Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Decimocuarta parte, centésima decimonovena historia.

Al volver a casa, ignorando a mis padres, me fui a mi cuarto, cerrándolo con llave, muy consternada. Lo primero que hice fue preguntarme esto:

― ¡¿Y ahora cómo me libró yo de esto!? ―

Yo intenté no gritarlo, pero me salió, aunque pasaron de eso. Aún no me podría creer que me hubieran obligado a que hiciera algo tan desagradable. No solo porque iba a hacerle una cosa terrible a esa pobre chica con la cual yo ni tenía relación alguna, sino porque tenía que hacerme pasar por la única cosa que desearía hacer: Pasarme como un hombre. Todos estos años siendo burlada por mi aspecto masculinizado, luchando yo para ser lo más femenina del colegio, para acabar siendo travestida solo para hacer una broma cruel, parecía que la burla lo estaban haciendo a mí.

Caí a la cama, sin acordarme de que tenía la ropa bastante mojada y empecé a recordar lo que me dijeron: “No es que queramos decírtelo y es algo que todos nos hemos dado cuenta, pero pareces un hombre, por mucha lacra y pintalabios que uses, chica”. Aquello no dejaba de repetirse en mi cabeza y yo expulsaba más que gruñidos de molestia mientras daba varias vueltas por la sabana choreando:

― ¡Qué fastidio, qué fastidio! ― No se detenía y yo, hablando como si ellas estuvieran, ahí hablaba en voz alta les pedía que se callasen. ― ¡No hacen falta que me lo digan, lo sé muy bien, me parezco a un hombre…!―

Me tape media cara con la mano y empecé a poster que tenía puesto en el techo. Era uno de los cientos que había puesto por todas las paredes de mi habitación, todos llenos de actores indios muy candentes y en posturas muy sugerentes. Les empecé a hablar:

― ¡Vosotros sí que sois hermosos! Sois hombres y os parecéis a hombres, yo solo una mujer y no parezco a una, ¡¿no es un poco injusto!? ―

Por supuesto, ninguno de ellos me contestó. Luego, seguí:

― Seguramente ninguno chico sería capaz de casarse con una chica que parece a un hombre, todos huirían de mí al instante. Menos vosotros, me imagino que seríais capaces de aceptarme tal como soy, no se puede esperar de unos chicos tan perfectos…―

Otra vez más el silencio dominó mi cuarto, para romperlo con unas risas forzadas, varios segundos después:

― Solo bromeaba, no creo que ni a vosotros… No existe un príncipe azul que aparezca delante de mis ojos y haga mi vida lleno de color, son solo más que cuentos de hadas. ―

Mi mayor sueño era que un hermoso príncipe apareciera ante mí y me haría la vida más divertida. Una persona que estuviera cuando yo lo necesitaba, atento, gracioso, misterioso, con un pasado trágico y del cual yo le sacaría, muy apasionado y romántico, con mucho dinero y elegancia e incluso que sea un tigre en la cama, y guapo, por supuesto. Una cosa que sabía muy bien que era irreal y en el caso de que lo fuera, jamás tendría oportunidad de poder salir con él.

Asqueada y molesta por mi aburrida realidad, me puse de lado en la cama y cerré los ojos.

― Bueno, espero que mañana se le olviden todo de la broma…― Comenté, rezando a todos los dioses para que aquellas decidieran olvidarse de eso.

Por desgracia, no me escucharon.

― ¿¡Qué es esta caja!? ― Al día siguiente, lo primero que hicieron ellas al verme fue darme eso, sin darme ninguna explicación. ― ¡¿Por qué pesa tanto!? ― Aunque era tan tonta que lo cogí primero y pregunté después.

― Pues ahí tienes todo lo necesario para que te puedas disfrazar. Prepárate como si fuera en una broma que este fin de semana ya vamos a iniciar la broma. ―

Puse una cara de fastidio al ver que seguían con la mismas, solo duró unos pocos segundos, ya que a ellas les molestaría ver aquella reacción. Por su parte, empezaron a reír como idiotas.

― ¿¡Pasa algo, por qué no te ríes con nosotras!? ― Cuando ellas se dieron cuenta de no decía nada, me obligaron a reír, y así lo hice, lanzando unas carcajadas tan falsas y forzados que atrajo la atención de toda mi clase.

Al volver a casa, me encerré en mi cuarto y lo primero que hice fue abrir la caja, estaba algo intrigada por saber que me habrían traído. Dentro de ahí, había dos trajes muy elegantes, siendo el primero un chaqué con un marrón claro muy agradable y el segundo un esmoquin blanco muy elegante. Por lo menos, parecía que tenían un buen gusto en ropa.

