Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Décima parte, centésima decimonovena parte.

Y cuando parecía que todo estaba perdido, mientras yo miraba por todas partes en busca de alguna cosa que pudiera evitar ese terrible desenlace y ella estaba a punto de apretar el gatillo con una sonrisa aterradora; alguien entró de golpe en la cocina, salvándome en el momento.

— ¡Señora Kasturba! — Gritó, mientras abría la puerta de un golpe. Lo reconocí enseguida, era ese hombre, aún difrazado, que me ayudo. Por segunda vez, me salvo la vida.

Detrás de él, vi como la sala estaba llena de esos delincuentes y de cómo Candy y Cook, sentadas en el sofá y aterradas, incapaces de comprender lo que estaba pasando, vieron con horror la escena que se veía en la cocina. Se quedaron paralizadas, eran incapaces de decir algo.

— ¡¿Qué quieres ahora!? ¡¿No ves que estamos ocupados en este mismo instante!? — Le preguntó muy malhumorada ella, mientras bajaba el arma.

— No creo que matarlo aquí sea lo más correcto, la policía podría aparecer aquí de golpe. — El pobre intentaba buscar una excusa decente para poder justificar su intromisión.

— ¡¿Y!? ¡Se le paga con dinero a la policía para que tapen sus bocazas! —

— Tal vez en la India sea fácil, pero, pero no creo que aquí sea igual, solo digo…—

No sabía yo que en la India sobornar a la policía era fácil, ¡vaya imagen me estaban dando de mi país natal! Por otra parte, las dos chicas ya pudieron salir de su bloqueo:

— ¡¿Qué está ocurriendo!? ¡¿Por qué todas estas personas han entrado en esta casa!? — Gritaban las dos, muy alteradas, a punto de darles un ataque al corazón. — ¡¿Por qué la novia de Nehru le está apuntando con una pistola!? ¡¿Qué es esto!? —

Nadie les dijo nada, ni siquiera para hacerlas callar. No sé si era porque la mayoría de esos delincuentes no sabían inglés o porque no tenían ni ganas de hablar. Mientras ellas, que seguían escuchando un idioma que apenas entendían por parte de todos nosotros, intentaban adivinar lo que estaba pasando, al ver que no le iban a dar respuesta; entró en la escena el más chungo del grupo, el jefe de esos desgraciados. Y no parecía estar contento.

— ¡¿Qué haces, idiota!? ¡¿Por qué no dejas que la señorita quiere hacer lo que deseé!? ¡Qué dispare al idiota ese de una vez y ya terminamos con esto! ¡Estoy harto de ser una niñera! —

Llegó hecho una furia, cogió el hombro del pobre hombre, le dio la vuelta y le soltó aquellas terroríficas palabras, mientras mostraba su puño. Ver eso daba mucho pavor, aún cuando se estaba vistiendo como si él estuviera imitando a una cantante de pop famosa por llevar ropa muy extraña. Cómo se llamaba, ¿Lady Lolo? ¿Lady Dodo? ¿Lady Gogo? Bueno, eso da igual, aquel hombre vestía de una forma muy rara.

— Pero estamos en mitad de la ciudad, si hace eso la policía nos pillará de inmediato y se nos será difícil escapar de ellos. — Le dijo con aparente tranquilidad mi salvador.

— ¡Tiene razón, jefe! — Y los demás se atrevieron a decirle eso. — ¡No podemos arriesgarnos! —

Y uno de ellos recibió un guantazo que lo hizo volar por los aires. Candy y Cook estuvieron a punto de dar un chillido, al igual que yo.

— ¡Vosotros no tenéis derecho a decir nada! ¡Esto es por vuestra culpa, por dejarle escapar! — Les gritó con todas sus fuerzas.

— Pero es que…— Los pobres intentaron justificarse. — ¡Alguien nos drogó…! —

— ¡Callaos, no quiero excusas! —  Pero ni deseaba escucharlos. Luego, se dirigió hacia al viejo, mientras lo cogía del cuello: — ¡Y también te lo dijo a ti, siempre arruinas nuestro trabajo de una forma u otra! ¡No sé cómo lo haces, pero lo haces siempre! — Y con esto dicho, lo soltó.

