Centésima decimocuarta historia

El príncipe y la paria: Tercera parte, centésima décimonovena historia.

Después de recuperar mis fuerzas, mientras daban rodeos por la ciudad, por si aquel extraño me estuviera siguiendo en secreto; pude llegar a mi casa. Lo primero que hice fue acostarme en el sofá, tras lanzar gritos de alivio y de fastidio.

Me puse a mirar por mi alrededor, viendo aquel estropicio que aún no había arreglado, di gestos de desánimo. Era un horror para mis ojos observar el desastre, pero ni muerta quería arreglarlo. Por desgracia, esto solo era mi preocupación más liviana, se me había venido encima un problema muy gordo.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Me decía a mí misma, dando grandes suspiros. — No tengo el dinero necesario para salir de aquí cuanto antes, y también debo cambiar de identidad, ya saben de mí…— Y di media vuelta, solo para coger el mando y ver la televisión, fue de forma instintiva, no tenía ganas de verlo ni era el momento.

Muerta de aburrimiento, cambiaba de canal cada segundo, mientras me ponía a pensar en torno lo que estaba pasando.

Bueno, algún día tenían que pillarme, tampoco es que sepa muy bien cómo iba a esconder mi rastro ni nada de eso. Incluso creo que fue un milagro hacerme una falsa identidad en el extranjero e irme de la India sin ser pillada. Al final, me había confiado demasiado y estuve viviendo la vida loca sin que pudiera prepararme un plan alternativa. Parecía que ya llegó el momento y, al ver que me sería muy complicado escapar de nuevo y crear otro nombre, empecé a pensar que lo mejor era rendirme.

— En verdad, ¿¡por qué huí de mis padres!? — Di otra vuelta en el sofá y volví a hablar en voz alta, de forma apática. — ¡Ah, sí, para evitar ese horrible matrimonio que me prepararon…! —

Puede sonar a cliché de película de época, puede ser increíble para algunos en este siglo, pero, al haber cumplido los dieciocho años, me dieron aquella horrible noticia al volver de la escuela, después de volver abatida de la escuela de señoritas que asistía, por culpa de un puñetero examen.

— ¡Hija mía, te voy a comunicar que dentro de un año te vas a casar! — Así me lo anunciaron mis padres. — ¡Por fin, vas a hacer algo útil en tu vida, no te quejes! ¡Además, es muy rico y te dará buena vida! — Recuerdo que me quedé boquiabierta, incapaz de traducir aquellas palabras.

Además, creo que tardé unos cuantos segundos en reaccionar, soltando un gran chillido de horror, que fue tan fuerte que se escuchó por todo el barrio.

Bueno, hicieron algo muy grave sin consultármelo y acabé sin saber que iba a ser la prometida de un don nadie. Y sabía que, por mucho que les dijera que no me interesaba ser una esposa, que me daba terror ser algo así tan pronto; no me escucharían, tenía que obedecerlos y ya está. Porque me quieren y hacen lo mejor para mi, y todas esas feas excusas que usan para quedar bien; o porque, como no me interesaba estudiar ni trabajar, mejor me hacen la prometida de un desconocido, eso será lo más útil que puede hacer, al parecer. Y podría haberme consolado un poco si hubiera sido un hombre guapo y hermoso, pero era un bicho horrendo.

Cada vez que recuerdo su foto me pongo mala, y no entiendo cómo sigo manteniéndolo, debería haberlo quemado o algo así. Su cara parecía la de un cerdo, con unos mofletes enormes que parecía estar a punto de explotar, los granos le invadían toda la cara, sonreía como un psicópata, con unos ojos siniestros y se le veía indicios de que estaba ya medio calvo. Espero que no se sientan ofendidos, pero creo que nadie se casaría con tal bestia, por muy que digan que la belleza está en el interior y esas tonterías.

Miré el techo y seguí pensando, dándome cuenta de que nunca intenté realmente oponerme a esa decisión, aunque sabía lo cabezotas que son y que no hubiera nada que los pudiera detener. En verdad, ni decidí intentar convencerles de que lo que estaban haciendo estaba mal. Solo salí corriendo, disfrazada como niño, eso fue lo único que hice. ¡¿Estaba bien hacerlo!? No lo sé. En su momento, no vi más salida que aquello.

