Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Octava parte, centésima decimonovena historia.

Fui directa hacia mi casa, sin hacer ningún tipo de rodeo ni de ocultar mi cara. No es que me importaba que me viera sin querer algunos de esos chalados que me querían eliminar, rezaba para que eso no ocurriera, pero no podría perder mi valioso tiempo haciendo tales piruletas. Tenía que conseguir el dinero y marcharme rápido al primer avión o barco que viera.

Aún así, tal vez por los nervios o algo parecido, me metía siempre en calles que me entorpecían mi sentido de la orientación y miraba de derecha para izquierda con cada cruce que me encontraba, para comprobar un poco que no hubiera nada sospechoso en mitad del camino. Eso me hacía perder un tiempo valioso.

Tres horas después, llegué al barrio residencial en dónde vivía, y parecía estar como siempre. A pesar de eso, sentí un mal presentimiento.

Detrás de una farola, me puse a pensar: ¿¡Qué haría yo si la persona que quiero eliminar se ha escapado!? Lo más obvio, tal vez, sería revisar su casa, ¿no? Es decir, allí tendrá cosas que necesitaba para poder huir de allí, echar un vistazo sería lo lógico.

Entonces, me di cuenta de que podría caer en una trampa, volver a mi casa me podría condenar, ¿pero qué podría hacer? ¡¿Cómo podría irme de aquí si allí tenía el dinero suficiente para salir por patas de la isla!? Indecisa, me quedé mirando la calle que llevaba a mi casa, atrapada en un dilema; sin darme cuenta de que dos personas estaban detrás mía, a punto de provocar el gran susto del día.

— No puedo estar así todo el día, ¡tengo que hacerlo ya…! — Fue cuando me puse a pensar en voz alta, quemada ya por mis malditos pensamientos. — Pero…—

— Pero, ¡¿qué!? — Entonces, de repente, oí estas palabras, que me hicieron gritar de terror.

El corazón se me puso a cien, mientras gritaba a pleno pulmón y giraba mi cabeza para saber quiénes eran. Eran Candy y Cook, que también gritaron como locas y cayeron al suelo.

— ¡No grites de esa manera! ¡Casi nos mata del susto! — Al recuperarnos del susto, Candy me replicó muy enfadada.

— ¡Si no hubieras dicho eso, no hubiera había susto! —

Y Cook le tuvo que explicar que era su culpa: — ¡No lo podría aguantar, estaba muy intrigada! —

— ¡Ah, sois vosotras! ¡Gracias a Shiva, pensaba que…! — Di un gran suspiro de alivio, antes de hablar. Me callé, al darme cuenta de que no podría estar tranquila, esas idiotas me habían seguido hacia la boca del lobo. Grité, entonces, conmocionada: — ¡¿Qué hacéis aquí!? ¡¿Me habéis estado persiguiendo!? —

— ¡No era nuestra intención! ¡Solo que…! — Candy movía las manos y la cabeza de un lado para otro. Cook intervino, con su habitual sequedad:

— Te queríamos entregar esto, se te olvido. No salimos detrás de ti para seguirte ni nada parecido…—

Me entregaron una pequeña bolsa, de esas que te daban cualquier tienda de ropa famosa, o algo así. Miré adentro y casi iba a otro grito de horror, solo quedé boquiabierta. Dentro estaba la ropa que me dio el hombre, dándome cuenta de que eso era lo que se me había olvidado. Metí la pata hasta al fondo, solo deseaba con todas mis fuerzas que no hubieran visto la mancha de sangre en el pantalón. Las dos chicas me miraron con cara de sospecha, provocando más pánico en mi interior. Entonces, siguieron hablaron:

— Aún así, has estado actuando muy sospechoso. — No podría negarlo, la verdad. — Y no podríamos darte la bolsa hasta saber que te pasaba…—

Miré hacia atrás, intentando esquivar sus miradas, que me pedían que les explicara la situación, incapaz de encontrar alguna forma de librarme de ellas. Esto se había vuelto tan incómodo para mí que empecé a soltar sudor frio y algunas risas.

