Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Última parte, centésima decimonovena historia.

Pero el karma tenía otros planes para mí, aún no era mi hora. A los pocos minutos de caer al suelo y desmayarme, empecé a recuperar la consciencia. Lo primero que sentí unas risas que no dejaban de torturar mis oídos. Me preguntaba molesto de dónde procedía, mientras volvía a recordar el dolor que tenía en la cabeza. A pesar de que quería tener los ojos cerrados, tuve que abrirlo para intentar comprender lo que estaba pasando.

— ¡Por fin, por fin, está muerta! ¡Ahora yo soy Kasturba y ya nada se va a interponer en mi camino hacia la felicidad! —

Ahí la vi, delante de la estatua de Buda, gritando a lo grande que ella había ganado. Entonces, pude recordarlo. Con ganas de llorar, me sentí muy feliz de seguir viva. Intenté tocar mi cabeza para comprobar el daño, pero parece ser la bala pasó muy cerca de mi cabeza. Aún así, tenía como una especie de pequeña herida, sólo por el simple hecho de que pasó muy cerca de mi piel. Fue un milagro. A pesar de todo, debía controlarme, porque sabía que mi vida aún estaba pendiente de un hilo.

— ¡Ahora podré hacer todo lo que quiera! ¡Me gastaré todo el dinero en un inmenso y enorme palacio, dedicado solamente a mí! ¡Acumularé todas las piedras preciosas del mundo! ¡Visitaré el mismo espacio…! —

Al ver que esa bruja me estaba dando la espalda, disfrutando de su presunta victoria, yo intenté observar a mí alrededor. Vi que la pistola estaba a casi un metro de mí, me maldije a mí misma por haberlo tirado al suelo.

Ahí estaba mi última oportunidad, si ella descubriera que siguiera viva me dispararía por segunda vez, y se aseguraría de hacerlo bien. Tenía que coger la pistola como fuera, sin que ella se diera cuenta. No podría perder más tiempo.

Empecé a arrastrarme por el suelo, intentando ser lo más sigilosa posible. Ir por la maldita pistola se me hizo un completo calvario. Mi cabeza me dolía muy fuerte y la lentitud que tenía que mantener se me volvía desesperante. Los nervios me estaban matando y no dejaba de apretar los dientes con mucha fuerza. Le eché algún que otro vistazo a ella, comprobando que siguiera absorta en su celebración.

Di un gran suspiro, al ver que, después de arrastrar como un condenado por el desierto, pude coger la pistola. Con todo el cuerpo temblando, intenté levantarme con mucha preocupación, observándola.

No se estaba dando cuenta de nada, no sabía que, de un momento para otro, quién iba acabar mal era ella. Levanté la pistola y apunté. Respiré e inspiré varias veces, preparando para el golpe definitivo.

— ¡Muere,…! — Dije en voz baja, pero no pude terminar la frase, porque aún no me había acordado de su nombre.

Entonces, cuando estuve a punto de apretar el gatillo, escuché un ruido muy fuerte. Y luego, un grito: — ¡No lo hagas! —

Reconocí rápidamente esa voz, era de Candy, quién se abalanzó hacia mí e intentaba bajar el arma: — ¡Deja el arma, deja el arma! —

— ¡Idiota, ¿qué haces aquí?! — Le grité, mientras intentaba liberarme de ella, que me replicó con esto: — ¡El idiota eres tú, sólo estoy evitando que mates a alguien! ¡No puedes mancharte las manos de sangre! —

Quise decirle algo más, pero entonces recordé que esa bruja seguía ahí, mirándonos con una cara de total consternación.

— ¡¿Cómo puede ser…!? — Le costó asimilarlo. — ¡Sigues viva! —

Entonces, Candy se acordó de su presencia y la miró fijamente, al igual que yo. Nuestras caras se pusieron blancas por el horror.

— ¡Maldición, eres peor que una maldita cucaracha! — Cambió de cartucho y nos apuntó. Estaba preparada para matarnos. — ¡Morid! —

— ¡De eso ni hablar! — Y otra persona entró en el lugar, apuntándola. Era Ranjit. — ¡No dejaré que mates a más gente! —

— Tú, tú eres el traidor ese de la banda…— Le gritó, aturdida.

— Y he salvado a este pobre chaval, tres veces, de tus intenciones. — Me dio una mirada y dio un gran soplo. — Ésta parece ser la cuarta. —

— No puede ser…— Con gestos y muecas de horror, ella se echó para atrás. — Todo iba estaba yendo perfecto…—

— ¡¿Qué pena, eh!? Los planes muchas veces se arruinan de golpe, por factores impredecibles o porque una simple cosa lo echa todo al traste. Deberías rendirte, ya no tienes escapatoria. — Y la que faltaba, Grace Cook apareció también en escena, apuntándola con una pistola.

A pesar de que ella estaba hablando en hindú, Candy y Grace hablaban como si ya adivinaban el contexto de sus palabras.

— ¿¡Grace, por qué estás con una pistola!? — Candy protestó, muy indignada. — No tiene sentido que yo le baje la suya para que vosotros estéis usando una. —

— Esto no lo hago por gusto, nadie sensato se atrevería a disparar a dos personas que están armadas. —

— ¡No puede ser…! — Se puso las manos sobre la cabeza, con una cara patética. Miró por todas partes, buscando algo que le podría salir ilesa de aquella situación. — Esto debe ser una broma…— Pero era en vano, ella estaba rodeada.

— ¡Ríndete! — Le gritó Ranjit. Grace también lo hizo: — Ya no tienes escapatoria. —

— ¡No, no…! — Estaba a punto de llorar, repitiendo estas palabras como un bucle.

— ¡No hagas esto más difícil, los villanos, los malos nunca ganan! ¡Ahora es la hora de que vayas a la cárcel, malvada! — Añadió Candy, hablando como si se creía parte de un comic.

Ella no se atrevió a hablar más, mantuvo un incómodo y siniestro silencio, mientras miraba al suelo. Ranjit le decía que pusiera las manos hacia arriba, pero lo ignoraba completamente. Sentí un mal presentimiento.

— No voy a aceptar lo que el karma me prepare,…— Entonces, habló un tono de ultratumba y en voz baja. Luego, gritó con todas sus fuerzas esto: — ¡…aunque muera en el proceso! —

Entonces, tiró las dos lámparas al suelo. El aceite que llevaban se extendió por todo el suelo, provocando un incendio en cuestión de segundos.

— ¡No dejaré que me derrote el karma! ¡No acabaré en la cárcel, iré a por mi próxima vida a alcanzar la felicidad! ¡Aunque me vuelva en algo peor que un animal, yo lo venceré, no importa las veces que me hacen falta! —

Había perdido totalmente la cabeza, se puso a reír como un demente mientras el fuego invadía toda la sala.

— ¡Salid de aquí! — Nos gritaba Ranjit. — ¡Corred cuanto antes! —

Todo el mundo salió de la sala cuanto antes, corriendo como nunca. Yo hice lo mismo, pero entonces algo me detuve y me tiró al suelo.

— ¡Tú no vas a escapar a ningún lado, Katurba! — La muy desgraciada me cogió de las piernas e intentaba llevarme hacia dentro. Con la imagen de las llamas detrás, daba la apariencia de ser un monstruoso bhuta. — ¡Arderás conmigo! —

Sin mediar palabra, intenté librarme de ella. No deje de darle patadas de forma desesperada y poner las pocas fuerzas que tenía para contraponer su arrastre, pero era imposible, no se despegaba de mí. Y las llamas cada vez se hacían cada vez más grandes y me empecé a tratar el humo, ocupada más en liberarme que en evitarlo los gases tóxicos. En cuestión de unos segundos, empecé a toser y empecé a tener dificultad para respirar.

— ¡Ay, mi príncipe! ¡¿Estás feliz de que muramos los dos juntos para siempre, a qué sí!? — Y la desgraciada aún era capaz de hablarme.

Yo la ignoré e intenté patearla con más fuerza, sólo me puse más histérica y provocó que tragara más humo. El dolor de cabeza se me hacía mucho más fuerte que nunca, los ojos se me empezaron a irritar y mi tos se hacía muy dolorosa.

— ¡Suéltame, suéltame! — Le gritaba desesperadamente, pero seguía agarrada a mí como una garrapata.

Perdí unos minutos más, mientras el incendio se extendía sin parar por todo el templo. De un momento para otro, iba a desmayarme y ser calcinada.

Entonces, escuché cómo algo venía hacia nosotros, yendo a toda velocidad. Luego, vi como alguien apareció antes nosotros y una silla portable en sus manos, que la usó para golpear con fuerza a la que me estaba agarrando.

Fui liberaba. Esa persona me tapo la cara con una camiseta mojada y me cogió por el hombro y me arrastró como podría hasta salir del templo. Con dificultad, miré hacia mi salvadora:

— ¡¿Grace, eres tú…!? — A pesar de que ella tenía la cara tapada por su propia camiseta, que la uso para taparse la boca; y de mi dificultad para ver, la pude reconocer. Ella me replicó: — ¡No gastes fuerzas en hablar, lo importante es salir de aquí! —

Tuve que dar una fuerza sobrehumana para andar por esos pasillos, que eran interminables. Grace Cook también tuvo lo suyo, apenas era capaz de arrastrarme. Y el fuego se extendía con una rapidez asombrosa. Por suerte, pudimos salir de ahí.

— ¡¿Estáis bien!? — Nos gritaron Candy y Ranjit, que se acercaron a nosotros cuando nos vieron. Grace rió levemente, diciéndole esto: — ¡En mi caso, parece que sí! —

— ¡Nos teníais muy preocupados! — Nos decía Candy, llorando a mares. — ¡Estabais tardando mucho! —

Entonces, yo le dije a Grace que me soltará y ella lo hizo. Al momento, caí al suelo.

— ¡¿Qué te pasa, Nehru!? — Gritó horrorizada Candy. Grace añadió: — ¡Hay que llevarlo al hospital, debe haber sufrido una desintoxicación! —

Con un ataque de tos terrible, observaba cómo el edificio ardía delante de mis ojos. Apenas sentía las fuerzas, todo el cuerpo me dolía, mis ojos me pedían descansar y un enorme vacío sentía en mi estomago. Jamás me había sentido mal, pero, aún así, seguía viva.

Y escuché algo, que me perturbo mucho. Oí un grito de agonía procedente del edificio en llamas. Podrían ser imaginaciones mías, pero pude notar su voz. Y ese aterrador sonido provocó que mi cerebro por fin se dignara a recordar algo.

— Y-ya, ya sé cómo era su nombre…— Me costaba muchísimo hablar, mientras los demás me pedían que no me esforzará. — Aishwarya, eso es…—

Intenté alzar las manos hacia al cielo, pero no pude conseguirlo. No pude más y cerré los ojos, con ganas de tomar un largo descanso. Cuatro días pasaron desde entonces.

— ¡¿Puedo entrar!? — Alguien pegó en la puerta, mientras me decía esto. Yo lo dejé pasar: — Adelante. — Era Ranjit.

— ¡Oh, cuánto tiempo! ¡Parece como si no te hubiera visto en una eternidad! — Bromeé, mientras él se me acercaba.

— Es que los hospitales me traen malos recuerdos, me ha costado mucho hacerlo. —

Me llevaron rápidamente al hospital y ahí fue ingresada. No sólo tenía intoxicación, sino desnutrición leve u alguna que otra cosa más. No eran muy graves, pero tuve que quedarme ahí, aburriéndome sobre una cama muy incómoda.

— Ya veo. Gracias por visitarme y…— Di una pequeña pausa. —…por salvarme esas cuatros veces. —

Entonces, Ranjit me cogió de los mofletes y me los empezó a espirar.

— ¿¡Qué haces!? — Le decía esto, mientras me quejaba del dolor.

Me soltó y muy enfadado, añadió: — Hubiera sido sólo una si no fueras tan idiota. Realmente ha sido un milagro que no te matarán. En vez de un príncipe, parecías ser la dama que siempre está en apuros. —  Eso me hizo mucha gracia.

— ¿¡Otro que me regaña!? Ya he tenido con el tortazo de Candy, de Grace y las dos que recibí de Mao. — Protesté. Todos los que me visitaron me dieron una fuerte regañida, que duró casi horas.

Pero no sólo vinieron para darle el regaño del siglo, sino porque estaban muy preocupados por mí. Candy, aunque seguía enfadada, estaba muy atenta conmigo. Grace me preguntaba si podría hacer por mí, aunque parecía que lo hacía a regañadientes, creo que aún no le caía muy bien. Mao me exigió que le contara toda la historia y se enfado por no haberle dicho antes lo que pasó. Junto a él vinieron el resto de sus  niñas, que dieron la tabarra en mi habitación, sobre todo la más pequeña. Deseé que Lobbo también me visitara al hospital, pero creo que eso era pedir mucho. No dejaba de preguntarme cómo estaba. No pude evitar que esas dos chicas que se pelearon por mi hace meses, la Noemí esa y la satánica, aparecieran por aquí y se pusieran a pelearse en mi habitación.

Dijo Ranjit, a continuación: — La verdad es que no sólo he venido para visitarte, sino para avisarte de algo. —

— ¿¡Son malas noticias!? — Era algo que ya me temía desde que ingrese ahí.

— Sí. Tu pasaporte e identidad son falsos, no ha existido ningún Motital Nehru. Inmigración va a llevar tu caso, puede ser que incluso lleguen a expulsarte del país. Pero como la chica que llevaba la identidad de Kasturba ha muerto, puede que no podrás entrar a la India. —

Al parecer, él ya sabía que yo era una chica. No, hasta el mismo estado estadounidense sabía de mi secreto. Lo tenía difícil para conseguir que todo este asunto quedara en baldío. Y eso no era el único que me enfrentaba:

— ¿¡Y no hablaron de un montón de cargos contra mí!? —

— La verdad es que te han acusado del delito de tenencia ilegal de armas, ataques contra la propiedad privada y a personas, además de que ha habido por tu parte un delito frustrado. Y debe haber muchas más, lo que has liado ha sido muy gordo. Aún así, han sido muy amables contigo y pueden retirar muchos de los cargos contra ti, mientras prometas que no vuelvas jamás a cometerlos. Además, casi todos lo que te han acusado son delincuentes ya fichados. Irónicamente, tú has conseguido, no sé cómo, desmontar una de las bandas más peligrosas de la Columbia británica, y que tenían parte de sus actividades en Shelijonia, el estado de Washington, la India, Sri Lanka y Bangladesh. —

Menos mal que no pudieron descubrir todas las cosas que hice durante esos días de pesadilla. Hubiera pasado una temporada enorme en la cárcel.

Decidí cambiar de tema, así que le pregunté esto: — Ya veo, ¿¡y tú qué harás!? —

— Pues volveré a la India muy pronto, la echó mucho de menos. Esta isla se me hace muy gris. Voy a seguir como detective privado, pero esta vez me gustaría enfrentarme a la corrupción y la violencia del país. Como no tengo a nadie, no voy a meter a otras personas en peligros, o eso espero. —

— Es bueno tener un objetivo en la vida…— Me puse muy pensativa, mientras miraba a la ventana. Desde que todo terminó, sentía un enorme vacío, como si algo me faltaba.

