Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Sexta parte, centésima decimonovena historia.

Al final, tanto correr fue para nada, me cansé después de un buen rato buscando la salida de la zona industrial en vano, ese lugar parecía un maldito laberinto. Me sentía como si estuviera en el Connaught Place, aunque la verdad es que nunca he estado allí. Con el agotamiento encima, apoye mis brazos sobre mis piernas y jadeaba sin parar, sacando y tragando todo el aire que podría.

— ¡¿Y-y a-ahora qué hago!? — Titubeaba en voz alta. — Tengo que salir p-pronto de aquí…—

Aún era incapaz de conservar la calma, mi vida seguía en peligro si aún estaba en este lugar. Tenía que encontrar alguna forma, y rápido, de irme.

Al reponerme, empecé a pensar, mientras miraba los alrededores. Me decía que tal vez debería preguntarle a alguien, pero lo único que veía eran esas figuras solitarias, sentadas en feas sillas de plásticos, dispersas entre las grandes calles por dónde pasaban coches de vez en cuando a su lado para recogerlas.

Lancé un fuerte suspiro: — Ni ganas tengo de preguntarle a una puta…— Murmuraba, molesta. —…no quiero que me tome por un cliente…—

Bueno, no tengo nada contra ellas, pero se sentía muy incómodo para mí el tener que mantener una conversación con las putas, sobre todo cuando estaban en mitad de su jornada laboral. Aún así, mi vida estaba en peligro, así que eso tenía que darme igual. Me acerqué a la primera más cercana a mí.

Bajo la tenue luz de una farola, estaba sentada una chica, que estaba muy ocupada, calentándose las manos. A medida que me acercaba, notaba que iba demasiado fresquita para estas altas horas de la noche. Sí, sabía que era una prostituta, pero ir así le iba a provocar una pulmonía. Es decir, llevaba una minifalda extremadamente corta, las piernas desnudas y una camiseta que solo le tapaba, poquito, los pechos. Y también me daba cuenta, con mucha extrañeza, de que parecía ser muy joven, demasiado para acabar en tal oficio. No sé, eso me daba la impresión, su pequeño cuerpo parecía muy inmaduro. Por lo demás, era extranjera, de etnia africana.

— ¡Buenas noches, señorita! — Entonces, poniendo a prueba todos mis encantos, le saludé. — ¡Espero no molestarla, pero…! —

Se sorprendió muchísimo, dio un pequeño chillido y un enorme sobresalto, que la hizo caer de la silla. Miré para el otro lado, al ver que no tenía, o no se le veía la ropa interior. Cada vez se volvía más incómodo.

Ella se levantó y me observó detenidamente, temblando como un flan. A continuación, me soltó estas cosas, en un inglés muy horrible:

¡Chupar, veinte dólares! ¡Sexo normal, cincuenta dólares! ¡Ana…!

— ¡No, no, no! — Le moví las manos de forma alocada para dejárselo claro. — ¡No quiero nada de eso, de verdad! — Casi me dio un ataque al corazón, eso fue demasiado directo. — ¡Solo quiero que me ayudes en algo, nada más! ¡En decirme cómo salir de este lugar! —

La chica, al oír eso, dio un gran suspiro de alivio, soltando incluso una sonrisa. Al parecer, ni ella quería hacerme algo así, se forzó a sí misma a decir aquellas palabras. Eso solo me provocaba mucha más incomodidad.

Eh… ¿Irse de aquí? ¿Ir a ciudad? Pues, allí. — Me señaló el camino, mientras intentaba comunicarse conmigo. — Calle lleva a carretera, carretera lleva a ciudad. Ir a este para ciudad. — Era complicado traducirla, pero se podría entender.

Al parecer, estaba mucho más lejos de lo que creía. Ese hombre que me salvó debía no haber obviado ese detalle. Añadí, entonces:

— ¡¿Y es mucho!? ¡Es decir, no tengo coche, ¿hay que andar mucho?! —

Andar, imposible. En coche, en coche. — Me movió la cabeza de forma negativa. Mi cara se puso blanca del terror.

