Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Primera parte, centésima vigésima historia.

Saludos, mis queridos lectores, perdón por haber abandonado el blog por largo tiempo, pero es que, en los últimos meses, he vivido de todo en Shelijonia. Como si estuviera en una serie de televisión, he estado en un montón de aventuras que serían dignas de aparecer en la pantalla chica o grande. Bueno, por eso intentó hablarle de las cosas curiosas que me han pasado a los guionistas de “La chica y el reino de los conejos”, por si les dan inspiración. Siempre me dicen que soy una pesada, pero al final cogen algunas de mis experiencias, que han enriquecido nuestro trabajo.

Quiero hablar de una que me paso hace meses, aunque ésta no me ha sido nada agradable. En cierta manera, es triste. Demasiado para mí, aunque ha habido cosas buenas y malas. El final no termina tan mal, pero no es feliz. No sé cómo sentirme, la verdad…

Paré de escribir, empuje la silla de ruedas en dónde estaba sentada hacia atrás, hasta chocar contra la cama; y miré el techo de mi habitación con un gran desánimo y muy pensativa. Estaba reflexionando en todo lo que me había vivido en los últimos meses, en cómo la vida llegaba a ser muy injusta y llena de desgracias, y a la vez podría estar llenar de felicidad y alegría; de cómo habían personas que son muy felices y otras ahogarse en un mar de desesperación, y de cómo las cosas buenas y malas se mezclaban tanto que al final no sabía cuál era lo bueno y lo malo. Todo esto que se me vino a la cabeza, era demasiado profundo para mí, muy difícil de entender.

Después de ver lo que le ocurrió a Grace Cook primero y luego a Nehru, me puse a recordar sobre unos acontecimientos que sufrí anteriormente y que había ignorado hasta ahora. Era incapaz de enfrentarme a esa vivencia, era como observar un abismo. Y lo intenté, en plena madrugada me puse sobre el ordenador y quise contarles toda aquella odisea a mis lectores del blog. Pero al ponerme a escribir, se me quitaron las ganas.

¿¡Qué tiene sentido qué les cuente una historia con un final muy poco alegre, cuando de esto ya está lleno el mundo real!?

No creo que sea eso, sino el hecho de que no conseguí el final bonito que deseaba. Las ficciones están llenas de ella, ¿¡por qué no dejar que pasará una, aunque fuera una, en la vida real!?

Creo, con todas mis fuerzas, que hay muchas historias con finales felices en nuestro mundo real, pero no parece ser suficiente.

No pude aguantar más, solté un grito de frustración, antes de tirarme a la cama y esconder mi cabeza bajo mi almohada, solo para seguir chillando. Ya me olvidé de que tenía que terminar una entrada para mi blog y de que el ordenador seguía encendido.

Luego, tuve que obligarme rememorar los hechos, todo lo que mi memoria me permitió, imaginándolo como si fuera una especie de comic, con un estilo realista, deprimente y de los años noventa, por la nostalgia.

Bueno, sin más retraso, voy a seguir escribiendo mientras me sumerjo en mis propios recuerdos.

En el primer sábado de noviembre, yo me dirigía muy feliz hacia al ayuntamiento de la ciudad, deseosa de empezar mi primer día de un pequeño curso que elegí hacia poco. Estaba tan eufórica que cantaba, en voz baja, esto:

¡Vamos a coser!

¡Vamos a aprender!

¡La ignorancia tiene que perder,

porque tengo cosplays que hacer!

Bueno, no puedo negar que rimar se me da fatal, pero, en fin, eso era lo yo decía. Me había apuntado a un curso que se hacía llamar “Las sonrisas felices” y que era para aprender a coser. Además el nombre que le pusieron muy lindo, por mucho que mis amigas me dijeran que era lo más cursi que habían oído. Me encontré el panfleto mientras yo y mis compañeras de trabajo estábamos celebrando a lo grande nuestros éxitos, y fui directa al primer día laboral hacia al ayuntamiento para inscribirme.

