Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Treceava parte, centésima decimoctava historia.

Y después de despedirme de mi hermanita, pasaron tres horribles días, que se sintieron eternos. Yo caí en una especie de depresión, incapaz de hacer nada, con mis ánimos por los suelos, sin ningún objetivo en mente, apenas con algunas ganas de vivir, solo de dejar pasar el tiempo. No podría pensar en nada y lo evitaba a toda costa, porque lo único que mi cerebro era hacerme recordar el haber descubierto los verdaderos sentimientos que tenía esa mujer que ni quiero llamar madre. Podría parecer exagerado, pero así fue. No sé por qué me afectó tanto, pero, en aquellos días, me obsesioné tanto con ese hecho que no sabía pensar en otra cosa más, me había olvidado, ya sea parcial o completamente, de todo lo demás.

Ni siquiera me atrevía a moverme del sofá en dónde me había acopado, en la de Candy, quién me dejó refugiarme bajo su techo. Me sorprendió que quisiera que me quedara con ella, incluso después de que Ekaterina insistiera un montón sobre darme cobijo. Ahora que lo pienso, me siento muy mal al ver cómo me comporté con ella. Solo veía la tele como un zombi, mientras me daba conversación o me preguntaba si quería dormir u otra cosa.

— ¡¿Quieres pizza para cenar!? — Esto fue lo que preguntó al día siguiente de haberme separado de Jane. — ¡Hay algunas que son completamente vegetales, seguro que te gustará! —

Solo moví la cabeza de forma negativa, mientras veía lo que parecían ser unos dibujos animados muy raros sobre un trío de osos que intentaban integrarse en el mundo de los humanos, y que Candy disfrutaba como niña pequeña. En realidad, ella disfruta con toda serie animada que ve, supongo que no hay edad para obsesionarse con esas cosas.

— ¡Vamos, mujer! — Ella protestó, mientras me zarandeaba. — ¡Tienes que comer algo, te vas a morir de hambre si sigues así! —

Tuve que decirle que sí a regañadientes, siendo incapaz de enfrentarme a su insistencia. Estaba muy desanimada para intentar resistirme.

A continuación, ella me preguntó algo más: — ¡¿Por cierto, por qué no le contaste a tu hermana lo que te ha pasado con tu madre!? — Tardé un poco en contestarla.

— No sé, tal vez fue la emoción del momento…— En cierta manera, era una especie de media verdad, evité en todo momento mencionarlo.

No lo hice con Nabila delante tampoco, pero si con Ekaterina, cuando la amiga de Jane se fue a su casa. Se puso como una furia y estuvo a punto de ir a buscar a mi madre para enfrentarse a ella, si no fuera porque la detuve.

Luego, añadí: — Mejor así, no quería preocuparla de más…— Candy no me dijo nada, aunque arqueó un poco las cejas, como si esa respuesta le hubiera molestado un poco. Decidió ignorarlo, mientras se alejaba de mí y llamar por el teléfono móvil a la pizzería.

Y sin darme cuenta, tras dar un fuerte suspiro, pensé en voz alta: — Pero yo ya no sé si tengo derecho a considerarla como una hermana…— Candy ni se dio cuenta.

La verdad es que aquellas palabras que la madre de Jane soltó me estaban haciendo mella. Después de todo, yo y ella, a pesar de estar conectadas por un lazo de sangre, fuimos desconocidas hasta hace poco. Ninguna nos habíamos criados ni con ningún tipo de hermano o familiar que hubiera ocupado ese puesto. Aún cuando me admira y me ve cómo tal, sentía que no estaba a la altura. En vez de quedarme sentada en el sofá, incapaz de animarme; tendría que haber solucionado el problema. En vez de haberme callado antes las palabras de su madre, debía haberla replicado y decirle que aquellas palabras que soltó podrían equivocarse. No hice nada, solo absorta sobre lo que me había pasado. Había fracasado como la hermana mayor que debía ser. No, tal vez ese sea el problema. Intenté ser algo que no era, producto de una idealización de una chica que se sentía feliz por saber que compartía genes con otra persona. Cuando se diera cuenta de que no soy cómo me imaginaba, entonces, acabaríamos como dijo esa mujer. Y yo volvería a estar sola, porque siempre, en el fondo, lo estuve.