— ¡Lo que me faltaba! — Exclamé, con ganas de buscar al hombre ese y explicarle que hacerme correr varios kilómetros no me ayudaban mucho.

Di un gesto de fastidio y decidí despedirme de la dama: — De todos modos, muchas gracias. Ha sido usted de gran ayuda. —

Ella solo movió de forma muy tímida la cabeza, después de sentarse en su asiento y seguir esperando.

A continuación, empecé a dirigirme hacia dónde ella me señaló, pero un extraño sentimiento provocaba que no dejara de mirar de reojo a la chica esa.

Al verla esperar su próximo cliente, con una expresión triste y cansada, mientras miraba al cielo como un zombi, y se calentaba las manos; sentía en mi un enorme remordimiento, como si no podría irme así como así, me daba dando mucha lástima y pena.

— ¡Uf, no es mi problema…! — Me murmuraba para mí. — ¡Tengo problemas más importantes que esto! — Intento quitarme de encima ese molesto sentimiento, pero era imposible. — Además, no tengo nada con lo cual ofrecerla…—

Aún así, busque en los bolsillos y hallé, para mi sorpresa, un billete de cincuenta dólares. Perfecto para coger un taxi y salir corriendo.

Aunque, al final, lo desperdicié.

— ¡Buenas de nuevo, linda señorita! — Me acerqué a ella y le saludé de nuevo. Otra vez reacciono con un sobresalto. Me miraba extrañada, seguro que se preguntaba por qué estaba ahí de nuevo.

— Voy a darte las gracias por tu ayuda. — Saqué los dólares y se lo puse en la mano con total gentileza. — No podría irme sin recompensarlo de ningún modo, ¡acéptalo, por favor! —

Ella no dijo nada, solo se me quedó mirando de forma atónita, con la cara tan roja como el tomate. Cogió el billete sin miramientos y me agradeció el gesto en silencio.

Al alejarme de ella, me tape la cara, maldiciéndome una y otra vez:

— ¡Eres estúpida! ¡No debía hacer eso, ¿ahora cómo podré volver a la ciudad?! —

A continuación, anduve hacia esa calle, en dirección norte, incapaz de pensar en algo o de cuidarme de los coches que pasaban por ese lugar. Andaba como un muerto viviente, preguntándome inútilmente cómo podría salir vivo de esta, incapaz de darme alguna respuesta conveniente.

Entonces, llegué ante un edificio muy luminoso, con grandes luces de neón y un aparcamiento lleno de automóviles de todo tipo, muchos de ellos lujosos. El cartel dejaba claro perfectamente lo que era, un club de alterne, un prostíbulo de esos. Es decir, no hay otra razón para retratar la imagen de una mujer semidesnuda bailando de forma provocativa que eso.

— ¡Genial, hoy es mi día de suerte…! — Ironicé.

Tras soltar un buen suspiro, me di cuenta de que no podría ser tan mala la situación. Es decir, allí había coches, alguien me podría llevar hasta la ciudad. Ahora bien, ¿cómo podría convencer a alguien para que me llevara? Ya ni tenía dinero para poder sobornar a nadie.

Aún así, yo decidí acercarme y ver si podría conseguir alguna forma de convencer a alguien de que me llevará a la ciudad. Llegué a la entrada principal e intenté mirar dentro, pero fui detenida por algunos guardias de seguridad.

— Aquí no se permite entrar a vagabundos. — Me dijo uno.

— Espera, un momento… No soy un vagabundo. — Aquellas palabras me ofendieron muchísimo, aunque era normal. Maldije el hecho de que ese hombre me diera tales ropas tan feas.

