Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Decimocuarta parte, centésima decimoctava parte.

Ya, en la casa de Candy, habíamos empezado la evaluación de nuestra situación. Ella, aunque no era necesario, incluso sacó un cuaderno y un lápiz para hacer apuntes, a la vez que se sentó junto a Ekaterina, quién me hacía recapitular todo lo que pasó, mientras yo daba vueltas como un pato mareado:

— Entonces, el problema es cómo hacerle creer al padre de Jane que no eres culpable, su paranoia y su odio con tu madre no le impide pensar que su apresurado y estúpida idea es falsa. — Concluyó Ekaterina, tras aquel resumen.

— Y lo peor es que, aunque tuviéramos los argumentos o incluso pruebas, no se dará cuenta de la realidad o tal vez buscará otra excusa para que yo y Jane no podemos estar juntas. — Añadí yo.

— ¡No creo que sea eso! ¡¿Tú no dijiste que te lo encontraste hace tiempo, mientras estabas con su hija, y luego de eso no dijo nada más, se calló e hizo como si no hubiera pasado nada!? — Intervino Candy.

— Pues sí, pero le encolerizó verla conmigo. Tal vez me odie porque sea su fruto con mi madre, o se cree que soy un clon de ella. No podemos estar muy seguras. —

Después de ver su imbecilidad, no estaba segura de que sienta la cabeza y no me vea como una amenaza. Eso fue lo que le pasó cuando me encontró aquella vez con Jane y ahora, con el problema del estúpido petróleo.

Un minuto de silencio domino el lugar, mientras forzábamos a nuestros cerebros al máximo, antes de que Ekaterina tuviera una idea y gritara:

— ¡¿Y si, en vez de mostrarle pruebas a él, se lo mostraremos a las empresas de unos y otros!? —

Ni Candy, que parecía que intentaba imitar a aquella estatua del pensador, ni yo pudimos entender qué quería decir con eso y tuvo que reformularlo:

— Lo que quiero decir es que deberíamos descubrir quienes fueron los culpables de esas filtraciones, reunir pruebas y demostrárselo a las empresas correspondientes. Cuando sus jefes acepten la verdad, él tendrá que aceptar esa versión y que cometió un error contigo. —

— ¡¿No crees que eso es demasiado para nosotras!? Bueno, vosotras tenéis como que…— Se quedó pensando Candy, para luego decir: — Dieciocho o diecinueve años, ¡¿verdad!? — Se quedó boquiabierta cuando escuchó nuestras verdaderas edades. — ¡¿En serio? Sois muchas más madura de los chicos de vuestra edad!? ¡Por eso os veía muy jóvenes en aspecto para ser de las edades que pensé que teníais, pero como siempre actuáis tan inusual…!—

No sé si eso era un halago o no, pero no nos esperaba que ella pensara así de nosotras. En fin, al darse cuenta de que se desvió del tema, continuó:

— ¡Bueno, además de vosotras, yo solo soy una humilde veinteañera! ¡La idea esa solo valdrá para la policía o la FBI, pero nosotras no somos nada de eso! ¡Hay eco terroristas en el asunto, y nos matarán si intentamos conocer el asunto, aunque amamos el medio ambiente! —

Ninguna de las dos pudimos negar eso, nada más ni nada menos estamos proponiendo hacer una investigación que solo organizaciones policiacas deberían hacer. Tras eso, yo añadí:

— ¡Tienes razón, seguramente nadie no nos harán caso! ¡Y no es un problema en dónde deberíamos meternos! —

Después de todo, aún cuando nuestra situación actual se produce a partir de aquella disputa por el petróleo, meternos ahí no nos iba a resultar mejor.

— Y por ahora, no sabemos nada de cómo ha mejorado o empeorado la situación. — Además, Ekaterina nos decía esto, algo arrepentida de pedir tal plan. — No hemos podido contactarnos con Nabila,… — la única que tenía acceso a Jane, habrá que recordar. —…cuya madre parece ser que sabe esto muchísimo más que nosotras. —

Y esa última palabra nos dejó calladas por unos segundos, para hacer que soltáramos, al unísono, este grito con muchísima intensidad:

— ¡¿Y por qué no le pedimos ayuda!? — Era como si una bombilla se encendiera sobre nosotras.

