Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima quinta parte, centésima decimanovena historia.

Fue un milagro haber salido ilesos del propio aparcamiento, él estuvo a punto de chocar su automóvil con otros coches e incluso contra un poste de la luz. También estuvo a punto de atropellar a alguien. Al final para poder recordar cómo se movía el cacharro, estuvo dando vueltas por las calles hasta que pilló el truquillo. Luego, pudimos salir del polígono industrial.

— Por cierto, ahora que me doy cuenta, este auto me suena muy familiar, demasiado, diría yo…— Luego, mientras yo le indicaba los caminos que habíamos que tomar, éste no dejaba de tener déjà vu en todo el viaje.

— T-tal vez, tal vez lo hayas visto antes, es imposible que esto sea tuyo. — Y yo tenía que hacer todo lo posible para que no recordaba nada que nos pusiera en peligro.

Tras cruzar el rio, fuimos por la carretera que rodeaba la ciudad por el norte, ir por el centro sólo perdería mucho tiempo. Mientras cruzábamos por la periferia más norteña de Springfield, alternando entre barrios marginales y espectaculares urbanizaciones de lujo; se oyó un pitido que provocó que casi el coche saliera de la carretera.

— ¡¿Qué ha sido eso!? — Gritaba muy sorprendido, a la vez que el muy idiota soltará las manos del volante. — ¿¡Qué haces tú!? — Le grité yo.

El todoterreno por poco estuvo a punto de entrar en la acera y chocar contra una tienda, pero, por suerte, éste no se olvidó de frenar.

— ¡He escuchado algo! — Se excusó. — ¡No ha sido culpa mía! — Entonces, esa cosa sonó de nuevo. — ¡Lo ves, lo ves, se ha vuelto a escuchar! ¡Ese maldito pitido! —

Ahí me di cuenta de dónde provenía ese ruido, del bolsillo del traje. Era su móvil, que se lo había quitado.

— Pero si es tu… — Casi iba a meter la pata. — ¡mi mó…! — Pero me callé por segunda vez, al pensar que decirle el nombre podría provocar que le recordará algo. Yo tuve que decir esto al final. — ¡Esta cosa! ¡Sí, esta cosa! — Mientras me lanzaba miradas recelosas y veía como yo sacaba el móvil del bolsillo.

— ¡¿Qué mierda es eso!? — Al parecer, su amnesia también borró lo que era un móvil. — ¡Sea lo que sea, apágalo, su sonidito es insufrible! —

Y mientras el coche seguía su camino, yo me puse a ver su móvil. Creía que estaba protegido con algún tipo de contraseña, pero se podría entrar fácilmente. Fui directa hacia al origen de esos pitidos y eran de una red social. Vaya con esta gente, si que estaban en la vanguardia, hablando de sus crímenes por las redes sociales. Vi muchísimas notificaciones de sus lacayos informándole de todo lo que había ocurrido, y no sólo le hablaron ellos, sino que, entre ellos, se encontraban la de aquella persona. Sentí un gran torrente de sentimientos en mi interior, ninguno de ellos agradable.

Me quedé mirando atónica a eso, incapaz de ver su mensaje. Y hubiera estado así si no fuera porque el conductor me gritó, al haberse encontrado un cruce, que le dijera adónde íbamos a ir.

Al salir ya de la ciudad y entra en la autopista, decidí a verlo. Tragué saliva y observé los últimos mensajes que les mandó.

¿¡Cuánto tiempo más vas a hacerme esperar!? ¡¿No habéis atrapado a ese desgraciado aún!? ¡No os pago para que, por dos veces seguidas, se os haya escapado! ¡Estoy harta de vuestra incompetencia!

Ese fue lanzado al mediodía, dos horas después lanzó:

¡¿No lo habéis capturado aún!?

Y el último era de hace cuatro horas, cuando ya era de noche:

No me importa muerto o vivo, pero capturarlo de una puñetera vez.

Me entraban unas grandes ganas de mandarle un mensaje y burlarme de ella con todo el desprecio y odio del mundo, deseaba gritarle que la que iba a estar muerta sería ella, que le iba a romper los huesos uno por uno hasta dejarla irreconocible. Y estuve a punto a hacerlo, pero me pude contener.

