Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Decimonovena parte, centésima decimoctava historia.

A continuación, después de habernos subido al coche, éste empezó a rodar por los caminos del maldito bosque, en busca de alguna carretera asfaltada. Sí, aún seguíamos perdidos, dando vueltas por los mismos sitios una y otra vez.

— ¡¿No entiendo cómo no podemos salir de aquí!? ¡Con lo fácil que fue entrar y encontrar a esta gente! — Mao no dejaba de protestar. Estaba bastante irascible, quería llegar a la casa pronto.

— Bueno, ¡ya saben lo que dicen, entrar es fácil, difícil es salir! — Y Candy, Nehru y otros le intentaban tranquilizar. — ¡No te preocupes, hermosa dama, no debes dejar que los nervios te alteren, van a destruir tu bonita figura! — Aunque a su manera, y con malos resultados. Sobre todo, ese indio, que no dejaba de cortejarle. No niego que me estaba molestando, pero me aliviaba al saber que se estaba ligando a alguien de su mismo sexo. Bueno, más bien, creo que disfrutaba molestando a Mao, actuando como un ligón con él. No dejaba de reírse y tomarlo todo a cachondeo, mientras éste le decía con furia que cerrará la boca.

Además de ellos, y de Nabila y Jane, que estaban haciendo estupideces entre ellas, como si estuviéramos yendo en un día normal de campo; los demás estábamos en silencio, muy preocupados por la situación. Si no salíamos del bosque pronto de un momento para otro, nosotros nos íbamos a encontrar con esa loca y con sus secuaces.

Y entonces, vimos las luces de un coche a lo lejos, que iba a una velocidad que no debía estar permitida en aquel camino de tierra. Nos pusimos a temblar con el temor de que fuera aquella mujer.

— ¡Mierda, nos ha pillado! — Grité.

— No te adelantes, ¡seguro que serán otro automóvil! — Mao me replicó.

— ¡Haced cómo si no hubiéramos hecho nada! — Esa fue la propuesta de Candy, que empezó a actuar de una forma tan falsa que solo se volvía muy sospechosa.

— Por favor, que no sea ese coche, por favor…— Y Jane se puso a rezar.

Y pasó por nuestro lado, raudo y veloz, aunque nos dio tiempo a saber qué tipo de automóvil ere ese. Por desgracia, era el mismo modelo que llevaba aquella persona.

Eso nos puso la carne de gallina. Leonardo pisó un poco más fuerte el acelerador, mientras el resto mirábamos hacia atrás, preguntándonos si el automóvil iba a cambiar de dirección para ir a por nosotros o seguía su camino. Pero, al final, parecía que nos había ignorado. Habían pasado unos cuantos minutos y nadie nos perseguía. Dimos grandes suspiros de alivio.

— ¡Uff, eso estuvo cerca! ¡Parece que Lakshmi nos ha sonreído! — Eso dijo Nehru, con tono victorioso.

— Casi me iba a dar un ataque al corazón. — Añadió Candy, y Jane empezó a burlarse de esa mujer: — ¡Jajaja, toma eso, eres una idiota por no haberte dado cuenta de hemos pasado a tu lado! —

Entonces, Nabila nos avisó, mientras seguía mirando hacia atrás: — Yo no estaría tan segura, ahí viene, como si fuera Cruella de vil. —

Y todos miramos hacia atrás y lo vimos, como el automóvil venía a por nosotros a toda velocidad.

— ¡Mierda, acelera! ¡Acelera! — Le gritaba Mao.

— No puedo acelerar más, ¡ir a más de sesenta por esta carretera nos va a matar! — Ese Leonardo tenía razón, pero estábamos muy alterados. Venían a por nosotros.

Y lo peor es que escuchamos un fuerte sonido que reconocimos enseguida. Todos agachamos la cabeza instintivamente, poniéndonos más histéricos de lo que estábamos.

— ¡La hideputa nos está disparando! ¡Está loca de la cabeza! — Gritó Mao.

— ¡¿Y cómo puede disparar y a la vez conducir!? — Añadió Candy.

— ¡Eso ni me importa ni me da, corre, corre! ¡Mucho más! — Hasta Nehru actuaba como una señorita asustada.

— ¡Tranquilizaos, tranquilizaos! — Ekaterina también estaba alteradísima, pero luchaba por recuperar la serenidad, algo casi imposible en aquellos momentos.

Mientras mi pobre Jane aún estaba agachada, llorando de miedo; Nabila demostró ser la única que no estaba asustada, llegando a comentar esto:

— ¡Parece que esto se ha puesto demasiado intenso! —

Hasta dio unas risas, eso me reventó tanto que tuve que decirle esto: — ¡No es momento de bromear, estamos en peligro! — En verdad, ¿¡en su cerebro tiene un problema para analizar las situaciones o qué!?

