Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima parte, centésima decimonovena historia.

Debido a mi impaciencia, aquel viaje se me volvió bastante largo, deseaba con todas mis fuerzas llegar de una vez el destino que les había indicado a esas chicas.

— ¿Es verdad que en tu tierra imponéis a vuestras mujeres esa cosa del burka? — Y aún no se habían enterado de que yo no era musulmana, seguían preguntando estas cosas. — ¡¿En serio, los hombres se creen que si una chica muestra su pelo e incluso su cara ya le van a ser infiel!? —

— Bueno, hay muchas chicas sin el velo, en mi tierra puedes mostrar tu pelo perfectamente. — Y yo les intentaba explicar, lo mejor que podría, que la India era muy diferente a las monarquías de la península arábiga o de la república islámica esa.

Era muy difícil mostrarse amable y contenta con esas chicas, no quería que me hablasen o que intentarán coquetear conmigo. En mi interior, solo había rabia e ira hacia aquella bruja que me arrebato todo. Y tras casi una o dos horas, ya habíamos llegado a nuestro destino:

— ¿¡De verdad, quieres que te dejemos aquí!? — Ellas se quedaron muy extrañadas al llegar al destino que les indiqué. — ¿¡Éste es el lugar en dónde tenías que quedar, en este polígono industrial!? —

— Pues sí, aquí tengo algunos asuntos que atender. Y muchísimas gracias por traerme, ha sido un placer haber viajado con vosotras. ¡Espero que nos volvamos a encontrar algún día! — Les dije al salir del coche y despedirme de ellas. Intenté aparentar que todo estaba bien para que no sospecharan ni pensasen cosas raras.

Se quedaron algo pensativas, pero luego se despidieron de mí cordialmente, dándome muchos ánimos, y se fueron.

Di un gran suspiro cuando dejé de verlas y luego miré lo que tenía delante de mis ojos, a aquel polígono industrial. Trague saliva y me dije:

— ¿¡Estaré yendo por el camino correcto!? — A pesar de mi profunda determinación, me empezaron a salir dudas: — ¿¡Encontraré alguna pista que me conduzca a ella!? —

Aquel lugar era el único sitio que se me ocurría para buscarla, después de todo, en una de esas naves me metieron, después de haber sido drogada y secuestrada, por órdenes de esa bruja. Allí debía haber algo para buscarla.

Y también estaría preocupado por otra cosa, que lo saque de mi bolsillo y lo miré de reojo.

— Me pregunto cómo funcionara esto…— No era nada más ni nada menos que una pistola. — Me dijeron que estaba cargada, pero que tenía seguro o algo así. —

De alguna manera u otra, conseguí coger una de las armas de esas chicas sin que ninguna de ellas se diera cuenta, más ocupadas en hablarme que en otra cosa. Reí sin ganas, al ver que robé un arma para usarla, para matar a otra persona; aterrada ante mis propios objetivos.

— ¡No es hora de acobardarse! — No quería ser una asesina, pero aún así eso fue lo que decidí y tenía que llevarlo hasta las últimas consecuencias, por lo menos una vez en la vida. — ¡Ya es demasiado tarde para echarme para atrás! — Además de que no había forma de apagar esta sed de sangre.

Me lo guardé y, con actitud decidida, me introduje en aquel lugar, en busca de aquella asquerosa nave llena de cabellos humanos. Me da repelús con solo recordarlo.

A continuación, olvidándome a ratos de que yo debía andar con muchísimo cuidado, empecé a dar vueltas por el polígono en busca de esa maldita nave, que apenas la podría distinguir de las demás. Salvo dos o tres, todas eran iguales, además de que, cuando pude escapar de allí, no me fije mucho en ella. Estaba tan perdida por aquel lugar que llegué a terminar a orillas del rio Mallytavda y luego me costó bastante volver. Después de eso, mientras notaba como mi tripa rugía de hambre, vi a lo lejos a alguien que se me hacía muy familiar:

— ¿¡Estos son todos los dólares que has conseguido!? ¡¿En serio!? — Y estaba hablando con otra persona, quién era la que le pronunciaban estas palabras. — ¿¡Qué puta mierda es ésta!? ¡No es suficiente! —

Me acerqué un poquito y me di cuenta de que era la prostituta que yo me encontré cuando escapé de allí. Estaba muy asustada, temblando como un flan, mirando al suelo con un rostro que pedía ayuda.

