Centésima decimocuarta historia

El príncipe y la paria: Tercera parte, centésima décimonovena historia.

Después de recuperar mis fuerzas, mientras daban rodeos por la ciudad, por si aquel extraño me estuviera siguiendo en secreto; pude llegar a mi casa. Lo primero que hice fue acostarme en el sofá, tras lanzar gritos de alivio y de fastidio.

Me puse a mirar por mi alrededor, viendo aquel estropicio que aún no había arreglado, di gestos de desánimo. Era un horror para mis ojos observar el desastre, pero ni muerta quería arreglarlo. Por desgracia, esto solo era mi preocupación más liviana, se me había venido encima un problema muy gordo.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Me decía a mí misma, dando grandes suspiros. — No tengo el dinero necesario para salir de aquí cuanto antes, y también debo cambiar de identidad, ya saben de mí…— Y di media vuelta, solo para coger el mando y ver la televisión, fue de forma instintiva, no tenía ganas de verlo ni era el momento.

Muerta de aburrimiento, cambiaba de canal cada segundo, mientras me ponía a pensar en torno lo que estaba pasando.

Bueno, algún día tenían que pillarme, tampoco es que sepa muy bien cómo iba a esconder mi rastro ni nada de eso. Incluso creo que fue un milagro hacerme una falsa identidad en el extranjero e irme de la India sin ser pillada. Al final, me había confiado demasiado y estuve viviendo la vida loca sin que pudiera prepararme un plan alternativa. Parecía que ya llegó el momento y, al ver que me sería muy complicado escapar de nuevo y crear otro nombre, empecé a pensar que lo mejor era rendirme.

— En verdad, ¿¡por qué huí de mis padres!? — Di otra vuelta en el sofá y volví a hablar en voz alta, de forma apática. — ¡Ah, sí, para evitar ese horrible matrimonio que me prepararon…! —

Puede sonar a cliché de película de época, puede ser increíble para algunos en este siglo, pero, al haber cumplido los dieciocho años, me dieron aquella horrible noticia al volver de la escuela, después de volver abatida de la escuela de señoritas que asistía, por culpa de un puñetero examen.

— ¡Hija mía, te voy a comunicar que dentro de un año te vas a casar! — Así me lo anunciaron mis padres. — ¡Por fin, vas a hacer algo útil en tu vida, no te quejes! ¡Además, es muy rico y te dará buena vida! — Recuerdo que me quedé boquiabierta, incapaz de traducir aquellas palabras.

Además, creo que tardé unos cuantos segundos en reaccionar, soltando un gran chillido de horror, que fue tan fuerte que se escuchó por todo el barrio.

Bueno, hicieron algo muy grave sin consultármelo y acabé sin saber que iba a ser la prometida de un don nadie. Y sabía que, por mucho que les dijera que no me interesaba ser una esposa, que me daba terror ser algo así tan pronto; no me escucharían, tenía que obedecerlos y ya está. Porque me quieren y hacen lo mejor para mi, y todas esas feas excusas que usan para quedar bien; o porque, como no me interesaba estudiar ni trabajar, mejor me hacen la prometida de un desconocido, eso será lo más útil que puede hacer, al parecer. Y podría haberme consolado un poco si hubiera sido un hombre guapo y hermoso, pero era un bicho horrendo.

Cada vez que recuerdo su foto me pongo mala, y no entiendo cómo sigo manteniéndolo, debería haberlo quemado o algo así. Su cara parecía la de un cerdo, con unos mofletes enormes que parecía estar a punto de explotar, los granos le invadían toda la cara, sonreía como un psicópata, con unos ojos siniestros y se le veía indicios de que estaba ya medio calvo. Espero que no se sientan ofendidos, pero creo que nadie se casaría con tal bestia, por muy que digan que la belleza está en el interior y esas tonterías.

Miré el techo y seguí pensando, dándome cuenta de que nunca intenté realmente oponerme a esa decisión, aunque sabía lo cabezotas que son y que no hubiera nada que los pudiera detener. En verdad, ni decidí intentar convencerles de que lo que estaban haciendo estaba mal. Solo salí corriendo, disfrazada como niño, eso fue lo único que hice. ¡¿Estaba bien hacerlo!? No lo sé. En su momento, no vi más salida que aquello.

— Tal vez sea hora de que me entregue y deje de huir, es muy difícil. Esta vez intentaré hablar con ellos, convencerles que no me interesa casarme. —

Tras pensar mucho, esa fue mi conclusión. Me levanté de golpe del sofá y dije esas palabras en voz alta, decidido a ir al día siguiente a la policía. Preferiría rendirme antes de ser perseguida como un delincuente, parecía muy agotador.

Pero, antes de todo, tenía que prepararme mentalmente para la situación, a pesar del problema que estaba teniendo, aún necesitaba de forma urgente a tomar unas cañas y hablar en algún pub o discoteca. Sí, no es algo que una personal cuerda haría, pero me daba igual, tenía que ir sí o sí, necesitaba divertirme y disfrutar del momento, antes de entregarme.

Y con esto decidido, salí de mi casa y me fui a la discoteca más cercana, después de comprobar que tenía suficiente dinero. Solté un gran suspiro, al ver que tal vez iba a ser la última vez que lo pasaría a lo grande. Pensé con nostalgia que fue muy divertido mi estancia en Springfield.

— Ha sido un año, o ¿dos?,  ya ni sé; que he estado en esta ciudad, parecía sosa al principio, pero me he divertido mucho aquí. — Decía en voz baja, mientras estiraba mi cuerpo. —Y lo mejor ha sido Mao, espero poder verle de vez en cuando, si al final tengo que volver a la India. —

Me sorprendía lo bien que me lo estaba tomando, ni ganas tenía de llorar, aunque me sentía un poco tristona, mostrando una cara muy larga y unos ánimos propios de un anciano. Me golpeé un poco mi rostro, mientras me decía unas cuantas sutras para levantar mis ganas de fiesta. Me forcé para mostrar una sonrisa y gritar esto:

— ¡Esta noche me voy de fiesta y será una muy grande! — Lancé risas, que parecieron de hienas, mientras me ponía lo más elegante que tenía en mi armario. Después de esto, salí a toda velocidad, la noche no durará para siempre, tenía que empezar lo más rápido posible.

Al salir, volví a notar a aquel molesto y extraño sentimiento de que me estaba persiguiendo algo. Miré por todas partes, aterrada con la posibilidad de que ese hombre me hubiera encontrado, pero no veía nada. Me dije a mi misma que solo era pura paranoia, por culpa de lo que pasó esa tarde, que no debería preocuparme tanto, que solo importaba ir a la discoteca y nada más.

