Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Vigésima parte, centésima decimoctava historia.

Al día siguiente, me desperté con mucha dificultad y con un dolor enorme en el cuerpo, sobre todo en la espalda. Bueno, es normal, había dormido en el coche. No les recomiendo que duerman ahí, es muy incómodo.

Yo no era la única, Jane dormía en el asiento del conductor y Leonardo y Nehru en la parte de atrás. Con algo más de suerte, Mao, Candy, Ekaterina y Nabila pudieron dormir en una tienda de campaña. Y había dos, pero se descubrió que el otro estaba roto, cuando lo íbamos a usar; así que unos pocos tenían que dormir en el automóvil.

Tras abrir los ojos poquito a poco y ver que la luz ya nos estaba iluminando, me levantó del asiento y empecé a estirar los músculos para poder quitarme el dolor. Vi que era la primera y me pregunté si debería despertarlos a los demás. No pude, dormían como bebés, no quería despertarlos, aún cuando dormir de esa manera les iba a destrozar las espaldas.

Sin quitarme las mantas de encima, incapaz de hacerlo por culpa del frío húmedo que dominaba el lugar; salí a afuera. Me fui al maletero y saqué todo lo necesario para lavarme los dientes. Entonces, miré de frente y vi algo que me dejó espantada, con la boca muy abierta, y que provocó que diera un grandísimo grito:

— ¡¿Qué…!? — Esta simple palabra fue tan fuerte que asustó a los pájaros, que salieron a bandadas; y despertó a los demás, que me preguntaban qué me pasaba, mientras abrían sus ojos y salían de dónde dormían.

— ¡¿Ahora qué te ocurre!? — Estos eran algunas de las muchas cosas que me decían los demás. — ¡¿Ha pasado algo!? — Los puse muy nerviosos y alterados. A una solo le molesto que la hubiese despertado. — ¡¿Por qué has gritado!? Estaba teniendo un sueño hermoso con Clint Eastwood. — Se nota muy bien de quién es.

Entonces, ellos se dieron cuenta y soltaron unos gritos de conmoción, igual de fuertes o más que los míos, sobre todo los de Mao, que expuso de forma innecesario muchas palabras malsonantes.

Para nuestra sorpresa, estábamos totalmente rodeadas de agua. La pequeña elevación en dónde nos pusimos a descansar, al lado de aquel peñasco, se volvió de la noche a la mañana en una isla. Aquel caminito que habíamos cruzado se volvió azul y nos separaba de la otra orilla, en dónde estaba situado el bosque. Estábamos rodeadas, incapaces de poder salir de ahí.

— ¡¿Cómo es posible esto!? ¡Si anoche todo esto estaba más seco que un desierto! — Gritó de nuevo Mao, mientras se acercaba a la improvisada orilla, como si necesitaba verlo de cerca para comprobar que sus ojos no le engañaban.

— ¡Y no solo eso, miren a nuestro alrededor! ¡Las marismas, las marismas, estamos rodeados de ellas! — Nos dijo Candy, maravillada al ver lo que nos rodeaba.

Salvo por el lado en dónde estaba el camino que nos llevo a aquí, el resto del brazo del rio estaba lleno de todo tipo de fauna y flora. Muchas plantas que veíamos eran enormes, parecían que alcanzaban las alturas de Nabila y Jane. Los pájaros iba de un lado para otro, muchos de ellos tomaban el sol sobre la roca o en el techo de nuestro coche. En el agua se observaba una cantidad sorprendente de peces. Ese lugar estaba totalmente lleno de vida y nosotras estábamos en medio, sin habernos percatado de aquella diversidad.

— Por eso, había tanto jaleo por aquí. — Añadió Jane, aunque el ruido que producían los bichos era igual que en el bosque, así que era normal que no nos diésemos cuenta en ese simple aspecto.

— ¡¿Cómo no nos pudimos haber dado cuenta de esto!? — A Ekaterina casi le dio algo. — Ahora, nuestra situación es peor. —

— Entonces, ¡¿todo el plan que ideamos ayer fue un desastre!? — Le preguntó Candy.

