Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Decimosexta parte, centésima decimonovena historia.

Ya, al terminar las clases, lo primero que hice fue salir lo más posible y buscar a aquella chica a la que le arruiné la vida, me sentía realmente mal por ella. Estaba tan centrada en eso que se me olvido mi paraguas y salí a la calle bajo la copiosa lluvia que aún dominaba Calcuta. No tardé nada, la encontré enseguida, dirigiéndose a su casa con una notable pesadumbre, a pesar de que la veía por las espaldas.  Me acerqué con rapidez y le grité:

— Espera un momento…—

Ella se detuvo y yo me quedé quieta, dándome cuenta de que no tenía ni idea de cómo explicárselo y arrepintiéndome en el acto. Giró su cabeza y me miró:

— ¡¿T-tú eres…!? — Al momento, sus ojos se llenaron de una ira asesina. Yo, asustada, la interrumpí, diciendo lo primero que se me ocurría: — ¡Yo soy Kasturba, una chica de la clase de al lado! ¡Y bueno…! —

Entonces, sin que me diera tiempo a escapar, ella se lanzó hacia mí con unas claras intenciones de matarme.

— ¡Tú eres del grupito de esas zorras que me han amargado la vida, te vas a enterar, puta! — Estaba totalmente histérica.

Le pedí que no me hiciera daño, pero fue en vano, me empezó a golpear en plena calle. Lancé desesperados gritos de auxilio, pero nadie vino en mi ayuda hasta pasar varios minutos. El colmo fue que todas las demás chicas nos rodearon y empezaron a animar la pelea. Si no fuera por los profesores y algunos paseantes, no sé qué hubiera pasado conmigo.

— ¡Qué vergüenza! ¡Somos fervientes amantes de la no-violencia y no podemos tolerar que te pongas a pelear con otra niña! ¡Gandhi consiguió que la India se independizara sin golpear a nadie, sigue su ejemplo! —

Y lo peor del asunto es que después mi padre se empezó a regañar mientras volvíamos a casa, siendo yo incapaz de explicarle la situación. Es verdad, él no me dejaba hablar, nunca fue bueno en eso de escuchar a los demás. Si hubiera me preguntando por lo menos qué había pasado, tal vez las cosas hubieran sido diferentes.

— Pues el país que él libero de los británicos tampoco le hizo mucho caso, porque después de su independencia le declaró la guerra a Pakistán. —

Aunque yo ni me atreví a contarle la verdad, solo le replicaba con tonterías en una actitud muy pasivo-agresivo, mientras miraba hacia la ventana y me limpiaba las lágrimas. Era la actitud de mi padre causaba la razón por la cual estaba triste y enojada, y no tanto el dolor que me produjo esa chica.

Al volver a casa y tras ser regañada, también, por mi madre, entré en mi cuarto y allí me desconsolé.

— ¿¡Y ahora qué puedo hacer!? — A continuación, empecé a hablar sola, mientras me levantaba de mi cama. — Necesito arreglarlo de alguna manera…— Me sentía tan culpable que no era capaz de dejar las cosas así, tenía que encontrar una forma para pedirle disculpas sin que me matará primero.

Crucé mis brazos y forcé a mi cerebro a pensar, estando así durante varios minutos. Me esforcé fuertemente en encontrar alguna solución, pero solo me ocurría una cosa que yo no deseaba volver a hacer. Tras dar tantas vueltas por mi habitación como una tonta, no pude evitar un vistazo a la caja que aún mantenía las cosas que me dieron esas brujas para travestirme.

Me dije a mi misma que eso no era la solución, que no debía volver a hacer eso de nuevo. Trague saliva y con mi cuerpo fuera de mi control cogí lo que había dentro de esa caja. Sin darme cuenta, en cuestión de segundos, ya estaba vestida de nuevo como un hombre. Al mirarme al espejo, me grité:

— ¿¡Pero qué estoy haciendo!? — Pero lo único que recibí como respuesta fue a mis padres gritarme desde el salón, diciéndome que me callará.

