Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Treceava parte, centésima vigésima historia.

Y llegó el nuevo año, entonces, y las vacaciones de invierno terminaron. A pesar de que no me dio tiempo a realizar una reunión entre todos los del grupo que no fuera en esa fea sala. Por tanto, pensé aprovechar el primer sábado de Enero para sacarlos de ese lugar y hacer algo divertido todos juntos.

— ¡Buenas tardes a todos! — Entré con todas mis energías en la sala en donde estaba el club de autoayuda, gritando a todo volumen.

— Tan enérgica como siempre…— Me dijo Harry al verme. No sabía muy bien si se estaba quejando o no, porque esbozo una sonrisa que duró por unos momentos, forzando su cara para no verse contento. O eso creía observar en su rostro.

— Qué envidia me da esa chica, siempre actuando como si le hubiera tocado la lotería. — Vicent se veía mucho más sincero, se veía alegría en su cansado rostro.

— ¿Abrazo? — Y Karenina se levantó y fue directa hacia mí, mientras me decía esto con mucha vergüenza, haciendo gestos extraños con los brazos. Le abracé como ella quería.

Luego, me quedé mirando a los tres, muy sorprendida ante lo que estaba viendo. Por primera vez en esta sala, el ambiente desolado y deprimente que se había generado entre nosotros no estaba. Cuando entré, a todos le entraron una gran alegría, parecía como si todo eso de la depresión no había existido.

Eso me hacía sentir muy motivada y feliz, estaba consiguiendo que aquellas personas estaban superando aquel problema. Todo gracias a mí.

Pero, aún así, había algo extraño en el lugar. Era como si faltaba algo.

Empecé a mirar por todas partes buscándola. Pero, al comprobar visualmente su ausencia, les pregunte a los demás:

— ¿¡Dónde está Adeline!? —

Los tres me respondieron a la vez con un gesto, moviendo la cabeza de un lado para otro para decirme que no. Eso me preocupó un poco.

— Vamos a esperarla un poco. — Añadí, mientras me sentaba en la silla.

A continuación, pasaron casi media hora en vano, no vino a nadie entrar. La mujer que se ocupaba de nuestro grupo, Adeline, no había venido.

— Si no está ella aquí, ¿ahora qué hacemos…? — Hablé en voz alta, cansada de esperar. No dejaba de moverme en la silla, buscando una nueva postura de vez en cuando. Al final, muerta de aburrimiento y molesta, me levanté de la silla.

— Estando ella o no, nunca hemos hecho nada aquí. — Me replicó Harry, mientras veía como yo empecé a dar vueltas alrededor del círculo de sillas.

Realmente no había fastidiado mi idea de salir con el resto del grupo, pero no quería dejarla a un lado, ya lo había hecho por un largo tiempo. Necesitaba que Adeline se fuera con nosotros.

— Pero así es aburrido. — Me giré hacia la puerta y salí de la sala. Los demás me preguntaron a dónde iba. Así les respondí: — ¡Vamos a buscarla! —

Y con esto dicho, yo, Karenina, Harry y Vicent salimos del ayuntamiento en busca de Adeline. Al alejarnos unos cuantos metros del edificio, me di cuenta de algo. Me detuve, les miré a ellos, que me seguían en silencio; y les pregunté esto:

— Por cierto, ¿alguno de vosotros sabéis dónde vive ella? —

Se quedaron boquiabiertos por unos minutos, para luego agregar esto:

— ¿¡Entonces, por qué has salido corriendo!? Eso nos hizo pensar que tú sabías donde estaba ella…—

— Pues, es que se me había olvidado ese detalle…— Reí como tonta.

Vicent y Harry lanzaron un fuerte suspiro, tapando sus caras con sus manos. Karenina me miraba inmóvil, parecía ser la única que no le importaba aquella torpeza que cometí.

Tuvimos que volver hacia atrás y deje al resto en los pies del edificio, mientras yo entraba en el lugar para conseguir información sobre donde vivía. Y lo conseguí, al salir, ya sabía dónde estaba el lugar, lo puse en el GPS para no perderme.

— ¡Ahora sí que nos vamos, gente! ¡Ya sé dónde vive! —

— ¡¿Es en serio!? ¡¿Cómo has descubierto eso!? — Me preguntó muy serio Harry.

— Pues es un secreto…— Lo dije con un tono chistoso, mientras sacaba la lengua.

Vicent y Harry se quedaron mirándome muy feo y yo, para que no empezaran a preguntarme, les empecé a empujar, mientras les decía esto:

— Pero eso no importa ahora, ¡tenemos que irnos rápidos a su casa! ¡Vamos, vamos! — Ellos me respondía que sí, que iban a darse prisa; pero que dejara de empujarlos. Karenina nos siguió en silencio, intentando estar muy cerca de mí.

Adelina, como los demás, vivía en la otra punta de la ciudad y tuvimos que subirnos al autobús. Estaba situada en el extremo este de Springfield, en el desconocido distrito de Medezvedez. Ella vivía en otro barrio de chalets, en una zona en donde el campo y lo urbano ya se entremezclaban.

Mientras, para pasar el rato en un trayecto de autobús que se nos estaba haciendo muy largo, yo decidí hablar con los demás.

— ¿Cómo te estás yendo con tus tíos, Karenina? — Como se estaba quedando dormida, mis palabras las despertaron de un brinco.

Luego, con una expresión adormilada en su rostro, tras unos segundos algo pensativa, me respondió: — Pues bien, creo…—

— Esa respuesta no parece muy convincente…—

— Es verdad, hablamos poquito a poco, pero nunca sé que puedo hablar con ellos y me callo, y me pongo triste. Me pregunto si soy tan mala hablando o no soy nada interesante. Tal vez, tal vez,…— Mirando al suelo cabizbaja, empezó a calentarse la cabeza con esas tonterías. Se lo quite, dándole un abrazo sorpresa.

— ¡Si te pones a pensar, no te va a salir nada bien! — Ella intentó replicarme, pero me adelanté: — Di lo primero que se ocurra y punto. —

— ¿Y si meto la pata…? — Aún mostraba preocupación en su rostro.

— Pues, arréglalo o me llamas a mí, que te lo arreglo si quieres. —

Asentó con la cabeza, luego empezó a sonreír, mientras escondía su cabeza en mi pecho.

— Si fuera tú, la última persona que llamaría sería ella. — Entonces, Harry intervino, molestándome de nuevo.

Pero no protesté, porque hizo algo que me dejo muy sorprendida. Karenina se asustó un poco, se puso a temblar, mirándole también impactada, tampoco se lo esperaba, aunque creo que su reacción fue muy exagerada:

— ¡Es la primera vez que hablas con ella! ¡Es un logro desbloqueado! —

Abrió la boca, sorprendido, y agregó: — ¡¿Por qué te sorprendes tanto!? —

Como me daba pereza decírselo, decidí pasar a otra cosa.

— Bueno, eso no importa, pero siempre tienes que decir algo malo de mí, soy muy confiable. —

Era la primera vez que yo veía que un miembro le habló a otro que no fuera yo. Aquella cosa que le pareció insignificante a Harry, me dejo con toda seguridad que estábamos avanzando.

— ¡¿Y cómo te va todo!? — A continuación, decidí hablar con el cascarrabias. Éste tardó en hablar:

— Como siempre…— Se rascaba la cabeza, mientras miraba por todas partes. — Con ganas de morir. —

Oír eso me desánimo, aunque no parecía que lo estaba diciendo tan en serio como antes. Di un resoplido y recordé que estas cosas no se curaban de un día para otro, necesitaba paciencia, demasiada.

— Si quieres, te traigo esperanza para que no tenga ganas de morir por un buen rato. — Le dije esto con todo mi entusiasmo, mientras hacía gestos que dejo desconcertados a los presentes, que se quedaron mirándome.

Luego, le tocó el turno de Vicent: — ¿Y a ti, abuelito? ¿Cómo te van las cosas? —

— ¿¡Por qué ahora me llamas abuelito!? — Parpadeó y dio un gesto de desánimo: — Pues lo mismo que él. — Señaló a Harry. — Lo normal, esperando la dulce muerte. —

En serio, esta gente era capaz de hundirme la moral, provocaron que me preguntara a mí misma por qué no podrían ser más positivos.

— Aunque con mi hijo jodiendo de vez en cuando. — Luego, agrego esto, con un tono de ira.

— ¡¿Sigue pidiéndote dinero y eso!? — Le pregunté muy seria.

— No quiero hablar de eso…— Esquivó mi mirada, y puso una expresión malhumorada. Eso era suficiente para que siguiera insistiendo.

— Por favor, dilo…— Me mostraba amable, aunque con ganas de darle un golpe a su hijo por tratar tan mal a su anciano padre. — No tienes a nadie para contar tus problemas, ¿no? —

Él no fue capaz de hablarme. Y seguí insistiendo:

— Hablar con los demás te hace sacar todo lo que tienes guardado, saca todo el enfado que tienes con él, ¡¿entendido!? —

Entonces, me miró por unos segundos y asentó con la cabeza. A continuación, empezó a hablar del tema:

— Ese mamarracho que ni siquiera levantó el trasero para pasar el día conmigo en Nochebuena o en Nochevieja, se me apareció anteayer. Pidiendo de nuevo dinero, inventándose una historia más falsa que una pirita. Al ver que no lo conseguía, se puso como una furia y empezó a decirme de todo y desear que me fuera pronto a la tumba. Lo más gracioso es que me llamó agarrado porque no le dejaba ni un céntimo a él, que un viejo decrepito como yo no necesitaba tanto dinero. —

— ¡Qué imbécil, qué ganas me entra de darle un buen puñetazo! — Agregó Harry, que fue mostró una expresión de ira.

Estaba consternada. Me era incapaz de imaginar qué tipo de persona era su hijo, por sus palabras, parecía un estereotipo, me costaba creer que hubiera alguien así en la vida real.

— ¡¿Por qué te tiene que tratar de esa forma!? — Por esa razón, al igual que Harry, se me hirvió la sangre. — ¡¿Es subnormal o qué!? —

Karenina no dijo nada, pero por la expresión que mostraba en su cara se veía que ella también estaba indignada.

Vicent, cabizbajo, dio un suspiro y siguió hablando:

— Y no es eso todo. Al día siguiente, volvió y me pidió perdón, con una actuación muy lamentable. Sólo volvió para intentar sacarme dinero. Y se volvió a repetir el asunto. Salió echando pestes de mí, mientras yo le decía que me dejará en paz de una puta vez. Menos mal que lo hizo, a ver cuánto dura. —

Harry soltó todo tipo de insultos, mientras yo me quedaba en silencio, muy enfadada. Pero lo que me hizo enfadar de verdad fue esto:

— Me pregunto qué he hecho para merecer esto, qué he fallado como padre para que mi hijo se haya vuelto así, para que se haya vuelto alguien tan patético y desagradable…—

Miraba al suelo muy entristecido, en sus palabras se podría notar un sentimiento de culpabilidad, se notaba bastante que se sentía responsable de que su hijo se volviera así. También se veía rabia en sus ojos, no sabía pensar si era contra él mismo o su chico. Verlo así me puso muy mala, no podría dejarlo así, decidí hacer algo por él antes de llegar a la casa de Adeline.

— ¿¡Y ahora a adónde nos tenemos que dirigir Candy!? — Me preguntó Harry, tras bajarnos del autobús.

Habíamos llegado a la última parada y aún nos cacho para llegar a su casa. Teníamos que seguir la carretera que iba hacia al sureste. A lo lejos ya se veían, entre chalets y casas más humildes, pequeñas colinas y prados en donde comían animales o plantaban plantas. El griterío de los animales, sobre todo el de las vacas, perros o cerdos; era el sonido de fondo.

— Ya te lo digo en un momento, pero antes…— Cogí mi teléfono y miré hacia a nuestro anciano: — ¿¡Sabes el número de teléfono de tu hijo, Vicent!? —

— Pues sí, ¿¡qué quieres hacer!? — Él se quedó algo extrañado por mi pregunta. Los demás también.

— Si no es mucha molestia, quiero dejarle claro unas cuantas cosas…—

Se quedó pensativo por un rato, pero al final me lo dijo como si apenas le daba importancia darme el número de su hijo.

Harry intentó detenerme: — ¡Por el amor de Dios, no te metas en otro problema! —

Pero fue en vano, ya lo estaba llamando cuando me dijo aquello. Vicent, entonces, le habló:

— ¡Qué haga lo que ella quiera…! — Empezó a mostrar una sonrisa que parecía propia la de villano. — Además, tengo muchísimas ganas de ver como joden a mi hijo…—

Tardó en contestar, y cuando lo hizo me habló con un tono muy borde y desagradable, como si le hubiera hecho enfadar. Oía ruidos de fondo de tragaperras y gente chillando.

— ¡¿Quién es!? ¡Sea quien sea, le digo que ahora estoy ocupado! —Entonces, dio un grito que casi me iba a romper el oído, tuve que apartar de un momento la cabeza. — ¡Mierda, otros doscientos dólares más a la basura! —

No había ninguna duda, estaba pasando el rato en un casino, gastando todo el dinero que tenía, y luego tenía toda la jeta de pedirle dinero a su anciano padre.

— Usted es hijo de un tal Vicent, ¡¿no!? — Intenté controlar mi tono, pero estaba muy enfadada.

— Sí, ¡¿y qué pasa!? — Me gritó con furia. Luego, se calló por unos segundos y añadió con un tono de felicidad: — Espera, ¡¿a ese viejo le ha pasado algo malo!? — Se aclaró la garganta. — Digo, ¿le ha pasado algo a mi querido padre? — Intentó verse preocupado, pero ya lo tenía pillado.

— La verdad es que no…— Al final, decidí soltar toda mi furia. — Sólo quería decirle que… ¡Eres un imbécil de mierda, un desagradecido y un malnacido por pasar de tu padre y sólo visitarle para pedirle dinero! —

— ¡¿Qué!? — Gritó muy sorprendido. Yo continué diciéndole cosas:

— ¡Eres una vergüenza de hijo, te podrirás sólo, porque nadie quiere a un desgraciado que actúa como una sanguijuela! ¡Tu madre, que en paz descanse, debe estar muy decepcionada de ti! ¡No le pidas más dinero a tu padre, no te dará ni un duro y si me entero que lo haces te daré un guantazo, ¿entendido!? —

Él intentó replicarme, pero le corté el rollo. Al terminar mi griterío, terminé con la llamada. Di un fuerte suspiro de alivio y pensé en voz alta:

— ¡Ay, ahora me siento mucho más tranquila! — Pude expulsar toda mi furia. A continuación, con mi habitual alegría, me dirigí al resto de grupo y les dije con todo mi entusiasmo: — ¡Ahora, sí o sí, vamos a ir a casa de Adeline! —

Giré hacia el camino y empecé a caminar hacia la dirección que marcaba el GPS. Karenina me siguió en silencio, parecía mi sombra. Harry y Vicent se quedaron mirándome, boquiabiertos.

— ¡¿No estarás metido en problemas al haber dejado que esa idiota le diga todas esas cosas!? — Le preguntó Harry al anciano.

— Es un cobarde, no se atreverá a visitarme por un largo tiempo. —

— ¡Qué lástima de hijo tienes…! — A continuación, terminaron la conversación y corrieron para alcanzarnos.

Tras unos veintes minutos andando llegamos finalmente a su casa. Era un chalet, pero tenía una apariencia muy poco cuidada, como si nadie lo había limpiado o arreglado durante años.

