Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Decimoséptima parte, centésima decimoctava historia.

— ¡Mierda, mierda, deja de esquivar mis golpes! ¡No te muevas, no te muevas! — Gritaba uno de los muchos de esos “paladines de la naturaleza” que estaba luchando contra Nabila, mientras le lanzaba un puño tras otro hacia ella. Los esquivaba como si estuviera haciendo un baile, antes de hincarle sus dedos en sus ojos con una precisión impresionante. Chilló tanto de dolor que hasta me dio escalofríos, a la vez que caía al suelo y daba vueltas.

No podría creer lo que estaban viendo mis ojos, esa chica se defendía ante más de cinco personas,  me costaba asimilar que lo que estaba viendo no era ficción. Con una sonrisa, soltando burlas y frases cutres sacadas de series de acción de los años ochenta, como si estuviera disfrutando de un simple entrenamiento en dónde les daba una paliza a los demás novatos, Nabila les estaba dando las palizas de sus vidas.

Si uno de ellos le intentaba dar una patada o un puñetazo, o lo esquivaba o los detenía con sus brazos como si fuera un muro, haciéndole más daño al atacante que a ella misma. En cuestión de segundos, o incluso milisegundos. Ella era tan rápida que podría esquivar, detener, saltar, devolver el golpe, tirarlos al suelo, a la vez, con una exageración que superaba a cualquier pelea de kung fu. Tal vez, la estaré engrandeciendo demasiado, ya que, a pesar de que no soy una negada para esto de pelear, esos ecos terroristas no estaban muy bien entrenados, daban toda la imagen de que jamás habían pisado un gimnasio.

Y solo llevábamos más de dos minutos y ya estaban destrozados, uno o dos personas apenas se levantaban del suelo y los demás ya les costaba poder estar de pie.

— ¡Esta niña es horrible! — Gritaba uno de ellos, lleno de horror, mientras se levantaba con dificultad y comprobaba como Nabila le había destrozado su pobre nariz. — ¡Por mucho que la golpeamos, los que salimos perdiendo somos nosotros! — Ellos tampoco se lo podrían creer.

— ¡Gracias, no me había dado cuenta! — Le replicó otro, que tenía los ojos morados, e incluso le vi escupir algún diente que se le rompió. — ¡Vamos, callaos y concentraos en derrotarla, somos más que ella, por muy fuerte que sea! —

— ¡Ese dialogo es perfecto para el secuaz de turno que pierde dentro de cinco minutos! Bueno, inténtenlo, yo no soy la que estoy perdiendo…— Se le veía en la cara que Nabila se lo estaba pasando muy bien.

A pesar de aquella orden, nadie se atrevió a acercarse a Nabila, hasta la misma persona que le soltó eso. Se les palmeaba el miedo, querían salir corriendo. Tuvieron que llenarse de valentía para atacarla:

— ¡En fin, ¿qué esperáis, chicos?! ¡Hay que moverme! ¡Lo hacemos por las marismas, por la Madre Tierra, no nos podemos quedar parados así! —

— Pero es que,… — Le replicaron con timidez sus compañeros, pero ni los quiso escuchar, les soltó este chillido: — ¡No hay peros que valgan, vamos a atacarla todos juntos! — No tuvieron más remedio que hacerle caso y se prepararon para atacarla. — ¡A la una, a la dos, a la…! ¡A la tres! —

Y corriendo hacia Nabila, dando un grito de guerra, como si estuvieran haciendo una carga de caballería. Ella dio unos pequeños estiramientos, antes de prepararse a darles más palizas, como un gesto de altanería.

Sin decir ni una sola palabra, Nabila levantó su pierna a una velocidad vertiginosa, convirtiéndola en una especie de latigazo, y la dirigió hacia a las costillas del primero que pillo. El pobre cayó al suelo, gritando con toda la desesperación del mundo.

