Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Decimoséptima parte, centésima decimonovena historia.

Y desde entonces, empecé a vivir la época más divertida y alocada que tuve en toda mi vida. Tanto que llegó a notarse en otros aspectos, como en mis estudios.

― ¡¿Qué es todo esto!? ¡Dímelo, hija! ― A los pocos días que faltaban para terminar el curso, mis padres descubrieron mis notas. ― ¡¿Qué ha pasado, por qué tienes estas notas!? ― Y me lo pusieron en la cara, después de llegar a casa. ― ¡Vas a repetir de curso! ―

Yo me quedé callada, tardé segundos en darles una respuesta, porque me tenía que recuperar ante el hecho de que me habían pillado.

― ¡¿Pero de que os sorprendéis!? ― Y solté una respuesta muy cortante, mientras intentaba evitar el contacto visual con mis padres. ― Nunca he sido una buena estudiante, no deberían ponerse así…―

Lo máximo que podría sacar era un seis y siempre llegaba raspando un cinco, suspendiendo dos o tres asignaturas. Nunca me intereso sacar altas notas, pero intentaba aprobar el mínimo para que mis padres no se pusieran histéricos. En aquel entonces, se desplomó mis notas, solo algunos llegaban a sacar un uno y ni siquiera intentaba rellenar los exámenes.

― ¡¿Cómo qué no deberíamos ponernos así!? ¡Ni en una asignatura, ni en una sola has llegado al aprobado mínimo! ¡Esto es una vergüenza! ― Era normal que se pusieran hechas unas furias.

― ¡Ay, Visnú, ¿qué te hemos hecho? ¿¡Qué pecados hemos cometido en la vida anterior para que nuestra niña ni se digne a estudiar!? ― O también que mi madre se pusiera a llorar del disgusto que le estaba produciendo.

― ¡Si sigues así no llegarás a ser nadie en la vida! ¡Te tratarán como una shudrá o algo peor! ― Me gritó enloquecido mi padre, mientras abraza a mi madre y le decía que se tranquilizará, que no era su culpa.

A mí, como adolescente que solo le importaba ella misma, me molestaba mucho que me dejarán como la mala, creía que estaba exagerando, yo no estaba destruyendo mi futuro ni nada parecido.

Más bien, jamás pensé en mi futuro y nunca me interesó.

― ¡¿A quién le importa esas cosas!? ¡Estamos en el s.XXI! ― Le repliqué con lo primero que se me ocurría.

― ¡Tú no lo entiendes, todo mundo funciona por castas, si la vieja India estuvo regida por el karma, la de hoy está formado por el dinero! ¡Para mantenerte en las castas más altas, tienes que formarte bien, educarte, para que te acepten en los puestos más dignos de las empresas y de la vida pública! ―

No quise ni escucharlo, aquellas palabras me pusieron muchísimo más alterada. Les grité:

― ¡El dinero no lo es todo! ¡No me voy a amargar con los estudios ahora, si repito, repito, no pasa nada! Y ahora quiero ir a mi habitación, tengo cosas que hacer. ―

Y me fui lo más rápido a mi cuarto, ignorando las palabras de mi padre:

― ¡Espero que sea estudiar! ―

Me encerré en mi habitación y me tiré a mi cama, mientras refunfuñaba. Empecé a hablar en voz baja, muy indignada:

― ¡¿Por qué tengo que estudiar!? ¡¿Por qué tengo que hacerlo solo para tener un trabajo en dónde tenga chuparle el culo al jefe!? ¡Estudiar es una mierda y ni me interesa, los exámenes solo me causan dolor de cabeza! ¡No voy a perder mi tiempo en eso solo por tener un futuro que ni quiero tener por nada del mundo! ―

Me causaba mucha ansiedad en el simple hecho de pensarlo, me aterraba muchísimo mi futuro, no quería saber nada de él. Yo no quería prepararme, que me lo recordarán. Me daba pánico el tener responsabilidades, vivir por  cuenta propia, enfrentarme a lo desconocido; estaba muy a gusto en mi nido, solo me interesaba vivir mi presente y nada más.

Y ahora que lo pienso, fui muy desagradable y estúpida con ellos, parecían muy preocupados por mi futuro, solo deseaban que me preparase para lo que me esperaba y estuviera bien, ¿¡o era un producto de una creciente desesperación al ver que no iba a serles útil, ahogados en deudas!?

Mientras recordaba esa escena bajo la ducha, sentía como mi dolor se me agudizó, con ganas de pedirles perdón por aquello, de prometerles que me iba a esforzar lo suficiente para recuperar. Pero ya era demasiado tarde, porque jamás oirán mis disculpas.