— No del todo, pero habrá que cambiarlo de forma sustancial. —

En la noche anterior, bajo la luz de la fogata, ella nos estuvo contando un plan que se le había ocurrido, que luego fue añadiéndose por observaciones que hicimos los demás, sobre todo Mao, a quién tuvimos que sacar del coche y convencerle para que comiera algo, ya que nos decía muy desanimado que ni ganas de comer tenía ahora mismo.

— ¡¿Entonces, señorita Ekaterina, qué es lo que tiene en mente!? — Le preguntó Nehru, mientras tocaba, más mal que bien, un instrumento que se había traído, parecida a la guitarra, llamado “sitar”. Me quedé preguntando por qué se le ocurrió traer tal cosa y fui incapaz de encontrar respuesta a ese enigma.

— Pues bueno, podría idear un plan que me parece arriesgado, pero creo que se podrá hacer. — Todo el mundo trago saliva, mientras escuchábamos atentamente las palabras de Ekaterina. — Propongo que hagamos una táctica de distracción, vamos a engañarlos…—

En definitiva, el plan era esperar a que vinieran a por nosotros y dejar el coche a la vista. Ellos se acercarían a observar al vehículo y nosotros, que nos habíamos escondido detrás de las rocas, le empezaríamos a tirar todo tipo de productos para distraerlos y atacarlos. Había que ir a por la sicaria y quitarle la pistola de encima, era el elemento más peligroso. Seguramente, decía Ekaterina, con solo capturarla, ellos se rendirían rápido.

— Realmente, ¡¿crees que va a funcionar!? Las únicas que valemos para el combate somos yo y la Nabila ésta. — Le dijo Mao.

— Los demás van a colaborar, distrayéndolos. No sé cómo, tal vez seguir tirándoles productos u otra cosa. Vosotras sois las que vais contra esa mujer y luego de reducirla, id por los demás. —

Nabila gritó que lo iba a hacer con mucho gusto, encantada de participar en tal plan. Por dar tortazos a diestro y siniestro a la peña, esa chica haría cualquier cosa. Mao aún no estaba seguro:

— ¡¿Y si se adelantan y miran hacia el peñasco, en vez del coche!? —

— Pues…— Ekaterina cruzó los brazos y se puso a pensar durante unos segundos. Luego, añadió: — Entonces, haremos otro engaño, les haremos creer que estamos ahí dentro. —

Ahí nos quedamos un poco perdidos, ¡¿cómo podríamos simular eso!? Y la forma que se le ocurrió no nos convenció de mucho, ni siquiera ella estaba muy segura de que eso podría funcionar. Pero aceptamos hacerlo, porque no nos quedaba otro remedio.

— ¡¿Entonces, sigue vigente!? — Le preguntó Mao a Ekaterina, mientras observaban la orilla. — ¡Sí, más o menos! ¡Pero no tenemos vía de escape por si nos salen mal las cosas! —

— ¡Bueno, ni ellos podrán llegar hasta aquí! — Le replicó Nabila. No teníamos salida, pero tampoco había una entrada para ellos, así que era muy raro sentir que teníamos una ventaja y a la vez desventaja.

— De momento…— Le dijo muy pensativa a Nabila. — Al parecer, hay una especie de marea por aquí. Si nos encuentran, esperarán hasta que el agua baje. —

Era lo lógico. Si yo fuera ellos, esperaría tranquilamente en la otra orilla, porque no nos íbamos a ninguna parte. Y no creo que fueran muy tontos de lanzarse al agua e ir a por nosotras. Si así fuera, esa sicaria, que se ve muy lista a comparación de esos ecos terroristas, lo impediría.

Por suerte, no estaban ahí y si no fuera por el agua, tal vez podríamos haber cruzado e ir por la costa. Ahora, con la luz del sol, se veía que al lado del camino había una playa muy extensa, con grandes dunas. Sería imposible ir por ahí montado en una furgoneta o un deportivo, pero con un todoterreno, como el nuestro se podría.