Esto eran los pensamientos que estaba teniendo, que solo me hacían sufrir y preocupar de más a los demás. Ekaterina estuvo tan preocupada por mí, que hizo que la hermandad se tomará un descanso para poder ir cada tarde a visitarme y a animarme. Fue ella la que, finalmente, la que me pondría en mi sitio, tras aquellos deprimentes tres días.

Cuando marcaron las seis de la tarde, Ekaterina entró y se puso a hablar con Candy. Apenas las oía ni siquiera me interesaba escucharlas, pero sabía perfectamente de que estaban de mí y de mi estado de ánimo. Me imagino que la friki le dijo que yo seguía igual que ayer o algo parecido.

Entonces, se acercó a mí y me habló: — Grace, mi querida amiga, no puedes seguir así…—

No me lo esperaba para nada, a comparación de las otras visitas, en dónde me preguntaba cómo estaba e intentaba hacer de todo para animarme, me dijo aquellas palabras de forma tan tajantes. Yo la miré y observé aquella cara que mezclaba su habitual y recta seriedad con la preocupación de una genuina amiga. Me quedé muy abrumada durante unos segundos, me costó reaccionar y decirle algo. En vez de eso, me puse a mentalizar un poco, provocando que me entrara ganas de llorar.

— Es verdad, pero…— No pude negarle la razón, estaba lamentable y no podría seguir así. — ¡¿Cómo puedo hacerlo, qué tengo que hacer para no sentirme de esta forma tan horrible!? — Aun así, yo no veía ninguna salida, era incapaz de verlo. Tampoco había algo que me diese fuerzas, para que sintiera que tuviera que esforzarme. Había un velo que me impedía ver más allá de mis narices, de que había razones para no hundirse de esa manera.

— ¡No te preocupes! ¡Si tú no puedes hacerlo, yo, Ekaterina, como la hermana superior de nuestra hermandad! ¡Lo hará, sin ninguna duda! —

No puedo negar que me dejó boquiabierta. Llena de una fuerte convicción, afirmó esto con palabras de hierro, como si fuera las declaraciones que un líder le hacía a su pueblo para animarlos a soportar una lucha.

— ¡¿Qué haces, Ekaterina!? — Le pregunté muy sorprendida, aún incapaz de reaccionar, mientras ella me levantaba del sofá. Me respondió, a la vez que me llevaba al cuarto del baño: — ¡Vístete y báñate, juntas haremos un paseo que te ayudara a liberarte de eso! — No me pude negar, ella se veía tan brillante que me era incapaz enfrentarme a sus palabras. Pero eso me conforto muchísimo, me invadió un sentimiento de nostalgia, me recordó mucho a los inicios de nuestra amistad.

En fin, me bañé y me vestí, convirtiéndose esto en una verdadera odisea porque apenas había ropa de repuesto para mí en la casa de Candy y la de ella me quedaba casi todo grande, sobre todo en la parte de arriba. Nos costó muchísimo una ropa que me quedará bien, pero se consiguió. Al realizar esto, ya salimos afuera y empezamos, yo y Ekaterina, a caminar tranquilamente por las calles de Springfield.

— Bueno, es hora de que vaya empezando…— Tras unos cinco minutos en silencio, ella inició la conversación. — Aunque no sé cómo empezar…—

Inspiró y respiró unas cuantas veces, como si eso le ayudará a enfriar su cabeza. Luego, continuó:

— ¡¿Recuerdas cuando nos conocimos!? Yo creía, cuando te vi, que eras un robot o que alguien te lanzó una maldición que te prohibía sonreír, o algo así. — Puse un rostro lleno de extrañeza, al escuchar lo que dijo. Pero no me sorprende, de niña era tan inexpresiva como ahora. Ekaterina rió, muy avergonzada. — Perdón, pero es que de niña me lo creía todo, sobre todo lo relacionado con las hadas; pero esa fue mi impresión cuando te observé por primera vez, en el primer curso de primaria. —

No hace falta que lo dijera, ya lo sabía. Hasta vi, con ternura y burla hacia ella, como creía en Santa Claus en plena secundaria.