Esta vez Leonardo aceleró lo máximo que pudo, alcanzando los ochenta kilómetros por hora. Ir así en una camino de tierra era una locura, a pesar de que era muy ancha y con pocos baches, situados la mayoría en los márgenes.

Eso no era suficiente, el otro automóvil iba a una velocidad tremenda y nos estaba alcanzando en cuestión de segundos. Parecía que la conductora no le importaba alcanzar los cien kilómetros y más, una pura suicida. Y para el colmo, nos seguía disparando, mientras Leonardo hacia zigzag con el coche para evitar las balas. ¡¿Cómo era posible esto, qué clase de entrenamiento ha recibido esta mujer para disparar y conducir a la vez!?

Se cansó de disparar, algo que nos alivio muchísimo; para luego, con mucho horror, comprobar que era porque nos estaba pisando los talones e intentaba arrollar nuestro coche.

— ¡¿Qué mierdas haces, idiota!? — Mao le gritaba lleno de ira, mientras nuestro coche sufría una y otra vez los horribles atropellos del otro, que estaba destrozando el maletero. — ¡Este automóvil es alquilado, no puede destrozarlo así como así, que luego hay que pagar los daños! —

— ¡¿Qué hacemos!? ¡Si sigue así, nos va a lanzar fuera de la carretera y nos estrellaremos contra los árboles! — Gritaba Candy, rompiendo en llanto. La situación era muy desesperada.

Entonces, Leonardo en una especie de acción reflejo, hizo un movimiento muy arriesgado. Antes de que el otro coche frenara un poco y se lanzará hacia nosotros para cargar de nuevo, éste movió el todoterreno bruscamente hacia al otro lado del carril y frenó en seco. Nuestra perseguidora pasó de largo y salió del camino, pero, para nuestra desgracia, no se chocó contra nada y empezó a cambiar de sentido.

— ¡Vamos, vamos, Leonardo! — Le gritábamos desesperadas, mientras él cambia de dirección. — ¡Da la vuelta y salgamos pitando! —

 

Pues, en fin, empezamos a recorrer todo el camino inverso, esta vez yendo lo más rápido posible para que ella no nos alcanzará. Estábamos al borde de la locura, ya ni nos importaba que pudiéramos tener un accidente o nada parecido. De un modo u otro, estábamos en peligro de muerte.

Y entonces, a lo lejos, vimos otro automóvil, era la misma furgoneta en la cual la usaron para secuestrarnos, poniéndose en medio, como una medida para cerrarnos el paso.

— ¡¿Pero qué hacen estos locos!? — Gritó Nehru, poniéndose las manos sobre la cabeza.

— ¡Tuvieron que aparecer esos idiotas! ¡Maldición! — Exclamó Mao, por su parte.

— ¡¿Y ahora cómo nos lo podemos quitar de encima!? — Añadí, incapaz de mantener la calma.

Esos malditos idiotas querían matarnos, y matarse ellos. No sabían lo que estaban haciendo. Y lanzaban gritos de guerra hacia nosotros, con mucho entusiasmado, como si fuéramos sus enemigos, los malos malosos que contaminan la tierra.

— ¡Pues, pues…! ¡A todo o a nada! — Entonces, Leonardo gritó con todas sus fuerzas, como si fuera un guerrero desesperado o un animal que, al verse totalmente acorralado, decide hacer lo que sea para salvar su vida.

Sí, iba a hacer una locura y, viendo su rostro empapado de sudor frio y con una expresión de terror, él sabía que lo que hacía podría matarnos, pero no había otro remedio. El resto, en vez de preguntarle qué estaba haciendo, gritamos como locos de forma inconsciente, sin saber o no si íbamos a morir o no.

Mientras gritábamos a todo voz, Leonardo se acercó como un kamikaze hacia a la furgoneta, cuyos ocupantes, al ver que no nos deteníamos, se le borraron la sonrisa de la cara para pasar a una de horror.

— ¡Están locos! — Se pusieron a gritar, mientras salían pitando del coche. — ¡Nos quieren matar! — El vehículo se vació. — ¡Socorro! — A la vez que esta gente desaparecía entre el bosque.

A continuación, sin disminuir la velocidad del coche, Leonardo dio una maniobra muy peligrosa. Giró de forma brusca hacia la izquierda, para ponerse en los márgenes de la carretera y esquivar el coche. Estábamos muy cerca de haber atropellado a algún árbol, pero la suerte nos sonrió y nuestro conductor pudo volver al camino, evitando aquel obstáculo.