A continuación, lanzó un pequeño suspiro y se dirigió a su cliente:

— ¡Perdonad, señorita Makhanji! ¡Pero yo también creo que deberíamos cambiar un poco el plan, no es buena idea dispararle la cabeza en este lugar! ¡Además aún no sabemos cómo librarnos de ellas! — Las señaló y las dos, a pesar de que eran incapaces de entender algo de lo que decía, le entraron unos fuertes escalofríos, como si se hubieran dado cuenta de que lo que querían hacer con ellas. La maldita arqueó las cejas y añadió, muy malhumorada:

— No quiero alargar este maldito asunto por más tiempo, ¡yo tengo que regresar pronto a la India! — Dio una pequeña pausa, para mirarme y soltar esto: — Pero si lo hago, creo que mi venganza me sabrá a poco…—

Yo no dije nada, solo me quedé mirándola durante unos segundos. Y ella abrió su boca de nuevo, para dejármelo claro:

— Después de todo, no he venido solo para evitar un futuro peligro, sino para vengarme de todo el mal que me hiciste, mi príncipe…—

Supe enseguida de lo que me estaba hablando, pero no era el momento para recordarlo.

A continuación, A Candy, a Cook y a mi nos sacaron de mi casa a punta de pistola, después de comprobar y alentar que la calle estuviera desierta. Nos metieron dentro de un lujoso automóvil, de marca de origen alemana y de un color gris muy elegante, junto con el hombre que me había librado de la muerte, otra vez; y otro intrigante de ese grupo de malhechores. No sé cómo lo hizo, pero convenció a su jefe y al resto del grupo para terminar junto con nosotros y a que se fueran a tomar algo por la ciudad:

— ¡¿Para esto pago!? ¡No me siento segura de dejarle con solo dos idiotas al cargo! ¡Y quiero verlo y vigilarlo con mis propios ojos hasta que lleguen a su matadero, al lugar en dónde quiero ver cómo le matan! — Ella protestó cuando vio que fueron convencidos.

— Eso tiene sentido, ¡sobre todo después de lo ocurrido el día anterior! — Y el jefe del grupo le dio la razón.

Aún así, lo único que decidieron fue que fuéramos seguidos por otro coche, formado por cuatro integrantes, aunque nadie quería soportar el engorro de llevarnos, todos deseaba salir de fiesta, solo pensaban en eso. Hasta el maldito jefe, que intentaba por todos los medios posibles en convencer a su cliente de que no estuviera siguiéndome, porque él deseaba enseñarle las grandes maravillas nocturnas que había encontrado en la ciudad. Y la convenció, para mi sorpresa.

— ¡¿Nehru, qué está ocurriendo aquí!? — Mientras el automóvil salía de la ciudad, dándome cuenta de que estaba volviendo al polígono industrial en dónde me dejaron el otro día; Cook se atrevió a preguntarme esto.

— ¡Eso, eso, esto ya está dando mucho miedo! — Y Candy añadió esto, con los ojos llorosos. La pobre estaba muy alterada de los nervios.

— Por eso, quería que me dejarais en paz lo más rápido posible, estaba metido en un asunto muy grave…— Eso fue lo único que les dije, tras soltar un fuerte suspiro.

Aunque habíamos hablado de la forma más baja posible, se dieron cuenta:

— ¡¿Qué estáis murmurando, eh!? — Gritó el que estaba conduciendo, que no le hizo mucha gracia eso. — ¡Callaos, no queremos ruidos extraños! —

— ¡¿No te acuerdas de que ellas no saben nuestro idioma?, debes hablar en inglés! — Le replicó el copiloto, nuestro salvador, haciéndole recordar que estaba hablando en hindú y que ni Cook ni Candy entendían nada de ese idioma.

— Nunca se me dio bien el inglés…—

— A pesar de que estas viviendo en Canadá…—

— Eso es un buen punto, pero yo siempre he estado rodeado de mi gente, así que nunca he necesitado aprender ese idioma. —

— Eso no tiene nada de sentido…— Al decir eso, el copiloto cambió de tema y le dijo esto: — Por cierto, tengo ganas de hacer mis necesidades, ¡deberíamos parar por aquí! —

— ¡No podemos parar ahora sólo porque tienes una llamada de la naturaleza! ¡Tenemos que terminar el trabajo! — Le replicó el conductor.