A medio kilometro, o menos, de distancia de mi casa se encontraba una de las mejores discotecas de la ciudad en mi humilde opinión. Situado a los márgenes del centro urbano, en una calle habilitada para ese tipo de locales, era un edificio de dos pisos lleno de luces de neón, con una gran terraza en el piso superior para el disfrute de sus clientes. Es algo llamativo, pero está bien controlado, apenas ocurren cosas ilegales detrás de esas puertas. Y lo mejor es que, siendo viernes, no iba a aburrirme.

— ¡¿Y tú sabes lo que me dijo mi novio!? ¡Me insulto en toda la cara, me destrozo mi corazón y hundió mi autoestima, no tuvo piedad ninguna! ¡Me llamo gorda! Bueno, lo insinuó, pero supe enseguida aquella indirecta, ¿a qué ha sido horrible conmigo, Nehru, a que sí? —

A los pocos minutos, ya estaba hablando con chicas. Como siempre, acabé rodeado de mujeres que buscaban consuelo o diversión en las discotecas, en busca de bebidas y desconocidos con quién pasar un buen rato. Aunque, en este caso, eran unas conocidas. La que dijo esas palabras, estaba sentada a mi izquierda, a punto de llorar.

— Pues sí, tu novio se ha pasado tres pueblos. Debería haber tenido más delicadeza, tratar a una dama tan hermosa como usted de esa manera es algo que ningún hombre debería hacer. —

Y yo hacía mi trabajo, animarlas y decirles las cosas que solo le interesaban oír, para que siguieran creyéndose como las buenas de la película. No es por amor al prójimo, en lo más fondo de mí me partía de la risa al ver lo ridículas o lo ilusas que llegaban a ser. En este caso, su novio tenía mucha razón, tenía unos kilitos de más, se le notaba.

— ¡Pero el mío es super-peor, tía! — Entonces, la chica que tenía a mi derecha habló, como si intentaba competir con la otra. — ¡O sea, el otro día descubrí que les decía a sus amigos que yo soy insoportable, detrás de mis espaldas! Jamás me sentí tan traicionada, viendo como dice cosas horribles de mí y que no tienen nada de verdad. Me pongo a llorar cada vez que lo recuerdo, ¡seguro que tú nunca me harías lo mismo, Nehru! —

— ¡Por supuesto que no, calumniar a las damas detrás suya es de cobardes! Unas flores tan frágiles y hermosas como ustedes deben ser cuidadas con mucho amor, sus novios son unos brutos que apenas entienden qué es la delicadeza. —

Las dos chicas, rojas como tomates, gritaron de emoción, alabándome a lo alto. Aquellas palabras que les dedicaba, llenas de gentileza y amabilidad, daban la apariencia de que yo las escuchaba y las comprendía, de que las trataba cómo se merecían de verdad. Pero, en el fondo, solo me burlaba de ellas, me hacía gracia sus problemas y el cómo caen de una forma tan fácil en mis presunta seducción. Sí, sé que esto que hago puede ser horrible, pero a mí no me parecía que sea para tanto.

— ¡No se pongan así, que me van a poner colorado! No creo ser tan genial como decís, solo dijo lo que pienso. Vosotras sois unas muchachas muy lindas, ser humilladas por sus amores de esa forma es algo que apenas yo puedo entender. —

Solo estoy jugando al príncipe azul, como el hombre de sus sueños, pero jamás va a llegar al punto de que vaya a decirles que ellas son el amor de mi vida. Solo las dejo hablar conmigo un rato, o que me abracen o cosas parecidas, les dijo todo tipo de cosas bonitas y que se pongan a fantasear si quieren, que al final les dejo claro que no quiero nada con ellas.

— ¡O sea, es la verdad! Y deberían haber muchos más chicos como tú, que este mundo está lleno de idiotas y sinvergüenzas.  —

Además, tengo que decir que esto es muy gratificante, te sientes el rey, o la reina, o como sea; del mundo con toda esa gente alabándote y tratándote como si fueras lo más perfecto que hay en este mundo.

— Lo sorprendente es que aún no tienes novia, con lo atento, simpático y guapetón que tú eres…—

Empezaron con las insinuaciones muy pronto, me abrazaron fuertemente los brazos y pusieron sus cabezas sobre mis hombros y acariciando un poco mis piernas. Estaban mostrando demasiadas confianzas conmigo, me estaba sintiendo muy incómoda.

— ¡Molas mazo y estás macizo! ¡Si por mí fuera, dejaría tirado a mi novio y saldría contigo! —

Entonces, la otra, sacando su mal genio y mirándola con malas maneras, le dijo: — ¡Oye, no te adelantes! ¡Eso lo iba a decir yo! —

— Pues lo siento, chica. Quién va primera, gana. — Le replicó con un tono igual de desagradable.

Empezaron a mirarse la una a la otra y parecía que estaban echando chispas. Así de golpe, en cuestión de segundos, dejaron de ser amigables para estar a punto de pelearse. Yo tuve que intervenir.

— ¡Cálmense, dulces damas! Sería todo un honor recibir vuestro querido amor, pero yo no quiero hacerles daños a vuestros pobres novios, que solo deben comprender cómo cuidaros como los dioses mandan. Sed pacientes con ellos, enseñarles cómo os deben tratar y creo que serán comprensibles y amables. Yo prefiero estar soltero, por el momento. —

Aproveché para levantarme y separarlas de mí, haciendo como si iba a llamar al camarero para que nos trajera más cerveza. Ahí les deje claro que no me interesaban, aunque no sabía muy bien si lo decían en broma o no; utilizando a sus novios y algunos consejos malos, que, con seguridad, podría abarcar la ruptura. A mí, eso me daba igual.

— ¡Es super fuerte oír eso, pero lo entiendo! ¡Es una pena! — Mostraron una gran cara de decepción, tras escuchar mis palabras. Al parecer, lo de dejar sus novios era en serio.

— Yo también lo entiendo, el amor es cruel y horrible. Pensaría lo mismo. Es más, desearía estar soltera, pero habrá que aguantar. — Aún así, esas dos intentaron disimularlo, hacerme creer que se lo habían tomado bien, más mal que bien.

— ¡Bueno, vamos a olvidarnos del asunto! ¡Aquí tenéis más cervezas para vosotras, en vuestro honor! —

Como aún tenía dinero de sobra, pues las invité y se lo tragaron de un golpe, poniéndose borrachas en un santiamén. Parece que eran igual de brutas que sus novios.

Yo aún ni terminé mi pequeño vaso, el alcohol hay que tragárselo poquito a poco, saborearlo de vez en cuando, o acabarán como esas chicas, gritando lo horrible que son sus feos novios, sus padres, la universidad, el mundo en sí, cualquier cosa que se les ocurría; mientras golpeaban las mesas como si fueran bebés, daban vueltas por el sofá en dónde estábamos sentados y hacían insinuaciones muy subidas de tono a mí y a casi todo desconocido que pasaba por nuestro lado. Me arrepentí mucho de haberlas invitado a tomar un trago.