Y es que había un tío con muy mala pintas que le estaba hablando de una forma muy desagradable.

— Ahora mismo búscate más clientes, sácales todo lo que puedas, o… ¿¡sabrás lo que pasará, no!? —

Ella no dijo nada, estaba tan aterrada que le era imposible pronunciar palabra alguna. Esto encolerizó a aquel hombre, que le gritó:

— ¡Dímelo de tus labios! ¡¿Qué es lo que ocurre cuando no consigues lo suficiente, eh!? —

Y la cogió del brazo tan fuerte que la chica sintió mucho dolor, algo que se le notaba en la cara, aún cuando ella intentaba ocultarlo.

Si fuera producido en otras condiciones, tal vez me hubiera quitado del medio; pero en aquel momento, llena de odio y ira, no pude soportar ver aquello y sin pensar me acerqué a ese tipejo, que no se dio cuenta de mi presencia, ya que me puse detrás de sus espaldas. Ella casi dio un gesto de sorpresa al verme, aunque se tapo la boca.

— ¡¿Y ahora por qué te tapas la maldita boca!? — Aún así, él no se dio cuenta. — ¿¡Te estás burland…!? — Y pude darle una gran sorpresa.

No pudo terminar la frase, solo dio un grito muy fuerte de dolor, antes de caer desmayado al suelo. Le di una patada con toda mi fuerza en toda su entrepierna. Creo que me pase, tal vez lo había dejado infértil de por vida.

Ella se quedó boquiabierta, era incapaz de salir de su asombro. Yo dije lo primero que se me ocurría:

— Buenas de nuevo, señorita. Parece que nos hemos vuelto a ver…— Y terminé con unas risas muy incómodas.

Después de esto, yo y ella nos fuimos a hablar en un sitio apartado, eso fue lo que le pedí, ya que me di cuenta de que me podría conseguir algo tipo de información.

— ¿¡Es bien dejar así!? — Me preguntaba esto por el camino, bastante preocupada. Me costó un poco entenderla, pero le respondí con esto: — No te preocupes, si te pregunta algo, dile que alguien le atacó por detrás y no te dio tiempo a reaccionar o algo…—

Después de dejarle inconsciente, decidí esconderlo entre unos arbustos y quitarle todo lo que tenía, tanto el dinero como la misma ropa. Ahí lo dejé desnudo, para que aprenda a no ser tan capullo en el futuro.

Ella no estuvo muy convencida, pero lo paso por alto. Luego, añadió, muy  agradecida: — Ah, ¡gracias! — Le dije que no era nada.

Al llegar, vi que estaba entre la difusa línea entre el polígono industrial y el inmenso bosque, era un banco escondido bajo la sombra de un árbol, en un sitio en que apenas no había nadie.

— Aquí, hablar se puede. — Me dijo al sentarse, bastante roja. — Es siti zecreto. — Creo que intentaba decir que ese era su lugar secreto o algo así.

A continuación, le pregunté por aquella persona que la estaba molestando: — Por cierto, ¿¡quién era ese!? — Aunque ya me imaginaba más o menos qué era ese hombre.

Ella tardó en contestar para luego decir esto: — No sé…— Más bien, no se atrevía a explicármelo y, al ver como su rostro se entristeció, me imaginé que no era un tema muy desagradable.