— Bueno, es normal que me mantuve lejos de ti, dabas un poco de miedo. Solo éramos unas simples compañeras de clases, sin nada más en común, que solo nos conocíamos de vista, y nada más. Era raro, bastante raro, que siempre estuvieras sola, que nunca te acercarás a nadie y ni permitieses que se te acercaran. Y nunca sonreías, jamás lo hacías, era lo que me más daba pavor…—

Cualquiera sentiría miedo o lástima por una niña así. Es más, yo recuerdo como muchos niños y adultos me preguntaban esto y solo les respondía con el silencio.

Y me puse a pensar por qué empezó a hablar del pasado, solo conseguía que me torturara más, que me sintiera más sola. Porque eso fue lo que sentí yo en aquel tiempo, pura soledad. Lo único que me distraía de eso eran los deberes o el estudio, en menor medida leer libros o la televisión. Si saque mis buenas notas, era para escapar de eso. Así estuve los primeros tres años de la primaria.

— De todas maneras, a pesar de todo, me mirabas desde lejos, curiosa por mí, ¿no? — Lo afirmó con la cabeza. — Supongo que es normal, a muchas personas sociales le atraen la atención de otras más asociales, como yo. En aquellos años siempre me parecías muy brillante, demasiado para mí. Rodeada siempre de gente, popular y amigable entre todos; es difícil acercarse a alguien así ni menos que me atreva a hacerlo. —

— No lo puedo negar, me parecías interesante. — Eso me hizo reír, porque apenas tengo imagen de ser alguien así. — No, más bien, sentía que podrías ser capaz de sonreír y no mostrar esa imagen deprimente. — No es como si hubiera cambiada mucho desde entonces.

— Además, aunque en aquella época fuera muy popular…— Y lo sigue siendo. —…, a pesar de estar rodeadas de personas que se consideraban mis amigos, realmente ninguno se lo merecía. Más bien, eran conocidos que intentaron juntarse conmigo para tener privilegios y popularidad, jamás pensaron en mí, solo en sus intereses. Bueno, no puedo odiarles, no es como si fuera mejor que ellos. Después de todo, también era un estereotipo de niña rica, engreída y mimada al máximo, me daban asco los pobres y me burlaba de los que tenían menos dinero que mi familia, y más cosas…—

Yo no la recordaba así, más o menos. Supongo que debía ser a que nunca me fije en ella realmente, solo el griterío que hacían los demás niñas que se reunían alrededor suya y le hablaban. O tal vez porque debo ser la primera persona que la vio de forma distinta a una niña rica y malcriada.

— Puede que lo fueras, pero ese estereotipo de niña rica, aunque fuera unos cursos más tardes, me ofreció ser su amiga. — Ella me salvó de mí y de mi soledad, después de todo.

Es gracioso que, después de tres años o más en la misma clase, nuestra amistad naciera en un día de finales de otoño. Lo recuerdo, más o menos.

Sin ganas de volver a casa y tener que soportar a una de las muchas niñeras que contrató esa mujer que no puedo llamar madre, me quedé sentada en un banco situado en un rinconcito del colegio, un pequeño y verdoso espacio situado entre el edificio en el cual se alojaba la primaria  y el de la escuela superior . Aproveché para estudiar, ya que la época de exámenes estaba bastante cerca, hasta que empecé a escuchar maullidos. Al principio, los ignoré e intenté centrar mi atención en mis estudios, pero se volvieron cada vez más insoportables, más desesperados y repetitivos. Parecían gritos de ayuda y tuve que buscar el origen de eso.