El segundo que vino detrás de él, aprovechó el momento para lanzarle una lluvia de puñetazos hacia Nabila. Ella lo esquiva con mucha facilidad, se agacha y lanza un puñetazo como un cohete que le revienta la boca a su adversario, que pudo mantenerse de pie, de puro milagro. Para estabilizarse y no chocarse contra él, tuvo que dar unos cuantos pasos hacia atrás. Eso sí, le dejó muy atontando, parecía como si se hubiera quedado en la delgada línea que le separa de tener la conciencia o perderla por un buen rato.

Pero esto no acababa, porque Nabila lo cogió del estomago y, mientras lo apretaba con todas sus fuerzas, provocándole gritos de dolor, se lo lanzó a sus compañeros, como si fuera un simple muñeco. Al caer los tres al suelo, ella saltó sobre ellos como una plancha.

— ¡A la piscina, señores! — Gritaba alegremente, mientras les volvía a hacer gritar de dolor.

Y para añadir más sadismo, a uno le levantó el brazo e intentaba estirarlo todo lo máximo que podría, mientras veía como los demás les costaba reaccionar.

— ¡Ayuda, ayuda! — Les gritaba uno de esos pobres condenado hacia a los que estaban libres. — ¡Venid ahora, está ocupada! ¡Es nuestro momento! — Lo decían entre lágrimas y chillido de dolor, e incluso con una especie de heroísmo. — ¡Aprovechad nuestro sacrificio para atacarla! —

Sí, uno de ellos se dio cuenta de que Nabila estaba desprotegida, ya que solo se centraba sobre las personas que estaban debajo de su trasero. Y, aunque cometió la idiotez de decirlo a los cuatros vientos, ella ni se inmutó e incluso dijo esto:

— ¡Venid, venid! ¡Incluso así, os voy a derrotar! — Yo sentía que estaba demasiada confiada en sus capacidades, que si seguía por ese camino iba a perder.

Los demás se lanzaron hacia ella. Yo le grité: — ¡Idiota, deja de presumir, tienes que soltarlos! ¡Qué vas a perder! —

Y ella solo me respondió haciendo un gesto, ese típico con el cual le dices a otra persona que todo estaba bien. Eso solo provocó que aquel sentimiento de que iba a perder se agravara mucho más.

Entonces, la pelea terminó súbditamente, sin que ellos llegaran a atacar a Nabila, sin que ésta tuviera que defenderse o salir corriendo. Todos los demás que iban a por ella, de golpe, cayeron al suelo. Algo los tiró, y con muchísima fuerza. Más bien, alguien.

En efecto, una persona que yo conocía más o menos bien había entrado en escena de la forma más inusual posible: Tirando al suelo a tres o cuatro hombres adultos con una impresionante y anormal patada voladora. Tras aterrizar en el suelo y sacudirse su yukata para quitarse el polvo, empezó a protestar, mientras lanzaba un fuerte suspiro de molestia:

— ¡En serio, ¿por qué siempre me tenéis que meter en estos asuntos tan fastidiosos?! — Se dirigió hacia a mí, antes de darle una patada a alguno, que lo dejó K. O. — ¡Con las pocas ganas que yo tenía de salir, y vas y te secuestran! ¡La próxima vez avisa de antemano! —

— ¡¿Mao!? — Grité muy confundida y sorprendida. — ¡¿Cómo puede ser posible, qué haces aquí!? —

Me dejó de piedra y un gran sentimiento de alivio y felicidad brotó en mi pecho. Había acudido en el mejor momento, el muy maldito se preparó para hacer una entrada triunfal.

Jane también se quedó bastante sorprendida, con la boca abierta. Bueno, lo estuvo durante todo el rato que duró la pelea, dándole ánimos a su amiga a la vez que le emocionaba ver que ella era muy fuerte. En fin, empezó a preguntarnos quién era esa persona, aunque no era el mejor momento. Nadie le puso contestar, ni siquiera yo y me sentí un poco mal por eso.

— ¡Ya te lo cuento después de darles a estos idiotas una lección de por vida! — Eso me respondió él, cuando vio que los ecos terroristas que tiró al suelo empezaron a levantarse del suelo. Se lanzó a ellos como si fuera un guepardo.

