Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima cuarta parte, centésima decimonovena historia.

Salimos de ese lugar, ante la sorpresa de los que vigilaban la puerta al ver que estábamos arrastrando al maldito jefe de los delincuentes. Lobbo observó por todas partes, pero no encontró a esa persona que me miró muy mal cuando ella le dijo que yo era un cliente. Parece que él se había ido de ahí por alguna razón. Me provocó un cierto alivio, no quería notar su hostilidad.

Lo arrastramos como pudimos, cruzando la calle y después adentrarnos a dos calles más abajo, hasta encontrar un sitio apenas visible, detrás de una enorme nave, para que pudiéramos deja el cuerpo inconsciente en medio de la acera. El cansancio era tal que lo tiramos al suelo, como si fuera un saco de patatas y temimos que se despertará, pero no pasó nada grave.

Después de recuperar el aliento, empecé a hablar, mientras rememoraba lo que había ocurrido en ese prostíbulo.

— No sé cómo, pero hemos salido de ésta…— A pesar de salir ilesa de eso, aún no podría estar tranquila. — Pero, ahora tenemos un problema más gordo, ¿¡qué hacemos con él!? —

Lobbo miró a continuación al hombre inconsciente que teníamos al lado. Había que ser muy idiota para llevarse a ese monstruo, después de todo lo que pasó. Aunque era cierto que tampoco podríamos dejarlo ahí. Ahora la cuestión era cuándo iba a despertar y cómo evitar que, cuando lo hiciera, éste se lanzará hacia nosotras para destrozarnos a golpes.

— ¿¡Poner cuerdas!? — Lobbo empezó a buscar soluciones, pero ninguna parecía sernos útil. — Aunque no tener…—

— Estoy aterrado. —  Empecé a dar vueltas como una tonta, entrando en pánico. — ¡Si él se despierta, estaremos acabadas! —

Ahora que había conseguido información sobre el paradero de esa maldita bruja, estaba muy cerca de mi objetivo y no quería que todo acabase porque ese desgraciado se despertará.

Entonces, mi cabeza me dio una idea perturbada que me aterró, sólo por el hecho de matarlo.

— Y si tal vez…— Miré la pistola que llevaba, mientras tragaba saliva por la locura que estaba teniendo. — Lo pudiera mat…— Aunque, ¿por qué me aterraba pensarlo?

Iba a matar a una persona, no era el momento de asustarme ante la idea de asesinarle, porque lo iba a hacer con esa que me robó mi identidad, a mis pobres padres y me quería eliminar de la faz de la tierra. Y aquel hombre estaba a su servicio, aceptó sin ningún remordimiento que me iba a matar, sólo por dinero. Y si se despertaba, nos mataría, tenía motivos de sobra para atravesarle el cráneo con una bala, ahora que teníamos oportunidad.

Con mi cuerpo temblando, poquito a poco acerqué mi mano a la pistola para cogerla y dispararle. Pero vacilé y me quedé paralizada, mientras le observaba. Luego, hice lo mismo con Lobbo, que me miraba sin apenas comprender nada. Eso hizo que desistiera, no quería que ella observara como mataban a otra persona delante de sus ojos, además de que se volvería mi cómplice y acabaría en la cárcel.

— No, mejor no. Esto es sólo reservado para ella, aunque esta persona también es un hijo de puta. — Dije en voz baja.

Ella me escuchó y me preguntó qué había dicho, pero le respondí que no era nada, mientras me preguntaba si de verdad yo estaba preparada para manchar mis manos de sangre. A continuación, decidí sacarle todo lo que tenía en los bolsillos. Encontré varias armas, un monedero, un móvil y unas llaves de automóvil y me las guardé todas. Luego, intenté pensar en otras posibilidades, pero era en vano, a mi cerebro no se le ocurría nada.

Y sin darnos cuenta, más metido en nuestros pensamientos que en vigilar al hombre, éste empezó a recuperar la conciencia. Nos dimos cuenta, al oír cómo se quejaba. Con la cara descompuesta, giramos nuestras cabezas hacia él y veíamos que se estaba levantando poquito a poco.

