Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima sépttima parte, centésima decimonovena historia.

Tras esquivar coches de policía y a miembros de la banda, llegue a los pies de la colina en dónde estaba situado el templo budista, rodeado por cientos de arboles. Una suave pendiente rodeaba el lugar con forma de espiral y en la entrada encontré de ese camino me encontré con gente vigilando el lugar.

Escondida entre la espesa vegetación que había entre unas casas ruinosas, situadas un poco alejadas del inicio de la subida, los observaba, viendo cómo charlaban tranquilamente:

— ¿¡Aún no lo han pillado!? — Protestaba uno de ellos. — Estoy harto de esperar. Eso de votar a quién le correspondía cada lugar en la banda no me ha gustado nada. — Me quedé un poco sorprendida, no me esperaba que ellos actuarán de una forma democrática, más o menos.

— Deja de quejarte, ¡por lo menos, tenemos trabajo! Si no fuera por la señora Kasturba, aún estaríamos matándonos por ser el jefe. —

— Por lo menos, espero que no aparezca aquí el hermano de nuestro ex jefe, no será agradable. —

— ¡No te preocupes! La gira de charlas que da sobre el budismo por Europa le llevará una semana más. El templo seguirá cerrado al público hasta que vuelva. —

La conversación ya me aburrió y decidí rodear la colina, buscando un lugar en dónde subí sin que se dieran cuenta. La verja que rodeaba el recinto me impedía encontrar un buen sitio para subir. Por suerte, apenas había gente vigilando por la parte trasera del recinto. Vi un hueco y entré por él. A continuación, subí por una pendiente un poco pronunciada, teniendo que apoyarme en los arboles para no caerme hacia atrás. Mientras hacía eso, observaba con sorpresa cómo ya estaba amaneciendo. No me podría creer que perdí gran parte del día dando vueltas por la maldita ciudad.

Al alcanzar el camino, no salí de la penumbra, me puse a observar si había alguien vigilando la cuesta, algo que parecía no verse. Aún escondida entre los árboles, seguí subiendo hasta encontrarme con la entrada. Tras subir una enorme cantidad de escaleras, encontré unas estatuas con caras de pocos amigos, que parecían darle la bienvenida al templo.

 

Detrás de ellos, se encontraba la estatua de Buda, en mitad de lo que parece ser un gran patio, rodeado por un enorme edificio, que parecía haber sido antes una mansión, y que sobresalía de ella una estepa. Tengo que reconocer que se lo curraron, incluso parecía ser bastante original si lo comparábamos con los otros templos budistas que vi por la televisión.

Aparte de las estatuas, era vigilada por una persona de carne y hueso, por otro maldito miembro de la banda. Vigilando desde la vegetación, lo observé con mucha cautela, no dejaba de bostezar una y otra vez, parecía tener sueño. No dejaba de quejarse en un idioma que ni conocía.

Entonces, me pregunté que podría hacer, era incapaz de cruzar al otro lado sin cruzar por la entrada. Pensé por un buen rato, pero no se me ocurría nada, y, como el tiempo apremiaba, decidí mandarlo todo a la mierda.

— ¡Qué se haga lo que quiera el maldito karma y punto! — Me dije a mí misma, antes de soltar unas plegarias.

Con el arma en alto, salí de los matorrales y fui directa hacia él, lanzando un grito de guerra. Sorprendido ante aquella aparición tan repentina, no le dio tiempo ni a gritar. Lo alcancé con una rapidez asombrosa y usé mi propia cabeza como arma, dando un golpe tan fuerte que casi me vomito encima. Cayó al suelo, desmayado. Y dejo caer un espray de pimienta, ya que parece ser no tenía pistola. Lo cogí, creía que me podría ser útil.

— Parece que ha funcionado…— Reí como idiota, incapaz de creerme que esa acción estúpido me dio resultados.

Pero entonces vi cómo los demás salían de sus lugares de vigilancia. Me escondí y dejé que ellos se acercarán a él.

— ¡¿Qué le ha pasado al marathi!? — Se preguntaban entre ellos, muy consternados, mientras examinaban a su compañero. — Es como si alguien le hubiera…— No pudo ni terminar la frase, porque salí de mi escondite y les di con todo el espray en la cara.

Gritando de irritación y consternación, cayeron por las escaleras como si fueran sacos. Los que no hicieron eso, les di una patada.

— ¡¿No me habré pasado!? — Me dije a mí misma al ver cómo se retorcían de dolor y lanzaban innumerables quejidos.

De todos modos, no parecía que hubieran acabado tan mal, hay mucha gente que ha muerto al caer por las escaleras.

Al darme cuenta de que podría estar perdiendo segundos muy valiosos mientras observaba a los cayeron, me giré y me fui directa al edificio.

Entré como si me estuviera persiguiendo un tigre, gritando a todo volumen. No me paré, aún cuando vi que seguía quedando delincuentes en el lugar, que salían al pasillo.

— ¡¿Qué ocurre…!? — El primero que salió ni le tiempo a desenfundar el arma, yo le di una patada en toda la barbilla que lo hizo volar, tan fuerte que creí que me había destrozado el pie. A pesar del dolor, seguí adelante, incapaz de detenerme.