— ¡Hey, china! — Nabila, por su parte, no le gustó mucho que hubiera una aliada más. ¡En serio, esa idiota no se dio cuenta de que Mao  había evitado la vergüenza de perder esa pelea que le parecía tan fácil! — Son mis enemigos, no los tuyos, ¡yo solo tengo derecho a repartirle leña! —

— ¡¿No sabes lo que es compartir!? Por mí fuera, te dejaría todo los que quisieras, pero te iban a dar una paliza. — Esto le replicó a Nabila, antes de empezar a pelear como esa gente.

Nabila se levantó, antes de dejarles inconscientes a los que estaban debajo de ella, con golpes precisos y tan rápidos como la luz, y acompañó a Mao.

Mao les lanzaba patadas y puñetazos con movimientos ágiles y llenos de gracia, esquivando los golpes de los adversarios con acrobacias y fintas. Parecía un espectáculo más que una pelea, aunque los ecos terroristas sufrían daños, que, aunque baja de intensidad, eran simultáneos y los dejaban inmovilizados de un momento para otro, a largo plazo.

Nabila era mucho más brusca y tosca. Esquivaba los golpes del adversario como si fuera una luchadora de boxeo, atacaba con golpes certeros y muy destructivos, con técnicas que parecían sacados de artes marciales; y los inmovilizaba como si estuviéramos en el ring de la lucha libre.

Empecé a sentir mucha pena por ellos, la lluvia de golpes que estaban recibiendo era tremenda. No había parte de sus cuerpos en dónde Mao y Nabila le habían golpeado, al igual que la sangre y los moratones. Lo más terrorífico de todo es como seguían insistiendo, a pesar de todo el daño que sufrían. Una y otra vez se levantaban del suelo, soltaban gritos de guerra y de ánimos, gritándose los unos a los otros que debían hacerlo por la madre naturaleza, las marismas, o los animales o lo que sea. Luego, ellos salían de nuevo a la carga, para recibir palizas y repetir el ciclo. Así estuvieron unos cuantos minutos más y tengo que reconocer que era muy admirable, deben amar muchísimo a la naturaleza para hacer aquella idiotez, o ser unos locos que se creen los héroes del planeta.

— ¡Me duele el cuerpo! ¡Y-ya no puedo más! — Los que quedaban ya no podrían más, se levantaban al suelo, entres lágrimas y sangre. Los unos a los otros se animaban para continuar con aquel objetivo que parecía ser imposible. — ¡Resiste, amigo, el futuro del planeta está en nuestras manos! ¡Tenemos que seguir peleando! — Ya hasta le cogieron miedo a Nabila y a Mao. Les señalaban con terror. — ¡Pero, esas niñas, esas niñas…! ¡Son unos monstruos! —

Hasta a Mao le costaba seguir continuando, se le veía en la cara, pero debido a la insistencia de ellos, no le dejaba más opción que darles el golpe de gracia. Nabila ya estaba aburrida, dio un suspiro, al ver que ellos querían continuar.

— ¡En serio, ríndase! ¡Os falta poco para terminar en el hospital! — Eso les dijo ella, con un tono que mezclaba la burla y la lástima.

— A veces está bien pelear hasta el final, pero éste no es uno de ellos. Por su amor propio, dejen de intentarlo tan duro, solo estáis consiguiendo que nos convirtamos en las malas de la película. — Añadió Mao.

Entonces, ellos gritaron con coraje y determinación. Esto dijo uno:

— ¡Ni hablar, somos los defensores de las marismas, los paladines de la naturaleza! ¡No nos rendiremos, jamás! —

Mao dio un fuerte suspiro de fastidio, mientras se tapaba la cara con la mano. Nabila se rió, diciéndoles con orgullo y mofa que ese era el espíritu, mientras crujía sus manos, preparándose para darles el golpe final.

