Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Decimoctava parte, centésima decimoctava historia.

— Vuelvo a repetir la pregunta… — Repitió Mao la pregunta, tras ver que solo dominó el silencio. — ¿¡Ya sabemos qué hacer!? —

Esta vez, sí hablamos, por lo menos yo: — Pues bueno, creo que lo mejor es coger el coche y alejarnos rápido de aquí. —

— ¡¿Entonces, vamos a volver a la ciudad!? — Me preguntó Mao. — ¡¿Lo comunicaremos a la policía!? —

— Sí, lo lógico debería ser eso. — E intervino Ekaterina, muy pensativa.

— ¿¡Eh, y ya está!? ¡Volver a casita y hablar con la policía! ¡Eso es muy aburrido! — Entonces, Nabila protestó. No podría entender cómo podría decir tal cosa, nosotras ya sufrimos bastante, era suficiente con haber sido secuestradas. No está en una película de acción, ¡por el amor de Dios!

— ¡Ya nos hemos divertido bastante! — Eso le dije muy seria, mientras me ponía bien las gafas. — Ahora hay que irse. —

Y nos pusimos manos a la obra, nos dirigimos hacia al coche, pero nos habíamos encontrado con un problema bastante gordo en el camino:

— ¡¿Por cierto, alguien sabe dónde está el coche!? — Eso dijo Mao, con una cara de horror, tras detenerse de golpe, después de haber andado un montón. Se había dado cuenta de que estábamos dando vueltas.

— Pues, debe estar por…— Candy iba a señalar el lugar, pero no pudo reconocer por dónde habían venido. Empezó a dar vueltas como un pato mareado, en busca de algún indicio, muy preocupada. — ¡¿Por dónde debería!? —

— ¿¡Entonces, nos hemos perdido!? — Jane gritó de horror.

— ¡No pasa nada! ¡Tengo esa aplicación, buscaremos su móvil! — Le replicó Mao y, al sacar su teléfono, se quedó blanco. — ¡No te apagues ahora, maldita sea! ¡Mierda, mierda, no tiene batería! — Intentó revivirlo, pero fue en vano.

— ¡¿Y ahora qué hacemos!? ¡Ninguno más de nosotros lo hemos instalado en nuestros móviles! — Añadió Ekaterina.

— Mientras creamos en nosotros mismos, podemos encontrar el camino a casa. — Eso dijo Nehru, intentando hablar como si fuera un poeta.

Y si eso no nos ayudaba mucho, lo de Nabila menos, quién empezó a reírse como una loca, burlándose de forma infantil de Mao y de los demás que vinieron a rescatarnos: — ¡En serio, se ha apagado! Puf, jajaja… ¡eso os pasa por confiar demasiado en la tecnología! —

Y luego, tras terminar de reírse, añadió: — ¡Miren las estrellas como hacen los antiguos, así encontrareis el camino! ¡Yo os lo demostraré! — Y miró al cielo con una sonrisa triunfante. Al pasar unos segundos, dijo con una sonrisa: — ¡¿Cómo hacían eso de saber dónde están solo mirando esos puntitos!? —

Todos le miramos muy mal, pero nadie se atrevió a dejarle claro su estupidez, ella ya lo hacía solita. Lo mejor que hicimos fue ignorarla y pasar de largo.

— En fin, habrá que usar el instinto o algo así para poder llegar al coche. Es lo único que podemos hacer si estamos perdidos. —

Eso concluyó Mao, antes de empezar a caminar. Como nadie tuvo una idea mejor, hicimos lo mismo que él. Dar vueltas tontas sin parar por el maldito bosque, agotando la energía de nuestros móviles, haciéndolos de linternas, de forma inútil. Nuestros oídos estaban alertas, cualquier ruido que oíamos nos sorprendía, pensando que eran esos malditos ecos terroristas, cuando era producto de algún animal pequeño o incluso del viento. Mientras tanto, aproveché para contarles nuestro breve secuestro:

— ¡¿Y cuántos chalados de ese tipo habían en ese lugar!? — Me preguntó Mao, muy atento a mi historia. Yo le respondí que no pude calcular, pero obvio que eran muchos, más de los que fueron derrotados por él y Nabila. Añadió esperanzando: — Espero que todos esos que atamos fueran los únicos. —

No lo mencioné, pero para mayor seguridad, los chicos sacaron unas cuerdas y ataron a aquellos hombres desmayados.

