Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima segunda parte, centésima decimonovena historia.

— Esto es peor que la ropa andrajosa de la otra vez…— Eso me decía a mí misma, un poco avergonzada. — Quedo tan ridículo y hortera con esto…—

— A mí, parecer guapo…— Añadía Lobbo. No sabía si era sinceridad de verdad o intentaba complacerme de algún modo, pero le di las gracias por el halago, a pesar de que yo no me sentía así.

Aún así, no debería quejarme, esto era parte de mi plan para ir contra el terrible jefe de esos matones, aunque no estaba muy segura de que iba a funcionar.

Para mantener mi seguridad y para poder chantajearlo a la vez, yo decidí ponerme la ropa que, según me dijeron, era la más importante para él. Se trataba de ese traje dorado horripilante y no tuve mejor idea que ponerme aquel horror. Ir por el polígono industrial con esas pintas me producía unos enormes deseos de ser tragada por la tierra, atraía las miradas de todos, que se quedaban pasmados, e incluso oí en la lejanía algunas risas. Tenía unas ganas enormes de quitármelo, pero tenía que aguantar.

En resumen, tuve que ponerme esa cosa horrible y dejar a esos matones a su suerte, cogiendo las llaves de su nave y encerrándolos por dentro. No vean como gritaban los desgraciados, era muy gracioso.

Y así estaba yo que, junto con Lobbo, nos dirigíamos hacia ese prostíbulo que, al parecer, también era una discoteca, o se hacía pasar por uno. Las dos llegamos al lugar en cuestión de minutos.

— ¿¡Nos dejarán entrar con estas pistas!? — Dije en voz alta, mientras observaba el lugar. Lobbo me miró con cara de preguntar. Añadí: — La otra vez no me dejaron pasar porque vestía horrible. —

— Traje elegante, poder entrar. — No podría negar que esa cosa, a pesar de todo, aparentaba cierta elegancia, por lo menos se le acercaba. Luego, la miré, observando aquella ropa tan provocativa, y le dije que no sabía si ella iba a pasar conmigo. Me contestó así: — Tú pasar por cliente, es lugar de trabajo. —

Y sin avisar, me agarró todo el brazo, puso su cabeza sobre mi hombro y me llevó a rastras hacia la entrada, Aunque no opuse resistencia, estaba aterrada, no me sentía preparada para entrar en aquel burdel, que lo veía como la fortaleza de un formidable y monstruoso enemigo.

Se notaba que ya había anochecido, la luz del sol casi había desaparecido y ya se veían a muchos hombres, que tenían una buena presencia, entrando al lugar, algunos acompañados por chicas que debían que ser prostitutas, ya que llevaban una ropa muy parecido, en cuanto a degeneración, que Lobbo.

Al llegar a la entrada principal, veía que los guardias nos dejaban pasar, sin decirme ni una palabra, y era como si lo del otro día nunca había ocurrido. Después de entrar, había una enorme antesala en dónde se encontraba una persona, que era un gorila de dos metros con apariencia muy chunga, que contralaba la entrada al burdel, cogiendo y mirando el dinero que pedía a cada cliente. Tragué saliva, su apariencia daba un poco de miedo.

— Oh, eres tú Lobbo. — Entonces, al llegar a nuestro turno y al ver éste a Lobbo, le empezó a hablar de una forma muy amigable. — Es raro que hayas traído un cliente…— Me quedé bastante sorprendida.

— Sí, paga bien…— Ella le respondió con el mismo tono. — ¿¡Poder entrar…!? — Daba la apariencia de que eran amigos.

— Mientras pague, todo bien. — Aunque él me miraba de una forma muy fea, como si le diera asco.

Pero yo intenté ignorar ese detalle y saqué el dinero, que le quite a aquel desgraciado que molestaba a Lobbo cuando volví al polígono, y un poco de lo que conseguí robándoles a esos malditos matones.

— Por supuesto que sí, por supuesto que sí…— Intenté ser amigable con esa personas, mientras se lo daba. — ¡Aquí tiene el dinero, espero salir muy satisfecho con este lugar! —

Pero sólo me mostró una expresión malhumorada y que intentaba decirme que lo mejor no era hablar con él. Aún así, continué:

— Eso es un poco chocante, ¿no deberías decir algo? — Lobbo me empezó a tirar tirones desde la chaqueta, como si me imploraba en silencio que le dejará en paz. — Bueno, ya me voy, ya me voy. —

Al introducirme al interior del edificio, aquella persona dijo en voz baja esto, con un desprecio aterrador: — Capullo…—

Yo quise preguntar a Lobbo por qué se veía tan hostil, pero ella se me adelantó:

Él odiar cliente…— Me dijo con algo de tristeza. — Sobre todo lo que van conmigo…—

Bueno, no dije nada más, me imaginaba que era normal tenerles asco a los clientes.

