Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Decimoctava parte, centésima decimonovena historia.

Ella miró para otro lado, sintiéndose muy humillada, antes de decirme esto:

― Perdón, no era mi intención interponerme en tu camino…―

Hizo un gesto de disculpa, como si temía que yo me enfadara o algo así, pero yo le ofrecí mi mano para ayudarla a levantarse del suelo. Ella se quedó algo sorprendida.

― ¡¿Le echo una mano, señorita!? ― Le pregunté, mientras le mostraba mi mejor sonrisa. ― P-pues sí…― Y ella solo tartamudeó esto.

Y cogió primero su manta, luego mi mano y se levantó del suelo. Entonces, yo decidí continuar hablando:

― Perdón por haberla pisado, debe haberle dolido un montón. Espero que esté bien, me sentiría muy mal saber que le he haya dejado una herida. ―

― No se preocupe, no es nada…―

― ¡¿Y qué una muchachita tan adorable como usted durmiendo de esta forma, en la calle!? ―

Ella, que se sentía muy nerviosa e incómoda, tardó bastante en decirme algo. Al ver esto, añadí:

― Si no quieres contarlo, no pasa nada. ―

― La verdad es que…― Aunque ella se lo pensó un poco más, decidió decírmelo. ―…e-es que mi casero me ha echado de mi alquiler. ―

Al parecer, ella estaba viviendo en una pequeña habitación de un edificio que era utilizada por su dueño como lugar de alquiler, aprovechando cada rincón para volverlo una plaza para que la gente durmiera y le diera dinero para tal cosa. Pues como aquella noche él subió el precio y como a la chica apenas le alcanzaba para pagarlo, pues la echó a patada de ahí. Me quedé bastante conmocionada al escuchar tal historia, a pesar de que debía ser muy normal en aquella ciudad.

― Pues vaya problema, ¡qué gente tan mala y horrible hay en el mundo…! ― Concluí, después de escuchar su historia. ― No entiendo que ese tacaño no haya tenido el corazón de haberte dejado, a pesar de que solo te faltaban pocas rupias para pagarle. ―

Ella no contestó, solo se quedó callada muy triste. Entonces, al verla así, yo decidí coger una buena parte del dinero que me sobró.

― ¿Puedo pedirle que abra la mano? ― Sin sacarlo del bolsillo, le dije esto. Ella se quedó algo confundida: ― ¿Por qué? ― Intenté decirlo de la forma más adecuada para que no pensase cosas malas de mí: ― Solo quiero darte algo que te pueda ayudarte. ―

A pesar de que su cara puso una expresión de sospecha, lo hizo. Entonces, lo saque y se lo di. Ella se quedó tan sorprendida que casi dio un grito y sus ojos se abrieron como platos:

― ¡¿P-por qué m-me da esto!? ― Parecía asustada. ― ¡E-esto es sospechoso, ¿qué es lo quieres de mí?! ―

― No quiero nada de ti, solo es un ayuda desinteresada, nada más. ― Les tengo que decir que estaba quedando muy bien. ― Y no te preocupes, ¡no te lo voy a pedir y nada parecido! Es solo tuyo, es un regalo de disculpa por haberla golpeado con el pie, puedes usarlo como desees. ―

Ella, aún incapaz de salir del asombro, no dejo de observar el dinero, como si buscará algún indicio de que había truco en aquella acción desinteresada. Y cuando vio que era de verdad, se puso tan feliz que rompió a llorar. Se tapo la cara, con el dinero incluido, entre sollozos:

― ¿¡Qué le ocurre!? ― Su llanto me confundió un poco. ― ¡¿Le he hecho algo malo!? ―

― N-no es nada…― Ella se guardó el dinero y empezó a limpiar su cara de lágrima. ― Es que… Es que… es que yo jamás había visto a alguien tan amable…―

― ¡¿Pero, qué dices, mujer!? ¡Hay mucha gente amable en el mundo, sabes! ― Empecé a soltar carcajadas de felicidad al oír de sus palabras que yo era la persona más amable que conocía.

― Pues yo no he encontrado a muchos…― Añadió ella en voz baja, algo tristona. Yo le iba a decir algo más, pero entonces me di cuenta de que tenía que volver a casa pronto. No podría perder más tiempo ahí.