— Pues, verán señoritas…— Intenté volver a mi papel de caballero. — Yo solo volvía a mi casa, nada más. — Diciendo lo primero que se me ocurría para poder librarme de ellas. — No deberían estar tan preocupadas por mí, ¡no me pasa nada, de verdad! ¡Je, je! ¡Pueden volver a su apartamento tranquilas, y yo al mío! —

Las miré y vi que no estaban nada convencidas, lo normal. Dudé si seguir diciendo cosas o no, pero al final decidí esperar la respuesta que iban a lanzar. Después de mirarme con desconfianza, se miraron la una a la otra, poniéndose muy serias; mientras movían la cabeza de forma afirmativa.

Entonces, hablaron: — ¡¿Grace, qué hacemos!? ¡¿Nos vamos a casa!? —

— Andar todo este camino hasta aquí, solo para entregarle una bolsa me deja muy insatisfecha…— Puso un tono de voz muy tonto.

— ¡Ah, a mi también! ¡Quiero hacer algo más! — Candy hizo ruiditos y morritos, como si intentaba dejar claro de que estaba molesta o algo así.

— ¡¿Por qué no visitamos a la casa de Nehru!? ¡Siempre me ha hecho ilusión! —

— ¡Seguro que es impresionante, al igual que su dueño! — Gritó Candy, juntando sus manos, mientras ponía cara de niña ilusionada. Grace, con la misma actitud, le dio la razón, añadiendo un montón de alabanzas sobre lo hermosa que debía tener mi casa, comparándola conmigo.

En ese momento, me di cuenta de lo pretendían. Las puñeteras chicas iban a manipularme para conseguir lo que querían. En mi interior, me reí, no creía que iba a caer en su juego, que ni siquiera sabían hacerlo bien, se veía a kilómetros.

— ¡Ah, ¿en serio?! — Aún así, me puse rojo. Sus elogios estaban dando efecto. — ¡No me hagan sonrojar, no es para tanto! — Me dio un sobre salto, al darme cuenta de que estaban consiguiendo su objetivo. Sin salir de mi papel, tuve que resistir: — ¡Mejor no la veáis, es muy fea y os podría decepcionar! ¡Y no desearía algo así, por nada del mundo! — No iba a dejar que me derrotarán estas idiotas.

— ¡Vamos, Nehru, déjanos ver tu casa! ¡La curiosidad me está matando por conocerla! — Candy empezó a poner cara de cachorritos, mientras hacía todo tipo de gestos que intentaban parecer lindos y cautivadores.

— ¡No seas tan humilde! Seguro que es igual de exquisita que su dueño, sería un honor para mis ojos verlo por fuera y por dentro. — Por su parte, Cook, seguía lanzando más alabanzas hacia mi casa y mi persona.

Aún cuando sabía que lo hacían fatal, me estaba imposible resistirme a decirles que no. Creo que estaba tan acostumbrada a mi papel de buen caballero que me era imposible negarle nada a una mujer. Instintivamente, quería acceder a sus deseos para no quedar mal. Me pedí a mí misma que me resistiera, fuera como fuera, no podría dejar que me derrotarán.

— ¡Eso, eso, me estoy derritiendo por verla! — Puso sus manos sobre su cara y cerró sus ojos, intentando dar la impresión de que estaba imaginando mi casa como si fuera un palacio de ensueño.

— ¡Lo mismo digo, si te llaman príncipe es por algo! ¡Debes tener una casa de lujo, digna de comprarse y competir con las mansiones de los grandes príncipes de la India! — Y Grace hacia algo parecido que Candy.

Ya no podría más, mis ganas de actuar como un caballero, de contentar a las señoritas estaba a punto de salir.

— Pero es que…— Intenté resistir, pero ya era demasiado tarde.

Las dos chicas me miraron fijamente, poniendo unas caras de cachorrito aún más fuerte y demoledor que antes. Daba la fuerte impresión de que sus ojos estaban brillando de emoción por visitar la casa, con la intención de que me fuera imposible negarles. Un cuarto de lo mismo con las grandes sonrisas de presunto ilusión que mostraban. A continuación, dijeron:

— Por favor, ¡nos vamos a poner muy tristes si nos muestras tu casa! ¡Eres un caballero, y los caballeros jamás cometerían el error de hacer llorar a unas chicas, ¿verdad?! —

Esas palabras se escucharon como un eco dentro de mi cabeza, mientras sentía que caía a una especie de abismo. Al final, ya no pude más y mostré mis encantos:

— ¡Si insisten tanto, señoritas, les concederé ese deseo! ¡Hoy seréis mis invitadas de honor, espero poder recibirlas como princesas en mi humilde morada! —

Me acaricié mi cabello e hice una pose fabulosa, mientras les mostraba mi mejor cara, con una sonrisa encantadora y una voz sensual. En el fondo de mi ser, las maldecía y me insultaba a mi misma por haber caído ante tales artimañas, tan falsas y patéticas.