Bueno, llegar a esa conclusión era lógico. La única que nos pudo informar, más o menos bien, de esta situación fue ella.

Y si tuvo información de primera mano un día después de esa estúpida reunión, lo de ahora le estará chupado.

— Ella es una adulta y parece tener contactos importantes. — Ekaterina dijo esto, además. Candy lo continuó: — Seguro que nos escuchará y nos ayudará de alguna manera. — Y yo estaba de acuerdo. — Es verdad, aún así…— Aunque sentía algo raro en este asunto. Esas dos me miraron y me preguntaron que me pasaba. — No es nada,… — Les dije. Intenté no darle importancia.

Por alguna razón, sentía que había algo con esa mujer, como si el decidir ir a su ayuda fuera parte de un plan que se había montado ella. Tal vez, estaba sospechando un poco sobre esa, ya que no debía ser causalidad cuando ésta me habló en su castillo sobre el trabajo de mi madre y aquella disputa del petróleo. Ni tampoco parecía casual que tuviera información sobre lo que pasó en aquella reunión y lo que nos contó.

Tal vez, lo estaba pensando demasiado, creo que es muy poco probable que esa mujer musculosa haya creado un plan súper extraño en dónde nos incluyera a mí y a mi hermanita. Es muy absurdo.

A pesar de todo, grité esto: — ¡Decidido, mañana buscaremos su ayuda! ¡Sé dónde está su casa! — Necesitaba su ayuda, ya fuera parte o no parte de un plan.

Así que, con muchísima resignación, las tres decidimos esperar hasta al día siguiente e ir a la casa de Nabila, aunque no sabíamos cómo llegar hasta ahí. Ninguna de las tres teníamos coche y el dinero para el taxi sería demasiado, incluso para nosotras.

— ¡¿Y bueno, ahora qué haremos!? — Preguntó Candy, cuando vimos que ni ella ni yo teníamos lo suficiente para el viaje. Solo Ekaterina, y era a duras penas. Tuvimos que buscar otra solución. — Tal vez deberíamos llamar a Nabila, a ver si contesta ahora…—

El día anterior intenté contactar con ella dos o tres veces, para avisarle de nuestro plan; pero no contestó. Y no tenía mucha esperanza en que lo hiciera ahora, a pesar de que estábamos en fin de semana. Y la tardanza por la cual tardó en cogerlo me hizo pensar que sería mucho más fácil mandar un mensaje por las redes sociales, pero al final pudo responderme.

— Ah, ¡por fin te dignas a llamar de nuevo! ¡Estaba cansada de esperar! — Creo que eso debería decirlo yo, pero decidí no mencionarlo. — ¡¿Por qué llamaste tan tarde!? ¡No tenía el móvil a mano, estaba entrenando antes de la cena! — ¡¿Por qué me estaba regañando por eso!? Yo no sé qué es lo que hace en su vida. Bueno, también lo pasé de largo, había otros temas más urgentes que atender.

— Vale, vale, la próxima no haré eso. — Le dije eso para poder ir al grano. — Ahora lo importante, necesitamos urgentemente contactar con tu madre, por favor. Y también, algún vehículo para poder recogernos. ¿¡Puedes hacerlo!? —

— ¡¿Y para qué quieres hacer eso!? Es innecesario. — Lo decía con una indiferencia que me provocaba más que mal humor.

— No lo es, necesitamos a tu madre para que nos informe de la situación y nos ayude a crear un plan para conseguir pruebas y a los culpables de la filtración de documentación importante de ambos bandos. Así el padre de Jane tendrá que aceptar que está haciendo una estupidez y deje a Jane tranquila, ¿entiendes? — Se lo expliqué todo clarito y tranquilo para que su cerebro se enterase bien. Lo que no sabía es que se me habían adelantado.

— ¡No te preocupes! — Lo soltó con una gran alegría, algo que solo me produjo preocupación.  — ¡Ya tenemos un plan en marcha, y uno muy bueno!  Me alegro mucho de que estés mejor de humor, así podemos iniciarlo. —

— ¡¿Un plan!? — Eso me dejó shockeada, hasta me empezó a recorrer un sudor frio por todo el cuerpo. — ¡Espera, espera, un momento! ¡¿Puedo saber de qué se trata y poder revisarlo!? ¡No es que no confié en ti ni nada parecido, pero me aterra saber qué habéis ideado…! — Lo sentía mucho, pero saber esto solo me traía muy mala espina, tanto Nabila como Jane no eran precisamente las que se le ocurren las ideas más sensatas posibles.