Todos soltamos un gran suspiro de alivio, mientras Leonardo se ponía a llorar de alegría al ver que salimos vivos de ésta.

— Espero que sea la última vez que hagas…— Le dijo Mao, quién se estaba recuperando del susto. Los demás le dieron la razón.

— ¡Eso ha sido increíble! ¡Tenemos que hacerlo de nuevo! — Salvo Nabila, que lo gritaba muy emocionada. Todos le miramos mal, ¡¿qué se creía, qué esto era un parque de atracciones o qué!?

No le dijimos nada más, yo estuve más atenta a ayudar a Jane a vomitar por la ventana, porque esa maniobra le sentó muy mal.

Gracias a Dios, perdimos de vista a esos chalados y el viaje se torno mucho más tranquilo, tanto que Leonardo bajo la velocidad un poco.

— ¡Parece que ya nos hemos librado de ellos! — Comentó Candy, mientras vigilaba por detrás, después de haber pasado casi una media hora.

— ¡No te confíes mucho, seguro que se están organizando de nuevo para ir a por nosotros! — Le replicó Mao, quién también hacia lo mismo que ella.

— O también que la mujer del coche lujoso haya sufrido un accidente…— Añadió Nabila con tono de burla, respondiendo a un deseo que habitaba en todos nosotros. Ojala hubiera sido así.

Y tras varias curvas, salimos del bosque, pero no llegamos a la civilización. El camino chocaba frontalmente contra una gran masa de agua, la de un rio que se estaba ensanchando a medida que se acercaba al mar. A pesar de la oscuridad reinante, se diviso ciento de pequeñas islas. Al ver que no que no podríamos subir el cauce del rio, tuvimos que dirigirnos al mar, ya que la carretera de tierra lo seguía.

— ¡No me gusta, si llegamos a la costa del norte estaremos totalmente incomunicadas! — Comentó Ekaterina con mucha preocupación.

La franja costera del norte de Shelijonia era un lugar en dónde apenas hay pueblos costeros, sobre todo en la parte occidental. Un mal sitio para poder escapar de esta gente.

— ¡Qué remedio, no podemos volver hacia atrás! — Le replicó Mao, tras soltar un fuerte suspiro. Parecía que estábamos entre la espada y la pared.

Y Nehru soltó esto: — Entonces, ¡¿nosotros nos estaremos dirigiendo hacia las famosísimas marismas!? —

Eso nos dejó pensando, sin habernos dado cuenta, por culpa de la nula visibilidad, que ya estábamos en ellas.

Y tras unos cuantos kilómetros más, llegamos al final del camino. Tras bajar una pequeña cuesta, atravesar un campo de arena, nos encontramos con un promontorio, algo bastante inusual en un lugar totalmente plano como éste. Al subir unas cuantas cuestecillas, nos pusimos bajo aquella roca, escondiéndonos por el lado oeste, mientras salíamos afuera del coche.

— ¡¿Hemos llegado a la costa!? — Mao fue el primero a salir y el que lanzó el primer comentario.

— Pues parece que sí, ¡ahí está el mar! — Candy le señalo hacia al norte, como el mar se extendía de oeste a este, reflejando la luna que ya estaba bajando hacia al poniente. Me imaginé que ya había pasado bastante desde que dieron la media noche.

— Es un camino sin salida…— Ekaterina empezó a analizar la situación, llena de preocupación. — ¿¡Y ahora qué podemos hacer!? —

Yo compartía el mismo sentimiento, ya estábamos en el final de todo y no podríamos volver atrás. De un momento para otro, íbamos a estar rodeados. No teníamos armas ni alguna herramienta que nos podría servir, ni tampoco aquella roca en mitad de la nada nos ayudaría como un castillo improvisado.

Estos pensamientos eran interrumpidos por los gritos de los demás, entre ellos Nehru, que gritaba desesperado: — ¡Ah, qué fastidio, éste lugar está lleno de zancudos! — No dejaba de azuzar las manos de un lado para otro para alejar a los bichos, pero éstos le estaban comiendo.

Bueno, no era solo a él, sino a todos. Yo me di cuenta de que mi brazo estaba rabiando de dolor porque recibí más de cinco picaduras en él.

Al único que no le picaba era a Mao, ¡qué suerte tuvo el maldito!

— ¡Tengo hambre! — Y aparte de esto, Nabila estaba actuando como una niña pequeña. Yo le repliqué esto: — ¡Pero si has comido antes! — Y me dijo: — Pero eso no es nada suficiente. — Al parecer, su estomago es tan grande como su estupidez.

