Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Segunda parte, centésima decimonovena historia.

La policía tardó casi tres horas y media en venir, y la espera fue bastante insoportable. Además del enfado que me estaba provocando el retraso, estaba tan aterrada por lo que ocurrió que me sentía un poco paranoica y con cada ruido que escuchaba me ponía histérica e intentaba defenderme, armándome con una estatua de Visnú que encontré entre el estropicio. El de Buda era mucho más duro y doloroso, pero no lo veía por ninguna parte, creí que se lo llevaron. Al final, cuando ellos vinieron, estuvieron a punto de detenerme a mí, porque el miedo me controló y casi  iba a partir la cabeza de un agente de la ley.

Tras mis disculpas y conseguir que me comprendieran, acordonaron la casa y echaron un vistazo conmigo, buscando lo que me debían haber robado. Lo extraño es que todo el dinero y los objetos de valor que tenía bajo mi posesión seguían allí, no había robado nada realmente importante.

— Al parecer, no ha perdido nada…— Concluyeron los policías, tras haber mirado cada palmo de la casa. — ¿¡Todas las cosas están en su sitio!? —

— Pues eso parece…— Aún así, sentía que algo faltaba, pero me costaba recordar el qué. — ¡Es extraño, si han entrado a robar y a dejarlo todo por los suelos, deberían haberlo llevado todo lo que pudieron! — Y me puse a revisar de nuevo la casa.

— ¡¿Tal vez no le dieron tiempo!? Eso sería muy posible…— Me decían los policías, con cara de extrañeza.

— Pero, creo que…— Les intentaba replicar, mientras buscaba y forzaba mi cabeza en recordar aquellas cosas. — Algo falla aquí, se han llevado unas cuantas cosas…—

Forcé mi cerebro con todas mis fuerzas, mientras seguía buscando lo que faltaba. Entonces, lo pude recordar y fui a mi cuarto a comprobarlo. Miré unos cajones y me quedé atónica.

— ¿¡Ya ha descubierto lo qué le han robado!? — Me preguntaron ellos, asustándome en el proceso. Di un pequeño chillido y me levante de golpe.

— Pues…— Me puse muy nerviosa, no quería contarles lo que me robaron. — Unos documentos, parece ser…— Aún así, ese mismo nerviosismo me hizo decirlo, provocando que mentalmente me insultará a mí misma.

— Bueno, no eran nada importantes, no sé por qué se los ha llevado…— Y reí nerviosamente, intentando arreglar mi metedura de pata. Pero eso solo provocaba que me viera muy sospechosa.

Mentí, eran sumamente importantes, de vital importancia. Eran papeles relacionados con las cuentas que mantengo con mi identidad original, que aún mantienen mucho dinero, y las cuales las utilizo para pasarlas a las que tengo con la falsa; así como las enredadas transacciones bancarias que mantengo entre diferentes bancos, los cuales están situados en paraísos fiscales y que ni siquiera yo entiendo cómo puede funcionar eso. Si alguien los investigará, se daría cuenta de toda la farsa que hice y tendría que volver a la India.

¡¿Por qué los ladrones escogerían tal cosa!? Ahí no estaban las claves ni nada parecido para entrar en mis cuentas, para ellos solo serían unos papeles inservibles. Y como lo que hay en esos documentos no era trigo limpio, no podría decirles toda la verdad a los policías. Entonces, debía haber otra razón, que me gustaba muchísimo menos que lo del robo en sí.

« ¡¿Me habrán pillado!? », eso me dije, poniendo una cara de horror ante aquella posibilidad.

Al final, tras responder a las preguntas de los policías, que anotaron la lista, me dijeron que fuera a denunciar la situación, aunque yo ya no estaba muy segura de hacerlo. Les decía sí a todas sus recomendaciones, sin prestarles mucha atención a sus palabras, más preocupada por los motivos de aquellos peculiares ladrones que otra cosa. Al irse, me dijeron que ya podría dejar las cosas en su sitio, ya que habían hecho fotos y cogido pruebas de la escena del robo; pero los malditos no tuvieron la amabilidad de arreglar el estropicio.

— ¡¿Y ahora cómo voy a arreglar todo esto!? ¡No puedo contratar a alguien a estas horas de la noche para que me lo ponga bien, además de que me costaría una pasta! — Me decía a mí misma, con los hombros caídos por el gran desánimo que me provocaba ver aquella escena.