— ¡¿Te pasa algo!? — Me decía el conductor, extrañado, al ver mi cara de rabia y dolor. Le tuve que decir, controlando mi tono de voz, que no era nada. Sentía que si diría algo, el maldito se acordaría de todo y yo ya estaría condenada, ella conseguiría su deseado objetivo.

Tuve que tomar y expulsar aire varias veces y poner mi mente en frio, para pensar bien en la respuesta que le iba a dejar. Tardé un poco más de lo previsto, pero escribir algo:

¡No te preocupes! Lo he capturado y te lo estoy llevando. Espera aún en el templo, que allí apareceré con él, mañana por la mañana.

Y lo mandé apenas lo terminé. Luego, empecé a dudar si ella se lo tragaría o se le haría sospechoso, pero ya era demasiado tarde, ya estaba hecho. Con expresión desoladora, miré mi mano y me pregunté en voz baja:

— ¿Seré capaz de hacerlo…? —

A pesar de que era dominada por la ira, de que necesitaba eliminar como fuera aquellos sentimientos que me torturaban y me carcomía por dentro, de que ardía en deseos de hacerle tener el mismo destino que le dio a mis padres; estaba estupefacta por el hecho de que iba a matar a alguien. No sólo me aterraba acabar en la cárcel, sino en que iba a tener una mancha que jamás podría quitar hasta en la próxima vida. Pero ya no podría dudar, ya había llegado muy lejos para arrepentirme.

— Por cierto, ¿puedes parar en la próxima estación de servicio? Tengo que hacer alguna cosa…—

Me protestó, pero ni siquiera fui capaz de escucharle. Estaba más absorta en mí misma y, aceptando que mi destino ya estaba sellado, quería hacerle una última conversación con cierta persona.

— ¿Estará bien despertarle a estas horas? — Me decía mientras ponía el número de teléfono en el móvil. — Estamos en plena madrugada…—

Había salido del coche, después de haber llegado a una gasolinera, y estaba a punto de llamar a Mao. Pero me quedé paralizada, con el dedo a punto de tocar el botón de la llamada.

Aparte de que hay que ser bastante idiota para llamar a alguien en estas horas de la madrugada, no me sentía capaz de hacerlo, pensaba que si lo hacía sería la última vez que me atrevería a hablarle a la cara, no deseaba que me mirara como una asesina. O peor aún, que después de esto, no tendría otra oportunidad para charlar con él, porque ya estaría muerta.

— ¡No puedo perder más tiempo! — Al final, me cansé de tanta indecisión, gritando como una loca. — ¡Qué sea lo que los dioses quieran! — Y apreté el botón.

El teléfono estuvo un buen rato conectándose, pero nadie lo cogió. Al final, el pitido paró y la llamada no se realizó. Sentí un poco de alivio, pero a la vez me decepcione, había perdido mi oportunidad. Y cuando estaba a punto de volver el coche, el móvil empezó a sonar.

— ¿¡Será..!? — Eso gritaba muy nervioso, mientras mis manos, que temblaban, cogían el teléfono. — ¡¿Será Mao!? —

— ¡¿Quién es y por qué está llamando a las cinco de la madrugada!? — No había duda era Mao. — ¡¿Es usted estúpido, o estúpida, o qué!? ¡Estamos durmiendo, durmiendo! — A pesar de que estaba enfurecido, me alegré mucho de oír su voz.

— ¡Mao, Mao, soy yo, Nehru! — Le decía muy feliz, como si hubieran pasado siglos desde la última vez que lo vi. — ¡¿Te acuerdas de mí!? —

— ¿¡Y por qué me llamas a estas horas de la noche, estúpida!? —

Gritó con tanta fuerza que casi me dejo sorda, pero eso me hizo gracia.

— Era para volver a oír tu voz, princesita. — Forcé un tono encantador y burlón. Él me replicó: — ¡Déjate de tonterías, no has despertado a todos, idiota! ¡¿En qué estabas pensando!? —

— Perdón, lo siento mucho, pero no iba a tener otro momento…— Añadí con pesadumbre.