— ¡C-cómo me duele t-todo…! — Balbuceaba, mientras intentaba levantarse del suelo con dificultad. — ¿¡Q-qué ha pasado…!? —

Lobbo se acercó poquito a poco a él para darle un buen castañazo, parecía que esa chica no conocía el miedo. Al ver aquella valentía, se me contagió y me acerqué a él para dejarlo inconsciente de nuevo. Lo hacíamos pasito a pasito, con mucho cuidado, como si se tratara de un animal salvaje. Aún así, se dio cuenta y nos vio. Al momento, nos quedamos quietas y nos observó, muy confuso y desorientado, por un buen rato hasta que nos habló:

— ¡¿Quiénes sois…!? — Nos miraba como si nunca nos hubiera visto, y luego observó todo el lugar como si no le fuera conocido. — ¿¡Qué hago aquí!? ¡¿Me lo pueden explicar!? —

Ninguna de las dos se atrevió a decirle alguna respuesta y él, que al final pudo conseguir levantarse del suelo, nos volvió a preguntar lo mismo, y luego añadió esto:

— Este lugar no me suena de nada, es como si no estuviera en Bombay. Y hace mucho frio, ¿¡estoy en el polo norte o qué!? —

Nos quedamos de piedra, él había perdido la memoria, e incluso parecía que había perdido su personalidad. Mientras sus brazos abrazaban su cuerpo para obtener calor, actuaba como un niño perdido y nos hablaba en un tono muy cordial, lejos del comportamiento vanidoso y amenazador que traía consigo. Al comprenderlo, pudimos ser capaces de hablarles:

— No, estás en Shelijonia. — Se quedó boquiabierto.

— ¿¡Shelijonia!? ¡¿Qué lugar es ese!? ¡Nunca lo he oído en mi vida! —

Era normal, porque este lugar es tan desconocido que ni los mismos estadounidenses se acuerdan de ella.

— Bueno, estamos en el estado número cincuenta y uno de los Estados Unidos. —

— ¿¡Desde cuándo los Estados Unidos tiene cincuenta y un estados!?    Yo entendía que eran solamente cincuenta. —

— A veces, uno desconoce cosas. Yo no sabía que Arunachal Pradesh era parte de la India. — Aunque solo sé que está en el norte.

— Pero si llevamos años disputando ese territorio con China. —

— Y yo qué sé. También estamos peleados con Pakistán y seguramente con otro país que ni me acuerdo…—

Yo nunca he visto las noticias ni me han interesado esos temas, era raro que me enteraba de algún asunto importante de mi país natal.

Luego, él se quedó callado, dándose cuenta de que la conversación se había desviado un poco. Luego, gritó lleno de incomprensión: — ¡¿Y qué hago yo en Estados Unidos!? —

Yo solo le hice un gesto de duda y Lobbo, que no se enterando de nada de la conversación, me imitó como si fuera un robot.

Después de aquello, él se quedó taciturno, adoptando una pose pensativa, intentaba buscar en sus recuerdos. Lo único que yo y Lobbo hacíamos era observarlo con mucha cautela, esperando lo que iba a ocurrir después, y preparados para darle una buena paliza si recordaba todo.

— Por mucho que lo haga, no me acuerdo de mucho…— No dejaba de soltar quejidos de dolor, mientras se ponía la mano sobre la cabeza, dando la idea de que la cabeza le dolía muchísimo. — Todo está bastante borroso, solo recuerdo mi infancia, mi adoles…, adoles…, lo que sea eso; y un poco hasta la… ¿¡Llegué a la universidad!? No tengo ni idea. —

Empezó a andar y parecía un recién nacido. Apenas mantenía el equilibrio y estuvo a punto de caer varias veces.

— ¿¡Adónde vas!? Ni siquiera puedes caminar…— Le dije, mientras veía como se alejaba.

— Lo estoy recordando en el proceso…— Cayó y se levantó, con mucha dificultad, del suelo. — Voy a busca una cabina telefónica.  —

— Detente, amigo. No puedes, aquí no hay ninguno. Mejor debería ir al hospital y algo así, puedes que hayas sufrido amnesia. —

Había que llevarlo al hospital y se quedará ahí. Así no volvería a la carga si recuperaba la memoria, mientras yo intentaba encontrar a la bruja esa.

— ¡¿Amnesia!? ¡¿Crees qué esto es una película o algo así!? — Se burló de mí, aún le costaba entender cuál era su situación.

— No sé yo, no soy un experto en medicina, pero cuando pierdes algo de memoria, a eso lo llaman amnesia. —

— Ah, es verdad…—

Se quedó mirándome con una cara extrañada durante un buen rato. Así estuvo por un buen rato y era bastante incómodo. Entonces, abrió la boca de golpe y los ojos se le abrieron como platos. Me temí lo peor.

— Espera, un momento…— Se tambaleó un poco. — Ya recuerdo algo. —

— ¿Qué pasa? — Le pregunté, temblando como un flan.