Al pensar en recoger todo este estropicio yo sola, me puse muy mala y, en vez de animarme y llenarme de valor para ponerlo todo en su sitio, decidí ir a mi cama y descansar. Después de todo, tendría el dinero suficiente para contratar a alguien que lo limpiara por mí, sin saber que dos días después, porque me daba flojera coger dinero del banco, me llevaría una sorpresa muy desagradable, extremadamente horrible.

— ¡¿Espera, espera!? ¡¿Qué quieres decir con esto!? ¡Mi cuenta no puede estar cancelada así por así! —  Grité atónita, con la boca abierta. El hombre que me atendía volvió a repetir de nuevo lo que me dijo.

Yo, después de esperar con toda la paciencia del mundo en la cola del banco para sacar dinero, tuve la horrible noticia de que no se podría acceder a la cuenta.

— ¡Perdón, muchacho, pero lo he intentando unas cuantas veces y no puedo entrar! ¡Me dice que fue cancelado y nadie podrá sacar de ahí más dinero a petición de la persona que creó la cuenta! —

Me había quedado cuadrada al oír esas palabras que pronunció el hombre, lo que estaba escuchando era absurdo.

— ¡¿Pero qué dices!? ¡Si yo he sido el dueño de esa cuenta! ¡Eso está a mi nombre! ¡Es imposible que lo haya cancelado porque soy su titular! —

El hombre no pudo responder, también le parecía muy raro lo que estaba viendo y yo cada me estaba alterando más. Al no poder soportar su silencio, continué:

— En fin, ¿no podría ser un problema del banco o algo así, algún error informático o parecido? Es imposible que el titular, que soy yo, lo haya cancelado. Debe haber pasado algo raro. —

— Yo tampoco tengo ni idea, ya voy a hacer la llamada para preguntar sobre su caso. —

Y con esto dicho, tuve que volver a esperar, a aguantar casi una hora y algo; mordiéndome las uñas y dando vueltas de un lado para otro, deseosa de que este contratiempo terminará rápido y aterrada con el miedo de que perder lo que me sustentaba. Todo esto provocó que mis nervios estuvieran a flor de piel y estuviera fuera de sí. Al ver que venía a explicar mi situación, corrí a él y le grité, mientras le ponía mis manos sobre sus hombros: — ¡¿Ya sabe algo!? ¡Dilo claro, por favor!? —

Sorprendido por mi actitud, tardó un poco en responder: — Pues, verás… Alguien acaba de confirmar a nuestro banco que su cuenta depende de otra, cuyo titular es otra persona, la que le realiza transacciones; y esa misma les ha pedido que corten el flujo del dinero y la cancelen, por procedimientos que no viene al caso hablarle. —

Me quedé muy chocada al oír esas palabras, apenas entendí nada de lo que dijo y lo que sí, me era incapaz de asimilarlo. Tras quedar mi mente en blanco durante unos cuantos segundos, dije:

— Repítelo de nuevo. — Y así lo hizo. Entonces, al poder traducirlo, casi di un grito de conmoción y me faltaba poco para caer al suelo.

No dejaba de repetir una y otra vez, en voz baja, que no tenía sentido, que era imposible que algo así me pasaba. Entonces, fuera de mí, le cogí de los hombros al hombre y le grité con furia esto:

— ¡Eso es absurdo! ¡No tiene sentido alguno! ¡¿Estás borracho o qué!? ¡Es imposible que eso haya pasado! — Me faltaba poco para tirarle al suelo o romperle los hombros. Me sentía burlada, me estaban diciendo algo que no podría suceder y me enfurecí:

— ¡No se altere, muchacho! ¡Debe hablar con la persona que le ha cancelado su cuenta! — Se le veía algo asustado por mi reacción.

— ¡Estupideces! ¡Es imposible que el titular de la cuenta que le realizaba transacciones a la mía haya podido cortar el flujo y luego, cancelarla así por las buenas! ¡Porque yo soy el mismo titul…! — Me callé, casi iba a soltar la verdad, por culpa de la ira que me dominó.