Tras mirar por todas partes, lo encontré. Me encontré en la típica escena en dónde un estúpido gato se subió a un árbol y ya no podría bajarse de ahí.

— ¡Oye, gatito! ¡Deja de gritar y piensa en bajar! —

Obviamente, el gato ignoró esas palabras y siguió pidiendo ayuda. Y para ser una niña tan inteligente y lógica, le seguía hablando:

— ¡Es tu culpa, tú quisiste subir ahí! ¡Así que calla y busca una manera de bajar! —

Y me puse a seguir con los estudios, mientras el gato seguía maullando. Yo intenté ignorarlo una vez y, no sé si era porque me harté de escucharlo o porque me sentía muy mal pasar de ese pobrecito animal, pero no pude más.

— ¡Vale, vale, ya te ayudaré, puto gato! — Sí, dije una palabrota, no tomen eso en cuenta. — ¡Pero, por favor, deja de hacer ruido! —

E intenté subir al árbol, a pesar de que nunca había escalado uno. Lo había agarrado como si lo estuviera dando un abrazo y empecé a moverme como un mono, pero no había manera, ni había subido un centímetro y caí al suelo de una forma muy vergonzosa. Menos mal que solo el gato viera mis bragas. Luego, lo hice por segunda vez y fracasé de nuevo, más ocupada con que mi falda no se rompiera con la corteza. Y ese pequeño animal seguía maullando con toda su desesperación.

— ¡¿Por qué estoy haciendo!? — Añadí muy molesta. — ¡¿Por qué debería ayudar a este tonto animal!? — Aún así, ya me estaba preparando para un tercer intento. Entonces, apareció ella:

— Tú estás ayudando a ese gatito porque eres buena persona. —

Casi di un brinco al escuchar su voz. Al girar y verla, supe enseguida que era una niña de mi misma clase.

— ¡¿Tú eres…!? ¡La Sumovov esa! ¡¿Qué haces aquí!? — Me puse muy nerviosa y un poco desagradable, creo recordar. — Bueno, yo no quería ayudarlo, solo me molestaba al estudiar…— Eso le hizo mucha gracia.

— Ya, ya,… — Me veía con cara de ternura hacia mí, antes de dirigirse al árbol y decirme: — ¡No te preocupes, yo salvaré al gatito! —

Y como si fuera un mono, aunque con un movimiento más elegante; ella trepó como si nada y alcanzó la rama en dónde estaba el gatito. El pobre intentó alejarse de Ekaterina, pero lo atrapó con una rapidez increíble, y sufriendo un par de arañazos en la piel. Le costó mucho más bajar, ya que el gato luchaba por liberarse de sus manos.

Al tocar tierra, lo soltó y el animal salió corriendo como alma que lleva el diablo dentro.

— ¡¿Estás bien!? — Le pregunté, preocupada. Luego, añadí: — ¡Vaya con el gato, mira que es maleducado! ¡Ojala se hubiera quedado ahí subido! —

— No pasa nada, Grace. Ese es tu nombre, ¡¿verdad!? — Me respondió con aquella notable alegría. Yo moví la cabeza afirmativamente.

Me sentía muy extraña, por primera vez yo estaba hablando con una compañera de clase de algo que no eran los deberes.

— ¡¿Qué estás haciendo aquí!? — Y luego, empezó a husmear. — ¡¿Puedo estudiar contigo!? Necesito que alguien me ayude a hacer los deberes, o mi papá se pondrá hecho una furia. —

Con la energía de un volcán, cambió de tema y empezó a buscar excusas para quedarse conmigo. No sabía sentir si eso me molestaba o me hacia feliz, estaba tan jodida de ánimos que en gran parte de mi infancia jamás pude entender eso, hasta que Ekaterina llegó.

— Pues no sé yo, ¡¿no estás haciendo algo!? — Yo me di cuenta de que llevaba unos papeles, y parecían importantes. Era la representante de la clase, así que era normal que estaba llevando algo importante. Supongo que, al cruzar el pasillo cuyas ventanas mostraban este lugar, me vio.