A continuación, al girar de pasillo, me encontré a otras dos personas, de espaldas. Aún cuando no me pude callar, fui capaz de dejarlos K. O. Al girar ellos la cabeza, les eché espray en la cara y estos cayeron al suelo. Salté sobre sus cuerpos, para luego continuar corriendo y gritando.

La cuarta persona que vi se asomo por una puerta, preguntando qué pasaba. Di un fuerte golpe a la puerta, la cual chocó con su cabeza y cayó al suelo. Seguí mi camino, pero di una pequeña marcha atrás y le eché espray, para que así estuviera ocupado. Hubo otra que me apareció de frente, y le di un buen golpe con la pistola. Y más adelante, vi más, pero no me detuve, aún cuando estuvieron a punto de sacar sus armas.

— De aquí no vas a pasar…— Me gritaban.

Pero eso no me detuvo, con una pistola en la mano y el espray en la otra, gritando como una demente, haciendo la carrera de mi vida, fui directa hacia ellos. A pesar de toda la valentía que mostraron al principio, de su aspecto imponente y aterrador, de su supuesta sangre fría, ellos perdieron también y salieron corriendo, como si hubieran visto un aterrador asura.

Gritando de auxilio, en muchos de los cientos de idiomas que se podrían escuchar en la India, estos corriendo y no pararon hasta que vieron antes ellos una escaleras. Intentaron mantenerse en equilibrio, pero fue en vano. Sufriendo el mismo destino que una buena parte de sus colegas, estaban gritando de dolor.

Yo, sin detenerme, bajé por las escaleras y pasé por encima de ellos, aunque antes les eché más espray, que, por desgracia, no quedaba más.

Seguí corriendo y gritando a lo demente, pero esta vez sí empecé a decir algo coherente:

— ¡Ya estoy aquí! ¡He venido a por ti, a que pagues todo el mal que has hecho! ¡Muéstrate y prepárate para ir directa al Naraka! —

Yo no paré de gritarlo, yendo de un lado a otro, que era muchísimo más grande de lo que creía. No me detuve de correr, hasta que vi a alguien entrando en una de las cientos de habitaciones que tenía el templo. Supe enseguida quién era y entré.

Era una habitación inmensa, dominada por cientos de columnas de color rojo, con las paredes con papel pintando, lleno de simbología budista. Al fondo, entre inciensos y enormes lámparas a la vieja usanza, había otra estatua de Buda y delante de esto se encontraba ella.

— Por fin has llegado…— Llena de joyas, con los brazos y manos pintados y ataviada por un impresionante y complejo sari; ella se giró y me miró.

— ¿¡A qué se debe esta vestimenta!? — Le decía con mucho desprecio, mientras entraba. — ¿¡Quieres estar elegante para tu muerte!? — Ella sólo se rió, mientras alzaba la pistola. Yo también alcé la pistola, directa hacia la cabeza de ella.

— Sólo me estaba preparando para el gran acto, tu eliminación. —

Tragué saliva, no me podría creer que ya había llegado el momento y, a pesar de aquella chulería que le estaba dedicando, estaba muy nerviosa.

— Mi eliminación…— Yo empecé a rodearla. Ella hizo lo mismo. Nos mirábamos fijamente, con unos ojos rabiosos y con deseos de matar. — Lo siento, pero creo que no puedo complacer ese capricho suyo. —

— ¡Llevo mucho tiempo deseando esto! — Gritaba con una furia inhumana, parecía que de un momento para otro me iba a disparar. — Años deseando verte morir, de darte lo que te mereces. No hay odio comparado con el que tengo contigo. —

Era casi imposible de imaginar que una vez ella me miraba con ojos muy distintos a los de aquel momento. No podría asimilar que hace largo tiempo esta chica estuviera enamorada de mí. Notaba su odio, su rabia, sus grandes deseos de destrozarme los miembros y reducirme en cenizas.

— Sabes, ahora lo entiendo, he podido comprender ese odio. — Hablé a continuación, entre risas amargas y patéticas. — No, la verdad es que no quería aceptarlo. En verdad, tú no me caías mal, no tenía ningún tipo de desprecio o superioridad hacia ti. Nunca fue mi intención jugar con tus sentimientos, ni burlarme, ni nada de eso. Sólo pensaba en  animarte un poco la vida, que no parecías bastante alegre. Pero todo este asunto se me fue de las manos y al final he creado un monstruo. —

Le dije con sinceridad, sin ningún propósito de hacerla entender algo. Ya sabía que su monstruosa furia no podría ser apagada y que yo no tenía ninguna excusa para no recibirlo. Yo lancé a esa chica a un camino errante y debería arreglar ese estropicio. Tenía que aborrecerla y eliminarla, por todos aquellos que han perecido por mi culpa.