Entonces, me di cuenta de que estaba quedando mal delante de todo el banco y para no empeorar mi buena imagen de caballero, yo tuve que tranquilizarme un poco, susurrándome algunos mantras que recordaba. Al finalizar, con toda educación y amabilidad, reformulé mis palabras:

— El titular de esa cuenta es Kasturba Makhanji, ¿cierto? — El hombre miró unos papeles y dijo que sí. — Entonces, ella no puede haberlo cerrado es imposible, no me ha comunicado de eso ni nada parecido…—

— Pero lo ha hecho, así son las cosas. Esa persona ha cortado el flujo de dinero que va desde su cuenta hasta la suya, por motivos y derechos que tiene como cliente de nuestro sistema bancario. —

Puse mi mano sobre mi cabeza, cabizbaja, con los ojos tan abiertos como platos. Solté unas dos o tres risitas que parecían indicar que iba a caer en la locura. No dejaba de decirme que era una broma, una cruenta y horrible de la gente del banco; también intenté creer con todas mis fuerzas que estaba en un terrible sueño o buscar en mi memoria algún momento en que yo hubiera cancelado esa cuenta sin querer.

Porque, en fin, aquella persona, aquella chica llamada Kasturba Makhanji, no es otra que yo misma, es mi verdadera identidad.

— ¡Muchacho, ¿muchacho?! — Mientras seguía absorbida en el shock, el hombre del banco se preocupó por mi reacción. — ¡¿Estás bien!? ¡No es para tanto, la chica habrá tenido sus motivos para cortarte el dinero, no te hundas de esta manera! — E intentaba animarme.

— No se preocupe, ¡no me pasa nada! No voy a molestarle más, me iré a afuera, ya arreglaré las cosas de alguna manera. —

Decidí salir corriendo afuera para tomar el aire, porque iba a explotar de un momento para otro allí mismo. En ese entonces, se me confirmo que estaba ocurriendo algo muy grave.

Y tras dar vueltas sobre mí misma, preguntándome sin parar qué estaba ocurriendo, decidí alejarme del banco lo más posible.

« Esto no es bueno, para nada, ¡¿de dónde sacaré el dinero ya para vivir!? ¡¿Y quién ha sido el responsable!? ¿¡Serán mis padres, actuando en mi nombre, que ya me han encontrado u otra cosa!? ¡Sea lo que sea, estoy perdida, totalmente! »

Eso me decía a mí misma, mientras caminaba intranquila por las calles de la ciudad. El paseo que me di, solo consiguió empeorar mi estado, estando yo a punto de gritar de los nervios, ya que era imposible de comprender la situación, por muchas vueltas que le diese.

Y, para el colmo de la situación, empecé a sentir una especie de presencia que me estaba persiguiendo durante un buen rato, provocando que yo me pusiera muy paranoica. Una y otra vez miraba hacia atrás, segura de que había algo que me seguía; pero no veía nada, provocando que llegara a reírme de forma nerviosa, mientras me preguntaba si me estaba volviendo loca. Y aquella sensación se hacía cada vez más latente.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Empecé a hablar en voz alta. — Me estoy dando cuenta de que no tuve que irme del banco, aunque ahora no tengo ganas de volver, ¡si volviera, solo recibiría más malas noticias y ya estoy suficiente con las que he tenido! —

Ya tuve suficiente con ser robada y quedarme sin financiación de dinero, mi corazón no me permitía más. Pero, por otra parte, no tenía ni idea de qué hacer a continuación.

Entonces, junté mis brazos y empecé a forzar mi cerebro a pensar en algo, llegando a cerrar mis ojos mientras seguía andando, con el objetivo de concentrarme mejor.

¿¡Qué debía hacer!? ¿¡Volver a casa y estar un rato viendo películas, eso no es algo muy estúpido de mi parte al ver mi situación!? Es decir, yo quería dejar el tema para más tarde, quería olvidarme de mis problemas durante un buen rato. Sé que estas cosas no hay que dejarlas así, que solo empeoran, pero necesitaba un descanso antes de enfrentarme a ellas, es algo que todos hacemos de vez en cuando y yo no soy una excepción. Al final, no quise volver a casa tan pronto y ver de nuevo el desastre que no quería recoger, y tuve una idea mejor, visitar algún pub del centro de la ciudad. La cerveza me ayudaría bastante a olvidarme de mis desgracias.