— ¡¿Un objetivo en la vida…!? — Rió levemente. — Creo que eso es lo que necesito. —

— Yo el único objetivo que he podido visualizar ha sido querer matar a alguien…— Me entristecí un poco. — Nunca he podido encontrar uno que realmente haya valido la pena. —

Volverme a ser femenina, pasar todos los días de fiestas y engañar a chicas idiotizadas por la imagen del príncipe azul, se me volvieron cosas que no ayudaba a llenarme. Por primera vez en mi vida, empecé a mirar en el futuro y quería visualizar algo en él, un objetivo, un deseo, lo que sea.

— ¡No te preocupes, eres joven! Pronto encontrarás tu propio objetivo, y espero que no sea una locura. —

Me partí de la risa al oír eso. Ranjit intento decirme que estaba hablando en serio, pero se le contagio mi risa. Al parar, le dije:

— Deberíamos hacer algo juntos antes de que te vayas a la India, a tomar unas cervezas y todo eso. —

— Eso está hecho. — Y chocamos los cinco.

Después de eso, Ranjit se fue. Yo volví a mirar la ventana y, dominada por la nostalgia, me quedé pensando en mis padres, con las ganas de decirles que por fin decidí mirar hacia mi futuro, ya siendo como Nehru, o como Kasturba. También pensé en Aishwarya, deseé fuertemente que ella en su próxima vida pudiera perdonar al mundo.

FIN

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima sépttima parte, centésima decimonovena historia.

Tras esquivar coches de policía y a miembros de la banda, llegue a los pies de la colina en dónde estaba situado el templo budista, rodeado por cientos de arboles. Una suave pendiente rodeaba el lugar con forma de espiral y en la entrada encontré de ese camino me encontré con gente vigilando el lugar.

Escondida entre la espesa vegetación que había entre unas casas ruinosas, situadas un poco alejadas del inicio de la subida, los observaba, viendo cómo charlaban tranquilamente:

— ¿¡Aún no lo han pillado!? — Protestaba uno de ellos. — Estoy harto de esperar. Eso de votar a quién le correspondía cada lugar en la banda no me ha gustado nada. — Me quedé un poco sorprendida, no me esperaba que ellos actuarán de una forma democrática, más o menos.

— Deja de quejarte, ¡por lo menos, tenemos trabajo! Si no fuera por la señora Kasturba, aún estaríamos matándonos por ser el jefe. —

— Por lo menos, espero que no aparezca aquí el hermano de nuestro ex jefe, no será agradable. —

— ¡No te preocupes! La gira de charlas que da sobre el budismo por Europa le llevará una semana más. El templo seguirá cerrado al público hasta que vuelva. —

La conversación ya me aburrió y decidí rodear la colina, buscando un lugar en dónde subí sin que se dieran cuenta. La verja que rodeaba el recinto me impedía encontrar un buen sitio para subir. Por suerte, apenas había gente vigilando por la parte trasera del recinto. Vi un hueco y entré por él. A continuación, subí por una pendiente un poco pronunciada, teniendo que apoyarme en los arboles para no caerme hacia atrás. Mientras hacía eso, observaba con sorpresa cómo ya estaba amaneciendo. No me podría creer que perdí gran parte del día dando vueltas por la maldita ciudad.

Al alcanzar el camino, no salí de la penumbra, me puse a observar si había alguien vigilando la cuesta, algo que parecía no verse. Aún escondida entre los árboles, seguí subiendo hasta encontrarme con la entrada. Tras subir una enorme cantidad de escaleras, encontré unas estatuas con caras de pocos amigos, que parecían darle la bienvenida al templo.

 

Detrás de ellos, se encontraba la estatua de Buda, en mitad de lo que parece ser un gran patio, rodeado por un enorme edificio, que parecía haber sido antes una mansión, y que sobresalía de ella una estepa. Tengo que reconocer que se lo curraron, incluso parecía ser bastante original si lo comparábamos con los otros templos budistas que vi por la televisión.

Aparte de las estatuas, era vigilada por una persona de carne y hueso, por otro maldito miembro de la banda. Vigilando desde la vegetación, lo observé con mucha cautela, no dejaba de bostezar una y otra vez, parecía tener sueño. No dejaba de quejarse en un idioma que ni conocía.

Entonces, me pregunté que podría hacer, era incapaz de cruzar al otro lado sin cruzar por la entrada. Pensé por un buen rato, pero no se me ocurría nada, y, como el tiempo apremiaba, decidí mandarlo todo a la mierda.

— ¡Qué se haga lo que quiera el maldito karma y punto! — Me dije a mí misma, antes de soltar unas plegarias.

Con el arma en alto, salí de los matorrales y fui directa hacia él, lanzando un grito de guerra. Sorprendido ante aquella aparición tan repentina, no le dio tiempo ni a gritar. Lo alcancé con una rapidez asombrosa y usé mi propia cabeza como arma, dando un golpe tan fuerte que casi me vomito encima. Cayó al suelo, desmayado. Y dejo caer un espray de pimienta, ya que parece ser no tenía pistola. Lo cogí, creía que me podría ser útil.

— Parece que ha funcionado…— Reí como idiota, incapaz de creerme que esa acción estúpido me dio resultados.

Pero entonces vi cómo los demás salían de sus lugares de vigilancia. Me escondí y dejé que ellos se acercarán a él.

— ¡¿Qué le ha pasado al marathi!? — Se preguntaban entre ellos, muy consternados, mientras examinaban a su compañero. — Es como si alguien le hubiera…— No pudo ni terminar la frase, porque salí de mi escondite y les di con todo el espray en la cara.

Gritando de irritación y consternación, cayeron por las escaleras como si fueran sacos. Los que no hicieron eso, les di una patada.

— ¡¿No me habré pasado!? — Me dije a mí misma al ver cómo se retorcían de dolor y lanzaban innumerables quejidos.

De todos modos, no parecía que hubieran acabado tan mal, hay mucha gente que ha muerto al caer por las escaleras.

Al darme cuenta de que podría estar perdiendo segundos muy valiosos mientras observaba a los cayeron, me giré y me fui directa al edificio.

Entré como si me estuviera persiguiendo un tigre, gritando a todo volumen. No me paré, aún cuando vi que seguía quedando delincuentes en el lugar, que salían al pasillo.

— ¡¿Qué ocurre…!? — El primero que salió ni le tiempo a desenfundar el arma, yo le di una patada en toda la barbilla que lo hizo volar, tan fuerte que creí que me había destrozado el pie. A pesar del dolor, seguí adelante, incapaz de detenerme.

A continuación, al girar de pasillo, me encontré a otras dos personas, de espaldas. Aún cuando no me pude callar, fui capaz de dejarlos K. O. Al girar ellos la cabeza, les eché espray en la cara y estos cayeron al suelo. Salté sobre sus cuerpos, para luego continuar corriendo y gritando.

La cuarta persona que vi se asomo por una puerta, preguntando qué pasaba. Di un fuerte golpe a la puerta, la cual chocó con su cabeza y cayó al suelo. Seguí mi camino, pero di una pequeña marcha atrás y le eché espray, para que así estuviera ocupado. Hubo otra que me apareció de frente, y le di un buen golpe con la pistola. Y más adelante, vi más, pero no me detuve, aún cuando estuvieron a punto de sacar sus armas.

— De aquí no vas a pasar…— Me gritaban.

Pero eso no me detuvo, con una pistola en la mano y el espray en la otra, gritando como una demente, haciendo la carrera de mi vida, fui directa hacia ellos. A pesar de toda la valentía que mostraron al principio, de su aspecto imponente y aterrador, de su supuesta sangre fría, ellos perdieron también y salieron corriendo, como si hubieran visto un aterrador asura.

Gritando de auxilio, en muchos de los cientos de idiomas que se podrían escuchar en la India, estos corriendo y no pararon hasta que vieron antes ellos una escaleras. Intentaron mantenerse en equilibrio, pero fue en vano. Sufriendo el mismo destino que una buena parte de sus colegas, estaban gritando de dolor.

Yo, sin detenerme, bajé por las escaleras y pasé por encima de ellos, aunque antes les eché más espray, que, por desgracia, no quedaba más.

Seguí corriendo y gritando a lo demente, pero esta vez sí empecé a decir algo coherente:

— ¡Ya estoy aquí! ¡He venido a por ti, a que pagues todo el mal que has hecho! ¡Muéstrate y prepárate para ir directa al Naraka! —

Yo no paré de gritarlo, yendo de un lado a otro, que era muchísimo más grande de lo que creía. No me detuve de correr, hasta que vi a alguien entrando en una de las cientos de habitaciones que tenía el templo. Supe enseguida quién era y entré.

Era una habitación inmensa, dominada por cientos de columnas de color rojo, con las paredes con papel pintando, lleno de simbología budista. Al fondo, entre inciensos y enormes lámparas a la vieja usanza, había otra estatua de Buda y delante de esto se encontraba ella.

— Por fin has llegado…— Llena de joyas, con los brazos y manos pintados y ataviada por un impresionante y complejo sari; ella se giró y me miró.

— ¿¡A qué se debe esta vestimenta!? — Le decía con mucho desprecio, mientras entraba. — ¿¡Quieres estar elegante para tu muerte!? — Ella sólo se rió, mientras alzaba la pistola. Yo también alcé la pistola, directa hacia la cabeza de ella.

— Sólo me estaba preparando para el gran acto, tu eliminación. —

Tragué saliva, no me podría creer que ya había llegado el momento y, a pesar de aquella chulería que le estaba dedicando, estaba muy nerviosa.

— Mi eliminación…— Yo empecé a rodearla. Ella hizo lo mismo. Nos mirábamos fijamente, con unos ojos rabiosos y con deseos de matar. — Lo siento, pero creo que no puedo complacer ese capricho suyo. —

— ¡Llevo mucho tiempo deseando esto! — Gritaba con una furia inhumana, parecía que de un momento para otro me iba a disparar. — Años deseando verte morir, de darte lo que te mereces. No hay odio comparado con el que tengo contigo. —

Era casi imposible de imaginar que una vez ella me miraba con ojos muy distintos a los de aquel momento. No podría asimilar que hace largo tiempo esta chica estuviera enamorada de mí. Notaba su odio, su rabia, sus grandes deseos de destrozarme los miembros y reducirme en cenizas.

— Sabes, ahora lo entiendo, he podido comprender ese odio. — Hablé a continuación, entre risas amargas y patéticas. — No, la verdad es que no quería aceptarlo. En verdad, tú no me caías mal, no tenía ningún tipo de desprecio o superioridad hacia ti. Nunca fue mi intención jugar con tus sentimientos, ni burlarme, ni nada de eso. Sólo pensaba en  animarte un poco la vida, que no parecías bastante alegre. Pero todo este asunto se me fue de las manos y al final he creado un monstruo. —

Le dije con sinceridad, sin ningún propósito de hacerla entender algo. Ya sabía que su monstruosa furia no podría ser apagada y que yo no tenía ninguna excusa para no recibirlo. Yo lancé a esa chica a un camino errante y debería arreglar ese estropicio. Tenía que aborrecerla y eliminarla, por todos aquellos que han perecido por mi culpa.

— ¿¡Cómo qué tu intención nunca fue burlarte de mí, ni jugar con mis sentimientos!? — Gritó con toda su ira, a punto de descontrolarse. — Me hiciste creer en una estúpida mentira, fui engañada y ultrajada. No me podría creer que ese genial y hermoso príncipe, fuera en realidad tú, una inútil de mierda, un parasito que se pasaba el día vagueando, una imbécil que sólo me amargaba la vida. No puedes comprender la humillación que me hiciste. — Empezó a llorar de la rabia.

La miré con serenidad, a pesar de mis nervios y mi ira. A continuación, le dije: — Tal vez fue algo que el karma te preparo. — Intenté ganar tiempo, para poder prepararme para la hora del momento final: — Sabes, me he dado cuenta de que el karma no es un sistema injusto, sino una explicación, un intento de comprender las desgracias que no nos merecemos, pero que aún así aparecen en nuestras vidas. Si nuestras acciones pueden crear consecuencias nefastas, entonces la explicación a las cosas malas que no tienen motivo, es por el hecho de que es la consecuencia de nuestra vida anterior, que todo lo que hace nuestra alma nos persiguen. Si así funcionaba el espíritu, era lógico que lo trasladaran al mundo real. —

Me sorprendió sacar una reflexión tan profunda y acertada. Más bien, con todo lo que me ha pasado, pude entender lo que era el karma.

— ¿¡Una explicación!? Ni una mierda, voy a aceptarlo. No voy a aceptar lo que el karma, o lo que sea, me haya preparado. Me rebelo contra esto, yo no merezco haber nacido como una paria, como una pobre. No voy a morir podrida entre la basura y paredes de cartón. —

No dejó de repetir una y otra vez que no quería aceptarlo, como si de una niña pequeña se trataba. Parecía incapaz de aceptar su propia realidad.

— ¿¡Llamas a esto rebelarte!? — Ahí es cuando me di cuenta de que aquella chica era una lamentable persona, me dio cierta pena. — ¿¡Crees que podrás escapar de ese destino que supuestamente te han asignado!? No, porque la infelicidad te perseguirá adónde sea. Sólo has ido lo fácil, apropiarte los bienes y las vidas de los demás, y eso tiene un precio. Desde el momento en que decidiste hacer eso, ya invalidaste cualquier cosa buena. Deben haber cientos de parias, shudrás, gente humilde y pobre; que, aunque vivan de forma deficiente, pueden ser felices e incluso sentirse afortunados. Cosas que ni siquiera el dinero puede conseguir, que se consiguen haciendo obras buenas y en el duro trabajo. Tú lo mandaste todo a la borda, creyendo encontrar en el oro lo que nunca tendrás. —

El karma ya le había condenado, desde que perdió la razón. No había peor destino para ella que buscar la felicidad y no poder encontrarla nunca.

— ¡Me lo dice alguien que se ha pasado toda su vida tragando en las discotecas, tomándole el pelo a cada estúpida que buscaba al príncipe que la sacará de la mediocridad! ¡No me fastidies! — Volvió a gritar de cólera, cuyo eco se escuchó por toda la sala. Escucharme sólo le estaba dando mucho más dolor.

— Tienes razón, no soy el mejor ejemplo. Es verdad que me he pasado yendo de fiesta en fiesta, viviendo de un dinero que nunca he conseguido con mis propias manos, haciendo daño a cientos de chicas. Pero esto es sólo indicio de que apenas he conocido esa felicidad del que tanto aspiras tener, a pesar de todo. —

Aún así, he podido conocer momentos divertidos y agradables, he conocido a personas muy interesantes y que han dado buenos momentos, ya sea una simple prostituta, un chico travestido o una friki y una gafotas.