— Mejor cambiemos de tema, nos vamos a olvidarnos de eso, no quiero hacerla recordar esa escena tan fea…— Ella no dijo nada, solo asintió con la cabeza. — En este mundo hay gente nada caballerosa, unos imbéciles que se merecen una lección por tratar a las chicas, sobre todo a una tan bonita como tú…—

Eso se me salió sin querer, no quería lanzarle piropos ni nada parecido y no era el momento para lanzar halagos. En voz baja, me maldije, mientras esa chica se puso tan roja que no dijo nada, mirando cabizbaja.

Si no fuera por aquella ropa provocativa, no parecía para nada a una puta, se estaba comportando como si nunca hubiera salido con un chico, o como si nunca uno le ha tratado bien. Me pregunté muy seria cómo acabó de esa manera.

— Yo…— A continuación, decidió hablar: — Tú guapo eres, también…— Como podría, estaba bastante avergonzada. Le dije: — ¡Ah, gracias! —

— ¿Quiere algo de mí? — Y de golpe empezó a quitarse la ropa. — Por usted haré descuento…— Casi me iba a dar algo.

Se ponía colorada con los halagos, luego no tenía vergüenza alguna en quitarse la ropa en pleno aire libre, me costaba entender eso.

— No, no, no quiero sexo ni nada de eso…— Le tuve que detener.

— Ah, es primera persona de aquí que no quiere eso. Y no solo hoy, sino otro día…— Se quedó muy extrañada.

Aunque yo fui la que me quedé aún más sorprendida. Sé que ella era una prostituta, pero me costaba asimilar que no conoció algún hombre que no la uso con fines sexuales, eso era lo que parecía.

— ¡No te preocupes, mujer! Los hombres de verdad no salvan a las damas solo porque quieren recibir algo a cambio. — Ella puso cara de no entender nada y tuve que añadir: — Bueno, no es para tener sexo con las chicas más o menos, quiero decir. —  Miré al cielo, señalando hacia al infinito, con ganas de soltar algo que fuera digno de ser escuchado. — Lo que intento deciros es que el deber de un hombre, un hombre de verdad, es ayudar a las damas porque es su misión, porque una mujer es lo más hermoso que puede existir en esta tierra, porque ellas también nos salvan y nos dan la paz que necesitamos, porque nuestras madres y hermanas, abuelas y tías, también son mujeres. Por todo eso, y mucho más, quiero dejarle claro que si le he salvado de esa situación era porque usted necesitaba ayuda y yo tenía que responder, ¡sí o sí! —

Al terminar, me pregunté a mi misma qué estaba diciendo, apenas entendí que intentaba decir exactamente con esas palabras. Por otra parte, esa chica empezó a aplaudir fuertemente, parecía que la había emocionado.

— Es… ¡eres gemial! — Parecía como si estaba viendo a Buda delante de ella. — Aunque no entender mucho…—

Reí avergonzado, no podría evitar que aquellos halagos me afectaran. Al darme cuenta de eso, me controlé y añadí: — Mientras te quedes con lo esencial, todo bien…— Luego, cambié de tema: — En fin, dejando de lado eso, quiero preguntarte algo. —

— ¿¡Qué, qué, qué es!? — Me preguntó muy ansiosa. Y yo se lo dije, pero no entendió nada.

— ¡¿Nave, llena de “cabello humano”, qué es eso!? No entiendo. — Me decía ella muy confundida, después de escucharme.

Intenté preguntarle dónde estaba la nave en dónde me secuestraron y que lo único relevante, y siniestro, para mí es que ahí tenían apiladas en cajas toneladas de pelo humano.

Tuve que explanarme más. — Bueno, en uno de estos edificios hay uno en dónde está lleno de pelo,…— Pero aún no entendía nada y tuve que coger mi cabello para que se diera cuenta de lo que yo estaba diciendo. — Pelo de persona, de hombres y mujeres, para ser comprados, para que otros se la pongan, para ser pelucas. — Lanzó un pequeño grito de sorpresa, ya supo enseguida de lo que estaba hablando.

— ¡Es el lugar de los indios…! — Dijo a continuación.