Al llegar al ayuntamiento, que me recordaba demasiado al City Hall de la ciudad de Los Ángeles, entré y empecé a saludar a todos los que estaban, que me devolvían el saludo con muy pocas ganas. Después de preguntarle al señor del mostrador en dónde pusieron la clase que quería hacer, salí disparada hacía allí.

Tras subir unos dos pisos, llegué ante la puerta. Habían pegado un papel en dónde confirmaba que ese era el lugar. Pero había algo extraño:

— ¿¡Grupo de auto-ayuda “Sonrisas Felices”!? — Arqueé un poco las cejas, no había visto eso en el panfleto.

Me puse algo pensativa, intentando buscarle una explicación. Lo que pensé fue que tal vez el coser y hacer ropa ayudaba a relajar o algo parecido. Con esto en mente, abrí la puerta y lo que me encontré era algo muy distinto a lo que esperaba.

Había unas tres personas ahí dentro, sentados en unas sillas que hacían un círculo en el centro del lugar, y no parecían tener muy buena cara. Es más, de ellos provenía una atmósfera muy negativa, miraban cabizbajos al suelo, con rostros muy tristes y que dejaban claro que habían perdido la ilusión de vivir. De verdad, parecían unos muertos vivientes, yo no veía ni sonrisas ni felicidad ni nada parecido.

Al ver que la puerta se abrió, me miraron por un momento y luego volvieron a mirar cabizbajos al suelo.

Tardé unos segundos en medio de la puerta, preguntándome si realmente esto era el lugar en dónde estaba mi pequeño curso. Entré y decidí preguntarles:

— ¿¡Aquí es dónde se encuentra el curso de las sonrisas felices!? —

Me miraron de nuevo y se quedaron así, como si estuvieran esperando que uno de ellos me háblense. Al final, uno de ellos tuvo que hacerlo:

— Sí. — Era la respuesta del más anciano de todos, calvo y con apariencia de jubilarse pronto. Lo dijo con un fuerte hastío.

Incapaz de comprender la enorme tristeza y apatía de mis compañeros de curso, decidí conversar con ellos, con la esperanza de poder rebajar aquella horrible atmósfera.

— ¿¡Entonces, aquí es dónde vamos a aprender a coser, no!? ¡Me muero de ganas por empezar! — Añadí con un tono muy alegre.

Con los rostros perplejos, me miraron de nuevo. Parecía como si ellos se estuvieran preguntando qué estaba diciendo aquella chalada.

— Aquí no cosemos. — Tras varios segundos después, una muchacha joven, más menor que yo; me respondió.

Entonces, fui yo la que estaba consternada.

— ¡Pero este curso es sobre eso, yo lo leí! — Enfaticé.

— Pues aquí hacemos…— Un hombre de mediana edad intentó decirme algo, pero se cansó a la mitad. — Da igual…— Actuaba como si no tenía ganas de seguir hablando.

— Es un grupo de auto-ayuda. — Así que otra persona tuvo que hacerlo en su lugar.

— ¿¡Auto-ayuda!? — Di un gran sobresalto. Luego, con miedo, añadí esto: — ¿¡De qué, exactamente!? —

— Depresión. — Lo dijeron de forma tajante.

Casi di un grito de horror, tapándome la boca al momento. Estaba en shock, no me podría creer que había acabado en un lugar así. Ahora que lo sabía, ya podrían comprender el ambiente depresivo que invadía aquel lugar.

— Oh, ya veo…— Empecé a reír de forma muy nerviosa. — Sí, se nota que un lugar de auto-ayuda. —

A continuación, me pregunté cómo podría salir de este embrollo. Sería muy desagradable por mi parte salir de ahí al momento. Podría hundirlos aún más de lo que estaban, haciéndoles creer que yo no quería saber de ellos o algo así. Pero me sentía muy incómoda ahí dentro, el ambiente del lugar me estaba ahogando.

No sé qué cara estaba poniendo, pero ellos se me quedaron mirando con expresiones de extrañeza, aunque fue por unos segundos. Después, cada uno fue a por su lado. Y yo, creyendo que iban a pensar mal de mí, decidí hablarles un poco, para poder romper el hielo.