Había más ropa, calcetines, camisas e incluso ropa interior. Además vi un perfumé, desodorante, colonia y unas cuantas cosas más para hombres, me dejaron bastante sorprendida, iban muy en serio con eso de la broma. Di un gran suspiro, luego me percaté que, en el fondo, me dejaron una nota que decía esto: “Si es necesario, te cortas el pelo. Hazlo por tus amigas”.

― ¡¿Es en serio!? ― Me quedé cuadrada, me pedían nada más ni menos que me cortará el cabello que, con tanto trabajo, cuidaba día a día.

Molesta, tiré la nota al suelo y decidí ponerme con el ordenador, para decirles por las redes sociales que ya estaba bien, que no quería sacrificar mi pelo para una broma estúpida. Aunque, como siempre, no me atreví y solo encendí la computadora para nada. Sabía que verían esto como un ataque hacia ellas y romperían mi amistad conmigo, para luego hacerme la vida imposible; así que mejor era hacer lo que pedían.

Aún así no iba a sacrificar mi cabello así como así. Entonces, yo fui a mi espejo y me miré durante un buen rato, centrándome en mi cabello y en cómo ponerlo para hacerme parecer un hombre. La única solución que me quedó fue hacerme una coleta.

― ¡¿Con esto seré capaz de hacerme pasar por un hombre!? ― Me quedé pensando, mirándome fijante ante el espejo. Seguía pareciendo a un travestí, no a un hombre. ― No me lo parece. Tal vez, debería…―

Entonces, miré hacia a los trajes y me entraron ganas de probármelos, algo que me estremeció.

― Espera, espera, ¡Kasturba! Llevo años intentando hacerme femenina, haciendo todo lo posible para que no me dijeran que me parezco a un hombre. Ahora toda esa lucha perdería sentido si hago eso…― Por nada del mundo quería traicionar todo mis esfuerzos, pero la tentación era muy fuerte. ― Aunque…―

Parecía como si los trajes me pedían con desesperación que los probará, que por una vez no pasaba nada. Intenté resistirme a mis impulsos, así estuve durante varios segundos, pidiéndome a mi misma que no hiciera eso, que no tenía que dejarme vencer por mi curiosidad. Era como si sabía lo que iba a ocurrir si me los pusiera. Al final, todo eso fue en vano:

― Bueno, no creo que pase nada con solo probarlos…―

Perdí la batalla y con muchísima rapidez me desvestí, para ponerme el traje de color blanco. Lo que vi en el espejo me dejó estupefacta, con la boca muy abierta.

― ¡¿Está soy yo!? ― Di un pequeño chillido de sorpresa. ― Pero si lo que estoy viendo es un…― No lo podría asimilar. ―…un hermoso y elegante príncipe. ―

Antes mis ojos, se contemplaba una belleza masculina que podría rivalizar en guapura con los más buenorros de Bollywood. Aún a pesar de tener una coleta, sentía que tenía ante mí a la encarnación del hombre perfecto.

― No me lo puedo creer…― Me acerqué tanto al espejo que casi choqué contra él, aún embobada. ― ¡Por mucho que lo vea, es imposible que esta cosa bonita sea yo! ―

Me alejé del espejo y me quedé mirándome fijamente, mientras sonreía de oreja a oreja. Entonces, empecé a hacer todos tipos de muecas y gestos con mi cara, como si fuera una idiota.

― ¡No importa que cara ponga, sigo siendo hermosa! ¡Digo, hermoso! ―

Y de ahí me puse a poner posturas y a actuar.

― ¡Buenos días, madam! ¡¿Quiere que le ayude con su maleta, para ser muy pesada para alguien tan delicada como usted!? ― Extendí la mano hacia al espejo, como si quería darle la mano a mi reflejo, mientras ponía voz de macho sensual.

― ¡Oh, perdón, no era mi intención entrometerme, pero creía que debía ayudar, pensaba que estabas metida en problemas! ― Poniendo un tono tímido, movía las manos de un lado para otro, como si me estuviera disculpando.

― Quiero estar así junto a ti, por toda la eternidad, bailando bajo la luz de esta hermosa luna. ― Con voz sensual, di unas vueltas por la habitación como si estuviera cogiendo a alguien.

― ¡Tú sonrisa es hermosa, ¿nadie te lo dijo antes?! ― Puse mi mano sobre mi pecho, mientras intentaba parecer conmovida.

― ¡No llores, yo no puedo soportarlo verte así! ― Intenté mostrarme enfadada, mientras ponía cara de rabia y apretaba el puño.

― ¡¿Te gustaría ir conmigo a un mundo totalmente desconocido, baby!? ― Hice como si me quitaba unas gafas de sol mientras ponía una pose chula y un tono de voz propio de un chico malo.