Le pregunté por dónde estaba y ella me explicó, como pudo, cómo llegar hasta ahí. Parece ser que estaba situado en el corazón del lugar y que tenía un enorme letrero escrito en tres idiomas, muy vistoso y con imágenes de gente hindú con grandes melenas y sonrientes.

Al terminar, decidí que ya era la hora de irme. Así que me levanté y me despedí de ella. Creo que ya había pasado mucho rato, si seguía a mi lado seguro que acabaría en medio de mi venganza.

— ¡Muchas gracias, señorita! ¡Me ha servido de ayuda, espero que el destino nos vuelva a reunir otra vez! —

Intenté salir pitando, pero ella me detuvo, agarrando mi chaqueta:

— Espera, ¿cómo es nombre? — Me preguntó. — ¿Mi nombre? — Movió la cabeza de forma afirmativa. Yo tardé un poco en responder, algo dudosa: — Nehru, así me llamo…— Ella añadió ansiosamente: — Yo, Lobbo. Lobbo. —

Me di cuenta de que me estaba diciendo cómo se llamaba y yo, poniendo una voz casi paternal, finalicé la conversación con esto:

— Ya veo, Lobbo, es un buen nombre. —

Y casi me dieron ganas de acariciarle la cabeza, pero me controlé, por si eso le iba a molestar o para evitar que se encariñase aún más conmigo. No tenía ganas de jugar con los sentimientos de otra chica, ya estaba sintiendo remordimientos con todo lo que hice antes.

Después de eso, me puse a buscar aquella maldita nave, ya siguiendo sus indicaciones, que fueron bastantes exactas, a pesar de que le era toda una odisea explicarse en inglés. En menos de diez minutos pude encontrarlo, al girar la calle.

— Así que es en ese sitio…— Hablaba en voz baja, mientras lo miraba a lo lejos. — Sí, ahí es, lo reconozco. — Pude ver el lugar en dónde me tuve que cambiar de ropa cuando fui salvada por Ranjit.

Sin ninguna precaución, intenté acercarme a ese lugar, pero entonces oí unas voces. No proveía de gente que hablaba inglés ni ruso, sino hindú y creo que uno estaba hablando bengalí, uno de los idiomas oficiales del estado en dónde se encontraba mi ciudad Calcuta, Bengala occidental.

— ¡Mierda, se me olvidaba que esta gente está pululando por aquí! — Con mucha rapidez, me escondí detrás de una furgoneta y empecé a espiarlos. — ¿¡Ahora qué haré!? — Me di cuenta de que no había pensando en eso, dominado por la ira y la rabia.

Me callé y me fije en que estaba haciendo. Al parecer, los que sabían hindú se reían del que hablaba bengalí, aunque ellos no se daban cuenta de que él les estaba diciendo todo tipo de insultos y burlas. No estaban haciendo nada, solo vagueaban en las puertas de la nave.

Me quedé pensado, la única forma de encontrar a aquella bruja era sacarles la información a ellos, pero la pregunta era cómo hacerlo, cómo atraparlos estando yo sola, en desventaja y en mitad de la calle. Debía haber alguna manera de conseguirlo, pero no se me ocurría ninguna.

Y absorta en mis propios pensamientos, no me daba cuenta de que alguien me persiguió y estaba detrás de mí, en total silencio, sin decir nada y sin mover ni un músculo, o eso o es que tenía una presencia casi fantasmal.

Pero, al final, esa persona no aguantó más y me tocó el hombro, mientras yo estaba forzando mi cerebro para que se me ocurriera un plan. Al notarlo, me dio un susto de muerte, gritando como loca, pronunciando palabras hindús muy soeces.

Mi horrible grito se escuchó por todo el polígono y sobresaltó hasta la misma persona que me tocó. Aterrado con la idea de haber sido pillado, giré la cabeza para saber quién era.

— ¡Lobbo, ¿qué haces aquí?! —

Era aquella prostituta, que añadió, entrecortada: — Yo, ¡querer ayudar! —

FIN DE LA VIGÉSIMA PARTE

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