— Por cierto, compañeros…— A lo primero, intenté presentarme, aunque tardé bastante. — Soy Candy Chiu, ¡buenos días a todos! —

Se me hizo muy difícil presentarme, no quería hacerlo de una forma tan enérgica, porque sentía que se iban a molestar; pero tampoco quería hacerlo de una forma tan seca.

La reacción que vi fue por parte de ellos fue desolador, les costó decirme hola, y lo hicieron con una desmotivación y desagrado, que me pregunté si les estaba cayendo mal.

Al ver que no conseguía nada con eso, decidí cambiar de estrategia. Decidí hablarles uno a uno, a ver si así podría romper aquella maldita atmósfera. Sin pensarlo ni un momento, me dirigí hacia la chica que parecía mucho menor que yo. Imaginándome que éramos de la misma generación, podría hablar mejor con ella que con los otros.

— Bueno, ¿¡ahora qué vamos a hacer!? — Le pregunté con toda la amabilidad del mundo.

La chica se sobresaltó al ver que yo le estaba hablando. Después de observar a un lado a otro, como si esperaba que yo estuviera hablando a otra persona; me miró con un terror, como si estuviera hablando con un aterrador monstruo.

— ¿M-me preguntas a mí? — Me recordó a cierta amiga de Mao.

— Pues claro que sí. Bueno, mi nombre es Candy. ¡Oh, ya lo he dicho! ¡Perdón! ¡¿Cómo te llamas tú!? —

La chica estaba tan nerviosa que yo también me puse igual, ya ni siquiera podría pensar bien. Ella tardó un rato en hablar, para luego decir esto, con mucho miedo:

— ¿¡D-de verdad tengo que decir mi nombre!? — Me lo decía con esa  cara de cachorrito indefenso que parecía verme como si fuera la mala de la película.

Me sentí tan mal al ver que esa chica no quería hablarme, que le solté esto: — No te estoy obligando ni nada parecido, ¡no te preocupes por eso! — E hice gestos con las manos para dejárselo claro.

Ella, evitando todo contacto visual con mí, puso una fuerte expresión de culpabilidad y, después de tardar en hablar, me gritó esto:

— ¡Lo siento mucho, de verdad! ¡Yo no sé…— Cerraba los ojos, como si no quería ver lo que venía a continuación. —…hablar con otros! —

— ¡No te preocupes! ¡Ya mejor te dejo! — Yo ya no pude más y decidí hablar con otra persona. Era difícil mantener la conversación con alguien que te veía como la misma representación del lobo feroz.

— ¡Déjame, no quiero hablar con alguien! — Eso fue lo que me respondió el hombre de mediana edad con una actitud repulsiva.

Ni siquiera le hablé y me soltó eso como si yo le hubiera molestado todo el día. No tuve una buena impresión de aquella persona. Reí nerviosamente y me fui a otro.

— Hola…— Ya ni se me ocurría nada más elaborado. Eso fue lo que le dije al más anciano de todos.

— Hola. — Me miró por un momento y volvió la vista al suelo, después de devolverme un saludo tan seco. Continué:

— ¿¡Cómo estás!? —

— Con ganas de morirme. — Ni corto ni perezoso, me contestó así y eso me cortó todo el rollo. Era incapaz de continuar después de que aquella persona me dijera que quería morirse.

Me quitaron todas las ganas de hablar y creo que me estaban contagiando su depresión. A pesar de todo, era incapaz de salir ahí, mi conciencia, por alguna razón que no era capaz de explicar, no me lo permitía. Al final, decidí sentarme y esperar. Así estuvimos casi unos cincos minutos.

— ¿¡Por cierto, cuando vamos a empezar!? — Eso les pregunté, al ver que nadie hacia nada y nada pasaba. Sentí como si había pasado una hora o más.

— Estamos esperando…— Me dijo el anciano. Quise preguntarle más cosas, pero no me atreví. Decidí esperar, fuera lo que fuera eso.

Y a los cinco minutos, alguien más entró en la sala. Era una mujer. Más bien, parecía un muerto viviente.

