Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima primera parte, centésima decimonovena historia.

Con los hombros caídos y expulsando un fuerte suspiro, yo me preguntaba qué podría hacer con esa chica llamada Lobbo, quién me había seguido. No podría permitir que ella acabara metida en aquel asunto y su vida se pusiera en peligro como le pasaron a Candy y a Grace Cook.

— ¡¿Ayudar!? — Me hice un poco la tonta. — No recuerdo haber pedido ayuda…— Para conseguir convencerla, de alguna manera, de que no me ayudará. — ¡No te preocupes, no estoy en peligro ni nada parecido…! — Intenté reír, pero me salió muy forzado y horrible.

Entonces, ella señaló a los hombres que estaba espiando y me dijo:

— Algo raro está ahí, ¿no? —

Tardé en responder, incapaz de generar una respuesta satisfactoria mientras me rascaba un poco la mejilla, muy nerviosa.

— Pues, sí… — Al final, vi que poner cualquiera excusa era perder el tiempo y dije la verdad. — Lo cierto es que quiero sacarles información. Esas personas son de una banda que están contratada por alguien que ha ma-matad…— Con solo recordarlo, mi sangre hervía tanto que tuve que golpear de ira y dolor contra la furgoneta. — Mis padres murieron, no, lo asesinaron, y yo quiero vengarlos…— Lobbo se quedó boquiabierta, con una expresión que me costaba un poco comprender. — Aunque parezca un cliché sacado de una novela o una película, esta es la verdad…—

Miré hacia al otro lado, bastante incómoda y con muchas dudas en torno si hice bien en decirle a una persona que quería matar a otra, o si me iba a creer.

— ¡Pobrecito…! — Añadió, mostrando mucha pena y tristeza hacia mí. — Es horrible. — Y luego, mostrando en su mirada algo de determinación, me dijo además: — ¡Yo ayudaré, lo que pueda, en venganza! — Lo soltaba con una inocencia que parecía que ella no estaba hablando de un tema tan serio y peliagudo.

— ¡¿Pero, qué dices!? — Le preguntaba muy consternada. — ¡Esto es muy peligroso, tu vida estaría en peligro! Además, de que te meterán en la cárcel, como cómplice, si me ayudas en esto…—

Yo sabía muy lo que iba a cometer y sus consecuencias. Estaba asimilando que iba a pasar el resto de mi vida en la cárcel y eso ya no me importaba.

Pero lo que yo no podría hacer era arrastrar a otras personas a mi problema, esa chica, Lobbo, no estaba de sus cabales al decirme con tan seguridad que quería ayudarme en esta locura, aún cuando apenas nos conocíamos.

— Ser puta es peligroso, igual. — Lo decía como si fuera lo más normal del mundo. — Y, y…— Luego, intentó decir algo más, pero se quedó un poco atascada. —…el favor, ¡eso, eso! Deber, devolver, favor. No sé cómo decir…—

— ¿¡Quieres devolverme el favor!? — A pesar de todo, la entendí. — ¿¡Por lo del otro día…!? —

— Y lo de hoy. — Entonces, me agarró con ternura la mano. — Por favor, deja que ayude. — Me lo exigió, mostrándome una mirada que me pedía desesperada que aceptará, sí o sí.

Me quedé muy sorprendida, parecía que con aquellas dos acciones que hice ella tenía una deuda enorme conmigo y quería devolvérmela como sea. Era bastante extraño observarlo, aquella gratitud que deseaba devolverme era tan fuerte, parecía tan deslumbrante, que ya ni podría negarme, eso sería un sacrilegio para los sentimientos de esa chica.

— No puedo negarme si me miras de esa manera… — Acaricié la cabeza sin darme cuenta. — De acuerdo, ¡te dejaré ayudar! —

Se puso muy feliz, haciéndome gestos que seguramente debían de ser de agradecimiento. También se puso muy roja. Y concluyó con esto:

— Aunque no pueda salir de aquí, ayudaré en lo pueda. —

Al parecer, ella solo podría ayudarme dentro del recinto del polígono, por alguna razón que, con toda seguridad, no me explicaría.

— Mierda, al final, otra persona metida en el marrón…— Decía en voz baja, sin que Lobbo se diera cuenta. — En fin, no hay más remedio que seguir hacia adelante. — Lancé otro suspiro más y miré de reojo hacia la nave y la gente que se encontraba allí.

Ahora no era el momento de sentirme mal por meter a una pobre chica en mis asuntos, sino el de capturar a aquellas personas como sea.

