Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima tercera parte, centésima decimonovena historia.

Nuestro inesperado público estaba muy emocionado y, entre cuchicheos, le decían a los guardias de seguridad, que les costaba entender aún lo que estaba ocurriendo, a quién iban a votar, ya que le encargaron la misión de registrar el nombre de cada un apostador y a quién habían elegido. También se volvieron en nuestros jueces. Yo y el jefe de los matones tuvimos que  esperar impacientemente a que terminarán los preparativos, sin decirnos ni una palabra. Solo nos mirábamos de una forma hostil, con muchas ganas de empezar de una vez nuestra batalla.

Entonces, todas las luces se apagaron de golpe y un gran foco nos iluminó a los dos. Los guardias formaron un cordón de seguridad y nos dijeron esto:

— ¡Ya está todo listo, de un momento para otro la música sonará, ahí es dónde empieza la batalla! ¡¿Preparados!? —

— ¡Pues claro! — Gritamos los dos a la vez. — ¡Por supuesto que sí! —

Entonces, se oyó el pistoletazo de salida, la música, muy vibrante y festiva, perfecta para pasar toda la noche en la discoteca; empezó a sonar. Sin más demora, me puse a mover el esqueleto.

Inicié mi baile levantando el pulgar hacia al techo y luego los bajé de golpe, para dar una vuelta sobre mí mismo e mover los brazos de un lado para otro con gran elegancia y gracia. Después de repetir esos movimientos por todos los grados posibles, miré hacia a ese bruto y le hice un gesto de elocuencia. El público se quedó atónico, algunos empezaron a comentar lo bien que bailaba y las prostitutas empezaron a animarme.

— ¡¿No vas a empezar de una vez!? — Le dije de forma burlona. — Sólo estás mirando. —

— Te he dejado la presentación, para luego dejarte en ridículo. —

Y, entonces, después de estar quieto durante los primeros minutos, decidió ponerse a bailar. Y no estaba bromeando, cuando me dijo que sabía muy bien. Alzó las manos y dio unas cuantas palmadas, antes de inclinar un poco su cuerpo y hacer un juego de pies de forma magistral, como si fuera un profesional. Al terminar, él me miró con una aterradora sonrisa, como si me decía que estaba jodida. “Annie, are you ok? So, Annie are you ok. Are you ok, Annie”; se escuchaba en el aire. El público se alteró, la emoción se apoderó de ellos, sabían que estaban ante una pelea muy reñida.

— Es verdad que lo haces muy bien…— Intenté ocultar mi nerviosismo al comprobar que ese contrincante era difícil. — ¡Pero yo no me quedaré atrás! ¡Por supuesto que no! —

Empecé con un juego de pies, movía mis piernas tan rápido que el público les costaba seguirlo. Luego, al ver los gritos de ánimos de las chicas, entre ellas Lobbo, me acerqué, dando giros y moviendo las caderas de un lado para otro, simulé darles un beso y les hice una reverencia. A continuación, me volví al centro del lugar, con un gesto desafiante hacia mi contrincante.

— ¡Vamos, vamos, demuestra lo que vales, chaval! — La gente estaba enloquecida, animándonos lo más fuertes que podrían. — ¡Derrota a ese niñato, he apostado todo mi dinero en ti! — Parecía que estábamos en un partido de futbol o algo parecido, actuaban como si fueran hinchas. “Then you, ran into the bedroom, you were struck down, it was your doom”; decía la música, que se escuchaba a pesar de todo el griterío.

Éste se rio y, sin quitarme la vista encima, me devolvió el gesto, antes de mostrar más juegos de pies y de agacharse varias veces con mucha rapidez y energía. Yo hice lo mismo, aunque añadiendo mejores movimientos que recordaba de las coreografías de mis películas favoritas de Bollywood. Él no se quedó atrás, también me demostró que había visto mucho cine de nuestra tierra.

— ¡Vamos hombre, mueve más el esqueleto! ¡Parece como si tus huesos ya estuvieran oxidados! — Intentaba provocarlo, necesitaba desconcentrarlo y que su baile empeorara.

Después de todo, si perdía, todo acabaría para mí. Necesitaba ganarlo como sea.

— ¡Deberías callarte, principiante! ¡Tenías que estar asimilando ante el hecho de que pasarás a la otra vida muy pronto! — Pero no surgía efecto, seguía bailando igual de bien que yo.