— En fin, no nos podemos distraer. Tenemos mucho trabajo que hacer, ¡preparen todos los preparativos para el plan! ¡De un momento u otro, llegarán! ¡Sabrán que no tenemos salida y al ver el sol nos buscarán, así que rápido! —

Y nos pusimos manos a la obra, preparamos el plan con mucha rapidez, en menos de cinco minutos. Yo organicé a los chicos, mientras Ekaterina nos lanzaba sus órdenes. Los demás nos escucharon con atención e hicieron lo mejor que pudieron, incluso Nabila. Fue un buen trabajo en equipo.

Al terminar los preparativos y a raíz de que aún no habían aparecido, nos pusimos a descansar y a relajarnos, con un centinela que nos avisara de algo sospechoso.

— ¡¿Van a tardar mucho esa gente!? — Protestaba Nabila. — ¡Yo quiero que lleguen ya! —

— ¡¿Solo han pasado diez minutos y ya te quejas!? — Di un suspiro de fastidio, no quería escucharla tan temprano. — Y si llegaran, habría que esperar a que bajara la marea, así que te vas a aburrir de sobra. —

Ella lanzó rugidos de protestas, mientras se ponía a exclamar que esto era un rollo. Candy le dijo:

— ¡No te preocupes! ¡Si el aburrimiento te vence, pues haz algo! ¡Mientras no salgamos de la sombra de la roca, no pasa nada! —

— Pues me pondré a excavar. — Y ella sacó una pala de plástico de una de las maletas que teníamos a mano, con los objetos que más daño se podría hacer.

— ¿¡De dónde ha sacado esa pala!? ¡¿Quién la ha traído!? — Eso pregunté yo, muy sorprendida. Los demás también se quedaron igual, nadie sabía de quién era esa pala.

Bueno, ignorando el cómo llegó aquel objeto inservible a nuestras manos, al final se volvió más o menos útil, nos sirvió para que Nabila estuviese calladita y ocupada. Como si tuviera cinco años, ella empezó a hacer un agujero en el suelo.

Entonces, me senté a los pies de la roca y Jane hizo lo mismo, poniendo su cabeza sobre mi hombro, se veía algo agotada y desanimada. Lanzó unos suspiros. Le pregunté: — ¡¿Quieres que esto se termine ya, no!? —

Casi le iba a decir si estaba bien, pero en el último momento cambié de frase.

— No sé, hermana…— Me decía con una expresión de tristeza. — Solo me preguntaba cómo estarán mis papás. Es raro, llevo dos días sin saber nada de ellos y eso…—

— Me imagino que estarán muy preocupados, supongo que deben haber llorado un montón por su hija…— A pesar de todo, yo creía que ellos quieren a su hija. — Es normal, creo. O eso me imagino. —

No puedo negar que me dio un poco de envidia, a diferencia de mí, ella debía haber recibido bastante amor de sus padres. Ni tampoco que oír eso me entristeció un poco.

— ¡Seguro que mi papá estará pensando en ti! — Se cambiaron los papales, ahora ella intentaba animarme. — O incluso esa mujer tan horrible que es tu mamá, seguro que está sintiendo algo por ti, por saber que has sido secuestrada…—

No dije nada, solo contesté con el silencio. No quería que saliera por mi boca una burla ácida ni palabras desagradable. Yo ya sabía que ningún de esos dos elementos se iban a sentir mal por mi secuestro. Y así fuera, ya era demasiado tarde para ellos.

Al ver que todos me miraron con preocupación y notar que mi hermana se arrepintió de decirme eso, dándose cuenta de que me sentó más mal que bien; le acaricié la cabeza y le dije con una expresión de discreta felicidad:

— Me cuesta imaginar eso, pero gracias por la intención…—

Y Jane me dijo algo más, pero no lo logré escuchar, ya que Nabila empezó a chillar, a la vez que escuché un sonido muy fuerte, como si un líquido que estaba presionado hubiera encontrado un escape y salía a todo gas. Miré rápidamente hacia ella y me quedé abobada.