— Ahora bien, Lobbo. Escúchame, ahora vamos a diseñar el plan…— Le empecé a hablar, pero ella pasó de eso y se iba hacia la nave. Me quedé cuadrada: — ¡¿Eh, adónde vas!? —

— ¡No preocupación! Yo sé qué hacer. Espera hasta señal. —

Lo soltó con una seguridad tan grande que ni me atreví a preguntarle qué iba a hacer. Aunque me parecía una verdadera locura, dejé que se dirigiera hacia a la boca del lobo y decidí esperar hasta su señal.

— ¡¿Estará bien esa chica!? — Y la espera fue horrible e inaguantable, la preocupación me estaba destrozando por dentro. — ¡¿La habrán capturado!? Han pasado mucho tiempo, ¡esto ya no es normal! —

Yo daba vueltas sin parar, en círculos, aterrada con la imagen de la pobre Lobbo siendo capturada y sometido a horribles abusos por parte de esa gente. Me estaba tirando de los pelos, culpándome de haber dejado que se fuera allí. Y entonces, mientras seguía hablando en voz alta ella apareció, dándome un susto de muerte:

— He vuelto. — Se me estremeció el corazón al oír eso, creía que me habían pillado. Giré la cabeza y la vi, sana y salva.

Di un suspiro de alegría y le pregunté esto, como si fuera una madre preocupada por su hija:

— ¿¡Estás bien!? ¡¿No te han hecho nada!? —

Ella movió la cabeza para confirmármelo, he incluso hizo un gesto con las manos que decía que su plan había salido bien, con cara de triunfadora.

— ¡Menos mal…! — Y luego me di cuenta de que tenía algo en la cara, algo consternada. — ¡Tienes algo en la cara…! —

Era algo blanco y espeso, con horror me di cuenta qué era esa cosa.

— Es verdad. — Y se lo limpió con la mano como si nada. Y sin apenas vergüenza, me lo iba a decir: — Es sem…—

— ¡Ya he entendido, he entendido! — Le grité con las manos moviéndolas de forma frenética. No me quería ni imaginármelo.

Luego, ella me dijo que fuéramos a la nave. Al parecer, había vía libre.

Y me dejó muy perpleja lo que vimos en el interior de la nave, a la cual accedimos con una facilidad pasmosa. Dentro de la oficina, me encontré a los matones que cuestionaban la nave, atados y desmayados, con sonrisas de placer que daban mucho pavor. Y lo peor es que estaban mostrando sus vergüenzas, no tenían ni pantalones ni ropa interior. Eso me puso bastante mala. No podría comprender lo que había pasado.

— ¡¿Esto lo has hecho tú, Lobbo!? — Le pregunté, mientras le señalaba la escena, temblando como un flan, incapaz de asimilarlo. Movió la cabeza y añadió: — Hay clientes que gustan ser tratado como perros…— No sabía si asustarme un poco por el hecho de que esa chica sabía sadomasoquismo o de saber de verdad que hay hombres que les gustaba estas cosas.

De todos modos, cerramos la puerta principal de la nave y le pedí a Lobbo que me ayudará a ponerles sus pantalones. Fue complicado hacerlo, sobre todo cuando me puse a gritar del asco cuando me cuenta que pise las bragas de Lobbo, que las dejó tiradas en el suelo sin ningún pudor.

— ¿¡Y qué hacer!? — Me preguntó, a continuación, ella. Le respondí esto: — Pues hacerles despertar o algo así. — No podríamos esperar hasta que despertarán, corríamos el riesgo de ser pillados por el resto de la pandilla, que podría aparecer ahí de un momento para otro.

Así que llenamos unos cubos llenos de agua fría y se la tiramos encima. Despertaron dando chillidos, gritando en hindú y bengalí.

— ¡¿Qué!? — No podrían salir de su asombro. — ¿¡Qué pasa aquí!? — Intentaron moverse, pero comprendieron que estaban atados. — ¿¡Por qué estamos atados!? — Luego, se dieron cuenta de nuestra presencia, con la boca abierta. — Es el niñato ese, ¡al que tenemos que eliminar! — Y uno de ellos lanzó unas palabras que me hicieron rabiar: — ¡Y esa asquerosa puta…! —

— ¡No permito que insulten a esta lady, señor! ¡Así que controle esa lengua y se la rajo! — Le dije esto, mientras le aplastaba la cabeza con el pie poquito a poco, como si estuviera apagando un cigarrillo. No dejaba de gritar que le soltará.