Se le veía en los jueces unos rostros aturdidos, como si les costaba seguir nuestro ritmo. El público estaba al borde de la locura y mi corazón estaba latiendo a mil por toda la presión y la adrenalina que me estaba dando el enfrentamiento. A pesar del griterío, podría seguir escuchando la música, que decía: “You’ve been struck by…, You’ve been struck by…, a smooth criminal”.

Y entonces, simuló cargar contra mí y me levantó la mano como si me iba a pegar. Casi me iba a dar algo y eso casi dio el traste con mi improvisada coreografía, pero lo pude esquivar de una forma muy elegante y como si fuera parte más del baile. Con un gesto molesto, él dijo:

— ¡Y pensaba que ibas a caer en eso…! ¡No te creas mucho, comparado conmigo eres solo un nene que ha salido del vientre de su madre! —

— ¡Acepta que soy muy bueno, trágate tu orgullo! —

Él, un poco descontrolado, hizo lo mismo de nuevo, estaba simulando de nuevo que me estaba golpeando, entre giros, juegos de pies y complicados movimientos de brazos. Yo lo esquivaba con delicadeza y elegancia, con unos movimientos dignos de salir en cualquier película de artes marciales. También añadí gestos de burlas y me comportaba como un engreído, con la esperanza de que esto perdiera su paciencia. El jefe de los matones sabía muy bien lo que estaba haciendo e intentaba controlar sus impulsos, pero le estaba costando mucho. Estas palabras volvieron a repetirse en la canción: “Annie, are you ok? So, Annie are you ok. Are you ok, Annie.”

Al ver que no podría hacerme perder el ritmo, decidió hacer movimientos más llamativos y complicados, con una rapidez y una precisión que era tan asombrosa que el público le vitoreó sin parar. Me estaba quedando atrás, tuve que arriesgarme. “You’ve been struck by…, You’ve been struck by…, a smooth criminal”, parecía que la recta final había iniciado.

— ¡Te demostraré lo que soy capaz! — Le grité a pleno pulmón y, al momento di un sorprendente salto. Ya me puse seria.

Empecé a dar piruletas, a hacer el pino, enormes saltos, mezclados, con una gran maestría, con juegos de pies, movimientos de cadera y de brazos muy complicados, gestos y posturas sacadas de estrellas de pop occidental y del cine indio, además de burlas contra mi contrincante. Puse todas mis fuerzas y energías en dejar el listón muy alto y parecía como si estaba dejando en ridículo a los mejores profesionales del baile. La fuerza que transmitía, que en cierta forma era muestra de que estaba luchando por mi vida, era tan impecable que conseguí que muchos clientes y prostitutas se pusieran a bailar y a cantar, mientras otros nos decía de todo para que venciera el que ellos habían apostado. Hasta los mismos guardias se había contagiado.

Eso desesperó al delincuente ese, que con gestos de furia y de ira, empezó a imitarme y luego intentó superarme con movimientos más audaces. Al ver que no podría hacerlo, empezó a hacerme la zancadilla e intentaba, esta vez de verdad, empujarme y tirarme al suelo. “Dag gone it baby! Will you tell us that you’re ok? Dag gone it baby!”, hasta la música, que estaba cerca de terminar, sólo le ponía mucho más nervioso.

Casi me iba a tirar y rompió toda mi coreografía, estaba cerca de caer de cara contra el suelo. Me dio un grandísimo susto, pero, de alguna manera u otra, pude evitar ese desenlace, poniendo la mano sobre el suelo y hacer un movimiento que parecía digno de ser usado en el Capoeira. El público se quedó alucinando, dando aplausos y vitoreos por doquier.

Me reí en toda su cara y seguí bailando, mientras esquivaba sus intentos de tirarme al suelo, disfrazado de movimientos de bailes cada vez más toscos. Su cara era un poema, era como la de un niño pequeño que no era incapaz de aceptar que había perdido, intentaba por todo los medios quedar como el ganador, aún cuando no se daba cuenta de que ya perdió desde el mismo momento que lo hizo. “He came into your apartment. Dag gone it! Left the bloodstains on the carpet. Then you ran into the bedroom. Dag gone it!”, tras decir eso, las voces callaron y solo se oía el instrumental. La canción estaba a punto de terminar. Los aplausos y los vitoreos fueron múltiples, estuvieron muy satisfechos por el espectáculo que le ofrecimos.

— ¡Esperen, esperen, un momento! ¡No puede terminar, esto no puede terminar! ¡Tienen que poner la próxima canción! — Gritó muy alterado el jefe de los matones.

— Con uno es suficiente…— Le replicaron secamente.