— ¡Ay, qué asco! ¡¿Qué es esta mierda negra!? — Gritaba Nabila, mientras se tocaba la cara y el pelo, que se llenaron de un líquido viscoso y oscuro. — ¡Esto apesta, no puedo ver! —

— ¡¿Qué cojones has hecho!? — Le decía Mao, después de recuperar del susto que nos dio eso. — ¿¡De dónde sale esto!? —

Nadie se lo esperaba, salió de repente y de golpe, por poco nos íbamos a morir del susto. Aquel líquido negro salía como una fuente del suelo.

— Solo excavé un poquito y ha salido de repente…— Estaba bastante alterada la pobre. — ¡Qué alguien me lo quite! —

Y Nehru se sacó unos pañuelos y se lo dio con aquella caballerosidad tan molesta que se gastaba, más o menos. Ella se limpió más o menos, con su ayuda, y de Mao, que no dejo de protestar. Al final, pudo abrir los ojos, aunque su cara estaba muy negra.

Tras aquella sorpresa, nos fijamos en aquel líquido.

— No me puedo creer, esto es…— Dijo Ekaterina, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Mao le terminó la frase: — No hay ninguna duda, es petróleo. —

Ya sabíamos que había petróleo bajo nuestros pies y que, en algunas zonas, salían del agua; pero no nos esperábamos que, con solo excavar un poco la tierra, saliera aquel oro negro, el origen de aquella disputa entre empresas que nos llevó a esta situación surrealista. Ni siquiera hacía falta hacer un maldito pozo.

— ¡Increíble, en  otros lugares tienes que excavar un montón para sacarlo y aquí sale a ras del suelo! ¡No me lo creo! — Gritó Candy, de una forma muy exagerada, pero que expresaba muy bien lo que sentimos todos.

— Con esta reserva, es normal que se hayan peleado. Con esto, uno se puede hacer rico, muy rico de una forma muy fácil. — Y Mao recuperó algo de ánimo, mirando con algo de avaricia. No sé cómo sentirme al verle así, pero era mucho que verlo lleno de desánimo.

— No solo eso, gerente. Miré a nuestro alrededor con mayor detalle. Hay grandes manchas negras por toda la marisma. — Entonces, nuestro centinela, Leonardo, intervino y nos mostró todo nuestro alrededor.

Miles de machas negras y ríos de tinta recorrían las aguas de las marismas, y algunos pájaros pasaba a su lado, sin impórtales mucho llenarse con aquel liquido negro.

— ¡¿No les pasa nada malo a los animales y plantas convivir con esto!? —

Añadió Candy y nadie se atrevió a responder esa pregunta, porque no teníamos ni idea de cómo había tanta naturaleza alrededor de unos de los combustibles más contaminantes de la tierra. Era algo chocante y un poco extraño, si les digo la verdad.

La verdad es que todos estábamos más preocupados en cómo decirle que la camiseta que llevaba puesta se lleno de petróleo por la espalda. Al parecer, de la roca también salía eso. No vean cómo se puso, al descubrir que su ropa de “Nichijou” (no sé qué es eso, pero debe ser la serie o las chicas anime que estaban impresos en él) se llenó de oro negro.

A continuación, tuvimos que seguir esperando. Tras soportar los quejidos de aburriendo del personal, tras jugar a varias partidas de cartas, tras ver a Mao echarse una siesta muy larga y hablar sobre Jane, muy entusiasmada, sobre lo que estaba descubriendo del mundo del metal; Leonardo empezó a chillar, mientras se escondía detrás del peñasco:

— ¡Ya están aquí, ya están aquí! — Supimos enseguida lo que estaba pasando, había llegado lo inevitable.

— ¡¿Cuánta gente ves ahí!? ¡¿Ves a la sicaria esa!? — Le preguntó Mao.

— Pues hay dos furgonetas, la de la otra noche y otro que no hemos visto. A su lado está el deportivo y de ahí sale esa chica que nos quería matar ayer. Deben ser como unas veinte personas, por lo menos. —

Oír esa cifra me ponía los pelos de punta, ¿¡cómo podríamos ser capaces de derrotar a tantos!?