— ¿Con la pinta que tienes? ¡No nos haga reír! ¡Búsquese otro local amigo, aquí viene lo más exquisito de la ciudad y arruinas nuestra imagen! —

Y los malditos se rieron de mí, entrándome unas ganas de darle un buen puñetazo. Y lo peor es que sus clientes les daban la razón, mirándome con asco y burla. Al final, algo enfadado y molesto, me alejé de ahí.

Entonces, oí unas risas que estremecieron todo mi cuerpo. Me eran siniestramente familiares. Luego, vi que estaban hablando en hindú y todo mi cuerpo se puso a temblar.

— ¡Qué cabrón eres, jefe! ¡Casi le dejaste inconsciente a ese camello! —

Decidí echar una mirada hacia atrás y los reconocí, casi a punto de darme un ataque de pánico al ver quiénes eran.

— ¡Creo que le rompió toda la dentadura! ¡Fue brutal! —

Escandalosos como nadie, gritaban a pleno pulmón lo que hicieron y se enorgullecían de ello, llegando a burlarse de él.

— ¡Se lo merecía el idiota! ¡Por acercarse a nosotros, eso le dará una buena lección! —

Y no eran más que los mismos que estuvieron acompañando a aquella chica que me había robado la identidad, los mismos que me secuestraron y me dejaron atrapado en un almacén lleno de cabello humano. Este era el peor escenario posible, sentía que estaba perdido.

Debían ser un grupo de veinte personas, o menos, rodeando a alguien que parecía ser el principal de todos. No, lo era. Por su aspecto, parecía un terrorífico delincuente que debía estar buscado por toda la policía del mundo. Musculoso, con aspecto de salvaje, con una cara de mala leche y una mirada propia de un psicópata; era digno de llamarse jefe, el mismo que estaba al lado de la chica esa en la discoteca y me amenazó cuando yo iba a perder el control. El capullo iba vestido de una forma muy llamativa, parecía un pavo real, pero en tonos grisáceos y blancos.

Más motivos para salir corriendo como loco y no parar hasta llegar al nacimiento del Ganges. Y la reacción que tuvo a las palabras de sus esbirros no ayudaba mucho:

— ¡Callaos de una puta vez! ¡¿O quieren recibir lo mismo que ese!? —

Como si fuera un tigre, les gritó, les miró con una cara muy aterradora y les amenazó con el puño en alto. Los demás se callaron de golpe, con caras llenas de miedo.

— Si le golpeé fue porque nos quería vender sus mierdas y no iba a perder el tiempo con esa basura. — Añadió, a continuación.

Y siguieron andando hacia la puerta de la entrada, y yo seguí alejándome, pero con paso ligero, intentando no ser dominada por las prisas y salir corriendo. Pedía con todo mi corazón que no se dieran cuenta de mi presencia, recé a todo dios que recordaba, y aún así, fui notada.

— ¡Eh, tú! — Un fuerte y desagradable grito, en un inglés muy extraño, se oyó.

No hacía falta mirar hacia atrás, sabía que ese hombre me vio y me hizo detener. Yo intenté ignorarlo.

— ¡Detente, te he dicho! — Lo hizo al instante, incapaz de mirar hacia atrás. Empecé a sudar la gota fría, aterrada.

— ¡¿No tienes vergüenza o qué en llevar esa estúpida ropa!? ¡Es muy dolorosa para mis ojos! ¡¿No te han enseñado cómo vestirte bien o qué!? —

Me quedé un poco boquiabierta, ¡¿por esa simple tontería solo me había detenido!?

— ¡Sí, eso! ¡Parece un vagabundo! — Gritó uno de sus secuaces, que luego provocó las risas del resto del grupo, que empezaron a decir todo tipo de burlas e insultos, muchos de ellos en hindú, o incluso oí alguno decirlo en Bengalí, aunque no estoy seguro. ¿¡Y que les pasaba a todos con eso de que me parecía un vagabundo!? Solo me hundían la moral.