— ¡¿Y cómo os han capturado a vosotras!? — Le preguntó Mao a Jane y a Nabila, a continuación.

— Es una historia compleja para contar. Ya, otro día será…— Lo soltó como si fuera un anciano que ya había pasado de todo.

— En verdad, es fácil. Nabila me dijo que saliera a casa, que el plan ya estaba a punto de comenzar. Como papa no me dejaba salir ni menos que cualquier amigo viviera, tuve que escapar. Y al reunirme con ella, van y aparece la furgoneta y nos metió. Luego, me explicó que todo era de mentira. — Jane, por su parte, nos lo contó.

Aún así, había un detalle del secuestro qué no sabíamos ni Jane ni yo, y que Mao intentó saber, preguntándole esto a Nabila:

— ¡¿Y cómo sabías que os iban a secuestrar!? ¡¿O más bien, a creerte que esos idiotas te iban a secuestrar de mentira!? —

Es una buena pregunta, yo hubiera hecho lo mismo si los acontecimientos no me hubieran perturbado. ¡¿Cómo llegó a Nabila a esa información, o cómo llegó a cooperar con esa gente, creyendo, o eso decía, de que era esto un secuestro de mentirijilla!? Además, hay otras cuestiones, cómo el hecho de fuera tan idiota para hacer tal plan.

— Pues, verán…— Se puso muy pensativa, poniendo caras raras y cruzada de brazos. Tras hacer eso durante unos segundos, dijo esto sin vergüenza alguna. — No me acuerdo apenas…— Parecía una excusa muy barata, pero siguió argumentándolo. — Creo que, cuando lo hice, estaba somnolienta, no sabía lo que hacía…—

Y ella empezó a soltar un montón de chorradas y sinsentidos para poder explicar eso, provocando que nos confundiéramos y ya ni sabíamos lo que estaba hablando. Al final, tuvimos que ignorarla, parecía que no se atrevía a contarnos la verdad, volviéndose un interrogante que sigue durando.

Entonces, avistamos a lo lejos un coche, que era visible por las luces que transmitían. Al momento, las prisas por llegar al coche hizo que casi todo el grupo saliera corriendo hacia allí, algo que la prudencia recomendaba no hacer.

— ¡¿Pero qué hacéis!? — Pero Ekaterina, con su faceta de líder, las detuvo con su voz, con muchísima facilidad. — No sabemos si ese coche es nuestro o del enemigo, ¡parad! —

— ¡Ekaterina, tiene razón! ¡Es de locos hacer eso! — Añadí yo, mucho más cortada que ella.

— ¡Ay, qué tienen esta gente con tanto correr! ¡Mejor ir sin prisas! — Comentó Mao, viendo al grupo con cara de pereza. Era muy curioso verlo actuar así, cuando se mostró muy ágil y energético al intervenir en la pelea de Nabila.

Haciéndonos caso, nos acércanos con mucho sigilo al coche hasta poder comprobar si era el de ellos o no. Por desgracia, no lo era.

— ¡Oh, vuestro coche es guapísimo! ¡Es de lujo y pura bestia alemán! ¡¿De verdad lo habéis alquilado!? —

Decía Nabila, actuando como si estuviera muy sorprendida por lo que estaba viendo. Y dijo “actuar”, porque parecía muy falso, como si ella se hubiera dado cuenta y se estaba burlando de ellos.