Pero con un poco de insistencia, le convenció para parar el coche, después de avisar por teléfonos a los que nos seguía, que también se detuvieron.

El copiloto salió, se introdujo en el bosque y al volver, seguramente con sus necesidades ya hechas, se acercó al piloto, pegó en el cristal para que lo bajase y le habló: — ¡Muchas gracias, ha sido un gran alivio! —

— ¡No hay de qué, ahor…! — Entonces, sin dejarle terminar sus palabras,  le rompió la cara al conductor con el puño, con tanta virulencia y rapidez, que ni siquiera nos dio tiempo a nosotras tiempo para gritar de la sorpresa. Yo ya sabía que iba a rescatarnos de una forma u otro, pero no esperaba eso.

Lo desmayó al acto y abrió la puerta para tirarlo al frio suelo y ocupar su lugar, mientras los del otro coche, que estaban parados a lo lejos, apenas se daban cuenta. Aceleró de la forma más brusca posible y el automóvil salió a toda velocidad del lugar en dónde estaba aparcado.

— ¡Agarraos fuerte, este viaje va a ser movidito! — Nos gritó con todas sus fuerzas.

— ¡¿Sabes inglés!? — Y las dos dijeron esto de la sorpresa. Después de estar escuchando durante horas a gente hablando en hindú, ya les parecía increíble oír a otro indio hablar en el idioma de los ingleses.

— Con tantas cosas que pueden elegir para sorprenderse, tiene que ser esa… — Comentó un poco decepcionado el hombre ese.

Las chicas se quedaron algo perplejas por aquella respuesta, luego, al pasar unos minutos y comprobar que nadie nos seguía y aquel viajecito iba a ser tranquilo, recordaron que habían preguntas más importantes:

— ¡Ah, es verdad! — Gritó Cook. — ¡¿Qué está ocurriendo!? —

— ¡¿Por qué su prometida le quiere matar, y quién es toda esa gente!? — Añadió Candy.

— ¡Oye, no es mi prometida! —

— ¡Pero si tú…! — Las pobres volvieron a quedarse sin palabras y yo se los dije bien claro: — No tuve más remedio que seguirle el juego…—

— Dejando todo esto de un lado…— Soltó un pequeño suspiro, antes de ponerse a regañarme: — Te dije que no involucrarás a otras personas y te fueras rápido de la ciudad, y va y te atrapan de nuevo, junto con dos amiguitas, ¡no tienes remedio! —

— ¡No fue mi culpa, intente quitármelas de encima cuanto antes…! — Le repliqué.

— Pues debías hacer mejor tu trabajo…— Resopló y continuó: — ¡¿No puedes pasar ni cinco minutos sin tener que estar ligando con chicas!? —

— ¡Nada de eso, solo que ellas me encontraron por causalidad y me ayudaron porque aún me encontraba mal por la droga, nada más…!—

Y mientras yo seguía peleando con él, Candy y Cook, viendo que eran ignoradas por nosotros, se hartaron y gritaron con todas sus fuerzas y enfado esto: — ¡Explicadnos de una vez que está pasando! —

A continuación, vino un silencio que duró unos cuantos segundos y que fue roto por aquel hombre, después de mostrar una actitud reflexiva:

— ¡Explícale tú todo lo que te ha pasado, yo ya os contaré el resto cuando hemos llegado al hotel! — Eso me dijo.

— ¡Espera un momento, apenas sé nada! — Yo quería que me dijera lo que sabía, llevaba desde el día anterior esperándolo.

— Di lo que sabes únicamente…—

Al final, tuve que hacerlo, aguantándome las ganas que tenía que él me contará lo demás. Les expliqué a las chicas lo que había ocurrido el día anterior hasta en esos momentos. Aunque les oculté muchos detalles. Al final, ellas quedaron muy boquiabiertas.

— ¡En serio, no me lo puedo creer! ¿¡No deberíamos llamar a la policía o algo así!? — Hablaba Candy de una forma muy alterada.