― Bueno, de todos modos, yo ya me tengo que marchar, señorita. Tengo asuntos que atender. ―

Eso le dije, mientras le daba un gesto de despedida, mientras seguía mi camino con pasos rápidos. No paso ni un segundo cuando ella me detuvo, diciéndome esto:

― Por cierto, ¡¿cómo te llamas!? ―

Dudé si decirle algo o soltar algo para quedar como una persona misteriosa por unos segundos. Luego, al ver que tardaba en darle una respuesta le dije lo primero que se me ocurrió:

― Motilal, creo…― A pesar de que lo dije en voz baja, rectifiqué, para que ella no pensara nada raro, con gran energía: ― Sí, mi nombre es Motital Nehru. ―

Ya no me acordaba de eso. Antes de este encuentro, con cada chica que me preguntaba mi nombre, yo siempre me llamaba de una forma u otra, para que fuera más difícil para ellas localizarme. Y este también iba a ser el caso, a pesar de que al final utilicé aquel nombre para poder huir al extranjero.

― Es un nombre muy bonito y suena muy digno. ― Le dije gracias por el halago, mientras sentía como mi ego estaba demasiado crecido. Mientras me sentía muy feliz al creerme que tenía clase hasta eligiendo nombre, la chica se tuvo que llenar de valentía para decirme esto:

― Por cierto, ¡¿p-podemos volver a vernos en otro momento!? ― Estaba muy roja y nerviosa, movía un poco sus piernas y escondía sus brazos, mientras sus ojos le costaba mirarme a la cara, con un rostro totalmente rojo y con gestos de dulzura.― No sé, pero es que has sido tan amable conmigo que me gustaría poder recompensártelo de alguna manera, en otro momento. ―

Su excusa para justificar aquel deseo de poder volver a verme era bastante pobre, pero aún así no me pude negar, a pesar de que corría el peligro de que me pillara. Por esa razón, le dije:

― Por supuesto que sí, te prometo que nos volveremos a ver de nuevo. ―

Y ahora me doy cuenta de que este fue el principio del fin de aquella época dorada y también la germinación de una terrible calamidad que terminaría plantándose ante mí, pidiendo mi sangre. Jamás me imaginé que me iba a condenar al aceptar aquella petición.

No recuerdo cómo lo hice exactamente, pero en las semanas siguientes, empecé a reunirme con ella, cuando sus múltiples trabajos se lo permitían. Nos reuníamos en el Elliot Park, a pasear entre su vegetación, rodeando su lago y ver a sus patos, aunque lo único que veía yo eran cuervos.

― ¡Qué buen día hace! ― Eso le dije una vez. ― Es perfecto para salir a dar una vuelta por este lugar, no parece que estamos en Calcuta, ¡¿a qué sí?! ―

― Sí…― Me respondió de forma tímida, moviendo la cabeza de abajo a arriba, con una cara roja, pero llevando una sincera sonrisa.

Después de un corto periodo de silencio, ella me preguntó esto: ― Por cierto, ¿puedo preguntarte algo? ― No me negué.

― ¿Eres un príncipe? ―

Me quedé sorprendida por la pregunta, no me esperaba que me preguntara algo tan ingenuo e inocente.

― ¿Por qué dices? ¡No soy tal cosa, eso es demasiado exagerado! Solo soy una persona normal y común, nada más…― Me reía avergonzado, feliz de oír eso.

― Pues, a decir verdad, a mi me pareces un príncipe, un hermoso príncipe salido de un cuento…― Al darse cuenta de lo que dijo, se tapo la cara por la vergüenza y añadía muy arrepentida: ― ¡Olvida lo que acabo de decir, son solo tonterías mías! ―

― ¡No te preocupes! La verdad es que es muy lindo de tu parte que pienses así de mí. ―

― ¿De verdad? ― Me lo dijo con una sonrisa tan llena de felicidad que hasta me lo contagio. ― Muchas gracias, de verdad…―

Le dije que no era nada, mientras me sentía muy bien conmigo misma. No dejaba de pensar que era muy satisfactorio hacer sonreír a otras personas. Y mientras estaba en mis pensamientos, ella añadió:

― Estar con usted es muy agradable, ¡ojalá pudiera tener más momentos como éste! ― Lo dijo con algo de pena. Eso provoco que se me ocurriera una idea.