— ¡Bien dicho! ¡Jamás nos prostraremos ante al capitalismo! — Los demás le dieron la razón. — ¡Y la tierra está de nuestra parte! —

Y con dificultad, empezaron a moverse, acercándose poquito a poco hacia Mao y Nabila. Parecían las víctimas agónicas de algún desastre natural que intentaban escapar con las pocas fuerzas que le quedaban. Intentaron lanzar más gritos de ánimos y guerra, pero sus voces cada vez se hacían más débiles. Algunos caían al suelo y se quedaba ahí, muertos de cansancio, otros llegaron hasta a ellos e intentaron golpearles.

— ¡V-venceremos, s-salvaremos las m-marism…maris…ma…! — Eso decían.

Ni siquiera le hicieron falta a Mao y a Nabila darle un golpe. Ellos cayeron al suelo, sin que sus puños pudieran llegar a la piel de estos dos. Fue todo un espectáculo esperpéntico.

— ¡En serio, eres muy buena en esto! ¡Con lo saco de esqueletos que eres, me sorprende que seas capaz de pelear así! — Entonces, Nabila le dijo esto a Mao.

— Oh, gracias. — Irónico Mao, ignorando aquello. Luego, añadió: — Lo mismo va para ti, supongo. —

— Ser pequeña y niña tiene sus ventajas. — Concluyó Nabila, mientras le ponía una gran sonrisa y un gesto de victoria.

Entonces, oímos más voces y pisadas. A lo primero, me dio un susto de muerte, creyendo que eran más ecos terroristas, pero al escucharlas con más atención supe enseguida quienes eran.

— ¡Hey, ¿estáis todas bien?!— Era la voz de Candy, quién nos saludaba frenéticamente. Y a su lado, venía Ekaterina, poniendo una cara que jamás me imaginé ver. — ¡Grace, Grace! —  De verdad, parecía una pequeña niña, que venía llorando hacia su madre, o al revés. Saltó hacia mí y se aferró en mi pecho: — ¡Gracias a Dios! ¡Menos mal que estás sana y salva! ¡No sé qué podría haberme pasado si algo malo te haya ocurrido! —

Yo me quedé boquiabierta, no sabía cómo reaccionar, hacía años que no la veía así, para no decir nunca. Era como si su imponencia y su imagen de liderazgo natural se habían esfumado.

Y no solo eran ellas dos, también vino alguien: — ¡Uff, ha sido una pelea increíble! ¡Le habéis dejado fuera de combate! — Comentaba lo que estaba viendo en el suelo, antes de dirigirse a mí con una sonrisa: — ¡Qué alegría es verla de nuevo, liberada de esos terribles criminales, señorita! — Era Nehru, quién me hizo una relevancia al estilo británico. Me empecé a preguntar que hacía él aquí. No, más bien, me preguntaba cómo pudieron todos ellos encontrarnos. Y fue lo primero que dije, después de tranquilizar un poco a Ekaterina: — ¡¿Cómo nos habéis encontrado tan rápido!? —

— Fue vuestro GPS. — Eso nos dijo Mao y quedé mucho más confundida que antes.

— Nosotras le pedimos ayuda, después de llamarle a la policía y avisarles. Como no pude convencer a Ekaterina de que debíamos esperar…— No le pedí la historia de cómo llegaron a nosotras, pero mejor así.

— ¡¿Cómo me pondría a esperar, tan tranquilamente, después de ver como secuestraban a mi amiga!? — Le interrumpió Ekaterina, mientras se limpiaba los ojos de lágrimas.

— Bueno, como no pude hacerlo e iba a hacerlo así como así, tuve que llamar a Mao para ayudarme. Ella apareció como un rayo y, en vez de ayudarme a pararla, decidió también intervenir para salvarte. —

Mao protestó, diciéndole que era un engorro esperar a la policía, como si intentaba ocultar el hecho de que me quería salvar lo antes posible, con la cara algo roja, se vio muy tierno de esa manera. Luego, añadió:

— Probamos con esta aplicación del móvil, que sirve para localizar a tus amigos y bueno, nos dio tu localización y lo seguimos hasta aquí. —

Me lo mostró, indicaba más o menos el lugar en dónde estábamos. Me quedé sorprendidísima, no sabía que existían aplicaciones así a mano del consumidor, es algo muy peligroso si caería en manos equivocadas.

