hermana” de mi hija. — Aunque lo dijo con un tono amable, lo percibí algo artificial e incluso hostil.

— Hermanastra, mejor dicho. — Le corrigió Nabila.

— Eso es obvio. — Le echó una furtiva y desagradable mirada hacia ella, creo que no le sentó muy bien oír eso. Luego, me miró y empezó a decir esto con una sonrisa en la cara, mientras rompía papelitos de una forma muy irascible. — Es sorprendente descubrir que mi marido haya tenido otra hija y que no me lo hubiera dicho. Será…—

Se calló, para evitar que el restaurante no escuchara el horrible impropio que iba a soltar. Al parecer, ella tampoco sabía nada de mi existencia, él jamás se lo contó y no le sentaba muy bien.

— ¡¿Y cómo lo sabes, mamá!? ¡Nunca hablaba de mi hermana contigo! — Preguntó su hija, muy sorprendida.

— ¡Y eso es lo que me entristece, que no me lo hubieras contando! — Le replicó con disgusto su madre, además de arquea un poco las cejas, como señal de enfado. Aunque luego, añadió con una sonrisa: — Aún así tengo mis armas de madre para saber todo lo que te pasa. — Me sonó demasiado siniestro, deseé que no la estuviera espiando o algo parecido.

— Para el colmo, me mentiste,…— Continuó hablando su madre. — Me dijiste que te habías ido a casa de Nabila y ahora te encuentro en un parque cercano a nuestra casa. — Le empezó a estirar la mejilla a su hija, mientras la miraba con una cara de molestia.

— Perdón, pero era un secreto, no podría contártelo. —

Tras esa disculpa, su madre la soltó y añadió: — Y eso que te dejé salir afuera, a pesar de que ese idiota me dijera que te tuviera encerrada en la casa. —

— Espera, ¡¿él te pidió eso!? — Se levantó muy indignada Jane. — ¡¿Y por qué no…!? — Y calló, al mostrar su madre una mirada inculpatorio, recordándola que hizo lo mismo. Luego, continuó: — Sí, me amenazó con cortar mi cuenta bancaria si no le hacía caso. —

Y rió como si nada, aunque su sonrisa parecía ocultar algo más oscuro. No creo que sea un tema muy inocente esto de controlar el dinero que coges, es un tema que, en los matrimonios, presenta un indicio muy malo de cómo era su relación. Me dio bastante pena Jane, porque seguro que, de un momento para otro, esos dos se iban a divorciar.

— Parece que no se lleva muy bien con su marido…— Intervino Candy, que soltó, aunque fuera un poco diluido, lo que pensábamos las demás.

— Pero, ¡¿qué dices!? Ella y mi papá se llevan muy bien, aunque él sea un idiota…— Parece que la única que no se daba cuenta era mi propia Jane. — Siempre dice eso de broma, es puro cachondeo. —

— Por supuesto que sí, cielito. Por nada del mundo odiaría a mi querido marido…— Le dio la razón su madre, aunque ésta no estaba desmostando su cariño, es más, incluso estas palabras con aparente humor estaban llenas de una ironía tan filosa y desagradable, que nos confirmaba lo contrario.

Supongo que era bueno que Jane no se diera cuenta de eso, porque no creo que su madre sepa muy bien esto de disimular.

— En fin, vamos a hablar de otra cosa. Puede que le quiera muchísimo, pero hablar de él en la mesa me produce,…— Si se le notaba mucho, tanto que apretaba sus puños, mientras intentaba seguir manteniendo su sonrisa.

— Lo siento mucho, pero necesitamos hablar más sobre él, queremos que le convenzas. — Le interrumpió mi amiga Ekaterina, mostrando aquella faceta de líder que tiene siempre.

— ¡¿De qué!? — No le sentó bien, pero ignoró ese tono de voz.