Tras aquello, respiré e inspiré varias veces, mirándome con una mezcla de horror, pidiéndome a mi misma que controlara mis instintos, que una de las enseñanzas de Buda, a pesar de que no creía en él, era controlar tus deseos o algo así. Al final, lo siento por él, pero fracasé en mi cometido.

— Je, je, creo que por una segunda vez no pasa nada. Solo tengo que disfrazarme de nuevo como hombre y pedirle disculpas, nada más…—

Sonreí tontamente, sin darme cuenta de aquella decisión que tome fue el punto sin retorno.

Decidí que iría al mismo lugar de la otra vez, en el próximo fin de semana, sin saber si podría encontrarme de nuevo con esa chica.

Y pasaron los días, con una lentitud que me llegó a desesperar mucho. Para sentirme segura de que iba a salir todo bien, decidí a practicar mi papel, disfrazándome como un hombre y aprendiendo a actuar como tal, aunque sentía que no estaba teniendo mucho éxito. Sin darme cuenta, me estaba metiendo demasiado en aquel asunto de hacerme pasar por un macho y tenía que establecer un límite. Y finalmente llegó el fin de semana.

— Por fin, ¡por fin, ha llegado el día! — Tras tragar saliva, eso me dije, mientras me miraba al espejo. — Bueno, espero que sea hoy…—

— Hablo con esa chica, le intento perdón por ligármela, me voy y ya dejo de hacer esto…— Golpeé mis mejillas. — ¡Recuerda, Kasturba! ¡Recuerda, por favor! ¡Tú misión es volverte más femenina, demostrarle a los demás que no te pareces un hombre! ¡No te hagas pasar como uno, solo les dará la razón! —

Miré, a continuación, la ropa y los demás utensilios que quería utilizar para disfrazarme de hombre, que estaban sobre la cama. Yo estaba muy ansiosa por ponérmelo de una vez, con unas ganas que me producían mucho pavor, pero me controlaba, porque no podría salir a la calle así como así.

Después de todo, había alguien más en mi casa, después de que ver que mis padres iban a estar fuera todo el fin de semana, y era ella, La misma criada, trabajadora doméstica que me usurpó mi propia identidad más adelante.

Al recordarla, se me hierve la sangre, no me puedo creer aún que aquella muchacha que trabajaba con tanto ahínco en mi casa por un sueldo muy miserable sería capaz de hacerme todo eso. En aquel entonces, al verla, se me hacía bastante simpática, no me llevaba nada mal con ella. Jamás me imaginaría que me haría tales perrerías y me odiaría tanto.

¡¿Le hice tanto daño, acaso!? Ahora que lo recuerdo y lo pienso con gran detenimiento, me cuesta negar que no haya momentos en que yo le haya molestado.

— Por favor, ¡señorita! ¡No ensucie eso, que lo he limpiado! — Cuando muchas veces, yo comía patatas fritas, u otros aperitivos, en el salón y me caía muchos trozos al suelo que ella ya había limpiado.

— ¡No pasa nada, no pasa nada, ya lo recojo yo! — Y siempre se me olvidaba y mis padres acababan regañándola.

— ¡¿Por qué el jarrón está roto!? — O cuando rompía algo y mentía para no ser castigada. — Pues ni idea. — Terminando ella siendo regañada, a pesar de que esa no era mi intención.

O también todas las veces que se me olvide abrirle la puerta, ocupada en vez mis películas favoritas; o en hacerle alguna que otra broma pesada, o en otras muchas cosas que podrían causar molestias. Pero no lo hacía con mala intención, eran simples chiquilladas que, de por sí, no causaban un odio tan enfermizo como me mostraba ella.

Entonces, mientras recordaba mi pasado bajo la ducha, mi cerebro encajo algo, me di cuenta de que fue lo que produjo su odio contra mí. Sí le hice una gran putada, pero creía que no se había dado cuenta. De todos modos,  no voy a adelantar acontecimientos. Vamos a seguir con lo que estamos.