Aún así, me estaba divirtiendo mucho, viendo a esas tontas humillarse ellas solitas y viendo a muchos otros a hacer el ridículo. Y no sé cómo a la gente le puede entrar ganas de beber alcohol cuando ven a los demás tomarlo y comportarse como burros, que yo he visto algunos; no lo entiendo. Estar sobrio, más o menos, mientras observas a otros cayendo en la borrachera es mucho más gratificante, te partes de la risa, no pierdes la memoria, no te duele la cabeza y no acabas haciendo el ridículo.

Entonces, en ese momento, cuando las dos chicas se levantaron del sofá y me intentaban llevar a la pista de baile, aún cuando ni se podrían mantener en pie; y el DJ se emocionó tanto que empezó a gritar como desquiciado, me di cuenta de que alguien, una chica, se me estaba acercando. Y estaba acompañada, pero eso no es lo importante. Al ver aquella figura, yo me quedé muy estupefacta, incapaz de ver lo que estaba viendo, hasta me froté los ojos a ver si era un espejismo o algo parecido. Estaba horrorizada, era como ver un fantasma.

No, eso no. Era como verse en un espejo. Mejor dicho, como en una foto antigua. Se veía igual que cuando yo iba a la escuela superior. Parecía casi una copia de mí misma, pero en el pasado, ¡¿cómo era posible esto!? ¡¿Estaba soñando o qué!? El asombro era tan grande que ni siquiera tenía palabras para expresarlo.

Quitando el vestuario, ya que esa chica llevaba un impresionante sari lleno de tonalidades azules y motivos geométricos, y yo jamás usé alguno; todos los elementos de su cara eran muy parecían a las mías, salvo la barbilla o el color de los ojos, tal vez. Su altura casi rozaba el mío, teníamos la misma piel de color marrón y su cabello castaño emulaba lo largo que lo tuve en aquellos tiempos, aunque mejor cuidados. Mi mente fue ocupada por un torrente de recuerdos que llegaron de forma rauda y veloz, entre ellos uno que me dio una gran sensación de déjà vu, como si hubiera vivido una situación parecida a la actual.

Sí, había vivido algo parecido a esto, había conocido a alguien que se parecía demasiado a mí.

— ¡Es increíble, parecemos como dos gotas de agua! — Lo primero que recordé es que grité pasmada, al ver el espejo de mi habitación y observar a una chica que estaba a mi lado. Luego, añadí esto: — Podrías pasarte por mí y engañarías hasta mis propios padres. —

Esto era meses antes de conocer la noticia de que me iba a casar y de huir de casa, yo le vestí con mis mejores galas a la trabajadora del hogar que teníamos contratada. Una chica de mi edad o incluso menor, que limpiaba mi hogar cada tarde por 339 rupias, creo que son cinco dólares más o menos. En fin, era la típica pueblerina que había llegado a la gran ciudad a conseguir trabajo y la pobre tenía unas pintas horribles. Como siempre usaba ropas andrajosas y una cola de caballo en el pelo, no me di cuenta de nuestro parecido hasta que la vestí como yo.

— Es verdad, ni yo misma lo puedo creer. — Y ella se quedó mucho más sorprendida que yo, e incluso se puso muy feliz por ello. Esbozó una gran sonrisa, sus ojos parecían brillar de emoción y se miraba al espejo como si se sintiera toda una superestrella. Me quedé un poco pillada por aquello, porque si fuera ella estaría horrorizada por parecerme a alguien como yo. Hasta hace poco, no tenía una buena opinión de mi aspecto, odiaba ver ese rostro que tenía yo cada vez que me veía.

— Aunque fuiste la que me pediste hacer eso. Pero me da un poco de pena, la verdad. A mí, los niños siempre me han molestado por mi aspecto, siempre diciéndome que de chica no me parecía nada y tenían razón, es mirarme al espejo y sentirme de todo menos femenina. Y mira, al igual que yo, pareces como si fueras un travesti. —

— ¡¿Cómo que un trav…!? — Se sobresaltó un poco, al escuchar eso. No le dio tiempo a terminar la frase, porque seguí hablando.

— La verdad duele, chica. Mira tu nariz, es enorme, no es nada delicado, al igual que el mío. Y esa frente es enorme, un elefante podría sentarse ahí. Y las orejas son muy largas, pareces un elfo con ellos. Ninguna se atrevería a sentir alegría por tener unos labios tan pocos femeninos. Y esas enormes cejas parecen algas. Hasta creo que tienes un poquito de bigote. Y no voy a hablar de lo demás, sobre todo de que apenas tienes pechos, ni cadera, ni culo. En fin, ¡qué mala suerte tenemos! ¡Los dioses, bueno, la naturaleza o el karma o lo que sea nos han dado un cuerpo tan horrible! ¡Habrá que aguantarse! — Ella se quedó mirando al espejo, con el rostro ensombrecido, para luego ponerse las manos sobre la cara y romper a llorar. Toda su alegría se fue al garrete y ahora que lo pienso, fue demasiado dura. No lo decía con mala intención, se lo comentaba de buen rollo, pero toqué una parte muy sensible y quizás no me di cuenta.

En mi defensa, al verla llorar, le intenté animar, diciéndole que no era para tanto, que había mucha gente más fea que nosotras; pero ella me ignoró, estaba muy cabreada conmigo. ¡¿Cómo era su nombre!? Apenas lo recordaba en aquel entonces.

Entonces, me pregunté si era aquella misma criada, sentía que era ella. Pero era imposible, era una chica pobre que no se podría costear ni un vestido y que debe seguir en la India, trabajando sin descanso en múltiples casas de Calcuta. Debía estar confundiendo cosas, podría ser posible que hubiera una tercera persona en el mundo que se pareciera a mí, que incluso debía haber una cuarta o hasta una quinta; no debería ponerme tan alterada, tenía que ser una simple coincidencia. Además de que parecía ser muy rica y, a pesar de su parecido conmigo, se veía muy femenina.

Y para el colmo, ella me miró como si fuera una presa y sentí escalofríos, no me veía como alguien con el cual iba a ligar, como si fuera un enemigo a abatir. Aquella aterradora mirada solo duró segundos, pero su presencia fue tan fuerte en mí que lo sentí eterno. Todo lo sentí incómodo y siniestro y me costaba reaccionar. A continuación, esa se dirigió hacia mi persona, preguntándome con horror por qué se estaba acercando. Y me hablé con estas palabras, mostrando una sonrisa que parecía ser amable y grácil:

— ¡Cuánto tiempo ha pasado, Nehru! —

Me quedé atónita, aquella frase provocó que me quedara inmóvil, incapaz de lanzar respuesta alguna, como si me hubiera paralizada o convertida en una estatua.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Segunda parte, centésima decimonovena historia.