— De pensar de que mi amiga Grace sea culpable de algo que, ni en sueños, haría, solo producto de una conclusión absurda. Debe pedirle que deje que su hija siga juntándose con ella, es lo que quieren las dos. —

— ¡Eso! ¡Tienes que convencer a papá de que lo que piensa es estúpido! —

Tanto las palabras de Ekaterina y de Jane solo provocaron que la madre de mi hermana se pusiera a reír como loco, descolocando a todo el personal.

— ¡Me pides imposible, él se cree que jamás se equivoca, que siempre tiene la puta razón! ¡Sobre todo, con tu hermanastra! — Mientras intentaba dejar de reír, me señaló y me dijo: — A ti ve como una enemiga, como el engendro de la persona que más odia en este mundo. — Era algo que ya nos dimos cuenta, por desgracia.

Pudo dejar de reír, al ver que había montado un verdadero espectáculo en el restaurante. Muerta de vergüenza, continuó hablando:

— Bueno, no sabía de tu existencia, pero averigüé por mí misma, porque ese capullo nunca es capaz de confiar en mí. — Apretó los puños de nuevo, un indicio más de su cariño hacia su esposo. — De que tuvo una novia antes que yo, con quién se lió solamente para revelar información secreta de una empresa rival. — Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo.

— ¡Qué horrible, ¿de verdad papá hizo eso?! — Se sobresaltó Jane, algo horrorizada por lo que oyó. A Ekaterina y Candy también le impactaron saberlo. Nabila pasó de eso, parecía ignorar nuestra conversación y solo se quejaba por la comida.

En definitiva, el idiota ese me acuso de lo mismo que hizo en el pasado, ¡será cabrón! Eso me llenó de ira, ¿¡cómo podría tener tal morro!?

— ¡No te alteres, su novia hizo lo mismo, al parecer! — Genial, los dos eran tal para cual. — ¡También quiso contribuir a su empresa, robándoles documentos importantes! ¡Qué romántico! ¡Al final, se descubrió todo el asunto y todo se mandó a la mierda! ¡Se denunciaron mutuamente, tanto con acciones legales como ilegales, con mentiras y media verdades! ¡Casi fueron despedidos por sus empresas, al ver que manchaban su buena imagen por su estúpido pleito, y recibieron muchas multas por parte de la administración! Lo raro es que no me haya enterado de que esa mujer se embarazó, debía haber salido en todos los documentos que mire a escondidas…—

Se quedó pensativa, tal vez preguntándose por eso o por qué sin querer nos digo que ella miraba los documentos privados de los demás. No creo que ese sea unos de los derechos que puedan tener las esposas, además de demostrar que apenas había nada de confianza en aquella relación.

— ¡¿Entonces, qué podemos hacer!? — Añadió tristona Jane. — Si esto sigue así, ya ni podré salir a la calle, él siempre estará encima de mí, ¡qué molesto! Y lo peor de todo es que no podré estar con Grace, es muchísimo mejor que estar con mi papá. — No puedo negar que me sentí halagada.

— Por desgracia, yo seré la que debe estar pendiente de ti y ahora ya no es bueno engañarlo, aparte de cerrarme la cuenta bancaria, podría…— Se calló, otra vez hablo de más. No me puedo imaginado qué ha hecho para poder decir “ahora ya no es bueno engañarlo”. Además añadió:

— En fin, yo tendré que cumplir a rajatabla sus órdenes y hacer que esta sea última vez que la veas. —

Jane, quién ignoró sorprendentemente el “ahora ya no es bueno engañarlo”, al parecer su cerebro bloquea todo indicio de que el matrimonio entre sus padres era un desastre; gritó llena de ira y tristeza:

— ¡¿Por qué!? ¡Esto es injusto, no pueden hacerme esto! ¡No quiero que me separen de mi hermanita, digo, hermanastra! ¡Ni una mierda! —

— Los padres no deberían prohibirles a sus hijos que no se vuelvan a juntar con otra persona, ni menos cuando no hay indicios de que haya hecho algo malo. — Intervino, además, Candy, igual de indignada.