Abrí la puerta de mi habitación un poquito y la observaba, viendo cómo estaba intentando quitar con todas sus fuerzas una mancha que deje en el sofá:

— ¡¿Trabajas también en el sábado!? — Le dije, aparentando asombro. — ¡¿No estás cansada de tanta trabajar!? —

Ella me ignoró, siguió a lo suyo. Eso fue algo desagradable.

— ¿¡Acaso no tienes ganas de descansar y tomarte el día libre!? ¡Estar siempre limpiando casas debe ser un rollo! — Yo seguí hablando y ella siguió ignorándome.

— ¡¿No quieres disfrutar del parque y de un día soleado y con gente siendo feliz!? — Ella me miró con muy mala leche, cómo si se preguntaba si yo estaba idiota. Era normal, porque observé por la ventana cómo llovía. — Bueno, también puedes disfrutar de la lluvia, los monzones son los que nos dan vida, sin ellos no seríamos nada, ¡¿no te parece!? —

— ¡¿No tienes amigos para salir por ahí!? ¡¿Una familia con la que estar!? ¡¿Algo así!? ¡Trabajar mucho es malo, muy malo, ¿sabes?! —

— No. — Me respondió de forma muy brusca, creo que incluso crispó los dientes. Parecía muy enfadada.

Entonces, para librarme de ella, busqué en la caja fuerte de mis padres un billete y volví con ella. Le grité esto, mientras le enseñaba el dinero:

— ¡Vamos, mujer! ¡Deja eso y vete a tu casa! — Ella giró la cabeza y se quedó boquiabierta.— ¡¿Qué intentas hacer!? — Estaba muy confundida, mirando al dinero con ganas de cogerlo, pero no se atrevía, como si se creía que yo quería hacerle algo. Tuve que explicárselo: — Pues darte dinero, ¿no? Esto es mucho más que las 500 rupias que te dan mis padres. —

— Ya me gustaría que fueran 500…— Comentó en voz baja. Se tapó la boca al ver que yo la escuché y añadió: — Pero es sospechoso…— Me lanzó una mirada llena de desconfianza. — ¿¡Quieres hacerme una broma o algo así!? —

— No, no es eso. Solo que te veo trabajando tanto que me conmueve…— Se me quedó mirando, con una mirada de incredibilidad y soltó una burla muy ácida. Tuve que cambiar de excusa: — Vale, vale, necesito estar sola en mi casa, no puedo que haya otra aquí, ¡¿entiendes!? —

— Yo no, yo no puedo…— Intentó resistirse, pero le refregué el billete por la cara. — Vale, vale. Los cogeré. — Y así lo hizo. A los pocos minutos, se fue de la casa. Conseguí mi objetivo, aunque sin saber que ella luego sería regañada e incluso tildada de ladrona, unas acusaciones que acabaron en nada.

Ya sola en la casa, ya me travestí y me fui a la misma discoteca de la otra vez, faltaba poco para que se pusiera el sol. Llena de dudas, me preguntaba una y otra si hacer esto estaba bien y si me la iba a encontrar ahí de nuevo.

Al llegar a la discoteca, después de un viajecito bastante incómodo, vi a esa persona, a la chica con la cual tuve que hacer la burla y que casi estuvo a punto de destrozarme. Estaba cabizbaja, con los ánimos por los suelos, mientras sus amigas le obligaban a entrar, diciéndole cosas para animarla. Trague saliva, sin saber qué hacer, si acercarme a ella o no, tenía miedo de que se lanzará de nuevo hacia mí. Así me quede paralizada unos segundos, mientras las veía entrar. A continuación, tuve que llenarme de valentía y hacer lo mismo.

— ¡Vamos, vamos, termina esto de una vez…! — Me decía a mí misma, mientras inspiraba y respiraba para tranquilizarme.

Al entrar en el edificio e introducirme en aquella marea de gente que no bailan como monos borrachos y tomaban copas a reventar, buscaba con la vista a esa chica, sin darme cuenta de que estaba al lado.

Y cuando intenté darme la vuelta, choqué con ella, haciendo que casi tirara la copa que sostenía.

— ¡Ah, lo siento! — Gritamos las dos mutuamente.