La policía tardó casi tres horas y media en venir, y la espera fue bastante insoportable. Además del enfado que me estaba provocando el retraso, estaba tan aterrada por lo que ocurrió que me sentía un poco paranoica y con cada ruido que escuchaba me ponía histérica e intentaba defenderme, armándome con una estatua de Visnú que encontré entre el estropicio. El de Buda era mucho más duro y doloroso, pero no lo veía por ninguna parte, creí que se lo llevaron. Al final, cuando ellos vinieron, estuvieron a punto de detenerme a mí, porque el miedo me controló y casi  iba a partir la cabeza de un agente de la ley.

Tras mis disculpas y conseguir que me comprendieran, acordonaron la casa y echaron un vistazo conmigo, buscando lo que me debían haber robado. Lo extraño es que todo el dinero y los objetos de valor que tenía bajo mi posesión seguían allí, no había robado nada realmente importante.

— Al parecer, no ha perdido nada…— Concluyeron los policías, tras haber mirado cada palmo de la casa. — ¿¡Todas las cosas están en su sitio!? —

— Pues eso parece…— Aún así, sentía que algo faltaba, pero me costaba recordar el qué. — ¡Es extraño, si han entrado a robar y a dejarlo todo por los suelos, deberían haberlo llevado todo lo que pudieron! — Y me puse a revisar de nuevo la casa.

— ¡¿Tal vez no le dieron tiempo!? Eso sería muy posible…— Me decían los policías, con cara de extrañeza.

— Pero, creo que…— Les intentaba replicar, mientras buscaba y forzaba mi cabeza en recordar aquellas cosas. — Algo falla aquí, se han llevado unas cuantas cosas…—

Forcé mi cerebro con todas mis fuerzas, mientras seguía buscando lo que faltaba. Entonces, lo pude recordar y fui a mi cuarto a comprobarlo. Miré unos cajones y me quedé atónica.

— ¿¡Ya ha descubierto lo qué le han robado!? — Me preguntaron ellos, asustándome en el proceso. Di un pequeño chillido y me levante de golpe.

— Pues…— Me puse muy nerviosa, no quería contarles lo que me robaron. — Unos documentos, parece ser…— Aún así, ese mismo nerviosismo me hizo decirlo, provocando que mentalmente me insultará a mí misma.

— Bueno, no eran nada importantes, no sé por qué se los ha llevado…— Y reí nerviosamente, intentando arreglar mi metedura de pata. Pero eso solo provocaba que me viera muy sospechosa.

Mentí, eran sumamente importantes, de vital importancia. Eran papeles relacionados con las cuentas que mantengo con mi identidad original, que aún mantienen mucho dinero, y las cuales las utilizo para pasarlas a las que tengo con la falsa; así como las enredadas transacciones bancarias que mantengo entre diferentes bancos, los cuales están situados en paraísos fiscales y que ni siquiera yo entiendo cómo puede funcionar eso. Si alguien los investigará, se daría cuenta de toda la farsa que hice y tendría que volver a la India.

¡¿Por qué los ladrones escogerían tal cosa!? Ahí no estaban las claves ni nada parecido para entrar en mis cuentas, para ellos solo serían unos papeles inservibles. Y como lo que hay en esos documentos no era trigo limpio, no podría decirles toda la verdad a los policías. Entonces, debía haber otra razón, que me gustaba muchísimo menos que lo del robo en sí.

« ¡¿Me habrán pillado!? », eso me dije, poniendo una cara de horror ante aquella posibilidad.

Al final, tras responder a las preguntas de los policías, que anotaron la lista, me dijeron que fuera a denunciar la situación, aunque yo ya no estaba muy segura de hacerlo. Les decía sí a todas sus recomendaciones, sin prestarles mucha atención a sus palabras, más preocupada por los motivos de aquellos peculiares ladrones que otra cosa. Al irse, me dijeron que ya podría dejar las cosas en su sitio, ya que habían hecho fotos y cogido pruebas de la escena del robo; pero los malditos no tuvieron la amabilidad de arreglar el estropicio.

— ¡¿Y ahora cómo voy a arreglar todo esto!? ¡No puedo contratar a alguien a estas horas de la noche para que me lo ponga bien, además de que me costaría una pasta! — Me decía a mí misma, con los hombros caídos por el gran desánimo que me provocaba ver aquella escena.

Al pensar en recoger todo este estropicio yo sola, me puse muy mala y, en vez de animarme y llenarme de valor para ponerlo todo en su sitio, decidí ir a mi cama y descansar. Después de todo, tendría el dinero suficiente para contratar a alguien que lo limpiara por mí, sin saber que dos días después, porque me daba flojera coger dinero del banco, me llevaría una sorpresa muy desagradable, extremadamente horrible.

— ¡¿Espera, espera!? ¡¿Qué quieres decir con esto!? ¡Mi cuenta no puede estar cancelada así por así! —  Grité atónita, con la boca abierta. El hombre que me atendía volvió a repetir de nuevo lo que me dijo.

Yo, después de esperar con toda la paciencia del mundo en la cola del banco para sacar dinero, tuve la horrible noticia de que no se podría acceder a la cuenta.

— ¡Perdón, muchacho, pero lo he intentando unas cuantas veces y no puedo entrar! ¡Me dice que fue cancelado y nadie podrá sacar de ahí más dinero a petición de la persona que creó la cuenta! —

Me había quedado cuadrada al oír esas palabras que pronunció el hombre, lo que estaba escuchando era absurdo.

— ¡¿Pero qué dices!? ¡Si yo he sido el dueño de esa cuenta! ¡Eso está a mi nombre! ¡Es imposible que lo haya cancelado porque soy su titular! —

El hombre no pudo responder, también le parecía muy raro lo que estaba viendo y yo cada me estaba alterando más. Al no poder soportar su silencio, continué:

— En fin, ¿no podría ser un problema del banco o algo así, algún error informático o parecido? Es imposible que el titular, que soy yo, lo haya cancelado. Debe haber pasado algo raro. —

— Yo tampoco tengo ni idea, ya voy a hacer la llamada para preguntar sobre su caso. —

Y con esto dicho, tuve que volver a esperar, a aguantar casi una hora y algo; mordiéndome las uñas y dando vueltas de un lado para otro, deseosa de que este contratiempo terminará rápido y aterrada con el miedo de que perder lo que me sustentaba. Todo esto provocó que mis nervios estuvieran a flor de piel y estuviera fuera de sí. Al ver que venía a explicar mi situación, corrí a él y le grité, mientras le ponía mis manos sobre sus hombros: — ¡¿Ya sabe algo!? ¡Dilo claro, por favor!? —

Sorprendido por mi actitud, tardó un poco en responder: — Pues, verás… Alguien acaba de confirmar a nuestro banco que su cuenta depende de otra, cuyo titular es otra persona, la que le realiza transacciones; y esa misma les ha pedido que corten el flujo del dinero y la cancelen, por procedimientos que no viene al caso hablarle. —

Me quedé muy chocada al oír esas palabras, apenas entendí nada de lo que dijo y lo que sí, me era incapaz de asimilarlo. Tras quedar mi mente en blanco durante unos cuantos segundos, dije:

— Repítelo de nuevo. — Y así lo hizo. Entonces, al poder traducirlo, casi di un grito de conmoción y me faltaba poco para caer al suelo.