— ¡¿Y te quedas tan tranquila!? — Pateó el suelo con una gran virulencia. — Te mataré ahora mismo, ¡te haré pagar por todo lo que me has hecho y te demostraré que alcanzaré mi felicidad mientras tú te pudrirás en tu próxima vida! —

Ese fue la señal de que nuestro duelo iba a empezar, el momento final ya empezó. Yo apreté el gatillo, ella hizo lo mismo. Se escuchó un sonido estremecedor.

A continuación, todo volvió a ser confuso. Sentí un fuerte dolor en toda mi cabeza y mi cuerpo fue empujado contra el suelo. A pesar de que mi vista se desvanecía poquito a poco, observaba cómo ella seguía en pie, inmóvil y sin ningún rasguño. Al parecer, ya había un ganador y un perdedor, y ese último era yo. Iba a morir.

Recordé de golpe toda mi vida, todas mis alegrías y penas, las personas que conocí y todo lo que pase con ellos. Estaba llena de arrepentimientos. No dejaba de decirme que ojalá hubiera confesado mis sentimientos por Mao, haber pasado tiempo con mis padres y decirles todo lo que no pude decir en su momento, haber aprendido a querer mi propio cuerpo, haber ayudado a Lobbo mucho más, perdonar a Candy y a Cook por mis palabras, y mucho más. Había tantas que era imposible enumerarlas.

A punto de perder la conciencia, intenté pronunciar una frase, pero no pude. Quería expresar un deseo. Si pudiera reencarnarme, ojalá pueda recordar este momento, para traer la justicia que ella se merece, como en mis película de Bollywood.

FIN DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima sexta parte, centésima decimonovena historia.

Yo iba corriendo de un lado para otro por la ciudad, preguntando a toda persona que veía dónde estaba el maldito templo. Muchos ni sabían de su existencia, otros ni se acordaban dónde estaba. Por lo llamativo que es ser el único templo budista de toda la maldita región, me sorprendía que casi fuera un desconocido en la misma Bogolyubov. Hice como una especie de zig-zag desde la periferia al centro, yendo de este a oeste; con una carrera tan agotadora como inútil. Ya cuando me paré y me puse a descansar, me di cuenta de que eran las diez de la mañana.

Mientras me limpiaba la frente del sudor, no dejaba de preguntarme si ese desgraciado hubiera llegado o no a aquel lugar, deseando con mucho ardor que hubiera tenido un accidente o algo parecido. Bueno, lo más importante era cómo encontrar ese maldito lugar, preguntarle a la gente se me estaba resultando irrelevante, tal vez debería buscar algún mapa de la ciudad, eso me lo señalaría, aunque no tenía dinero para comprar uno. Entonces, tuve un sobresalto, al escuchar una melodía horrible que procedía del móvil. Me estaban llamando.

Antes yo intenté usar el móvil para localizar el maldito templo, pero tuve la mala suerte de que se quedará sin dinero para el internet y realizar llamadas.

Trague saliva, mientras lo miraba con temor. No me atrevía a cogerlo, mi voz se podría distinguir del vozarrón del propietario y se hubieran dado cuenta de que yo estaba cerca de ellos, si fueran sus mismos lacayos o el objeto de mi venganza. Tampoco deseaba que fuera su hermano u otro conocido suyo, sería muy chocante también. Así que dejé que sonará hasta que terminará.

Sentí un gran alivio, cuando dejé de escuchar esa molesta cancioncita, pero entonces volvió a sonar y el agobio volvió. Había pensado en ignorarlo otra vez, pero me di cuenta de seguirían insistiendo una y otra vez hasta que lo cogiera. Me llené de valor y acepté la llamada en cuestión de segundos, sin fijarme el número de teléfono. No dije nada, decidí esperar a oír la voz de la persona que me estaba llamando.

— ¿¡Estás ahí, mi príncipe!? — La reconocí enseguida. Apreté los dientes, ya me pilló. — Sé que estás ahí, debes de contestar a una dama, no es digno de un caballero quedarse en silencio mientras una chica le habla. —

— D-debes de tener un sexto sentido para descubrir quién está detrás del teléfono. — No me quedaba más remedio que dar la cara.

— Nada de eso, Ramanujan apareció aquí. Y en verdad, tengo que decir que me ha decepcionado. Oí muy buenos rumores sobre la eficiencia de este grupo en quitar a la gente de en medio. Pero contigo, no sólo te has escapado de ellos dos veces, sino has dejado amnésico al mismo jefe, ¡no entiendo cómo no han podido librarse de una inútil como tú! — Se podría escuchar gruñidos de rabia desde el otro lado del teléfono.

— Puede que no yo sea tan inútil como crees…— Capaz de controlar mi miedo, empecé a hablarle con cierta altanería.

— Por desgracia, nos ha dicho todo lo que sabe, así que ya sabemos que estás en la ciudad. — Y ella intentaba superar mi tono. Aunque tuvo que ser sincera y reconocer esto: — Por suerte, la banda ha perdido a su jefe, no porque esté amnésico, sino porque el muy idiota se puso a pelearse con su propia gente y éstos le han destrozado. Ahora que no tienen a su dirigente, se está matando por tener el mando. —

— Mejor para mí…— El miedo ya pasó y fue dominada por el odio. — Porque así no tendrás a ninguna escoria para podré esconderte. —

Sólo escuche unas molestas risitas, que me pusieron más enfadada:

— ¡Sé lo que le hiciste a mis padres! ¡Sé que los mataste! — Fui directa al grano. — Así que tú… ¡tendrás el mismo destino que ellos, hija de puta! —

— No puedo negarlo, supieron arder muy bien. — La muy desgraciada se burló de ellos y la sangre se me ebulló.

— ¡Desgraciada! — Le grité con toda mi furia. Apreté los puños con fuerza, mientras me imaginaba destrozarle el rostro hasta dejarla irreconocible.

Todo el mundo que paseaba por la calle me escuchó, tuve que ir a un lugar más escondido para poder seguir hablando sin que nadie más escuchara.

— ¡¿Ahora te haces la valiente!? ¡Yo pensaba que ibas a seguir huyendo, pero creo que es mejor así! ¡Ve a por mí, si puedes! ¡Intenta matarme! —

— Eso es lo que haré, y lo cumpliré con creces. No me detendré aún cuando estés tomando el té con Buda. —

Se iba a arrepentir de haberse atrevida a desafiarme, estaba subestimando a esta inútil y pronto lo descubriría.

— Se me olvidaba que sabes dónde estoy, pero ya me importa. — Dio un suspiro de molestia. — No pasa nada, te esperaré aquí. Vamos a celebrar una boda sangrienta, con Buda como testigo, aunque creo que no podré acompañarte a nuestra luna de miel, acabarás yendo sólo a la otra vida. —

— Prefiero el divorcio, la verdad…— Intenté ser lo más ingeniosa posible. — Y verte con un balazo en toda la frente. —

— Ese deseo no será cumplido. Y dudo mucho de que consigas llegar aquí, haré que estos idiotas te pillen antes de alcanzarme. Considéralo como una prueba. Te diría buena suerte, pero eso sería contradictorio con mis propios deseos. Espero tu cabeza, mi príncipe. — Y la llamada finalizó.

Sentí tanta rabia que, sin pensármelo dos veces, tiré el móvil y lo aplasté con todo mi pie, mientras no dejaba de insultarla y maldecirla. Luego, a sabiendas de que no tenía tiempo que perder, volví a empezar a correr.

Seguí preguntando a toda la gente que me encontraba hasta que una, por fin, tenía la respuesta que necesitaba:

— ¡Ah, sí! Lo conozco, tengo un amigo vegetariano que se hizo budista y que va allí a veces. —

— ¿¡Y dónde está!? — Le pregunté ansiosamente.

— Pues está en la parte canadiense de la ciudad, en el norte. — Y me sacó un mapa en dónde me señaló dónde estaba exactamente.

Le dije gracias y me dirigí hacia esa dirección, sin darle tiempo a que a soltar algo más.

Al salir del centro, al girar por una calle, me encontré cara a cara con unos de los miembros de la banda, que tardaron en reaccionar.

— ¡Es él, es  él! — Gritaban en hindú, como si fueran papagayos. Yo di un grito y, de forma inconsciente, le di un puñetazo a uno en toda la cara.

Aquello me permitió escapar de ellos, ya que el otro atendió al que le di el golpe. Entonces, supe que tenía que ir cauteloso, era verdad que me estaban buscando por toda la ciudad. Cada vez que iba a girar la calle miraba antes si había alguien sospechoso, también, de vez en cuando, observaba hacia atrás, comprobando que nadie me estuviera siguiendo; e intentaba ser la más rápida y sigilosa posible.

— ¡Miren, ahí está! — Aún así, a veces me encontraban y salían corriendo hacia mí. — ¡Vamos a por él! —

Pero, de un modo u otro, conseguía esquivarlos. Tal vez porque sabía muy bien cómo descabullirme o porque siempre me dirigía hacia las partes más infectadas de gente, ya que no se atrevían a perseguirme cuando veían que habían muchos testigos. También los avistaba sin que ellos se dieran cuenta de mi presencia y podría esquivarlos. Pero esto provocaba que mi camino hacia al templo fuera eterno, tomaba tanto desvíos y vueltas que parecía que iba a cualquier otra dirección salvo la que quería ir.

Toda la caminata que me estaba tomando me estaba dejando sin fuerzas, ya medradas por el hecho de que apenas había dormido y comido. Mi cuerpo me pedía a gritos un descanso y tuve que detenerme en un pequeño parque, situado al lado del mar y lleno de frondosos árboles. Pensé que eso sería un refugio seguro y caí como plomo en el primer banco que vi.

— ¡Maldición! ¡Esta mierda no para de eternizarse más y más! — Di un golpe de rabia contra el banco, muy fastidiada. — ¡Parece que nunca voy a llegar ahí! —

— ¡Y no lo harás, porque ya has sido atrapado! —  Entonces, se oyeron estas palabras que me hicieron saltar del banco.

Vi a unos de esos delincuentes, sonriendo de una forma muy desagradable, entrando en el parque y sacando de su chaqueta un arma blanca. Di un grito ahogado, había bajado la guardia. Mientras yo intentaba sacar la pistola que tenía, con un nerviosismo que me impedía poder sacarlo a tiempo, escuché un chillido y un golpe muy fuerte. Miré hacia él y vi que había caído al suelo, desmayado. Detrás de él, con una cachiporra, se encontraba Ranjit.

— De verdad, ¿los jóvenes de hoy en día no pueden quedarse quietos, ni aunque sea por un mísero segundo? — A continuación, abrió la boca para protestar, después de haber soltado un fuerte suspiro.

— ¿¡Qué haces aquí, Ranjit!? — Le grité, muy sorprendida.

— No, la pregunta correcta sería qué haces tú aquí, por qué has salido del refugio y te has ido directo hacia a unos de los grupos criminales más peligrosos de Shelijonia y de la Columbia británica. —

Sólo me quedé callada. Él continuó hablando:

— Casi me ibas a dar un ataque al corazón cuando vimos cómo saliste, ¿¡qué tan estúpido puedes ser!? ¡En serio, ¿no ves que tu vida está en peligro, que te quieren eliminar de la faz de la tierra?! No lo entiendo, de verdad. —

Intenté decirle algo, pero me quedé paralizada, no se me ocurría nada.

— Y nos ha costado una barbaridad buscarte. Hemos tenido que adivinar a dónde has ido. He tenido que pedir a colegas míos a investigar tu casa y al polígono dónde fuiste secuestrado, mientras yo tuve la idea de que tal vez podrías estar en esta ciudad, sabiendo de que aquí se escondía Kasturba, la que se hace pasar por ella. Has tenido suerte de que te haya encontrado. —

Esperó un poco a que yo hablará, pero aún era incapaz de hacerlo. Así que me lo exigió: — ¡¿Por qué has hecho esta locura!? ¡Explícamelo! —

— Sólo…— Yo cerré los ojos por un momento e intenté tranquilizarme. Luego, solté de golpe estas palabras. — Sólo intento hacer que esa chica no cometa más crímenes, esa es mi intención. Es lo que tú también quieres. —

— ¡¿Qué quieres decir con…!? — Primero, puso una expresión de consternación, luego fue de horror. — ¡¿No me digas qué…!? —

Se dio cuenta enseguida lo que yo estaba planeando, eso lo puso muy alterado.

— Sí, lo que has imaginado. Eso es lo que quiero hacer, estoy decidido a hacerlo. — Añadí con resignación y con toda la seriedad del mundo.

— ¡¿E-estás loco!? — Moviendo los brazos de un lado para otro, con expresiones de consternación, él me gritaba, muy aterrado.— ¿¡No te das cuenta de lo qué quieres hacer!? —

— Sí, lo sé. —

— ¡Vamos a ver! Sé lo que sientes, lo entiendo, quieres buscar justicia, pero esa no es la forma. Vas a ponerte a su misma altura, te convertirás en un asesino, alguien que ha cometido un crimen. Por muy justo que sean tus razones, por muy criminal que sea la persona que quieras, no quiere decir que decidas a manchar tus manos de sangre. — Sacó unas esposas de su ropa y empezó a acercarse. — ¡No voy a dejar que cometas ese error! —

No podría dejar que me detuviese, ya estaba muy cerca de mi objetivo para que me detuvieran. Me puse tan nerviosa que hice una estupidez, saqué la pistola y lo apunté, aunque ésta tenía el seguro.

— N-no lo entiendes, yo…— Miré el arma por un segundo, incapaz de creerme lo que estaba haciendo. — Estoy no sólo lo hago por venganza, sino también por asumir mi responsabilidad. Todo esto ha sido por mi culpa, han sido mis acciones las que han llevado a esa chica a cometer tales actos tan horrendos. Tengo que hacerlo, es el precio que debo a pagar. —

Estaba temblando como un flan, poniendo una expresión de horror. A lo primero Ranjit, mostró una mueca de sorpresa. Después, con las manos levantadas, se le veía tranquilo, pero muy cauto.

— ¡Baja el arma! — Me decía con un tono persuasivo. — ¡¿No ves que sólo quiero ayudarte!? —

— Lo sé, pero yo…— Sin bajar el arma, empecé a dar unos pasos hacia atrás.

— ¡Por favor, piénsalo! ¡No es la forma de pagar tus errores del pasado, este no es el precio que debes pagar! ¡Los errores no se pagan con más errores, sino con buenas acciones! ¡No cometas algo que te arrepentirás después, no hagas algo mucho peor! — Intentaba acercarse poquito a poco hacia mí, a pesar de que le seguía apuntando. Por un momento, oímos un ruido por nuestro alrededor, que detuvo por un momento las palabras de Ranjit. Hizo un gesto, como si se dirigía hacia alguien que nos estaba observando y continuó. — Tienes una vida por delante, eres joven y tienes muchos caminos por abrir y descubrir. Si haces eso, te privarás de todo eso, perderás tu vida entre los barrotes. O peor aún, no tendrás otra oportunidad, ¡morirás! —

Miré por todas partes, pero no veía a nadie más, así que pensé que era pájaros. A continuación, le hablé:

— Lo sé, ¡todo eso lo sé! Pero…— Miré hacia al otro, incapaz de verle la cara. Luego, sonreí amargamente, mientras recordaba todo lo que fue mi vida: — Yo ya me divertí bastante, ya he perdido gran parte de mi vida viviendo como si todo fuera una fiesta, no tengo un lugar a dónde regresas ni a dónde ir, ni quiera, ni quiera, tengo mi propio…—

Perdí a mis padres y me robó mi propia identidad. Quería aniquilarme de la faz de la tierra y todo esto fue por mi culpa, yo la convertí en un monstruo. Todo eso produjo que mis sentimientos no fueran más que en la dirección de la venganza, era una fuerza mayor del cual era incapaz de doblegar. Sólo me estoy dejando arrastrar, necesitando calma esa sed de sangre.

— Ya no hay vuelta atrás, no tengo otro camino que tomar…— Añadí muy resignado, como si estuviera atrapando en un camino sin salida.

Él se me quedó mirando y tardó un buen rato en hablar. Cerró los ojos, dio un gruñido y me dijo esto, de forma amenazadora, pero sin salirse de su tono tranquilo:

— Entiendo. Entonces, ¿¡no te importará que ser perseguido por la policía para ser detenido, aún cuando eso significará que te disparen, cierto!? —

Yo no paraba de alejarme de él, incapaz de bajar el arma. Siguió hablándome:

— Cuando salgas de este parque, serás considerado un criminal. Avisaré a la policía y te buscarán por dónde sea. No tendrás lugar en dónde podrás esconderte y no habrá objeciones si te resiste, ¿¡lo comprendes, Nehru!? —

No le dije nada, porque sentí que ya me había alejado suficiente y salí a toda velocidad. Al bajar el arma y darme la vuelta, creí ver a dos personas que nos estaba observando entre los arbustos, pero sentí que eran puras imaginaciones mías.

Al salir del parque, empecé a reírme como una maldita loca, mientras me daba cuenta de que no sólo me iban a perseguir los delincuentes, sino la misma policía. Si siguiera en esta línea, pensaba yo, el mundo acabaría siendo mi enemigo.

Seguí directa hacia al norte, siguiendo de cerca la línea de costa, pero metiendo en todo tipo de calles y callejuelas para hacer más difícil mi rastro. Al momento, empecé a oír las sirenas de la policía.

— ¡Ya están aquí! — Gritaba como loca. — ¡Vamos, rápido! — Le pedía a mi cuerpo exhausto que corriera más. Sentía que de un momento para otro iba a derrumbarme.

Entonces, a lo lejos, vi una cantidad inmensa de carteles y pancartas, que daba la imagen de estaban delimitando algo. Al acercarme aún más, pude leer lo que ponían. “Bogolyubov canadiense no es parte de Vancouver, queremos nuestro propio ayuntamiento”, “Queremos ser independientes de Columbia y Shelijonia”, “Somos los marginados de Canadá”. En algunos habían pintadas sobre ellas que decía cosas como “Iros a Canadá”, “Devolver a Shelijonia lo que nos pertenece”, “Esto es tierra robada, devolverla y iros a Vancouver”. Al llegar ante eso, vi que estaba en una franja de terreno que iba de forma horizontal, que daba la impresión de separar la ciudad en dos. Vi también madera rota en el suelo.

— Entonces, esto es Bogolyubov canadiense, parece que es un lugar muy entretenido. — Miré a lo lejos. — Se ve como un barrio marginal, este sitio es peor que los suburbios de Springfield. Espera, un momento…—

Entonces, en una colina, divise la imagen de una estatua de Buda de piedra, acostado. Y un edificio de madera que parecía imitar a los templos budistas del país del sol naciente. Enseguida supe que era ese lugar.

— ¡Por fin, he llegado! — Oí de nuevo, sirenas de policía. — No puedo quedarme parado mucho tiempo, tengo que ir enseguida. —

A continuación, entré en ese enclave de Canadá, directa hacia el templo. Por fin, la hora de la verdad ya estaba cerca.

FIN DE LA VIGÉSIMA SEXTA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima quinta parte, centésima decimanovena historia.

Fue un milagro haber salido ilesos del propio aparcamiento, él estuvo a punto de chocar su automóvil con otros coches e incluso contra un poste de la luz. También estuvo a punto de atropellar a alguien. Al final para poder recordar cómo se movía el cacharro, estuvo dando vueltas por las calles hasta que pilló el truquillo. Luego, pudimos salir del polígono industrial.

— Por cierto, ahora que me doy cuenta, este auto me suena muy familiar, demasiado, diría yo…— Luego, mientras yo le indicaba los caminos que habíamos que tomar, éste no dejaba de tener déjà vu en todo el viaje.

— T-tal vez, tal vez lo hayas visto antes, es imposible que esto sea tuyo. — Y yo tenía que hacer todo lo posible para que no recordaba nada que nos pusiera en peligro.

Tras cruzar el rio, fuimos por la carretera que rodeaba la ciudad por el norte, ir por el centro sólo perdería mucho tiempo. Mientras cruzábamos por la periferia más norteña de Springfield, alternando entre barrios marginales y espectaculares urbanizaciones de lujo; se oyó un pitido que provocó que casi el coche saliera de la carretera.

— ¡¿Qué ha sido eso!? — Gritaba muy sorprendido, a la vez que el muy idiota soltará las manos del volante. — ¿¡Qué haces tú!? — Le grité yo.

El todoterreno por poco estuvo a punto de entrar en la acera y chocar contra una tienda, pero, por suerte, éste no se olvidó de frenar.

— ¡He escuchado algo! — Se excusó. — ¡No ha sido culpa mía! — Entonces, esa cosa sonó de nuevo. — ¡Lo ves, lo ves, se ha vuelto a escuchar! ¡Ese maldito pitido! —

Ahí me di cuenta de dónde provenía ese ruido, del bolsillo del traje. Era su móvil, que se lo había quitado.

— Pero si es tu… — Casi iba a meter la pata. — ¡mi mó…! — Pero me callé por segunda vez, al pensar que decirle el nombre podría provocar que le recordará algo. Yo tuve que decir esto al final. — ¡Esta cosa! ¡Sí, esta cosa! — Mientras me lanzaba miradas recelosas y veía como yo sacaba el móvil del bolsillo.

— ¡¿Qué mierda es eso!? — Al parecer, su amnesia también borró lo que era un móvil. — ¡Sea lo que sea, apágalo, su sonidito es insufrible! —

Y mientras el coche seguía su camino, yo me puse a ver su móvil. Creía que estaba protegido con algún tipo de contraseña, pero se podría entrar fácilmente. Fui directa hacia al origen de esos pitidos y eran de una red social. Vaya con esta gente, si que estaban en la vanguardia, hablando de sus crímenes por las redes sociales. Vi muchísimas notificaciones de sus lacayos informándole de todo lo que había ocurrido, y no sólo le hablaron ellos, sino que, entre ellos, se encontraban la de aquella persona. Sentí un gran torrente de sentimientos en mi interior, ninguno de ellos agradable.

Me quedé mirando atónica a eso, incapaz de ver su mensaje. Y hubiera estado así si no fuera porque el conductor me gritó, al haberse encontrado un cruce, que le dijera adónde íbamos a ir.

Al salir ya de la ciudad y entra en la autopista, decidí a verlo. Tragué saliva y observé los últimos mensajes que les mandó.

¿¡Cuánto tiempo más vas a hacerme esperar!? ¡¿No habéis atrapado a ese desgraciado aún!? ¡No os pago para que, por dos veces seguidas, se os haya escapado! ¡Estoy harta de vuestra incompetencia!

Ese fue lanzado al mediodía, dos horas después lanzó:

¡¿No lo habéis capturado aún!?

Y el último era de hace cuatro horas, cuando ya era de noche:

No me importa muerto o vivo, pero capturarlo de una puñetera vez.

Me entraban unas grandes ganas de mandarle un mensaje y burlarme de ella con todo el desprecio y odio del mundo, deseaba gritarle que la que iba a estar muerta sería ella, que le iba a romper los huesos uno por uno hasta dejarla irreconocible. Y estuve a punto a hacerlo, pero me pude contener.

— ¡¿Te pasa algo!? — Me decía el conductor, extrañado, al ver mi cara de rabia y dolor. Le tuve que decir, controlando mi tono de voz, que no era nada. Sentía que si diría algo, el maldito se acordaría de todo y yo ya estaría condenada, ella conseguiría su deseado objetivo.

Tuve que tomar y expulsar aire varias veces y poner mi mente en frio, para pensar bien en la respuesta que le iba a dejar. Tardé un poco más de lo previsto, pero escribir algo:

¡No te preocupes! Lo he capturado y te lo estoy llevando. Espera aún en el templo, que allí apareceré con él, mañana por la mañana.

Y lo mandé apenas lo terminé. Luego, empecé a dudar si ella se lo tragaría o se le haría sospechoso, pero ya era demasiado tarde, ya estaba hecho. Con expresión desoladora, miré mi mano y me pregunté en voz baja:

— ¿Seré capaz de hacerlo…? —

A pesar de que era dominada por la ira, de que necesitaba eliminar como fuera aquellos sentimientos que me torturaban y me carcomía por dentro, de que ardía en deseos de hacerle tener el mismo destino que le dio a mis padres; estaba estupefacta por el hecho de que iba a matar a alguien. No sólo me aterraba acabar en la cárcel, sino en que iba a tener una mancha que jamás podría quitar hasta en la próxima vida. Pero ya no podría dudar, ya había llegado muy lejos para arrepentirme.

— Por cierto, ¿puedes parar en la próxima estación de servicio? Tengo que hacer alguna cosa…—

Me protestó, pero ni siquiera fui capaz de escucharle. Estaba más absorta en mí misma y, aceptando que mi destino ya estaba sellado, quería hacerle una última conversación con cierta persona.

— ¿Estará bien despertarle a estas horas? — Me decía mientras ponía el número de teléfono en el móvil. — Estamos en plena madrugada…—

Había salido del coche, después de haber llegado a una gasolinera, y estaba a punto de llamar a Mao. Pero me quedé paralizada, con el dedo a punto de tocar el botón de la llamada.

Aparte de que hay que ser bastante idiota para llamar a alguien en estas horas de la madrugada, no me sentía capaz de hacerlo, pensaba que si lo hacía sería la última vez que me atrevería a hablarle a la cara, no deseaba que me mirara como una asesina. O peor aún, que después de esto, no tendría otra oportunidad para charlar con él, porque ya estaría muerta.

— ¡No puedo perder más tiempo! — Al final, me cansé de tanta indecisión, gritando como una loca. — ¡Qué sea lo que los dioses quieran! — Y apreté el botón.

El teléfono estuvo un buen rato conectándose, pero nadie lo cogió. Al final, el pitido paró y la llamada no se realizó. Sentí un poco de alivio, pero a la vez me decepcione, había perdido mi oportunidad. Y cuando estaba a punto de volver el coche, el móvil empezó a sonar.

— ¿¡Será..!? — Eso gritaba muy nervioso, mientras mis manos, que temblaban, cogían el teléfono. — ¡¿Será Mao!? —

— ¡¿Quién es y por qué está llamando a las cinco de la madrugada!? — No había duda era Mao. — ¡¿Es usted estúpido, o estúpida, o qué!? ¡Estamos durmiendo, durmiendo! — A pesar de que estaba enfurecido, me alegré mucho de oír su voz.

— ¡Mao, Mao, soy yo, Nehru! — Le decía muy feliz, como si hubieran pasado siglos desde la última vez que lo vi. — ¡¿Te acuerdas de mí!? —

— ¿¡Y por qué me llamas a estas horas de la noche, estúpida!? —

Gritó con tanta fuerza que casi me dejo sorda, pero eso me hizo gracia.

— Era para volver a oír tu voz, princesita. — Forcé un tono encantador y burlón. Él me replicó: — ¡Déjate de tonterías, no has despertado a todos, idiota! ¡¿En qué estabas pensando!? —

— Perdón, lo siento mucho, pero no iba a tener otro momento…— Añadí con pesadumbre.

— ¿¡Cómo que no ibas a tener otro momento!? — Entonces, Mao calló por un segundo, y luego añadió, muy suspicaz: — ¿¡Qué me intentas decir con eso!? —

— ¡Ignora eso…! — Al ver que él se dio cuenta, intenté tranquilizarlo, cambiando de tema: — ¡¿Te acuerdas de nuestra última conversación!? ¿¡De qué cuando me preguntaste si yo estaba bien así, yendo como un hombre!? —

— Sí, perfectamente, ¡¿qué pasa ahora con eso!? —

— Pues, la verdad es que…— A mitad de la frase me quedé atascado, incapaz de continuar. Estaba a punto de romperme, al recordar en todo lo que me había ocurrido. Pero no quería hacerlo delante de Mao, tenía que aguantar y actuar como si nada, aunque fue en vano. Tuve que obligarme a mí misma para poder continuar:

— Yo he estado reflexionando mucho sobre lo que me dijiste. No, más bien, unos ciertos acontecimientos me han hecho pensar sobre tus palabras, sobre la farsa que estamos haciendo, al actuar como personas del sexo contrario; sobre cómo nosotros hemos engañado a los demás o nuestra máscara nos ha absorbido y todas esas.

La verdad es que, tengo que reconocer que yo también entiendo nada, en cuestión de días todo se ha vuelto loco. Mi papel, mi máscara o lo que sea, ha hecho mucho más daño de lo que podría creer y todo se ha derrumbado. Ahora no sólo me he dado cuenta de que he sido absorbido, sino que es lo único que me queda, mi farsa es lo que única que tengo…

El pasado, mis acciones pasadas, todas sus consecuencias, han venido de golpe hacia mí y…— Las lagrimas se me humedecían y cada vez me costaba más hablar bien. —…ha sido horrible, y todo es por mi culpa… Mi absoluta culpa. A-ahora, me he dado cuenta de que no hay más remedio que dejar de huir, tengo que valiente por una vez y hacer lo que tengo que hacer. —

Al recordar todo lo que me pasó, todo el daño que hice y todas las consecuencias nefastas que cometí, no pude más y rompí a llorar.

— ¿¡Qué te pasa!? ¡¿En qué lio te has metido!? — Creo que Mao pudo oír mis gimoteos y pudo confirmar que yo estaba metido en un grave problema.  Se me puso a gritar como loco: — ¡¿Dónde estás!? ¡Voy a ayudarte! —

— Lo siento, no quiero meterte en este problema, yo lo voy a solucionar, como sea…— Le decía entre gimoteos.

— ¡Eso no es algo que dirías!— Se le escuchaba muy preocupado y alterado. — ¡Mierda, voy a por ti enseguida, no voy a dejar que hagas alguna estupidez! —

Me hizo muy feliz que, a pesar de todas las protestas y quejas, sentía un cariño hacia mí, al punto de ser capaz de salir en plena madrugada para buscarme. Eso provocó que gimoteara y llorará más fuerte.

Incapaz de hablar bien, intenté tranquilizarme, mientras él me preguntaba de forma desesperada si estaba bien. En cuestión de segundos, mientras me limpiaba los ojos, le dije esto:

— Ya lo tengo decidido. — Era mi responsabilidad, tenía que cumplirlo.

— Tal vez, pueda ser la última vez que nos podamos a oír… — Mao siguió  diciéndome cosas, asustado, pero lo ignoré. Quería decirle algo, que fuera digno de ser recordado y que le pudiera ayudar en la depresión en la que él estaba metido. Así que lo intenté:

— Pero, quiero decirte, aunque creo que no te pueda ayudar en algo, tú eres Mao, por mucho que te pases por una chica, por mucho que seas un chico, tú eres así. Tal vez, tu máscara te haya absorbido, o algo parecido, pero tú eres más que eso. Si alguna vez tienes que retirarte del teatro, seguirás siendo Mao, para mal o para desgracia. —

No sé cómo terminó actuando como una chica, pero él no se inventó una personalidad alternativa para pasárselo bien y escapar de una vida gris. Tampoco nadie le había quitado su identidad y se pasaba por él, quedando sólo el disfraz que se puso. Nehru es pequeña parte de mi verdadero yo, de una chica acomplejada y que para poder sentirse segura se pasaba por un hombre. Ahora soy esa parte, lo demás se me fue robado.

— ¡¿Y tú qué!? ¡Te daré una paliza si haces alguna burrada, lo oyes! ¡Ni se te ocurre hacer en lo que estás pensando! — Me reí con amargura. Supongo que se olía a kilómetros que planeaba hacer algo horrible y así que decidí terminar esta conversación.

No podría alargarlo mucho más, sería mucho más doloroso para mí, y para mí. Así que decidí despedirme de él:

— Aunque un buen caballero siempre tiene que atender los deseos de una dama, tendré que rechazar tu petición. Lo siento, princesa Mao, ha sido muy divertido estar contigo. — Y corté la llamada.

Había muchas cosas que quería decirle, quería seguir tomándole el pelo y decirle que, aunque haya sido poco tiempo, los sentimientos que él me ha creado. Pero eso sólo sería agravar aún la situación y no es una cosa que sería digna de un caballero como yo.

— ¡Has tardado mucho! ¡Casi me he quedado dormido! — Me gritaba el delincuente ese, muy molesto; mientras yo subía al coche.

— ¡Perdón, perdón, es que se me ha hecho muy largo, Renamanujan!  —

Casi me dio un puñetazo, al darse cuenta de que le dije el nombre muy mal.

— Mi nombre es Ramanujan, ¡es la última que me llames así, o te rajo la cara! —

Antes, mientras me contaba su vida, o lo que había recordado de ella, me dijo su nombre y me explico que sus padres se lo pusieron en honor a un matemático muy famoso de la india, para que tuviera suerte y sacará la familia de la mediocridad haciéndose famoso. Ni idea de lo que estaban pensando sus padres, pero el karma les reservó otro camino para su hijo.

En fin, seguimos nuestro camino hacia la ciudad de Bogolyubov. Al ver la ciudad desde la lejanía, fuimos recibidos por los primeros rayos de sol, ya era por la mañana.

— ¡¿Hemos estado toda la noche despiertos!? — Me quedé estupefacto al ver el sol. — ¡Por eso me siento tan agotado y horrible, qué ganas tengo de ir a dormir! — Me miré en el retrovisador y parecía un zombi. Todos estos días, en los que apenas he podido dormir y comer bien, me estaban pasando factura.

Al introducirnos en la ciudad, entrando por la avenida principal, él me pregunto esto:

— ¡¿Ahora dime dónde está el templo de mi hermano!? —

Tardé en responder, tenía el temor de que actuará de una forma un poco desagradable al decirle la verdad. Pero su mirada asesina, al ver que no abría la boca, provocó que tuviera que decirlo.

— No me acuerdo cuál es su dirección. — Trague saliva, pero no me pasó. Sólo me dijo con una expresión malhumorada: — Pues bájate del coche y pregúntaselo a alguien. —

Entramos en una calle pequeña y me hizo bajar. Yo me dirigí a preguntarle a una señora que había cruzado la carretera. Pero entonces, tras alejarme unos cuantos pasos de, él me habló:

— ¡Una cosa, yo ya he recordado dónde está el templo de mi hermano! —

— Pues vamos para allá. — Qué conveniente fue escuchar eso, me giré hacia él e iba a montarme en el coche.

— Tú no. — Añadió con un gran desagrado. Me dejó un poco confundida: — Espera, ¿¡qué!? —

— Me voy a quedar con tu coche, es muy bonito. No voy a perder más el tiempo contigo. —

Encendió el motor y el todoterreno salió a toda velocidad. Entonces, me di cuenta de que había engañado, me hizo bajar del coche para dejarme tirada.

— Pero, ¿qué? — No podría salir de mi asombro. Luego, le grité: — Por lo menos, dime dónde está el templo. —

Pero desapareció de mi vista, rápido y audaz. A pesar de que seguía siendo amnésico, hizo algo muy rastrero e ilógico, seguía siendo un hijo de puta. Aunque lo gracioso es que había robado su propio coche y aún conservaba gran parte de sus enseres.

— Bueno, por lo menos ha podido traerme hasta Bogolyubov. — Fue una gran suerte que quiso hacerlo cuando estaba en la estación de servicio.

Entonces, me di cuenta de que dejarlo ir podría ser contraproducente para mí.

— ¡Mierda, si llega antes que yo al templo, todo puede empeorar! — Casi me iba a dar algo. — ¡Tengo que llegar antes que él! —

Y entonces salí corriendo, sin saber a dónde, en busca del lugar en dónde se encontraba mi objetivo de mi venganza.

FIN DE LA VIGÉSIMA QUINTA PARTE

 

 

 

 

 

 

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima cuarta parte, centésima decimonovena historia.

Salimos de ese lugar, ante la sorpresa de los que vigilaban la puerta al ver que estábamos arrastrando al maldito jefe de los delincuentes. Lobbo observó por todas partes, pero no encontró a esa persona que me miró muy mal cuando ella le dijo que yo era un cliente. Parece que él se había ido de ahí por alguna razón. Me provocó un cierto alivio, no quería notar su hostilidad.

Lo arrastramos como pudimos, cruzando la calle y después adentrarnos a dos calles más abajo, hasta encontrar un sitio apenas visible, detrás de una enorme nave, para que pudiéramos deja el cuerpo inconsciente en medio de la acera. El cansancio era tal que lo tiramos al suelo, como si fuera un saco de patatas y temimos que se despertará, pero no pasó nada grave.

Después de recuperar el aliento, empecé a hablar, mientras rememoraba lo que había ocurrido en ese prostíbulo.

— No sé cómo, pero hemos salido de ésta…— A pesar de salir ilesa de eso, aún no podría estar tranquila. — Pero, ahora tenemos un problema más gordo, ¿¡qué hacemos con él!? —

Lobbo miró a continuación al hombre inconsciente que teníamos al lado. Había que ser muy idiota para llevarse a ese monstruo, después de todo lo que pasó. Aunque era cierto que tampoco podríamos dejarlo ahí. Ahora la cuestión era cuándo iba a despertar y cómo evitar que, cuando lo hiciera, éste se lanzará hacia nosotras para destrozarnos a golpes.

— ¿¡Poner cuerdas!? — Lobbo empezó a buscar soluciones, pero ninguna parecía sernos útil. — Aunque no tener…—

— Estoy aterrado. —  Empecé a dar vueltas como una tonta, entrando en pánico. — ¡Si él se despierta, estaremos acabadas! —

Ahora que había conseguido información sobre el paradero de esa maldita bruja, estaba muy cerca de mi objetivo y no quería que todo acabase porque ese desgraciado se despertará.

Entonces, mi cabeza me dio una idea perturbada que me aterró, sólo por el hecho de matarlo.

— Y si tal vez…— Miré la pistola que llevaba, mientras tragaba saliva por la locura que estaba teniendo. — Lo pudiera mat…— Aunque, ¿por qué me aterraba pensarlo?

Iba a matar a una persona, no era el momento de asustarme ante la idea de asesinarle, porque lo iba a hacer con esa que me robó mi identidad, a mis pobres padres y me quería eliminar de la faz de la tierra. Y aquel hombre estaba a su servicio, aceptó sin ningún remordimiento que me iba a matar, sólo por dinero. Y si se despertaba, nos mataría, tenía motivos de sobra para atravesarle el cráneo con una bala, ahora que teníamos oportunidad.

Con mi cuerpo temblando, poquito a poco acerqué mi mano a la pistola para cogerla y dispararle. Pero vacilé y me quedé paralizada, mientras le observaba. Luego, hice lo mismo con Lobbo, que me miraba sin apenas comprender nada. Eso hizo que desistiera, no quería que ella observara como mataban a otra persona delante de sus ojos, además de que se volvería mi cómplice y acabaría en la cárcel.

— No, mejor no. Esto es sólo reservado para ella, aunque esta persona también es un hijo de puta. — Dije en voz baja.

Ella me escuchó y me preguntó qué había dicho, pero le respondí que no era nada, mientras me preguntaba si de verdad yo estaba preparada para manchar mis manos de sangre. A continuación, decidí sacarle todo lo que tenía en los bolsillos. Encontré varias armas, un monedero, un móvil y unas llaves de automóvil y me las guardé todas. Luego, intenté pensar en otras posibilidades, pero era en vano, a mi cerebro no se le ocurría nada.

Y sin darnos cuenta, más metido en nuestros pensamientos que en vigilar al hombre, éste empezó a recuperar la conciencia. Nos dimos cuenta, al oír cómo se quejaba. Con la cara descompuesta, giramos nuestras cabezas hacia él y veíamos que se estaba levantando poquito a poco.

— ¡C-cómo me duele t-todo…! — Balbuceaba, mientras intentaba levantarse del suelo con dificultad. — ¿¡Q-qué ha pasado…!? —

Lobbo se acercó poquito a poco a él para darle un buen castañazo, parecía que esa chica no conocía el miedo. Al ver aquella valentía, se me contagió y me acerqué a él para dejarlo inconsciente de nuevo. Lo hacíamos pasito a pasito, con mucho cuidado, como si se tratara de un animal salvaje. Aún así, se dio cuenta y nos vio. Al momento, nos quedamos quietas y nos observó, muy confuso y desorientado, por un buen rato hasta que nos habló:

— ¡¿Quiénes sois…!? — Nos miraba como si nunca nos hubiera visto, y luego observó todo el lugar como si no le fuera conocido. — ¿¡Qué hago aquí!? ¡¿Me lo pueden explicar!? —

Ninguna de las dos se atrevió a decirle alguna respuesta y él, que al final pudo conseguir levantarse del suelo, nos volvió a preguntar lo mismo, y luego añadió esto:

— Este lugar no me suena de nada, es como si no estuviera en Bombay. Y hace mucho frio, ¿¡estoy en el polo norte o qué!? —

Nos quedamos de piedra, él había perdido la memoria, e incluso parecía que había perdido su personalidad. Mientras sus brazos abrazaban su cuerpo para obtener calor, actuaba como un niño perdido y nos hablaba en un tono muy cordial, lejos del comportamiento vanidoso y amenazador que traía consigo. Al comprenderlo, pudimos ser capaces de hablarles:

— No, estás en Shelijonia. — Se quedó boquiabierto.

— ¿¡Shelijonia!? ¡¿Qué lugar es ese!? ¡Nunca lo he oído en mi vida! —

Era normal, porque este lugar es tan desconocido que ni los mismos estadounidenses se acuerdan de ella.

— Bueno, estamos en el estado número cincuenta y uno de los Estados Unidos. —

— ¿¡Desde cuándo los Estados Unidos tiene cincuenta y un estados!?    Yo entendía que eran solamente cincuenta. —

— A veces, uno desconoce cosas. Yo no sabía que Arunachal Pradesh era parte de la India. — Aunque solo sé que está en el norte.

— Pero si llevamos años disputando ese territorio con China. —

— Y yo qué sé. También estamos peleados con Pakistán y seguramente con otro país que ni me acuerdo…—

Yo nunca he visto las noticias ni me han interesado esos temas, era raro que me enteraba de algún asunto importante de mi país natal.

Luego, él se quedó callado, dándose cuenta de que la conversación se había desviado un poco. Luego, gritó lleno de incomprensión: — ¡¿Y qué hago yo en Estados Unidos!? —

Yo solo le hice un gesto de duda y Lobbo, que no se enterando de nada de la conversación, me imitó como si fuera un robot.

Después de aquello, él se quedó taciturno, adoptando una pose pensativa, intentaba buscar en sus recuerdos. Lo único que yo y Lobbo hacíamos era observarlo con mucha cautela, esperando lo que iba a ocurrir después, y preparados para darle una buena paliza si recordaba todo.

— Por mucho que lo haga, no me acuerdo de mucho…— No dejaba de soltar quejidos de dolor, mientras se ponía la mano sobre la cabeza, dando la idea de que la cabeza le dolía muchísimo. — Todo está bastante borroso, solo recuerdo mi infancia, mi adoles…, adoles…, lo que sea eso; y un poco hasta la… ¿¡Llegué a la universidad!? No tengo ni idea. —

Empezó a andar y parecía un recién nacido. Apenas mantenía el equilibrio y estuvo a punto de caer varias veces.

— ¿¡Adónde vas!? Ni siquiera puedes caminar…— Le dije, mientras veía como se alejaba.

— Lo estoy recordando en el proceso…— Cayó y se levantó, con mucha dificultad, del suelo. — Voy a busca una cabina telefónica.  —

— Detente, amigo. No puedes, aquí no hay ninguno. Mejor debería ir al hospital y algo así, puedes que hayas sufrido amnesia. —

Había que llevarlo al hospital y se quedará ahí. Así no volvería a la carga si recuperaba la memoria, mientras yo intentaba encontrar a la bruja esa.

— ¡¿Amnesia!? ¡¿Crees qué esto es una película o algo así!? — Se burló de mí, aún le costaba entender cuál era su situación.

— No sé yo, no soy un experto en medicina, pero cuando pierdes algo de memoria, a eso lo llaman amnesia. —

— Ah, es verdad…—

Se quedó mirándome con una cara extrañada durante un buen rato. Así estuvo por un buen rato y era bastante incómodo. Entonces, abrió la boca de golpe y los ojos se le abrieron como platos. Me temí lo peor.

— Espera, un momento…— Se tambaleó un poco. — Ya recuerdo algo. —

— ¿Qué pasa? — Le pregunté, temblando como un flan.

— Ya creo que sé por qué estoy aquí…— Se apoyó a un árbol, ya que casi iba a caerse al suelo. — Es para visitar a mi hermano. Recuerdo que me dijo que se fue a América, a un lugar llamado Shelijonia. —

— Tu hermano dirige un templo budista, ¿o algo así? — Y solté esto, diciendo la primera tontería que se me ocurrió.

— No recuerdo muy bien cómo, pero sí, eso debe ser. —

Ya entendía más o menos por qué ella permanecía en un templo budista, el hermano de éste, parte del clero budista, la dejó dormir en ese lugar. No sabía si me sorprendía más el hecho de que en los templos budistas dejen a la gente dormir o que el desgraciado éste tenía un hermano religioso.

— Entonces, ya sé qué podemos hacer. Sé dónde está la ciudad de ese templo, te llevo hasta ahí y ya está. — Al momento, me di cuenta de no iba a ser muy sencillo. — Aunque, lo primero es saber si… ¿¡recuerdas si sabes conducir o algo así!? — Recordé que, de las cosas que le quite, había unas llaves para abrir un automóvil.

Fui bastante idiota. Apenas le costaba caminar y va y le pido que si sabe conducir. Él estrujo su cabeza como pudo, pero la respuesta obviamente era ésta: — No tengo ni idea…—

— O sí…— En cuestión de segundos, recordó algo más. — Cuando era pequeño, intenté robar varios coches, y así aprendí a conducir…— Y me dejo muy sorprendida. — No sé muy bien, ¿¡y por qué robaba coches!? —

Parece que empezó su carrera delictiva desde la más tierna infancia, vaya personaje era esta persona.

— ¡¿Por qué robaba coche!? ¿¡Por qué robaba carteras!? ¿¡Por qué entraba en las casas de otros…!? — Entonces, con cara de trauma, él empezó a cuestionar su vida.

— Entonces, muy bien. Vamos a visitar a tu hermano…— Me importaba poco sus reflexiones, tenía que aprovechar el momento para que él mismo me llevará a la ciudad antes de que recuperarse la memoria.

— Pero, ¿¡pero por qué he robado tanto!? —

— Y yo que sé, ¡vamos a buscar mi coche! ¡Hay que irnos enseguida! — Le empujaba como podía, sin ponerme a pensar en qué lugar estaba el maldito automóvil y si era buena idea decir que era mía, para que éste se lo creyera y no le diera por recordar algo peligroso si le decía que era suyo.

— ¡¿Por qué, pasa algo!?  —

— No te preocupes por los detalles ahora. Ya te lo explicó más tarde. —

Y menos mal que no me preguntó más y se dejo llevar. Lobbo nos siguió en total silencio. Así es como volvimos al aparcamiento que estaba cerca del prostíbulo, ese podría ser el primer lugar en dónde éste dejaría su automóvil.

— Por cierto, tu ropa es bien hermosa, ¿¡de dónde la has sacado!? — A pesar de haber perdido la memoria, seguía conservando el mal gusto.

— No me acuerdo. — Yo estaba más ocupada en buscar su coche, ya que habíamos llegado al aparcamiento. Como era una llave de esas que se abrían a distancia, pues pulse el botón y vimos cómo su automóvil se encendió. — Ahí está. —

Corrí como una loca hasta ahí, y los demás me siguieron. Al alcanzar el automóvil, pude fijarme que era todo un cochazo, un enorme todoterreno de una marca prestigiosa del Reino Unido y muy bonito, para mi sorpresa. De vez en cuando, aquel hombre podría tener buen gusto.

— Pues es digna de que salga en una pasarela…— Y él, mientras tanto, se puso a contarme sus aspiraciones. — Es verdad, mi sueño es ser el mejor diseñador de moda. — Eso ya no me sorprendía, aunque resultaba muy chocante; era entendible al ver aquella obsesión por la ropa. — Por eso, robaba. —

— No sé yo si…— Me callé mejor. No quería enfadarlo, aún cuando lo que hacía era un sinsentido total. — ¡Da igual, móntate y conduce! —

— Era para tener mucho dinero para entrar en lo más prestigioso, en Paris, ¡imagínate! — Lo ignoré, estaba ocupada en otra cosa.

— Hey, ¡Lobbo, súbete! — Me di cuenta de que ella había guardado distancia de nosotros, con una cara algo desanimada. Tardé un poco en darme cuenta. — Ah, es verdad…—

— Creo que trabajo mío terminar aquí…— Me decía, mientras adoptaba una actitud vergonzosa. — Espero, yo ayudar mucho, haber devolvido el favor. — Era verdad, se me olvido que era incapaz de salir del polígono industrial. A continuación, al ver que nuestros caminos se iban a separar aquí, me acerqué a ella y le dije esto:

— Muchas gracias, de verdad. Has sido de gran ayuda. — Di una pequeña pausa, porque me costó un poco soltar unas palabras mejores. — Sin ti, no hubiera conseguido nada de esto y además me lo he pasado muy bien contigo, más o menos. — Estaba muy agradecida con ella, no sólo me ayudo, sino que además me salvó la vida.

Me sentía muy en deuda con Lobbo y despedirme de ella sin que le diera algo no era un buen plan. Así que rebusqué entre la ropa y le saqué algo.

— ¡Ah, toma! — Le mostré un montón de dólares. — Esto es un regalo de mi parte…— Yo hubiera preferido haberle dado alguna joya, un pequeño recuerdo u cosas parecidas, pero, aparte de que no tenía nada de eso, creo que eso lo necesitaba mucho más.

— Yo, yo no puedo. — A lo primero, ella se negó. — Si hago eso, deuda estará. Aún. —

— No quiero que veas esto como una deuda tuya, sino mía. Es decir, esta es mi forma de devolverte todo lo que has hecho por mí, ¡no seas tonta, acéptalo! No sé cómo has acabado así, pero seguro que necesitas esto, mucho más que yo, ¿¡verdad!? —

Después de todo, o iba a morir o acabar en la cárcel, ¿¡de qué me iba a servir todo estos papelitos verdes!? Mejor que estuvieran en otras manos mejores.

Ella se quedó en silencio, dudando durante un buen rato. No paraba de mirarme a mí y después a los billetes.

— ¡¿No eras tú el que me metías tanta prisa!? ¡Vamos, hacer la despedida más rápida o lo que sea que estáis haciendo, que me aburro! — Y provocó que el desgraciado ese, ya subido en el coche, se nos pusiera a arruinar la despedida. Por las prisas que nos dio él, ella por fin eligió:

— Yo, yo, no poder entender…— Cogió los billetes y se los guardó entre los pechos. — Pero no seré tonta. —

Sus palabras, no sé por qué, me hicieron reír. Luego, le acaricié la cabeza. Ella puso una pequeña sonrisa, bastante boba, mientras dejaba que le tocara el cabello. Al terminar, creo que su rostro pedía que le siguiera haciendo eso.

— Puede que esta vez sea la última vez que nos veamos, no sé si podemos volver a vernos algún día…— Me estaba dando mucha pena decirle eso, creo que ya le había cogido cariño a aquella chica. — Por eso, te diré esto, me alegra haberte conocido, aún cuando haya sido por un periodo de tiempo tan corto…—

Lo dije de la forma más caballerosa y genial posible, y ella, con su rostro dominado por la tristeza, se emocionó y parecía que estaba a punto de llorar de un momento para otro. Creo que me pasé un poco.

— ¡Vamos! — El jefe de los delincuentes empezó a pitar como un loco, con una impaciencia insoportable. Le grité esto: — Espera, ¡ya voy! —

Y luego, decidí decirle esto a esa chica: — ¡Adiós, querida Lobbo! —

Entonces, hizo una cosa que me dejo boquiabierta. Sin decirme nada, a la velocidad del rayo, ella se acercó a mí, se puso de puntilla y me besó, en la boca. Me quedé muy paralizada, incapaz de reaccionar.

Lobbo, al terminar, me dijo esto, muy avergonzada: — ¡Adiós! — Y salió tan rápido como un cohete y en cuestión de segundos desapareció de mi vista.

— ¡¿Qué acaba de pasar!? — Me costó muchísimo asimilar lo que había ocurrido. No dejaba de tocar mis labios, como si hacerlo conseguiría poder comprenderlo. — ¡¿En serio, me ha besado!? —

No sabía en qué pensar, en otras condiciones eso me hubiera dado asco, pero era incapaz de hacerlo en ésta, sería como insultar a esa pobre chica. Me caía muy bien, pero tampoco le iba a corresponder, porque aún me seguían gustando los hombres.

Miré hacia atrás y me pregunté si estaba bien dejarla ahí, pensé que tal vez lo mejor para ella fuera que hubiera ido con nosotros en vez de quedarse en aquel polígono industrial ofreciendo su cuerpo. Me sentía mal irme así, aún cuando ya era demasiado tarde para pensar en aquello.

Y mientras estaba en mi mundo, el jefe de los delincuentes decidió burlarse de mí:

— Pareces virgen, ¡has ligado! ¡Deberías estar feliz! Aunque se viste como si fuera una puta…—

— ¡Bueno, basta de charla! ¡Vamos a irnos de una vez! — Eso le dije, mientras me montaba en el coche.

FIN DE LA VIGÉSIMA CUARTA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima tercera parte, centésima decimonovena historia.

Nuestro inesperado público estaba muy emocionado y, entre cuchicheos, le decían a los guardias de seguridad, que les costaba entender aún lo que estaba ocurriendo, a quién iban a votar, ya que le encargaron la misión de registrar el nombre de cada un apostador y a quién habían elegido. También se volvieron en nuestros jueces. Yo y el jefe de los matones tuvimos que  esperar impacientemente a que terminarán los preparativos, sin decirnos ni una palabra. Solo nos mirábamos de una forma hostil, con muchas ganas de empezar de una vez nuestra batalla.

Entonces, todas las luces se apagaron de golpe y un gran foco nos iluminó a los dos. Los guardias formaron un cordón de seguridad y nos dijeron esto:

— ¡Ya está todo listo, de un momento para otro la música sonará, ahí es dónde empieza la batalla! ¡¿Preparados!? —

— ¡Pues claro! — Gritamos los dos a la vez. — ¡Por supuesto que sí! —

Entonces, se oyó el pistoletazo de salida, la música, muy vibrante y festiva, perfecta para pasar toda la noche en la discoteca; empezó a sonar. Sin más demora, me puse a mover el esqueleto.

Inicié mi baile levantando el pulgar hacia al techo y luego los bajé de golpe, para dar una vuelta sobre mí mismo e mover los brazos de un lado para otro con gran elegancia y gracia. Después de repetir esos movimientos por todos los grados posibles, miré hacia a ese bruto y le hice un gesto de elocuencia. El público se quedó atónico, algunos empezaron a comentar lo bien que bailaba y las prostitutas empezaron a animarme.

— ¡¿No vas a empezar de una vez!? — Le dije de forma burlona. — Sólo estás mirando. —

— Te he dejado la presentación, para luego dejarte en ridículo. —

Y, entonces, después de estar quieto durante los primeros minutos, decidió ponerse a bailar. Y no estaba bromeando, cuando me dijo que sabía muy bien. Alzó las manos y dio unas cuantas palmadas, antes de inclinar un poco su cuerpo y hacer un juego de pies de forma magistral, como si fuera un profesional. Al terminar, él me miró con una aterradora sonrisa, como si me decía que estaba jodida. “Annie, are you ok? So, Annie are you ok. Are you ok, Annie”; se escuchaba en el aire. El público se alteró, la emoción se apoderó de ellos, sabían que estaban ante una pelea muy reñida.

— Es verdad que lo haces muy bien…— Intenté ocultar mi nerviosismo al comprobar que ese contrincante era difícil. — ¡Pero yo no me quedaré atrás! ¡Por supuesto que no! —

Empecé con un juego de pies, movía mis piernas tan rápido que el público les costaba seguirlo. Luego, al ver los gritos de ánimos de las chicas, entre ellas Lobbo, me acerqué, dando giros y moviendo las caderas de un lado para otro, simulé darles un beso y les hice una reverencia. A continuación, me volví al centro del lugar, con un gesto desafiante hacia mi contrincante.

— ¡Vamos, vamos, demuestra lo que vales, chaval! — La gente estaba enloquecida, animándonos lo más fuertes que podrían. — ¡Derrota a ese niñato, he apostado todo mi dinero en ti! — Parecía que estábamos en un partido de futbol o algo parecido, actuaban como si fueran hinchas. “Then you, ran into the bedroom, you were struck down, it was your doom”; decía la música, que se escuchaba a pesar de todo el griterío.

Éste se rio y, sin quitarme la vista encima, me devolvió el gesto, antes de mostrar más juegos de pies y de agacharse varias veces con mucha rapidez y energía. Yo hice lo mismo, aunque añadiendo mejores movimientos que recordaba de las coreografías de mis películas favoritas de Bollywood. Él no se quedó atrás, también me demostró que había visto mucho cine de nuestra tierra.

— ¡Vamos hombre, mueve más el esqueleto! ¡Parece como si tus huesos ya estuvieran oxidados! — Intentaba provocarlo, necesitaba desconcentrarlo y que su baile empeorara.

Después de todo, si perdía, todo acabaría para mí. Necesitaba ganarlo como sea.

— ¡Deberías callarte, principiante! ¡Tenías que estar asimilando ante el hecho de que pasarás a la otra vida muy pronto! — Pero no surgía efecto, seguía bailando igual de bien que yo.

Se le veía en los jueces unos rostros aturdidos, como si les costaba seguir nuestro ritmo. El público estaba al borde de la locura y mi corazón estaba latiendo a mil por toda la presión y la adrenalina que me estaba dando el enfrentamiento. A pesar del griterío, podría seguir escuchando la música, que decía: “You’ve been struck by…, You’ve been struck by…, a smooth criminal”.

Y entonces, simuló cargar contra mí y me levantó la mano como si me iba a pegar. Casi me iba a dar algo y eso casi dio el traste con mi improvisada coreografía, pero lo pude esquivar de una forma muy elegante y como si fuera parte más del baile. Con un gesto molesto, él dijo:

— ¡Y pensaba que ibas a caer en eso…! ¡No te creas mucho, comparado conmigo eres solo un nene que ha salido del vientre de su madre! —

— ¡Acepta que soy muy bueno, trágate tu orgullo! —

Él, un poco descontrolado, hizo lo mismo de nuevo, estaba simulando de nuevo que me estaba golpeando, entre giros, juegos de pies y complicados movimientos de brazos. Yo lo esquivaba con delicadeza y elegancia, con unos movimientos dignos de salir en cualquier película de artes marciales. También añadí gestos de burlas y me comportaba como un engreído, con la esperanza de que esto perdiera su paciencia. El jefe de los matones sabía muy bien lo que estaba haciendo e intentaba controlar sus impulsos, pero le estaba costando mucho. Estas palabras volvieron a repetirse en la canción: “Annie, are you ok? So, Annie are you ok. Are you ok, Annie.”

Al ver que no podría hacerme perder el ritmo, decidió hacer movimientos más llamativos y complicados, con una rapidez y una precisión que era tan asombrosa que el público le vitoreó sin parar. Me estaba quedando atrás, tuve que arriesgarme. “You’ve been struck by…, You’ve been struck by…, a smooth criminal”, parecía que la recta final había iniciado.

— ¡Te demostraré lo que soy capaz! — Le grité a pleno pulmón y, al momento di un sorprendente salto. Ya me puse seria.

Empecé a dar piruletas, a hacer el pino, enormes saltos, mezclados, con una gran maestría, con juegos de pies, movimientos de cadera y de brazos muy complicados, gestos y posturas sacadas de estrellas de pop occidental y del cine indio, además de burlas contra mi contrincante. Puse todas mis fuerzas y energías en dejar el listón muy alto y parecía como si estaba dejando en ridículo a los mejores profesionales del baile. La fuerza que transmitía, que en cierta forma era muestra de que estaba luchando por mi vida, era tan impecable que conseguí que muchos clientes y prostitutas se pusieran a bailar y a cantar, mientras otros nos decía de todo para que venciera el que ellos habían apostado. Hasta los mismos guardias se había contagiado.

Eso desesperó al delincuente ese, que con gestos de furia y de ira, empezó a imitarme y luego intentó superarme con movimientos más audaces. Al ver que no podría hacerlo, empezó a hacerme la zancadilla e intentaba, esta vez de verdad, empujarme y tirarme al suelo. “Dag gone it baby! Will you tell us that you’re ok? Dag gone it baby!”, hasta la música, que estaba cerca de terminar, sólo le ponía mucho más nervioso.

Casi me iba a tirar y rompió toda mi coreografía, estaba cerca de caer de cara contra el suelo. Me dio un grandísimo susto, pero, de alguna manera u otra, pude evitar ese desenlace, poniendo la mano sobre el suelo y hacer un movimiento que parecía digno de ser usado en el Capoeira. El público se quedó alucinando, dando aplausos y vitoreos por doquier.

Me reí en toda su cara y seguí bailando, mientras esquivaba sus intentos de tirarme al suelo, disfrazado de movimientos de bailes cada vez más toscos. Su cara era un poema, era como la de un niño pequeño que no era incapaz de aceptar que había perdido, intentaba por todo los medios quedar como el ganador, aún cuando no se daba cuenta de que ya perdió desde el mismo momento que lo hizo. “He came into your apartment. Dag gone it! Left the bloodstains on the carpet. Then you ran into the bedroom. Dag gone it!”, tras decir eso, las voces callaron y solo se oía el instrumental. La canción estaba a punto de terminar. Los aplausos y los vitoreos fueron múltiples, estuvieron muy satisfechos por el espectáculo que le ofrecimos.

— ¡Esperen, esperen, un momento! ¡No puede terminar, esto no puede terminar! ¡Tienen que poner la próxima canción! — Gritó muy alterado el jefe de los matones.

— Con uno es suficiente…— Le replicaron secamente.

— Pero, ¡esto es inaudible! — En cierta manera, era muy gracioso ver como aquel delincuente tenía un mal perder tan patético. — ¡No puedo perder contra ese estúpido niñato! —

— Aún no hemos dado el veredicto, señor. Ya lo sabrá dentro de poco. Puede que haya ganado. — Intentaron tranquilizarle, sorprendido por lo alterado que estaba por un resultado que ni habían revelado.

Y ellos tenían razón, aún podría salir él vencedor y yo estaría condenada, recé con todas mis fuerzas a que el resultado me fuera favorable.

Todo el mundo puso sus ojos sobre los guardias de seguridad, quienes tuvieron la mala suerte de ser los jueces de nuestro duelo de baile. Se le notaban muy nerviosos y me lo contagiaron, yo tragaba saliva, aterrada por la posibilidad de perder. Y para el colmo, tardaron mucho, provocando mucho más intriga de la que había en la sala:

— Pues la verdad es que…— Parecía que aún seguían dudando, pero, tal vez por la presión del momento, decidieron hablar: — Me ha parecido mejor el chaval. —

El jefe de los matones gruñó como un perro, mientras yo soltaba un fuerte suspiro de alivio. Aún así, quedaba el resto, no podría estar tranquila.

— Igual, supongo…— Animados ya, el resto decidió soltar su veredicto.

— Es que no tengo ni idea de baile, pero me ha molado ese. — Y una gran alegría se apoderaba de mí, al ver que todos me estaba eligiendo.

— Pues, no sé, los dos me han parecido geniales. Pero creo que elegiré a ese. — Y no hubo ninguna que se puso a favor de mi contrincante.

Se quedó estupefacto y parecía que se había mareado, ya que se cuerpo empezó a tambalearse, como si le hubieran derrotado por primera, como si un simple enfrentamiento de baile le había arruinado toda su vida.

— ¡¿Cómo es posible!? — Se ponía la mano sobre su cara, atónito, con el rostro destrozado. Luego, se dirigió a los guardias de seguridad con muy mala leche: — ¡¿Cómo podéis estar tan ciegos!? Yo he sido el ganador, claramente. —

— ¡¿Qué quieres qué te digamos!? Es la verdad, nos ha parecido mejor él que tú. Y no somos expertos en el baile ni nada parecido, no nos pida mucho. — Le dijo uno en nombre de los demás, mientras se encogía de hombros. La cara que puso hizo que me pusiera a temblar.

— ¡Malditos idiotas, él es el ganador! — Y la gente que apostó tampoco estaban mejor. — ¡Ni de lejos, el jovencito ha sido muy superior! — Los que perdieron las apuestas estaban furiosos por el resultado y los que salían ganando se enfrentaban a ellos. Los guardias tuvieron que poner orden en la sala y no pasó gran cosa.

Por su parte, aquel delincuente se derrumbó en mitad de la pista, cayó de rodillas, mientras me decía estoy muy enfadado:

— ¡Maldito desgraciado, tú no eres nada comparado con mi baile…! ¡De verdad…! —

A pesar de que parecía que aún lo estaba asimilando, decidí hablarle, que, por mucho temor que me inspiraba aquel estado, decidí atreverme a hablarme con superioridad:

— ¡Vaya, mal perder tienes! Acepta el resultado y cumple tu palabra, ¿dónde está Kasturba? —

Él sólo rechinó los dientes en silencio, mientras me miraba con mucha ira.

— ¡Vamos, dilo! ¡Has perdido, tienes que cumplir tu promesa! —

Creo que no iba a decírmelo en un buen rato, pero después de decirle esto, me habló y me dijo:

— Tienes razón, ¡te lo diré…! — Por fin asimiló su derrota, pero sentía que esto será muy fácil, que había gato encerrado.

— Kasturba está en Bogolyubov. Está esperando los resultados de nuestra caza, después de saber que ese maldito traidor te salvo a ti y a tus amigos… — Calló para decir esto en voz baja: — ¡Desgraciado! — Y luego continuó hablando: — Se encuentra alojada en el templo budista de la ciudad. —

Me pregunté si era posible alojarse dentro de un templo budista, pero no dudé de la veracidad de sus palabras. Sentí que me había dicho la verdad, pero fue tan rápido y fácil que algo olía mal.

— ¡¿Algo más!? ¡¿En qué dirección se encuentra eso!? — Intenté sacarle más información.

— Es el único templo budista de esta apestosa isla, puedes encontrarlo fácilmente. —

— Pues, ¡muchas gracias…! —

— ¡¿Crees que me he chivado así, por las buenas, porque he perdido en una estúpida competición de baile!? ¡¿Crees que te voy a dejar ir!? —

Habló con un tono de voz tan amenazador que me hizo temblar de miedo y le pregunte esto, para intentar comprender lo que quería hacer: — ¡¿Qué quieres decir!? —

— ¡Si te he confesado en dónde se encuentra la señorita Kasturba, es porque no te vas a encontrar con ella de nuevo! —

Se levantó del suelo, mientras me mostraba que una de sus manos tenía un puño de hierro, sin comprender yo cómo las sacó sin que me hubiera dado cuenta, o tal vez nunca me fije que las tenía en primer lugar. Daba igual, lo importante es saber que sus intenciones eran claras.

— ¡Oye, qué tengo tu querido traje, además de que aún estamos dentro, no puedes hacer eso! — Le señalaba su traje, la protección que me mantenía a salvo de aquel bruto.

— Ya me da igual. — Al parecer, ya no surgía efecto. Estaba a punto de ponerme a chillar del horror. — Me siento tan humillado que… ¡ya no me importa golpearte hasta la muerte aquí mismo! —

El jefe de los matones lo mandó todo al carajo al ser incapaz de aceptar la derrota y se lanzó a mí como si fuera un tigre. La horrible sorpresa que me dio eso provocó que, en vez de salir corriendo, me quede paralizada. Todo el personal se quedó igual, a los guardias les costaron mucho darse cuenta y reaccionaron con mucha lentitud. Parecía que todo iba a estar perdido.

Y entonces, él se paró de golpe, a pocos centímetros de mí, antes de dar un gran grito de dolor que fue tan fuerte que zumbó mis oídos. Como tenía los ojos cerrados, los abrí un poco y vi como Lobbo, quién estaba detrás del bruto ese, le había dado una fuerte patada en toda la entrepierna y me salvó la vida. Yo quise agradecerle, pero primero, para asegurarme, aproveché el momento para darle una más fuerte. Tampoco evitó éste y dio otro chillido de sufrimiento. Luego, vi como los ojos se le pusieron en blanco, parece que dos veces fueron suficientes para terminarlo. Cayó sobre mí y lo tuve que sostener. Ese gorila pesaba un montón.

— ¡¿Qué está ocurriendo aquí!? — Los guardias, muy confundidos, se nos acercaron, diciéndonos esto. — ¡Aquí no se permiten peleas! —

— ¡No nos estamos peleando, para nada! —

— ¡¿Cómo qué…!? — Se quedaron atónicos. — ¡Le habéis dado una patada…! —

Les interrumpí, intenté torcer las cosas para hacerle ver lo contrario de lo ocurrido.

— ¡Perdón, pero no ha pasado nada de eso, solo que está exhausto y ha caído sobre mí, está bien! ¡No se preocupen! —

— ¡Verdad, verdad! — Y Lobbo me daba la razón.

— Pero si yo acabo de…— Estaba tan confundido que miró a los demás para que le dieran la verdad. Otro, añadió: — Todo el mundo lo ha…—

Y era verdad, todo el personal vio con gran claridad lo que pasó.

— Hay muy poca luz aquí, deben haber confundido cosas. — Pero yo seguí diciendo cualquier cosa, con la esperanza de que consiguiera hacerles ver lo contrario. Moví la cabeza del matón sin que se dieran cuenta, como si estaba dándome la razón. Luego, lo cogí del brazo, mientras le decía esto:

— ¡Vamos, amigo! ¡Vamos a respirar el aire! ¡¿Vale!? —

Tenía que salir de ahí como fuera y como pesaba mucho, le dije a Lobbo:

— ¡¿Me ayudas, lindísima!? — Le cogió el otro brazo sin decir nada. Y entonces decidimos llevarlo afuera.

— Oh, perdón, amigo. — Pesaba tanto que nos costaba arrastrarlo y se nos caía al suelo varias veces, ante la incomprensión de los presentes. Le pedía perdón sin parar, aunque la verdad es que lo hacía a propósito, creía que más duradero sería el desmayo con más golpes. — ¡No era mi intención! ¡De verdad! — E incluso hice chocar su cabeza contra la puerta, no solo una o dos, sino tres o cuatros veces, mientras me comportaba como una patosa y reía de forma forzosa, que solo provocaba más confusión en el lugar.

— ¿¡Ese hombre no está inconsciente!? — Mientras nos alejábamos de ellos, escuchábamos estos comentarios. — Yo ya no sé, esta noche se ha vuelto muy loca…—

FIN DE LA VIGÉSIMA TERCERA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima segunda parte, centésima decimonovena historia.

— Esto es peor que la ropa andrajosa de la otra vez…— Eso me decía a mí misma, un poco avergonzada. — Quedo tan ridículo y hortera con esto…—

— A mí, parecer guapo…— Añadía Lobbo. No sabía si era sinceridad de verdad o intentaba complacerme de algún modo, pero le di las gracias por el halago, a pesar de que yo no me sentía así.

Aún así, no debería quejarme, esto era parte de mi plan para ir contra el terrible jefe de esos matones, aunque no estaba muy segura de que iba a funcionar.

Para mantener mi seguridad y para poder chantajearlo a la vez, yo decidí ponerme la ropa que, según me dijeron, era la más importante para él. Se trataba de ese traje dorado horripilante y no tuve mejor idea que ponerme aquel horror. Ir por el polígono industrial con esas pintas me producía unos enormes deseos de ser tragada por la tierra, atraía las miradas de todos, que se quedaban pasmados, e incluso oí en la lejanía algunas risas. Tenía unas ganas enormes de quitármelo, pero tenía que aguantar.

En resumen, tuve que ponerme esa cosa horrible y dejar a esos matones a su suerte, cogiendo las llaves de su nave y encerrándolos por dentro. No vean como gritaban los desgraciados, era muy gracioso.

Y así estaba yo que, junto con Lobbo, nos dirigíamos hacia ese prostíbulo que, al parecer, también era una discoteca, o se hacía pasar por uno. Las dos llegamos al lugar en cuestión de minutos.

— ¿¡Nos dejarán entrar con estas pistas!? — Dije en voz alta, mientras observaba el lugar. Lobbo me miró con cara de preguntar. Añadí: — La otra vez no me dejaron pasar porque vestía horrible. —

— Traje elegante, poder entrar. — No podría negar que esa cosa, a pesar de todo, aparentaba cierta elegancia, por lo menos se le acercaba. Luego, la miré, observando aquella ropa tan provocativa, y le dije que no sabía si ella iba a pasar conmigo. Me contestó así: — Tú pasar por cliente, es lugar de trabajo. —

Y sin avisar, me agarró todo el brazo, puso su cabeza sobre mi hombro y me llevó a rastras hacia la entrada, Aunque no opuse resistencia, estaba aterrada, no me sentía preparada para entrar en aquel burdel, que lo veía como la fortaleza de un formidable y monstruoso enemigo.

Se notaba que ya había anochecido, la luz del sol casi había desaparecido y ya se veían a muchos hombres, que tenían una buena presencia, entrando al lugar, algunos acompañados por chicas que debían que ser prostitutas, ya que llevaban una ropa muy parecido, en cuanto a degeneración, que Lobbo.

Al llegar a la entrada principal, veía que los guardias nos dejaban pasar, sin decirme ni una palabra, y era como si lo del otro día nunca había ocurrido. Después de entrar, había una enorme antesala en dónde se encontraba una persona, que era un gorila de dos metros con apariencia muy chunga, que contralaba la entrada al burdel, cogiendo y mirando el dinero que pedía a cada cliente. Tragué saliva, su apariencia daba un poco de miedo.

— Oh, eres tú Lobbo. — Entonces, al llegar a nuestro turno y al ver éste a Lobbo, le empezó a hablar de una forma muy amigable. — Es raro que hayas traído un cliente…— Me quedé bastante sorprendida.

— Sí, paga bien…— Ella le respondió con el mismo tono. — ¿¡Poder entrar…!? — Daba la apariencia de que eran amigos.

— Mientras pague, todo bien. — Aunque él me miraba de una forma muy fea, como si le diera asco.

Pero yo intenté ignorar ese detalle y saqué el dinero, que le quite a aquel desgraciado que molestaba a Lobbo cuando volví al polígono, y un poco de lo que conseguí robándoles a esos malditos matones.

— Por supuesto que sí, por supuesto que sí…— Intenté ser amigable con esa personas, mientras se lo daba. — ¡Aquí tiene el dinero, espero salir muy satisfecho con este lugar! —

Pero sólo me mostró una expresión malhumorada y que intentaba decirme que lo mejor no era hablar con él. Aún así, continué:

— Eso es un poco chocante, ¿no deberías decir algo? — Lobbo me empezó a tirar tirones desde la chaqueta, como si me imploraba en silencio que le dejará en paz. — Bueno, ya me voy, ya me voy. —

Al introducirme al interior del edificio, aquella persona dijo en voz baja esto, con un desprecio aterrador: — Capullo…—

Yo quise preguntar a Lobbo por qué se veía tan hostil, pero ella se me adelantó:

Él odiar cliente…— Me dijo con algo de tristeza. — Sobre todo lo que van conmigo…—

Bueno, no dije nada más, me imaginaba que era normal tenerles asco a los clientes.

Por fin, nos encontrábamos en el interior de ese lugar. Era enorme, mucho más de lo que me imaginaba, para ser un burdel era muy lujoso, parecía como si hubiera arrancando un trozo de palacio y lo hubieran puesto ahí. Cientos de columnas ocupaban el lugar, rodeadas de sofás muy lujosos, y sus paredes estaban recubiertas por un buen papel decorado con motivos geométricos y vegetales. También habían puesto un montón de cuadros de desnudos y de burdeles colgados. Había en un extremo del lugar una barra de bar, en dónde ofrecían alcohol, y en el centro, bajo una lámpara de araña,  había una especie de pista de baile, veía a unos cuantos hombres, y algunos muy viejos, bailando con prostitutas. En el fondo de todo, observaba un escenario, que parecía haber salido de un teatro, en dónde veía a algunas chicas haciendo striptease. Y al lado, unas escaleras que parecían conducir a las habitaciones de las chicas, que parecían ser una barbaridad.

Miré por todas partes, buscando la silueta de esa persona, pero yo no veía apenas nada, gracias a la luz de color tenue que pusieron, tal vez para darle más ambiente o algo así. Me era difícil distinguir las siluetas de todos esos ricachones que estaban comportando como monos en celo. Y para el colmo, aparecieron delante de mis ojos unas prostitutas que nos empezó a hablar:

— ¡Vaya cliente más guapo has encontrado, Lobbo! — Le hablaban con un tono que parecía, no sé cómo, ser cordial y a la vez hostil. — ¿¡De dónde es!? No parece que es de aquí…—

— Ni idea…— Le dijo ella con algo de miedo.

— Bueno, no importa…— Y luego se dirigieron a mí. — ¡¿Qué hace un joven tan apuesto como tú!? ¿¡Quieres celebrar tu despedida de soltero!? —

No pude decir nada, y ellas sólo siguieron halagando, para después, decir una de ellas esto: — Pareces de los que paga bien, no te importará que nos unamos, ¿verdad? —

— Es cliente mío. — Les replicó un poco molesta Lobbo. Y esas mujeres le querían decir algo que no parecía muy agradable, así que intervine:

— Lo siento, señoritas, pero con una tengo suficiente. — Deseaba con todas mis fuerzas ser tragada por la tierra. — La próxima vez que vengan, tal vez las contrate y eso. — Cogí a Lobbo y la alejé de esa gente.

Fue quizás unos de los momentos más incómodos que haya tenido. Siendo una mujer disfrazada de hombre, estaba en un burdel, siendo acompañada por una prostituta, y otras incluso intentaron hacerme su cliente. Por mucho que miraba, sólo veía a chicas siendo toqueteadas o mostrando sus pechos al aire, abrazadas por hombres gordos y feos. No dejaba de preguntarme cómo pude acabar en aquel lugar, mientras intentaba esquivar la mirada. Sentía mucho asco y vergüenza haber acabado ahí.

— ¡Maldición, maldición! — Y empecé, presa del nerviosismo, buscar al jefe de los delincuentes. — ¡No le veo, ¿dónde está ese?! — Por toda la maldita sala. Lobbo me siguió en silencio, mirando fijamente.

— ¡Vamos a arriba! — Al ver que no le encontré, le dije eso y ella me preguntó: — ¡¿Qué va a hacer!? — No me dio ni tiempo a decírselo.

Subí y solo eran varios pasillos con cientos de habitaciones, abriendo como loco cada puerta que vea. Tengo que decir que se me olvido que ahí dentro clientes y prostitutas realizaban sus cositas y tuve varias imágenes muy desagradables. Y eso que Lobbo me intentó detener, diciendo que me podrían echar del local si hacia eso.

Y no encontré nada, algo que me empezó a preocupar. Tenía el temor de que él se hubiera ido de este lugar. Así que me fui abajo a echar un último vistazo y crucé por medio de la pista de baile. Ahí es cuando me choqué con alguien, que estaba de espaldas:

— ¡Idiota,…— Encolerizado, giró la cabeza hacia mí. —…mira por dónde vas…! — Y entonces se quedó boquiabierto.

Era el mismo jefe de los matones, vestido como un flamenco, quién estaba moviendo el esqueleto con una prostituta. Yo casi iba a expulsar un grito de susto, pero me contuve.

— ¡Hijo de puta…!— Empezó a hablar en hindú. — ¡¿Cómo puede ser!? ¿¡Cómo lo has…!? ¿¡Cómo?! — No podría salir de su asombro. — ¡¿Qué haces con mi obra maestra!? — Intentó golpearme, pero se detuvo a mitad de camino, como si el mismo traje me hubiera dado una barrera.

— ¡¿Sorprendido, eh!? — Intenté hacerme la valiente, aunque lo cierto es que estaba aterrada. — La verdad es que me queda un poco grande, pero está bien. Aunque es muy horroroso. —

— ¡No lo insultes, no eres capaz de comprender su belleza, es lo mejor de lo mejor de la moda, infeliz! — Intentó golpearme de nuevo, pero otra vez el resultado fue el mismo.

Verlo así, impotente e incapaz de atacarme, solamente porque llevaba su maldito traje ridículo; provocó que pudiera quitarme poquito el miedo que le tenía a esa bestia y empecé a desafiarle de forma abierta:

— ¡¿Por qué te comportas así!? ¡No ves estamos en medio de un lugar lleno de gente que ha venido a pasarlo muy bien, ¿quieres arruinárselos comportándote como un violento?! ¡Te echarán de este estrafalario local y tú perderías para siempre tu querido traje! —

Ni me escuchó, lo único que hizo fue gritarme de nuevo, como si no estaba en desventaja:

— ¡Dame mi ropa, es única e inigualable! ¡O si no,…! — Apretó tanto las manos como los dientes, por pura rabia.

Todos los que estaba en la pista de baile, al notar la hostilidad de aquel hombre, se alejaron de nosotros dos como si fuéramos la peste. Por otra parte, los guardias se quedaron mirándonos, parecía que ellos estaban esperando hasta el último momento, ninguno se acercaba a nosotros para avisarnos de algo, y es mejor así. Por medio de señales, le pedí a Lobbo que se alejará y ella me hizo caso. Después, me dirigí de nuevo hacia ese matón:

— ¿¡Crees que puedes amenazarme ahora, buen hombre!? Si fuera tú, empezaría a engañarme, prometiendo que yo iba a salir ileso si entregará esta porquería de ropa. —

Él no me dijo nada más, solo estaba mirándome como si fuera un perro infectado por la rabia. Mientras esperaba su respuesta, me fijé en que solo se oía susurros entre los clientes, preguntándose tal vez qué estaba pasando con nosotros dos.

Entonces, una prostituta pasaba delante de nosotros, como si nada estaba ocurriendo, con una bandeja con una bebida de un vino francés y un vaso. Eso me dio una pequeña idea y continúe hablando:

— Pero parece que ser que tu orgullo no te deja hacer ni siquiera eso…—  Entonces, tomé la bandeja, sorprendiendo a la chica y me eché un poco vino en el vaso: — ¡Qué pena! Podría pasarle algo horrible a esta ropa tan querida, como que le caiga encima una horrible y horrorosa mancha de vino…—

Puse el vaso bajo la ropa que yo llevaba. Él me gritó muy aterrado: — ¡¿Qué vas a hacer, cabrón!? ¡No te atreverás a hacerlo, iré a por ti y te arrancaré todos los huesos si lo haces! —

No dije nada, solo saqué una buena sonrisa, mientras empezaba a inclinarlo, aquel líquido iba a caer sobre esa ropa de un momento para otro.

— ¡No, mi gran creación…! — Gritó con todas sus fuerzas, como si yo le iba a cortar el cuello de su propio hijo.

Pero me detuvo y él dio un gran suspiro de alivio, mientras se tocaba el pecho como si hubiera tenido un ataque de corazón. Eso me hizo tanta gracia, era muy exagerado.

Por otra parte, parece ser que él mismo fue quién diseño esta fea ropa, ya entendía un poco por qué era muy importante para él, y demostraba que su mal gusto era tan horrible que para satisfacerlo tenía que hacérselo.

— ¡No te pongas así, hombre! — Intentando aguantar las ganas de reír, le dije esto con un tono muy burlón. — ¡Era una broma, broma! —

— ¡Bromas, las que te voy a dar a ti! — Me lanzaba una mirada asesina, de las que te dejaban temblando.

La prostituta que traía la bandeja decidió intervenir, para decirme que le diera el vino que le quite, que era para otro cliente; pero le di unos cuantos billetes, diciéndole que yo iba a pagar eso, y se fue contenta. El jefe de los matones estaba tan aturdido que ni aprovechó ese momento para que me quitaran el vaso. Entonces, continué:

— ¿¡Pero quieres tu traje, no!? — A pesar de la hostilidad que él mostraba, no me acobardé mucho y decidí ir directa a la cuestión: — ¡Dime dónde está el paradero de Kasturba, sólo eso, nada más ni nada menos! Bueno, si tiene gente vigilando también lo podrías decir. —

— ¡¿Crees qué te lo voy a decir!? ¡Nos está pagando millones y además de que…! — Se calló por un momento. — Da igual, no tienes ni idea contra quién te está enfrentado, niñato estúpido. —

Parece ser que aún le costaba asimilar que estaba en desventaja conmigo, que había encontrado su puto débil y lo estaba aprovechando. Me imaginé que era normal, ya que nadie se le había enfrentado.

Decidí demostrárselo, inclinando el vaso de vino hacia su querida creación, mientras le decía esto: — Pues, habrá mancha…—

Él dio un gran grito de horror, a punto de llorar, y yo, partiéndome de la risa, me detuve.

— Lo siento, lo siento, ¡te ves tan lamentable que da risa! —

— ¡Te vas a enterar como sea, te lo juro por todos mis antepasados…! — Su cara era todo un poema, parecía como si era la primera vez que le estaban humillante de aquella manera y le estaba doliendo mucho.

Quise insistir y seguir jugando con el vino, pero no tenía ganas de perder más tiempo:

— Creo que no voy a conseguir mucho esa información si sigamos en este plan, así que quiero sugerirte una cosa…—

— ¡¿Y qué es!? — Gritó impacientemente.

— Un duelo, una batalla entre tú yo, aquí mismo. Si tú ganas, te entrego tu querido traje. Si gano, me dices dónde está Kasturba. Es bien fácil…—

— ¡¿Quieres te me muele a golpes, aquí mismo!? —

— No, soy fan de la no-violencia, vamos a arreglar esto de forma pacífica, ¡con un duelo de baile! — Era algo que se me estaba ocurriendo bajo la marcha y sabía que se oía muy absurdo y estúpido. Pero lo cierto es que no encontraba otra manera de enfrentarme a él sin acabar molida a golpes.

— ¡¿No me estás diciendo eso en serio…!? — Se quedó boquiabierto, con una cara que decía de forma claro que yo estaba chalado.

— Acaso, ¿no sabes bailar? — Le provoqué, necesitaba que aceptará este juego en dónde yo era muy experimentada. Y funcionó muy bien:

— ¡No he dicho eso! —

— Pues perfecto, este lugar se hace pasar por una discoteca, ¿no? Bajo nuestros pies, hay una pista de baile. —

Asintió, aceptó mi duelo. Entonces, yo decidí anunciarlo a toda voz. Me dirigí a todos los clientes del prostíbulo. Claramente, en inglés:

— ¡Señores y señoras! ¡Déjenme anunciarles esto! Este buen caballero y yo nos vamos a montar un duelo de baile…—

Nuestro inesperado público se quedó muy sorprendido, muchos de ellos se miraban los unos a los otros, preguntándose con toda la seriedad del mundo qué estaba ocurriendo. Los guardias de seguridad intervinieron:

— ¡Aquí no se hace eso, es para que los clientes bai…! — Les interrumpí, diciéndoles esto, mientras le ponía la mano sobre el hombro a uno de forma cordial y hablando con un tono también amigable.

— Pero, ¡¿no se aburren de lo mismo!? Siempre viniendo aquí sólo para trincar puede llegar a ser cansar. Lo que necesitan estos señores es algo nuevo, emocionante e inusual. —

No se atrevieron a discutirme, aún cuando me podrían replicar fácilmente, así que me dirigí de nuevo al público:

— ¡Yo y él vamos a hacer un duelo entre caballeros! Las apuestas están permitidas, a los que ganan la apuesta la casa le dará un gran premio, ¡muy suculento! —

Y con esto calenté con gran rapidez el ánimo del público, que enloqueció al momento. Había conseguido que ellos no se resistieran a mi absurdo plan.

— ¡¿Qué hace, está loco!? — Me dijo al oído uno de los guardias.

— No pasa nada, señor. Todo el dinero irá acabará en vuestras manos, ¡vosotros vais a salir ganando! —

Ése me quiso replicar, pero entonces a su compañero le sonó el móvil y contestó. Al terminar la llamada, que solo duró unos pocos segundos, le dijo al otro muy extrañado:

— Al parecer, están de acuerdo…— El guardia, con la boca abierta, le costaba asimilarlo: — ¡¿Cómo es posible…!? —

Al parecer, al mandamás de este prostíbulo le gustó mi idea y el plan me salió de maravilla.

— Da igual, da igual. —         Yo eché a los guardias de la pista de baile y, volviendo a hablar en hindú,  me dirigí desafiante al matón: — ¡¿Estarás preparado, verdad!? Bailar es unas de mis especialidades. —

— No te creas mucho, chaval insolente. He practicado todo tipo de danzas y bailes desde pequeño, y he ganado premios de concursos de baile, ¡estás acabado! — No sabía si estaba diciendo la verdad o sólo fanfarreaba. De todos modos, decidió añadir esto:

— Y no sólo entregarás mi traje si pierdes, además debe entregarte a ti mismo y dejar que hagamos nuestro trabajo…—

— Ya no hay vuelta atrás,… — Tragué saliva, el precio era demasiado y mi premio era muy poco, comparado por sus exigencias; pero había que arriesgarme. —…así que, ¡adelante, demuéstrame tu baile! —

FIN DE LA VIGÉSIMA SEGUNDA PARTE

 

 

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