— Después de todo lo que nos pasó en mi secuestro, no creo que ellos nos sean muy útiles…— Cook seguía tan fría como siempre, su mente ya lo había mentalizado y estaba hablando con tranquilidad, entre varios suspiros.

— Sobornamos a la policía para que nos dejarán hacer lo que quisiéramos y ese grupo criminal tienen contactos con poderosos para que le dejen actuar así y conseguir los deseos de su cliente. Aún así, ellos es vuestra salvación, yo encontraré la forma de que esos sobornos se vayan a la basura y pueda protegeros e incluso ir a por esa gente…— Nosotros no dijimos nada, así que él añadió esto: — Hay muchos policías honrados que harán lo que sea por evitar esta injusticia. Mientras tanto, tenemos que ocultarnos…—

— Por eso, antes mencionaste sobre un hotel, ¿no? —

Casi se nos olvido que él dijo algo y Cook nos lo recordó. Yo me quedé un poco extrañado y añadí:

— Espera, ¡no creo que sea el mejor lugar para escondernos! —

 

— No os preocupéis, no es un hotel normal y corriente, ahí estaremos a salvo…—

Las tres nos quedamos pensando en que quería decir con eso, mientras nos dábamos cuenta de que se estaba haciendo de noche.

Nos introducimos tanto en los bosques, llegando al punto de que ni podría distinguir cual era el norte, el sur, el este y el oeste. A lo primero, no veía más que árboles y después, para darle un poco de variedad, empinadas y gigantescas montañas, se sentía que ya estábamos lejos de la civilización.

Aún así, estábamos atravesando una carretera bien asfaltada, que dejaba mucho espacio para todo lujoso automóvil que pasaba a nuestro lado. Y recalco una y otra vez que solo se veían coches de ese tipo, parecía que aquel hotel era de cuatro estrellas.

Tras subir por un estrecho y corto valle y llegar a una pequeña meseta, rodeada por los cuatros costados por las enormes montañas, vimos una especie de mansión de dos plantas y un tejado a dos aguas, rodeado de pequeñas edificaciones. Tenía un estilo entre lo rural y lo clásico de tipo occidental, obvio. Su portón, hecho de piedras y cuestionados por unas pequeñas estatuas que imitaban a lo griego, en actitud de vigilantes y con armas de fuego. Sí, por una razón que voy a decir más adelante, ellos estaban apoyados con rifles, ¡eso no era algo muy griego, la verdad!

Al cruzarlo, llegamos al aparcamiento, situado ya en la entrada principal del edificio, que nos recibía con unas elegantes escaleras de mármol que se abrían en forma de alas, o algo parecido a eso. Era un lugar precioso, ¿¡por qué no me di cuenta de su existencia antes!?

— Es increíble…— Candy se quedó maravillada por ese lugar, miraba por todos lados muy abobada.

Y Cook, quién estaba con los brazos entrecruzados e intentando forzar a su cabeza a recordar, dio un pequeño gesto de sorpresa y dijo esto:

— Ah, ya lo recuerdo, ¡sé que es este lugar! — Yo y Candy dirigimos nuestras cabezas hacia ella mientras hablaba. — Es el hotel Abraham Lincoln, o conocido más bien como “La casa del rifle”. —

— ¡¿La casa del rifle!? — Candy puso cara de idiota.

— Porque, además de hotel, es un club de rifle y el lugar de reunión preferido de los miembros de la NRA en Shelijonia. —

— ¡¿La NRA!? ¡¿La misma asociación nacional del rifle!? — Entonces, dio un gran grito que provocó que todo el mundo dirigiera sus miradas hacia nosotros. Candy se tapó la boca tan rápido como había chillado. Luego, añadió en voz baja:

— ¡¿Por qué nos mete aquí!? ¡Y-yo soy pacifista, estoy en contra de las armas, esto es como meter a un lindo conejito en una madriguera llena de lobos! —

— Me ha gustado la comparación. — Soltó unas cuantas carcajadas, que no gustaron nada a Candy, antes de decirle esto: — Por eso mismo estamos aquí, ¡mirad a vuestro alrededor! —

Y eso hicimos. Las personas que pasaban por nuestro lado, subiendo y bajando las escaleras, charlando en el aparcamiento o dentro del edificio, mostraban orgullosamente las armas que portaban, ya sea dentro de las fundas o enseñándole a sus amigos. Todos estaban armados hasta los dientes.