— Ah, ¡es verdad! — Rió nerviosamente. Le había pillado, aún así se buscó otra excusa para no dejarme: — ¡¿Quieres acompañarme!? —

Iba a decirle que no, pero se me adelantó, añadiendo:

— No voy a recibir un no por respuesta. Siempre estás sola y no es bueno eso. Bueno, a veces. Pero no siempre. Después de ver lo del gatito, no sería bonito volver a verte a leer de esa manera. —

No supe qué decir y ella me dio su mano para estrechársela, una señal de que quería mi amistad y la cual no pude negar. Y no me arrepiento de eso. No fui tan cabezona para no negar a alguien que quiso ser mi amiga, a pesar de eso fue bastante apresurado.

Y al pensar en todo eso, me di cuenta de una cosa que había ignorado varios días. Por esa razón, Ekaterina me hablaba del pasado, para hacérmelo recordar.

Lancé una carcajada de molestia, antes de ponerme hablar:

— ¡Sabes, desde que mi madre me ha dicho los verdaderos sentimientos que sentían por mí, me hundí completamente, me sentí sola, como si no tuviera a nadie más que a mí misma, desde siempre…! Pero, pero, eso no es verdad…—

Di una pequeña pausa, al darme cuenta de que mis ojos se empezaron a humedecer. Al ver que luchar por no soltar las lágrimas solo empeoraba las cosas, seguí hablando:

— Y también he estado preocupada por mi hermana. Sigo estándolo. Yo, la verdad es que no sé si sirvo para esto, solo pensé en mí misma y en mi desolación por haber sido rechazada por mi propia madre, ¡qué estúpido, siempre lo supuse y aún así, al revelarse la verdad, me destrozo! — Me sentía tan débil, ¡yo creía que era mucho más fuerte! ¡¿O mi imagen de mujer fría y sin sentimientos era tan falsa que una pirita!? — ¡¿De verdad, puedo ser una hermana mayor así!? ¡¿Todo lo que he hecho es puro postureo!? ¡Yo debía haber hecho algo, no quedarse así sin hacer nada! Tal vez, la madre de Jane tenga razón, que nuestra relación, aún a pesar de que tengamos relación de sangre, es tan frágil como un castillo de arena. Que cualquier malentendido, verdad o mentira, por mísero que sea, lo hundirá y cada una volverá a su vida como si nada hubiera pasado. Yo ya no sé qué pensar. —

Ekaterina quiso decir, pero yo me adelanté, para concluir con esto:

— Aún así, a pesar de todo, a pesar de que termine sola en el futuro, yo no estuve, ni lo estoy, sola. Gracias, Ekaterina, de verdad. —

Lo dije con las lágrimas saliendo por los ojos, con una sonrisa de felicidad. Es cierto, ella iluminó el gris de mi vida. Con aquella insistencia, a pesar de aquella actitud de niña rica, se preocupo por mí y me ayudo a sonreír. Es verdad que algunas veces me metía en problemas, pero eso hacia mi vida muy interesante. Aprendí mucho con ella. Aún cuando no dejé de ser esa chica fría que todos conocen, a pesar de tener aquel triste imagen de “burócrata”, había pasado un montón de buenos momentos con Ekaterina. Y estoy muy orgullosa de trabajar a su lado, en aquel alocado y extraño proyecto que decidió montar, la “Hermandad Sumovov”,  nuestra hermandad.