Ya, descontrolada, llegué a ponerme en pose sugerente y con un tono de voz traviesa y pervertida, decía mientras bajaba mis pantalones poquito a poco:

― ¡¿Quieres pasar un buen rato conmigo, chica linda!? ¡Te prometo que mi “salchicha” te hará sentir muy…!―

Al momento, me puse muy roja. Me tape la cara de la vergüenza y la golpeé mi cabeza unas pocas veces contra la pared, mientras añadía:

― ¡Qué vergüenza, ¿en qué estoy pensando?! ¡Eso ha quedado muy vulgar! ¡Me he comportado como un viejo verde! ―

Tardé en recuperar un poco la compostura y dejar de desear que la tierra me tragase.

― ¡¿Qué estoy haciendo!? Yo soy una chica, ¡una chica! No debería actuar así…― Mientras miraba mi techo lleno de estrellas, ya acostada en mi casa, me puse pensativa. ― Aunque, por mucho que lo sea, parezco más a un chico…―

Miré el espejo y observé a aquella belleza viril que no era más que yo. Entonces, dije estos pensamientos en voz baja:

― Tal vez, el príncipe azul que estaba esperando siempre ha estado aquí sin que me diera cuenta, sin saber que esa persona era yo misma…― Me reí al ver la estupidez que solté. ― ¡Qué tonterías estoy diciendo…! ―

En esos momentos, me dije a mí misma que con esa vez era suficiente, ya volvería a hacerme a pasar por un hombre cuando llegará el día de la broma.

Al día siguiente, volví a disfrazarme como un hombre y maravillarme ante mi belleza. Y no paré de hacerlo hasta que llegó el día fijado.

― ¡¿Entonces, vas a salir hoy!? ― Con las cosas que necesitaba usar para hacerme pasar por hombre metidas en la maleta, iba a abrir la puerta, pero mi madre me detuvo con una voz poco agradable.

― Sí, mamá. ― Respondí un poco asustada.

Me di cuenta de que no estaba contenta con aquello que yo iba a hacer.

― ¡De ninguna manera! ¡¿Crees que te voy a dejar a salir así por las buenas, cuando falta poco para la noche!? ¡Tienes que hacer cosas en tu habitación, o estudiar, que siempre sacas suspensos! ―

Entrecortada, le repliqué que no me iba a pasar nada, estaba junto con mis amigas. Eso solo la enfureció.

― ¡¿Tus amigas qué!? ¡Qué sus madres sean unas huevonas y las dejan salir a unas horas en dónde las mujeres no deben hacerlo, no significa que yo también lo haga! ― Creo que se desvió mucho del tema.

Ojala volviera a ser regañada por ella, recordar sus palabras estaban siendo muy duros, y ahora me arrepiento mucho de no haberla hecho caso, tal vez nada de esto hubiera pasado. A pesar de todo, temerosa de que mis amigas se molestaran conmigo y convirtieran mi vida escolar en un infierno decidí escapar de casa. Y lo hice bajando por la ventana, lo más inteligente que una adolescente podría hacer, espero que noten la ironía.

Si hice tal locura, es que solo estaba en el segundo piso y había unas ciertas plataformas que estaba ahí para ayudar a los obreros a arreglar el edificio de mi cama. Aunque recuerdo que ya las obras llevaban meses paralizadas y nadie las quitaba, no sé si la gente había protestado por eso o no. En fin, pude bajar sin ningún tipo de peligro. Y lo hice ya disfrazada como hombre, así si mi madre me viera, no se diera cuenta de que soy yo.

― De verdad, no quiero hacerlo…― Aún así, no me sentía feliz, estaba muy incómoda. No deseaba ir a arruinarle la vida a alguien. ― Espero que algo pase antes de que llegué. ―

Con estos pensamiento en mente, me dirigí hacia al lugar del encuentro, paseando un poco por las calles llenas de basura y cuervos, algunas sin asfaltar, llenas de enormes charcos y barros; otras llenas de jaleo, con un tráfico caótico. Me sentía bastante incómoda yendo por ahí, avergonzada y temerosa de que alguien se diera cuenta de que yo era una chica. Sentía la mirada de los demás y creía que ya me habían pillado, aunque descubrí que solo estaban deslumbrados por la elegancia de mis ropajes. Algunos creían que yo era un extranjero, no sé cómo pudieron llegar a aquella absurda conclusión, e iban a por mí a pedir dinero o a estafarme.

Y cuando llegué a la parada del metro de Calcuta más cercana, que allí es dónde estaba el punto de reunión, me las encontré dando vueltas, parecían bastante molestas. Me di cuenta de que estaba llegando tarde y no estaban muy felices por esperarme.

― ¡Perdón por llegar tarde! ¡Es que tuve un pequeño problema y…! ―

Les gritaba a lo lejos, mientras le saludaba con la mano. Ellas, a lo primero, me ignoraron, creían que estaba llamando a otras personas. Luego, tras mirar a su alrededor, las chicas se dieron cuenta.