— ¿¡Cómo que no ibas a tener otro momento!? — Entonces, Mao calló por un segundo, y luego añadió, muy suspicaz: — ¿¡Qué me intentas decir con eso!? —

— ¡Ignora eso…! — Al ver que él se dio cuenta, intenté tranquilizarlo, cambiando de tema: — ¡¿Te acuerdas de nuestra última conversación!? ¿¡De qué cuando me preguntaste si yo estaba bien así, yendo como un hombre!? —

— Sí, perfectamente, ¡¿qué pasa ahora con eso!? —

— Pues, la verdad es que…— A mitad de la frase me quedé atascado, incapaz de continuar. Estaba a punto de romperme, al recordar en todo lo que me había ocurrido. Pero no quería hacerlo delante de Mao, tenía que aguantar y actuar como si nada, aunque fue en vano. Tuve que obligarme a mí misma para poder continuar:

— Yo he estado reflexionando mucho sobre lo que me dijiste. No, más bien, unos ciertos acontecimientos me han hecho pensar sobre tus palabras, sobre la farsa que estamos haciendo, al actuar como personas del sexo contrario; sobre cómo nosotros hemos engañado a los demás o nuestra máscara nos ha absorbido y todas esas.

La verdad es que, tengo que reconocer que yo también entiendo nada, en cuestión de días todo se ha vuelto loco. Mi papel, mi máscara o lo que sea, ha hecho mucho más daño de lo que podría creer y todo se ha derrumbado. Ahora no sólo me he dado cuenta de que he sido absorbido, sino que es lo único que me queda, mi farsa es lo que única que tengo…

El pasado, mis acciones pasadas, todas sus consecuencias, han venido de golpe hacia mí y…— Las lagrimas se me humedecían y cada vez me costaba más hablar bien. —…ha sido horrible, y todo es por mi culpa… Mi absoluta culpa. A-ahora, me he dado cuenta de que no hay más remedio que dejar de huir, tengo que valiente por una vez y hacer lo que tengo que hacer. —

Al recordar todo lo que me pasó, todo el daño que hice y todas las consecuencias nefastas que cometí, no pude más y rompí a llorar.

— ¿¡Qué te pasa!? ¡¿En qué lio te has metido!? — Creo que Mao pudo oír mis gimoteos y pudo confirmar que yo estaba metido en un grave problema.  Se me puso a gritar como loco: — ¡¿Dónde estás!? ¡Voy a ayudarte! —

— Lo siento, no quiero meterte en este problema, yo lo voy a solucionar, como sea…— Le decía entre gimoteos.

— ¡Eso no es algo que dirías!— Se le escuchaba muy preocupado y alterado. — ¡Mierda, voy a por ti enseguida, no voy a dejar que hagas alguna estupidez! —

Me hizo muy feliz que, a pesar de todas las protestas y quejas, sentía un cariño hacia mí, al punto de ser capaz de salir en plena madrugada para buscarme. Eso provocó que gimoteara y llorará más fuerte.

Incapaz de hablar bien, intenté tranquilizarme, mientras él me preguntaba de forma desesperada si estaba bien. En cuestión de segundos, mientras me limpiaba los ojos, le dije esto:

— Ya lo tengo decidido. — Era mi responsabilidad, tenía que cumplirlo.

— Tal vez, pueda ser la última vez que nos podamos a oír… — Mao siguió  diciéndome cosas, asustado, pero lo ignoré. Quería decirle algo, que fuera digno de ser recordado y que le pudiera ayudar en la depresión en la que él estaba metido. Así que lo intenté:

— Pero, quiero decirte, aunque creo que no te pueda ayudar en algo, tú eres Mao, por mucho que te pases por una chica, por mucho que seas un chico, tú eres así. Tal vez, tu máscara te haya absorbido, o algo parecido, pero tú eres más que eso. Si alguna vez tienes que retirarte del teatro, seguirás siendo Mao, para mal o para desgracia. —

No sé cómo terminó actuando como una chica, pero él no se inventó una personalidad alternativa para pasárselo bien y escapar de una vida gris. Tampoco nadie le había quitado su identidad y se pasaba por él, quedando sólo el disfraz que se puso. Nehru es pequeña parte de mi verdadero yo, de una chica acomplejada y que para poder sentirse segura se pasaba por un hombre. Ahora soy esa parte, lo demás se me fue robado.

— ¡¿Y tú qué!? ¡Te daré una paliza si haces alguna burrada, lo oyes! ¡Ni se te ocurre hacer en lo que estás pensando! — Me reí con amargura. Supongo que se olía a kilómetros que planeaba hacer algo horrible y así que decidí terminar esta conversación.