— ¡¿De dónde habrá sacado ese monstruo a tantos idiotas!? — Añadió Mao, muy molesto. — ¡Son demasiados, incluso para nosotras! —

— ¡Eso serás tú! ¡Yo me puedo encargar de todos fácilmente! — Nabila, por su parte, aún se creía capaz de luchar contra tantos. Bueno, después de lo que he visto, se nota su gran confianza. Aún así, alguien debía bajarla de las nubes, por muy fuerte y peligrosa que sea. Hay un límite que uno no puede superar, y creo que veinte y picos personas ya es exagerado, incluso para ella. Mostraba una sonrisa orgullosa y preparada para lo que venía encima.

Leonardo nos siguió contando lo que veía por el periscopio. Sí, también trajeron algo así, así de preparados estaban. En fin, con todo lujo de detalles, nos decía:

— Ya sale ella del coche. Se está acercando a la orilla. Nos está mirando fijamente. Tiene un megáfono. Va a decir algo. —

Y lo oímos perfectamente, una voz fría y siniestra nos habló:

— ¡Ni las ratas caerían en algo como esto! ¡Os agradezco mucho que vosotros solitos os hayáis acorralado! ¡Menos trabajo para mí! ¡Danke! ¡Tausend Dank! —

E intentó parecer burlona, pero se le escuchaba muy forzado. Hasta las risas que soltó parecían más de alguien a quién le obligaban a reírse que una persona que intentaba burlarse de su enemigos. Es decir, no tenía ganas realmente. No sé, pero eso fue lo sentí. Y no fui la única:

— Ni siquiera lo ha intentando…— Añadió Nabila por lo bajo. Menos mal que esa mujer no lo pudo escuchar.

A diferencia de ella, nadie más se atrevió a decir algo más, ya sea por el miedo o por incomodidad. Al no recibir respuesta, siguió hablando:

— Perdón, es difícil reírse cuando hace años que no tengo la oportunidad de experimentarlo. — Entonces, ¡¿esas risas eran de verdad!? — Bueno, normalmente no muestro la cara, ni aparezco en público, pero me habéis complicado mucho la situación. Creía que esta tarea iba a ser muy sencillo y tranquilo, y va y un par de niñatos me lo han arruinado. —

Soltó un suspiro de molestia y espero a que dijéramos algo. Pero nadie fue capaz de decir nada:

— ¿¡No habláis aún!? — Parece que le enfadaba bastante que nadie le dijera nada, pero, ¿¡cómo podemos hacerlo cuando estamos hablando con una mujer que llegó a dispararnos en una persecución!? Siguió hablando: — En fin, os voy a dar una oferta. Más bien, es una rendición honrosa, que podrá satisfacer a las dos partes. —

— ¿¡Crees que vamos a creerte!? — Entonces, alguien habló, era Mao, quién se puso detrás del coche, usando también un megáfono, ¿¡de dónde habían sacado eso!? ¡¿Cuántas cosas han traído más, qué se creen él y los demás, el bolsillo mágico de Doraemon o qué!?

Dejando eso aparte, Mao estaba escondido detrás del coche para hacer más real la ilusión de que estuviéramos dentro del todoterreno. En su interior, había un montón de ropa y mochilas que estaban puestos de un modo que, desde fuera, parecía que había gente en el automóvil. Era nuestra técnica de distracción, cutre, pero era lo único que teníamos a mano.

— No es cuestión de creerme o no. No tenéis opción. U os entregáis a nosotros o iremos a por vosotros por la fuerza. No hay otra salida. —

Era muy consciente de que tenía la ventaja y nos dejaba muy claro que no teníamos derecho a exigirle nada. Y me daba muchísimo pavor pensar que cualquier cosa que ella vería como resistencia la motivaría para hacernos cosas muy horrendas, al momento de atraparnos. Se mostraba como alguien que haría algo así.

— Eso, ¡eso! ¡Si no nos hacéis caso, os detendremos con el poder de la naturaleza! — Y los “paladines de la naturaleza”, también se sintieron muy seguros y valientes con nosotras. Aunque eso le costó a uno muy caro, que fue el blanco de la ira de la sicaria. Le dio una patada en la entrepierna que lo hizo gritar de dolor y sufrimiento, mientras caía fuertemente al suelo.