Yo, al ver que era ella, casi me eché para atrás, creyendo que me quería pegar o algo. Menos mal que me pude controlar, porque ella se me quedó mirando, muy sorprendida:

— Tú eres el chico de la otra vez…— Me hacía mucha gracia que me dijera “chico”.

— Ah, y tú eres…— Ella me dijo su nombre. — Ya veo, te recuerdo. —

Y de repente, aquella chica de expresión triste y desanimada rompió a llorar y me abraza, mientras intentaba decirme cosas que apenas entendía gracias a sus balbuceos. Me quedé sin saber qué hacer, procesando a mi cerebro para entender por qué hizo algo así.

— ¡¿Qué, qué ocurre!? — Eso era lo único que se me ocurría. — ¿¡Ha pasado algo!? —

Aunque me lo intentó explicar, apenas se le entendía. Así que tuve que llevarla a la barra de la discoteca y allí se tranquilizará. Al hacerlo, se disculpó:

— Perdona, no quería hacer eso, pero es que…—

— ¡No te preocupes, yo nunca me niego a consolar a las damas, no hay nada más triste que ver a una chica llorar…! —

Ella se rió y no sabía a ciencia cierta si dije algo estúpido.

— ¿¡Y qué ocurre!? — Añadí con algo de nerviosismo. — Perdón, si no quieres explicármelo, no pasa nada. Solo nos hemos conocido un día, no podrías explicarle a alguien que es casi un desconocido para ti tus problemas…—

Me parecía algo extraño que estuviera hablando con ella como si fuéramos amigas de toda la vida, cuando supuestamente nos habíamos visto dos veces. Me pregunté si eso la molestaba o algo parecido.

— Está relacionado contigo, ¡no te preocupes! —

Pero a ella no le molestaba, se le notaba muy cómoda hablando conmigo. Me preguntaba si no era un poco peligroso para ella tratarme con tanta cordialidad.

— ¿¡A-ah, sí!? — Me hice la tonta, o el tonto, ya no sé. — ¡¿De qué se trata!? —

Entonces, como la otra vez, me contó con señas y señales qué le pasó después de aquella noche. Al día siguiente, su novio apareció en su casa y le mostró las fotos que nos hicieron, pidiéndole explicaciones. Lo intentó, pero él se negó a entenderla, solo quiso que todos se enterasen de que ella era una puta. Luego, no sé cómo, descubrieron que fueron mis amigas las que la esparcieron por las redes sociales y le hicieron llegar a su chico, con quién rompió. Desde entonces, no dejó de llorar y estar muy triste. Después de terminar, yo dije:

— Vaya, ¡entonces, ¿unas chicas hicieron unas fotos tuyas cuando estabas hablando conmigo y se las enseñó a tu novio para qué éste se creyera que le estabas siendo infiel?! —

Ella, muy dolida, movió la cabeza de forma afirmativa.

— ¡Te entiendo, te la han jugado, no puedo creer que haya gente tan malvada! — Que yo dijera esto me hacía sentir muy hipócrita.

— Y una de ella, que parece un hombre travestido,… — Eso me dolió demasiado. —…, se atrevió a acercarse a mí, después de lo que me hicieron. Por desgracia, no le pude dejar la cara más fea todavía. —

Eso me minó la moral, eso de que alguien te dijera que eras fea dolía bastante.

— P-puede que intentará pedirte disculpas por l-lo ocurrido o a-algo parecido. —

Lo expliqué con tanto nerviosismo que temí que me descubriera o pensara algo raro. Lo único que hizo fue decir esto:

— ¡Esas zorras no conocen lo que es el arrepentimiento…! —

Si me hubiera dejado hablar, tal vez habría conocido mi arrepentimiento. A continuación, decidí cambiar de tema, no quería que dijera más cosas malas de mí:

— Bueno, la otra vez me decías que tenías muchos problemas con tu novio. Míralo por el lado bueno, ¡te has quitado un peso de encima! No creo que fuera bueno para tu salud estar todo el día enfadado con una persona tan celosa y controladora como me decías que es tu novio. —

— ¡Tienes razón, esa relación no tenía mucho sentido! ¡Es un idiota, nunca pudo comprenderme y entenderme! ¡Qué se pudra en el Naraka! —

Y pidió otra copa, que decía que el cuerpo se lo pedía.