— ¡¿En serio esta es la casa de Adeline!? — Me pregunto un Harry dudoso.

— Parece tener toda la pinta…— Agrego Vicent.

Mientras ellos se quedaron mirando al chalet, yo me dirigí hacia la entrada de su casa.

— ¡Vamos a comprobarlo! — Y toqué el timbre.

Esperé por unos pocos minutos, nadie contestó ni abrió la puerta. Ellos me observaron, preguntándome con la mirada si éste era realmente el lugar.

— ¡Vamos a intentarlo de nuevo! — Y toqué de nuevo el timbre, se repitió el mismo resultado.

— Parece que te has equivocado, aquí no hay nadie…— Me habló Harry, lanzando un quejido.

 

— No puede ser, creía que había apuntado la dirección correcta. — Estaba segura de que lo había apuntado muy bien. Dudé por un momento, pero decidí seguir confiando en que esa casa era la correcta: — Tal vez esté afuera, vamos a dar una vuelta por aquí y volver a tocar. —

Cuando escucharon eso todos pusieron mala cara.

— Ni ganas tengo de seguir caminando. — Protestó Harry. — Ni yo…— Y Vicent agregó.

Sólo Karenina estuvo en silencio, pero se le veía en su rostro que tampoco quería.

— ¡No protesten, tienen que andar, es bueno para su salud! — Les repliqué.

No tenía ganas de quedarme esperando ahí, además deseaba conocer la zona, quería ver los campos, las granjas y los animales que nos rodeaban. No me podría creer que existía un lugar así en Springfield, parecía que no estábamos en la ciudad.

Ellos al final aceptaron mi propuesta y todos empezamos a alejarnos de la casa. Entonces, oímos una voz conocida:

— ¿¡Sois vosotros, q-qué hacéis aquí!? —

Giramos la cabeza y vimos a Adeline saliendo del portal, tenía un aspecto más horroroso que de costumbre. Apenas podría hablar y sus piernas temblaban.

— ¡Adeline! — Gritamos, muy sorprendidos.

Entonces, ella se desplomó delante de nuestros ojos.

FIN DE LA TRECEAVA PARTE

 

 

 

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Doceava parte, centésima vigésima historia.

Salimos del museo y empezamos a pasearnos por los jardines que lo rodeaban. Harry no paró de refunfuñar y hacer gestos con las manos.

— Si has cambiado de idea, pues no pasa nada, no me lo digas…— Le dije eso al ver que estaba muy molesto, sabía que le costaba mucho contármelo y no me importaba que cambiaría de idea al último momento.

— ¡¿Y entonces qué sentido tiene qué estemos dando vueltas como tontos por este lugar!? — Me replicó, muy exasperado. — Sólo me estoy preparando, nada más…—

— Pues llevas un buen rato preparándote…— No pude tapar mi boca a tiempo. Me asusté un poco, al ver que él se detuvo de golpe y empezó a mirar al cielo con un silencio incómodo. Como estaba detrás de sus espaldas no veía su rostro y eso sólo aumentaba mis sospechas de que le hubiera puesto como si fuera una furia.

Tragué saliva, cuando vi que, tras pasar casi un minuto o más, él abrió la boca. Pero al momento supe que se estaba sincerando conmigo:

— Es que sólo pensar en ella me afecta muchísimo, este maldito sentimiento me controla y no puedo dominarlo. Aún cuando hayan pasado tres años de eso…— Se tapó la cara de nuevo, empecé a escuchar sollozos por su parte. Dio una largar pausa.

— Yo tuve mi niña muy pronto, cuando apenas era un chaval. Sí, cuando debía tener dieciséis o diecisiete, o algo así…—

— ¡¿Espera, en serio, lo tuvimos a esa edad!? — Le interrumpí, muy sorprendida.

— Digamos que era muy romántico cuando estaba en la preparatoria, no dejaba de ligar con chicas. Yo era el típico arquetipo de rebelde sin causa y realmente era muy popular. Aunque ahora me parece muy patético y estúpido mi yo de esa época. — Rió con un tono patético, pero a la vez nostálgico. — A lo que íbamos, como buen insensato que era, dejé a una chica embarazada y se monto un buen espectáculo por mi culpa. —

Sin quitarse la mano de la cara, se sentó en un banco que estaba a nuestro lado y continuó contando la historia, con la cabeza agachaba y los hombros caídos.

— Todos pensaron que me iba a quitarme del medio, que no iba a aceptar mis responsabilidades, era algo que todos creían que iba hacer yo. Muchas veces pensé en hacerlo, pero algo me impidió. Lo comprendí al momento, cuando ella nació, cuando la vi con mis propios ojos. —

Quito las manos de su cara. Seguía llorando, pero empezó a dibujarse en su rostro una sonrisa agridulce.

— Parecía tan frágil y débil que me aterraba dejarla sola, sentí la necesidad de protegerlo. Ante la sorpresa de todos, yo la acepté y decidí empezar a trabajar para mantenerla. Lo irónico del asunto es que fue la madre quién abandonó a su hija. Pero lo entendí, era una chica que estudiaba duro para alcanzar su sueño y que aún no se sentía como una adulta, descubrir que era madre la hundió como nunca. Ella hubiera abortado el bebé si no fuera por mí y se alejó de su niña para seguir viviendo la vida que estaba teniendo. Yo por mi parte decidí criarla solo. —

— ¡Entonces, fuiste un padre soltero! ¡Es la primera vez que veo uno! —

Me sorprendí de nuevo, y sentí cierta admiración hacia Harry, había que tener valentía para cuidar un niño en la completa soledad, o eso es lo que pienso yo.

— No creo que sea tan raro, sobre todo hoy en día. Es imposible encontrarte con personas que aún no se han separado de alguien. —

— Digo, hay muchas madres solteras, pero no hombres…— Aclaré.

Pero tenía que darle la razón, conozco a mucha gente cuyos padres se han separado. Yo he tenido la suerte de que los míos no, son muy lindos como pareja, me daría algo si se separasen.

— Aún así, no me arrepentí de eso. Para nada, salvo la de no conseguir que su madre se alejara de ella, quizás. Fue duro, tuve que acostumbrarse a cambiar pañales o pasar noches sin dormir, por ejemplo. Era bastante escandalosa y bastante traviesa. Al hacerse un poco más mayor, siempre se metía en todo tipo de líos para que yo estuviera pendiente de ella. Gracias a Dios que con el tiempo se tranquilizó…—

Rió de nuevo, su cara estaba iluminando, se notaba que estaba recordando buenos tiempos. Luego me miró y añadió esto:

— Dije que me hacías recordar a mi hija, aunque ella era mucha más lista y menos entrometida que tú. —

— ¡Oye, no me compares…! — Inflé las mejillas, molesta. Sé que no soy una chica muy lista y que no pare de meterme en follones, pero no tenía que decírmelo en la cara, ni menos comparándome con otra persona.

— Vale, vale. — Soltó unas carcajadas. — La verdad es que había salido más inteligente que su padre, siempre aprendía un montón de cosas que ni yo sabía. Ella deseaba ir a la universidad, aunque le dije muchas veces que debía hacerse una carrera como cantante, ella cantaba muy bien, tenía una voz hermosa…—

Entonces, calló de golpe y su cara se entristeció. Mirando al cielo con una expresión de tristeza, agregó estas palabras:

— Es más, ella estaba yendo a una escuela de canto por las tardes, cuando ocurrió…— Se le empezó a salir las lágrimas de nuevo y se tapo la cara.

Tardé un poco en reaccionar, evitando que mi cerebro pensase en lo inevitable. Después de todo, ya sabía cómo iba a acabar eso. Aún así, tenía la necesidad de continuar, así que lo tuve que preguntar: — ¡¿Qué le paso…!? —

Dio un fuerte suspiro. Luego, continuó:

— Tuve un problema y le pedí que me ayudará, ella no se negó aún cuando llegaba tarde a su escuela de canto. Salió corriendo de la casa, en plena tormenta, y dos o tres calles más adelante fue atropellada con un camión, que resbaló por culpa de la lluvia. Murió en el acto. —

No dije nada, sentí muchísima pena por la chica, parecía tener una vida por delante y muchos planes que hacer. La vida fue muy cruel con ella por haber hecho que muriera de esa forma. Harry empezó a maldecir:

— ¡Mierda, mierda, más que mierda! En cuestión de horas, todo se derrumbó ante mí, ya nada tenía sentido. Cuando me lo dijeron por teléfono, les grité de todo, incapaz de creerme la noticia. Pasé días sin dormir, esperando en vano que ella apareciera en mi casa y me saludara como siempre, a pesar de que sabía que ya no estaba, que ya no existía. — Se levantó y lleno de rabia golpeó un árbol.

— Y todo fue por mi culpa, si no le hubiera pedido ayuda seguiría viva. Si no le hubiera convencido de que no saliera afuera o algo parecido, seguiría aquí. Si la hubiera acompañado, podría haberla salvado. Si hubiera hecho algo, ella estaría aún conmigo…—

Siguió golpeando el árbol sin parar, como si tuviera la culpa de todo. Yo le tuve que detener, porque los guardias de seguridad nos estaban mirando con intención de regañarnos:

— Pero fue un accidente, no tiene la culpa de nada…— Le hice sentar en el banco de nuevo, mientras le decía aquello con una actitud compasiva. Él me dio un gran chillido que me hizo dar un brinco hacia atrás:

— ¡Eso ya me lo ha dicho todo el puto mundo, mi hermano, el psicólogo, mi madre, y aún sigo igual, no me puede quitar de la maldita cabeza! ¡No puedo evitarlo, joder! ¡Por mucho que me diga a mí mismo que lo supere de una vez, no puedo hacerlo! —

Al darse cuenta de que actuó fuera de sí, me pidió perdón y miró el suelo, empezando a murmurar:

— ¡¿Por qué no fui yo, por qué ella!? ¡¿Por qué no fui el que muriera en vez de mi hija…!? —

— No creo que debas torturarte así…— Yo, en un intento de animarlo, empecé a darles palmadas sobre la espalda. — Seguro que a ella no le gustaría que tú murieses igual. — No creo que fueron muy efectivas.

— Pero ella tenía la vida por delante…— Mordió sus labios, sólo se veía más que dolor en su rostro. — Y el único motivo que yo seguía viviendo y luchando era por mi hija. Sí, es cierto. Antes de tenerla, todo me parecía un sinsentido. Pero cuando apareció ante mí, yo encontré un significado, algo que me motivaba de verdad. Y desde que la perdí, lo he perdido todo…—

Y con esto dicho, finalizó y se quedó callado, observando el horizonte con una mirada perdida. Parecía que se sumergió dentro de su cabeza, buscando tal vez respuestas, maldiciendo su suerte, o culpándose por la muerte de su hija. Yo miré al suelo, incapaz de encontrar alguna para cambiar la atmósfera llena de tristeza que se formó entre nosotros.  Luego, empecé a pensar en varias cosas que sólo consiguieron entristecerme aún más de lo que estaba, preguntándome por qué la vida era tan cruel a veces.

Al final, necesitaba dejar de pensar en esas cosas y empecé a hablarle:

— Ya veo, así que esa fue tu razón de vivir, ¿no? — Me forcé a ser positiva y le decía esto con todos los ánimos del mundo. — Si ya has perdido uno, pues deberías encontrar otro. Deberías vivir por ella…—

— Es muy fácil decirlo…— Añadió con un tono de voz apagado y desesperanzado.

— Ya lo sé…— Lancé un resoplido y añadió esto: — Pero deberías intentarlo…—

Él calló, no dijo nada más. Como era bien obvio, no podría animarlo con palabras bonitas, necesitaba algo más. Así que crucé de brazos y empecé a forzar mi cerebro a pensar. Tras unos cuantos minutos, se me ocurrió algo, que lo solté tan rápido como lo pensé:

— Entonces, ¿¡qué te parece esto!? ¡Puedo ser tu hija por un día! — Al momento, me arrepentí de decir.

— ¡¿Qué…!? — Él levanto la mirada hacia mí, boquiabierto y arqueando las cejas, no se podría creer lo que había oído.

— Sé que es una estupidez, pero…— Después de todo, era lo único que se me ocurrió. — ¡Deberíamos intentarlo, a ver si así te sientes mejor! —

Él no se negó, sólo me dijo que hiciera lo que quisiera, y así lo hice.

Y lo cogí del brazo, volviendo a arrastrar a Harry, muy animada.

— ¡¿Adónde me llevas!? — Me preguntó, entre gruñidos y quejidos. — Pues vamos a hacer algo típico que hacen padre e hija…— No les puedo negar que estaba muy ansiosa. — Vamos a ir al McDonald o al KFC a comer. —

— ¡¿Eso es una actividad entre padre e hija!? — Con una mueca de extrañeza, me preguntaba esto. Yo le dije que sí, que a todo niño le encantaba ir a algún restaurante de comida rápida. O eso es lo que me pasaba a mi cuando era pequeña.

A pesar de que me dijo que lo que estábamos haciendo era una estupidez, él también empezó a comportarse como si fuera un padre.

Ya, en el restaurante, al terminar de comer, él vio mi cara y dijo esto: — ¡Tienes la cara manchada, por Dios…! — Sacó un pañuelo y limpió mi cara de forma instintiva. — ¿¡No tienes vergüenza o qué!? —

— Pues claro que sí…— Le respondí con nerviosismo, no esperaba que hiciera algo así. Era una adulta, me dejaba bastante mal que otro me limpiase la cara como si fuera un bebé.

Pero, por otra parte, eso me hizo sentir muchísima nostalgia, de cuando mi padre me pedía que me tranquilizara en cada lugar que íbamos.

Luego, lo arrastré a más lugares. Lo llevé por el centro de la ciudad y le busqué ropa.

— Yo no necesito ropa nueva, tengo de sobra…— Protestó, al ver que le traje un montón de ropa de señor para que se lo probará.

— Pero se ven viejas y regastadas. — Siempre usaba la misma ropa, que además estaba muy descoloridas, ayudando a que darle un aspecto más deprimente de lo que tenía ya Harry.

— ¿Y? Aún pueden usarse. —

Aún así, le hice meterse dentro de los vestuarios, mientras le decía esto:

— De vez en cuando, necesitas un nuevo look. ¡Vamos, vamos, entra! ¡Ponte eso de una vez! —

Estuvimos casi una hora eligiendo la ropa que más le favorecía. Más bien, era yo, Harry cogía lo primero que veía para que terminar rápido. El pobre no estaba acostumbrado a comprar y elegir cosas y al final terminó suplicándome que terminase de hacerle elegir conjuntos.

Aunque, a continuación, tuvo que soportar una hora más en la tienda, ya que yo también me puse a buscar ropa que me quedará bien.

— ¡¿Cómo me queda, papá!? — En un momento determinado, mientras le mostraba un vestido que cogí, le llamé así de forma instintiva, creo que me lo estaba tomando muy en serio.

— ¡No soy tu papá! — Se puso rojo, mientras intentaba esconder su cara. Aquella reacción me pareció muy graciosa.

— ¡Oh, perdón, padre! —  Así que no pude evitar molestarle un poco más.

— ¡¿Lo estás haciendo a propósito!? — Arqueó las cejas, mientras yo le sacaba la lengua.