— Ya creo que sé por qué estoy aquí…— Se apoyó a un árbol, ya que casi iba a caerse al suelo. — Es para visitar a mi hermano. Recuerdo que me dijo que se fue a América, a un lugar llamado Shelijonia. —

— Tu hermano dirige un templo budista, ¿o algo así? — Y solté esto, diciendo la primera tontería que se me ocurrió.

— No recuerdo muy bien cómo, pero sí, eso debe ser. —

Ya entendía más o menos por qué ella permanecía en un templo budista, el hermano de éste, parte del clero budista, la dejó dormir en ese lugar. No sabía si me sorprendía más el hecho de que en los templos budistas dejen a la gente dormir o que el desgraciado éste tenía un hermano religioso.

— Entonces, ya sé qué podemos hacer. Sé dónde está la ciudad de ese templo, te llevo hasta ahí y ya está. — Al momento, me di cuenta de no iba a ser muy sencillo. — Aunque, lo primero es saber si… ¿¡recuerdas si sabes conducir o algo así!? — Recordé que, de las cosas que le quite, había unas llaves para abrir un automóvil.

Fui bastante idiota. Apenas le costaba caminar y va y le pido que si sabe conducir. Él estrujo su cabeza como pudo, pero la respuesta obviamente era ésta: — No tengo ni idea…—

— O sí…— En cuestión de segundos, recordó algo más. — Cuando era pequeño, intenté robar varios coches, y así aprendí a conducir…— Y me dejo muy sorprendida. — No sé muy bien, ¿¡y por qué robaba coches!? —

Parece que empezó su carrera delictiva desde la más tierna infancia, vaya personaje era esta persona.

— ¡¿Por qué robaba coche!? ¿¡Por qué robaba carteras!? ¿¡Por qué entraba en las casas de otros…!? — Entonces, con cara de trauma, él empezó a cuestionar su vida.

— Entonces, muy bien. Vamos a visitar a tu hermano…— Me importaba poco sus reflexiones, tenía que aprovechar el momento para que él mismo me llevará a la ciudad antes de que recuperarse la memoria.

— Pero, ¿¡pero por qué he robado tanto!? —

— Y yo que sé, ¡vamos a buscar mi coche! ¡Hay que irnos enseguida! — Le empujaba como podía, sin ponerme a pensar en qué lugar estaba el maldito automóvil y si era buena idea decir que era mía, para que éste se lo creyera y no le diera por recordar algo peligroso si le decía que era suyo.

— ¡¿Por qué, pasa algo!?  —

— No te preocupes por los detalles ahora. Ya te lo explicó más tarde. —

Y menos mal que no me preguntó más y se dejo llevar. Lobbo nos siguió en total silencio. Así es como volvimos al aparcamiento que estaba cerca del prostíbulo, ese podría ser el primer lugar en dónde éste dejaría su automóvil.

— Por cierto, tu ropa es bien hermosa, ¿¡de dónde la has sacado!? — A pesar de haber perdido la memoria, seguía conservando el mal gusto.

— No me acuerdo. — Yo estaba más ocupada en buscar su coche, ya que habíamos llegado al aparcamiento. Como era una llave de esas que se abrían a distancia, pues pulse el botón y vimos cómo su automóvil se encendió. — Ahí está. —

Corrí como una loca hasta ahí, y los demás me siguieron. Al alcanzar el automóvil, pude fijarme que era todo un cochazo, un enorme todoterreno de una marca prestigiosa del Reino Unido y muy bonito, para mi sorpresa. De vez en cuando, aquel hombre podría tener buen gusto.

— Pues es digna de que salga en una pasarela…— Y él, mientras tanto, se puso a contarme sus aspiraciones. — Es verdad, mi sueño es ser el mejor diseñador de moda. — Eso ya no me sorprendía, aunque resultaba muy chocante; era entendible al ver aquella obsesión por la ropa. — Por eso, robaba. —

— No sé yo si…— Me callé mejor. No quería enfadarlo, aún cuando lo que hacía era un sinsentido total. — ¡Da igual, móntate y conduce! —

— Era para tener mucho dinero para entrar en lo más prestigioso, en Paris, ¡imagínate! — Lo ignoré, estaba ocupada en otra cosa.

— Hey, ¡Lobbo, súbete! — Me di cuenta de que ella había guardado distancia de nosotros, con una cara algo desanimada. Tardé un poco en darme cuenta. — Ah, es verdad…—

— Creo que trabajo mío terminar aquí…— Me decía, mientras adoptaba una actitud vergonzosa. — Espero, yo ayudar mucho, haber devolvido el favor. — Era verdad, se me olvido que era incapaz de salir del polígono industrial. A continuación, al ver que nuestros caminos se iban a separar aquí, me acerqué a ella y le dije esto:

— Muchas gracias, de verdad. Has sido de gran ayuda. — Di una pequeña pausa, porque me costó un poco soltar unas palabras mejores. — Sin ti, no hubiera conseguido nada de esto y además me lo he pasado muy bien contigo, más o menos. — Estaba muy agradecida con ella, no sólo me ayudo, sino que además me salvó la vida.