— ¡Muchas gracias, de verdad! — Gritaron las dos, mientras intentaban mostrarse alegres. — ¡Estamos muy agradecidas y felices de recibir ese honor, Nehru! —

— Me alegra mucho, hacer felices a las chicas es mi trabajo…— Añadí esto, sin darme cuenta de que lo dije con algo de desánimo.

En fin, no había remedio, tendría que llevarlas a mi casa, solo esperaba que no hubiera nadie en ese lugar. No sabía qué hacer, iba a meterlas a una fea situación. Si les decía la verdad, las involucraría. Y si nos encontrábamos con esos matones, también. Parecía como si el maldito destino me obligará a meterlas sí o sí a esta situación crítica.

Mientras caminábamos con aparente tranquilidad, aunque, dentro de mí, los nervios me estaban destrozando; hacia allí, las miraba de vez en cuando y las veía muerta de la vergüenza, tapándose la cara y preguntándose en voz baja qué habían acabado de hacer. No sabía si sentir pena o reírme de ellas.

Con el miedo metido en el cuerpo, iba lo más despacio posible por la calle, mirando por todas partes, buscando indicios sospechosos. No había ni un alma, parecía desierta. Aún así, esa tranquilidad me ponía nerviosa, era la calma antes de la tormenta. Al llegar a mi casa, la miré fijamente y trague saliva. Daba la apariencia de estaba como siempre, pero eso provocaba que esto se sintiera como una verdadera trampa.

— Yo creía que iba a ser más ostentosa, pero así está bien…— Cook lo comentó como si fuera una casa normalita y corriente, algo que me molestó muchísimo. Candy, por otra parte, gritó esto, boquiabierta:

— ¡Oh, es sorprendente! ¡Aunque no me lo esperaba tan moderno…! — Grito Candy, boquiabierta. Se llevo una buena impresión de mi casa.

Le tape la boca de golpe, por instinto. Su pequeño grito podría alertar a la gente que me perseguía que yo había llegado, en el caso de que estuvieran en mi casa, acecho.

— ¡¿Qué pasa!? ¡¿Por qué haces eso!? — Protestó Candy, muy molesta.

— ¡No es nada! ¡Solo pensaba en la gente que duerme por la tarde! ¡No m gustaría que se despertaran por nuestras voces! —

Ninguna de las dos se tragó aquella excusa, se quedaron mirando con una cara de pura desconfianza. Luego, lo ignoraron y Candy dijo:

— Bueno, perdón, cuando veo que me entusiasma, grito de emoción. En fin, ¡¿vamos a entrar de una vez!? —

Yo me quedé callado y con la mirada aturdida. Saqué la llave y la miré, y después la puerta.

Indeciso y aterrado, los nervios me estaban matando, mientras intentaba retrasar la inevitable. Tenía que entrar de una vez, pero no quería, sentía que me iba a arrepentir por hacerlo.

Entonces, vi a Candy y a Cook, mirándome fijamente. Parecía que les había contagiado, porque se les veía en sus rostros una preocupación y miedo, tal vez preguntándose qué me estaba pasando, qué cosa tan terrible debía estar pasar pasando que no deseaba entrar. Como sabía que, de un momento para otro, ellas se atreverían a preguntarse, decidí no prologar más la agonía.

— Todo o nada. — Dije en voz baja, mientras tragaba saliva de nuevo e inspiré fuertemente. Con una actitud decidida, me dirigí a la puerta y la abrí, poquito a poco.

Todo estaba en silencio, las luces estaban apagadas, la casa aún estaba llena de trastos tirados por todo el suelo, algo que me desanimó bastante, por otra parte. Parecía como si no había nadie. Di un fuerte suspiro de alivio y me entraron ganas de llorar de felicidad. Ni esa chica ni esos matones estaban ahí, estaba a salvo por el momento.