— Tal vez sea hora de que me entregue y deje de huir, es muy difícil. Esta vez intentaré hablar con ellos, convencerles que no me interesa casarme. —

Tras pensar mucho, esa fue mi conclusión. Me levanté de golpe del sofá y dije esas palabras en voz alta, decidido a ir al día siguiente a la policía. Preferiría rendirme antes de ser perseguida como un delincuente, parecía muy agotador.

Pero, antes de todo, tenía que prepararme mentalmente para la situación, a pesar del problema que estaba teniendo, aún necesitaba de forma urgente a tomar unas cañas y hablar en algún pub o discoteca. Sí, no es algo que una personal cuerda haría, pero me daba igual, tenía que ir sí o sí, necesitaba divertirme y disfrutar del momento, antes de entregarme.

Y con esto decidido, salí de mi casa y me fui a la discoteca más cercana, después de comprobar que tenía suficiente dinero. Solté un gran suspiro, al ver que tal vez iba a ser la última vez que lo pasaría a lo grande. Pensé con nostalgia que fue muy divertido mi estancia en Springfield.

— Ha sido un año, o ¿dos?,  ya ni sé; que he estado en esta ciudad, parecía sosa al principio, pero me he divertido mucho aquí. — Decía en voz baja, mientras estiraba mi cuerpo. —Y lo mejor ha sido Mao, espero poder verle de vez en cuando, si al final tengo que volver a la India. —

Me sorprendía lo bien que me lo estaba tomando, ni ganas tenía de llorar, aunque me sentía un poco tristona, mostrando una cara muy larga y unos ánimos propios de un anciano. Me golpeé un poco mi rostro, mientras me decía unas cuantas sutras para levantar mis ganas de fiesta. Me forcé para mostrar una sonrisa y gritar esto:

— ¡Esta noche me voy de fiesta y será una muy grande! — Lancé risas, que parecieron de hienas, mientras me ponía lo más elegante que tenía en mi armario. Después de esto, salí a toda velocidad, la noche no durará para siempre, tenía que empezar lo más rápido posible.

Al salir, volví a notar a aquel molesto y extraño sentimiento de que me estaba persiguiendo algo. Miré por todas partes, aterrada con la posibilidad de que ese hombre me hubiera encontrado, pero no veía nada. Me dije a mi misma que solo era pura paranoia, por culpa de lo que pasó esa tarde, que no debería preocuparme tanto, que solo importaba ir a la discoteca y nada más.

A medio kilometro, o menos, de distancia de mi casa se encontraba una de las mejores discotecas de la ciudad en mi humilde opinión. Situado a los márgenes del centro urbano, en una calle habilitada para ese tipo de locales, era un edificio de dos pisos lleno de luces de neón, con una gran terraza en el piso superior para el disfrute de sus clientes. Es algo llamativo, pero está bien controlado, apenas ocurren cosas ilegales detrás de esas puertas. Y lo mejor es que, siendo viernes, no iba a aburrirme.

— ¡¿Y tú sabes lo que me dijo mi novio!? ¡Me insulto en toda la cara, me destrozo mi corazón y hundió mi autoestima, no tuvo piedad ninguna! ¡Me llamo gorda! Bueno, lo insinuó, pero supe enseguida aquella indirecta, ¿a qué ha sido horrible conmigo, Nehru, a que sí? —

A los pocos minutos, ya estaba hablando con chicas. Como siempre, acabé rodeado de mujeres que buscaban consuelo o diversión en las discotecas, en busca de bebidas y desconocidos con quién pasar un buen rato. Aunque, en este caso, eran unas conocidas. La que dijo esas palabras, estaba sentada a mi izquierda, a punto de llorar.

— Pues sí, tu novio se ha pasado tres pueblos. Debería haber tenido más delicadeza, tratar a una dama tan hermosa como usted de esa manera es algo que ningún hombre debería hacer. —

Y yo hacía mi trabajo, animarlas y decirles las cosas que solo le interesaban oír, para que siguieran creyéndose como las buenas de la película. No es por amor al prójimo, en lo más fondo de mí me partía de la risa al ver lo ridículas o lo ilusas que llegaban a ser. En este caso, su novio tenía mucha razón, tenía unos kilitos de más, se le notaba.