— ¡Maldita sea, están compinchados! — Añadieron sus compañeros.

— Eso da igual…— Decidí ir directo al tema. — Ahora lo importante es que respondan mis preguntas, ¿¡dónde está la que os paga, esa chica que se hace llamar Kasturba Makhanji!? —

— ¡¿Crees qué te lo vamos a decir!? — Me gritaron todos.

— Yo espero que sí, y cuanto antes, mejor. — Yo intenté poner una cara aterradora, que les dejase claro que les iba a torturar. — O si no, os va a pasar cosas muy feas…—

— Pues, ¡inténtalo, capullo! — Pero, como era de suponer, me desafiaron, poniéndose muy valientes. — ¡Eso, eso, cabrón! — Como si sabían que yo no sería capaz de hacerlo. — ¡Vamos, imbécil, tortúranos! —

— Eh…— La verdad es que yo no sabía ni deseaba torturar y esperaba, ingenua de mí, que se rindiera a la primera. — ¡Os daré un margen de tiempo para que me lo digáis! Soy generoso y quiero daros un poco de piedad. —

Intenté decirlo de una forma para que ellos no entendieran que me estaba acobardando, pero no funcionó. Esa gente se burlo de mí, soltando unas sonoras y molestas carcajadas.

— ¡Rían lo que quieran! — Intenté quitarle importancia diciendo esto, con voz amenazante. — Ya se arrepentirán…— Pero no tenía ni idea de cómo sacarles la maldita información.

Empecé a dar vueltas por la habitación intentando pensar, aunque ellos no me dejaban tranquilo, se dedicaron a decirme de todo, a lanzarme puyas y burlas a diestro y siniestro, haciendo todo lo posible para ponerme de mala leche. Lobbo, por su parte, se quedó sentada en una silla, esperando con una sorprendente tranquilidad lo que se me iba a ocurrir.

— ¡Cállense de una vez! —  Al final, me hartaron y les gritaba estas palabras muy enfurecida. — ¡¿No veis la situación en dónde estáis!? —

Y estaba tan molesta que no me ocurrió otra cosa que golpear una especie de armario empotrado que se encontraba en la oficina. Fue tan doloroso que me puse a gritar y dar saltitos. Eso deberían haber provocado más risas por parte de esos matones, pero sucedió lo contrario. Se quedaron con la cara blanca y me gritaron esto:

— ¡Estás idiota! — Al parecer, ahí había algo muy valioso. — ¡Ahí está la ropa de…! — Pero se callaron de golpe, al darse cuenta de que era un punto débil.

— ¡¿La ropa de qué!? — Les pregunté y se hicieron los tontos, diciendo esto con mucha desesperación: — ¡No hemos dicho nada, nada! —

Ahí es cuando puse una sonrisa maléfica, no sabía muy bien lo que había dentro de aquel armario, pero debía aprovecharme de aquella ventaja.

— ¡De verdad, ignora ese armario! — Me gritaban muy aterrados. — ¡No cometas esa locura, no abras por nada del mundo eso, te lo pedimos, por favor! —

— ¡No les entiendo! ¡Vuestras risas me han dejado sordo, ya no os escucho nada! — Les ignoraba de forma burlesca. Luego, le pedí a ella: — ¡Vamos, Lobbo, tráeme algo para abrirlo! — Aquel armario tenía llave, y no tenía muchas ganas de buscarla.

Y convenientemente, me trajo una palanca de acero que nos ayudó a abrir las puertas del armario, aunque nos costó muchísimo esfuerzo y los brazos nos dolieron de ejercer tanta fuerza. Con los enormes chillidos de horror que lanzaron como fondo, vimos que lo único que había ahí dentro era una cantidad enorme de ropa. Solo eso, cientos de conjuntos, algunos apiladas sobre una improvisada barra de acero, envueltas por fundas de plástico; y otros metidos en maletas elegantes y muy caras. Y eran muy horteras, a pesar de que parecían tener una gran calidad, no me podría imaginar a alguien usando aquello.

Entonces, recordé cuando vi al jefe de esa gente, que estaba usando una ropa que le hacía parecer como un fuera un pavo real.

