Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Decimoquinta parte, centésima decimonovena historia.

Eran las nueve y media de la noche cuando entramos en la discoteca más moderna y cara de toda Calcuta. Las paredes parecían temblar por lo fuerte que estaba puesto la música, que ponían a veces una occidental y en otras producciones indias. Había unas especies de rayos de luces, de todo tipo de colores, que iban de un lado a otro del recinto y que podría dejar a una casi ciega. Estaba casi lleno, en la pista de baile no entraba nadie más y apenas la gente podría bailar. El ambiente fiestero de tenía aquello casi me hizo olvidar lo que tenía que hacer, dirigiéndome al mostrador para tomarme unas copas. Las chicas me detuvieron:

― ¿¡Qué haces!? ¡Ella está ahí! ― La líder de mis amigas me puso la mano en el hombro y me señaló al centro del lugar.

Ahí, hablando entre un grupo de chicas, se encontraba la chica con la cual tenía que “ligarme”. Me costó un poco reconocerla, ya que apenas la había visto, pero, al ver lo sociable y enérgica que se veía ahí, parecía normal que se hubiera enemistada con mi amiga.

― ¡Ella tiene novio y se atreve a salir por la noche sin él! ¡Qué deslenguada! ¡Qué zorra! ―

Y creo que estaban exagerando, ni siquiera está sola, ha ido acompañada de sus amigas, ¡¿no es lo mismo que estamos haciendo nosotras!? Hasta una de estas criticonas tenía un novio, por lo que recuerdo.

― No me lo esperaba, yo siempre creí que era una puta. ―

Me quedaba cuadrada con lo que le soltaban, cuando era una de las chicas con más fama de leal en todo el instituto.

― Por eso mismo, la vamos a castigar. Una muchacha de buena moral no debe estar en estos antros sin su pareja. ―

― ¡¿Por qué no disfrutamos un poquito de la fiesta antes!? ― Yo intenté, de forma tímida, proponer lo inevitable.

― No, hazlo ahora. ― Fue tan cortante que me entraron ganas de ignorarla, arrepintiéndome un poco de haberles dicho mi identidad, deseaba que me tratara tan bien cuando creían que yo era un hombre de verdad.

Con una mueca de molestia, salí directa hacia esa chica, intentando cruzar aquella masa formada por todas las personas que ocupaban en ese lugar.

Pero quedé a medio camino, preguntándome por el hecho de cómo podría hablarle. No tenía ni puta idea de cómo ligar, ni menos cómo lo hacían los hombres. Me quedé paralizada por unos cuantos segundos, mirando hacia adelanta y hacia atrás, mirando las caras de mis amigas, que, escondidas, me pedían que fuera de una vez y la de esa chica. Hice eso una y otra vez, hasta que tuve que llenarme de valor. Trague saliva, expulsé aire como una vaca y me dirigí hacia ellas, sin tener ni idea de cómo podré iniciar una conversación con esa gente.

Y sin querer, cuando las alcancé, choqué con un camarero que llevaba unas copas para otras personas. El pobre hizo una especie de malabarismo para mantenerse en pie y evitar que las copas se le cayeran, pero tuvo la mala suerte de parte de los líquidos salieran volando y mojaran el vestido de la chica que tenía que burlar, gritando ella de la sorpresa. No sabría decir si esto era suerte o desgracia para mí, pero tenía que aprovechar el momento.

― L-lo siento mucho, s-señorita…― Le hice el gesto típico de los indios para disculparnos. ― ¡No era mi intención ensuciar su… su vestido! ―

Me decía a mí misma, comida por el nerviosismo, que me tranquilizará, que iba a sospechar algo. Aunque, ahora que lo pienso, me doy cuenta de que comportarme de forma torpe me ayudó muchísimo.

― ¡N-no pasa nada! ¡E-esto no deja mancha…! ― Me dijo esa chica.

― ¡Déjame que la limpie! ― Busqué en mi ropa pañuelos, pero no tenía ninguno. Así que cogí al de un señor que estaba a mi lado: ― ¡Espera eso es mío…! ― Me gritó y yo solo le dije esto: ― ¡Préstame esto! ―

― ¡No era necesario! ― Lo decía con una cara muy roja, mientras yo le limpiaba el lugar en dónde se mojó, que era en su hombro. ― ¡Me puedo limpiar yo…! ―

― ¡B-bueno es mi error, debo de hacerlo…! ― Le solté una forjada sonrisa, sin saber si eso me servía o empeorará la situación.