— ¡Entonces, todo perfecto! — Y levantándome de la silla, le decía esto, ofreciéndole la mano. — ¡Vamos a hacer que te olvides de ese chico esta noche! — Ella lo entendió enseguida. — ¡Tienes razón, a disfrutar! — Y las dos levantamos las manos, mientras salíamos a bailar.

E hice todo lo posible para hacer que se divirtiera, consiguiendo grandes resultados. Ella disfrutó como nunca, mientras sus amigas, que nos veía a lo lejos, le daban ánimos y disfrutaban del espectáculo. Fue demasiado agotador.

Tras unas dos horas de pura fiesta, ella se cansó y dejamos de bailar. Ella miró su móvil, dándose cuenta de que tenía que irse pronto y yo me di cuenta de que no le dije esto:

— Por cierto, perdona por todas las molestias que te he causado…— Sí, casi se me iba a olvidar que tenía que pedirle perdón. Extrañada, la chica me dijo esto: — ¡¿Molestias!? No es tu culpa, no te sientas culpable. Lo hicieron a mala fe, lo habrían hecho con otra persona. —

Le di la razón, incapaz de pensar en lo que había pasado si hubiera sabido que la verdad. Aunque me carcomía un poco la culpabilidad, pensaba que lo mejor es que las cosas se quedarán así.

Entonces, hubo un pequeño intervalo de silencio, que se rompió a los pocos segundos, cuando aquella chica, con una actitud tímida, me dijo:

— Una cosa, ¿¡el próximo sábado estarás aquí!? B-bueno, no es nada, solo que e-es muy divertido estar contigo, y me gustaría repetirlo…—

Estaba muy roja y nerviosa, incapaz de mirarme a la cara. Una parte de mí se estremeció al verla así, parecía como si le empezaba a gustar.

— Pues…— En ese mismo momento, tuve que decirle que no, sacarme alguna estúpida excusa de la manga para decirle que yo no volvería a aparecer. Ya terminé con mi misión, tenía que dejar este disfraz para siempre. — C-claro que sí. De vez en cuando paso mis ratos viviendo la noche loca. — Pero no pude negarme, al ver que me veía con una cara muy ilusionada, me sentía incapaz de romperle el corazón.

En las próximas semanas, incapaz de librarme de disfrazarme o vestirme como un hombre, iba de fiesta con esa chica. La verdad es que si era muy divertido, pero me daba cuenta de que esa persona quería ser algo más que amigos y tenía que pararla de alguna forma. Pero no lo hice y lo inevitable llegó:

— ¡¿Q-qué es esa cosa tan i-importante…— Eso le dije, después de que ella, entrecortada, me pidió que saliésemos de la calle.  —…que me quieres decir para que no te atrevas a decirlo dentro del local!? —

A pesar de mi pregunta, ya sabía de qué se trataba y estaba muy aterrada, me preguntaba qué le podría decir para rechazarla sin que sus sentimientos no fueran pisoteados. No quería que se lanzase como una leona hacia mí y me destrozará viva ahí misma.

— Pues la verdad,… — No paraba de estarse quieta, estaba tan alterada que era incapaz de soltarlo: — Quiero decirte que…—

Se quedó tartamuda y quieta, parecía que ardía y con una cara que te decía claramente que era incapaz de decirlo. Yo solo esperé, aunque con ganas de soltarle que ya sabía lo que quería decirme. A lo lejos, sus amigas le decían entre señales que fuera valiente, que me lo dijera de una vez. Se tomó su tiempo, pero lo hizo, al final:

— En verdad, ¡me gustas, pero mucho! ¡Es verdad que nos conocemos desde hace muy poco, pero eres completamente diferente a los demás hombres! ¡Guapo, maduro, inteligente, bueno, es todo lo que una chica desearía! ¡Por eso, me gustaría que fueras mi novio, si pudieras…! —

— ¡¿En serio!? — Eso me dejó con la boca abierta. — ¡¿De verdad crees que soy guapo, maduro, inteligente y todo eso…!? ¡¿Es decir, soy lo que toda una chica desearía!? ¡¿Cómo una especie de príncipe azul!? — Me costaba asimilarlo.