— ¡Pero el mío es super-peor, tía! — Entonces, la chica que tenía a mi derecha habló, como si intentaba competir con la otra. — ¡O sea, el otro día descubrí que les decía a sus amigos que yo soy insoportable, detrás de mis espaldas! Jamás me sentí tan traicionada, viendo como dice cosas horribles de mí y que no tienen nada de verdad. Me pongo a llorar cada vez que lo recuerdo, ¡seguro que tú nunca me harías lo mismo, Nehru! —

— ¡Por supuesto que no, calumniar a las damas detrás suya es de cobardes! Unas flores tan frágiles y hermosas como ustedes deben ser cuidadas con mucho amor, sus novios son unos brutos que apenas entienden qué es la delicadeza. —

Las dos chicas, rojas como tomates, gritaron de emoción, alabándome a lo alto. Aquellas palabras que les dedicaba, llenas de gentileza y amabilidad, daban la apariencia de que yo las escuchaba y las comprendía, de que las trataba cómo se merecían de verdad. Pero, en el fondo, solo me burlaba de ellas, me hacía gracia sus problemas y el cómo caen de una forma tan fácil en mis presunta seducción. Sí, sé que esto que hago puede ser horrible, pero a mí no me parecía que sea para tanto.

— ¡No se pongan así, que me van a poner colorado! No creo ser tan genial como decís, solo dijo lo que pienso. Vosotras sois unas muchachas muy lindas, ser humilladas por sus amores de esa forma es algo que apenas yo puedo entender. —

Solo estoy jugando al príncipe azul, como el hombre de sus sueños, pero jamás va a llegar al punto de que vaya a decirles que ellas son el amor de mi vida. Solo las dejo hablar conmigo un rato, o que me abracen o cosas parecidas, les dijo todo tipo de cosas bonitas y que se pongan a fantasear si quieren, que al final les dejo claro que no quiero nada con ellas.

— ¡O sea, es la verdad! Y deberían haber muchos más chicos como tú, que este mundo está lleno de idiotas y sinvergüenzas.  —

Además, tengo que decir que esto es muy gratificante, te sientes el rey, o la reina, o como sea; del mundo con toda esa gente alabándote y tratándote como si fueras lo más perfecto que hay en este mundo.

— Lo sorprendente es que aún no tienes novia, con lo atento, simpático y guapetón que tú eres…—

Empezaron con las insinuaciones muy pronto, me abrazaron fuertemente los brazos y pusieron sus cabezas sobre mis hombros y acariciando un poco mis piernas. Estaban mostrando demasiadas confianzas conmigo, me estaba sintiendo muy incómoda.

— ¡Molas mazo y estás macizo! ¡Si por mí fuera, dejaría tirado a mi novio y saldría contigo! —

Entonces, la otra, sacando su mal genio y mirándola con malas maneras, le dijo: — ¡Oye, no te adelantes! ¡Eso lo iba a decir yo! —

— Pues lo siento, chica. Quién va primera, gana. — Le replicó con un tono igual de desagradable.

Empezaron a mirarse la una a la otra y parecía que estaban echando chispas. Así de golpe, en cuestión de segundos, dejaron de ser amigables para estar a punto de pelearse. Yo tuve que intervenir.

— ¡Cálmense, dulces damas! Sería todo un honor recibir vuestro querido amor, pero yo no quiero hacerles daños a vuestros pobres novios, que solo deben comprender cómo cuidaros como los dioses mandan. Sed pacientes con ellos, enseñarles cómo os deben tratar y creo que serán comprensibles y amables. Yo prefiero estar soltero, por el momento. —

Aproveché para levantarme y separarlas de mí, haciendo como si iba a llamar al camarero para que nos trajera más cerveza. Ahí les deje claro que no me interesaban, aunque no sabía muy bien si lo decían en broma o no; utilizando a sus novios y algunos consejos malos, que, con seguridad, podría abarcar la ruptura. A mí, eso me daba igual.