¡Es un secreto, es un secreto! — Eso solo empeoraba las cosas. — Pero lo descubrirás muy pronto, ya te llamaré cuando llegué el momento. Haz caso a mis indicaciones. — Luego, cortó. Su alegría, que daba la impresión de que se creía que su próxima y peligrosa locura era su plan maestro definitivo, para que todo terminara en un final feliz; me llenó de miedo y terror.

¡¿Qué tipo de idiotez se le habían ocurrido!? Ni me atrevía a imaginármelo, se me ponía la piel de gallina con solo pensarlo.

Y a pesar de las múltiples llamadas que le hice, Nabila no contestó y nos dejó pensando a las tres de que se trataba.

— ¡¿Y ahora qué vamos a hacer!? — Me preguntó Ekaterina, tras haber pasado un buen rato llena de dudas. — Está bien que tengan un plan, pero no creo que sirva para algo. —

— No sé. Las conozco más o menos bien, y cuando se le ocurre alguna idea, solo es un plan horrible y propio de un loco. — Le contesté esto a mi amiga, mientras intentaba tranquilizarme,

— ¡No te preocupes, no piensen así de esas chicas! ¡Seguro que tendrá una grandiosa idea! — Me daba mucha ternura aquel optimismo que mostraba Candy.

Pero, en fin, incapaz de contactar con ella o encontrar una forma de llegar a su casa, para nuestra desgracia, lo mejor que había que hacer era quedarme a esperar a que nos volviera a llamar y nos informará de su plan. Algo que hizo, más o menos, al llegar el medio día.

Al oír la llamada, que nos interrumpió en la hora del almuerzo, mientras veíamos alguna serie de televisión para poder pasar el tiempo; lo cogí con la rapidez del correcaminos y dije, sin mirar quién estaba llamando:

— ¡Ya era hora, Nabila! ¡Por favor, no empieces el plan antes de poder revisarlo o darle el visto bueno o lo que sea…! —

Se lo supliqué, pero había llegado demasiado tarde. Nabila me dijo esto:

— Perdón, perdón, pero ya ha empezado. Ahora no podemos dar marcha atrás, ¡y no  te preocupes, mujer! ¡Es un plan genial, sin fisuras, nos va a salir redondo! — La gran confianza que estaba mostrando Nabila solo empeoraba mis previsiones.

— Lo siento mucho, pero no puedo sentir que sea lo que sea estás haciendo salga bien. En fin,… — Habrá que aceptar lo inevitable. — ¡¿…qué es lo que tengo que hacer ahora!? —

Deseé con todas mis fuerzas que nos saliera bien las cosas y que no fuera un plan estúpido y que solo sirviera para empeorar nuestra situación.

Esto fue lo que me explicó Nabila: Yo debía salir de la casa en dónde yo estaba y esperar al lado de la acera a una furgoneta que iba a pasar. Me preguntó la dirección y el lugar exacto en dónde me iba a poner y se lo dije, a pesar de que sabía muy bien que me iba a arrepentir de hacer esto. Pues así lo hice, acompañada de Ekaterina y Candy:

— ¡Qué extraño es todo esto! ¡¿Por qué ella pide que esperes a una furgoneta!? — Comentó Candy.

— No sé yo, o tal vez me equivoque, pero algo me da mala espina. — Yo sentía lo mismo, aunque aumentado, que Ekaterina.

— ¡Habrá que comprobarlo,…! ¡Espero que no sea nada grave! — Concluí yo, al ver una furgoneta, la misma que me describió Nabila; era un vehículo bastante común y corriente, había cientos de miles parecidos como él circulando por la ciudad de Springfield. Pero, por alguna razón, parecía muy sospechosa.

Y sin darnos un respiro, sin que Candy ni Ekaterina pudiera hacer algo, el vehículo paró a nuestro lado y salieron unos hombres tapados de arriba para abajo, ocultando su cara con pañuelos y gorros sacados de videos de rap, que me agarraron y me metieron dentro de la furgoneta.

