Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Primera parte, centésima decimonovena historia.

Iba a comenzar a contar mi historia, pero me di cuenta de que no sé cómo empezarla. En serio, ¿cómo se comienza a escribir un relato?

Es decir, llevo más de diez minutos y no he podido encontrar una forma de empezar que sea increíble y os deje a todos impresionados. Y no ha habido manera, no se me ocurre nada. Ni empezando por el final ni el medio, ni parafraseando alguna frase de algún famoso como Rabindranath Tagore, Gandhi o Buda; o poniéndome muy profundo, incluso mencionando cosas de la mitología hindú, etc. En fin, no se me ha ocurrido nada genial y lo mejor que he hecho es sincerarme.

Y si esto es difícil de empezar a contar, ni me imagino cómo será el contar el resto de la narración. ¿¡Cómo hacen los escritores para ponerse a narrar historias!? La mía es real, me ha pasado de verdad y no tengo ninguna idea de cómo empezarla ni de organizarla.

Qué difícil ser tu propio narrador, ¡ojalá alguien venga a sustituir mi lugar y lo cuente por mí! Y de paso, si lo van a hacer en algún medio audiovisual, que pongan la voz bonita de alguien famoso como Salman Khan o Emraan Hashmi ¿¡No lo conocen!? ¡Pero si son muy famosísimos…! ¡Bueno, en la India, eso tiene merito, eh! ¡En fin, les estaría agradecido si me hicieran ese favor! ¡O agradecida, ya da igual!

En fin, este es el mundo real y no puedo tener derecho a ese lujo, ¿¡o tal vez sí!?

Creo que ya tengo más o menos una idea de cómo comenzar esto, gracias a toda esa charla innecesaria. Tendré que conformarme con empezar con el principio, como hacen todas las demás historias. ¡Damas y caballeros! ¡Espero que estén preparados!

Miré la ventana con tranquilidad, observando cómo la lluvia de abril caía con gran intensidad sobre la ciudad, cuando la persona que estaba a mi lado me decía esto:

— Entonces, ¡¿puedes decirme qué es lo quieres de una vez!? — Se le veía molesto, frunciendo las cejas. Ponía un rostro que solo me entraba ganas de hacerle alguna broma. — ¡Me has sacado de casa, y además con este horrible tiempo, de un momento para otro vamos a salir en canoa! —

— ¡Relax, relax, Mao! ¡Tampoco es para tanto, esto no es nada comparable con los monzones! — Le replicaba con buen humor. — ¡Ya te lo diré, no seas impaciente! —

Eso fue lo que dije porque no me acordaba de la excusa que le conté para que decidiera comer conmigo. Mi verdadera intención era llevarle a cenar al restaurante indio más famoso de la ciudad.

— Entonces, ¿significa que eso de que quieres venderme algo es una mentira? — Me miró con mala leche. Me pilló.

— ¡No es eso, es verdad! — Exclamé muy nervioso. Luego, añadí esto para cambiar la conversación: — ¡Ah, y ahí viene el curry! ¡Ya lo estuve esperando! —

Me acordé. Tenía una estatua rara de Mahavira, el iniciador del Jainismo, que cogí de mi abuelo. No tenía necesidad alguna de librarme de él, pero tampoco lo aprecio, así que se lo podría vender.

A continuación, empecé a saborear el curry madrás con pollo que había pedido y era exquisito. Fui interrumpido porque Mao, tras coger un poco del plato que pidió, dio un fuerte chillido:

— ¡Oh, mier…! ¡Oh, oh, como pica! — Si que hizo un gran esfuerzo en censurarse, mientras buscaba de forma desesperada el agua. Y tuve que coger la botella y echárselo en el vaso, porque estaba a punto de tirar cosas al suelo, buscando lo que quería tomar. No pude evitar reír, fue gracioso.

— ¡¿De qué te ríes!? ¡Casi iba a escupir fuego! ¡No vea como arde esto! —Me replicaba muy molesto, mientras llenaba de nuevo el vaso.

— Se me olvido decirte que el vindaloo es unos de los curry más picantes que uno puede probar. Y eso que aquí siempre lo pone muy suavecita. —

Fue sin querer, no me acordaba de ese detalle cuando pidió cordero y patatas con vindaloo.

— ¡Genial, ¿ahora cómo voy a comer esto?! ¡Esto tiene demasiado picante para mi gusto! — Lo miraba con cara de asco, mientras yo seguía riéndome.