— No, ¡¿cómo vamos a ir por el campo con esa cosa!? ¡El nuestro es un todoterreno, de esos que parecen británicos! — Le replicó Mao.

Y la conversación hubiera seguido si no fuera por Ekaterina, que, con un gesto de silencio, nos hizo callar, para luego señalarlos que alguien salía del automóvil. Vimos que estaba hablando por teléfono, y que no parecía muy contento. Se puso a gritar en mitad del bosque.

— ¡¿Qué me calme, realmente piensas que puedo calmarme!? — Supimos enseguida de qué estaba hablando. — Habéis arruinado todo el plan, ¡¿cómo podréis mantener un secuestro sin las secuestradas!? —

Habíamos tenido la suerte de encontrarnos con la que había planeado nuestro secuestro. Y digo “la que”, porque su voz nos dejaba claro que era una mujer. La tenue luz no nos ayudaba a ver muy bien cómo era físicamente, pero parecía usar una ropa muy holgada.

— ¡¿Qué no lo diga tan alto, que alguien me podría escuchar!? ¡¿Sabes en dónde estoy!? ¡En mitad del puto bosque, y aquí nadie me escucha! ¡Así que deja de utilizar eso como excusa para hacerme callar, idiota! — Si fueran otras condiciones, me hubiera parecido hasta gracioso que alardeara  de que no tenía a nadie cerca suya, gritándolo lo más fuerte posible.

— Esa voz me suena mucho, es como si la hubiera escuchado en otra parte, pero no sé qué…— Entonces, esto comentó Mao en voz baja. — No estoy muy seguro, pueden ser cosas mías, pero me recuerda a una…— Todo el mundo le preguntó qué quería decir.

— No es nada… ¿O sí? ¡No puedo ser…! — Entonces, puso una cara de estupefacción, como si ya hubiera recordado algo horrible. Eso nos alertó.

— ¡¿Qué te pasa!? ¡¿Ya recuerdas!? — Añadí esta pregunta muy obvia, después de tragarme la saliva. Por lo que se veía en el rostro de Mao, se dejaba claro que no se trataba de nada nuevo.

— Pues la verdad es que creo que sí. No, estoy seguro. Esa mujer es una delincuente, la cual una vez espié una conversación suya en dónde el cliente le mandaba claro que debía matar un político. —

Casi dimos un grito de consternación cuando oímos esas palabras, menos mal que nos pudimos tapar la boca los unos a los otros, al momento.

Si en aquellos momentos suponíamos que ella era la presunta jefa de los ecos terroristas, o la que mandaba; y luego añadimos lo que nos dijo Mao, nos dejó claro que estábamos ante una persona muy peligrosa.

Quisimos saber más información sobre el tema, pero él nos dijo: — No me preguntéis más, eso es todo lo que puedo ofrecer. Por favor, ¡no puedo contar más, podría ser peligroso para vosotros! —

Decidimos callarnos y olvidar ese, después de ver en su rostro una cara de miedo, que nos dejaba claro que se la jugaba si decía más de lo necesario.

— ¡Vamos a seguir viendo, tenemos que comprobar que planea, ahora que hemos escapado! — Intervino Ekaterina, mostrándose muy serena. Y la hicimos caso, necesitamos conseguir más información sobre lo que quería hacer esa mujer.