— Es aterrador, hay armas por todas partes…— Comentaba espantada la pobre de Candy. Su cara estaba blanca por el terror.

— Entiendo, hay que ser muy idiota si alguien intenta atacarnos en un lugar como este. Nadie en su sano juicio se atrevería a tocarnos en un sitio como este…— Por su parte, Cook se dio cuenta de lo que quería decir el hombre.

Tenía mucho sentido, si esos malditos entraran en este lugar e intentarán sacarnos a punta de amenazas, o matarnos de una vez, la gente de este lugar los llenarían de agujeros al instante. A Candy eso no la convenció para nada, pero decidió no decir nada.

A continuación, el hombre empezó a subir por las escaleras, mientras nos seguía hablando:

— Además de que aquí algunos ya conocen nuestra situación y ayudarán todo lo posible para evitar que esa chica no se salga con la suya…—

Cook y Candy, temblando como un flan, empezaron a seguirle, pero yo me quedé en dónde estaba, no me moví ni un músculo.

 

Cabizbaja y fuera de peligro, empecé a pensar en todo lo que me había ocurrido todos estos días. Un torrente de recuerdos, tanto los procedentes de un pasado reciente, pero que lo veía muy lejano; como los que había vivido, se me vino encima, provocándome todo tipo de sentimientos entrecruzados, ninguno de ellos agradables.

Había tantas cosas y cuestiones que había olvidado, y que no deseaba volver a recordar, que me entraban ganas de ponerme a gritar como loca, creyendo que eso pudiera aliviar todo lo que estaba sintiendo.

Entonces, empecé a recordar estas palabras: “Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás”, “Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos”, “Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido”.

Mi cerebro decidió hacerme recordar aquella conversación que tuve con Mao y no entendía por qué. Más bien, lo sabía, pero me era incapaz de explicármelo a mi mismo, hacerme comprender qué era eso.

Me hubiera quebrado allí mismo si no fuera porque el hombre, Candy y Cook se dieron cuenta de que no me moví y me preguntaron si estaba bien. Gracias a eso, pude salvarme de hacer un espectáculo bochornoso. Después de responder que sí, me di cuenta de algo.

— ¡¿Puedo preguntarte una cosa!? —  Eso le pregunté al hombre. Este se detuvo y me dijo: — ¿¡El qué!? — Tras inspirar y respirar, le respondí: — Es que llevo horas preguntándome esto y no puedo comprenderlo, ¿¡quién eres!? ¿¡Por qué me ayudas!? —

Aún no entendía cómo un desconocido como él me estaba ayudando. Es que, por mucho que forzará a mi cabeza pensar, nunca encontraba entre mis memorias a alguien parecido a aquel señor. Debía haber algo, una buena razón para ayudarme a entender por qué le motivaba a salvar mi vida y detener los planes de esa monstruosa chica. Además, necesitaba saber su nombre, es de mala educación que no se presentará.

— Mi nombre, ¿eh…? — Soltó una desanimada carcajada. — Me llamo Ranjit, al igual que el león del Panyab. Y estoy para limpiar mis errores, solo eso…—

Y con esto dicho, siguió subiendo por las escaleras como si nada.

De alguna manera, esa forma tan misteriosa de presentarse no me ayudo mucho, y me molestó un poco porque la única que hace eso soy yo; pero algo es algo.

— Ese nombre me suena de alguna serie…— Añadió pensativa Candy, quién se quedó parada en las escaleras, al igual que Cook.

— Ni idea…— Comentó Cook, antes de mirarme con muchísima seriedad y decir esto: — Por cierto, Nehru…—

Al momento, sentí un mal presentimiento. Le pregunté qué quería, después de tragar saliva.

— Nosotras también queremos preguntarte algo…—  Se puso bien las gafas y con mucha gravedad: — No, lo que queremos que nos cuente la verdad…—

Candy, quién se puso igual de seria que Cook, movió la cabeza de forma afirmativa. Se quedaron mirándome, esperando mi respuesta. No sabía qué era lo que quería de mí, pero ya empecé a expulsar un sudor frio por ello.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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