— Pero, ¡esto es inaudible! — En cierta manera, era muy gracioso ver como aquel delincuente tenía un mal perder tan patético. — ¡No puedo perder contra ese estúpido niñato! —

— Aún no hemos dado el veredicto, señor. Ya lo sabrá dentro de poco. Puede que haya ganado. — Intentaron tranquilizarle, sorprendido por lo alterado que estaba por un resultado que ni habían revelado.

Y ellos tenían razón, aún podría salir él vencedor y yo estaría condenada, recé con todas mis fuerzas a que el resultado me fuera favorable.

Todo el mundo puso sus ojos sobre los guardias de seguridad, quienes tuvieron la mala suerte de ser los jueces de nuestro duelo de baile. Se le notaban muy nerviosos y me lo contagiaron, yo tragaba saliva, aterrada por la posibilidad de perder. Y para el colmo, tardaron mucho, provocando mucho más intriga de la que había en la sala:

— Pues la verdad es que…— Parecía que aún seguían dudando, pero, tal vez por la presión del momento, decidieron hablar: — Me ha parecido mejor el chaval. —

El jefe de los matones gruñó como un perro, mientras yo soltaba un fuerte suspiro de alivio. Aún así, quedaba el resto, no podría estar tranquila.

— Igual, supongo…— Animados ya, el resto decidió soltar su veredicto.

— Es que no tengo ni idea de baile, pero me ha molado ese. — Y una gran alegría se apoderaba de mí, al ver que todos me estaba eligiendo.

— Pues, no sé, los dos me han parecido geniales. Pero creo que elegiré a ese. — Y no hubo ninguna que se puso a favor de mi contrincante.

Se quedó estupefacto y parecía que se había mareado, ya que se cuerpo empezó a tambalearse, como si le hubieran derrotado por primera, como si un simple enfrentamiento de baile le había arruinado toda su vida.

— ¡¿Cómo es posible!? — Se ponía la mano sobre su cara, atónito, con el rostro destrozado. Luego, se dirigió a los guardias de seguridad con muy mala leche: — ¡¿Cómo podéis estar tan ciegos!? Yo he sido el ganador, claramente. —

— ¡¿Qué quieres qué te digamos!? Es la verdad, nos ha parecido mejor él que tú. Y no somos expertos en el baile ni nada parecido, no nos pida mucho. — Le dijo uno en nombre de los demás, mientras se encogía de hombros. La cara que puso hizo que me pusiera a temblar.

— ¡Malditos idiotas, él es el ganador! — Y la gente que apostó tampoco estaban mejor. — ¡Ni de lejos, el jovencito ha sido muy superior! — Los que perdieron las apuestas estaban furiosos por el resultado y los que salían ganando se enfrentaban a ellos. Los guardias tuvieron que poner orden en la sala y no pasó gran cosa.

Por su parte, aquel delincuente se derrumbó en mitad de la pista, cayó de rodillas, mientras me decía estoy muy enfadado:

— ¡Maldito desgraciado, tú no eres nada comparado con mi baile…! ¡De verdad…! —

A pesar de que parecía que aún lo estaba asimilando, decidí hablarle, que, por mucho temor que me inspiraba aquel estado, decidí atreverme a hablarme con superioridad:

— ¡Vaya, mal perder tienes! Acepta el resultado y cumple tu palabra, ¿dónde está Kasturba? —

Él sólo rechinó los dientes en silencio, mientras me miraba con mucha ira.

— ¡Vamos, dilo! ¡Has perdido, tienes que cumplir tu promesa! —

Creo que no iba a decírmelo en un buen rato, pero después de decirle esto, me habló y me dijo:

— Tienes razón, ¡te lo diré…! — Por fin asimiló su derrota, pero sentía que esto será muy fácil, que había gato encerrado.

— Kasturba está en Bogolyubov. Está esperando los resultados de nuestra caza, después de saber que ese maldito traidor te salvo a ti y a tus amigos… — Calló para decir esto en voz baja: — ¡Desgraciado! — Y luego continuó hablando: — Se encuentra alojada en el templo budista de la ciudad. —

Me pregunté si era posible alojarse dentro de un templo budista, pero no dudé de la veracidad de sus palabras. Sentí que me había dicho la verdad, pero fue tan rápido y fácil que algo olía mal.

— ¡¿Algo más!? ¡¿En qué dirección se encuentra eso!? — Intenté sacarle más información.