A continuación, salimos de las tiendas y empezamos a ver todo el centro de Springfield, vimos varios parques, estuvimos observando la estación central, viendo a algunos de los pocos rascacielos que sobresalían del lugar. No le dejé en paz ni un segundo, a cada cosa que veía le llamaba la atención para que lo viera o se sacará la foto con aquello. También nos fuimos a una sala de recreativas, intenté hacer que Harry jugará conmigo, pero él sólo quiso ser un observador. Se comportó como todo un padre, siempre regañándome en cada estupidez que cometía, pendiente de mí todo el rato, escuchando mis tonterías, preguntándome una y otra vez si quería algo de comer; incluso me compro varias cosas sin que yo se lo pudiese. Y aunque lo intentaba ocultar, disimulándolo entre sus quejidos y gruñidos, se estaba divirtiendo y disfrutando. La verdad es que fue bastante divertido.

Al final, tras haber dado la vuelta todo el centro, él se derrumbó ante el primer banco que vio. Dio un gran suspiro de alivio y añadió:

— ¡Estoy agotado…! ¡Eres peor que una niña pequeña, no has parado ni un momento ni me has dejado descansar…! —

— Sí, te he dejado descansar. Y además yo también agotada…— Protesté, mientras me sentaba a su lado.

— Pues ibas directa hacia al zoo, y eso que está en la otra punta. —

— Es que quería volver a ver a los animales de allí, son muy lindos. Sobre todo el orangután. — Y creía que iba a ser un lugar bastante de entretenido de ver con Harry, seguramente él estaría todo el rato quejándose de los animales.

— ¿¡Desde cuándo un orangután es lindo!? —

— Bueno, si no puedes más, pues no vamos. — Decidí pasar de aquella pregunta. Luego, hubo un corto silencio entre nosotros dos. Harry empezó a mirarme de reojo, como si deseaba decirme algo, pero no se atrevía.

— ¡¿Pasa algo!? — Le pregunté, al verle actuar durante varios segundos de esa manera.

— Nada, nada…— Esquivó mi mirada. Luego de una pequeña pausa, agregó esto: — Sólo quería decir que, a pesar de todo, no ha sido tan malo este día. —

— ¡No seas tímido, tienes que decirme las gracias a pleno pulmón, sincerándote y diciendo lo que sientes con toda la intensidad del mundo! —

Se le notaba en la cara que le costaba muchísimo decir lo que pensaba, ponía una expresión muy hilarante.

— La verdad es que eres tan pesada que he podido distraerme de todo y olvidarme del pasado. No puedo negar que ha sido muy divertido. —

Di una pequeña mueca de molestia, al ver que me llamo pesada, pero por otra parte me dio muchísima alegría que se hubiera divertido. Eso esbozó una gran sonrisa en mi rostro.

— ¡Genial, entonces…! — Entonces, levanté mis brazos, haciendo gestos con ellos hacia a Harry, para hacerle ver que quería algo. — ¿¡Ahora qué intentas insinuar!? — Aunque él no sé enterraba de nada.

— ¡¿No es obvio!? ¡Vamos a darnos un gran abrazo, como si fuéramos padre e hija…! — Con las manos, le decía que lo hiciera de una vez.

— ¡Pues a mí me dan repelús los abrazos! ¡No quiero! Y además, ya te he dicho un millón de veces que no soy tu padre…—

— ¡Vamos, por favor! ¡Yo quiero un abrazo! — Se lo pedí como si fuera una niña pequeña. Creo que pasar mucho tiempo lejos de mis padres no me estaba haciendo mucho bien.

— ¡No tienes remedio! —

Dio un gran suspiro, y me miró con una expresión alegre. Yo le rodeé con mis brazos a la velocidad, abrazándolo con fuerza. No paso ni un segundo desde que me empezó a gritar que le soltará de una vez, que se estaba poniendo muy incómodo.

FIN DE LA DOCEAVA PARTE

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Onceava parte, vigésima centésima parte.

Al sábado siguiente, muy animada por los acontecimientos, me fui directa hacia el lugar en donde el grupo de auto-ayuda, como siempre. Pero la puerta de la sala no se abría y parecía que no había nadie:

— ¡Qué extraño, si he llegado muy tarde hoy…! Debería estar abierto…— Entonces, me di cuenta de que había un letrero en la puerta y lo leí en voz alta: — Cerrado por vacaciones de invierno…—

Luego di un chillido de sorpresa, al recordar que me dijeron eso estaba cerrado.

— ¡¿Y para esto he salido de mi casa…!? — Baje la cabeza y di un lamento. — ¡Con lo calentita que podría estar en mi casa…! — Soporté un frio helador y caminé como un pingüino por la calle para nada. Me maldije.

— Parece ser que no eres la única idiota en olvidarse de eso…— Entonces, escuché la voz de alguien conocido.

Giré la cabeza y vi que Harry estaba a mi lado poniendo una cara que parecía decir que yo no tenía remedio. Ignoré y me acerqué a él:

— ¡¿Así que tú también creías que era hoy, verdad!? — Le pregunté y él asintió con la cabeza. Eso me alivió e incluso me provocó carcajadas, por lo gracioso que fue eso de que él se hubiera equivocado también.

— ¿¡Qué te hace tanta gracia!? — Me pregunto con una mueca de molestia. — A ti también te ha pasado lo mismo…—

— No es nada, nada…— Me forcé a callarme. Luego, añadí, muy exigente: — Aunque deberías saludar primero. —

— Hola…— Fue la cosa más forzada y desanimado que había oído. — ¿Ya está mejor así? —

— Sí, pero no es un saludo muy motivador…— Tenía los hombros caídos, muy decepcionada.

— Aguántate con eso. — Dio una respuesta muy propia de un rascarrabias como él. Entonces, se dio la vuelta y añadió esto: — Yo me vuelvo a casa…—

Pero yo no le iba a dejar que se fuera así como así, recordé que tenía algo que hacer.

— ¡No tan rápido! — Le detuve, agarrándolo del brazo. — ¡No puedes irte así, sin más! —

— Si no está el maldito grupo ese, entonces me vuelvo. Yo ni tenía ganas de salir de casa. — Me  replicaba, mientras intentaba liberarse de mí.

— Pues eso, pero haber venido aquí y ver que ha sido para nada es un rollo, ¡vamos a comer o ir algún lado para hacer que esta caminata bajo la nieve cruel tenga sentido! — Y volver a casa sin nada planeado que hacer tampoco era plan para mí.

Él puso muy mala cara y luego me lanzó una negativa. Yo, sin soltarle el brazo, seguí insistiendo:

— ¡Por favor, haz que salir de mi casa haya servido para algo! — Le suplicaba, necesitaba conseguir aquella posibilidad que se me había aparecido, además de evitar morirme de aburrimiento.

Harry se detuvo y al ver mi cara durante unos cuantos segundos, dio un fuerte suspiro. Al final, aceptó.

— ¿¡Quieres ir a un museo!? — Eso dijo, cuando salimos del ayuntamiento y le dije adónde quería ir. — ¡¿Con las pintas que tenemos, que parecemos vagabundos, deseas ir a ese sitio!? — Yo miré por un momento nuestras ropas, exageraba, íbamos bien. La idea no le hacía mucha gracia.

— ¡Pues claro que sí, hay que culturizarse y eso! — Hacia tiempo que deseaba ir a un museo, admirar obras de arte y sentirme como toda una snob.

Y así acabamos en el museo de arte moderno de Springfield, que estaba al lado. Me quedé con la boca muy abierta cuando lo vi con mis propios ojos.

— ¡¿Aquí es el museo!? ¡Increíble, parece un palacio sacado de un cuento de hadas! —

Al momento, le saqué unas cuantas fotos con el móvil, ya que me olvidé de traer mi cámara, algo de lo que me arrepentí.

Me sentí como si estuviera de vacaciones en Europa, un enorme edificio de dos plantas, rodeado de pequeños, pero majestuosos jardines; estaba ante mí.

Tenía cientos de ventanas, que eran el doble de altas que una persona normal, y unos cuantos balcones llenos de columnas blancas, con basas y capiteles de color dorado. El azul y el blanco se repetían por el exquisito muro del edificio.

Yo no podría estar quieta, iba de un lado para otro, observando cada detalle que veía de aquel edificio y su alrededor, sacando fotos sin parar, hasta las señales de tráfico de la calle y los bancos de los jardines.

Harry se quedó mirándome, con los hombros caídos y con una cara desanimada, como si se deseaba ir de aquel lugar bien rápido.

— ¡¿A qué es bonito!? — Yo le hablaba, pero ni le daba tiempo a responder, porque yo no podría detenerme. — ¡A mí me parece hermoso, no sabía que Shelijonia podría tener joyas como ésta! — Estaba muy eufórica, la belleza del palacio me volvió loca.

Y me puse más animada cuando se me dio por leer el cartel en dónde te contaba la historia de aquel lugar:

— ¡Mira, aquí dice que fue residencia de veraneo de los Romanov! Increíble, ¡estoy ante una residencia de una familia real! —

Di un enorme chillido de fangirl, provocando que todo lo de mí alrededor diera un brinco. Yo no me di cuenta, estaba más ocupada en admirar el palacio que en otra cosa.

— ¡No grites! — Entre quejidos y gruñidos, me decía Harry, tocándose la cabeza como si le estaba doliendo. — ¡Me estás dando vergüenza ajena, pareces una niña pequeña! —

Yo ni me paré a replicarle, le cogí del brazo y me fui directa hacia a la puerta principal:

— ¡Vamos, vamos, entremos! — Le gritaba muy entusiasmada.

— ¡Vale, vale, pero no me arrastres! — Me replicaba Harry, mientras se resistía a ser empujado por mí.

Al entrar, nos llevamos una sorpresa cuando vimos la exposición de arte moderno que había dentro del palacio.

— ¡¿Y por esto he tenido que pagar quince dólares!? — Añadió con un gesto desalentador, tras entrar y ver una de las primeras obras de la exposición.

— No es “esto”, es puro arte. Si te hace sentir un sentimiento, lo es. Bueno, este debe de tener un significado my profundo, pero no puedo entender el qué. — Lo miraba fijamente, intentando comprender qué era lo que nos quería decir el autor con aquella obra. — ¿¡Será una crítica a la sociedad!? ¡¿O la muestra de un concepto revolucionario y único!? — Pero por mucho que me esforzaba no podría entenderlo, me preguntaba si era tan idiota que ni podría entender el significado de una obra de arte,

Harry arqueó las cejas, mirándome como si fuera una loca, y me dijo:

— Es sólo un cuadro con cuatro puntos en cada esquina y en el centro la foto de un perro mordiéndose la entrepierna.  —

— Eso lo será para nosotros, pero para el autor debe tener un motivo muy diferente, esto debe ser muy rebuscado. —

Si estaba en una galería de arte, debía ser por algo. Aunque ya estaba dudando de que fuera así.

Le saqué una foto y miramos al siguiente cuadro.

Mientras nosotros dos íbamos recorríamos toda la galería del primer piso, observé que Harry no lo estaba disfrutando, su cara de mala pulgas parecía mostrar que estaba más irritado que de costumbre. Miraba los cuadros como si ellos le hubieran hecho algo malo y la gente que pasaba a nuestro alrededor se alejaba de él cuando veían su cara. Me sentí muy desanimada, necesitaba conseguir que se divirtiera y lo único que veía era pura amargura.

Al llegar a unas escaleras que llevaban al segundo piso, me detuve y me giré hacia él.

— ¡¿Acaso no te gustan los museos!? — Le pregunté, muy preocupada. Él se quedó con la boca abierta por un momento.

— ¿¡A qué viene eso de repente…!? — Se rasco la cabeza, con una expresión de molestia. — Ni me van ni me viene, si eso quieres saber…—

— Entonces, ¡¿por qué no lo estás disfrutando!? —

Le repliqué,  inflando las mejillas. Harry dio un fuerte suspiro y continuó:

— Por supuesto que no lo estoy haciendo, ¡¿qué pensabas, qué me iba a divertir si me llevases a algún algo!? No disfrutaría ni aunque estuviera en un parque de atracciones. —

— ¡Pero pensaba que un adulto aburrido como tú le gustaría este tipo de lugares…! — Me tape la boca y añadí entre risas nerviosas. — ¡Ignora eso…! — Él cerró los ojos y me miró fijamente.

— Da igual, además…— Entonces, vi una expresión que me desconcertó. Sólo fueron unos segundos, pero sentí como el miraba con una expresión de dolor, como si le dolía mucho ver mi cara.  Se ocultó el rostro con la mano y añadió esto, evitando mi mirada. — ¡No es nada! Vamos a terminar de visitar este lugar lleno de idioteces que la gente admira como si fuera obras de arte. —

Y empezó a subir las escaleras tan rápido como pudo, yo me quedé paralizada, preguntándome qué fue aquello.

Y aquella expresión no dejo de repetirse en mi cabeza, era incapaz de pensar en otra cosa, mi cerebro no me dejaba hacerlo. Ya ni le prestaba atención al arte y ni siquiera estaba fotos. Harry, quién empezó a protestar en voz baja de cada cuadro que veía, se dio cuenta al momento y no dejo de mirarme de reojo, como si deseaba preguntármelo pero no se atrevía.

Al dar cuenta, yo decidí que debía preguntarle lo que rondaba por mi cabeza:

— Harry, ¡¿te caigo mal!? — Estaba muy preocupada de que aquella mirada fuera como un indicativo de que le cayera mal o algo peor.

— ¡¿Por qué dices eso!? — No se inmuto, fue incapaz de mirarme a la cara.

— Es que antes me miraste de una forma rara. — Yo me puse delante de él, para mirarle los ojos. Él esquivaba como podía el contacto visual, como si me ocultaba algo. — Tal vez era porque siempre soy muy hiperactiva y siempre que puedo te arrastro a cualquier parte, como este museo…—

— ¡No es eso, no te hagas ideas raras! Aunque a veces eres muy pesada…— Intentó quitarse del medio, pero yo se lo impedía.

— Entonces, ¡¿por qué!? —

— Ignóralo, no es algo que deba interesarte…— Empezó a ponerse muy nervioso. Y yo, a pesar de que sabía que lo estaba presionando demasiado, seguí.

— ¡No puedo hacerlo, llevo un buen rato sin quitármelo de la cabeza! — Me acerqué demasiado a él, que seguía evitando mi mirada como si la vida le fuera en ello. — ¡¿Dime qué es!? ¡¿Es por qué te recuerdo a alguien te ha hecho mucho daño o qué!? —

— ¡Te he dicho que…! — Entonces, explotó. Me gritó con muchísima fuerza, mientras se alejaba de mí de un brinco. — ¡Para de una vez, maldita mocosa! —

Yo me quedé sin palabras, con la boca abierta. Aquello me asustó muchísimo, como si fuera mi propio padre el que me grito por haberme comportado mal. Me sentí fatal, como si hice algo muy mal. Parecía como si fuera una niña pequeña.

Él, al verme así, dio una mueca de molestia y con un gesto de arrepentimiento, añadió esto con muchísimo dolor:

— ¡Me recuerdas a mi hija, es lo que pasa, por el amor de Dios! ¡¿Ya estás contenta!? — Ponía una cara que decía claramente que deseaba llorar.

— ¿¡Tu hija…!? — Hablé como zombi, con los ojos bien abiertos.

