Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Segunda parte, centésima vigésima historia.

Cuando se lo conté a mis amigas, a éstas le entraron un enorme y molestoso ataque de risa. Hasta alguna cayó al suelo, incapaz de contenerlos.

— ¡¿Pueden parar!? — Estaba enfadada, no me podría creer cómo se lo tomaron ellas, ¡de risas, era alucinante! — No es nada gracioso, fue bastante deprimente, ¡y sobre todo con gente que sufre de depresión! —

— ¡No, ajajajajaja…! ¡No, ajajajaja, no nos b-burlamos de ellos…! S-sino p-por t-tu torpreza… ¡Ajajajajajajaja! — Una de ellas intentó explicármelo, como podría. Aún así, no era agradable que se rieran de esa forma de mí.

Yo inflé mis mejillas y miré hacia al otro lado, dejándoles claro que estaba muy enfadada. Ellas, que ya pararon de reír y soltaron un fuerte suspiro.

Después de terminar el trabajo, fuimos al único karaoke que había de la ciudad para pasar el rato y contar lo que nos había pasado antes de volver a nuestras solitarias casas alquiladas.

Mi amiga, Bonnie Lansky, fue la primera que me habló: — ¡No te pongas así, mujer! ¡No es nuestra culpa que siempre acabas metiéndote en líos como éste! Debiste mirar bien lo que era el curso. —

— ¡No fue mi culpa, fue la de ellos por poner un nombre casi igual! — Protesté.

— ¡Vamos, no te pongas a actuar como una niña! — Eso me lo dijo otra amiga, la cual se llama Hermione Weasley. Una chica un poco menor que nosotras, flaca y pelirroja y la cual es mi compañera de trabajo. Congeniamos bien, pero siempre me dice que soy bastante inmadura, creo que eso es un poco exagerado.

— A pesar de tener pelos en el coño, ésta sigue siendo tan cría como cuando tenía doce años. — Que me lo dijera Bonnie, una chica de mi edad que aún se pone a pelearse en las redes sociales porque insultaron a sus personajes y series favoritas era bastante hipócrita.  Yo quise replicarla, pero alguien me detuvo:

— ¡Chicas, chicas, no os peléis, soy amigas y os tenéis que respetar las unas a las otras! — Ella se puso entre nosotras dos, en actitud relajada y tranquila.

Se hacía llamar Boudicca, ese era su apodo en internet. Es tan raro escuchar su nombre y apellido que ni me acuerdo de que exista. Es la chica más pacífica y amable de todo el grupillo, pero la más extraña de nosotros. Llevaba túnicas y rara vez se cortaba su largo caballero rubio. Actuaba como una completa hippy, aunque realmente nunca la hemos visto hacer algo hippy, sólo pláticas larguísimas sobre libros y videojuegos relacionados con el género de la fantasía.

— ¡Eso, eso, tú nunca me respetas! — Le dije eso a Bonnie, aunque la verdad es que tiene una lengua tan afilada como su carácter. Nadie se salva de ella.

— ¡Sólo digo la verdad, mujer! — Es buena persona, pero alguien tiene que recordarle que a veces puede ser bastante desagradable.

Yo quise explicarle que había formas para decir la verdad, pero Boudicca se interpuso de nuevo.

— ¡Ah, Candy! — E hizo cambiar de tema. — ¿¡Ahora qué vas a hacer, vas a arreglar eso del grupo de auto-ayuda!? —

Di una pequeña exclamación de sorpresa, se me había olvidado de aquello. No supe que decirle, porque no sabía qué hacer.

— Seguro que ni siquiera ha pensando en eso. —

— Oye, eso no…— Callé y rectifiqué. — Es verdad, aún no sé qué hacer con eso. — Tuve que reconocerlo, Bonnie tenía razón.

Todas las chicas soltaron un fuerte suspiro, bajaron sus hombros y mostraron gestos de cansancio, como si encontraban aburrido saber en lo que yo estaba pensando. Eso me molestó, pero decidí ignorarlo.

— ¿¡Y cuando lo piensas hacer!? ¡Tú no sufres de depresión, no deberías estar ahí! — Me preguntó Boudicca.

— ¡¿Acaso no vigilan y revisan a las personas que entran en ese sitio, pedir documentos en dónde dejan claro que están deprimidos!?  —

Yo forcé a mi cerebro a recordar algo, pero lo único que me pidieron eran los datos de toda la vida. Nada más.

— A mí no me lo pidieron. — Y se lo dije a Bonnie.

— ¡Qué desastre es esta ciudad, la administración es una completa porquería! Yo llevo meses intentando explicándoles que las facturas del agua que me traen son del vecino, que está en la otra punta de la calle. —

— Yo no creo que la administración algo que ver…— Añadió, de forma débil, Hermione.