— Es el único templo budista de esta apestosa isla, puedes encontrarlo fácilmente. —

— Pues, ¡muchas gracias…! —

— ¡¿Crees que me he chivado así, por las buenas, porque he perdido en una estúpida competición de baile!? ¡¿Crees que te voy a dejar ir!? —

Habló con un tono de voz tan amenazador que me hizo temblar de miedo y le pregunte esto, para intentar comprender lo que quería hacer: — ¡¿Qué quieres decir!? —

— ¡Si te he confesado en dónde se encuentra la señorita Kasturba, es porque no te vas a encontrar con ella de nuevo! —

Se levantó del suelo, mientras me mostraba que una de sus manos tenía un puño de hierro, sin comprender yo cómo las sacó sin que me hubiera dado cuenta, o tal vez nunca me fije que las tenía en primer lugar. Daba igual, lo importante es saber que sus intenciones eran claras.

— ¡Oye, qué tengo tu querido traje, además de que aún estamos dentro, no puedes hacer eso! — Le señalaba su traje, la protección que me mantenía a salvo de aquel bruto.

— Ya me da igual. — Al parecer, ya no surgía efecto. Estaba a punto de ponerme a chillar del horror. — Me siento tan humillado que… ¡ya no me importa golpearte hasta la muerte aquí mismo! —

El jefe de los matones lo mandó todo al carajo al ser incapaz de aceptar la derrota y se lanzó a mí como si fuera un tigre. La horrible sorpresa que me dio eso provocó que, en vez de salir corriendo, me quede paralizada. Todo el personal se quedó igual, a los guardias les costaron mucho darse cuenta y reaccionaron con mucha lentitud. Parecía que todo iba a estar perdido.

Y entonces, él se paró de golpe, a pocos centímetros de mí, antes de dar un gran grito de dolor que fue tan fuerte que zumbó mis oídos. Como tenía los ojos cerrados, los abrí un poco y vi como Lobbo, quién estaba detrás del bruto ese, le había dado una fuerte patada en toda la entrepierna y me salvó la vida. Yo quise agradecerle, pero primero, para asegurarme, aproveché el momento para darle una más fuerte. Tampoco evitó éste y dio otro chillido de sufrimiento. Luego, vi como los ojos se le pusieron en blanco, parece que dos veces fueron suficientes para terminarlo. Cayó sobre mí y lo tuve que sostener. Ese gorila pesaba un montón.

— ¡¿Qué está ocurriendo aquí!? — Los guardias, muy confundidos, se nos acercaron, diciéndonos esto. — ¡Aquí no se permiten peleas! —

— ¡No nos estamos peleando, para nada! —

— ¡¿Cómo qué…!? — Se quedaron atónicos. — ¡Le habéis dado una patada…! —

Les interrumpí, intenté torcer las cosas para hacerle ver lo contrario de lo ocurrido.

— ¡Perdón, pero no ha pasado nada de eso, solo que está exhausto y ha caído sobre mí, está bien! ¡No se preocupen! —

— ¡Verdad, verdad! — Y Lobbo me daba la razón.

— Pero si yo acabo de…— Estaba tan confundido que miró a los demás para que le dieran la verdad. Otro, añadió: — Todo el mundo lo ha…—

Y era verdad, todo el personal vio con gran claridad lo que pasó.

— Hay muy poca luz aquí, deben haber confundido cosas. — Pero yo seguí diciendo cualquier cosa, con la esperanza de que consiguiera hacerles ver lo contrario. Moví la cabeza del matón sin que se dieran cuenta, como si estaba dándome la razón. Luego, lo cogí del brazo, mientras le decía esto:

— ¡Vamos, amigo! ¡Vamos a respirar el aire! ¡¿Vale!? —

Tenía que salir de ahí como fuera y como pesaba mucho, le dije a Lobbo:

— ¡¿Me ayudas, lindísima!? — Le cogió el otro brazo sin decir nada. Y entonces decidimos llevarlo afuera.

— Oh, perdón, amigo. — Pesaba tanto que nos costaba arrastrarlo y se nos caía al suelo varias veces, ante la incomprensión de los presentes. Le pedía perdón sin parar, aunque la verdad es que lo hacía a propósito, creía que más duradero sería el desmayo con más golpes. — ¡No era mi intención! ¡De verdad! — E incluso hice chocar su cabeza contra la puerta, no solo una o dos, sino tres o cuatros veces, mientras me comportaba como una patosa y reía de forma forzosa, que solo provocaba más confusión en el lugar.

— ¿¡Ese hombre no está inconsciente!? — Mientras nos alejábamos de ellos, escuchábamos estos comentarios. — Yo ya no sé, esta noche se ha vuelto muy loca…—

FIN DE LA VIGÉSIMA TERCERA PARTE

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