Me sentía muy en deuda con Lobbo y despedirme de ella sin que le diera algo no era un buen plan. Así que rebusqué entre la ropa y le saqué algo.

— ¡Ah, toma! — Le mostré un montón de dólares. — Esto es un regalo de mi parte…— Yo hubiera preferido haberle dado alguna joya, un pequeño recuerdo u cosas parecidas, pero, aparte de que no tenía nada de eso, creo que eso lo necesitaba mucho más.

— Yo, yo no puedo. — A lo primero, ella se negó. — Si hago eso, deuda estará. Aún. —

— No quiero que veas esto como una deuda tuya, sino mía. Es decir, esta es mi forma de devolverte todo lo que has hecho por mí, ¡no seas tonta, acéptalo! No sé cómo has acabado así, pero seguro que necesitas esto, mucho más que yo, ¿¡verdad!? —

Después de todo, o iba a morir o acabar en la cárcel, ¿¡de qué me iba a servir todo estos papelitos verdes!? Mejor que estuvieran en otras manos mejores.

Ella se quedó en silencio, dudando durante un buen rato. No paraba de mirarme a mí y después a los billetes.

— ¡¿No eras tú el que me metías tanta prisa!? ¡Vamos, hacer la despedida más rápida o lo que sea que estáis haciendo, que me aburro! — Y provocó que el desgraciado ese, ya subido en el coche, se nos pusiera a arruinar la despedida. Por las prisas que nos dio él, ella por fin eligió:

— Yo, yo, no poder entender…— Cogió los billetes y se los guardó entre los pechos. — Pero no seré tonta. —

Sus palabras, no sé por qué, me hicieron reír. Luego, le acaricié la cabeza. Ella puso una pequeña sonrisa, bastante boba, mientras dejaba que le tocara el cabello. Al terminar, creo que su rostro pedía que le siguiera haciendo eso.

— Puede que esta vez sea la última vez que nos veamos, no sé si podemos volver a vernos algún día…— Me estaba dando mucha pena decirle eso, creo que ya le había cogido cariño a aquella chica. — Por eso, te diré esto, me alegra haberte conocido, aún cuando haya sido por un periodo de tiempo tan corto…—

Lo dije de la forma más caballerosa y genial posible, y ella, con su rostro dominado por la tristeza, se emocionó y parecía que estaba a punto de llorar de un momento para otro. Creo que me pasé un poco.

— ¡Vamos! — El jefe de los delincuentes empezó a pitar como un loco, con una impaciencia insoportable. Le grité esto: — Espera, ¡ya voy! —

Y luego, decidí decirle esto a esa chica: — ¡Adiós, querida Lobbo! —

Entonces, hizo una cosa que me dejo boquiabierta. Sin decirme nada, a la velocidad del rayo, ella se acercó a mí, se puso de puntilla y me besó, en la boca. Me quedé muy paralizada, incapaz de reaccionar.

Lobbo, al terminar, me dijo esto, muy avergonzada: — ¡Adiós! — Y salió tan rápido como un cohete y en cuestión de segundos desapareció de mi vista.

— ¡¿Qué acaba de pasar!? — Me costó muchísimo asimilar lo que había ocurrido. No dejaba de tocar mis labios, como si hacerlo conseguiría poder comprenderlo. — ¡¿En serio, me ha besado!? —

No sabía en qué pensar, en otras condiciones eso me hubiera dado asco, pero era incapaz de hacerlo en ésta, sería como insultar a esa pobre chica. Me caía muy bien, pero tampoco le iba a corresponder, porque aún me seguían gustando los hombres.

Miré hacia atrás y me pregunté si estaba bien dejarla ahí, pensé que tal vez lo mejor para ella fuera que hubiera ido con nosotros en vez de quedarse en aquel polígono industrial ofreciendo su cuerpo. Me sentía mal irme así, aún cuando ya era demasiado tarde para pensar en aquello.

Y mientras estaba en mi mundo, el jefe de los delincuentes decidió burlarse de mí:

— Pareces virgen, ¡has ligado! ¡Deberías estar feliz! Aunque se viste como si fuera una puta…—

— ¡Bueno, basta de charla! ¡Vamos a irnos de una vez! — Eso le dije, mientras me montaba en el coche.

FIN DE LA VIGÉSIMA CUARTA PARTE

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