— ¡¿Qué ha ocurrido aquí!? — Eso me decían las dos, muy desconcertadas por el estado del salón. — ¡Parece como si te hubieran robado…! —

Yo me reí de forma nerviosa, dejándolas más aturdidas aún, mientras me preguntaba cómo podría explicarles lo del robo.

Entonces, alguien pegó de forma delicada la puerta de la calle, aún abierta. Me quedé congelada durante unos segundos, incapaz de mirar hacia atrás y comprobar quién era. A continuación, se oyó su voz:

— Buenas tardes, a todos, ¿¡interrumpo algo!? —

Sentí unas ganas horribles de gritar maldiciones, al ver que me había pillado. Era la voz de esa chica, la misma que se estaba pasando por mí, la que me drogó y decidió pedir a sus matones que me matarán. Estaba detrás de mí, presentándose como si fuera una jovencita educada. Temblando de terror, me decía a mí misma que estaba condenada y me preguntaba sin parar qué podría hacer, cómo salir de esta situación.

— No, por supuesto que no. — Por su parte, algo sorprendida, Candy y Cook le respondieron con toda la normalidad del mundo. — Acabamos de llegar. — No solo me metí en la boca del lobo, también las arrastré.

Además, me di cuenta de que estaba hablando en inglés. Bueno, era casi inentendible, hablaba como el típico estereotipo de un nativo americano en una película del oeste, pero era inglés.

Menos mal, creí que hablaban con querido Nehru sobre asunto importante y no desear molestar…

Candy y Cook tardaron en hablar, no sé si parecían sorprendidas o es que intentaba traducir lo que le dijo aquella chica.

—  ¿¡“Querido Nehru”!? — Entonces, soltaron esto.

Yo también me quedé un poco aturdida, ¡qué irónico de su parte decir que yo era su “querido Nehru”, después de drogarme y secuestrarme para poder ser eliminada por sus matones!

— Entonces, debes ser una amiga de Nehru…— A continuación, Candy habló, después de dar un grito de sorpresa. — Obvio. — Añadió con su sequedad habitual, Cook, mientras la otra se presentaba. — Yo soy Candy, ¡mucho gusto! —

No soy amiga, sino algo más…— Entonces, aquella bruja, no contenta con decir aquellas palabras, soltó esto.

Sentí como si mi cabeza iba a sufrir una especie de cortocircuito, yo me preguntaba con total consternación si no lo estaba diciendo en serio, qué era una especie de broma macabra o algo así.

— ¡¿No solo…!? — Añadió Candy, mucho más confundida.

— No puede ser, ¿¡entonces tú…!? — Y Cook, con más luces que la otra, gritó de sorpresa, incapaz de poder asimilarlo. Me miró y vio mi cara igual de aturdida que la suya, algo que solo provocaba que estuviera muchísimo más consternada.

— ¡¿Es su hermana!? — Candy, después de ponerse a pensar, llegó a esta conclusión. — ¡Se nota que os parecéis! —

Incluso esa bruja la miró mal al ver que no acertaba, aún cuando se daba cuenta de nuestro parecido. Tanto a Cook como a mí nos entraron ganas de taparnos la cara con las manos de la decepción.

— ¡No es eso, Calandy! ¿Ese es tu nombre, no? — Rió de forma dulce, aunque yo lo noté como si fuera la risa de un terrorífico akuma. Candy, quién se lo tomó a risas, le dijo que así no se llamaba.

— Soy Kasturba Makhanji,… — Apreté los puños de la rabia al ver cómo estaba utilizando de nuevo mi nombre. Entonces, lo dijo, mientras hacía un namaste: — ¡Prometida de Nehru! ¡Salam alaikum! —

Las dos chicas se quedaron petrificadas, como si les hubiera mandado una especie de maldición. Yo igual, aunque ya sabía que lo iba a decir. Es más, sentía ganas de chillar, incapaz de asimilar que ella fuera capaz de decir una mentira tan rastrera y comprometida.

Bien, ¡genial! No solo había robado mi identidad, sino que, sin vergüenza alguna, les dice que soy su “prometido”, ¡¿qué le pasaba por la cabeza!? La situación cada vez se estaba volviendo más descabellada.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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