Mientras Bonnie siguió quejándose sobre la administración y el gobierno, y la pobre de Hermione tuvo que soportarla; yo miré al techo muy pensativa, dudando si decirles lo que pensaba o lo que quería hacer.

— Lo cierto es que ya me es imposible irme de ahí, estuve con ellos un buen rato. No volver al día siguiente, me parece muy desagradable por mi parte. — Luego, exclamé muy preocupada: — Además, ¡no están funcionando como un grupo de auto-ayuda, para nada! —

Todas se quedaron con cara de no entender nada, ni yo apenas sabía cómo podría explicarles lo que sentía.

— ¡Oh no, tengo un mal presentimiento…! — Bonnie además dijo algo, como si yo quería hacer algo malo.

— No es nada de eso, sólo que allí todos están deprimidos y no hacen nada para animarse, nadie habla y no hacen ni actividades. —

— ¿¡No es lo normal cuando estás rodeada de personas que sufren depresión!? — Comentó Hermione.

— Pero el punto es que ni la misma organizadora es capaz de hacerla, es igual de decaída. Necesitan que alguien que les anime, les mantenga la moral alta. — Mis amigas actuaban de forma exageraba, como si me había puesto muy brillante para sus ojos. — ¡Eso es, alguien que tiene que apoyarles, que tiene que hacerse voluntaria! — Moviendo los brazos de un lado para otro, me llené de una convicción clara. Estaba decidida y ellas se dieron cuenta:

— ¿¡No fastidies!? — Bonnie se tapo la cara con la mano, mientras expulsaba un molesto suspiro.

— ¡Eso se lo tienes que dejar a los profesionales! — Hermione, con cierta timidez, intentó que cambiará de opinión.

— Si eso es lo quieres hacer, ¡pues hazlo! — Boudicca fue la única que me apoyó.

— ¡No la apoyes! — Y las otras dos le replicaron esto, como si yo iba a hacer algo malo.

— Ya lo tengo decidido, me quedaré con ellos e intentaré animarlos y conseguir que salga de la depresión. — Hinche de orgullo mi pecho, mientras les mostraba una sonrisa de pura seguridad.

Me creía capaz de conseguir que por fin el grupo de ayuda hiciera honor a su nombre, porque en positivismo nadie me ganaba. Todo el mundo siempre me ha dicho que era la más risueña del pueblo. Con mis sonrisas y mi alegría, sería capaz de darles felicidad.

— Vamos a ver, ¡tú no tienes ni idea de lo que es la depresión, lo que han sufrido esos! Sólo eres una completa cabeza hueca que sólo hace payasadas…— Me dijo Bonnie.

— Bonnie tiene razón, bueno no en lo de cabeza hueca y hacer payasadas, pero lo que quieres hacer, aunque es admirable, puede ser contraproducente para esa gente. — Y Hermione le dio la razón.

Parecía como si ellas dos sólo tuvieran una imagen bastante negativa de mí.

— No pasa nada por intentarlo…— Boudicca volvió hablar, mientras daba juntaba sus manos y mostraba un rostro lleno de supuesta neutralidad. Bonnie le replicó:

— La última vez que dijiste eso, Boudicca, casi estuvimos a punto de morir en Yellowstone. —

— ¡Pero esto no es el caso, seguro! Estás hablando de una cosa totalmente diferente, y punto. ¡¿No es hermoso devolverles la esperanza a los desesperanzados!? —

Boudicca me dijo que sí y Hermione le costó decir lo mismo. Bonnie sólo lanzó un gruñido y me miraba con mala leche. A continuación:

— ¡Haz lo que quieras, siempre acabas haciendo eso! — Con esto dicho, se levantó y empezó a buscar el mando, con una expresión molesta. La verdad es que verla así me hizo sentir mal, aún cuando yo no había hecho nada malo para que se pusiera así.

De todos modos, seguí el consejo de Boudicca, no podría saber el resultado hasta que lo hubiera intentando. Así que, al volver a casa, empecé a pensar en formas entretenidas para hacerles volver a sonreír. Se me ocurrió uno bien rápido.

Al volver a ese club de auto-ayuda, tras pasar varios días; aparecí con una caja que provocó que las miradas de todos los miembros. Adeline Woolf me preguntó algo aturdida, con su típica voz desanimada:

— ¡Ah, hola Candy, o algo así! ¿¡Por qué traes una caja!? —

— Pues para hacer una actividad juntos, ¿para eso estamos aquí, no? —

Se puso la mano sobre la barbilla y luego puso una cara pensativa. