Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Quinta parte, centésima decimonovena historia.

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero me sentí como si hubiera dormido hace siglos, o como si me hubieran dado una paliza. Al volver a sentir, un dolor inmenso recorría todo mi cuerpo. Cualquier mísero ruido que oía torturaba mi cabeza, e incluso podría notar, con una intensidad muy fastidiosa, como las venas de mi pobre cabecita transportaban la sangre. Y no solo eso, sentía como ardía mi estomago, como me pesaba todas mis  extremidades y como me costaba abrir los ojos. Jamás me había sentido tan mal como en aquel entonces. Al momento, yo empecé a dar  unos pequeños lamentos de sufrimiento, mientras mi vista se acostumbraba al lugar en dónde estaba, aunque apenas se veía nada.

— ¡¿Q-qué mierda pasa, a-adónde esto…!? — Añadí en un hindú muy vulgar, mientras forzaba a mi vista a reconocer el lugar.

Mi mente estuvo en blanco durante unos segundos, apenas me costaba recordar lo que había hecho en las últimas veinticuatros. Solo sentía ganas de vomitar y de librarme de aquellos dolores tan terribles.

Miré de un lado para otro. Apenas había una pequeña bombilla en el techo que no iluminaba casi nada y que no paraba de apagarse y encenderse. No me ayudo mucho, pero me mostró que estaba en una especie de sótano o un garaje, ya que estaba rodeada de apestosas cajas. Y se oía algo a lo lejos, como si fueran susurros, o como si alguien estuviera viendo la televisión.

— A-apenas hace ruido, pero m-mira como jode la cabeza…— No paraba de balbucear en voz baja, aún me costaba hablar. — Si s-sigue así, tendré que hacer lo mismo que hizo Shiva con Ganesha…— Y para el colmo, empecé a decir sinsentidos.

Me reí por unos pocos segundos, luego de darme de esto: — E-en verdad, no tiene ni puta gracia…— Me avergoncé de lanzar aquel chiste, si es que se podría considerar uno.

Entonces, intenté poner mi mano sobre mi cabeza, pero me di cuenta de una cosa que me alarmó muchísimo. No podría mover los brazos, estaban inmovilizados. Y no solo eran ellos, sino las piernas.

— ¡¿Qu-qué pasa aquí!? — Decía esto muy asustada. — ¿¡P-por qué no me puedo mover!? — Intentaba forzar a mi cuerpo a moverse, pero no podría.

Porque, después de todo, estaba atada, de pies a cabezas, por unas fuertes dolorosas cuerdas. Me tuve que mirar el cuerpo para darme cuenta muy bien de cómo estaba.

— ¡¿P-por qué estoy así!? ¡¿M-me han secuestrado!? ¡¿Qué mierda pasa en este lugar, los secuestros son la norma del día o qué!? ¡Primero, le pasa a la chica seria esa y ahora a mí! ¡Esto es absurdo! —

Lancé muchos gritos de dolor, al ver que mis gritos empeoraron el estado de mi cabeza. Al mismo tiempo, mi cerebro finalmente pudo reaccionar. Empecé a recordar. Por lo menos, buena parte de lo que ocurrió en los últimos días. Y fue de golpe, como si estuviera viendo una película a partes a cámara muy rápida.

— E-e-es verdad…— Abrí los ojos como platos. — El r-robo…— Esas imágenes no dejaban de reproducir en mi cabeza. — La c-cuenta del b-banc… — Casi me iba a dar algo. — Ese hombre misterioso…— No me podría creer que todo aquello me hubiera pasado, parecía estar atrapado dentro de una horrible película. Y, entonces, volví a recordar aquel rostro, que tanto se parecía a la mía. — E-esa chica, q-que…q-que s-se ha-hace p-pas… — Y no dejaba de recordar todos esos gestos tan siniestros que salían de su cara, mientras se hacía el angelito. —… pasar por mí…— Y luego, recordé un detalle importante. — ¡¿El agua!? —

Después de tomar el agua, todo se volvió borroso y ya no podría recordar. En ese momento supe enseguida lo que me había pasado.

— ¡Soy estúpida! ¡Sabía que no tenía buenas intenciones! ¡¿Por qué no pude estar atenta del maldito agua!? — Grité de la rabia y la frustración, ¡qué ganas tenía de darme la cabeza contra la pared por haber cometido un descuido tan grave!

Me echaron algún tipo de horrible droga en el agua y me secuestraron, ni siquiera tuvieron la delicadeza de echarme alguno que no me hiciera tener el cuerpo tan mal. Jamás me había sentido tan idiota, a pesar de que estar tan alerta, me dejé caer de la forma más tonta posible.

Y lo peor de todo es que no sabía qué hacer. No sabía dónde me habían dejado ni que querían hacer conmigo, provocando que el pánico me dominara al momento.

— ¡Mierda, no me puedo mover! ¡Estas malditas cuerdas! ¡Tengo que salir de aquí, o si no…!— No quería ni imaginarme cuál era mi destino, solo me vería a mi misma muerta en alguna cuneta en medio de ninguna parte.

Alterada, intentaba liberarme cómo fuera de mis ataduras, pero era en vano, solo perdía energías de forma inútil.

— ¡Ayúdenme, Shiva, Brahma, Mitra, Durgá, los mil avatares de Visnú, quién sea! ¡Esto no puede ser lo que el karma tiene preparado para mí, aún no estoy lista para ir al nirvana o tener una próxima vida! —

Gritaba desconsoladamente, como si fuera una niña pequeña, mientras me arrastraba por el suelo de una forma patética y lamentable. No me juzguen, seguro que ustedes harían lo mismo si estuvieran en esta misma situación, sintiéndose igual como un cerdo que ve cerca el matadero.

Entonces, absorta en mis desesperados intentos de escapar, una persona se acercó y me dijo esto, dándome casi un ataque al corazón:

— ¡Los jóvenes de hoy en día ya dan mucha pena! ¡Ni dignidad tienen! —

— ¡¿Q-quién eres!? — Al oír la voz, grité y miré, llena de terror. Delante de mí, se encontraba alguien que me miraba con lástima y vergüenza, y que se me hacía bastante familiar.

— Deja de chillar, idiota. — Me habló, a continuación, como si fuera todo un cascarrabias. — Gritar de esa forma no nos ayudará en nada, jovencito. ¡¿Por qué no te relajas y haz yoga e intentas ser uno con el universo, en vez de comportarte como un mono!? —

Yo le repliqué con estas palabras, mientras él se agachaba: — ¡Oye, secuestrador! ¡¿C-cómo voy a hacer eso, cuando me habéis secuestrado!? Nadie en su sano juicio haría eso, ¡nadie! —

Entonces, me di cuenta de que intentaba hacer algo y se lo pregunté, algo trastornada: — Espera, ¿¡pero qué ha-haces…!? — Añadí.

— Pues desatarte, ¡¿qué voy a hacer!? — Me quedé cuadrada, ya ni sabía lo que estaba pasando. — Han escuchado tus ruegos, muchacho. —

Y entonces, se quitó el cabello. Sí, llevaba una peluca. Y también la barba, que llevaba una muy larga, era postiza.

Reconocí aquella cara, el hombre del otro día, aquel que me detuvo cuando iba a cruzar el semáforo en rojo y me dijo que tenía que hablar conmigo sobre un asunto muy importante. El mismo que me estaba rompiendo las cuerdas para liberarme. Yo me quedé sin palabras.

— Menos mal que te has callado. Si quieres salir con vida de aquí, debes ser más silencioso que un tigre. —

— ¡¿Qué quieres decir con eso!? ¡¿Me quieren matar!? — Pregunté, atónica.

Él ni se esforzó en afirmarlo, el silencio era suficiente para dejarme claro que estaba atrapada en una situación de peligro de muerte. Siguió a lo suyo, liberándome de aquellas cuerdas tan dolorosas. Fue un gran alivio, sentir los brazos y las piernas libres.

Al ser libre, y tras levantarme con mucha dificultad, decidí preguntarle a aquel hombre qué estaba pasando:

— ¡No es hora de las preguntas, deberías haberme escuchado cuando te paré, ahora no estaríamos en esta situación! —

Me molestó que me echara en cara eso, no es mi culpa de que se vea tan sospechoso y provocará que saliese corriendo. En fin, ignoré eso e intenté insistir:

— Primero, salgamos de aquí. Ya, si me permite la ocasión, te contaré lo que está ocurriendo. Si es que puedo…— Fue tan cortarte que ni ganas me dio de decirle algo así. Bueno, tenía razón, no era el mejor momento.

Después de estas palabras, sin decir ni mu, nos dirigimos hacia la salida. Bueno, él, yo solo le seguía ciegamente.

Pude darme cuenta de que no estábamos en un garaje, sino en una especie de enorme almacén. De las cajas salían olores de todo tipo e incluso se veía que algunas se les escapaba el contenido. Miré de reojo y algunas estaban abiertas, viendo bolsa de plástico que almacenaba lo que parecía ser cabello humano. Eso me puso muy mala.

— ¡Eh, señor! ¡¿Eso no es pelo lo que hay en esas cosa!? — Le pregunté en voz baja.

— Lo es. Cabellos traídos desde la india para venderlos al mejor postor. —

Casi di un chillido de horror, él se dio cuenta y me tuvo que tapar la boca, mientras me decía: — ¡No te preocupes por eso! ¡Solo le rapan la cabeza, y nada más! ¡No le matan ni nada parecido! —

Aún así, yo no me podría sentir nada cómoda, nadie en su sano juicio compraría cabello real de personas, ¡¿tan enfermos son los de Occidente para comprarnos cosas así!?

Tras cruzar pasillos abarrotados de estanterías llenas hasta arriba de cajas, llegamos a la entrada del lugar, cuestionado por una pequeña oficina en dónde había dos o tres personas ahí dentro. Estaban durmiendo como troncos, con sus cabezas sobre las mesas, mientras la televisión estaba encendida.

— ¡No hagas ningún ruido! ¡Puede que haya gente vigilando! —

Eso me dijo en voz baja, después de comprobar con la mirada cómo estaba la oficina. A continuación, me movió la mano como señal para que me moviera. Yo no me atrevía a hacerlo, no quería pasar de ellos y que se despertarán de golpe. Al verme así, dio un suspiro y añadió esto:

— No te preocupes por ellos, han recibido la misma medicina que ellos te han aplicado…—

A lo primero, quise preguntar. Pero, entonces, me di cuenta a lo que se recibía. Hice un gesto de burla hacia ellos, al ver que fueron drogados de la misma forma que ellos me hicieron. La justicia poética es tan hermosa.

Tras cruzar la entrada, éste abrió la puerta del almacén y miró de reojo hacia al exterior.

— Parece que no hay nadie, voy a comprobarlo…—

Con gran sigilo y cuidado, salió hacia afuera y comprobó los alrededores. Al ver que no se encontró nada sospechoso, me hizo el mismo gesto en la mano y yo salí corriendo del almacén.

Entonces, miré al cielo y vi que seguía siendo de noche, aunque la luna ya había cruzado gran parte del cielo. También pude ver dónde me encontraba, parecía que estábamos en un polígono industrial, estábamos rodeados de naves y de imponentes y enormes fábricas industriales, en calles anchas y pocos limpias.

Parecían dar la impresión de que eran solitarias, solo ve veía a lo lejos ciertas siluetas de muchachas vestidas con trajes demasiados provocativos, sentadas en sillas de plástico.

— Bien, ahora sal corriendo. — Me di cuenta en ese momento de que tenía una mochila, y me sacó una ropa muy de ahí. — Y toma este chándal y estos pantalones. Quedarán un poco grandes para ti, pero podrás pasar desapercibido, y tiene una capucha para ocultar tu cabeza. —

Miré el conjunto que me dio, parecían casi lo mismo que usaba aquel dictador que gobierna con mano de hierra esa isla llamada Cuba. Eran casi igual de horteras y feas, además de que estaban gastadas. Tampoco me quería librar de mi hermosa ropa de más de quinientos dólares para usar esos ropajes tan andrajosos.

— ¡¿Eh, cómo!? — Pero lo que más me trastornaba es que dijera eso de que saliera corriendo. — ¡¿A-a dónde voy a correr!? —

— Primero, tienes que salir de aquí. Yo evitaré que nadie se entere hasta que sea muy tarde de tu partida. No entres en pánico, cuídate de que nadie con coche o con aspecto de indio te vea. Y ve a la ciudad, coge un taxi y al aeropuerto o al puerto de la otra, sal de la isla, vete al destino más lejos que se te ocurra. Y otra cosa, no hables de esto a nadie, no involucres a ningún amigo, ¿¡entendido!? —

— ¡¿Cómo voy a hacer todo eso!? ¡Ni siquiera sé dónde estamos! — La presión que me estaba poniendo sobre mí era enorme, me estaba ahogando.

— Ya eres un hombre, te tendrás que arreglar como sea. Intentaré hacer caer y tirar este complot antes de que vayan a buscarte a otro lugar. —

Esto no me ayudaba mucho. Intenté preguntarle algo más, necesitaba saber que mierdas estaba ocurriendo, por qué me querían matar. Pero, con una mirada fulminante, me empujo hacia los arbustos y añadió casi a gritos:

— ¡No más preguntas, ponte la ropa y corre! ¡No hay tiempo! —

Me rendí, decidí quitarme la ropa, mientras vigilaba el terreno. Fue muy incómodo y vergonzante tener que cambiarme de ropa, en mitad de la calle, delante de alguien, que me trataba de una forma tan brusca sin saber que yo era, de verdad, una dama. Menos mal que no me miraba, ese hombre estaba más ocupado vigilando el terreno que en mí.

Tras realizar el cambio de ropa más rápido de toda mi vida, tras sentir el frio entrando en mi piel desnuda, entre unos malditos arbustos y la pared de la nave, le dije al hombre que había terminado.

— ¡Dame la ropa que tenías antes! — Quise desobedecerle, pero me di cuenta de que no tenía más remedio que decirles adiós a aquel hermoso conjunto.

— Si no te importa, lo tendré que quemar…— Oír eso me daba ganas de llorar, tanto lujo y dinero tirados a la basura. — Lo más importante es el correr, ¡corre! —

¡Qué pesado estaba el hombre con eso de correr! Bueno, eso fue lo que hice. Me puse la capucha, salí corriendo a toda velocidad, como si iba detrás de mí una estampida de elefantes.

El hombre me miraba con un gran silencio en su rostro. Más bien, parecía que estaba lanzando sutras o realizando algún tipo de rezo, ¡¿eso iba para mí o para él!? Ni tengo ni idea.

Pero esto no era lo importante. Me preguntaba quién era ese desconocido que había aparecido del cielo y me estaba ayudando. Era muy extraño que se te aparezca una persona tan samaritana, sobre todo en una situación de vida o muerte. Debería estar sospechando de él, pero ya había demostrado que era un aliado, de cuyas razones no me iba a enterar. Como por el hecho de que tenga que huir rápido de aquí y de que quieran matar. Yo lo único malo que hice es huir de casa de mis padres cuando vi que me iban a casar, no hice nada para acabar metido en un problema de estas dimensiones.

Y así terminé, dando vueltas por un polígono industrial, cuyas calles se veía iguales y, salvo por unas cuantas señoritas, lleno de una soledad que quitaba el hipo y que te hacía pensar en lo peor, incapaz de ver la maldita salida o de encontrar el camino para volver a la ciudad.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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