Al terminar, le devolví el pañuelo al señor, que se quedó boquiabierto, y ella no evitó mostrar una sonrisa avergonzada.

― M-muchas gracias…―

 

― De nada…― Miré de reojo a mis amigas, que estaba a lo lejos, echando fotos. ― U-una, digo, uno tiene que enmendar sus errores. ―

Aunque sabía que esto sería insuficiente para mis amigas, no quería seguir con esto. Pensé que podrían hacerle igual daño con esas simples fotos y que no era necesario que yo intentará ligármela. Pero ellas me lanzaban gestos que me decían de forma clara que siguiera. Me faltaba poco a expulsar sudor frio por la presión que estaba sintiendo.

― Pareces tenso…― Y lo peor del asunto es que lo noto ella, y el resto de las chicas que le acompañaban. ― ¿Estás bien? ―

― N-no es nada, ¡no se preocupen! ― Me salió tan forzado que solo preocupó a esas chicas.

Y sin entender cómo lo hice, me llevaron en la barra y pidieron un vaso de agua para mí, siendo demasiado amables conmigo. Empecé a sentirme muy mal.

― ¡¿Ya te encuentras mejor!? ― Me preguntó la chica que yo debía burlar, después de que yo tomará con tranquilidad el agua.

― Sí, mucho mejor. ― Le lancé otro intento de sonrisa cautivadora. ― ¡Muchas gracias, de verdad! ―

― ¿¡Quieren qué les invite a algo!? ― Metí las manos en los bolsillos para comprobar si tenía el dinero suficiente. ― Unas copas, algunos postres, lo que sea…―

Ellas no pudieron negarse y yo me quedé sin un duro, ni siquiera para pagarme la vuelta a casa. Al pasar media hora, las cosas estaban así:

― ¡Om Klim Cristave Namah! ¡Om Klim Cristave Namah! ― Las chicas se pasaron con la bebida. Una no dejaba de gritar mantras en sanscrito, mientras movía el vaso por todas partes y con una actitud bastante alocada.

― ¡Eso, eso! ¡Viva, viva en el nombre de Shiva! ― Y otras lanzaban unos sinsentidos parecidos. ― ¡Dejen, dejen eso en los templos, aquí venimos a divertirnos, jajajaja…! ―

En verdad, la único que se puso controlar, más o menos, fue la misma que yo tenía que burlar y me estaba hablando con toda la tranquilidad del mundo.

― Entonces, ¿¡no has venido con tus amigos!? ¡¿Solo tú!? ―

Llevábamos un buen rato hablando y aquella persona demostraba ser bastante sociable, no dejaba de darme conversación.

― Pues sí, estaba tan aburrid… Digo, aburrido que decidí divertirme en estos antros. ― Pero yo, ya sintiéndome a gusto, intentaba también darle cuerda: ― ¡¿Y vosotras!? ¡¿Habéis venido también a divertiros!? ―

― Más o menos. ― Entonces, contestó esto mientras miraba cabizbaja a la barra, su rostro se entristeció.

― ¡¿Qué ocurre con esa cara tan larga!? ― Entonces, metí la pata. ― ¡¿Te has peleado con tu novio o algo así!? ―

Ella me miró muy sorprendida y me preguntó: ― ¡¿Cómo sabes que tengo novio!? ―

Me quedé paralizado por unos pocos segundos, con una cara que dejaba claro que me había pillado. Para salir del marrón, solté lo primero que se me ocurría:

― P-pues es algo que deduje, una chica tan guapa como tú debía haber conseguido un novio muy rápido. ―

Con movimientos muy buscos y pocos naturales, le dije una cosa tan cursi y estúpida que deseé con todas mis fuerzas que la tierra me tragara.

Aún así, ella se puso muy colorada e intentó ocultar su cara para que yo no la viese así.

― Me halagas, pero, pero él…― Luego calló, y añadió, mientras ella intentaba volver a la normalidad: ― No es nada…―

Entonces, me di cuenta de lo que le pasaba y sin querer expulsé lo que pensaba:

― Así que tienes problemas con tu novio, ¿no? ―

Ella no me lo negó, o quiso intentarlo, pero se le entumecieron los ojos y rompió a llorar. Al parecer, vino a este local junto con sus amigas para olvidarse de algún problema que tuvo con el novio. Con un tono compasivo y amable, le pedí que me lo contara y no se negó.