— ¿¡Cómo qué tu intención nunca fue burlarte de mí, ni jugar con mis sentimientos!? — Gritó con toda su ira, a punto de descontrolarse. — Me hiciste creer en una estúpida mentira, fui engañada y ultrajada. No me podría creer que ese genial y hermoso príncipe, fuera en realidad tú, una inútil de mierda, un parasito que se pasaba el día vagueando, una imbécil que sólo me amargaba la vida. No puedes comprender la humillación que me hiciste. — Empezó a llorar de la rabia.

La miré con serenidad, a pesar de mis nervios y mi ira. A continuación, le dije: — Tal vez fue algo que el karma te preparo. — Intenté ganar tiempo, para poder prepararme para la hora del momento final: — Sabes, me he dado cuenta de que el karma no es un sistema injusto, sino una explicación, un intento de comprender las desgracias que no nos merecemos, pero que aún así aparecen en nuestras vidas. Si nuestras acciones pueden crear consecuencias nefastas, entonces la explicación a las cosas malas que no tienen motivo, es por el hecho de que es la consecuencia de nuestra vida anterior, que todo lo que hace nuestra alma nos persiguen. Si así funcionaba el espíritu, era lógico que lo trasladaran al mundo real. —

Me sorprendió sacar una reflexión tan profunda y acertada. Más bien, con todo lo que me ha pasado, pude entender lo que era el karma.

— ¿¡Una explicación!? Ni una mierda, voy a aceptarlo. No voy a aceptar lo que el karma, o lo que sea, me haya preparado. Me rebelo contra esto, yo no merezco haber nacido como una paria, como una pobre. No voy a morir podrida entre la basura y paredes de cartón. —

No dejó de repetir una y otra vez que no quería aceptarlo, como si de una niña pequeña se trataba. Parecía incapaz de aceptar su propia realidad.

— ¿¡Llamas a esto rebelarte!? — Ahí es cuando me di cuenta de que aquella chica era una lamentable persona, me dio cierta pena. — ¿¡Crees que podrás escapar de ese destino que supuestamente te han asignado!? No, porque la infelicidad te perseguirá adónde sea. Sólo has ido lo fácil, apropiarte los bienes y las vidas de los demás, y eso tiene un precio. Desde el momento en que decidiste hacer eso, ya invalidaste cualquier cosa buena. Deben haber cientos de parias, shudrás, gente humilde y pobre; que, aunque vivan de forma deficiente, pueden ser felices e incluso sentirse afortunados. Cosas que ni siquiera el dinero puede conseguir, que se consiguen haciendo obras buenas y en el duro trabajo. Tú lo mandaste todo a la borda, creyendo encontrar en el oro lo que nunca tendrás. —

El karma ya le había condenado, desde que perdió la razón. No había peor destino para ella que buscar la felicidad y no poder encontrarla nunca.

— ¡Me lo dice alguien que se ha pasado toda su vida tragando en las discotecas, tomándole el pelo a cada estúpida que buscaba al príncipe que la sacará de la mediocridad! ¡No me fastidies! — Volvió a gritar de cólera, cuyo eco se escuchó por toda la sala. Escucharme sólo le estaba dando mucho más dolor.

— Tienes razón, no soy el mejor ejemplo. Es verdad que me he pasado yendo de fiesta en fiesta, viviendo de un dinero que nunca he conseguido con mis propias manos, haciendo daño a cientos de chicas. Pero esto es sólo indicio de que apenas he conocido esa felicidad del que tanto aspiras tener, a pesar de todo. —

Aún así, he podido conocer momentos divertidos y agradables, he conocido a personas muy interesantes y que han dado buenos momentos, ya sea una simple prostituta, un chico travestido o una friki y una gafotas.

— ¡¿Y te quedas tan tranquila!? — Pateó el suelo con una gran virulencia. — Te mataré ahora mismo, ¡te haré pagar por todo lo que me has hecho y te demostraré que alcanzaré mi felicidad mientras tú te pudrirás en tu próxima vida! —

Ese fue la señal de que nuestro duelo iba a empezar, el momento final ya empezó. Yo apreté el gatillo, ella hizo lo mismo. Se escuchó un sonido estremecedor.

A continuación, todo volvió a ser confuso. Sentí un fuerte dolor en toda mi cabeza y mi cuerpo fue empujado contra el suelo. A pesar de que mi vista se desvanecía poquito a poco, observaba cómo ella seguía en pie, inmóvil y sin ningún rasguño. Al parecer, ya había un ganador y un perdedor, y ese último era yo. Iba a morir.

Recordé de golpe toda mi vida, todas mis alegrías y penas, las personas que conocí y todo lo que pase con ellos. Estaba llena de arrepentimientos. No dejaba de decirme que ojalá hubiera confesado mis sentimientos por Mao, haber pasado tiempo con mis padres y decirles todo lo que no pude decir en su momento, haber aprendido a querer mi propio cuerpo, haber ayudado a Lobbo mucho más, perdonar a Candy y a Cook por mis palabras, y mucho más. Había tantas que era imposible enumerarlas.

A punto de perder la conciencia, intenté pronunciar una frase, pero no pude. Quería expresar un deseo. Si pudiera reencarnarme, ojalá pueda recordar este momento, para traer la justicia que ella se merece, como en mis película de Bollywood.

FIN DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA PARTE

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