No dejaba de repetir una y otra vez, en voz baja, que no tenía sentido, que era imposible que algo así me pasaba. Entonces, fuera de mí, le cogí de los hombros al hombre y le grité con furia esto:

— ¡Eso es absurdo! ¡No tiene sentido alguno! ¡¿Estás borracho o qué!? ¡Es imposible que eso haya pasado! — Me faltaba poco para tirarle al suelo o romperle los hombros. Me sentía burlada, me estaban diciendo algo que no podría suceder y me enfurecí:

— ¡No se altere, muchacho! ¡Debe hablar con la persona que le ha cancelado su cuenta! — Se le veía algo asustado por mi reacción.

— ¡Estupideces! ¡Es imposible que el titular de la cuenta que le realizaba transacciones a la mía haya podido cortar el flujo y luego, cancelarla así por las buenas! ¡Porque yo soy el mismo titul…! — Me callé, casi iba a soltar la verdad, por culpa de la ira que me dominó.

Entonces, me di cuenta de que estaba quedando mal delante de todo el banco y para no empeorar mi buena imagen de caballero, yo tuve que tranquilizarme un poco, susurrándome algunos mantras que recordaba. Al finalizar, con toda educación y amabilidad, reformulé mis palabras:

— El titular de esa cuenta es Kasturba Makhanji, ¿cierto? — El hombre miró unos papeles y dijo que sí. — Entonces, ella no puede haberlo cerrado es imposible, no me ha comunicado de eso ni nada parecido…—

— Pero lo ha hecho, así son las cosas. Esa persona ha cortado el flujo de dinero que va desde su cuenta hasta la suya, por motivos y derechos que tiene como cliente de nuestro sistema bancario. —

Puse mi mano sobre mi cabeza, cabizbaja, con los ojos tan abiertos como platos. Solté unas dos o tres risitas que parecían indicar que iba a caer en la locura. No dejaba de decirme que era una broma, una cruenta y horrible de la gente del banco; también intenté creer con todas mis fuerzas que estaba en un terrible sueño o buscar en mi memoria algún momento en que yo hubiera cancelado esa cuenta sin querer.

Porque, en fin, aquella persona, aquella chica llamada Kasturba Makhanji, no es otra que yo misma, es mi verdadera identidad.

— ¡Muchacho, ¿muchacho?! — Mientras seguía absorbida en el shock, el hombre del banco se preocupó por mi reacción. — ¡¿Estás bien!? ¡No es para tanto, la chica habrá tenido sus motivos para cortarte el dinero, no te hundas de esta manera! — E intentaba animarme.

— No se preocupe, ¡no me pasa nada! No voy a molestarle más, me iré a afuera, ya arreglaré las cosas de alguna manera. —

Decidí salir corriendo afuera para tomar el aire, porque iba a explotar de un momento para otro allí mismo. En ese entonces, se me confirmo que estaba ocurriendo algo muy grave.

Y tras dar vueltas sobre mí misma, preguntándome sin parar qué estaba ocurriendo, decidí alejarme del banco lo más posible.

« Esto no es bueno, para nada, ¡¿de dónde sacaré el dinero ya para vivir!? ¡¿Y quién ha sido el responsable!? ¿¡Serán mis padres, actuando en mi nombre, que ya me han encontrado u otra cosa!? ¡Sea lo que sea, estoy perdida, totalmente! »

Eso me decía a mí misma, mientras caminaba intranquila por las calles de la ciudad. El paseo que me di, solo consiguió empeorar mi estado, estando yo a punto de gritar de los nervios, ya que era imposible de comprender la situación, por muchas vueltas que le diese.

Y, para el colmo de la situación, empecé a sentir una especie de presencia que me estaba persiguiendo durante un buen rato, provocando que yo me pusiera muy paranoica. Una y otra vez miraba hacia atrás, segura de que había algo que me seguía; pero no veía nada, provocando que llegara a reírme de forma nerviosa, mientras me preguntaba si me estaba volviendo loca. Y aquella sensación se hacía cada vez más latente.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Empecé a hablar en voz alta. — Me estoy dando cuenta de que no tuve que irme del banco, aunque ahora no tengo ganas de volver, ¡si volviera, solo recibiría más malas noticias y ya estoy suficiente con las que he tenido! —

Ya tuve suficiente con ser robada y quedarme sin financiación de dinero, mi corazón no me permitía más. Pero, por otra parte, no tenía ni idea de qué hacer a continuación.

Entonces, junté mis brazos y empecé a forzar mi cerebro a pensar en algo, llegando a cerrar mis ojos mientras seguía andando, con el objetivo de concentrarme mejor.

¿¡Qué debía hacer!? ¿¡Volver a casa y estar un rato viendo películas, eso no es algo muy estúpido de mi parte al ver mi situación!? Es decir, yo quería dejar el tema para más tarde, quería olvidarme de mis problemas durante un buen rato. Sé que estas cosas no hay que dejarlas así, que solo empeoran, pero necesitaba un descanso antes de enfrentarme a ellas, es algo que todos hacemos de vez en cuando y yo no soy una excepción. Al final, no quise volver a casa tan pronto y ver de nuevo el desastre que no quería recoger, y tuve una idea mejor, visitar algún pub del centro de la ciudad. La cerveza me ayudaría bastante a olvidarme de mis desgracias.

Entonces, más distraída en mis pensamientos que en mí alrededor, sentí como una mano me tocaba de repente el hombro, mientras me decía esto:

— ¡Idiota, no cruces la calle ahora, ¿no ves que está en rojo?! —

Fue tan inesperado que di un gran chillido. Alterada, miré hacia atrás y vi a un hombre de mediana edad, que protestaba así:

— ¡¿Por qué has chillado de esa manera!? ¡Solo te quería avisar de eso! —

Yo miré hacia delante y vi como el semáforo estaba en rojo y los coches pasaban como balas, algo que no me di cuenta y que pudo costar mi propia vida. Al soltar un fuerte suspiro, me dirigí al hombre y sin saber muy bien qué hacer, le dije: — ¡Oh, gracias! —

De todas maneras, fue muy incómodo, solo bastante con gritarme, no hacía falta que me tocará el hombro. Quise decírselo, pero no me atrevía, sólo decidí alejarme lo más rápido posible de él.