De todas maneras, me sentía satisfecha, porque hacía tiempo que llevaba llenando un vacio que, hasta hacia unos pocos meses, era incapaz de llenar. No necesitaba estudiar o trabajar, ya me sentía exitosa en mi vida, ya era adorada y querida, cientos de personas se postraba de pie ante mis encantos. Por eso, no estudiaba, ya me daba igual, porque había algo mucho mejor que intentar medir mis conocimientos con unos estúpidos numeritos y era mi gran vida nocturna, el período en el cual la fea Kasturba se convertía en un elegante príncipe azul, el hombre ideal que toda mujer sueña tener hecha realidad, e inalcanzable.

Cada fin de semana me vestía lo más elegante que podría, llegando a quitar ropa a mi padre, me travestía y salía hacia las zonas más marchosas de la ciudad. Entraba a lo grande en las discotecas, saludando a todo el mundo y me acercaba a la chica más accesible que veía. Con mis encantos, era capaz de hacer que en media hora que me pidiesen que saliéramos a bailar, o que me pidieran el número de teléfono y cosas parecidas. Se derretían por mis halagos, a veces muy sutiles y otras no tanto; todas se ponían coloradas al momento y llenas de felicidad. Tuve que esforzarme en aprender poesía, para deleitarlas aún más. Incluso me lo pedían. Disfrutaba de cómo todas esas mujeres se quejaban de los hombres y luego me decían que yo era distinto a todos ellos, mientras daban insinuaciones de que quería tema conmigo. Era el alma de la fiesta cuando bailaba, no había persona que no deseaba salir a la pista de baile conmigo y que le enseñará lo bien que sabía mover el esqueleto. Todas aquellas horas que me dedicaba a aprender los mejores bailes dieron sus frutos.

En cuestión de días, me volví muy famosa en las discotecas de Calcuta, ante mí venía miles de chicas para ligarme, incluso algunas tenían novio. También llegaron a pelearse por mí o intentaron compartirme. Los hombres tenían una fuerte envidia hacia mí y muchos intentaban alejar sus chicas de mí. Algunos intentaron pelearse conmigo, pero yo siempre los esquivaba y evitaba ese tipo de conflictos. Así que termine teniendo una liga de chicas persiguiendo a todas partes, siempre intentando buscar mi atención.

Era muy absurdo y gracioso. Disfrutaba de ser el centro de atención, no me importaba que ellas llegaran a tocarme zonas en dónde me era incómodo o se me declarasen, ya que me hacían sentir como si fuera una reina, o rey, o como sea. Tenía una legión de perritas falderas y se sentía muy bien, genial, que estuvieran horas diciéndote lo hermosa y galán que era.

Y me reía en sus caras, porque esas chicas no sabían que se estaban ligando a una maldita mujer que se hacía pasar por un hombre. Me deleitaba ver cómo me insinuaban y me halagaban, diciéndome para mí que intentaban liarse con una chica, entre enormes burlas. Hasta algunas llegaban a romper con sus novios para intentar ir a por mí, era toda una locura.

Aunque a veces era un poco incómodo romperles el corazón a las que se atrevían a declararme, perdí la sensibilidad con esos temas con el tiempo.

Y también cada vez me daba cuenta de lo estúpidas que llegaba a ser las mismas mujeres, algo en que se diferencian muy poco de los hombres. Con solo mostrarme como alguien amable y atento, guapo y divertido, con una buena educación, presencia y aparentar que tienes mucho dinero, muchas caían con una facilidad asombrosa. Sobre todo las chicas extranjeras y las indias más occidentalizadas, se creían encontrar ante al “hombre perfecto”.

Algo en la cual yo también conocía muy bien, porque yo también deseaba a un “príncipe azul”, a un hombre que nos tratará bien y nos hiciera felices, con un buen fajo de billetes y guapo; es decir, la perfección hecho macho. Desde que me convertí en la personificación de eso, me di cuenta de lo estúpido e inalcanzable era esto, y de las muchas mujeres que esperaban que llegase aquella persona utópica en sus vida o buscarlo incluso. Al comprenderlo, provocó que eso me deleitara más ver como esas pobres idiotas intentaban alcanzar mi amor. Por eso, les dejaba una y otra vez intentar acercarse conmigo para que llegara el momento en que me dijeran sus sentimientos y se lo rompieran. Y eso se lo hice con todas, ya fueran con extranjeras, de todo tipo de nacionalidades, o con nativas, con budistas o hinduistas, y con casi cualquiera de toda religión que se practica en la India; con feas o guapas, con arrogantes y creídas, etc. Muy pocas de las que me encontraba en mi fantástica vida nocturnas se libraban de esto.