— ¡No los toques, por favor! — Se pusieron blancos del terror y aquella insolencia que me mostraba se volvió en clemencia. — Es del jefe, si se entera de que alguien ha tocado su colección particular de ropa, nos colgara de los huevos…—

— ¿¡Y qué hace eso aquí!? — Estaba muy sorprendida, me parecía muy absurdo. — ¿¡Quién se trae su ropa a este lugar!? —

— Él necesita llevarse su ropa a dónde vaya…— La verdad es que yo también amo mi ropa, pero esto ya era exagerado. — No puede vivir sin ella, siempre nos manda llevarla a rastras y a más de uno le ha dado una buena paliza por no tratar con delicadeza algo de su querida colección. —

Y para dejarlo más claro, uno concluyó con esta sentencia: — ¡Si le tocas algo, irá a por ti, no importa en dónde estés ni que le implores perdón, te matará por tocar su ropa! —

Sin darse cuenta, esos idiotas me dejaron muy claro que aquella ropa me iba a servir para hacerles hablar. Empecé a sacar sin ninguna delicadeza todo lo que había dentro del armario.

— ¡¿Qué haces, insensato!? — En vano, ellos intentaban liberarse de sus ataduras para detenerme— ¡¿No sabes qué nos estás condenando a todos!? ¡A todos nosotros! —

— Bueno, me da igual, vuestro objetivo es eliminarme, así que ya estoy condenado. Pero no me importa compartirlo con vosotros. —

Con esto dicho, cogí uno de los conjuntos más llamativos que encontré, una especie de traje que parecía ser del futuro y que tenía una combinación de colores que provocaba ardor en los ojos.

— Entonces, ¡decidme dónde está Kastuba! — Les gritaba, mientras abría el plástico que lo protegía. Ellos intentaron resistirse, diciéndome a gritos que no me lo iban a decir, a la vez que me pedían que soltara eso. — Pues lo siento mucho,…— Dieron un gran grito de horror y se pusieron aún más histéricos cuando lo tiré al suelo.

— ¡Mira lo que has hecho, vas a sufrir un destino peor que el Naraka! — No paraban de decir estas palabras y cosas parecidas. — ¡Nos va a matar, nos va a matar,…! — Era gracioso, actuaban como si le estaba atravesando miles de agujas por su cuerpo, como si estaba matando poquito a poco a sus propios familiares. Y sólo era ropa hortera y horrenda.

— ¡De verdad, vaya exagerados que sois! — Y no paraba de burlarme y de reírme de ellos. — Ni siquiera os estamos haciendo daño. —

Pero, a pesar de todo, siguieron resistiendo a no decirme dónde estaba esa maldita bruja. No dejaban de decirme que no me lo iban a decir.

Como romper el plástico, tocar la ropa con las manos sucias y tirarlo al suelo no era suficiente, aunque soltaba gritos que parecían de agonía; tuvimos que experimentar con nuevas cosas.

— ¡Lobbo, tráeme una de esas cajas que hay por ahí!  — Ella me hizo caso y ellos entendieron mis intenciones. — ¡No solo estas destrozando su ropa, sino lo destrozas con su propia mercancía! ¡Estás majareta! —

— Eso les pasa por no decirme nada. — Añadí, antes de rompe la caja y tirar cabello humano sobre las queridas ropa de su jefe, aunque, por una parte, me estaba dando arcadas con solo verlo.

No sólo eso, también vimos que tenían debajo del escritorio su comida.

— ¡Es nuestra comida, déjala! — Me gritaban, mezclando su sufrimiento con su ira. — ¡Dejen mi curry casero en paz! —

— Pero si está muy buena, no puedo dejar de comerlo. — Les replicaba entre burlas, mientras disfrutaba de la comida. Era la primera vez, durante todo lo que pasé en estos días, que pude disfrutar de una comida. Apenas me dio tiempo para devorar algo. Luego, me dirigí a ella: — ¡¿A qué sí, Lobbo!? — Quién movió la cabeza de forma afirmativa.

Esa chica expresaba una sonrisa de felicidad enorme con cada bocado que daba, parecía que ella había pasado años sin comer manjares buenos.

Como era mucho para los dos, lo que nos quedaban lo utilizamos para tirarlo a la ropa de su jefe, para el horror de sus lacayos.

— ¡¿No os gusta cómo la deliciosa salsa de este curry cae suavemente hacia esta ropa hecha de seda, y le deja una manchas feas y horribles que jamás serán quitadas!? —

— ¡Haz lo que quieras! ¡No te lo diremos! — Ya me estaba cansando, su resistencia era demasiado para mí. — ¡Aunque, para de una vez, deja en paz esa pobre ropa! —  A pesar de que estaban sufriendo de lo lindo y no dejaban de pedirme que terminará de destrozar la ropa, no se rendían.