— Entonces, no te lo comas. —

— ¡No puedo desperdiciarlo ahora! —

Me replicó, para luego echarle otro bocado y soportar con todas sus fuerzas el picante. Añadió, tras beber agua como un condenado: — ¡Por lo menos, no es como el pozole! —

Era un espectáculo bastante divertido y tierno verlo tragarse ese plato hasta hartarse. Él se daba cuenta y me protestaba:

— No puedo concentrarme en terminar esto contigo mirándome. Sé que es gracioso, pero preferiría que miraras hacia otra parte. No sé, a tu plato o lo que sea. —

— Lo que usted diga, mi madam. No era mi intención ponerla incómoda, le pido mis disculpas. — Me miró con mala cara, pero luego dio un suspiro y siguió comiendo.

— Mi estomago esta hecho polvo. — Decía, al terminar. — Si me pongo enferma, será por tu maldito descuido. —

— ¡Si eso pasa, me iré a tu casa a cuidarte y ser tu enfermero! ¡¿Te gustaría, no!? —

— No, por nada del mundo. Antes tapo mi casa con tablones de madera para que no entres a hacerme cuidados. —

— Ay, eso es muy cruel. — Me reí. Me encantaba molestarlo y ver sus respuestas. — ¡Si lo hago con toda la buena intención del mundo! —

— Bueno, por mi corta experiencia, he visto como las mejores intenciones del mundo lo mandan todo al garrete, si no tienes ni idea de lo que estás haciendo. — Dio una pequeña pausa, para beber agua. — En fin, ahora me puedes explicar lo que quieres de una vez. —

Y se lo expliqué con señas y señales. Se puso muy profesional, hablándome de muchas cosas que ni entendía, en torno al precio y demás cosas. Me dijo que quería verlo y comprobar su validez como objeto y antigüedad para que fuera algo rentable para su tienda. Se nota que entendía el negocio.

— Cuando estés disponible, ya me lo traerás y acordarnos el negocio. — Finalizó con esto nuestro acuerdo, yo le dije que sí, aunque no entendí apenas nada de lo que dijo. Daba igual, ya me lo explicaría de nuevo la próxima vez. Lo bueno es que tenía una excusa legítima para poder verle de nuevo.

Entonces, Mao se quedó callado y empezó a mirar de forma muy triste y desoladora hacia la ventana. Dio unos cuantos suspiros. De golpe se vino una atmosfera muy deprimente, algo que yo intentaba evitar.

En verdad, desde Enero, cayó en una especie de depresión y se ha vuelto más flojo y desánimo que nunca. Toda la pandilla que se ha formado en torno a él está muy preocupada y hacen lo posible por animarlo. También estaba poniendo mi granito de arena, invitándole a esta cena, más o menos. Y creo que lo estaba consiguiendo, así que intenté decir algo:

— ¡¿Quieres pedir algo más!? ¡Con mucho gusto, yo te invito el postre, puedes pedir el mejor de todos! ¡Y si no se encuentra en este restaurante, lo buscaría por todo el mundo solo para traértelo! ¡Bueno, es broma, sólo lo haré por la ciudad! —

Exageré mi caballerosidad al máximo, me mostré lo más fabulosa posible solo para que me replicará o se riera de mí. La respuesta que conseguí fue muy diferente:

— Si como postre, voy a vomitar…— Estaba muy serio, me asustó un poco. — Ahora mismo, quiero hablar contigo sobre algo que llevo pensando hace tiempo…— Me puse nerviosa y le iba a preguntar qué era, pero se me adelantó. — No lo quiero decir aquí, sino en la calle. Además, ya no está cayendo tan fuerte. —

Tragué saliva, ¡¿de qué trataba aquello!? No parecía ser una cosa bueno y eso me atormentaba un poco. Con una sonrisa nerviosa, le dije que sí, con ganas de quitarme de medio. Luego, intenté preparar mi cuerpo para que poder prepárame ante lo que venía.

A continuación, pagamos la cuenta y salimos al exterior. Mao tardó unos cuantos minutos en atreverse a hablar, provocando que mi nerviosismo se pusiera en puntos críticos.