Además, su aspecto y su voz también provocaron alerta en mí. Su rostro, con algunas arrugas y con un enorme bigote; su piel muy tostadita y el tono de su voz mientras pronunciaba fatal el inglés, me indicaron de que era alguien del mismo país que yo, daba la impresión de que era del sur de la India. Por el contrario, vestía de forma muy occidental y formal, como si iba a una fiesta lujosa a lo grande, sobre todo destacaba su sombrero Panamá de color marrón claro, que hacía juego con la camisa blanca y los pantalones oscuros. No es muy común ver hindús por esta ciudad y cómo estaban las cosas, mis sospechas de que fuera alguien que había venido desde mi país para pillarme aumentaron por mil.

Al intentarlo, el hombre me detuvo otra vez, diciéndome esto: ¡Espera un momento! ¡¿Tú eres Motital Nehru!? — Me quedé blanca del terror, al ver que sabía mi nombre. — Necesito hablar contigo de una cosa, he venido desde la India para comunicarte algo. — Ahí creí que me habían pillado, tenía que salir corriendo como nunca. — Me voy a presentar, soy…—

No le dio tiempo ni a decir quién era, porque ya estaba huyendo a toda velocidad.

— ¡Espera, espera! ¡No huyas, soy un aliado, no un enemigo! —

Al oír eso, yo miré por un momento hacia atrás y lo veía persiguiéndome. Eso no ayudaba mucho a que creyera que era un aliado, así que grité algo sin sentido y forcé mis piernas para ir mucho más rápido, sin importarme una mierda lo que hubiera delante de mí. Aquel sospechoso hombre me seguía gritando, pidiendo que me parara y le escuchará, sin parar. Por supuesto, no lo hice, no iba a cometer esa locura.

Tuve que cruzar varias calles para perderle de vista, que aguantó mucho, para ver tan mayor. Casi fui atropellada dos veces por un coche, siendo insultada y pitada por los conductores. No me daba tiempo a esquivar a cada persona que me encontraba a mi paso y la tiraba y, a pesar de que les decía perdón, también me insultaban. Pasé por un parque y destruí un castillo de arena que un niño estaba haciendo, quién rompió a llorar y cuyos padres también blasfemaron contra mí. Nada de eso me importaba, solo tenía en mente perderle la pista a aquel tipo, que, de vez en cuando, lo miraba para ver si seguía persiguiendo o ya estaba cansando.

— ¡V-vaya con los jóvenes de hoy en día, n-no vean como c-corren! — Quién, a lo lejos, tuvo que detenerse y ponerse a descansar. — ¡Ó-ojala tener unos veinte años menos! — Añadía entre fuertes jadeos.

Casi parecía que le iba a dar un ataque de corazón, no dejaba de inspirar y respirar como la vida le iba en ellos. Al verlo así, di un pequeño empujón y lo perdí de vista, terminando en el norte de la ciudad, en un barrio cuyo aspecto dejaba mucho que desear. Ahí pude descansar.

— ¡Cómo me duelen las piernas! — Protestaba, mientras me sentaba en unas escaleras. — ¡He c-corrido más de lo que he hecho en vida, me va a dar algo! — Estaba destrozada, no solo me dolían las patas, sino todo el cuerpo. Empecé a tragar aire como loca, mientras los constantes latidos de mi corazón me ponían más nerviosa de lo que estaba.

Tras la alocada carrera, ya tuve tiempo para pensar seriamente en lo que estaba ocurriendo. Bueno, primero, tenía que recuperar el aliento.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Primera parte, centésima decimonovena historia.

Iba a comenzar a contar mi historia, pero me di cuenta de que no sé cómo empezarla. En serio, ¿cómo se comienza a escribir un relato?

Es decir, llevo más de diez minutos y no he podido encontrar una forma de empezar que sea increíble y os deje a todos impresionados. Y no ha habido manera, no se me ocurre nada. Ni empezando por el final ni el medio, ni parafraseando alguna frase de algún famoso como Rabindranath Tagore, Gandhi o Buda; o poniéndome muy profundo, incluso mencionando cosas de la mitología hindú, etc. En fin, no se me ha ocurrido nada genial y lo mejor que he hecho es sincerarme.

Y si esto es difícil de empezar a contar, ni me imagino cómo será el contar el resto de la narración. ¿¡Cómo hacen los escritores para ponerse a narrar historias!? La mía es real, me ha pasado de verdad y no tengo ninguna idea de cómo empezarla ni de organizarla.

Qué difícil ser tu propio narrador, ¡ojalá alguien venga a sustituir mi lugar y lo cuente por mí! Y de paso, si lo van a hacer en algún medio audiovisual, que pongan la voz bonita de alguien famoso como Salman Khan o Emraan Hashmi ¿¡No lo conocen!? ¡Pero si son muy famosísimos…! ¡Bueno, en la India, eso tiene merito, eh! ¡En fin, les estaría agradecido si me hicieran ese favor! ¡O agradecida, ya da igual!

En fin, este es el mundo real y no puedo tener derecho a ese lujo, ¿¡o tal vez sí!?

Creo que ya tengo más o menos una idea de cómo comenzar esto, gracias a toda esa charla innecesaria. Tendré que conformarme con empezar con el principio, como hacen todas las demás historias. ¡Damas y caballeros! ¡Espero que estén preparados!

Miré la ventana con tranquilidad, observando cómo la lluvia de abril caía con gran intensidad sobre la ciudad, cuando la persona que estaba a mi lado me decía esto:

— Entonces, ¡¿puedes decirme qué es lo quieres de una vez!? — Se le veía molesto, frunciendo las cejas. Ponía un rostro que solo me entraba ganas de hacerle alguna broma. — ¡Me has sacado de casa, y además con este horrible tiempo, de un momento para otro vamos a salir en canoa! —

— ¡Relax, relax, Mao! ¡Tampoco es para tanto, esto no es nada comparable con los monzones! — Le replicaba con buen humor. — ¡Ya te lo diré, no seas impaciente! —

Eso fue lo que dije porque no me acordaba de la excusa que le conté para que decidiera comer conmigo. Mi verdadera intención era llevarle a cenar al restaurante indio más famoso de la ciudad.

— Entonces, ¿significa que eso de que quieres venderme algo es una mentira? — Me miró con mala leche. Me pilló.

— ¡No es eso, es verdad! — Exclamé muy nervioso. Luego, añadí esto para cambiar la conversación: — ¡Ah, y ahí viene el curry! ¡Ya lo estuve esperando! —

Me acordé. Tenía una estatua rara de Mahavira, el iniciador del Jainismo, que cogí de mi abuelo. No tenía necesidad alguna de librarme de él, pero tampoco lo aprecio, así que se lo podría vender.

A continuación, empecé a saborear el curry madrás con pollo que había pedido y era exquisito. Fui interrumpido porque Mao, tras coger un poco del plato que pidió, dio un fuerte chillido:

— ¡Oh, mier…! ¡Oh, oh, como pica! — Si que hizo un gran esfuerzo en censurarse, mientras buscaba de forma desesperada el agua. Y tuve que coger la botella y echárselo en el vaso, porque estaba a punto de tirar cosas al suelo, buscando lo que quería tomar. No pude evitar reír, fue gracioso.