― ¿¡Y por qué no lo hacemos!? ― Le dije. ― Pero tengo que trabajar…― La pobre no descansaba ni los fines de semana. ― Ya sé, pero trabajas demasiado, hasta en los fines de semana, ¿¡cómo puedes vivir así!? ―

Eso se lo pregunté con toda mi sinceridad, porque si yo hubiera estado en su lugar ya habría estado muerta hace tiempo. Ella no contestó, solo se quedó cabizbaja, mirando al suelo muy pensativa.

― No te preocupes, ¡¿por qué no vamos a divertirnos los dos juntos cada fin de semana!? No te preocupes por el dinero, yo te daré un poco lo que necesitas. ―

Si necesita dinero, pues le daría algo, lo suficiente para que ella pudiera salir en los fines de semana. Aunque parezca lo contrario, yo no quería burlarme de ella como hice con las demás, sino alegrarle, aunque fuera una temporada, la vida, porque la pobre estaba muy amargada.

― ¡¿En serio!? ― Lanzó un gran grito de alegría. ― Gracias, mi príncipe.  ― Luego, volvió a taparse la cara de la vergüenza al ver que dijo eso de nuevo.

Entonces es cuando la embarqué en mi alocada vida nocturna y empezamos a visitar los locales más marchosos de la ciudad. A lo primero, ella apenas estaba acostumbrada y no dejaba de tener temor ante todo lo que había en las discotecas. También se quedaba bastante abobada ante el lujo que veía, como si había entrado en una especie de mundo paralelo. No me dejaba de preguntar con cualquier cosa que veía y eso se me hacía mucha gracia y me parecía bastante exagerado. Sé que era pobre, pero debía haber visto u oído sobre todo lo que le estaba mostrando.

― ¡¿Está bien qué esté aquí!? ― También se sentía fuera de lugar, tenía miedo de que la gente la viera con malos ojos debido a que era una simple trabajadora doméstica. ― ¿No me va a mirar raro porque sea…? ― Bueno, ya sabes…― Ni se atrevía a decírselo.

― ¡No te preocupes, tú estás conmigo, todos te verán como una hermosa princesa! ― E hice todo lo posible para hacerle sentir así.

Le compré unos vestidos muy caros, le enseñé algunas cosas para parecer a alguien de buena educación, le hice probar manjares que jamás soñaría con probar y le enseñé bailar. En cuestión de días, se acostumbró al lujo.

Y se lo pasaba tan bien que no pasaba ni un momento sin decirme que estaba siendo los días más divertidos de su vida.

Y se notaba en el trabajo, no dejaba de silbar con alegría y llena de energía mientras limpiaba la casa.

― Últimamente, pareces muy feliz, ¡¿te ha ocurrido algo!? ― Y llegué a preguntarle esto para que ella decidiera hablar con la persona que estaba viviendo la vida loca, oírla decir muchas cositas de aquel príncipe que no eran nada ni nada menos que yo misma.

― No es nada. ― Aunque, al escucharme, se le cambió totalmente la cara y me respondió de una forma muy borde y desagradable.

Dejando de lado a eso, que era casi normal en ella, yo me alegraba mucho de que ella lo pasara bien, a pesar de que sabía que de un momento para otro vendría su declaración y yo tendría que romperle su corazón. Ese día llegó demasiado pronto y de una forma que jamás imaginaría.

― Cuantos extranjeros hay…―  Aquel día me la llevé a un sitio muy inesperado para ella. En vez de ir a una discoteca, me la traje a un pub de estilo británico. ― Me siento como si no estuviera en la India…―

― No me extraña, este es un hotel muy popular entre los visitantes, y tiene de todo. ― Bueno, era parte de un complejo hotelero de lujo, situado en el Park Street.

― ¡¿Esto es un hotel!? ― Cuando lo oyó, dio un enorme gesto de sorpresa y empezó a mirar por todos lados. Luego, añadió: ― Es increíble, no me esperaba esto, es que como nunca he estado en uno antes. ―

Y yo, sin darme cuenta, le di muchísima publicidad al hotel, explicándole todo lo que había ahí. Ella estuvo muy atenta, no se distrajo con nada. Y luego, tras terminar, ella empezó a pensar en voz alta:

― Me pregunto cómo será dormir aquí, seguro que las camas deben estar muy bien blanditas y grandes…―

Y mientras ella se imaginaba, con gestos incluidos y perdiendo el hilo con la realidad, acostarse en una cama de alguna suit lujosa; intenté controlar mis impulsos de darle lo que deseaba, sobre todo cuando estaba actuando de una forma tan cándida y adorable que me sentía obligado a hacerlo.