— Te puedo hacer una pregunta…— Tragué de nuevo saliva. — ¿Estás cómoda así? —

Me dejó algo boquiabierta, no entendí para nada aquella pregunta. Al ver mi cara confusa, Mao tuvo que explicarse mejor:

— Quiero decir, si estás cómoda con el hecho de estar todo el rato vestida o actuando como un hombre…—

— Pues, lo normal, supongo…— Me rasqué un poco la barbilla, mucho más confundida que nunca. — Bueno, no sé… ¡¿Por qué me preguntas esto!? ¡¿Ya estás cansado de ser una chica o qué!? —

Me dejó la mente en blanco aquellas palabras, a mi cerebro le costaba mucho traducir lo que intentaba decir.

Más bien, no fue aquello que dijo en sí, sino el hecho de que me había preguntando algo que jamás me había cuestionado. Fue la primera vez que alguien me preguntó si estaba cómoda haciendo el papel de hombre.

Cómo ya sabrán, yo, bajo esta imagen de indio caballeroso y elegante indio que portaba el esmoquin más caro que encontró, soy del sexo contrario. Y aquella chica rubia y asiática que estaba a mi lado, que portaba con mucha elegancia unos ropajes tradicionales del Japón, es un hombre. Así es, cada uno se hacía pasar por el género que no pertenecía.

— En teoría, debería estarlo…— Tras tardar un poco en hablar, añadió esto cabizbajo. — Nunca quise actuar como tal, pero…— Se le veía muy serio y muy confundido, como ni siquiera sabía cómo explicármelo. — Estoy bien así, estoy tan acostumbrado a ser esto que no me interesa cambiar…— Y yo estaba igual o más confusa que él. ¡¿Sí estaba bien así, por qué debe estar preocupado por eso!? Mi cerebro apenas lo podría comprender.

— ¡¿Entonces, cuál es el problema!? — Le pregunté y éste no dijo nada. Solo quedó en silencio de forma muy preocupante. Intenté traerle al mundo real, zarandeándole: — ¡¿Mao!? —

— ¿¡Cuál es el problema…!? — Entonces, él dio una pequeña carcajada y quitó mi mano de su hombro. — ¡Este es el problema, soy un chico y me siento cómo tal! ¡No me siento atrapada en el cuerpo de otra persona ni nada parecido! ¡Por tanto, debería actuar como soy realmente, como un chico! ¡Pero estoy tan acostumbrado a ser una chica, a actuar como tal, que estoy bien así y no me interesa cambiar! ¡Pero siento que esto es un tipo de engaño hacia a los demás, debería haber revelado mi propia naturaleza y no seguir esta farsa durante más tiempo! ¡Aunque la verdad, si quiero que esta farsa continúe! ¡Estoy bien así! ¡Tanto que creo que me he tomado esto tan en serio, tal vez mi mente sea de una chica! ¡O no sé, mierda! ¡No entiendo nada! — Se puso las manos a la cabeza, gritando de frustración.

— ¡¿Entonces, lo qué quieres decir!? Bueno…—

Lo comprendí, pero estaba tan abrumada que me costaba encontrar las palabras necesarias. Entonces, Mao decidió hablar por mí:

— Más bien, debería de dejar de actuar, pero quiero seguir actuando en este papel de chica…—

— Más o menos entiendo…— Añadí y luego le di mi opinión: — Si quieres seguir actuando, pues hazlo, no pasa nada malo, supongo… —

Después de todo, hay miles de personas que interpretan papeles en su vida real, actúan lo que no son realmente por cientos de razones. No son malas, muchas veces es una cuestión para sobrevivir en un mundo basado en las apariencias. Por tanto, no debería preocuparse tanto.

— Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás. Diciéndoles que soy una chica, cuando no lo soy. Y cuánto antes peor, más fuerte es el engaño. — Apretó los puños, con una expresión de rabia. — ¿¡Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos, qué podría hacer!? ¡¿Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido!? ¡Entonces, entonces…! —

A continuación, se calló y lanzó un fuerte suspiro. Tras estar un ratito en silencio, tranquilizándose, volvió a hablar:

— No es nada, perdón por esto, no es mi intención decir estas cosas…— Se sentía muy arrepentido por haberme explicado eso, como si yo fuera la menos indicada para escucharle. — Solo quería saber si te sientes cómoda así, en tu papel de casanova, si no te sientes mal por ejercer ese papel o deseas volver a ser como eres realmente, como una chica…—

No dije nada, me quedé muy pensativa, repitiendo en mi cerebro aquellas palabras que él dijo. “Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás”, “Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos”, “Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido”; esas fueron las que más se repitieron en mi cerebro. Por alguna razón, en mi interior algo se quebró, como si hubiera recordado algo terrible, pero no sabía qué era exactamente. Más bien, todo eso se sintió como si me hubieran revelado unas cuestiones que me podrían turbar el corazón. Apenas entendía aquel extraño y desagradable sentimiento que se alojó en mí. Dudé, entonces.