— Sí, si siguiera viva, seguramente tuviera tu misma edad…— Lanzó un gruñido, se giró y se alejó de mí a paso ligero, mientras añadía muy molesto: — ¡Maldición! ¡Ya me voy, estoy harto de este maldito museo, sólo se ve más que pura basura…! —

Miré al suelo con muchísima tristeza, me costaba muchísimo imaginar lo que debía ser para un padre haber perdido un hijo, además de que me hizo recordar en los míos, que estaban viviendo muy bien en mi pueblo natal.

Pero el bloqueo se me duró poco, porque levanté la cabeza y me dirigí hacia Harry, para decirles esto con todo mi arrepentimiento:

— Lo siento muchísimo, Harry. No era mi intención decirlo. — Aunque me pregunté si estaba bien hablarle después de lo que pasó.

Él sólo se detuvo por unos cuantos segundos y agregó: — No te pongas a pedir disculpas, yo soy él que se sienta muy mal por haberte gritado…—

— Pero, por mi insistencia…— Me callé, no quería empeorar el asunto. Él no dijo nada más, se quedó esperando. Entonces, dominada por mi curiosidad, le dije esto: — Por cierto, ¡quiero saber más sobre tu hija! ¡¿Cómo fue, en qué se parece en mí!? ¡Vamos, dímelo! — Y añadí, por si acaso: — Bueno, si no quieres contarlo, no pasa nada…—

Pasó casi un minuto de silencio. Tragué saliva, preguntándome con terror qué estaba pensando Harry, si le molesta aquello que dije o era otra cosa. Entonces, abrió la boca.

— La verdad es que quiero…— Dio un resoplido. — Yo necesito sacar todo lo que tengo dentro, pero nunca he tenido a nadie a quién podría decir, o ni lo he intentado. — Y se giró hacia mí, con una expresión de enorme tristeza. — Entonces, te usaré para sacar mis penas…—

— Por mí, encantada. — Lo dije con mucha energía, intentando imitar un gesto militar, que me salió mal. Luego, entre risas nerviosas, le solté algo más: — Aunque eso suena muy mal…—

FIN DE LA ONCEAVA PARTE

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Décima parte, vigésima centésima parte.

Nos habíamos salido del centro comercial y nos fuimos a algún parque solitario para poder hablar con más tranquilidad. Cuando lo hicimos, Karenina se quedó mirando al suelo, llenándose de valor para poder hablar:

— Si no quieres, no deberías forzarte a hacerlo…— Le decía yo, al ver lo mucho que le costaba hacerlo.

— N-no importa, y-yo deseo contártelo…— Me replicó ella. — O b-bueno, una parte de mi. —

Entonces, esperé a que hablase. Al pasar unos pocos segundos, inició:

— Yo tuve muy mala suerte de haber nacido en mi familia… No, fue una desgracia el hecho de que tuviera que haber nacido ahí, con mi madre y sobre todo con mi padre…— Al pronunciar aquella última palabra, ella se puso a temblar, con una cara que transmitía muchísimo terror.

Tardó unos cuantos segundos en seguir hablando:

— T-todos le tenían miedo, incluso su propia familia, sus hermanos y sus padres. Era una persona cruel que siempre buscaba daño como sea, no sé por qué actuaba así y no quiero saberlo. Tampoco sé cómo mi madre se junto con él, pero era muy parecida, aunque delante de él actuaba como una santa. Una v-vez me dijo que, que si se dejo embarazar era para usarme para tener atado o algo así. Ella sólo lo quería por el dinero…—

— Pero ella no hizo tanto como papá…— Cerró los ojos. — Él para desquiciarse de todos sus problemas me hizo cosas…— Se abrazó, como si estaba teniendo muchísimo frio. —…horribles…— Ahí calló, incapaz de hablar.

— ¿¡Qué cosas tan terribles…!? — Tragué saliva, aquellas me salieron sin querer, una parte de mí no deseaba escuchar lo que iba a decir. Ella se volvió a llenar de valor.

— Él me pegaba y me insultaba. No importa lo que hiciera, siempre encontraba una razón para hacerlo, diciéndome una y otra vez que era mi culpa. También me…— Le costó muchísimo decirlo, le dolía tanto recordado que escondió su rostro para que yo no lo viera. — También me…— Pero igualmente vi que volvió a llorar. — me v-vio-violaba…— Murmulló aquellas palabras, antes de quedarse muda, llorando en silencio. Yo me quedé espantada, mi cerebro era incapaz de asimilar lo que había acabado de oír.

— Lo siento…— Solamente pude decir eso. Estaba cabizbaja, con muchas ansias. Escuchar aquello me puso muy mal, ¿¡cómo podría haber gente que fuera capaz de hacer esas cosas a su propia hija!?

— N-no pasa nada…— Se limpió las lágrimas. — Al final, todo eso termino, pero…— Se puso la mano en el pecho e inspiró y respiró unas cuantas veces. — Estuve mucho tiempo así, mi madre no hizo nada, me ignoró y dejo que siguiera sufriendo, me di cuenta de que prefería que yo sufriera antes que poner en peligro su modo de vida. Mis familiares sabían lo que pasaba, pero tenían mucho miedo de él para poder reaccionar. Incluso mis tíos, esos que me tienen acogida, me ignoraron una vez que les pedí ayuda, aún cuando vieron perfectas señales de que era abusada. — Apretó los puños y los dientes, con una expresión de rabia y dolor. — Nadie me ayudaba y yo sentía que era incapaz de escapar, que no tenía salida. —

Ya entendí por qué Karenina era tan hostil con sus tíos, y yo también sentiría rencor contra ellos si estuviera en su lugar. Ella, entonces, se sacó el brazo fuera del abrigo y se remangó las mangas, mostrándome con mucha vergüenza sus heridas. Ni ella misma podría soportarlas, sus ojos intentaban no ver lo que me estaba mostrando.

— Para soportarlo, yo me hacia heridas en todo mi cuerpo, el dolor físico me ayudaba a no pensar en aquellas cosas. Pero llegaron a un punto en que decidí que lo mejor era acabar con todo…—

Rió con amargura.

— Pero el intento fue lo que me sacó de ese infierno. Ahí todos descubrieron todo lo que sufrí y mi padre acabó encerrado en la cárcel y mi madre se quitó del medio. Aún la están buscando, acusada de ser cómplice…—

— Entonces, ¿todo acabo bien, no? — Aún estaba muy aturdida por lo que me había contado, así que lancé una pregunta estúpida.

— Pero yo seguí en este estado, a pesar de que todo acabo bien. Me encerré en mi cuarto, me sigo haciendo heridas por mi cuerpo, apenas puedo comer nada, tampoco dormir aun cuando paso todo el tiempo mirando al techo, no encontraba ningún motivo ni forma de seguir viviendo. Sólo esperaba que pasara el tiempo hasta que llegará mi muerte. —

Escondió su brazo y dio una pequeña pausa, después de lanzar algún que otro suspiro:

— T-tal vez, tal vez, después de todo lo que pase, me aterrorizaba rehacer mi vida, no quería volver a sufrir de nuevo, no quería pasar por lo mismo. Por eso, creo que no me interesaba avanzar, sólo quería quedarme en el punto que estaba. Aún así, no me sentía bien con eso, siempre me sentía mal por no seguir adelante, por convertirme en un estorbo. Llegué a un punto en que necesitaba hacerme daño físico para evitar pensar…—

Entonces, ella volvió a abrazarme, esta vez con mucha fuerzas. Me volvió a sorprender. No fui capaz de decirle nada, sobre todo de pedirle que dejara de hundir su cabeza sobre mi pecho. Ya me estaba dando mucha vergüenza y veía que los que pasaban por nuestro alrededor nos miraban muy raro.

— P-pero hoy ha sido muy divertido. Y lo de Nochebuena, y la fiesta anterior a esa. A pesar de lo negativa que soy, de decirme una y otra vez que cualquier cosa que me vea sólo piensa en mí como algo molesto o muy feo; jamás me he divertido en estos días. Gracias…— Me soltó y me agradecía, mostrándome una gran sonrisa, que me dejó boquiabierta.

Me pareció otra persona, la imagen de aquella chica temblorosa, triste, incapaz de mantener la cabeza alta, mirando a todo el mundo con miedo, había desaparecido por un momento. Me quedé boquiabierta por un momento, luego me puse a fardar.

— No hay de qué, ¡es mi deber…! — Entonces, ella, mientras me miraba fijamente, empezó a reír y yo le tuve que preguntar: — ¿¡Qué pasa!? — No comprendí muy bien aquella reacción, no sabía si era por aquel intento de mostrarme genial.

— Yo estaba muy atemorizada, tenía mucho miedo de que pensaras algo malo de mí después de lo que conté. Pero ahora me siento muy aliviada, ¡se siente muy bien! —

— ¡Por supuesto que sí! ¡Las personas necesitan sacarse todo lo que guarden en ellos, tanto lo malo como lo bueno! ¡O buena parte de eso! —

Entonces, recordé que aquella mentira de que yo también estaba en la depresión seguía en pie, me pregunté si decir eso estaba bien, mientras yo le estaba ocultando algo tan importante a ella. Karenina, no me dio ni tiempo a pensar, porque se acercó a mí de golpe, gritando esto:

— E-entonces, ¿¡puedo contarte todo lo que quiero!? —

— Pues sí, no hay problema. — Dudé si decirle o no que estaba demasiado cerca de mí.

— ¿Si aún cuando sea algo muy feo? —  Lo dijo de una forma tan seria que me hizo dudar por un momento.

— No sé, siempre hay momentos indicados para hacer eso. Pero hazlo, es necesario para ti. —

— Ah, ya veo. — Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se alejó mucho de mí. Luego, se volvió a acercar, mientras me cogía de las manos y me decía esto: — ¡Quiero hablar e ir a más lugares! ¡La próxima vez vamos a visitar a un museo! —

Tras decir eso, nosotras nos quedamos en silencio por unos cuantos minutos, mirando hacia lo que estaba delante de nuestros ojos. Eso hizo que me acordará de algo y se lo dije:

— Por cierto, espero no molestar, pero creo que entiendo a tus tíos. Ellos saben el daño que te han hecho, se arrepienten que no haberte hecho caso. Es verdad, yo lo he visto con mis propios ojos. Sé que es difícil no perdonarles, pero debes darles una oportunidad. —

Tardó en responder, una mueca de incomprensión se vio en su rostro, como si creía que yo estaba loca: — ¿Una oportunidad? —

— Sí, sincérate con ellos. Que ellos se sinceren contigo, ¡que habléis del tema! Ellos no están obligados, quieren ayudarte, pero su culpabilidad, el hecho de que no haberte ayudado en ese momento, le impiden hacerlo. —

— ¿De verdad, eso es cierto? — Con los ojos muy abiertos, me preguntó esto muy incrédula.

— Tal vez sea muy temprano. Pero si os perdonáis mutuamente, ¡seguro que podéis llevaros bien! —

Dudó por un buen rato, se le veía gestos de odio por ellos, pero también se le veía como si ella también deseaba perdonarlos.

Después de todo, me dijo que no eran mala gente, sabía que eran buenas personas, pero el hecho de haber sido abandonada por su suerte le impedía acercarse a ellos.

Tras pasar un buen rato pensándolo, dio un suspiro y añadió esto:

— Entonces, lo haré. — Y me miró y añadió esto: — Pero, quiero que estés a mi lado, ¡tengo mucho miedo! — Asentí con la cabeza, por supuesto que no la iba a dejar sola.

Nos levantamos del banco y fuimos a paso ligero hacia su casa. Al llegar ante su hogar, me agarró de las manos con muchísima fuerzas:

— N-no, n-no creo que pueda…— Temblaba como si ella estuviera sufriendo un terremoto. Su cara mostraba temor. — ¿¡Crees que, después de todo lo que les he hecho, de vivir en su casa, de que darme todo lo que necesito y ser incapaz de hablarles, ni de agradecerles ni nada de nada; ellos quieran hablar conmigo!? —

— Pues claro que sí. Esa es la realidad. — Ella me miró con una cara llena de duda. — Te lo demostraré…— Y con esto dicho, yo pegué en la puerta.

La pareja nos abrió en cuestión de momento, querían decirnos algo pero no se atrevieron, como si esperaban a que su sobrina se fuera a su habitación sin dirigirles la palabra, como siempre.

Karenina se quedó inmóvil, incapaz de gesticular alguna palabra, y estaba cabizbaja, con el miedo de levantar su rostro y dirigirles la mirada. Yo esperé un poco.

— ¡¿Ocurre algo!? — Preguntaron los tíos de Karenina, con muchísima preocupación. — ¡¿Qué pasa!? —

Apretó mi mano con fuerzas y cerró los ojos por un momento, al final vi que ella necesitaba un empujoncito.

— No se alarmen, es sólo que ella quiere decirles algo…—

Luego, con la mejor sonrisa y con una actitud comprensiva, me dirigí a Karenina:

— ¡Vamos, tú puedes! ¡Dile lo que sientes, yo estoy contigo! —

Entonces, Karenina se me quedó mirando y me mostró una sonrisa que me dejó boquiabierta, como si ella se hubiera liberado de golpe aquella depresión. Luego, en menos de un momento, ella miró hacia sus tíos y se lanzo hacia ellos, sorprendiendo a todos.

Los abrazó con muchísima fuerza, escondiendo su cabeza entre el pecho de sus tíos, rompiendo a llorar:

— ¡Perdón, perdón por todo…! — Gritaba con fuerzas — A p-pesar de haberme dejado vivir aquí… Os he tratado fatal. Debo de haber sido una carga para vosotros, todo este tiempo…— Se tenía que detener varias veces porque los sollozos no le dejaban hablar. —…siempre me he sentido muy mal por eso, por odiaros porque no me habéis ayudado antes, por comportarme como un parásito, por no hablar con vosotros, por todo… Lo mejor es que yo no hubiera existido, por haberos dado tantos problemas…—

Los tíos tardaron un momento en reacción, muy sorprendidos por ver a su sobrina pidiéndoles perdón. Luego, ellos también rompieron a llorar, rodeando el cuerpo de su sobrina con sus brazos:

— S-somos nosotros lo que…— Balbuceaban entre sollozos, forzando sus voces para decirles lo que ellos sentían a su sobrina. —…lo que t-tenemos la culpa. —

— N-no, no, yo, yo tengo toda la culpa, de todo…—

— ¡No te culpes por favor! — Le miraron a los ojos llorosos de Karenina. — ¡Nosotros, aún cuando sabíamos que te pasaba algo malo, a pesar de que nos pediste ayuda, nosotros te ignoramos! — Y limpiaron su cara bañada en lágrima con muchísima ternura.

— Sé que no tenemos perdón…— En sus caras se veían puras caras marcadas por el arrepentimiento y el dolor de sus errores. — P-pero, aún así, queremos hacer todo lo posible por ayudarte. —

— ¡¿Es verdad!? — Les preguntó con insistencia, su cerebro seguramente le estaba diciendo otra cosa totalmente distinta a lo que ocurría delante de sus ojos. — ¡¿Entonces, no soy una carga!? —

Pero ellos, sin decir ni una palabra más, con un simple movimiento con la cabeza, consiguieron disipar todas aquellas dudas que almacenaba en su cabeza. Ella, con una sonrisa de felicidad, los volvió a abrazar con fuerzas.