Por fin, nos encontrábamos en el interior de ese lugar. Era enorme, mucho más de lo que me imaginaba, para ser un burdel era muy lujoso, parecía como si hubiera arrancando un trozo de palacio y lo hubieran puesto ahí. Cientos de columnas ocupaban el lugar, rodeadas de sofás muy lujosos, y sus paredes estaban recubiertas por un buen papel decorado con motivos geométricos y vegetales. También habían puesto un montón de cuadros de desnudos y de burdeles colgados. Había en un extremo del lugar una barra de bar, en dónde ofrecían alcohol, y en el centro, bajo una lámpara de araña,  había una especie de pista de baile, veía a unos cuantos hombres, y algunos muy viejos, bailando con prostitutas. En el fondo de todo, observaba un escenario, que parecía haber salido de un teatro, en dónde veía a algunas chicas haciendo striptease. Y al lado, unas escaleras que parecían conducir a las habitaciones de las chicas, que parecían ser una barbaridad.

Miré por todas partes, buscando la silueta de esa persona, pero yo no veía apenas nada, gracias a la luz de color tenue que pusieron, tal vez para darle más ambiente o algo así. Me era difícil distinguir las siluetas de todos esos ricachones que estaban comportando como monos en celo. Y para el colmo, aparecieron delante de mis ojos unas prostitutas que nos empezó a hablar:

— ¡Vaya cliente más guapo has encontrado, Lobbo! — Le hablaban con un tono que parecía, no sé cómo, ser cordial y a la vez hostil. — ¿¡De dónde es!? No parece que es de aquí…—

— Ni idea…— Le dijo ella con algo de miedo.

— Bueno, no importa…— Y luego se dirigieron a mí. — ¡¿Qué hace un joven tan apuesto como tú!? ¿¡Quieres celebrar tu despedida de soltero!? —

No pude decir nada, y ellas sólo siguieron halagando, para después, decir una de ellas esto: — Pareces de los que paga bien, no te importará que nos unamos, ¿verdad? —

— Es cliente mío. — Les replicó un poco molesta Lobbo. Y esas mujeres le querían decir algo que no parecía muy agradable, así que intervine:

— Lo siento, señoritas, pero con una tengo suficiente. — Deseaba con todas mis fuerzas ser tragada por la tierra. — La próxima vez que vengan, tal vez las contrate y eso. — Cogí a Lobbo y la alejé de esa gente.

Fue quizás unos de los momentos más incómodos que haya tenido. Siendo una mujer disfrazada de hombre, estaba en un burdel, siendo acompañada por una prostituta, y otras incluso intentaron hacerme su cliente. Por mucho que miraba, sólo veía a chicas siendo toqueteadas o mostrando sus pechos al aire, abrazadas por hombres gordos y feos. No dejaba de preguntarme cómo pude acabar en aquel lugar, mientras intentaba esquivar la mirada. Sentía mucho asco y vergüenza haber acabado ahí.

— ¡Maldición, maldición! — Y empecé, presa del nerviosismo, buscar al jefe de los delincuentes. — ¡No le veo, ¿dónde está ese?! — Por toda la maldita sala. Lobbo me siguió en silencio, mirando fijamente.

— ¡Vamos a arriba! — Al ver que no le encontré, le dije eso y ella me preguntó: — ¡¿Qué va a hacer!? — No me dio ni tiempo a decírselo.

Subí y solo eran varios pasillos con cientos de habitaciones, abriendo como loco cada puerta que vea. Tengo que decir que se me olvido que ahí dentro clientes y prostitutas realizaban sus cositas y tuve varias imágenes muy desagradables. Y eso que Lobbo me intentó detener, diciendo que me podrían echar del local si hacia eso.

Y no encontré nada, algo que me empezó a preocupar. Tenía el temor de que él se hubiera ido de este lugar. Así que me fui abajo a echar un último vistazo y crucé por medio de la pista de baile. Ahí es cuando me choqué con alguien, que estaba de espaldas:

— ¡Idiota,…— Encolerizado, giró la cabeza hacia mí. —…mira por dónde vas…! — Y entonces se quedó boquiabierto.

Era el mismo jefe de los matones, vestido como un flamenco, quién estaba moviendo el esqueleto con una prostituta. Yo casi iba a expulsar un grito de susto, pero me contuve.

— ¡Hijo de puta…!— Empezó a hablar en hindú. — ¡¿Cómo puede ser!? ¿¡Cómo lo has…!? ¿¡Cómo?! — No podría salir de su asombro. — ¡¿Qué haces con mi obra maestra!? — Intentó golpearme, pero se detuvo a mitad de camino, como si el mismo traje me hubiera dado una barrera.