— ¡Es super fuerte oír eso, pero lo entiendo! ¡Es una pena! — Mostraron una gran cara de decepción, tras escuchar mis palabras. Al parecer, lo de dejar sus novios era en serio.

— Yo también lo entiendo, el amor es cruel y horrible. Pensaría lo mismo. Es más, desearía estar soltera, pero habrá que aguantar. — Aún así, esas dos intentaron disimularlo, hacerme creer que se lo habían tomado bien, más mal que bien.

— ¡Bueno, vamos a olvidarnos del asunto! ¡Aquí tenéis más cervezas para vosotras, en vuestro honor! —

Como aún tenía dinero de sobra, pues las invité y se lo tragaron de un golpe, poniéndose borrachas en un santiamén. Parece que eran igual de brutas que sus novios.

Yo aún ni terminé mi pequeño vaso, el alcohol hay que tragárselo poquito a poco, saborearlo de vez en cuando, o acabarán como esas chicas, gritando lo horrible que son sus feos novios, sus padres, la universidad, el mundo en sí, cualquier cosa que se les ocurría; mientras golpeaban las mesas como si fueran bebés, daban vueltas por el sofá en dónde estábamos sentados y hacían insinuaciones muy subidas de tono a mí y a casi todo desconocido que pasaba por nuestro lado. Me arrepentí mucho de haberlas invitado a tomar un trago.

Aún así, me estaba divirtiendo mucho, viendo a esas tontas humillarse ellas solitas y viendo a muchos otros a hacer el ridículo. Y no sé cómo a la gente le puede entrar ganas de beber alcohol cuando ven a los demás tomarlo y comportarse como burros, que yo he visto algunos; no lo entiendo. Estar sobrio, más o menos, mientras observas a otros cayendo en la borrachera es mucho más gratificante, te partes de la risa, no pierdes la memoria, no te duele la cabeza y no acabas haciendo el ridículo.

Entonces, en ese momento, cuando las dos chicas se levantaron del sofá y me intentaban llevar a la pista de baile, aún cuando ni se podrían mantener en pie; y el DJ se emocionó tanto que empezó a gritar como desquiciado, me di cuenta de que alguien, una chica, se me estaba acercando. Y estaba acompañada, pero eso no es lo importante. Al ver aquella figura, yo me quedé muy estupefacta, incapaz de ver lo que estaba viendo, hasta me froté los ojos a ver si era un espejismo o algo parecido. Estaba horrorizada, era como ver un fantasma.

No, eso no. Era como verse en un espejo. Mejor dicho, como en una foto antigua. Se veía igual que cuando yo iba a la escuela superior. Parecía casi una copia de mí misma, pero en el pasado, ¡¿cómo era posible esto!? ¡¿Estaba soñando o qué!? El asombro era tan grande que ni siquiera tenía palabras para expresarlo.

Quitando el vestuario, ya que esa chica llevaba un impresionante sari lleno de tonalidades azules y motivos geométricos, y yo jamás usé alguno; todos los elementos de su cara eran muy parecían a las mías, salvo la barbilla o el color de los ojos, tal vez. Su altura casi rozaba el mío, teníamos la misma piel de color marrón y su cabello castaño emulaba lo largo que lo tuve en aquellos tiempos, aunque mejor cuidados. Mi mente fue ocupada por un torrente de recuerdos que llegaron de forma rauda y veloz, entre ellos uno que me dio una gran sensación de déjà vu, como si hubiera vivido una situación parecida a la actual.

Sí, había vivido algo parecido a esto, había conocido a alguien que se parecía demasiado a mí.

— ¡Es increíble, parecemos como dos gotas de agua! — Lo primero que recordé es que grité pasmada, al ver el espejo de mi habitación y observar a una chica que estaba a mi lado. Luego, añadí esto: — Podrías pasarte por mí y engañarías hasta mis propios padres. —

Esto era meses antes de conocer la noticia de que me iba a casar y de huir de casa, yo le vestí con mis mejores galas a la trabajadora del hogar que teníamos contratada. Una chica de mi edad o incluso menor, que limpiaba mi hogar cada tarde por 339 rupias, creo que son cinco dólares más o menos. En fin, era la típica pueblerina que había llegado a la gran ciudad a conseguir trabajo y la pobre tenía unas pintas horribles. Como siempre usaba ropas andrajosas y una cola de caballo en el pelo, no me di cuenta de nuestro parecido hasta que la vestí como yo.