― ¡¿Nos está hablando a nosotras!? ― Estaban sorprendidas. ― ¡¿Pasa algo!? ― Y algo asustado y rojas, no se esperaban que un chico tan guapo les saludara como si nada. ― ¡¿Quiere que le ayudemos en algo o qué!? ―

Deteniéndome, me quedé bastante extrañada por sus reacciones, por unos cuantos segundos me preguntaba qué les pasaba, mientras ellas me miraban de la misma forma. Entonces, recordé que estaba yendo como un chico.

Eso me hizo tanta gracia, que tuve que controlarme y evitar expulsar unas cuantas carcajadas. Era chistoso que no me pudieran reconocer, a pesar de que solo llevaba de diferente una coleta y un traje elegante de hombre.

Decidí actuar un poco como un chico y les hice una relevancia que las dejó pasmadas:

― Ah, sorry, sorry. No quería daros ese susto, señoritas, no era mi intención. Me disculpo. ―

Me pregunté si esto me salió más o menos natural, y creo que así fue. Esas se me quedaron mirando, algo consternadas y muy rojas. Me quedé igual que ellas al ver su reacción, aquellas chicas rudas e imponentes, las cuales jamás me atrevía a replicarles por el miedo de que fueran a por mí, actuar de unas formas tan tímidas e inofensivas. Pasaron de ser leonas engreídas en pacificas ovejas en cuestión de segundos.

― No es nada. ― No me hablaron de forma altanera, sino con mucha educación y delicadeza, como si querían quedar bien ante mí.― ¡No te preocupes, no ha pasado nada! ―

― ¡No es necesario que te disculpes, no nos has molestado! ―

Incluso la líder de mis amigas, la abeja reina de mi grupito, se volvió en alguien muy agradable.

Entonces, sentí una sensación de gran gozo que nunca había notado y que apenas me costaba entender, era como si hubiera conseguido poder o algo así parecido. Algo en mí siento satisfacción al ver como esas malditas arpías se pusieron a actuar de forma dulce y amigable.

― ¡¿Por cierto, quién eres!? ― Y es más, intentaron darme charla, mirando con unos ojos llenos de interés hacia mí. ― Nos gustaría saberlo, ya que nos hemos hablado y eso, deberíamos presentarnos. ― Era tan gracioso verlas actuar así. ― ¡Eso, eso, ¿también vas a ir al centro de la ciudad?! Allí vamos nosotras. ― Hasta la líder de mis amigas se acercó demasiado a mí, con la clara intención de ligarme. ― ¿¡Estás esperando a unos amigos!? Porque parece que nos has confundido por otras personas. ―

A partir de ahí, no pude aguantar más mis ganas de reír, además de que necesitaba cortarle el rollo a ella cuanto antes. Me dio un ataque tan fuerte de risa que casi me dolió el estomago, tras soltar grandes carcajadas, que provocaron que atrajera la atención de todos.

― ¡¿Ocurre algo!? ― Me preguntaron las chicas muy extrañadas. Yo decidí contarles la verdad:

― Lo siento mucho, chicas, ¡¿acaso no me reconocen!? ¡Soy yo, Kasturba! ¡Vuestra amiga! ―

Se quedaron embobadas, con la boca muy abierta. Se miraron las unas a las otras con ojos abiertos como platos, para luego gritar de sorpresa:

― ¿¡Cómo puede ser posible!? ― Tardaron un buen rato en salir de su asombro. ― ¡¿En serio, eres tú!? ― Incluso se me acercaron y me tocaron para comprobar que era yo, como si fuera capaz de ponerme una máscara o algo parecido. ― Pareces una persona totalmente distinta…― Hicieron de todo en mi cara, hasta cogerme de las mejillas y alargármelas, haciéndome mucho daño.

Mientras les pedía que me dejaran de tocar, ya que la gente nos estaba mirando muy mal; nuestra líder empezó a soltar unas carcajadas siniestras.

― El plan nos va a salir genial, ¡Kasturba, eres genial, harás la broma del siglo! ― Ella estaba muy emocionada, aunque de una forma bastante desagradable de ver.

Intenté decirle algo, pero las demás lacayas me interrumpieron:

― ¡Es cierto, muy cierto! ¡El engaño será fenomenal! ― Las otras dos también eufóricas, casi a punto de saltar de alegría. ― ¡Esto serán lo más, ¿a qué sí, Kasturba?! ― A continuación, la líder me miró y añadió:

― Hazlo tan bien como lo has hechos con nosotras, eso es lo que haría una amiga de verdad. ― No pude negarme.

Di un fuerte suspiro, sentía que sería una noche muy larga y nada agradable de soportar.

FIN DE LA DECIMOCUARTA PARTE

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