— Bueno, no perdimos el tiempo y Mao llamo a un amigo suyo, ya que ninguno tenemos carnet de conducir y alquilamos un coche. — Intervino Ekaterina, que volvía a ser la misma de siempre, menos mal.

— Está, allá a lo lejos, ahí está Leonardo esperándonos, y parecía algo aterrado. — Candy nos lo señaló hacia la oscuridad.

— ¡¿Entonces, de verdad, habéis usado una estúpida herramienta del móvil que ni yo sabía que existía y habéis llegado más rápido que la policía!? —

Eso les pregunté, incapaz de asimilarlo. Al responder todos ellos que sí con la cabeza, añadí con todo mi asombro: — ¡¿De verdad, cómo es posible esto!? ¡¿Además tan rápido!? —

Tardaron en menos de un día en descubrir nuestra localización, superando a cualquier unidad policiaca, incluso a los más expertos. No se sí asustarme o asombrarme por el hecho de que haya sido salvada por adolescentes antes que por las fuerzas de seguridad:

— Acostúmbrate, este mundo está lleno de cosas que desafían la realidad misma.  — Y eso añadió Mao, mirándome con ternura. Dejaba claro que él había cosas muchas más alocadas que lo de hoy.

A continuación, vino mi siguiente pregunta: — Por cierto, ¿¡qué hace él aquí!? Entiendo que esté Ekaterina y Candy, pero si no es el conductor, ¿qué papel tiene en esto? —

— Pues, bueno, me vine con ellas para salvar a unas doncellas en apuros, a darles ánimos en su sagrada misión. — Me respondió, mientras intentaba mostrarse fabuloso, como si estuviera en un anuncio de champú. Yo decidí ignorarlo.

— Traduciendo, es un extra…— Me dijo Mao, tras lanzar un suspiro y luego, añadió Candy de forma simpática: — Se apunto como si esto fuera una fiesta. —

Nehru se lo tomó muy bien, se rió a pleno pulmón y añadió que eso era una forma de verlo. Bien por él, supongo.

— ¡Dejémonos de cháchara, tenemos que….! — Habló Mao, quién fue interrumpido por las palabras de Jane.

— ¡Eres muy guapo, ¿de dónde eres?! — Quién estaba hablándole, como si estuvieran en una discoteca. Parecía que sus ojos estaban brillando de la emoción. — ¡Pareces latino y a mí me caen muy los latinos, sabes! ¡Con el toreo, el desierto, Roma y esas ruinas raras de Zeus, Ollín y Salmón, son cosas muy elegantes e interesantes! — Me quedé en blanco, no podría creer que mi hermana hubiera caído en sus garras sin que él no hiciera nada.

Me preocupa su futuro, cualquier malnacido podría dejarla embobada con mucha facilidad, debo estar muy atenta. Además, de que sus nociones de conocimiento general eran tan horribles que duele.

— ¡Oye, no es momento para ligar! ¡Aún nos queda cosas que hacer! — Le replicó Mao, pero ella no le escuchó. Siguió hablándole a Nehru, que empezó a seguirle la corriente. Al ver que no podríamos pararla, mientras no había peligro, esperamos que se cansara de hablar.

— Es demasiado joven para mí, un bebé apenas. Deben pasar dos décadas para que se vuelva atractivo para mí…— Y Nabila lanzaba comentarios de este tipo, que intenté ignorarlos con todas mis fuerzas. Ya me asustaba esa parte de ella.

En fin, tras haber finalizado la conversación, Mao nos dijo: — ¡Ya hemos perdido mucho tiempo! ¡¿Ahora qué vamos a hacer!? —

Aquella pregunta nos dejó en blanco, nadie se acordó de que cuál era lo primero que teníamos que hacer a continuación, después de esto.

FIN DE LA DÉCIMOSÉPTIMA PARTE

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