Y murmuró estas palabras: — Gracias…—

Tras presenciar aquella escena, yo fui contagiada con la atmósfera del momento, se me llenó los ojos de lágrimas y deseaba pedirle perdón a algo. Intenté controlarme, pero no pude al final:

— ¡Y-ya no puedo más! — Grité como una idiota, llorando a mares. Y salté hacia ellos, abrazándoles con fuerza, como podría. — ¡Yo también lo siento mucho, no sé por qué, pero quiero que me perdonen! —

Arruiné la bonita escena que ellos formaron, pero aquello conmovió mi corazón.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Novena parte, vigésima centésima historia.

— Y así es como fue mi genial Nochebuena, conseguí despertar alegría en esos corazones llenos de tristeza y depresión…—

Finalicé con una exagerada voz de narrador, intentándole terminar lo que les estaba contando a mis amigas como si fuera una verdadera epopeya.

— Hay que ser idiota…— Comentó Bonnie, quién estaba a mi lado, tapándose la cara de la vergüenza. — Siempre tienes que hacer alguna estupidez. —

— Pero lo que hice no fue una estupidez. Siempre dices lo mismo. — Eso me molestó muchísimo, hice una buena obra, no cometí ninguna tontería.

— Es verdad, ella estaba ayudando a otros a estar contentos. — Menos mal que Hermione me defendió.

— No es eso lo que quiero decir, está bien. — Soltó un gruñido. — Sino en el hecho de que ya había gastado un montón de dinero en la fiesta del día anterior y decides volver a gastar dinero en otra al día siguiente. Y ahora estamos aquí, esperando a que nos vayas a pedir un pequeño préstamo, porque no tienes ni un puto duro. — Y me lanzó una mirada incriminatoria.

— ¿¡Por qué piensas eso!? — Yo intenté defenderme, esquivando su mirada. — Yo sólo quería hablar de mis avances…— Pero no podría engañarla. Ella tenía razón. En cuestión de un momento, junte mis manos, cerré mis ojos y les grité esto:

— Lo siento mucho, pero no tengo ni para comer. Y no me atrevo a pedirles a mis padres dinero. — Estaba muy avergonzada de mí misma y me aterraba lo que podrían pensar ellos de mí si se enterrasen de eso.

Fui tan tonta que mi cartera quedó vacía, todo por haber pagado yo, sin pensar y sin dejar a Vicent que lo hiciera por mí, la cena de Nochebuena.

— Lo sabía…— Bonnie lanzó un fuerte suspiro.

Había pasado unos días desde que pasó la Nochebuena. Estábamos caminando hacia al karaoke, después de que me llamarán y me dijeron que iban a ir allí. Fue una oportunidad perfecta para intentar pedirles aquel favor, ya tenía la nevera casi vacía.

— ¡De ninguna manera! ¡Yo me acabo de arruinar por una nendo, no tengo dinero para prestarte! —

Hermione, muy nerviosa, movía las manos de un lado para otro para decirme que no me iba a prestar más. Eso me dolió, pero la comprendí. Las figuras es una adicción que arruina las billeteras de miles de fanáticos.

— El dinero no lo es todo en esta vida, hay muchas cosas más importantes…— Habló Boudicca. Luego, puso una mano sobre una de sus mejillas, con expresión de lamento, y añadió esto: — Además, yo tampoco tengo mucho para prestar. Me siento muy triste, no puedo ayudar a mis amigas…—

— ¡No mientas, sabandija! ¡Tú utilizas tres tarjetas de créditos! ¡Dinero te sobra! — Le replicó Bonnie.

— Pero todas están casi vacías…— Hizo otro gesto de lamentación, además de lanzar un fuerte suspiro. — Me gaste mucho dinero en comprarme cosas que necesito, como cremas para la piel y para el cabello. — Empezó a admirar su propia piel, observándola con una cara que parecía alabar lo hermoso que son sus poros. — Hay que proteger nuestro cuerpo como sea…— Las demás nos quedamos mirándola, sorprendidas. Nos preguntábamos cuánto gastaba en cosméticos Boudicca.

Entonces, sólo me quedaba una, así que se lo pedí al momento, antes de que ella utilizara alguna técnica para poder quitarse del medio.

— ¡Por favor, amiga, dame un poco de dinero! ¡Lo necesito para visto! ¡Confío en ti! —

Bonnie empezó a sudar, mirando a una amiga y otra, con la esperanza de que ellas se ofrecieran en su lugar. Boudicca y Hermione esquivaban su mirada, silbando como si no sabían del tema. Luego, me miró y observó la cara de cachorrito que le estaba poniendo con todas mis ganas. Al final, conseguí que ella me diera un pequeño préstamo.

Ya, en el karaoke, tras conseguir que Bonnie pagase por mí, empecé a preguntarme cosas sobre lo que estaba haciendo estos últimos meses.

— Por cierto, ¡¿estaré haciéndolo bien!? — Y se lo pregunté a mis amigas.

— ¿Sobre lo de esa gente depresiva y eso…? — Me preguntó Bonnie y yo le dije que sí. Hermione me respondió: — Pues, claro que sí…— Y Boudicca también comentó: — Vas por el camino correcto, guerrera…—

Aunque no entendía el porqué me estaba llamando guerrera. De todos modos, me sentía insatisfecha, como si no estaba esperando los resultados que quería.

— Aunque, siento que esto está yendo más lento de lo que pensaba…— Más o menos, esto era lo que pensaba. Me sentía como una tortuga, quería conseguir más pronto que tarde que todos ellos fueran abriendo sus corazones y fueran capaces liberar de la depresión de una vez. Estaba muy impaciente, no podría esperar al momento en que ellos fueron capaces de superar aquel problema gracias a mí.

— ¿¡Qué creías!? ¿¡Qué eso se soluciona en un par de semanas!? No, eso puede durar hasta años…— Me replicó muy dura Bonnie. Era algo que yo ya sabía muy bien.

— Ya, ya, pero creo que debería avanzar un poco más. Esto se está volviendo muy lento. — Agregué en voz baja. Ella podría tener razón, pero, como en la cocina, hay platos que se pueden hacer a fuego lento o muy rápido. Creía que esto podría ser lo mismo con ellos.

— Pues, entonces, ¡corre más rápido, Candy! ¡Sé igual de rápida que un lobo! — Comentó Boudicca, entonces. Bonnie la gritó, diciéndole que no me diera idea.

— ¿¡Pero, cómo!? — Pregunté algo confundida, no entendía muy bien lo que intentaba decirme, era muy abstracto.

— Escucha tu corazón, ¡y ahí hallarás la respuesta! —

— Eso es como no decir nada, Boudicca…— Le replicó Bonnie. Y la verdad es que tenía razón, no me ayudó nada. Es más, me dejo más confundida que antes.

— ¡No te adelantes, mujer! ¡Ya estás haciendo mucho, eres una buena chica! Ve a tu ritmo, Candy. — Intervino Hermione.

— No creo que yo sea tan buena chica…— Me sentí muy halagada por sus palabras, estaba roja. Dije eso para verme humilde.

— Lo eres. Después de todo, todas tenemos trabajo gracias a ti. —

— Oh, ¿hablas del hecho de meternos a todas en la empresa de su madrina sólo porque somos sus amigas? — Reí con mucho nerviosismo. No pude replicarla, porque era cierto. Mejor mantuve la boca callada.

— No lo digas de esa manera, suena muy mal…—  Protestó Hermione. — Es que sólo es el poder de la amistad… Sí, la amistad ha conseguido que hayamos tenido a una maravillosa amiga que nos ha dado trabajo para que no vivamos en la calle…— Ella alzó las manos como si estuviera haciendo un gesto de agradecimiento al cielo por haberme traído a mí. Yo le di la razón, la magia de la amistad existe, y es hermosa. Por otra parte, Bonnie le puso mala cara. Al mencionar eso, me hizo acordar de algo y se lo dije a las chicas al momento:

— Por cierto, no le digan nada a mi madrina de esto, ¡se va a poner como una furia si se entera que me he gastado todo el salario de un mes! — Si no fuera por ella, yo no estuviera actuando como actriz de doblaje. No me gustaría que se disgustara de mí después de conocer el hecho de que yo malgastaba el dinero que me daba.

Al volver a casa, tras tirarme de golpe contra mi cama, volví a pensar en aquello que les dije a las chicas.

— Supongo que debería ir tranquila, pero…— Hablaba en voz alta, mientras repasaba todo lo que estaba haciendo. — Tal vez debería forzar un poco más las cosas. Espera, “forzar” no suena muy agradable que digamos…—

Me pregunté por qué tenía tanta impaciencia, no es como si estuviera haciendo un trabajo ni nada parecido. Di un gran suspiro y miré mi móvil, al encontrarme con el calendario y ver que me quedaban pocos días, se me ocurrió algo:

— Bueno, supongo que en vez de adelantarme, debería aprovechar estas vacaciones de invierno con fuerzas para estrechar lazos con todos ellos. No tengo otra cosa que hacer. — Es difícil cambiar a unas personas con una vez o más a la semana. Enseguida se me vino a la cabeza a quién debía reunirme primero: —  Mañana visitaré a Karenina. —

Con esto en mente, me puse a releer algunos volúmenes de la Chica ardilla y me quedé dormida en el proceso.

Al día siguiente, me dirigí hacia su casa. La había avisado, preguntándole si podría llevarla a algún lado. Aceptó, aunque luego se puso a cuestionar mi decisión, diciéndome si estaba bien en que alguien como ella, deprimida y que nunca se ha divertido en su vida, saliera a la calle.

En ese plan, es normal que a cualquiera se le quitará las ganas de salir con ella. De todas formas, con recordarle que yo supuestamente también ese tipo de problemas, aunque me sentía muy mal recordar aquella mentira que les dije, de que yo también sufría depresión.

Al tocar el timbre, note como los tíos de Karenina salieron como cohetes para abrirme la puerta, las pisadas que dieron se oían como si veía un terremoto.

— ¡Bienvenida, Candy! — Gritaron, mientras me abrían la puerta y caían al suelo por lo bruscos que fueron. Yo me quedé boquiabierta, parecía como si ellos eran los que deseaban salir conmigo en vez de su sobrina.

— Hola, había…— Les iba a decir que vine por Karenina, pero me interrumpieron.

— ¡Ya, ya, lo sabemos! ¡Ella nos mando un mensaje diciéndonoslo! — Poniéndome el móvil en toda la cara, para que viese el mensaje.

Viene Candy, vamos a salir. No molesten.

Fue un mensaje bastante desagradable por parte de ella, me molesto que tratase así a sus tíos, pero me descolocó bastante la reacción que estos dos estaban teniendo.

— Sí, por primera vez, ella nos mando un mensaje por el móvil sin que nosotros se lo pidiésemos. — Estaban llorando de felicidad, como si le hubieran pasado un milagro. — ¡No me lo creo! ¡Esto debe ser un sueño! ¡Hay que comprobarlo! — Llegaron al punto de que empezaron a estirarse las mejillas con fuerza entre ellos dos.

Ver aquella escena me hizo preguntar cómo de mala era la comunicación entre Karenina y sus tíos para que estos actuasen de esa manera. A continuación, me dijeron que subiera yo a su cuarto, que ella seguía ahí, buscando ropa para salir. Iba a decirles que quería esperarla, pero ellos fueron tan obstinados que me arrastraron hacia las escaleras y me empujaban para subirla, diciéndome que entrara ahí  de una vez.

Al subir al segundo piso, me quedé mirando el pequeño pasillo que tenía delante de mis ojos. Había tres habitaciones y la del fondo ponía un letrero gracioso, con imágenes de flores y gatitos, escrito con una palabra en ruso.

No entendí nada, pero eso debía ser la habitación de Karenina. Ningún matrimonio ya anciano se pondría una cosa así en su puerta. Además, estaba escuchando murmullos y gritos desde ese lugar, ella debía estar ahí.

— Hola, Karenina. Soy Candy. — Pegué en la puerta. Se oyó un pequeño chillido. Luego, escuché su voz:

— H-hola, ¡¿puedes esperar un poco más…?! — Parecía bastante nerviosa. — Aún no sé que ponerme…—

— Eso es normal, ¡si quieres yo te ayudo, no tengo un buen sentido de la moda, pero seguro que seré útil! — Elegir la ropa era mucho más divertido que ponerme a esperar.

— Pero m-mi cuarto es un d-desastre…— Balbuceó ella. — No puedo enseñártelo así como así. —

— Bueno, no será como mi cuarto. Eso sí que es una pocilga. — Forcé una risa. Me pregunté si fue necesario decir eso, no quería que se imaginase mi casa como si fuera un establo.

Pero, gracias a esto, ella abrió la puerta, mirándome con miedo desde el otro lado, poniéndose el flequillo a un lado, muy avergonzada. — ¡V-vamos, entra! —

Su cuarto estaba hecho un desastre, había sacado la ropa de sus armarios y la había tirado por todas partes. Ella estaba en ropa interior, tapándose con vergüenza. Fui incapaz de mirarla, tenía cientos de heridas de cortes por todas las extremidades, sobre todo en las piernas. Las tenía destrozada. Parecía además un esqueleto, ese cuerpo no se veía nada sano. Karenina tenía una notable cara de preocupación.

— ¡La mía está mucho peor, no te preocupes! — Intenté tranquilizarla. Luego, me puse a buscar entre la ropa: — ¡Vamos a buscar algo que pueda servirte! —

Buscamos entre toda la ropa que tenía tirado por el suelo, pero todas estaban viejas y estropeadas, y le quedaban o muy grande o muy pequeño, incluso encontramos ropa de cuando era muy niña.

En fin, la poca que podría utilizar era la que utilizaba todos los días y ni esa estaba en buenas condiciones.

— Lo siento, la verdad es que desearía haber tenido buena ropa, pero es que nunca me sentido la necesidad de comprarme algo así. — Me dijo muy desanimada, cabizbaja. — De todos modos, no es como si me gusta salir ni nada parecido…— Parecía que le iba a entrar ganas de llorar. — Soy un desastre, debo haberlo arruinado todo. Perdón, nunca he salido de verdad con amigos y eso…— Actuaba como si hubiera hecho un crimen horrendo o algo parecido.

— ¡Tranquila, tranquila! — Agregué, aunque parecía que yo era la que estaba intranquila. — ¡Ya sé, vamos a comprar ropa, la que te queda mejor! ¡Vamos a reanimar tu armario! —

— ¡¿Reanimar!? — Me preguntó con una mueca de incomprensión. Aunque lo cierto es que ni yo misma le veía sentido a lo que dije.

A continuación, fuimos al centro comercial más cercano, a visitar tiendas de ropa. Estuvimos horas enteras buscando lo que más le quedaba mejor, a pesar de que ella aceptaba lo primero que le enseñaba. Más bien, era yo la que perdía el tiempo en encontrar un conjunto que pudiera congeniar con Karenina. Me era incapaz de controlarme, le hacía probar uno y después otro, para luego repetir el proceso. Parecía como si fuera una niña que no paraba de vestir y desvestir a su muñeca. Aún así, creo que ella se divirtió, porque le vi sonreír, aunque fuera un poquito. Era algo que me aliviaba, ya que creía que la estaba aburriendo o fastidiando.

Por otra parte, me di cuenta de que debía aprender a controlar mis gastos, o si no me iba a morir endeudada hasta el cuello.

— ¡Cuánta ropa! ¡Si sigo así, estaré seca de nuevo, Bonnie me va a matar…! — Añadí con un suspiro, mientras miraba la cartera con una mueca de miedo.