— Concuerdo, más o menos. — Y Ekaterina les dio la razón. — Solo le será contraproducente para el padre. —

Y yo, que debía protestar también, era incapaz de reaccionar. Más bien, no sentía que fuera capaz de argumentar o replicar sus palabras, mis ánimos estaban tan mal que lo único que hacía era mirar al suelo e insultarme a mi misma por no estar participando, dejándole claro a esa señora que estaba haciendo mal, que yo tampoco quería separarme de Jane. ¡Qué patética me veía en esos momentos! ¡Daba hasta lástima!

— No me sean rebeldes, cielitos. — No los dijo con un tono altanero, a pesar de intentar decirlo con amabilidad. — ¡No sé pongan así, solo han pasado unos pocos meses desde que mi hija se ha conocido con esa chica! ¡¿Por qué tanto alboroto!? No es como si se hubieran conocido de toda la vida, seguro que os separáis para siempre tan fuerte y pronto como habéis protestado con esto. —

— Pero es mi hermana…— Su madre no le dio tiempo ni de hablar, a la vez que hacia un gesto con las manos para Candy y Ekaterina, quienes también querían replicarla. Era como si solo quería que su opinión fuera la única escuchada.

— Que sean de sangre, no significa que lo sean de verdad. Tú y ella habéis sido unas desconocidas todo este tiempo, viviendo como hijas únicas, y sin haber experimentado que es esto de tener una hermana, ya sea mayor o menor.  En serio, ¿¡creen que vas a estar juntas para siempre y estaréis la una para la otra, ayudándoos mutuamente!? —

A continuación, dio unas fuertes carcajadas y añadió, con tono burlón y muy desagradable: — ¡Oh, qué tierno! —

Sin levantar la mirada, apreté los puños fuertemente, muy frustrada por no ser incapaz de decirle cuatro cosillas a esa mujer. Apenas tenía alguna idea racional con la cual usar y eso me provocaba tanta rabia.

Y para empeorar la situación, Nabila seguía preguntando por la comida, siendo incapaz de callarse. O tal vez, lo hacía a propósito para callarnos y enterar la conversación. De todas maneras, tenía de hacerla callar.

— Vosotras tenéis dos vidas totalmente diferentes,… — Continuó la madre, sin dejar respiro. —…lo único que os une es ese lazo de sangre que tenéis, el compartir el mismo, y estúpido, padre. Al final, aunque estaréis todo el rato encima de la una con la otra ahora, ya os cansaréis. Terminaréis yendo cada a vuestro lado, después de haber tenido una pelea estúpida tal vez, olvidándoos de ese lazo de sangre. Lo vuestro solo será una amistad corta y sin final feliz. Ya me ha pasado con muchas, a quienes creí, sin ese nexo, que eran casi como hermanas mías. —

— Pero,…—  Aunque fuera a voces, Jane intentó a replicarla de nuevo, con rabia y lágrimas en su rostro. Quería dejarle claro que eso que decía era verdad. Pero la volvió a interrumpir:

— Ignora eso mejor, este no es el mejor lugar para discutir o debatir. — Le señaló el resto del restaurante, que ya estaban curioseando ante nuestra conversación. Más bien, era una escusa para hacerla callar, porque eso no le impidió montar un escándalo con sus risas. — En fin, si tanto quieres estar con ella, pues lo mejor es que tendríais que estar separadas un tiempo. Ya pasará la tormenta y poder estar juntas. —

Todas las chicas se quedaron mirándola con muchísimas dudas, arqueando las cejas. Tuvo que añadir:

— Es mejor que no hagan nada por el momento, solo vais a cometer que mi esposo haga una locura. Será capaz de poner cámaras en cada lado de la casa y llenar la casa de guardias de seguridad. Su paranoia es demencial. —

— ¡¿De verdad de la buena, cuando pase todo ese escándalo, papá me dejará reunirme con Grace!? — Le preguntó con toda la inocencia y seriedad de un niño. La madre le movió la cabeza de forma afirmativa.