Entonces, más distraída en mis pensamientos que en mí alrededor, sentí como una mano me tocaba de repente el hombro, mientras me decía esto:

— ¡Idiota, no cruces la calle ahora, ¿no ves que está en rojo?! —

Fue tan inesperado que di un gran chillido. Alterada, miré hacia atrás y vi a un hombre de mediana edad, que protestaba así:

— ¡¿Por qué has chillado de esa manera!? ¡Solo te quería avisar de eso! —

Yo miré hacia delante y vi como el semáforo estaba en rojo y los coches pasaban como balas, algo que no me di cuenta y que pudo costar mi propia vida. Al soltar un fuerte suspiro, me dirigí al hombre y sin saber muy bien qué hacer, le dije: — ¡Oh, gracias! —

De todas maneras, fue muy incómodo, solo bastante con gritarme, no hacía falta que me tocará el hombro. Quise decírselo, pero no me atrevía, sólo decidí alejarme lo más rápido posible de él.

Además, su aspecto y su voz también provocaron alerta en mí. Su rostro, con algunas arrugas y con un enorme bigote; su piel muy tostadita y el tono de su voz mientras pronunciaba fatal el inglés, me indicaron de que era alguien del mismo país que yo, daba la impresión de que era del sur de la India. Por el contrario, vestía de forma muy occidental y formal, como si iba a una fiesta lujosa a lo grande, sobre todo destacaba su sombrero Panamá de color marrón claro, que hacía juego con la camisa blanca y los pantalones oscuros. No es muy común ver hindús por esta ciudad y cómo estaban las cosas, mis sospechas de que fuera alguien que había venido desde mi país para pillarme aumentaron por mil.

Al intentarlo, el hombre me detuvo otra vez, diciéndome esto: ¡Espera un momento! ¡¿Tú eres Motital Nehru!? — Me quedé blanca del terror, al ver que sabía mi nombre. — Necesito hablar contigo de una cosa, he venido desde la India para comunicarte algo. — Ahí creí que me habían pillado, tenía que salir corriendo como nunca. — Me voy a presentar, soy…—

No le dio tiempo ni a decir quién era, porque ya estaba huyendo a toda velocidad.

— ¡Espera, espera! ¡No huyas, soy un aliado, no un enemigo! —

Al oír eso, yo miré por un momento hacia atrás y lo veía persiguiéndome. Eso no ayudaba mucho a que creyera que era un aliado, así que grité algo sin sentido y forcé mis piernas para ir mucho más rápido, sin importarme una mierda lo que hubiera delante de mí. Aquel sospechoso hombre me seguía gritando, pidiendo que me parara y le escuchará, sin parar. Por supuesto, no lo hice, no iba a cometer esa locura.

Tuve que cruzar varias calles para perderle de vista, que aguantó mucho, para ver tan mayor. Casi fui atropellada dos veces por un coche, siendo insultada y pitada por los conductores. No me daba tiempo a esquivar a cada persona que me encontraba a mi paso y la tiraba y, a pesar de que les decía perdón, también me insultaban. Pasé por un parque y destruí un castillo de arena que un niño estaba haciendo, quién rompió a llorar y cuyos padres también blasfemaron contra mí. Nada de eso me importaba, solo tenía en mente perderle la pista a aquel tipo, que, de vez en cuando, lo miraba para ver si seguía persiguiendo o ya estaba cansando.

— ¡V-vaya con los jóvenes de hoy en día, n-no vean como c-corren! — Quién, a lo lejos, tuvo que detenerse y ponerse a descansar. — ¡Ó-ojala tener unos veinte años menos! — Añadía entre fuertes jadeos.

Casi parecía que le iba a dar un ataque de corazón, no dejaba de inspirar y respirar como la vida le iba en ellos. Al verlo así, di un pequeño empujón y lo perdí de vista, terminando en el norte de la ciudad, en un barrio cuyo aspecto dejaba mucho que desear. Ahí pude descansar.

— ¡Cómo me duelen las piernas! — Protestaba, mientras me sentaba en unas escaleras. — ¡He c-corrido más de lo que he hecho en vida, me va a dar algo! — Estaba destrozada, no solo me dolían las patas, sino todo el cuerpo. Empecé a tragar aire como loca, mientras los constantes latidos de mi corazón me ponían más nerviosa de lo que estaba.

Tras la alocada carrera, ya tuve tiempo para pensar seriamente en lo que estaba ocurriendo. Bueno, primero, tenía que recuperar el aliento.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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