¿¡Me siento cómoda actuando como un hombre!? ¡¿Está bien hacerles creer a las personas lo que no soy realmente, cuando ni yo misma me siento así!? ¡¿Y si realmente llevo tanto rato siendo un hombre que ya pienso como uno de verdad…!?

En aquellos momentos, me dije a mí misma que no me tenía que preguntar eso, que si no estuviera cómoda, entonces hubiera dejado de actuar como un hombre; que no pasaba nada con engañar a los demás, todos lo hacen, incluso a sí mismos; y que aún sabía que era una mujer, era imposible para mí confundirme de esa manera. Aún así, no estaba satisfecha con el hecho de decirme esas respuestas.

— Por supuesto que sí, mujer. — Le respondí de forma tajante, aunque, en el fondo, me sentía algo dudoso. — ¡No te preocupes por esas cosas, esas tonterías solo amargan la vida! ¡Estás bien como eres, sigue viviendo así, vive así hasta el fin de tu vida, que esas dudas no te hundan la vida! —

Más bien, estas palabras eran dedicadas para mí.

— Creo que es demasiado tarde para decirme eso…— Dio una pequeña pausa y añadió: — En fin, eso es todo. Ya voy a volver a mi casa, es de idiotas seguir paseando debajo de la lluvia. —

A continuación, nos despedimos y le vi alejarse poquito a poco bajo la lluvia y el paraguas. Entonces, quise decirle algo y así lo hice.

— ¡Y anímate! ¡Si eso es lo que provoca tu depresión, entonces mándalo al carajo! ¡Como si fuera,…! ¡Bueno, como…! ¡Da igual, solo mándalo lejos! ¡Son solo tonterías sin sentido! — Le grité esas palabras, pero él ni se dio cuenta, siguió como si nada. Ya apenas lo podría distinguir.

— ¡Maldición, debí haberle dicho esto antes! — Añadí muy molesta, antes de seguir por mi propio camino. Ya que Mao se quitó del medio, no había sentido a que estuviera bajo la lluvia, mejor volver a casita y a disfrutar de una maratón de mis películas favoritas.

Durante aquella larga caminata que me di, no dejaba de recordarme esas malditas palabras. A pesar de que me dije que no tenía que pensar en esas tonterías, una y otra vez mi cerebro me lo recordaba, como si me quería torturar o intentaba mostrarme que algo no estaba bien.

— ¡Ya, ya, Nehru! — Me decía a mí misma en voz baja. — ¡Olvídate de eso, estoy muy bien así, no tiene sentido que me ponga a pensar en esto! —

— Tendré que salir esta noche a ver si divertirme un poco en las discotecas y bares me ayuden a olvidarme de esto. — Añadí, al ver que era imposible de quitarme aquellos pensamientos de encima.

Al fin, llegué a mi hogar, pero, entonces, me percaté de que algo raro había pasado.

— ¡Qué extraño, la puerta está abierta! — Mis ojos se abrieron como platos al ver eso. Y no era una torpeza mía, me di cuenta de que habían forzado y destrozado mi cerradura. Mi cara se puso morada por el terror y entré a mi casa con la esperanza de que no hubieran robado nada en ella.

Y a primera vista, parecía que me habían robado, todo estaba hecho un lio. Había cosas tiradas en el suelo, incluso los cajones de mis muebles; y no había lugar en dónde no habían tocado.

Entonces, oí como un coche arrancaba de golpe y saliera pitando de la calle, dejando marcas de neumático en el suelo por la drástica aceleración que hizo. Estaba a pocos metros de mi casa, ¿¡eso quería decir que eran los ladrones!?

A pesar de lo desagradable y desolador que es descubrir que te robaron en tu casa, me sentí aliviado de que no lo hubieran hecho cuando yo estaba en mi hogar o a punto de entrar. Hay algunos tan violentos que me matarían en el acto solo por no decirle dónde estaba el dinero. Lo que no sabía es que aquel simple asalto sería el principio de toda una verdadera pesadilla.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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