— Es verdad, ni yo misma lo puedo creer. — Y ella se quedó mucho más sorprendida que yo, e incluso se puso muy feliz por ello. Esbozó una gran sonrisa, sus ojos parecían brillar de emoción y se miraba al espejo como si se sintiera toda una superestrella. Me quedé un poco pillada por aquello, porque si fuera ella estaría horrorizada por parecerme a alguien como yo. Hasta hace poco, no tenía una buena opinión de mi aspecto, odiaba ver ese rostro que tenía yo cada vez que me veía.

— Aunque fuiste la que me pediste hacer eso. Pero me da un poco de pena, la verdad. A mí, los niños siempre me han molestado por mi aspecto, siempre diciéndome que de chica no me parecía nada y tenían razón, es mirarme al espejo y sentirme de todo menos femenina. Y mira, al igual que yo, pareces como si fueras un travesti. —

— ¡¿Cómo que un trav…!? — Se sobresaltó un poco, al escuchar eso. No le dio tiempo a terminar la frase, porque seguí hablando.

— La verdad duele, chica. Mira tu nariz, es enorme, no es nada delicado, al igual que el mío. Y esa frente es enorme, un elefante podría sentarse ahí. Y las orejas son muy largas, pareces un elfo con ellos. Ninguna se atrevería a sentir alegría por tener unos labios tan pocos femeninos. Y esas enormes cejas parecen algas. Hasta creo que tienes un poquito de bigote. Y no voy a hablar de lo demás, sobre todo de que apenas tienes pechos, ni cadera, ni culo. En fin, ¡qué mala suerte tenemos! ¡Los dioses, bueno, la naturaleza o el karma o lo que sea nos han dado un cuerpo tan horrible! ¡Habrá que aguantarse! — Ella se quedó mirando al espejo, con el rostro ensombrecido, para luego ponerse las manos sobre la cara y romper a llorar. Toda su alegría se fue al garrete y ahora que lo pienso, fue demasiado dura. No lo decía con mala intención, se lo comentaba de buen rollo, pero toqué una parte muy sensible y quizás no me di cuenta.

En mi defensa, al verla llorar, le intenté animar, diciéndole que no era para tanto, que había mucha gente más fea que nosotras; pero ella me ignoró, estaba muy cabreada conmigo. ¡¿Cómo era su nombre!? Apenas lo recordaba en aquel entonces.

Entonces, me pregunté si era aquella misma criada, sentía que era ella. Pero era imposible, era una chica pobre que no se podría costear ni un vestido y que debe seguir en la India, trabajando sin descanso en múltiples casas de Calcuta. Debía estar confundiendo cosas, podría ser posible que hubiera una tercera persona en el mundo que se pareciera a mí, que incluso debía haber una cuarta o hasta una quinta; no debería ponerme tan alterada, tenía que ser una simple coincidencia. Además de que parecía ser muy rica y, a pesar de su parecido conmigo, se veía muy femenina.

Y para el colmo, ella me miró como si fuera una presa y sentí escalofríos, no me veía como alguien con el cual iba a ligar, como si fuera un enemigo a abatir. Aquella aterradora mirada solo duró segundos, pero su presencia fue tan fuerte en mí que lo sentí eterno. Todo lo sentí incómodo y siniestro y me costaba reaccionar. A continuación, esa se dirigió hacia mi persona, preguntándome con horror por qué se estaba acercando. Y me hablé con estas palabras, mostrando una sonrisa que parecía ser amable y grácil:

— ¡Cuánto tiempo ha pasado, Nehru! —

Me quedé atónita, aquella frase provocó que me quedara inmóvil, incapaz de lanzar respuesta alguna, como si me hubiera paralizada o convertida en una estatua.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s