Habíamos terminado de comprar y estaba esperando a Karenina en las puertas de los servicios, aprovechando el momento para mirar mi cartera.   Al salir ella, empezamos a dar vueltas por el centro comercial sin rumbo fijo, no se nos ocurría nada, pero sentíamos que era muy pronto para volver a casa. Además, no me atrevía a invitarla a comer algo u otra cosa, tenía que agarrar el dinero que me quedaba como fuera hasta que llegara mi paga.

Tras pasar un buen rato en silencio, ella, por primera vez, inició una conversación: — Por cierto, m-muchas gracias…— Eso me dejó muy sorprendida. — E-esta ropa se ve muy b-bonita para u-usar…— Se le notaba algo feliz. — T-te devolveré el d-dinero y eso…— Miraba las bolsas con una expresión de agradecimiento.

— ¡No te preocupes, no te lo voy a pedir! Además, es un placer ayudarte a reanimar tu armario y eso…— Inflé el pecho de orgullo.

Ella se quedó preguntando qué si era correcto decir eso y luego agregó esto: — Pero c-cuando te dijeron lo que valía eso, parecía que casi te pusiste a llorar…—

— Bueno, dejando de lado eso, un día de estos volveremos a comprar ropa, y a hacer más cosas que no sea consumistas…— Le dije con todo el nerviosismo del mundo, haciendo gestos muy exagerados con las manos, intentando cambiar el tema.

— S-si quiero comprar ropa, te pediré a-ayuda. Yo no tengo buenos gustos, ni sé que ropa me queda bien, ni cómo hablar con las dependientas, ni cómo comportarme ahí, ni nada de nada…— Ella se entristeció al momento. — Creo que incluso todo el mundo me estaba mirando raro, como si les asqueaba mi presencia…— Un halo de negatividad se formó a su alrededor, con ella entrando ganas de llorar, imaginándose ciento de cosas que concordaban con la realidad.

Ahora que ella se había divertido, no podría dejar que su mente le arruina la buena experiencia, que creo que tuvo.

— ¡No pienses en esas cosas ahora, nadie nos miró raro, y si lo ha hecho es porque es un idiota! — Empecé a zarandearla, sin motivo alguno.

— ¡V-vale, vale! — Añadía, sorprendida por mi reacción.

Al volver el silencio, recordé lo que me motivó haber salido con Karenina y me forcé a mi misma a prepararme para hablar con ella. Abrí la boca y dije esto:

— Lo que te debió pasar tuvo que ser bastante horrible…— Pero me arrepentí al momento. — Ah, perdón, se me salió de repente, no quería hacerte recordar nada terrible…—

Me pregunté si fue muy pronto para mencionarle algo sobre aquello que seguramente le debió haber causado la depresión. Entonces, ella se detuvo de golpe, con el horror imprimido en toda su cara. Por cómo se veía, debía estar recordando cosas muy horribles. Me maldije, llamándome tonta por hacerle recordar. Aún así, Karenina fue capaz de controlarse.

— N-no importa. Yo s-siempre lo recuerdo. Incluso fuera en sueño…—

Di un fuerte suspiro al ver que pudo salir de ese presunto trance. Debería haberme callado, pero seguí hablando, creyendo que podría ir más lejos.

— Creo que tú podrías estar mucho mejor con apoyo. Tus tíos me tratan bastante bien, ellos piensan que alguien que sufre lo mismo que tú te ayudará a salir. Pero creo que si ellos te apoyarán, estarías mejor. — Eso sí, se lo decía con mucho miedo, temerosa de hacerle daño.

— M-me gustaría estar lejos de ellos…— Una mueca de rabia se asomó por su cara. — No son malas personas, pero…— Se agarró la chaqueta, tirándola con fuerzas hacia abajo.

— ¿¡Te hicieron algo malo!? — Tragué saliva, temblando como ella.

— No, realmente…— Respondió con sequedad.

— Entonces, ¿¡por qué!? — Seguramente sea porque debo ser idiota, pero no le encontraba sentido a eso. — Yo estaría muy agradecida de que ellos me dieran casa y comida. Además, se nota que están preocupados por ti…—

Recordé la felicidad que sintieron al verme, al ver que una amiga llegaba visitar a su sobrina y la sacaba de su miseria.

— No lo creo, ellos sólo quieren librarse de mí pronto o temprano. —

Eso no era lo que yo había visto. No se veían como personas que deseaban quitar a alguien molesto de su vida, sino una pareja que era incapaz de ayudar a un ser querido, pero le dolían el sufrimiento de éste.

Su negatividad no le mostraba cómo eran las cosas de verdad y eso me agobió al punto de que perdí un poco el control. Intenté controlarme, apretando los puños, diciéndome a mí misma que me tranquilizará, que la pobre no tenía la culpa de no darse cuenta de la situación:

— ¡Pues claro que no…! — Pero grité, lance un fuerte y sonoro grito, dejándola con la boca abierta. Me tape la boca y seguí hablando, controlando mi tono de voz. — Quiero decir, debieron haber tenido muchas oportunidades para librarse de ti y no lo hicieron. El hecho de cargar contigo es porque ellos…— Di una pausa, serenándome. —…quieren ayudarte. —

Ella miró al suelo con una cara llena de odio. — Pues llegaron muy tarde…— Luego de hablar en voz baja, gritó con furia. — ¡Cuando yo les pedí ayuda, ellos no me ayudaron, pasaron de mí! — Su cara estaba empapada de lágrimas, con una horrible expresión de sufrimiento. Metí la pata hasta el fondo. Karenina se dio la vuelta e iba a salir corriendo.

— Perdón, no quería haberte puesto así…— Pero yo, sintiéndome muy culpable, la detuve. — Es normal que te pongas así, debe ser muy doloroso. Así que lo siento mucho…— La tenía agarrada del brazo, creo que le hice un poco de daño.

Karenina me miró y se quedó así por unos segundos, con una cara que daba mucha lástima. Luego, se aferró a mí con fuerza y empezó a murmurar esto:

— Si ellos me hubieran ayudado, si ellos lo hubiera hecho. Yo, yo…—

Siguió balbuceando, dando lamentos y gimoteos, mientras me abrazada con fuerza y hundía su cabeza entre mi pecho.

Yo no pude reaccionar, sólo espere a que se tranquilizara, mientras veía con mucha vergüenza como todo el mundo que pasaba por nuestro lado nos veía con expresiones de aturdimiento y de desagrado. Yo intenté luchar para evitar imaginarme en las cosas horribles que estuvieran pensando de nosotras. No tenía que caer en la negatividad.

FIN DE LA NOVENA PARTE

 

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Sonrisas felices: Octava parte, vigésima centésima historia.

A la tarde del día siguiente, me pase por la casa de alguien antes de comenzar mi tarea. Mientras tartamudeaba aquella melodía de Peanuts, toqué el timbre y esperé a que abrieran la puerta.

— ¿Eres tú? ¿La única amiga de Darya? — Tras abrir la puerta, la pareja que me recibió se quedó muy sorprendidos. — ¿Qué haces aquí? —

Eran los tíos de Karenina y creo que se pasaron un poco al llamarme la única amiga de ella, aunque fuera cierto. Eso se oyó muy desolador y triste.

Con gran amabilidad y educación, me invitaron a entrar en la casa y nos fuimos al salón. Parecían muy emocionados, como si eran ellos los que yo quería visitar.

Al traerme el té, me preguntaron: — ¿Has venido a visitarla? —

— La verdad es que sí. Como iba a un lugar cerca de aquí, pensaba que sería una bueno oportunidad para molestarla. —

Entonces, ellos apoyaron sus manos contra las mesas de forma muy bruta y se me acercaron muchísimo a la cara:

— ¡Tú no molestas! — Me gritaban muy serios. — ¡Para nada! — Me dejaron muy aturdida. — ¡Siempre será bienvenida a esta casa! —

Boquiabierta, me quedé sin hablar. Tardé unos segundos en reaccionar:

— Oh, ¡vale! — Fue muy soso mi respuesta, pero fue lo único que pude decir.

A continuación, se disculparon por haberse comportado así y seguimos hablando:

— ¡¿Por cierto, qué vais a hacer en Nochebuena!? ¡¿Van a cenar con su familia o los tres juntos aquí!? —

La pareja se quedó en silencio de nuevo y tardaron en hablar. Se miraron el uno al otro y me respondieron bastante cortados:

— La verdad es que no tenemos relación con la familia…— Mostraron una expresión lleno de dolor. — Y así está mucho mejor…— Me pregunté seriamente qué había pasado en esa familia, parecía como si esa familia hubiera hecho un crimen o algo así.

Dieron una pausa y miraron hacia al techo. Luego, continuaron: — Y nosotros nos iremos a salir con unos amigos, ella se quedará aquí. —

— ¿¡También se niega a celebrar la Nochebuena con vosotros!? —  Añadí con lástima. Ellos movieron la cabeza afirmativamente.

—  Así es mejor…— Estaban mirando al suelo, con unos ojos llenos de culpabilidad. —  No tenemos el derecho a obligarla…—

Tragué saliva, evitaba muy fuerte imaginarme qué había pasado en esa maldita familia, pero no podría, empecé a pensar en cosas muy horribles. Me tuve que dar unos cuantos tortazos para detener mis pensamientos, ante la sorpresa de los tíos de Karenina, que me preguntaron qué me pasaba, algo preocupados:

—  No es nada. —  Les respondí muy nerviosa. Luego, tomé el té de golpe.  — ¿¡Ella está en su habitación!? ¡¿Ya sabe que estoy aquí!? —

Eso dije a pesar de que no vi a sus tíos a subir al segundo piso para avisarle de mi llegada. Ellos volvieron me respondieron que si con la cabeza, con una gran seguridad. Entonces, mi móvil sonó y miré, era un mensaje de Karenina.

— Sé que estas aquí desde que llegaste. Perdón por no recibirte, pero no quería bajar, lo siento mucho. — Repetí el mensaje en voz alta. Al momento, recibí este también:

No digas mis mensajes en voz alta, y menos delante de mis tíos.

Su mensaje incluyo  varios emoticonos de enfado, y puse una mueca de incomodidad. Miré hacia sus tíos y encogieron de hombros, como si hubieran adivinado lo que me lanzó su sobrina.

— Voy a visitarla, entonces. — Dije a continuación, mientras les señalaba hacia al techo.

Entonces, ellos se me acercaron y me dijeron en voz baja: — Si puedes, podrías llevártela a algún sitio para que no esté tan sola…— No me negué, es más, creo que fue una suerte para mí. Cuanta más gente, mejor.

Al ver las escaleras, la vi observando desde lo más alto de ellas, en cuatro patas, intentando ocultar su presencia. Ella se dio cuenta de esto y, muy roja, salió corriendo hacia su habitación. No me dio ni tiempo de saludarla.

A continuación, subí al segundo piso y vi su cabecita asomándose detrás de una puerta, que debía ser de su habitación. Con su mirada esquiva, con su cara roja por la vergüenza y temblando como un chihuahua, le dijo esto:

— P-perdón, no era mi intención estar espiando desde las escaleras…—

Yo sólo me acerqué a ella y le ofrecí mi mano, mientras añadía esto con una gran sonrisa:

— ¡Voy a hacer algo esta Nochebuena, ¿te gustaría acompañarte!? — Ella cogió mi mano al instante, moviendo su cabeza con timidez.

Tras eso, salimos de su casa y empezamos a dirigirnos a mi destino. Mientras yo me distraía viendo los copos de las nieves, Karenina, con cierta dificultad, me empezó a preguntar:

— ¿¡P-por, por cierto, a dónde v-vamos!? —

— A la casa de Vicent. —

— ¿Espera, has estado también en su casa? — Añadió muy sorprendida.

— Pues no, pero cuando supe que iba a pasarlo solo en Nochebuena, pues decidí acompañarlo. Aunque él se negó decirme su dirección. —

— Entonces, ¿cómo sabes dónde está su casa? — Le miré la cara por un momento, parecía estar algo confusa.

— Es un secreto…— Agregué, intentando mostrarme misteriosa. La verdad es que si se lo decía, pues me miraría muy mal. Aunque, igualmente, me lanzó una mirada de sospecha.

No tardamos en llegar a un edificio de cinco pisos, en donde el marrón y el rojo se mezclaban, lleno de balcones y rodeado por un pequeño jardín. Aunque estaba muy afeado, al compararlo con los chalets de su alrededor, seguía teniendo una buena imagen. Miré el número y luego mi móvil, y supe enseguida qué ese era el lugar en dónde estaba su casa.

— ¿D-de verdad, es aquí? — Me preguntó Karenina, llena de dudas.

— Eso espero. — Le dije, mientras entraba por la puerta, que estaba media abierta. — Puede que me equivoque. —

Ella me miró con mucha desconfianza, y era lo normal. Pero, aún así, hice un gesto para decirle que confiará en mí.

— ¿¡No vamos a tocar el timbre ni nada parecido!? — Me señaló los timbres y yo le respondí. — ¡Así no vamos a darle una sorpresa, mejor subiremos hasta su piso! — Ella dudó por un momento, pero me siguió.

Tras subir los tres pisos, cruzamos el pasillo de la izquierda y, al llegar a la última puerta, toqué el timbre. Pasaron unos cuantos minutos, hasta que se escuchó una voz que provenía del interior.

— ¡Aquí no hay nadie, seas quién seas! — Parece que le cogí un mal momento, por su tono de voz no se veía muy contento.

— Pero si estás ahí. — Dije aquella obviedad, mientras me preguntaba qué rayos quería decir con esa frase.

— Lo que quiero decir es que te marches de aquí, ¡no tengo ganas de perder el tiempo con un vendedor ambulante ni un testigo de Jehová! ¡Sobre todo con un testigo de Jehová! —

— No soy ninguna de las dos cosas, soy Candy. — Es la primera vez que me confundían por un testigo de Jehová, no sabía si sentirme indignada o no. De todos modos, fui directa al grano. — ¿¡Usted es Vicent, verdad!? —

A continuación, hubo un silencio qué duró casi un minuto o más. Karenina me movió con suavidad el hombro, para que girara hacia ella. Con sólo ver su mirada, supe qué me preguntaba si nos habíamos equivocado. Hice un gesto para señalarle que esperara un poquito.

Entonces, la puerta se abrió y Vicent sacó la cabeza. Con una cara perpleja, exclamó: — ¡De verdad eres tú! — Y la cerró de golpe.

— ¡Oye, no hagas eso, con todo el trabajo que me ha costado encontrar tu casa! — Aturdida, pegué en la puerta de nuevo. — Sólo quería que no pasara la Nochebuena en soledad. —

Entonces, él abrió la puerta y añadió, arrepentido: — Perdón, me has pillado desprevenido. Hace tantos meses que no había nadie que venía a visitarme que no he sabido cómo actuar. —

— No pasa nada, nada de nada. — Reí para ocultar el hecho de que me sentí muy herida por ver que me cerraron la puerta delante de mis narices.

Él miró hacia atrás y vio a Karenina, que se puso muy asustada al ver que era observaba. Yo añadí, intentando atraer la atención del señor mayor:

— ¿Los únicos que pegan en la puerta son vendedores ambulantes y testigos de Jehová? —

Asintió en silencio. Luego, añadió, con tristeza:

— Ah, mi hijo también viene de vez en cuando, pero ese mamarracho sólo viene para pedirme dinero. Así que no cuenta. —

Le quise decir que se contradecía, porque si le visitaba alguien. Aún así, lo ignoré. Él nos hizo un gesto para que nos metiéramos en su casa. Yo miré a Karenina y se le notaba en su cara que deseaba preguntarte qué teníamos que hacer. Yo moví la mano para que se adentrara dentro de la casa de Vicent y ella me obedeció sin rechistar, aunque con una cara llena de dudas y miedo.