— ¡¿Sorprendido, eh!? — Intenté hacerme la valiente, aunque lo cierto es que estaba aterrada. — La verdad es que me queda un poco grande, pero está bien. Aunque es muy horroroso. —

— ¡No lo insultes, no eres capaz de comprender su belleza, es lo mejor de lo mejor de la moda, infeliz! — Intentó golpearme de nuevo, pero otra vez el resultado fue el mismo.

Verlo así, impotente e incapaz de atacarme, solamente porque llevaba su maldito traje ridículo; provocó que pudiera quitarme poquito el miedo que le tenía a esa bestia y empecé a desafiarle de forma abierta:

— ¡¿Por qué te comportas así!? ¡No ves estamos en medio de un lugar lleno de gente que ha venido a pasarlo muy bien, ¿quieres arruinárselos comportándote como un violento?! ¡Te echarán de este estrafalario local y tú perderías para siempre tu querido traje! —

Ni me escuchó, lo único que hizo fue gritarme de nuevo, como si no estaba en desventaja:

— ¡Dame mi ropa, es única e inigualable! ¡O si no,…! — Apretó tanto las manos como los dientes, por pura rabia.

Todos los que estaba en la pista de baile, al notar la hostilidad de aquel hombre, se alejaron de nosotros dos como si fuéramos la peste. Por otra parte, los guardias se quedaron mirándonos, parecía que ellos estaban esperando hasta el último momento, ninguno se acercaba a nosotros para avisarnos de algo, y es mejor así. Por medio de señales, le pedí a Lobbo que se alejará y ella me hizo caso. Después, me dirigí de nuevo hacia ese matón:

— ¿¡Crees que puedes amenazarme ahora, buen hombre!? Si fuera tú, empezaría a engañarme, prometiendo que yo iba a salir ileso si entregará esta porquería de ropa. —

Él no me dijo nada más, solo estaba mirándome como si fuera un perro infectado por la rabia. Mientras esperaba su respuesta, me fijé en que solo se oía susurros entre los clientes, preguntándose tal vez qué estaba pasando con nosotros dos.

Entonces, una prostituta pasaba delante de nosotros, como si nada estaba ocurriendo, con una bandeja con una bebida de un vino francés y un vaso. Eso me dio una pequeña idea y continúe hablando:

— Pero parece que ser que tu orgullo no te deja hacer ni siquiera eso…—  Entonces, tomé la bandeja, sorprendiendo a la chica y me eché un poco vino en el vaso: — ¡Qué pena! Podría pasarle algo horrible a esta ropa tan querida, como que le caiga encima una horrible y horrorosa mancha de vino…—

Puse el vaso bajo la ropa que yo llevaba. Él me gritó muy aterrado: — ¡¿Qué vas a hacer, cabrón!? ¡No te atreverás a hacerlo, iré a por ti y te arrancaré todos los huesos si lo haces! —

No dije nada, solo saqué una buena sonrisa, mientras empezaba a inclinarlo, aquel líquido iba a caer sobre esa ropa de un momento para otro.

— ¡No, mi gran creación…! — Gritó con todas sus fuerzas, como si yo le iba a cortar el cuello de su propio hijo.

Pero me detuvo y él dio un gran suspiro de alivio, mientras se tocaba el pecho como si hubiera tenido un ataque de corazón. Eso me hizo tanta gracia, era muy exagerado.

Por otra parte, parece ser que él mismo fue quién diseño esta fea ropa, ya entendía un poco por qué era muy importante para él, y demostraba que su mal gusto era tan horrible que para satisfacerlo tenía que hacérselo.

— ¡No te pongas así, hombre! — Intentando aguantar las ganas de reír, le dije esto con un tono muy burlón. — ¡Era una broma, broma! —

— ¡Bromas, las que te voy a dar a ti! — Me lanzaba una mirada asesina, de las que te dejaban temblando.

La prostituta que traía la bandeja decidió intervenir, para decirme que le diera el vino que le quite, que era para otro cliente; pero le di unos cuantos billetes, diciéndole que yo iba a pagar eso, y se fue contenta. El jefe de los matones estaba tan aturdido que ni aprovechó ese momento para que me quitaran el vaso. Entonces, continué:

— ¿¡Pero quieres tu traje, no!? — A pesar de la hostilidad que él mostraba, no me acobardé mucho y decidí ir directa a la cuestión: — ¡Dime dónde está el paradero de Kasturba, sólo eso, nada más ni nada menos! Bueno, si tiene gente vigilando también lo podrías decir. —

— ¡¿Crees qué te lo voy a decir!? ¡Nos está pagando millones y además de que…! — Se calló por un momento. — Da igual, no tienes ni idea contra quién te está enfrentado, niñato estúpido. —

Parece ser que aún le costaba asimilar que estaba en desventaja conmigo, que había encontrado su puto débil y lo estaba aprovechando. Me imaginé que era normal, ya que nadie se le había enfrentado.