A pesar de toda la diversión que tenía y que aprovecha al máximo, no todo era de rosa.

― ¡¿Qué os pasa!? ― A punto de terminar el curso, empecé a observar como mis amigas intentaban alejarse de mí, cuando me vieron entrar en la clase. Les decía estas palabras, bastante confundida por lo que estaba ocurriendo. ― ¿¡Por qué os alejáis así de mí!? ¡No os he hecho nada! ―

― ¡Te hemos dicho que te alejes de nosotras, bicho raro! ― Me replicaron con miedo, parecía que estaban viendo a un monstruo. ― ¡Sabemos lo que estás haciendo por las noches! ―

Yo me quedé boquiabierta, aterrada por el hecho de que éstas me habían pillado. Yo intenté hacerles creer otra cosa, soltando esto:

― ¡¿De qué están hablando!? ¡Yo ya no salgo por las noches, mis padres me lo han prohibido! ―

― ¡Pero te hemos visto, viendo como seducías a una mujer, disfrazada de…! ¡Eres una pervertida y no queremos a alguien como tú cerca de nosotras! ― La líder de mis amigas, aquella chica que era la viva imagen del estereotipo de la abeja reina de instituto, me señaló y me recriminó.

― ¡Qué asco! ― Pusieron gestos de repugnancia hacia mí y había una que incluso se puso muy creída. ― ¡Era normal, con ese careto de macho peludo que tiene encima! ¡Yo siempre lo sabía! ―

Eso me llenó de rabia, después de todas las barbaridades que hice por ellas, aquellas zorras engreídas, que amargaban a las demás solo para sentirse bien consigo mismas, no tenían derecho a llamarse eso.

Pero en vez de darles la paliza de su vida, hice la peor cosa que una debía hace en esta situación. Fuera de mí, me acerqué a las chicas, las cuales de forma instintiva dieron paso atrás hasta chocar con la pared de la clase, y puse mi mano sobre ésta. Yo le cogí suavemente la barbilla de la líder de mis amigas y les dijes con una voz seductora:

― Deben de estar imaginándolo, señoritas. ― Además, poniendo una sonrisa cautivadora. ― Yo no sería capaz de desobedecer las órdenes de mis queridos padres, ¡¿lo entendéis, gatitas!? ―

Ellas, rojas como tomates, se quedaron de piedra. El resto de la clase se quedó también con la boca abierta, incapaces de asimilar aquella escena.

― Y-yo, yo, de verdad, n-no, no e-era mi intención. ― Y cuando me di cuenta, me puse muy mala. ― S-solo f-fue una broma…― Me aleje de ellas a toda velocidad y movía las manos de forma desesperada como un intento de convencerlas. Ellas, aterradas, salieron corriendo como nunca, llamando a los profesores a pleno pulmón, como si les hubiera hecho algo.

Al volver a casa, entré como un rayo a mi habitación y me miré con mucha preocupación al espejo. Había corriendo tanto que no dejaba de jadear y tuve que tomar un descanso antes de ponerme a pensar.

― ¡¿Qué ha pasado!? ― Me decía conmocionada. ― ¡¿Por qué he hecho eso!? ¡He metido la pata, ahora pensaran que soy una rara! ¡Años y años aguantando a esas malditas y lo he mandado todo a la mierda! ―

Me imaginaba que esas brujas estarían esparciendo mil rumores sobre mí y harían creer al instituto, no, al barrio entero; de que yo era una lesbiana enferma o algo peor. Vería como toda la escuela se alejaría de mí como la peste.

― ¡¿En qué me estoy convirtiendo!? ― Pero lo peor es que me estaba dando cuenta de que había actuado fuera de las discotecas. ― Si sigo así, puede que llegue a pensar que soy un hombre de verdad…― Como si me estaba fundiendo con el mismo príncipe azul que me inventé.

― No, ¡yo soy una mujer, una chica con cara de hombre que solo deseaba ser más femenina, solo eso! ― Me grité a mí misma, horroriza. Luego, reí de forma forzosa, al recordar esto: ― Sí, tengo que dejar esto, debo de ser femenina…―

Recordé todo lo que hice para ser más femenino, todas aquellas tonterías que hice por desesperación para alcanzar aquella meta que ya me parecía interminable y que fueron en vano.

― Pero, lo he intentando todo, nadie se ha acercado a mí cuando no voy como un hombre, ni me halaban ni se pelean por mí. No soy nada, salvo cuando voy de “príncipe azul”…―

Luego, recordé toda la diversión y la atención que recibía, todo lo que conseguía, sin apenas esfuerzo, con aquellos encantos que hacían derretir a cualquier chica. No podría dejarlo, me era imposible, necesitaba aquello, era como una droga.