Su piso parecía vacio, no había gran cosa, sólo lo imprescindible. Nos fuimos al salón, tras atravesar un pasillo corto y sin nada en él, sólo estaba una mesa de comedor, un sofá muy estropeado y una televisión sobre un pequeño armario. A pesar de todo, se divisaba por todas partes de la casa varias fotos, algunas parecían ser muy antiguas, otras muy nuevas. En todas ellas se veía una mujer, ya siendo en algunas muy jovencita, otras madura o muy vieja. En algunas de esas fotografías, se veía junto a un hombre y un niño. No había duda, eran fotos de la familia de Vicent, y la señora que aparecía en ellos debía ser su esposa.

Mientras estaba ocupada en observar aquellas fotos, él empezó a hablarme: — ¿¡En serio, quieres pasar este día, que debía ser para pasarlo con tu familia, con un vejestorio como yo!? — Lanzó un fuerte suspiro. — Yo me creí que era una broma lo que dijiste ayer, pero has aparecido y hasta has traído a Karenina. —

— Mi familia está en el continente, así que me será difícil visitarlos este año. — Apenas tenía mucho dinero ahorrado para poder ir al hogar de mis padres, era bastante caro.

— Pues yo, me ha invitado Candy. — Karenina intervino también, como si intentaba justificar su presencia. — L-la verdad es que siempre la paso sola en Nochebuena, es extraño que hoy no sea así. —

— Eso ya no va a pasar, ¡vamos a pasarlo bien! — Grité con toda mi alegría, dando un brinco. Estuve a punto de caerme, pero aguanté el equilibrio. Entonces, me di cuenta de algo: — Aunque deberíamos comprar cosas…—

No creía que Vicent tuviera comida preparada para nuestra cena, pero intenté comprobarlo, mirando la cocina, con su permiso. Y estaba vacío, apenas había nada.

— Debería haber comprado comida, pero lo de ayer fue demasiado…— Di un suspiro, y mire en mi cartera. Hice una mueca de molestia, apenas me quedaba dinero. Aún así, no iba a permitir que eso aguará nuestra pequeña fiesta: — Eso no importa, ¡comprare lo que pueda! —

Grité, mirando al techo, con la mano en el pecho. Y al momento, salí corriendo hacia la puerta. Karenina me siguió, como un patito a su mamá.

— Ya es muy tarde para eso, ¡confórmate para lo que hay! — Me gritó Vicent, pero no tenía tiempo para replicarle. Él también me siguió.

Fue peor de lo que imaginaba, perdimos dos horas de nuestras vidas, buscando una buena comida y barata para poder alimentarnos, algo que fue casi imposible. Volvimos agotados a la casa de Vicent.

— ¡Ha sido horrible…! ¡Las colas han sido eternas, y no quedaba nada, sólo estas tonterías! ¡Lo siento mucho…! — Me quejé, mientras me tiraba sobre el viejo sofá, que dio un fuerte crujido, y ponía las bolsas que traje en el suelo.

— Ya te lo dije… — Añadió Vicent.

— P-pero a mí me parece bien. — Karenina no parecía ser una persona de gustos muy refinados, así que se le salía la baba con lo que habíamos comprado.

Yo sólo gruñí como un gato e intenté dar la vuelta en el sofá, pero caí. Me dolió eso. De ahí, me levanté y empecé a sacar las cosas y dejarlas en la mesa, con ellos mirándome como abobados. Miré con detalle lo que habíamos podido comprar. Lechuga, atún, maíz, carne de pollo y cerdo a la mitad de precio, cacahuetes y algunas tonterías.

Estuve durante un buen rato dudando y pensando en qué podría hacer con todo aquello, poniendo todo tipo de caras raras.

— Yo creo que podemos hacer algo muy guay con esto…— En verdad, no tenía ni idea, pero pensé que seguramente se nos ocurriría algo mientras lo hacíamos. — ¡Vamos a preparar nuestra cena! — Me remangue las mangas, llena de entusiasmo.

— Pero yo hace milenios que no he cocinado…— Replicó Vicent, quién ponía una cara de no querer hacer nada. — Y-yo también. — Agregó Karenina, muy preocupada. Para darles un poco de confianza, tuve que sincerarme: — Yo sólo sé hacerme unos huevos fritos y algo más, pero, ¡no os preocupéis! ¡La práctica hace al maestro, yo, como senpai, os enseñaré todo lo que sé! —

Se quedaron algo aturdidos. Se miraron el uno a la otra, cómo si se preguntaba con la mirada qué dije yo.

— ¿¡Senpai!? ¡¿Qué es eso!? — Me preguntaron al unísono.

Al darme cuenta de lo que dije, me puse muy avergonzada. Agitando las manos como una idiota, les decía esto: — No es nada, nada, ¡ignoren eso! ¡Vamos a hacer nuestra comida! —

Y nos pusimos manos a la obra, aunque no nos salió tan bien como creía.

— ¡¿Cómo que no hay sal!? ¡Debe de estar en alguna parte! —

— Es verdad, se me acabo hace tiempo. — Me replicó Vicent, mientras se rascaba la cabeza.

Nos faltaban muchísimos ingredientes, algunos muy esenciales. Yo estaba sacándolo todo lo que había en la despensa y en el frigorífico de Vicent. La mitad ya había caducado hace semanas, meses e incluso años y no encontraba gran cosa ahí. Aún así, no nos rendimos.

— ¡¿Qué más le podemos echar a la ensalada!? — Karenina intentaba ayudar todo lo que podría, aunque era peor de torpe que yo. Me gritaba muy asustada, como si hacer aquello era cuestión de vida o muerte. — ¡Lo que sea, mujer, lo que sea! — Eso le replicaba, pensando que la única cosa que nos ayudaría sería experimentar. Ella empezó a meter lo primero que veía.

— ¿¡Por qué pones la carne en el microondas!? — Le decía a Vicent, al ver que iba a poner las carnes en — Tienes una hornilla eléctrica ahí mismo. — Se lo señalé, y parecía nueva, a pesar de estar llena de polvo.

Vicent también hacia cosas, aunque era igual de torpe que nosotras.

— Pero no sé cómo usarla…— Me replicó. Y luego, agregó: — Además, es un horno. —

Aunque creo que yo era mucho más torpe que él, al confundir un microondas con un horno.

— Entonces, se puede utilizar. — Reí nerviosamente.

De un modo u otro, pudimos preparar nuestra cena.

— Ahora que lo veo, parece algo muy decepcionante…—

A pesar de que nuestras barrigas nos gritaban desesperadamente que le diéramos comida, tampoco parecía muy apetecible.

— Aunque no sé yo si esto es comestible…— Añadió Vicent, mientras observaba un bol lleno de atún y de un arroz muy pegajoso, mezclado con mayonesa. Un experimento que ni yo misma deseaba probar.

— T-tengo miedo…— Karenina miraba con terror hacia nuestros platos, temblando como un flan. — Y s-si nos i-intoxicamos…—

— ¡Ya, ya, vamos a probar! ¡Seguro que nos ha salido bien! — Eso deseaba, porque hasta yo me daba cuenta de que no hicimos un buen trabajo.

Con miedo, cogimos nuestros tenedores y lo acercamos a lo primero que vimos, que fue nuestra ensalada. Al probarla, casi la escupimos. Había algo muy raro en ella.

— K-Karenina, ¿l-le has echado azúcar a u-una ensalada? — Tartamudeé, tras tragar saliva.

Al momento, ella me digo esto: — Lo siento mucho, ¡no era mi intención, te he defraudado! — Y empezó a llorar, tapándose la cara como si ella hubiera hecho algo horrible. Fue muy exagerado por su parte.

— ¡No llores, mujer! ¡No has hecho nada malo! — Y tuve que tranquilizarla.

— Habrá que comerse esto…— Balbuceó Vicent, ignorándonos, mientras se obligaba a comer nuestra comida.

Pues, al final, tuvimos que comerlo todo. No estaban tan mal, algunas cosas como la carne salieron decentes, otras no tanto. Después de eso, nos encendimos la televisión un poco, aunque no había gran cosa. Al poco tiempo, vi como Vicent salía a su pequeña terraza, a ponerse a mirar a la ciudad. Decidí aprovechar ese momento para poder hablar un poco más con él:

— ¡Oh, sí que hace fresco! — Con el abrigo puesto, salí a la terraza. Empecé a temblar de frio. — ¿¡No deberías estar dentro!? ¡Te vas a resfriar! — Estaba nevando.

— ¡Qué así sea, que llegué una enfermedad que me llevé pronto al otro mundo! — Apoyado sobre la barandilla, con una expresión llena de tristeza, agregó esto.

— ¡No digas eso! ¡¿No hay alguien de vosotros que no desea morirse, carajo!? — Le dije, algo molesta, inflando mis mejillas. Ya estaba un poco quemada por el hecho de que todos deseaban morirse pronto.

Él me miró por un momento y continuó hablando:

— En verdad, no tengo ninguno motivo para seguir viviendo. No hay nada qué tenga que hacer, y hace tiempo que me he vuelto un estorbo…— Agachó su mirada. — Además, en el otro lado, alguien debe estar… Da igual…— Cerró sus ojos, como si intentaba recordar algo.

Al momento, me di cuenta a qué se refería y, sin pensar, le dije esto:

— Su esposa, ¡¿verdad!? —

— Sí, algo así. — Se quedó un poco sorprendido, como si yo fuera tan tonta de que no haberme dado cuenta de eso. — Con ella, los días eran muy llevaderos, era una mujer muy aplicada y bastante atenta. Le encantaba muchísimo el teatro, siempre quiso ser actriz, pero la cosa no le fue muy bien. A pesar de todo, no se arrepintió, me decía que elegirme fue lo mejor que pudo hacer. Fue la única persona que siempre creyó en mí. —

Dio una pequeña pausa. Luego siguió hablando: — Cuando murió, es como si algo de mí se hubiera muerto. Ya ni me acuerdo, ¿cuánto fue? ¿Dos? ¿Tres años? — Sonreía con una expresión llena de nostalgia, mirando al cielo, como si estuviera buscando a su esposa entre las estrellas.

Yo no supe qué decir, le miraba entristecida, deje que él siguiera contándome cosas:

— Esta casa se volvió silenciosa y gris. Mi hijo, la única familia que tengo, es un malnacido. Está esperando a que muera para coger su presunta herencia, aunque lo ha intentando conmigo vivo. Si yo no fuera tan listo, me hubiera mandado a una residencia, vendido esta casa y gastado mis ahorros. —

Arqueó las cejas y dio un fuerte suspiro, como si le dolía recordarlo.

— Eso es muy feo…— Añadí, muy indignada. Aún así, tuve una duda: — Aunque, si su hijo sólo espera su muerte, ¿por qué te mando a nosotros? —

— Si me metió a ese club de auto-ayuda era solamente porque se lo obligó el médico, nada más. Él que me mando fue el psicólogo, quién me dijo que tenía depresión. — Lanzó un gruñido. — Es bastante pesado y no deja de interrogarme. —

Él, entonces, se giró y entró en la casa. Pero se detuvo por un momento, para decirme esto: — Pero la verdad es que ha sido bastante entretenido estar contigo y la otra chica. Causáis tantos problemas que uno se le olvida estar triste. — Me miró de reojo, algo avergonzado. Después de dudar por un momento, añadió en voz baja. — Muchas gracias. —

Me di cuenta de que lo necesitaba Vicent, él sólo necesitaba pasar un rato con otras personas, huir de su soledad. Con esto en mente, finalicé nuestra conversación con estas palabras:

— ¡Cuando te sientas solo, podemos acompañarte un rato en tu casa contigo! ¡Aunque tengo una agenda muy apretada, intentaré darte un hueco para visitarte! — Se lo dije con toda mi sinceridad.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Séptima parte, vigésima centésima historia.

Como el siguiente sábado era la antesala a la Nochebuena, pues me llené de espíritu navideño, viendo todos los grandes especiales que le dedicaron la animación, y preparándome muy bien para poder contagiarles la felicidad navideña a ellos. Me gasté una gran parte de mi salario en comprar artículos y regalos para hacer de esto una experiencia única.

Aunque creo que me dejé llevar por la emoción, acumulé tantas cosas que tuve que pedir ayuda.

— ¡Maldita desgraciada, me engañaste! ¡Tiraste mi día fantástico por la borda sólo para que te lleve tus mierdas al ayuntamiento! —

Le pedí a Bonnie que me ayudara a llevar las cosas al lugar del grupo, aunque, conociéndola, tuve que recurrir a ciertos trucos para impedir que se negara. Lo conseguí, pero lo malo es que tenía que soportar sus interminables quejas.

— Es que necesitaba ayuda, llevar dos cajas desde mi casa hasta aquí era imposible para mí. Además te lo pagaré muy bien, tendrás un fantástico regalo de mi parte. —

— Eso espero, o te tiro esta caja a la cabeza si no me compras aquella dakimakura de Kirei Kotomine…— Le salían babas y tenía la mirada pérdida, ponía una cara espantosa, típica de un viejo verde.

— Babosa…— Agregué en voz baja, mientras miraba a mi amiga con reprobación, sólo por unos segundos, para que no se diera cuenta.

— ¿Has dicho algo? — Pero no lo conseguí. Con muchísimo nerviosismo, le respondía que no había dicho nada.

Luego, ella siguió quejándose: — ¿¡Y por qué tengo que vestir así!? ¡No vamos a un espectáculo para niños, por el amor de Dios! —

— Los ayudantes de Santa no se quejan tanto, ¡aprende de ellos! — Le replicaba con una gran alegría navideña.

— A veces creo que me odias…— Lanzó un fuerte suspiro.

Yo iba disfrazada de Papá Noel, porque una fiesta de navidad con él es imposible realizar. Y alguien tenía que hacer el papel de un ayudante de Santa Claus, por desgracia le toco a Bonnie, quién iba llevando un traje de reno. Los renos son unos ayudantes más, ¡no los podría dejar de lado!

Al llegar, abrí la puerta de golpe, lanzando mi mejor grito navideño:

— ¡Ho, ho, ho! ¡Feliz Navidad a todos! ¡Aquí estamos a repetir felicidad para todos! ¡Ho, ho, ho! —

Les dejé muy sorprendidos, creo que demasiado. Parecía que casi le iban a dar algo. Tardaron un poco en recuperarse del susto y decirme esto:

— ¿¡Eres Candy!? ¡¿Por qué vas vestida así!? — Me gritó Harry, con una mueca de extrañeza.

— Pero si hoy no es navidad…— Añadió, con su típica timidez, Karenina.

Yo me fui a la mesa y dejé mi caja, mientras les replicaba:

— Casi lo es, mujer. Hoy va a ser navidad adelantada. —

Todos se quedaron mirándome por unos segundos, embobados. Luego, me di cuenta de que Bonnie seguía en la puerta:

— ¡Vamos, Rudolf, entra! —

— ¡Yo mejor me iría! — Ella entró, con una expresión llena de incomodidad, y dejó la caja que llevaba en la mesa. Luego, intentó salir corriendo de allí: — ¡Y no me llamo así! ¡Hasta luego! — Tuve que detenerla.