— ¡No tenéis derecho a hablar, ha sido culpa de vuestra torpeza que hayamos terminado así! — Eso les dijo con una terrible ira, y los calmó a todos. Más bien, los aterrorizó y ni se atrevieron a decir ni mu.

Luego, nos siguió hablando desde su superioridad:

— Entregaos a mí, os prometeré que no os haré nada. Los salvadores no serán aniquilados, aunque vuestros familiares tendrán que pagar para que tengáis de nuevo la libertad. No lo pondré muy caro, la verdad. Será un precio asequible y estaréis en buen estado ¿¡es un buen trato, no!? —

Eso era de todo menos un buen trato. A nadie le gustaría acabar siendo secuestrado, sobre todo después de rescatar a otros de un secuestro. Ni tampoco confiábamos en esas palabras. Pero, debido a nuestra situación, ninguno pudo decir nada, cualquier cosa que diríamos podría ponerlo a nuestra contra.

Yo le miré a Ekaterina y le pregunté que podríamos hacer. Ella me dijo que le siguiéramos el juego. Pero, entonces, Mao se nos adelantó:

— Eso se llama chantaje y no un trato…— Cuestionándola con muy mala leche, además. Casi nos dio un ataque al corazón, ¡¿no se había parado a pensar Mao que hablar así puede empeorar nuestra situación, más de lo que estaba!? — ¿¡Por qué no dejas el trabajo y nos dejas en paz!? ¡Mandarlo a la mierda y olvidarte del tema! —

— No hagáis esto más difícil…— Intentó controlar su tono de voz, pero se veía que su ira se estaba aumentando. — ¡¿Creen que hago esto por gusto!? No soy una persona que haga las cosas a medias ni voy a romper un trato con algún cliente mío, que además paga muy bien. Si hago eso, mi fama caerá y ya no tendré más clientes, ni billetes. Buscarse otro medio de vida no es una opción. —

Mientras ella hablaba, nosotras intentando atraer la atención de Mao, sin éxito ninguno. Al terminar, cerramos los ojos, en una medida desesperada para no lo que iba a decir él, porque parecía que iba a enfrentarla:

— ¡¿Así que no hay más remedio!? — Le preguntó a ella con seriedad, casi de forma borde.

— ¡Eso se ha dejado muy claro! —

— Pues,… — Y tardó un poco en hablar. Nosotras deseamos con todas sus fuerzas que no dijera otra cosa que empeorará la situación— ¡dejadnos pensar un rato! ¡Deja que yo y mis compañeros hablemos del asunto! —

Soltamos un gran suspiro de alivio, menos mal que Mao no desafiará a esa mujer o le dijera que no. Eligió lo ambiguo, lo que se necesitaba en estos momentos. Y esa aceptó la propuesta, con una sonrisa victoriosa, como si se imaginaba que nosotros íbamos a caer como fruta madura:

— Tengo todo el tiempo del mundo. La marea no bajará hasta las tres y media de la tarde. Cuando llegué ese momento, nosotros cruzaremos sin más dilatación. —

Bajó el megáfono y giró hacia atrás. Dio unos cuantos pasos, antes de añadir:

— Por cierto, no quiero quedar muy descortés, así que creo que os puedo decir cómo me llaman la gente: Schlieffen. No es mi nombre verdadero, por supuesto. —

Y con esto dicho, siguió andando hacia su coche.

— Eso se siente como si estuviéramos dando clases de la Primera Guerra Mundial. — Dijo Ekaterina. Añadí yo, al recordar que había oído esa misma palabra en nuestros libros de texto sobre historia: — Ya sé a qué te refieres…—

— Eso suena más a nazi…— Si esto fuera un examen de historia, Jane perdería muchos puntos. — O a salchichas. — Y no sé de dónde ha sacado Nabila esto.

La cuenta atrás había comenzado, solo nos quedaba esperar a que la marea bajara y enfrentarnos a ellos, a todo o nada. La impaciencia y el deseo de que esta espera se alargara lo máximo posible se mezclaban en nuestros corazones.

FIN DE VIGÉSIMA PARTE

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