Aunque se le veía en el rostro que ni ella sabía si eso iba a pasar realmente o no. Y luego, ella se dirigió a mí:

— ¡¿Qué te parece, hermana!? — Levanté la mirada y tardé un poco en responder. Esta fue mi respuesta:

— Tal vez, tengas razón. A veces, con solo darle un poco de tiempo las cosas se solucionan solas. Aunque, rara vez pasa eso, creo. — Eso fue lo único que se me ocurrió.

— ¡¿No deberíamos arreglar el problema de raíz!? — Candy dio un pequeño golpe en la mesa, notándose que rechazaba de plano el plan.

Ekaterina intervino para calmarla, diciéndole esto: — La verdad es que debemos de esperar un tiempo antes de tomar una decisión, a ver cómo se desarrolla la situación. — Intentó replicárselo, pero ella me señaló, a la vez que añadía: — Además…— No termino la frase, pero Candy, tras mirarme unos segundos, pareció que lo entendió y se cayó.

Bueno, era obvio que le quería señalar el estado lamentaba que presentaba, al parecer era un saco de depresión con patas en aquellos momentos. Y le doy la razón, mi yo de aquel entonces estaba bastante afectado para poder participar en algo que solucionaría nuestro problema.

Al final, el silencio dominó nuestra mesas hasta que la comida llegará, creo que todos tuvimos que aceptar con resignación esperar, a ver cómo iba a evolucionar la situación. La única que parecía ajena a todo esto era Nabila, que gritó de alegría cuando ya trajeron nuestros pedidos.

Y después del almuerzo más triste y deprimente que he estado nunca, era hora de separarnos.

— ¡No te preocupes! ¡Seguro que todo saldrá adelante, así que, por favor, no llores más! — Intentaba mostrarme fuerte, pero tenía el corazón hecho trozos y con ganas de llorar. Se lo decía a Jane, quién estaba peor que yo, e incluso estaba agarrada a mí. Pegada como una lapa.

— Pero, pero,… — Y por nada del mundo me quería soltar, mientras gritaba desesperadamente. — ¡No quiero, no y no; no hemos hecho nada malo para sufrir esta injusticia! —

— ¡Vamos, cielito! — Y su madre la intentaba separar de mí, y le estaba costando la vida. — ¡Eres peor que una de esas enamorada que empiezan a llorar por no ver a su novio tras los cincos minutos! —

De verdad, nos costó muchísimo poder separarla de mí. Yo le tuve que convencer con palabras dulces y amables para que lo hiciera:

— Ya sé que esto es injusto, pero no es el fin del mundo. Solo cabe esperar, ¡no te preocupes! — Incluso le acaricié la cabeza y forcé con todas mis fuerzas una sonrisa. — ¡Volveré a estar junto a ti de nuevo muy pronto, sea lo que sea, pase lo que pase! ¡Palabra de hermana mayor, ¿vale?! —

— ¡¿Y si no, y si eso no ocurre…!? — Tras soltarme, entre sollozos y moqueos, dijo esto, mientras me miraba con una cara de cachorrito lastimado que solo me producía más dolor.

— Pues entonces, tienes el derecho de golpearme si rompo la promesa. —

— Eso es muy extremo. — Comentó mi hermana. La verdad es que si exageré, jamás me golpearía.

— ¡De eso me encargo yo! — Y Nabila, preparando el brazo, iba a lanzarme un puñetazo muy fuerte, muy entusiasmado. Todas le gritaron esto, mientras la detenían: — ¡Espera, idiota, detente! —

Luego, se exculpó, diciendo que era una broma, aunque parecía que iba muy en serio en eso de golpearme. Después de todo esto, por desgracia, llegó la hora de separarnos. Mientras yo me alejaba, junto con Candy, Ekaterina y Nabila, miraba de vez en cuando hacia atrás, viendo como mi hermanita, acompañada de su madre, me movía el brazo a gran velocidad en señal de despedida, aún con el rostro empapado de lágrimas. Yo se lo devolvía, mientras luchaba por no ponerme a llorar. Mierda, para ser yo conocida en la escuela como el fiel reflejo de un burócrata sin emociones, estaba demostrando demasiada emoción, de las negativas, más bien.

FIN DE LA DOCEAVA PARTE

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