— ¡¿De qué te ríes!? ¡Casi iba a escupir fuego! ¡No vea como arde esto! —Me replicaba muy molesto, mientras llenaba de nuevo el vaso.

— Se me olvido decirte que el vindaloo es unos de los curry más picantes que uno puede probar. Y eso que aquí siempre lo pone muy suavecita. —

Fue sin querer, no me acordaba de ese detalle cuando pidió cordero y patatas con vindaloo.

— ¡Genial, ¿ahora cómo voy a comer esto?! ¡Esto tiene demasiado picante para mi gusto! — Lo miraba con cara de asco, mientras yo seguía riéndome.

— Entonces, no te lo comas. —

— ¡No puedo desperdiciarlo ahora! —

Me replicó, para luego echarle otro bocado y soportar con todas sus fuerzas el picante. Añadió, tras beber agua como un condenado: — ¡Por lo menos, no es como el pozole! —

Era un espectáculo bastante divertido y tierno verlo tragarse ese plato hasta hartarse. Él se daba cuenta y me protestaba:

— No puedo concentrarme en terminar esto contigo mirándome. Sé que es gracioso, pero preferiría que miraras hacia otra parte. No sé, a tu plato o lo que sea. —

— Lo que usted diga, mi madam. No era mi intención ponerla incómoda, le pido mis disculpas. — Me miró con mala cara, pero luego dio un suspiro y siguió comiendo.

— Mi estomago esta hecho polvo. — Decía, al terminar. — Si me pongo enferma, será por tu maldito descuido. —

— ¡Si eso pasa, me iré a tu casa a cuidarte y ser tu enfermero! ¡¿Te gustaría, no!? —

— No, por nada del mundo. Antes tapo mi casa con tablones de madera para que no entres a hacerme cuidados. —

— Ay, eso es muy cruel. — Me reí. Me encantaba molestarlo y ver sus respuestas. — ¡Si lo hago con toda la buena intención del mundo! —

— Bueno, por mi corta experiencia, he visto como las mejores intenciones del mundo lo mandan todo al garrete, si no tienes ni idea de lo que estás haciendo. — Dio una pequeña pausa, para beber agua. — En fin, ahora me puedes explicar lo que quieres de una vez. —

Y se lo expliqué con señas y señales. Se puso muy profesional, hablándome de muchas cosas que ni entendía, en torno al precio y demás cosas. Me dijo que quería verlo y comprobar su validez como objeto y antigüedad para que fuera algo rentable para su tienda. Se nota que entendía el negocio.

— Cuando estés disponible, ya me lo traerás y acordarnos el negocio. — Finalizó con esto nuestro acuerdo, yo le dije que sí, aunque no entendí apenas nada de lo que dijo. Daba igual, ya me lo explicaría de nuevo la próxima vez. Lo bueno es que tenía una excusa legítima para poder verle de nuevo.

Entonces, Mao se quedó callado y empezó a mirar de forma muy triste y desoladora hacia la ventana. Dio unos cuantos suspiros. De golpe se vino una atmosfera muy deprimente, algo que yo intentaba evitar.

En verdad, desde Enero, cayó en una especie de depresión y se ha vuelto más flojo y desánimo que nunca. Toda la pandilla que se ha formado en torno a él está muy preocupada y hacen lo posible por animarlo. También estaba poniendo mi granito de arena, invitándole a esta cena, más o menos. Y creo que lo estaba consiguiendo, así que intenté decir algo:

— ¡¿Quieres pedir algo más!? ¡Con mucho gusto, yo te invito el postre, puedes pedir el mejor de todos! ¡Y si no se encuentra en este restaurante, lo buscaría por todo el mundo solo para traértelo! ¡Bueno, es broma, sólo lo haré por la ciudad! —

Exageré mi caballerosidad al máximo, me mostré lo más fabulosa posible solo para que me replicará o se riera de mí. La respuesta que conseguí fue muy diferente:

— Si como postre, voy a vomitar…— Estaba muy serio, me asustó un poco. — Ahora mismo, quiero hablar contigo sobre algo que llevo pensando hace tiempo…— Me puse nerviosa y le iba a preguntar qué era, pero se me adelantó. — No lo quiero decir aquí, sino en la calle. Además, ya no está cayendo tan fuerte. —

Tragué saliva, ¡¿de qué trataba aquello!? No parecía ser una cosa bueno y eso me atormentaba un poco. Con una sonrisa nerviosa, le dije que sí, con ganas de quitarme de medio. Luego, intenté preparar mi cuerpo para que poder prepárame ante lo que venía.

A continuación, pagamos la cuenta y salimos al exterior. Mao tardó unos cuantos minutos en atreverse a hablar, provocando que mi nerviosismo se pusiera en puntos críticos.

— Te puedo hacer una pregunta…— Tragué de nuevo saliva. — ¿Estás cómoda así? —

Me dejó algo boquiabierta, no entendí para nada aquella pregunta. Al ver mi cara confusa, Mao tuvo que explicarse mejor:

— Quiero decir, si estás cómoda con el hecho de estar todo el rato vestida o actuando como un hombre…—

— Pues, lo normal, supongo…— Me rasqué un poco la barbilla, mucho más confundida que nunca. — Bueno, no sé… ¡¿Por qué me preguntas esto!? ¡¿Ya estás cansado de ser una chica o qué!? —

Me dejó la mente en blanco aquellas palabras, a mi cerebro le costaba mucho traducir lo que intentaba decir.

Más bien, no fue aquello que dijo en sí, sino el hecho de que me había preguntando algo que jamás me había cuestionado. Fue la primera vez que alguien me preguntó si estaba cómoda haciendo el papel de hombre.

Cómo ya sabrán, yo, bajo esta imagen de indio caballeroso y elegante indio que portaba el esmoquin más caro que encontró, soy del sexo contrario. Y aquella chica rubia y asiática que estaba a mi lado, que portaba con mucha elegancia unos ropajes tradicionales del Japón, es un hombre. Así es, cada uno se hacía pasar por el género que no pertenecía.

— En teoría, debería estarlo…— Tras tardar un poco en hablar, añadió esto cabizbajo. — Nunca quise actuar como tal, pero…— Se le veía muy serio y muy confundido, como ni siquiera sabía cómo explicármelo. — Estoy bien así, estoy tan acostumbrado a ser esto que no me interesa cambiar…— Y yo estaba igual o más confusa que él. ¡¿Sí estaba bien así, por qué debe estar preocupado por eso!? Mi cerebro apenas lo podría comprender.