— ¡Callaos! — Les gritó y obedecieron. Luego, protestó: — En serio, a la gente hay que enseñarla como vestirse, no tienen gusto por la moda. —

Y con esto dicho, él y sus secuaces siguieron su camino, mientras les decía en su idioma:

— ¡Olvidémonos de ese payaso! ¡Disfruten de sus premios, hoy estarán a su disfrute las mujeres más hermosas y putas de esta asquerosa y fea isla, hagan buen uso de ellas, con cuidado, son caras y frágiles! —

Sus esbirros gritaban eufóricos, soltando todo tipo de palabras vulgares y explicaciones innecesarias de lo que iban a hacer. En resumen, eran puros monos en celos. Al escuchar eso, yo sentí un poco de pena por aquellas mujeres, no parecía agradable tener servicios con ellos.

Dejando de lado eso, solté un gran suspiro de alivio al ver que me había salvado por un peli. Quería gritar de alegría, pero tuve que taparme la boca y salir corriendo como un loco. No paré, recorrí cerca de quinientos metros, hasta cruzar una calle sin parar.

Al hacerlo, oí un fuerte sonido. Era de un frenado drástico, el de un coche que casi estuvo a punto de atropellarme. Casi me dio un ataque de corazón, haciendo que dieran un gran chillido. El conductor hizo lo mismo. Los dos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con los ojos abiertos como platos, paralizados e incapaces de decir alguna palabra. Eso duró durante unos cuantos segundos.

Cuando me pude tranquilizar, me di cuenta de que esto podría ser mi única salvación. Tenía que pedirle al conductor que me llevará a la ciudad, sí o sí.

Entonces, sobresaltada por mi desesperación, me pegué como una lapa al cristal delantero y le gritaba esto con todas mis fuerzas:

— ¡Llévame a la ciudad! ¡Tengo que volver a allí rápido! —

Y no sé qué hice, porque el conductor empezó a chillar de terror, como si hubiera visto a un asura en persona. Intentaba desatarse de su cinturón de seguridad, para salir huyendo, pero los nervios no le ayudaban. Al ver que no le hacía efecto, empezó a suplicarme:

— ¡Por favor, no me mates! ¡Puedes quedarte con el coche, con mi dinero, pero no me hagas daño! — Juntaba sus manos, pidiendo piedad, mientras lloraba como una magdalena.

Me quedé cuadrada, yo era la que le suplicaba ir a la ciudad. Me estaba confundiendo por una ladrona.

— Espera, esper…— Y le iba a explicar el malentendido, pero me callé, al darme cuenta de una cosa. Sonreí maquiavélicamente. — ¡Si haces todo lo que pido, no te haré daño! ¡Así que, coge el volante y llévame a la cuidad, o te haré volar la cabeza! — Me hizo caso con gran obediencia.

Gracias a esto, ya me veía salir de los polígonos industriales para dirigirme hacia la ciudad. El hombre ese me hacía caso sin rechistar, dominado por un estúpido miedo y un absurdo malentendido. Mejor así, si se lo hubiera explicado, ni hubiera aceptado llevarme.

— ¡¿Y-y no me v-va a r-robar o algo parecido!? — Ya, en mitad del viaje, se estaba dando cuenta de su situación. — E-es decir, ¿¡n-no es raro en un ladrón pedir que le lleven a otra parte!? —

— ¡Más conducir y menos charla! — Y tenía que gritarle de forma muy desagradable, mientras hacía como si mi mano fuera una pistola, escondida en el bolsillo y apuntándole al estomago; para conseguir que no se diera cuenta. — Ni tienes derecho a preguntarme esas cosas, ¡¿desde cuándo los ladrones tienen sentido común, eh!? — Bueno, no sé si los ladrones tienen sentido común o no, pero mejor hacerlo callar con cualquier tontería, que aún me faltaba para llegar a la ciudad. La verdad es que me daba pena tratarlo de esa manera, pero yo no tenía otra alternativa.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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