Pero no podría hacerlo, si lo hacía acabaría en una situación bastante incómoda, además de que debía volver a casa antes del anochecer.

Y así estuve durante unos cuantos segundos, mientras me pedía a mí misma que no lo hiciera una y otra vez.

― Si quieres, puedo reservarte una habitación…― Aunque, al final, perdí y le dije esto.

― ¡¿En serio!? ― Su rostro se iluminó y dio un grito de alegría. Luego, se controló: ― ¿¡No es mucha molestia…!? ―

― Por supuesto que no. ― Ya no había vuelta atrás. ― Para mí sería todo un honor…― No paré de llamarme idiota mentalmente, mientras le decía esas palabras.

Y con esto dicho, nos dirigimos hacia a la recepción del hotel y pedimos una reserva.

― Dos habitaciones. ― Le dije al receptor. Ella, al momento, me tiró de la chaqueta con delicadeza, toda avergonzada. Yo le pregunté qué quería.

― Y-yo, yo… ― Jugaba con sus dedos y ponía una sonrisa muy boba, mientras sacaba toda su valentía para decirme estas palabras: ― Bueno, no creo que podré dormir sola, sobre todo en este lugar. C-creo que necesitaría compañía…― Luego, se tapo la cara al ver lo atrevida que se puso.

Estuve a mostrar una mueca de terror, ésta se estaba lanzando rápido. Me iba a meter en un buen lio si dormíamos juntos.

― La verdad es que…― Intenté buscar una buena excusa.

― Debes de hacerla caso, no puedes dejar a la chica solita, hombre. Yo le diría que sí, raudo y veloz. ― Pero el maldito del receptor intervino en nuestra conversación y empeoró aún más la situación. Hasta me guiñó un ojo, como señal de que debía aprovecharme del momento ya que ella quería.

― Bueno, si tú no quieres, no pasa nada. Pero no me sentiría muy cómoda así…― Puso una cara ilusionada, mientras no paraba de hacer gestos muy lindos, propios de una chica enamoradiza. Yo no podría hacer nada, me era incapaz de negarme, ni menos si se me ponía en ese plan.

 

― Tienes razón, no sería digno de un caballero como yo dejarte sola. ―

Solo reservamos una habitación para ella, muerta de vergüenza, pero muy feliz; y para mí, aterrada e intentando actuar como si no me pasase nada.

Al entrar, lo primero que hice fue observar la habitación, mientras intentaba pensar que estaba atrapada. El lujo de la suite era tan grandioso y elegante que me impresionó y lo comentaba sin imaginarme lo que me iba a pasar:

― ¡Esto se siente como si fuera un palacio! ¡Me siento como si fuera la reina de Inglaterra…! ¡O el rey, o lo que sea! ―

― Sí, es perfecto, no has elegido mejor sitio que éste… ― Lo dijo con un tono muy extraño, que me provocó escalofríos. Pero lo más aterrador para mí fue lo que vino a continuación: ― Así que, por favor, ¡hazme tuya! ―

― Espera, ¿¡qué…!? ― Confundido por esas palabras, me giré hacia ella y la vi totalmente fuera de sí, poniendo una cara lasciva. Ni me dio tiempo a terminar la frase, porque me empujo y me tiró a la cama, para luego subirse encima de mí, poniendo su cara demasiado de la mía. Estaba tan cerca que oía su propia respiración.

― ¡¿Q-qué e-estás haciendo!? ― Le gritaba horrorizada.

― Pues es mi declaración de amor…―

― ¡¿No crees que estemos yendo un poquito rápido!? ― Jamás me había imaginado que alguien que se mostraba tan tímida como ella fuera capaz de tomar la iniciativa, y de aquella manera. ― Hay que tomarse las cosas con más calma…― Intenté calmar sus instintos con estas palabras, no sirvieron de mucho.

― No puedo, ya he esperado demasiado a una oportunidad, quiero estar junto contigo, ahora. ― Y me mostró sus pechos, pérdida en su propia calentura. ― Por eso, ¡te lo pido por favor! ¡Hazme tuya, conviérteme en tu novio y tu esposa, dame la felicidad que siempre he estado esperando…! ―

Empezó a desvestirse delante de mis ojos. Tenía ganas de salir corriendo, pero estaba paralizada, era incapaz de poder escapar. De un momento para otro, aquella chica me iba a meter mano sin que yo le dejara claro que no quería y me estaba poniendo mala con solo de pensarlo. Aunque lo peor del asunto es que si las cosas siguieran así, iba a descubrir mi secreto.