— ¡Sabes, el cliente me ha pagado muy bien y no puedo perder ese dinero, ni tampoco tú! ¡Si esas chicas vuelven a la ciudad, todo está arruinado! ¡Todos tus esfuerzos por salvar las marismas será inútil, el petróleo será sacado y está alianza que tengo contigo lo mandaré a la mierda! ¡¿Y tú no quieres eso, verdad!? ¡Y no solo por eso, también vosotros vais a estar metidos en problemas! ¡Sin mi protección, vuestras travesuras os mandarán a la cárcel u os cazaran como perros! ¡¿Te recuerdo qué hace un año atrás, lo más que hacíais por proteger la naturaleza, era robar ganado!? ¡Así que, por favor, encuéntralas cómo sea! ¡Molerlas a palos y piedras, incluso! ¡No me importa, solo tienes que hacerlo, estúpido! —

Dio unos cuantos golpes al coche para liberar la furia que tenía, antes de colgar de forma violenta. Entonces, habló en voz alta:

— Tuve que haber elegido a unos mercenarios de verdad, no a los payasos estos. Ahora todo el plan ha ido al traste. Sin esas niñatas, no podemos obligar a las empresas petrolíferas a rechazar sus planes y que no toquen las marismas…—

Estaba confirmado de más que nuestro secuestro tenía mucho que ver con el tema del maldito y estúpido petróleo, pero lo que no sabíamos es que alguien, que parecía poderoso, no le interesaba que alguien buscará el oro negro en el norte de la isla. Tiene mucha lógica, esos idiotas no hubieran hecho tal cosa si no fueron manipulados y convencidos. Les tuvieron que dar muchas facilidades, entre ellos el refugio, para aquel trabajo. Tal vez, esa persona estuviera ayudando ahora mismo a entorpecer la labor de la policía, así se explica cómo los ecos terroristas han salido ilesos en hacer el crimen, a pesar de su evidente torpeza. Y lo más importante todavía, ¿¡fue también parte del plan de ese pez gordo manipular a Nabila, a decirle que solo iban a hacer un falso secuestro y atraernos a una trampa!? De alguna forma, que no nos quiere decir, fue incluida en este juego siniestro. Sea quien sea ese alguien, sabía que era amiga de Jane, y que ésta y yo éramos las hijas de los principales responsables de sus respectivas empresas en su lucha para conseguir aquel preciado recurso.

Y más preguntas se me vienen ahora mismo, ¿¡fue esa persona, ya sea con los ecos terroristas o no, en filtrar los documentos que causarían una gran revuelta en aquella reunión!? ¿¡Era una parte de su plan el secuestrarnos después de aquello, o fue una improvisación al creer que había fracasado en sus objetivos!?

Mientras yo estaba preguntándome todas estas cuestiones, esa mujer siguió hablando:

— ¡No entiendo al cliente, para qué quiera mantener esa mierda de lugar intacto, solo es tierra encharcada llena de mosquitos y de pajarracos! —

Al parecer, ni ella misma sabía de las intenciones de su cliente. Luego, añadió:

— ¡¿Y por qué estoy hablando sola!? ¡Parezco que estoy chalada! En fin, creo que es hora de intervenir…—

Entonces, vimos una escena que nos heló el corazón. Ella sacó una pistola y la llenó de balas. Me daba mucho miedo imaginarme lo que quería hacer con esa arma. Y lo mismo pensó los demás. Luego de esto, se montón en el automóvil y se fue.

Nos costó bastante poder reaccionar, después de ver eso. Y la primera que lo hizo fue Nabila, que se dio cuenta de un detalle que nadie vio.

— ¡Ah, por cierto! ¡Ya que ella ha usado su móvil, eso quiere decir que nosotras también! Debe haber cobertura, o algo así…— Eso me dejo muy sorprendida, ¡¿cómo no nos dimos cuenta de ese detalle tan revelador!?

— ¡Es verdad! — Gritamos todos, mientras sacábamos nuestros móviles. — A veces, no eres tan tonta como pareces…— Añadió Mao, y lo curioso es que Nabila se lo tomó muy bien, riendo de vergüenza, como si le hubieran dicho un cumplido.