— Bueno, se podría decir así…— Ella rió tontamente.

— Muchas gracias, pero…— Estaba muy roja, me sentía muy feliz, jamás podría creer que me dijeran esos halagos. Aún así, tenía que controlarme y prepararme para rechazarla. —…tengo que decirte que n-no. Bueno, eres muy divertida y buena chica, y todo eso; pero yo no puedo corresponder tus sentimientos. S-soy un alma libre, no quiero atarme al amor y eso, solo ayudo a toda dama que se sienta triste, es mi naturaleza animarla y ponerla feliz. Algo así. Lo siento mucho, pero espero que encuentres pronto a tu verdadero amor. —

A lo primero, vino el silencio. Ella no dijo nada, solo se quedó mirándome. Luego, rompió a llorar, tapándose la cara para que no la viese. Espera que me dijera algunas palabras llenas de odio y todo eso:

— Ya veo…— Pero me sorprendió que fuera muy comprensiva, intentando mantener una sonrisa, mientras limpiaba sus lágrimas. — En verdad, sabía que esto pasaría, pero tenía que hacerlo. Perdón por esto, de verdad, me lamento mucho haberme declarado, te he obligado a que me rechazaras. —

Yo, abrumada ante su dolor, intenté decirle algo más, para que sirviera de consuelo, pero ella salió corriendo. Aunque, en mitad de su carrera, se detuvo y me miró, diciéndome esto:

— Parece que tienes un hermoso don que te hace conectar con las mujeres, hablar contigo se vuelve tan fácil y divertido, eres amable y comprensible y siempre escuchas; no es nada difícil que cualquiera chica caiga en tus manos. Así que, por favor, ¡ten cuidado con eso! Adiós, ¡sé libre! —

Boquiabierto, me quedé preguntado la razón por la cual dijo eso, me pareció tan fuera de lugar.

Y allí me quedé, en mitad de la calle, pensando.

— ¡¿De verdad, yo tengo un don…!? — No paraba de reírme, mientras aquellas palabras no dejaban de repetirse en mi cabeza. — ¿¡Es verdad que cualquiera chica cae en mis garras…!? —

De alguna forma, me sentía bastante feliz, como si había encontrado algo que valiese la pena o rellenase un vacio que llevaba toda mi vida. Algo en mí se rompió.

Tantos años queriendo ser femenina, intentando ir a la última para estar junto con las más populares y atraer a los chicos, sin resultado alguno. Y desde que me hice pasar por un hombre, hasta se me declaró alguien. No dejaba de recordar los halagos que me soltaba y la atención que recibía de ella y de muchas chicas que nos observaba a lo lejos.

Aquel sentimiento de ser querida y adorada por los demás me nubló la vista, quería más. Deseaba comprobarlo con mis propios ojos, demostrarme que sería capaz de hacer que cualquier chica cayera en mis manos.

Miré hacia la discoteca, viendo aún como la gente entraba y salía de ahí. Solo me fijaba en las chicas que pasaba, preguntándome con muchísima seriedad si podría conseguir lo mismo que hice con la otra. Tenía que comprobarlo, quería ver mi “don” de nuevo.

— ¡¿Lo hago!? ¿¡O no lo hago!? ¡Pues claro que sí! — Descontrolada, grité esto a lo loco, mientras hacia una pose fabulosa. — ¡Vamos a disfrutar un poco más de la noche, el príncipe azul aún sigue aquí! —

La gente que estaba a mi alrededor se quedó algo sorprendida, pero eso me daba igual. Fui directa a la discoteca, a disfrutar de lo lindo.

FIN DE LA DECIMOSEXTA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

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