Con gestos y señales, me contó, no solo el problema actual que tenía su novio, sino los cientos que había tenido en el mes que llevaban como novios. Me quedó muy sorprendida cómo podría una relación complicarse tanto y se lo decía, algo que irónicamente ayudaba a que ella se sintiera más seguro de contarme sus problemas amorosos.

No creo que me la estaba ligando, sino, más bien, estaba siendo como la amiga que escuchaba sus problemas.

― Ahora, ¿te siente mejor? ― Pregunté cuando finalizó de hablar. Se le notaba que estaba muy aliviada.

― Sí, mucho mejor. Gracias por escucharme, jamás había visto a un hombre que podría ser capaz de escuchar. ―

― Es lo que dicen todos. ― Reía de forma muy tonta, muerta de vergüenza. Era la primera que me decían un halago de ese tipo y se sintió bastante bien. ― Creo que los dioses me dieron la virtud de escuchar a los demás. ―

A ella le hizo mucha gracia aquello que dije, diciéndome que yo era muy gracioso, y yo añadí además que era verdad, intentando mostrarme muy orgulloso de eso. A continuación, siguió alabándome y hablándome de que el mundo necesitaba más hombres como yo.

Entonces, embriagada por la alta auto-estima que me dieron, me atreví a pedirle algo que, en otras condiciones, ni loca haría.

― ¡¿Quieres bailar!? ― Le pregunté esto, mientras extendía mi mano y me levantaba de la silla.

― Pero…― Dijo en voz baja, llena de dudas. Normal, lo que yo le estaba ofreciendo era algo que no deberías hacer con un desconocido, ni menos si tenías novio, o serías tachada por una puta o una zorra.

Aún así, a pesar de que yo sabía eso, la induje a hacerlo:

― ¡No te preocupes, es solo como amigos! ¡En el extranjero, en Occidente, los amigos hacen esto entre ellos, bailar juntos! ¡No pasa nada si eres una mujer u hombre! ¡No importa! ― Me saque esta excusa de la manga y se lo creyó. Más bien, esa chica aceptó a creerlo, porque quería bailar conmigo. ― V-vale. ― Con esto dicho, aceptó mi mano, tan roja como un tómate y salimos a la pista de baile.

La idea de sacarla a bailar fue una acción instantánea, yo no tenía ninguna intención de hacerle mucho más daño con eso, ya ni me acordaba de que mis amigas estaban sacándonos fotos a lo lejos.

Lo extraño es que fue bastante divertido, por primera vez en mi vida me sentía el centro de atención. No paró de mirarme, de estar pendiente de todas las tonterías y cursiladas que decía, de preguntarme si lo estaba haciendo bien, deseosa de que yo le enseñará nuevas cosas, halagándome sin parar y induciéndome a que le dijera cosas bonitas. Eso no dejaba de producirme una sensación agradable, pero que me daba escalofríos. Por otra parte, esto se me hacía muy gracioso, esa chica no sabía que estaba bailando con un falso chico, alguien de su mismo sexo; me burlaba en mi interior de lo ingenua e idiota que estaba siendo conmigo.

Nos pasamos una hora así, cuando su teléfono móvil, que estaba dentro de su vestido, empezó a sonar. Nos detuvimos y ella lo sacó, era la alarma que le decía que tenía que volver a casa.

― Tengo que irme, yo y mis amigas no nos tienen permitido volver a nuestras casas antes de las once de la noche. ― Eso me dijo.

― ¡No te preocupes, mujer! ¡Espero que podáis volver sanas y salvas! ―

Y con esto dicho, ella cogió a sus amigas, aún borrachas, y se fueron de ahí. Me miraba de vez en cuando, como si quería seguir estando conmigo. Por mi parte, cuando vi que se fueron, solté un fuerte suspiro de alivio:

― ¡Por fin, he terminado con esto! ― Yo di un grito de alegría, mientras empezaba a caminar por la discoteca. ― ¡Bueno, voy a ver cómo están mis amigas! ¡Espero que estén satisfechas, porque yo no voy a volver…! ― Por alguna razón, me callé para añadir esto, como si no me podría engañar a mí misma con eso de que aquello me había gustado y que tal vez sería capaz de repetirlo: ― Bueno, no importa…― Intenté no darle importancia.