— ¡¿Entonces, cuál es el problema!? — Le pregunté y éste no dijo nada. Solo quedó en silencio de forma muy preocupante. Intenté traerle al mundo real, zarandeándole: — ¡¿Mao!? —

— ¿¡Cuál es el problema…!? — Entonces, él dio una pequeña carcajada y quitó mi mano de su hombro. — ¡Este es el problema, soy un chico y me siento cómo tal! ¡No me siento atrapada en el cuerpo de otra persona ni nada parecido! ¡Por tanto, debería actuar como soy realmente, como un chico! ¡Pero estoy tan acostumbrado a ser una chica, a actuar como tal, que estoy bien así y no me interesa cambiar! ¡Pero siento que esto es un tipo de engaño hacia a los demás, debería haber revelado mi propia naturaleza y no seguir esta farsa durante más tiempo! ¡Aunque la verdad, si quiero que esta farsa continúe! ¡Estoy bien así! ¡Tanto que creo que me he tomado esto tan en serio, tal vez mi mente sea de una chica! ¡O no sé, mierda! ¡No entiendo nada! — Se puso las manos a la cabeza, gritando de frustración.

— ¡¿Entonces, lo qué quieres decir!? Bueno…—

Lo comprendí, pero estaba tan abrumada que me costaba encontrar las palabras necesarias. Entonces, Mao decidió hablar por mí:

— Más bien, debería de dejar de actuar, pero quiero seguir actuando en este papel de chica…—

— Más o menos entiendo…— Añadí y luego le di mi opinión: — Si quieres seguir actuando, pues hazlo, no pasa nada malo, supongo… —

Después de todo, hay miles de personas que interpretan papeles en su vida real, actúan lo que no son realmente por cientos de razones. No son malas, muchas veces es una cuestión para sobrevivir en un mundo basado en las apariencias. Por tanto, no debería preocuparse tanto.

— Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás. Diciéndoles que soy una chica, cuando no lo soy. Y cuánto antes peor, más fuerte es el engaño. — Apretó los puños, con una expresión de rabia. — ¿¡Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos, qué podría hacer!? ¡¿Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido!? ¡Entonces, entonces…! —

A continuación, se calló y lanzó un fuerte suspiro. Tras estar un ratito en silencio, tranquilizándose, volvió a hablar:

— No es nada, perdón por esto, no es mi intención decir estas cosas…— Se sentía muy arrepentido por haberme explicado eso, como si yo fuera la menos indicada para escucharle. — Solo quería saber si te sientes cómoda así, en tu papel de casanova, si no te sientes mal por ejercer ese papel o deseas volver a ser como eres realmente, como una chica…—

No dije nada, me quedé muy pensativa, repitiendo en mi cerebro aquellas palabras que él dijo. “Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás”, “Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos”, “Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido”; esas fueron las que más se repitieron en mi cerebro. Por alguna razón, en mi interior algo se quebró, como si hubiera recordado algo terrible, pero no sabía qué era exactamente. Más bien, todo eso se sintió como si me hubieran revelado unas cuestiones que me podrían turbar el corazón. Apenas entendía aquel extraño y desagradable sentimiento que se alojó en mí. Dudé, entonces.

¿¡Me siento cómoda actuando como un hombre!? ¡¿Está bien hacerles creer a las personas lo que no soy realmente, cuando ni yo misma me siento así!? ¡¿Y si realmente llevo tanto rato siendo un hombre que ya pienso como uno de verdad…!?

En aquellos momentos, me dije a mí misma que no me tenía que preguntar eso, que si no estuviera cómoda, entonces hubiera dejado de actuar como un hombre; que no pasaba nada con engañar a los demás, todos lo hacen, incluso a sí mismos; y que aún sabía que era una mujer, era imposible para mí confundirme de esa manera. Aún así, no estaba satisfecha con el hecho de decirme esas respuestas.

— Por supuesto que sí, mujer. — Le respondí de forma tajante, aunque, en el fondo, me sentía algo dudoso. — ¡No te preocupes por esas cosas, esas tonterías solo amargan la vida! ¡Estás bien como eres, sigue viviendo así, vive así hasta el fin de tu vida, que esas dudas no te hundan la vida! —

Más bien, estas palabras eran dedicadas para mí.

— Creo que es demasiado tarde para decirme eso…— Dio una pequeña pausa y añadió: — En fin, eso es todo. Ya voy a volver a mi casa, es de idiotas seguir paseando debajo de la lluvia. —

A continuación, nos despedimos y le vi alejarse poquito a poco bajo la lluvia y el paraguas. Entonces, quise decirle algo y así lo hice.

— ¡Y anímate! ¡Si eso es lo que provoca tu depresión, entonces mándalo al carajo! ¡Como si fuera,…! ¡Bueno, como…! ¡Da igual, solo mándalo lejos! ¡Son solo tonterías sin sentido! — Le grité esas palabras, pero él ni se dio cuenta, siguió como si nada. Ya apenas lo podría distinguir.

— ¡Maldición, debí haberle dicho esto antes! — Añadí muy molesta, antes de seguir por mi propio camino. Ya que Mao se quitó del medio, no había sentido a que estuviera bajo la lluvia, mejor volver a casita y a disfrutar de una maratón de mis películas favoritas.

Durante aquella larga caminata que me di, no dejaba de recordarme esas malditas palabras. A pesar de que me dije que no tenía que pensar en esas tonterías, una y otra vez mi cerebro me lo recordaba, como si me quería torturar o intentaba mostrarme que algo no estaba bien.

— ¡Ya, ya, Nehru! — Me decía a mí misma en voz baja. — ¡Olvídate de eso, estoy muy bien así, no tiene sentido que me ponga a pensar en esto! —

— Tendré que salir esta noche a ver si divertirme un poco en las discotecas y bares me ayuden a olvidarme de esto. — Añadí, al ver que era imposible de quitarme aquellos pensamientos de encima.

Al fin, llegué a mi hogar, pero, entonces, me percaté de que algo raro había pasado.

— ¡Qué extraño, la puerta está abierta! — Mis ojos se abrieron como platos al ver eso. Y no era una torpeza mía, me di cuenta de que habían forzado y destrozado mi cerradura. Mi cara se puso morada por el terror y entré a mi casa con la esperanza de que no hubieran robado nada en ella.

Y a primera vista, parecía que me habían robado, todo estaba hecho un lio. Había cosas tiradas en el suelo, incluso los cajones de mis muebles; y no había lugar en dónde no habían tocado.

Entonces, oí como un coche arrancaba de golpe y saliera pitando de la calle, dejando marcas de neumático en el suelo por la drástica aceleración que hizo. Estaba a pocos metros de mi casa, ¿¡eso quería decir que eran los ladrones!?

A pesar de lo desagradable y desolador que es descubrir que te robaron en tu casa, me sentí aliviado de que no lo hubieran hecho cuando yo estaba en mi hogar o a punto de entrar. Hay algunos tan violentos que me matarían en el acto solo por no decirle dónde estaba el dinero. Lo que no sabía es que aquel simple asalto sería el principio de toda una verdadera pesadilla.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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