— ¡Lobbo, sigue ensuciando esta horripilante ropa! — Ella siguió mis órdenes. — Yo voy a seguir buscando en el armario, si algo más útil…—

No podríamos perder ni un minuto más, si aparecía más personal de la banda, estaríamos acabadas. Mi intuición me decía que, entre esa enorme cantidad de ropa, debía haber alguna ropa que amaba el jefe por encima de todas, la primera de su colección y la que le tenía más cariño. No sé cómo, pero eso era lo que creía, y no me equivoqué.

Sacando las cientos de maletas que había en su interior, encontré una que estaba decorada de una forma exagerada, parecida que estaba hecho de oro.

Al sacarlo, ellos se pusieron mucho más alterado y aterrado: — ¡No, no, no toques eso, ni te atrevas! — Parecía que, de un momento para otro, iban a ponerse a llorar. — ¡¿No has tenido suficiente con todos los demás!? —

— ¡¿Qué hay aquí para que se pongan así!? — Eso les decía, entre burlas, mientras intentaba abrirlo, ya que tenía llave. — ¡¿Un tesoro o algo así!? —

— ¡Detente, detente! — Pero seguía intentando romper la cerradura. — El jefe lo ama con locura, es su amor, es lo único que le da felicidad en este mundo. — Era tan exageradas esas palabras que me faltaba poco para hacerme reír.

— Entonces, ¿os rendís? — Les dije, entonces.

— Pues,… — Se lo pensaron durante un buen rato. Y finalmente, uno cantó, aunque fuera a gritos: — ¡No lo sabemos, idiota! ¡No sabemos dónde está esa chica, sólo lo sabe el jefe! —

Sus compañeros se quedaron boquiabiertos, mirando al que delató con ganas de matarlo. Le gritaron encolerizados: — ¡¿Por qué se los has dicho!? — Y ésta fue su replica: — No podría aguantar más…—

— ¡¿Estarás contento, no!? — Para el colmo, el delator me empezó a recriminar. — ¡Vamos a morir, y será por tu culpa! —

— Bueno, soy muy empático, ¿sabéis? Pero hay momentos excepcionales en dónde gente como vosotros no me causan pena, ¡lo siento! —

Después de todo, me habían secuestrado y estaban dispuestos a matarme solo por dinero, no me iba a causar pesadillas sus muertes.

— ¡¿Y dónde está el jefe, ahora mismo!? — Les pregunté, a continuación.

— No muy está lejos, está gastándose su dinero en la discoteca que está al lado. —

— ¿¡Aquí hay una discoteca!? — No recordaba que había uno. — Es el prostíbulo ese, que se pasa por una discoteca. — Di un pequeño grito de sorpresa. Ya sabía a qué se estaba refiriendo. Luego, continuó: — A pesar de que él debía buscarte a ti y a ese traidor, decidió disfrutar a lo grande antes de partir. —

— ¡¿Por qué se lo dices!? —

— ¡Ya da igual! — Les gritaba a sus compañeros, antes de decirme un consejo muy útil: — Si quieres sacarle información y vencerlo, debes usar ese traje, él jamás le haría daño, es tal su amor por esa ropa asquerosa. —

— ¡Eres un traidor, has vendido a la banda! —

— Esto lo estoy diciendo para salvar nuestro pellejo. — Se pusieron a pelearse entre ellos. — Si le vence, él no aparecerá ante nosotros y no nos cortará nuestras cabezas…—

Y mientras ellos se dedicaban a insultarse mutuamente, rompí la cerradura y vi el traje. Era un conjunto dorado que parecía brillar como el sol, parecía que la tela era oro puro. Tenía ciertos adornos con un acusado plateado y con formas geométricas e imágenes de símbolos budistas. Incluso en la parte trasera del pantalón había una mantra escrito en un idioma que ni conocía. También era notable lo anchos que estaban los pantalones y las mangas de la chaqueta. Era lo más horrorosa de todas.

— No lo entiendo, pero supongo que os tengo que dar gracias por la información. — Les dije, sin comprender muy bien por qué se estaban peleando.

Cogí la ropa, me acerqué a Lobbo y le dije al oído: — Vámonos de aquí, que aquí ya no tenemos nada que hacer…—

Y con esto dicho, nos quitamos del medio lo más rápido que pudimos e ir a por su jefe. Aunque no sabía cómo, yo ya tenía formado un plan para hacer que nos consiguiera información sin que me destrozara los huesos.

FIN DE LA VIGÉSIMA PRIMERA PARTE

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