Decidí demostrárselo, inclinando el vaso de vino hacia su querida creación, mientras le decía esto: — Pues, habrá mancha…—

Él dio un gran grito de horror, a punto de llorar, y yo, partiéndome de la risa, me detuve.

— Lo siento, lo siento, ¡te ves tan lamentable que da risa! —

— ¡Te vas a enterar como sea, te lo juro por todos mis antepasados…! — Su cara era todo un poema, parecía como si era la primera vez que le estaban humillante de aquella manera y le estaba doliendo mucho.

Quise insistir y seguir jugando con el vino, pero no tenía ganas de perder más tiempo:

— Creo que no voy a conseguir mucho esa información si sigamos en este plan, así que quiero sugerirte una cosa…—

— ¡¿Y qué es!? — Gritó impacientemente.

— Un duelo, una batalla entre tú yo, aquí mismo. Si tú ganas, te entrego tu querido traje. Si gano, me dices dónde está Kasturba. Es bien fácil…—

— ¡¿Quieres te me muele a golpes, aquí mismo!? —

— No, soy fan de la no-violencia, vamos a arreglar esto de forma pacífica, ¡con un duelo de baile! — Era algo que se me estaba ocurriendo bajo la marcha y sabía que se oía muy absurdo y estúpido. Pero lo cierto es que no encontraba otra manera de enfrentarme a él sin acabar molida a golpes.

— ¡¿No me estás diciendo eso en serio…!? — Se quedó boquiabierto, con una cara que decía de forma claro que yo estaba chalado.

— Acaso, ¿no sabes bailar? — Le provoqué, necesitaba que aceptará este juego en dónde yo era muy experimentada. Y funcionó muy bien:

— ¡No he dicho eso! —

— Pues perfecto, este lugar se hace pasar por una discoteca, ¿no? Bajo nuestros pies, hay una pista de baile. —

Asintió, aceptó mi duelo. Entonces, yo decidí anunciarlo a toda voz. Me dirigí a todos los clientes del prostíbulo. Claramente, en inglés:

— ¡Señores y señoras! ¡Déjenme anunciarles esto! Este buen caballero y yo nos vamos a montar un duelo de baile…—

Nuestro inesperado público se quedó muy sorprendido, muchos de ellos se miraban los unos a los otros, preguntándose con toda la seriedad del mundo qué estaba ocurriendo. Los guardias de seguridad intervinieron:

— ¡Aquí no se hace eso, es para que los clientes bai…! — Les interrumpí, diciéndoles esto, mientras le ponía la mano sobre el hombro a uno de forma cordial y hablando con un tono también amigable.

— Pero, ¡¿no se aburren de lo mismo!? Siempre viniendo aquí sólo para trincar puede llegar a ser cansar. Lo que necesitan estos señores es algo nuevo, emocionante e inusual. —

No se atrevieron a discutirme, aún cuando me podrían replicar fácilmente, así que me dirigí de nuevo al público:

— ¡Yo y él vamos a hacer un duelo entre caballeros! Las apuestas están permitidas, a los que ganan la apuesta la casa le dará un gran premio, ¡muy suculento! —

Y con esto calenté con gran rapidez el ánimo del público, que enloqueció al momento. Había conseguido que ellos no se resistieran a mi absurdo plan.

— ¡¿Qué hace, está loco!? — Me dijo al oído uno de los guardias.

— No pasa nada, señor. Todo el dinero irá acabará en vuestras manos, ¡vosotros vais a salir ganando! —

Ése me quiso replicar, pero entonces a su compañero le sonó el móvil y contestó. Al terminar la llamada, que solo duró unos pocos segundos, le dijo al otro muy extrañado:

— Al parecer, están de acuerdo…— El guardia, con la boca abierta, le costaba asimilarlo: — ¡¿Cómo es posible…!? —

Al parecer, al mandamás de este prostíbulo le gustó mi idea y el plan me salió de maravilla.

— Da igual, da igual. —         Yo eché a los guardias de la pista de baile y, volviendo a hablar en hindú,  me dirigí desafiante al matón: — ¡¿Estarás preparado, verdad!? Bailar es unas de mis especialidades. —

— No te creas mucho, chaval insolente. He practicado todo tipo de danzas y bailes desde pequeño, y he ganado premios de concursos de baile, ¡estás acabado! — No sabía si estaba diciendo la verdad o sólo fanfarreaba. De todos modos, decidió añadir esto:

— Y no sólo entregarás mi traje si pierdes, además debe entregarte a ti mismo y dejar que hagamos nuestro trabajo…—

— Ya no hay vuelta atrás,… — Tragué saliva, el precio era demasiado y mi premio era muy poco, comparado por sus exigencias; pero había que arriesgarme. —…así que, ¡adelante, demuéstrame tu baile! —

FIN DE LA VIGÉSIMA SEGUNDA PARTE

 

 

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