No podría alargarlo mucho más, sería mucho más doloroso para mí, y para mí. Así que decidí despedirme de él:

— Aunque un buen caballero siempre tiene que atender los deseos de una dama, tendré que rechazar tu petición. Lo siento, princesa Mao, ha sido muy divertido estar contigo. — Y corté la llamada.

Había muchas cosas que quería decirle, quería seguir tomándole el pelo y decirle que, aunque haya sido poco tiempo, los sentimientos que él me ha creado. Pero eso sólo sería agravar aún la situación y no es una cosa que sería digna de un caballero como yo.

— ¡Has tardado mucho! ¡Casi me he quedado dormido! — Me gritaba el delincuente ese, muy molesto; mientras yo subía al coche.

— ¡Perdón, perdón, es que se me ha hecho muy largo, Renamanujan!  —

Casi me dio un puñetazo, al darse cuenta de que le dije el nombre muy mal.

— Mi nombre es Ramanujan, ¡es la última que me llames así, o te rajo la cara! —

Antes, mientras me contaba su vida, o lo que había recordado de ella, me dijo su nombre y me explico que sus padres se lo pusieron en honor a un matemático muy famoso de la india, para que tuviera suerte y sacará la familia de la mediocridad haciéndose famoso. Ni idea de lo que estaban pensando sus padres, pero el karma les reservó otro camino para su hijo.

En fin, seguimos nuestro camino hacia la ciudad de Bogolyubov. Al ver la ciudad desde la lejanía, fuimos recibidos por los primeros rayos de sol, ya era por la mañana.

— ¡¿Hemos estado toda la noche despiertos!? — Me quedé estupefacto al ver el sol. — ¡Por eso me siento tan agotado y horrible, qué ganas tengo de ir a dormir! — Me miré en el retrovisador y parecía un zombi. Todos estos días, en los que apenas he podido dormir y comer bien, me estaban pasando factura.

Al introducirnos en la ciudad, entrando por la avenida principal, él me pregunto esto:

— ¡¿Ahora dime dónde está el templo de mi hermano!? —

Tardé en responder, tenía el temor de que actuará de una forma un poco desagradable al decirle la verdad. Pero su mirada asesina, al ver que no abría la boca, provocó que tuviera que decirlo.

— No me acuerdo cuál es su dirección. — Trague saliva, pero no me pasó. Sólo me dijo con una expresión malhumorada: — Pues bájate del coche y pregúntaselo a alguien. —

Entramos en una calle pequeña y me hizo bajar. Yo me dirigí a preguntarle a una señora que había cruzado la carretera. Pero entonces, tras alejarme unos cuantos pasos de, él me habló:

— ¡Una cosa, yo ya he recordado dónde está el templo de mi hermano! —

— Pues vamos para allá. — Qué conveniente fue escuchar eso, me giré hacia él e iba a montarme en el coche.

— Tú no. — Añadió con un gran desagrado. Me dejó un poco confundida: — Espera, ¿¡qué!? —

— Me voy a quedar con tu coche, es muy bonito. No voy a perder más el tiempo contigo. —

Encendió el motor y el todoterreno salió a toda velocidad. Entonces, me di cuenta de que había engañado, me hizo bajar del coche para dejarme tirada.

— Pero, ¿qué? — No podría salir de mi asombro. Luego, le grité: — Por lo menos, dime dónde está el templo. —

Pero desapareció de mi vista, rápido y audaz. A pesar de que seguía siendo amnésico, hizo algo muy rastrero e ilógico, seguía siendo un hijo de puta. Aunque lo gracioso es que había robado su propio coche y aún conservaba gran parte de sus enseres.

— Bueno, por lo menos ha podido traerme hasta Bogolyubov. — Fue una gran suerte que quiso hacerlo cuando estaba en la estación de servicio.

Entonces, me di cuenta de que dejarlo ir podría ser contraproducente para mí.

— ¡Mierda, si llega antes que yo al templo, todo puede empeorar! — Casi me iba a dar algo. — ¡Tengo que llegar antes que él! —

Y entonces salí corriendo, sin saber a dónde, en busca del lugar en dónde se encontraba mi objetivo de mi venganza.

FIN DE LA VIGÉSIMA QUINTA PARTE

 

 

 

 

 

 

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