― Bueno, bueno, ¡¿por qué tengo que dejar esto ahora!? ¡Solo ha sido una metedura de pata, nada más! ― Volví a reír, mientras me miraba en el espejo y sonreía poquito a poco de oreja a oreja. ― ¡Solo un ratito más, quiero seguir haciendo esto un tiempo más! ―

Ya nada me podría detener, la fiesta debía continuar.

Y lo mande todo al carajo, no solo mis estudios, sino mis amistades, no los necesitaba, eran una putas convenidas; yo ya tenía a cientos de chicas a mis pies. Me dio igual lo que pensará el colegio de mí, a nadie de ese lugar le importaba especialmente.

Y con las vacaciones, seguí yendo a las discotecas con más frecuencia que antes. Seguí ligándome a cualquier chica que se me aparecía, lanzándoles cientos de halagos que le derretían el corazón, escuchando cada una de sus problemas, las dejé pelearse por mí y las separaba cuando quería, les daba la vana esperanza de que iban a salir conmigo, utilizaba cualquier momento para hacer cualquier gesto que las enloquecería, dejaba que los hombres se murieran de celos hacia mí y las enamoraba con mis bailes y mi elegancia. Siempre rodeaba de chicas, siendo a todas horas el centro de atención y el “príncipe azul que toda mujer desearía”, idealizada como si fuera un ángel que cayó del cielo, me sentía en el paraíso, el cual yo era su centro.

Pero aquella feliz época acabaría bastante mal, desde el momento en que decidí, en una noche de verano, pasear por las calles de Calcuta en vez de coger el metro. Mientras reía como un loco, no me imaginaba que en aquella travesía me encontraría con algo que me haría cometer un error terrible.

― ¡Ha sido buenísimo! ― Reía de forma frenética, tanto que me dolía el estomago y me salían las lágrimas. ― ¡Soy el puto amo, el puto amo, los he dejado a todos con la boca abierta! ―

Estaba tan atento disfrutando de mis logros en la discoteca donde me pase la noche que no me di cuenta de que me introduje en calles llenas de barro y nada de asfalto, sin luz y tan silenciosas que daban miedo. Los malditos cuervos empeoraban aún aquella sensación. La pobreza, la norma en esta ciudad, era casi agobiante en este lugar y yo era demasiado vistoso.

― Tengo que repetirlo, ¡eso es! ¡Tengo que repetirlo! ―

― ¡Hay que decirlo, ser un hombre es todo un lujo! ¡Puedo vestirme como me dé la gana, nadie manda sobre mí o caminar por donde yo quiera sin que me miren mal, qué suerte tenemos los hombres! ¡Se siente bien ir solo, sin tener que obligarte a estar acompañado! ―

Entonces, escuché a lo lejos sonidos de auxilio y giré mi cabeza hacia una calle más pequeña, en dónde vi las sombras de unos hombres golpeando a otro, gritando en bengalí en dónde estaba las drogas.

― Mejor me callo, ¡no es bueno estar solo! ― Y salí corriendo como loco y alejarme de aquella horrible escena.

Al hacer eso, me perdí y empecé a dar vueltas sin sentidos.

― Mierda, mierda…― Decía en voz baja, mientras movía el cuello de la camisa que llevaba porque el agobio me hacía sentir ahogada.― Voy muy elegante por aquí, si alguien me ve, seguro que me va robar…―

No quería acabar con un cuchillo en el estomago.

Y en el proceso, yo choqué con algo que me hizo tirar al suelo y caer al polvoriento suelo de una forma muy tonta. Di un chillido y alguien dio otro.

― ¡Como duele…! ― Añadí, antes de darme cuenta de que alguien gimió de dolor. ― Espera, ¿¡quién ha…!? ― Me levanté de golpe y miré por todas partes. En el suelo, envuelta en sabanas y sobre trozos de cartón, me encontré a una chica.

― ¡Ah, perdón! ― Quién se levantó y se disculpó conmigo. ― No era mi intención estar en su cam…―

Y entonces se me quedó mirando, y yo a ella. Me quedé boquiabierta, al ver que la conocía. Ésta se quedó abobada ante mi cara, como si se quedó paralizada por ver una belleza. Al momento, se puso roja y avergonzada, tal vez porque alguien la vio durmiendo en la calle.

Me costó mucho salir de mi asombro y cuando lo hice, lo que lance fue esto:

― ¡¿Estabas durmiendo en el suelo…!? ―

FIN DE LA DECIMOSÉPTIMA PARTE

 

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