Con los hombros caídos, con un rostro cansado, lleno de ojeras y con una expresión llena de tristeza; nos dijo esto con todo el desánimo del mundo:

— Buenos días… — Parecía que lo decía por obligación. Luego, añadió en voz baja: — La verdad es que nunca son buenos. —

Con esto dicho se sentó en una de las sillas y no movió ni un musculo. Al igual que los demás se quedó cabizbaja, mirando al suelo como única manera de perder el tiempo.

Pasaron unos cuantos minutos más que decidí, después de dudar durante un buen rato, preguntarles a qué estábamos esperando:

— Por cierto,… — Aunque me sentía tan incómoda que al final no me atreví a decir gran cosas.

— Ah, es verdad. — Refunfuñó, como si le daba pereza hablar. — Tenemos una nueva integrante, se llama…— Se levantó y cogió unos papeles que tiró a la mesa y las miró. Después, dijo mi nombre. —…Candy Chiu o como sea…— Me quedé extrañada, yo me había apuntado a otra cosa. Sabía que había algún error.

— Yo soy la organizadora de este grupo de autoayuda, mi nombre es Adeline Woolf. — A continuación, se presentó.

Me quedé muy sorprendida, porque de organizadora no tenía nada, es más la confundí con un paciente más en este grupo de auto-ayuda.

Y ella le iba a pedir a los demás, a regañadientes, que se presentarán. Pero la interrumpí, necesitaba preguntarle esto:

— Espera, un momento, ¿¡de verdad, esto es un grupo de auto-ayuda y no un curso para aprender a coser!? —

— No, aquí no aprendemos a coser. Pero en el último piso, hay un curso así llamado con el nombre de segundo curso de “Las sonrisas felices”. El nuestro sólo es “Sonrisas felices”. —

— ¿¡En serio!? — Di un gran sobresalto y un chillido. No entendía lo que estaba pasando. — ¿¡Cómo es posible!? —

Sin darme cuenta, en vez de apuntarme en un curso para coser, acabé en un grupo de ayuda para gente depresiva.

— No sé, nadie les aviso que nosotros usábamos esas palabras y tuvieron que poner “las” para que no hubiera confusión. —

¿¡Para qué no hubiera confusión!? Yo era una prueba viviente de qué eso no fue la mejor forma de evitar que la gente no terminará en este lugar, creyendo que era un curso para aprender a coser.

Tenía muchas ganas de gritar y maldecir, al ver que había metido la pata hasta al final. Aunque me controle, eso no provocó que la organizadora me hiciera esta pregunta: — ¿¡Entonces, eso quiere decir que te has equivocado al inscribirte!? —

Tenía que decirle que sí, reconocer mi error y decirles que quería aprender a coser y no tenía ninguna depresión. Eso era lo que tenía que hacer, pero, sin poder creérmelo, lo que dije fue otra cosa:

— ¡Pues claro que no! — Mentalmente, me insulté, me decía que era una estúpida. — Quise inscribirme aquí y eso…— Reí nerviosamente, mientras me maldecía una y otra vez.

— Pues, bienvenida…— Eso fue lo que me dijo a continuación, con una gran sequedad.

El silencio vino de nuevo, mientras yo, agobiada, me preguntaba ahora cómo podría salir de aquella situación. Lo único que se me ocurrió fue pasar todo el rato con esas personas.

Al volver a la realidad, vi que seguía habiendo aquella atmósfera que tanto me estaba agobiando, nadie, ni siquiera la misma organizadora, hacía algo.

Yo no tenía gran idea de cómo funciona un grupo de auto ayuda, pero creía que era un lugar en dónde la gente compartía sus experiencias e intentaban superar sus problemas en grupo, no a quedarse a mirar las musarañas en una sala del ayuntamiento.

— ¿No iban a presentarse los demás o algo así? — De forma tímida, les lancé esta pregunta, al ver que nadie, salvo Adeline, la organizadora; se atrevía a presentarse.

— Ahora no tenemos ganas. — En voz baja, todos me dijeron esto. Y Adeline también añadió: — Yo tampoco, y no los quiero obligar. —

— Vale…—

Con esto dicho, me quedé mirando las musarañas con ellos, convirtiéndose aquellas dos horas en las más agobiantes, aburridas, tediosas y eternas de lo que llevaba en mi vida en Shelijonia.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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