— ¡¿Pero qué, qué está ocurriendo!? — Fue lo único que me dio tiempo en hacer, no me dio ni tiempo para huir ni nada. Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Y sentí como el coche salía a toda velocidad, mientras escuchaba a Candy y a Ekaterina, quienes empezaron a gritar que me habían secuestrado y que debían detener el vehículo cuanto antes.

— ¡¿Quiénes sois!? — Esto fue lo primero que dije, al asimilar lo que estaba pasando y después de que me soltaron. — ¡¿Por qué me habéis hecho esto!? —

Entonces, escuchó esta voz: — ¡No te alteres, esta gente no te va a hacer daño! — Era de Nabila.

Giré hacia atrás mía y vi como Nabila y Jane estaban juntas, saludándome con toda la normalidad del mundo, mientras estaban envueltas en cuerdas.

— ¡¿Cómo qué no me altere!? ¡Nos han secuestrado! — Eso le grité muy confundida y nerviosa.

No entendía cómo podrán mantener la calma con esto, no lo comprendía.

— Ese era el plan, un secuestro. — ¿¡Qué imbécil se le ocurre la idea de ser secuestrado!? ¡¿A quién!? — Pero, ¡no te preocupes! Es un secuestro de mentirijilla, esta gente no nos quiere hacer daño. —

Esas idiotas habían perdido el norte. Si aún cuando esto fuera un secuestro de mentirijilla, nadie en su sano juicio haría esto. Es un delito, está penado con la ley y no es ninguna buena solución para cualquier problema.

— ¡Callaos, niñatas asquerosa! ¡Estáis contaminando el aire con vuestro estúpido CO2! ¡Y esto no es un secuestro de mentirijilla, es de verdad, subnormales! — Y bueno, esto no parecía que fuera falso. Uno de los hombres gritaba esto con una furia propia de un psicópata, mientras golpeaba con toda virulencia el metal del coche.

— ¡Déjalas pensar lo que quieran, son idiotas! ¡Solo ata a la otra chica! — Y el conductor le replicó con la misma seriedad. Es más, empezaron a atarme, sin ningún tipo de consideración ni delicadeza. — No podemos dejar que a la primera se escapen, las marismas dependen de esto, hay que salvarlas sea como sea. —

— Como actores son geniales. — Dijo Nabila, entre risas. Y Jane le dio la razón. — ¡Sí, son sorprendentes! Además, dicen que son ecos terroristas y lo hacen muy bien. — Las dos se reían como si nada grave estuviera pasando.

— Es que somos eco terroristas, estúpida. Los paladines de la naturaleza, los luchadores contra los parásitos llamados seres humanos que destruyen nuestra querida planeta tierra. —

— ¡Los salvadores de las marismas! ¡Los que protegeremos a la tierra virgen de esos cerdos capitalistas que quieren sacar petróleo de ella! —

— ¡Esa mierda negra solo destruirá un poco más el planeta y lo vamos a impedir! —

— ¡Y al coste que sea, ya sea haciendo terrorismo, ya que lo hacen todos, o secuestrando gente! ¡Es lo mismo, da igual! —

— Pero nuestro terrorismo es mucho más noble, ellos lo hacen por sus intereses, ¡nosotros por la madre tierra! — Y todos dieron la razón a aquellas palabras.

Sí, se pusieron a justificar sus fechorías, como si fueran los verdaderos buenos de la película. Esta gente no parecía estar bien.

Yo lo encontraba muy real, demasiado. Viendo el comportamiento de esa gente, su seriedad y sus palabras, a mí me dejó muy claro que esto no tenía nada de mentirijilla. Estábamos metidas en un buen y jodido lio.

No me lo podría creer, no podría asimilar que las tres habíamos sido secuestradas por un grupo de hombres que se hacían llamar ecos terroristas o “paladines de la naturaleza”, ni menos que estas dos no se hubieran dado cuenta de que esto era una horrible y terrible situación, nada que ver con un secuestro de mentirijilla, un plan absurdo. Ya sabía yo que esto iba a acabar mal, pero no a estas alturas.

FIN DE LA DECIMOCUARTA PARTE

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