Jamás compensaré todo lo que hizo por mí, por eso esto es lo menos que puedo hacer. Y ella finalmente habló:

— Y yo evitaré ese futuro, no dejaré que lo tires por la borda. Olvida esas palabras de esa mujer, demuéstrale que tu vínculo, ya sea de sangre o no, con Jane no es solo un frágil castillo de arena. Es verdad que hace poco que os conocéis y os queda mucho por delante, pero tienes ese mismo tiempo para poder fortalecerlo. Lo mismo para ella. Después de todo, fue quién te buscó y quiere estar a tu lado. Quiere a alguien que la apoye y a quién a admirar, que le ayude en los momentos difíciles y se divierta con ella en los más divertidos; y esa eres tú. —

— ¡¿Pero si lo que piensa ella de mí es solo una imagen falsa, una fantasía que cuando caiga a pedazos!? ¡¿Y si no estoy a la altura!? —

— Tú, mi Grace, estás a la altura, perfectamente. — Puso sus manos sobre mis hombros y me lo dijo con una hermosa sinceridad que alcanzó mi corazón. — Lo has estado demostrando varias veces. Y ella lo sabe y lo entiende. Y si no, lo hará. —

Ella tenía razón, no debía tirar la toalla tan rápido. No solo porque Jane me necesita, desea que sea su hermana, sino porque yo también. Es la única familia que me queda. ¡Qué se joda mi madre, qué se joda mi padre, no me hacen faltan! ¡Tengo a Jane, mi hermana, mi querida y adorable hermanita! ¡Y no solamente a ella, sino a Ekaterina y muchas personas más! ¡A todos los que me han ayudado! ¡Además de una organización a la que hay que cuidar y mantener! Realmente, no estoy tan sola.

— Y-ya, ya, me siento un poco mejor…— Le decía esto, mientras me secaba las lágrimas. Me dijo que no era nada y me preguntó que si estaba mejor: — Gracias, ya estoy animada, aunque…— Ya me estaba llenando de ánimos, pero debía acelerar el proceso. — Creo que necesito algo más…—

Entonces, le solté esto: — ¡Dame un tortazo! — Se quedó con la boca muy abierta. Me decía que no lo iba a hacer, pero insistí: — ¡De verdad, necesito espabilarme! ¡Y que sea muy fuerte! — Tardó un poco en decidirse y hacerme caso.

Y si que lo hizo muy fuerte, me dejo marca y un dolor horrible. Pero eso ayudo a que sentará la cabeza.

— ¡¿Estás bien!? ¡¿Me he pasado!? — Me lo preguntaba muy asustada y arrepentida. Pero yo le dejé claro que estaba muy bien, que eso me ayudo.

— Entonces, vamos a volver a la casa de Candy. — Ekaterina movió la cabeza afirmativamente. Y yo miré hacia otro lado, preguntándole a la persona que nos estaba observando desde la lejanía. — ¡¿Y qué haces ahí escondida, Candy!? —

Llevaba un buen rato ahí, ya era hora de dejar de ignorarla.

— N-no os estaba espiando, os lo juro. — Entre sollozos y lágrimas, nos lo decía, muy emocionada. — Solo salí para ver cómo estabais, pero ya se ha solucionado el problema, ¡ha sido hermoso! ¡Realmente hermoso! —

Y salió corriendo para mí para abrazarme con todas sus fuerzas: — ¡Y no te preocupes, yo también estoy contigo, no estás sola! ¡Para nada! ¡En absoluto! — Parecía que ella fuera la que habían consolado en vez de yo misma. Lloraba a mares y nos costó tranquilizarla. No paraba de hablar de que la amistad era algo hermosa y genial, mezclándolos con sus caricaturas y sus supuestas enseñanzas sobre esto.

— ¡¿Y qué vamos a hacer, Grace!? — Me preguntó Ekaterina. Luego, añadió con toda su amada sinceridad: — Esta vez tú serás la jefa, te seguiré a dónde sea. Es lo que menos puedo hacer, porque yo también te tengo que agradecer, gracias por seguirme, por ser haberme seguido en todas mis locuras. Gracias. — Terminó la frase con gran sonrisa.

— De nada. — Y no evite poner una igual, antes de ponerse seria: — Lo que finalmente tengo que hacer, solucionar este malentendido, sea como sea. —

Ya había terminado el tiempo de haber estado decaída, ahora era la hora de actuar, o por lo menos, de pensar en algún plan.

FIN DE LA TRECEAVA PARTE

 

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