― Oye, oye, ¡pero yo no estoy preparado aún! ― Desesperada, empecé a lanzar todas las excusas que me ocurrían.

― ¡Qué lindo eres, mi príncipe! ¡No te preocupes, yo haré que te sientas preparado! ―

Ella, media desnuda, empezó a acercar poquito a poco su mano hacia mi entrepierna. Me quedaba muy poco para empezar a gritar del miedo.

― ¡Espera, espera, te tengo que contar una cosa! ¡S-soy virgen, virgen, de verdad! ¡Seguro que te chafaría el sexo! ―

― Yo también soy virgen, ¡no te preocupes! ― Y empezó a acercar sus labios hacia los míos para besarme.

Entonces, no pude más. Ella estaba ya estaba a punto de darme un beso y a pocos milímetros para descubrir la vedad. Tenía que detenerla, como fuera. Así que le grité esto con todas mis fuerzas:

― ¡Para, para! ― Y se detuvo. ― ¡No lo hagas, por favor! ¡Solo estaba jugando contigo nada más, jamás me ha interesado tu amor! ―

Fue lo peor que se le podría decir a alguien, pero no se me ocurrió nada más para detenerla. Ella se quedó boquiabierta.

― ¡¿Cómo!? ― Parecía como si ella hubiera tenido un cortocircuito, me miró perpleja. ― ¡¿Qué quieres decir!? ―

― Solo estaba jugando conmigo, solo me estaba divirtiendo contigo, no quería nada serio, solo pasármelo bien mientras te hacía creer que tú me gustabas. ― Añadí más leña al fuego, mientras aprovechaba para alejarme de ella.

Ya fue en ese momento cuando le rompí el corazón, se me quedó mirando con una cara que me suplicaba que lo que dije era una burda mentira. Ella se veía como si hubiera visto una tragedia ante sus propios ojos. Me sentí horrible, así que intenté solucionarlo, o suavizarlo un poco: ― Lo siento de verdad, no era mi intención hacerlo. Yo no…―

― Y todos esos momentos qué hemos pasado juntos, todas las cosas bonitas que me has dicho, toda la diversión que me has dado… ¿¡Eso es mentira!? ― Gritó con rabia y furia, a punto de echarse a llorar.

― Pues sí…― Y me puse tan nerviosa que no dejaba de meter la pata, empeorando sin parar la situación. ― Espera, no, eso no era lo que quiero decir. ― Solo conseguía destrozarla aún más y parecía como, si de un momento para otro, me iría a golpear con toda su cólera.― Me lo he pasado muy bien conmigo, pero es que…―

― ¡¿Qué soy para ti!? ― Pronunció estas palabras, mientras rompía a llorar y apretaba los puños con todas sus fuerzas.

― Pues nada…― Yo pedía de forma desesperada que esto fuera un sueño, una terrible pesadilla.― Digo, pues mucho. No, algo. ―

― ¿¡Te estás burlando de mí!? ― Y ella no pudo más, dio un gran grito de dolor.

― ¡No es eso! ― Y yo estuve de dar un chillido de miedo, ella se veía muy aterradora, jamás me imaginé que nosotras nos pusiéramos de una forma tan espantosa cuando nos pasaba estas cosas.

― Yo creía que por fin había encontrado mi felicidad, que iba a escapar de esta mierda…― Ella se vistió rápidamente, mientras seguía llorando, actuando de una forma poco delicada. ― Pero solo fui engañada por un capullo, ¡eso es lo que eres! ¡Un maldito capullo! ¡Un hijo de puta! ―

Yo ya no dije nada más, me di cuenta de que cualquiera cosa que diría solo serviría para enfadarla aún más, así que me quedé mirándola. Ella, al darse cuenta de que le estaba observando, me gritó esto:

― ¡Muérete, muérete! ¡No quiero saber nada más de ti! ¡Qué te zurzan, busca a otra puta para jugar con ella, capullo! ―

Y recibí además un gran tortazo que me dejo la mejilla toda roja y dolorosa. Después, se fue corriendo de la habitación, toda desconsolada. Sus gritos de tristeza y dolor que dio por los pasillos llegaban a mis oídos, mientras yo me quedé mirando al techo, abobada.

Luego, vino el silencio.

FIN DE LA DECIMOCTAVA PARTE

 

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