— ¡No te vayas aún! ¡Saluda al grupo y quédate una hora con nosotros! — Le cogí del brazo con una mano y con la otra le señalaba hacia los integrantes del grupo de autoayuda.

— ¿Es amiga tuya? — Entonces, Adeline intervino.

— Pues sí. —

— Si quieres que se quede un rato, no te lo impido. Aunque no recuerdo si debería hacer eso o no. — Se calló por unos segundos, algo pensativa. Luego, sólo añadió esto: — Da igual…—

— Yo mejor me marcho…— Aún así, Bonnie intentaba librarse de mí.

— ¡Vamos, mujer, no tienes otras cosas que hacer! —

Entonces, ella, al ver que no se podría liberar de mi mano, se acercó a mí y me dijo esto al oído:

— Yo no dije nada de quedarme, aunque tuve que haberme dado cuenta desde que me obligaste a ponerme esto. — Me los señaló por un momento. — ¡¿Y no ves el ambiente que hay dentro, quieres que me deprima!? —

Todo el grupo siguió a lo suyo y se sentaron en las sillas, mirando cabizbajos al suelo, dando parecen que estaban más muertos que vivos. No podría negar que el ambiente de la sala deprimía un montón.

— Por eso mismo he traído todo esto, ¡y te he pedido ayuda! ¡Por favor, ayúdame a que esta pobre gente se lo pase bien! — Junté mis manos y puse una cara de cachorrito, para dejarla claro que necesitaba su ayuda como fuera.

Ella se quedó mirándome por unos cuantos segundos, con ganas de matarme. Luego, soltó un gran suspiro y me dijo esto: — ¡Vale, vale! ¡Te ayudo, maldita manipuladora! — Gruñó, mientras se iba a la mesa y empecé a sacar cosas de las cajas, de forma muy brusca, mientras se veía en su rostro puro enfado.

— ¡Muchas gracias, eres una amiga increíble! — Me miró y arqueó las cejas. Y yo me acerqué a ella y le di un gran abrazo.

— ¡Suéltame, no quiero tus abrazos! — Me gritaba con todas sus fuerzas, mientras intentaba liberarse de mí, pateando como si fuera una niña pequeña. — ¡No soy un oso de peluche! —

— ¡Siempre, siempre quejándote y enfadada, pero, aún así, eres mi querida amiga!  — En el fondo, no es más que una chica tímida que no sabe cómo actuar ante los demás, salvo estar amargada.

Entonces, sentí como me tiraban de la manga. Era Karenina, quién se levantó de la silla.

— Y-yo también quiero…— Esquivaba mi miraba, mientras me decía esto con muchísima timidez. Por supuesto, no me negué. Bonnie respiró tranquila. Mientras tanto, los demás no pudieron evitar ver el espectáculo que estaba haciendo y comenzaron a comentarlo.

— Me compadezco de esa muchacha, esa cría de Candy es un huracán…— Ignoré ese comentario que hizo Harry de mí.

— Se ve muy animada…— Añadió sin apenas expresión Adeline.

Vicent fue el único que no habló, pero me miraba fijamente con una expresión agridulce.

A continuación, cogí la campanita que llevaba en el cuello de Bonnie y empecé a moverlo, todo lo más fuerte y posible para que fuera lo más sonoro posible.

— ¡Ho, ho, ho, ahora vamos a hacer los preparativos para nuestra gran fiesta de navidad, ho, ho, ho! — A continuación, grité esto con gran euforia, con todas mis fuerzas. — ¡A sacarlo todo, va a ser una gran fiesta! —

Aunque Bonnie y yo fuimos las únicas que preparamos en condiciones la sala, porque ellos ni intentaban mostrar esfuerzo alguno.

— ¡Vamos, animar vuestros cuerpos, la navidad ya está aquí! — Yo intentaba hacer todo lo posible para hacer que el ambiente fuera festivo y feliz, por eso no lanzaba de dar gritos de ánimos y cantaba sin parar villancicos. Aún así, la negatividad del grupo me superaba.

Ellos estaban sobre la mesa plegable que cogí sin permiso de la sala de al lado. Algunos miraba a la comida sin ganas de probar bocado, otros comían de vez en cuando para matar el tiempo. Y todos estaban cabizbajos y lo único que hacían era levantar el puño en alto, agregando alguna palabra de una forma muy forzada y desanimada. No paraba de suspirar, al ver que no estaba consiguiendo gran cosa.

— Esto no está funcionando, Santa Claus se deprimiría al instante si lo viera…— Me decía en voz baja, mientras me daba cuenta de gritar y cantar no servía de mucho, y como no tenía ni idea, le hablé a Bonnie: — ¡Rudolf, ayuda! —

Lo peor de todo es que ella también sucumbió a la desesperación.

— No me llames así, o si no…— Eso me lo decía sin apenas energías, cabizbaja, con una mirada desoladora. — Da igual…— Se había vuelto una más del grupo.

— ¡Rudolf! — Solté su nombre como reacción. Luego, lo grité, como si la hubiera perdido para siempre. — ¡¿Rudolf!? —

Cerré los ojos, no era capaz de mirar así. Luego, apreté mi puño con fuerzas y le hice un juramento:

— Tu caída no será en vano, conseguiré que todo el mundo se lo pase bien este día, ¡en tu honor! — Sólo faltaba soltar unas lagrimitas para que quedará más dramático. Pero creo que quedó muy bien.

— No tengo ganas ni de enfadarme…— Agrego Bonnie.

Hacer la payasa me lleno de fuerzas, ahora era capaz de enfrentarme a aquel ambiente y derrotarlo.

— Esperen un momento, que tengo que hacer algo…— Salí tan rápido del lugar como lo dije y no me dijeron nada. Volví en cuestión de pocos minutos.

— ¡He vuelto! — Eso decía, mientras dejaba lugar para lo que había cogido.

— ¿¡De dónde has sacado!? — Me preguntaba Bonnie muy intrigada, mientras veía que ponía varios juegos de mesa.

— ¡De al lado! — No le dije que lo cogí sin permiso. — ¡Pero, eso no importa, vamos a jugar! — Y los obligué a todos a participar.

Y así es como pasamos el resto del tiempo jugando. Empezamos por las cartas, luego con el monopoly y unos cuantos más que ya ni me acuerdo. Intentaba hacer todo lo posible para que participasen y pudieran sentirse cómodos, hacer las partidas muy llevaderas. Así que tuve que ponerme en mi modo “superpayasa” y no dejaba de soltar tonterías y parodias cosas de anime y de comics, aunque ellos no entendían apenas nada. También le sacaba de casillas a Bonnie y a Harry, ayudaba a Karerina en todo lo que pudiera a costa de perder una y otra vez. Aunque el problema eran Vicent y Adeline, apenas había tratado con ellos así que no sabía qué hacer para que se sintieran bien conmigo y los demás.

— No lloren por mí, ya estoy muerta. — Gritaba como idiota, sobreactuando, poniendo la típica pose de cuando una dama se iba a desmayar, mientras veía que había perdido la partida de nuevo.

— ¡Qué ganas tengo de darte un guantazo ahora mismo, Candy! — La cara de Bonnie era todo un poema.

— ¡No seas cruel, la violencia no resuelve nada! — Le repliqué a Bonnie, mientras le sacaba la lengua y me daba un pequeño toquecito en la cabeza.

— Tienes razón. Ella seguirá hablando después de eso, ¡mejor le tapamos la boca! — Intervino Harry con una expresión burlona. Bonnie asintió con la cabeza.

Me quedé sorprendida como estos dos empezaron a hablarse entre ellos cuando se trataba de meterse conmigo, está bien, aunque me gustaría que fuera de otra manera.

— Karenina, ¡protégeme! Estos dos me quieren hacer cosas horribles…—

— ¿¡Yo!? — Dio un gesto de asombro. — Pues no sé cómo…. — Por su cara, parecía que se lo tomó en serio y estaba temblando, parecía que ella era de esas personas que apenas entendía las bromas.

— ¡No te preocupes, a mi lado estarás a salvo! — Al verla tan asustada e indefensa, me contradije.

— ¿¡P-pero no eras tú la que quiere que te proteja!? — Y sólo conseguí confundirla. Tanto Harry como Bonnie echaron en cara mi contradicción, mientras yo decía, entre risas, que me había equivocado.

Luego, me dirigí hacia a aquellos dos: — ¿Y a vosotros cómo os va? —

Eran los únicos que no hablaban, así que estaba preocupada por si no se lo estaban pasando bien.

— ¿Es sobre el juego? — Me preguntó Adeline. Ella parecía tener la mirada pérdida, como si estuviera concentrada en sus cosas. Cuando le pregunté, volvió a la tierra.

— Yo estoy ganando. Parece que hoy estoy teniendo buena racha. — Por otra parte, Vicent me habló con una sonrisa agridulce. Como él no había comentado nada, pues pensaba que no se sentía cómodo. Al parecer, una parte de él lo estaba disfrutando. Luego, él agregó esto:

— A pesar de que te dijimos de que no hicieras más actividades, tú no has hecho ni puto caso. — Dio un suspiro de exasperación. No supe qué decirle, sentía que de nuevo me iban a regañar.

Y entonces, agregó esto: — Aunque esto no está tan mal. — Aunque apenas se le notaba, pude ver que estaba algo feliz. O eso pensé.

Me di cuenta de que la única que era incapaz de disfrutarlo de aquel momento era Adeline, no dejaba de suspirar y estar cabizbaja, su rostro no dejaba de decir que deseaba terminar esto lo más pronto posible. Intenté hablar con ella, pero Karenina, Bonnie y Harry me hablaron y no encontré un buen momento.

A pesar de todo, me lo pase muy bien y casi todo el mundo disfruto de mi pequeña fiesta, se le olvidaron por un momento de que estaban sufriendo por una enfermedad metal. Bueno, a mí se me olvido.

Al terminar, yo y Bonnie, aún disfrazadas, salimos del ayuntamiento, mientras anochecía.

— ¡Por fin hemos terminado! — Gritó con una expresión de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima. — Pensaba que iba a caer en la depresión, ¡no me lleves ahí otra vez o te daré una paliza gitana! —

— Pero si lo hemos pasado muy bien, hasta tú. — Ella se rió. — Es verdad, ¡reconócelo! — Yo le vi sonreír, sólo cuando me estaba molestando.

Mientras Bonnie, la muy testaruda, no dejaba de negar el hecho de que ella disfruto también de mi fiesta, me di cuenta de que Adeline estaba cerca de nosotras, alejándose en dirección opuesta a nosotras.

— Bueno, no todos, Adeline no lo disfruto…— Agregué en voz baja.

De repente, dejé la caja que llevaba en el suelo. Salí corriendo, mientras le decía a mi amiga: — ¡Cuida la caja! —

— ¡¿Adónde vas ahora!? — Me gritó algo malhumorada, pero no tuve tiempo para poder responderle. Tenía que alcanzarla.

— Adeline, ¡Adeline! — Le grité su nombre a pleno pulmón. Y como era obvio, ella miró hacia mí.

— Ah, eres tú…— Lo dijo de una forma tan desanimado que me dolió un poco.

— ¿Lo pasaste bien en la fiesta? — Ni me di tiempo a recuperarme, le pregunté esto tan rápido como pude. — Dímelo, ¡sé sincera! —

Ella se quedó mirándome, algo aturdida. Después de unos cuantos segundos, volvió a hablar:

— ¿Ser sincera? — Se aclaró la garganta, con la mirada esquiva. Luego, cerró los ojos por un momento y añadió con toda su sinceridad: — La verdad es que no…—

Oír aquello, aún cuando ya lo sabía, me hizo sentir algo frustrada. Baje los hombros y la cabeza, y agregué:

— Lo siento, yo quería que todos se divirtieran…— Apreté los puños con mucha fuerza. — Que sólo una persona no lo haya hecho es un fracaso. —

Intenté consolarme, decirme a mí mismo que había conseguido un gran logro, a pesar de todo; que no debía sentirme tan frustrada.

— En verdad,…— Continuó hablando, con dolor en sus ojos. — Estaba rabiando de envidia. — Me miró de una forma que no supe entrever si era de hostilidad u otra cosa.

— ¿Rabiando de envidia? — Repetí como un loro, algo confundida. Me preguntaba a mí misma cómo podría ella tener envidia de alguien como yo.

— Soy incapaz de expresarlo, pero lo intentaré. — Se calló y empezó a expulsar e inspirar aire, como si se estaba preparando para lo que iba a decir a continuación. — Sí, sentía asco por mí mientras te veía esforzándote por hacer sentir bien a los demás. No me podría explicar cómo ellos eran contagiados por esa supuesta alegría que intentabas traer y yo no era capaz de sentir nada. Ni deseos a unirme a la conversación o a disfrutar de aquello. Me era incapaz de comprender por qué te motivabas tanto por hacernos olvidar nuestras penas, aún cuando eres como nosotros. Y sobre todo, aún cuando tú intentabas hacer que me uniera, no sabía cómo reaccionar. Lo único que pensaba era por qué yo no podría hacer lo mismo que tú… —

Parecía que mi cabeza hizo boom, apenas entendí ni una palabra de lo que dijo. No entendía, ¿ella estaba envidiándome por qué yo les estaba ayudado a sentirse bien o era por mi supuesta alegría? Quise preguntárselo, pero no me dio tiempo.

— Perdón, creo que me explicado de más. — Ella se quedó muy sorprendida. — Esto es anormal en mí. — Y luego salió corriendo. Yo intenté seguirla, con ganas de seguir hablando, pero alguien me detuvo, agarrándome del brazo:

— ¡Déjala, ella se siente muy incómoda! — Giré la cabeza hacia atrás y vi que era Vicent. Eso me dejó muy sorprendida.

Miré hacia Adeline, pero ya desapareció de mi vista. Luego, miré hacia Vicent y me quedé pensando:

— Es verdad…— Le di la razón, ella se puso muy nerviosa después de decir aquellas palabras. — Pero… — No pude terminar la frase, me quedé en blanco. Lo que quería expresar, se me olvido de golpe.

— Muchacha…— Vicent me habló como si lanzaba un consejo a su nieto. — Espera un poco más, aún no podemos ser sinceros entre nosotros. —

No supe qué decir. Él tenía razón, pero aquella frustración no desaparecía.

— Ya has hecho mucho por hoy. — Y parece ser que lo notó, así que continuó. — No sé cómo, pero has conseguido que me haya divertido tras tantos años. Ha pasado hace tiempo que ya no lo podría reconocer. — Agregó con amargura: — Supongo que, de alguna manera, así sobrellevó mejor esta Nochebuena en total soledad. —

Eso me dejo en shock. Le pregunté muy aturdida:

— Espera, ¿no la va a pasar con sus hijos y nietos? —

— No, siempre lo pasó solo. Ni mi hijo se dign…— Se calló al momento, con una expresión de tristeza y dolor.

Me puse tan triste, no había nada peor que estar sin nadie más en una fecha en dónde lo importancia era estar con los demás. Era algo que ya estaba experimentado desde que me fui a Shelijonia y soy incapaz de ir a visitar a mi familia en días especiales y era horrible.

Pero una cosa es que yo soy joven y lo podría tolerar, pero no lo debía hacer una persona mayor. Estaba tan indignada que le cogí de las manos y le grité con todas mis fuerzas, llena de furia esto:

— Eso no se puede hacer, ¡es una crueldad que un anciano esté solo en Nochebuena! — Y al momento, decidí lo que iba a hacer el día siguiente.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

 

 

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