Entonces, vimos algo fuera de toda lógica, que nos boquiabierta: — ¿¡Qué, cómo puede ser posible…!? — Cada uno gritamos algo parecido a estas palabras, incapaces de entender aquel misterio. — ¡¿Cómo que no hay cobertura!? — Miramos una y otra vez, probamos con llamadas y nada. Era imposible comunicarse con el teléfono. — ¡Es imposible, pero si ella ha estado hablando por el móvil hace escasos momentos, y parecía tener buena cobertura…! —

Sí, no era un error de lógica por parte mía. De forma misteriosa, y podría decirse conveniente al guión; ella pudo comunicarse con gran normalidad y nosotros no. ¿¡Su móvil era especial o tenía un aparato que le ayudaba a tener señal o es un misterio que nunca podemos comprobar!? Bueno, esto es solo un simple detalle, había más cosas que preocuparse que comprender el mecanismo de su teléfono. Es decir, estábamos en peligro, al igual que el chico que debía esperarnos en el automóvil que los trajo aquí.

— ¡¿Y ahora qué vamos a hacer!? — Preguntó Candy, temblando como un flan. — ¡Seguro que nos quiere cazar como si fuéramos conejos! —

— ¡Mierda, esto ha empeorado la situación! ¡Si esa loca ve el coche y a Leonardo, él no va a salir vivo de aquí! — Y Mao, con una cara llena de profundo terror, salió corriendo como un cohete, mientras los demás le gritábamos, sorprendidos y asustados, adónde iba.

— Ya recuerdo esta parte, esta es la carretera en dónde hemos pasado… ¿¡Dónde está el coche!? — Eso fue lo que nos dijo con gran nerviosismo, antes de mirar por un lado y otro, y salir corriendo hacia nuestra derecha.

Nosotras, a pesar del miedo, le seguimos, intentando estar a su altura. La única que lo conseguía era Nabila, los demás nos agotamos en menos de cinco minutos. Al final, nos encontramos con el automóvil.

— ¡¿Estás ahí, Leonardo!? — Mao empezó a gritar como loco, pero no había respuesta. — ¡Vamos, contéstame, hombre! —

Aceleró y alcanzó el coche en un periquete. Entonces, lo observó y casi le dio algo. Lo vio acostado en los asientos traseros, como si no tuviera vida.

— ¡¿Estás bien!? — Gritaba muy aterrado, mientras abría la puerta con los nervios a flor de piel. — ¡¿Sigues vivo!? —

Nosotras, al ver cómo se comportaba Mao, creíamos que había pasado algo horrible y la adrenalina nos ayudo a alcanzar al coche cuanto antes, rezando desesperadamente para que nada malo hubiera pasado.

Mao, que parecía tener ganas de llorar, le cogió el camisón y empezó a zarandearlo, mientras le gritaba:

— ¡Por favor, responde! ¡Joder, di algo! —

Entonces oímos su voz: — Ay, ¡¿ya estáis de vuelta!? — Dio un bostezo muy fuerte, mientras abría sus ojos adormilados. — ¡Perdón, gerente, me parece que me he quedado sobado! —

Un gran sentimiento de alivio dominó entre nosotros. Sobre todo a Mao, que además de dar un fuerte suspiro, lo soltó de forma muy brusca y añadió muy molesto: — ¡No me des estos sustos, hombre! —

Leonardo le pidió perdón, antes de observarnos y ver que habíamos sido rescatadas. Al vernos, gritó de alegría por nuestro logro, pero Mao añadió:

— Aún no podemos cantar victoria, parece que ha aparecido la jefa o una intermediaria muy peligrosa y que si nos ve, nos va a matar, tal vez. Y por estábamos asustados, creíamos que ella te había hecho algo malo al ver el coche aparcado por aquí. —

Leonardo se quedó boquiabierto, al parecer se estremeció al escuchar que podría haber muerto mientras dormía.

— De todos modos, ya no importa eso. Ahora que ya hemos encontrado el coche, es hora de salir pitando de aquí. — Intervino Ekaterina, y tenía razón. Deberíamos salir raudos de aquí.

FIN DE LA DECIMOCTAVA PARTE

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