En fin, entre las quejas por los zancudos, o mosquitos, o cómo quieran llamarlos; las de Nabila porque quería comer más y las palabras que le estaba dedicando Candy al mar, como si la inspiración le hubiese llegado y se puso poética, que intentaba hacer poemas, sin darse cuenta de que ni se sabía lo básico; aquello fue una completa gallinería.

— ¡Paren, paren de hablar! ¡Vamos! — Y Mao tuvo que poner silencio en la roca, por no decir en la sala. Al callarnos y esperar a ver qué quería decirnos, imaginándonos que nos iba a contar algún plan genial que se le había ocurrido, porque eso nos hacía creer su rostro serio; escurrió el bulto y se lo dejó a otra persona: — Le daré el honor a Ekaterina a dictaminar lo que vamos a hacer, ya que para algo es la líder de la hermandad. —

Una expresión de decepción se gravó en nuestras caras, mientras Ekaterina, algo sorprendida, se preparaba para hablarnos:

— ¡Oh, gracias, hermana Mao! — Dio un suspiro y añadió, algo cortada: — Bueno, por ahora, todos vamos a comer. No sé si será suficiente, pero tenemos alimentos de sobra para dos o tres días. — Nabila gritó de alegría, mientras Candy nos puso a hablar sobre lo que le costó conseguirlos. — Ya pensaremos algo, mientras cenamos. — Y con esto, ella finalizó.

Para ser Ekaterina, ese breve discurso no le era propio. No hubo aquella actitud de liderazgo tan típico de ella, sino que se mostró bastante tímida e incluso avergonzada. Supongo que ni siquiera ella podría asimilar todo lo que nos había pasado y la habían pillado en el peor momento. Aún tenía que saber cómo podríamos salir de aquella dramática situación.

— Tenemos varios espray para alejar los mosquitos, así como otros elementos que nos servirán de para algo, mientras descansamos aquí. —

Añadió ella, al escuchar las quejas de los demás con los insectos, que salieron pitando al coche en busca de aquellos necesarios repelentes.

Además de eso, me mostró a mí, a Nabila y Jane todo lo que trajeron, se notaba que se habían preparado muy bien, parecía como si su verdadera intención era ir al campo en vez de rescatarnos.

En fin, Nabila y Jane se pusieron a comer los paquetes de patatas que ellos trajeron, mientras Ekaterina y yo hacíamos un fuego, con ayuda de una inexperta Candy:

— ¡En serio! ¡Yo hacía esto cuando era una cría! ¡Me pasaba largas temporadas en los bosques de Oregón con las Girl Scouts! ¡Debería recordar cómo se hacía esto! —

La pobre nos intentaba convencer que ella hizo estas cosas, a pesar de que su torpeza no ayudaba. Y no paraba de hablar del mismo tema, como si se iba a sentir menospreciada por nosotras solo porque no tenía ni idea de lo que era un maldito fuego. Llegamos al punto de que nosotras una y otra vez le dábamos la razón como si fuera una loca. Aunque, bueno, por lo menos, se dignaba a ayudarnos.

— ¡¿No creen señoritas, que el cielo que tenemos ante nosotros es muy, muy hermoso, tanto como ustedes!? ¡Es una verdadera delicia, esta gran bodega celestial! ¡Y tiene razón la gente, en las ciudades hay mucha contaminación…! ¡…de las luces! ¡Bueno, algo así! —

El muy maldito hindú se hacía el caballero, mientras miraba acostado a las estrellas, viviendo la buena vida; a la vez que nosotras intentábamos hacer encender el fuego. Me estaba dando ganas de darle una patada. Para ser alguien tan educado y adulador con las mujeres, tenía una jeta enorme. Incluso el amigo de Mao, Leonardo, nos ayudaba, buscando material para usarlo como combustible para nuestra fogata.

Bueno, no era el único, Mao también estaba vagueando. Aunque, en este caso, más que enfado era preocupación. Con un gran desánimo y un rostro bastante deprimido, nos dijo que iba a estar en el coche. Al parecer, aún no había salido de esa depresión que llevaba arrastrando hace tiempo. Tenía ganas de acercarme y preguntarle cómo estaba, pero, primero, habíamos qué hacer el fuego.

En fin, esto parecía más una acampada que una situación desesperada, una completa ironía.

Mientras todos nosotros estábamos en peligro de muerte, perseguidos por una especie de sicaria y sus lacayos ecos terroristas, perdidos en mitad de ninguna parte, en medio de un secuestro que debía estar tambaleando la misma isla; pasábamos el rato como si hubiéramos ido a pasar una semana en el campo. Completamente esperpéntico.

FIN DE LA DECIMONOVENA PARTE

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