A continuación, estuve un buen rato dando vueltas por el local, incapaz de encontrar a mis amigas: ― ¡¿Pero, dónde están!? ― Estaba muy perpleja, se habían esfumado como el polvo. Seguí buscando por todas partes, hasta miré dentro de los retretes, y no encontré nada. ― ¡No me lo puedo creer, es imposible! ― Tardé en asimilarlo y cuando lo hice, di este fuerte grito de ira: ― ¡Me han dejado tirada, las muy putas! ―

Después de todo lo que hice por su maldita broma, se fueron así sin más, olvidándose de mí, esto fue el colmo. Para expulsar mi enfado, tuve que salir del lugar.

― ¡Putas amigas de mierda! ¡Qué se vayan a tomar por el culo! ― Ya, en la calle, grité esto a los cuatros vientos, mientras pateaba de furia algo que ahora no recuerdo, pero que me hizo bastante daño. Solté unos cuantos chillidos de dolor y caí al suelo, mientras me cogía el pie dolorido.

Al pasarme el dolor, me levanté y me pregunté: ― ¡¿Ahora qué voy a hacer!? ―

No tenía dinero para poder ir en metro ni la valentía ni las ganas suficientes para volver a casa andando, estaba jodida. Aún así, tuve que hacerlo y volví sana y salva a mi hogar, aunque para eso hubiera tardado cuatro horas y algo.

Al llegar al lunes, estaba cabreada y lista para mandarles a la mierda a esas malditas zorras que yo tenía como amigas, no me importaba que fuera en la misma clase.

Lo primero que hice fue abrir la puerta de forma violenta y gritarles esto:

― ¡Vosotras, ¿por qué habéis…!? ―

― ¡Por fin, has venido! ¡Te estábamos esperando! ―

No me esperaba que ellas me recibieran con alegría, acercándose a mí, dandome aplausos.

― ¡Eso, eso! ¡Tienes que saber lo último! ―

― Me importa…― Les iba a soltar unas cuantas cosas, pero la líder me tapo la boca con un dedo y me soltó esto:

― Perdón por lo del otro día, es que nosotras tenemos una hora a la que volver también. Se nos olvido decirlo, pero tienes que saber que lo has conseguido, ¡has cumplido tu promesa de amiga! ―

― ¡¿Qué queréis decir con eso!? ― Me quedé un poco extrañada.

― Que la zorra esa ya no tiene novio, rompieron anteayer Y lo hizo él, todo gracias a ti. ―

― ¿Yo? ¡Es imposible, no hicimos nada! ¡Ese chico no tiene razón para que rompa con ella! ― Grité, incrédula.

― ¡Estas fotos demuestran lo contrario! ―

Me mostraron unas fotos, era yo, disfrazado de chico, cuando estaba bailando con esa chica. Y no puedo engañar, parecíamos novios.

― Lo has hecho lo mejor que has podido, eso le pasa a ella por ser nuestra enemiga…― Empezó a reír, llena de satisfacción. Verla feliz de ese modo me resulto muy vomitivo.

― ¡¿Pero, no es esto una simple broma!? ¡No deberían haber llegado a tan lejos…! ― Intenté negarme a eso.

― ¿¡Tú qué derecho tienes para decir eso!? ¡Tú te ofreciste a disfrazarte y a ligarte a esa chica, con toda tu voluntad, ¿acaso no lo recuerdas?! ―

A voluntad, no. Me obligaron, me presionaron. Yo no quería hacerlo desde el primer momento. Aún así, creía que no iba a pasar nada grave, que esa chica convencería a su novio de que eso no era cierto y seguirían estando juntos o algo parecido. A pesar de que el objetivo era hacerlos romper, deseaba que eso no se cumpliera.

Un sentimiento de culpa invadió todo mi ser, me sentía tan horrible que me entraba ganas de darme un puñetazo a mí misma. Al recordar que mis amigas seguían estando presentes, me controlé y les dije esto:

― Sí, es verdad. No lo puedo negar…―

Aún así, no podría quedarme de brazos cruzados. Tenía que solucionar el problema que provoqué.

FIN DE LA DECIMOQUINTA PARTE

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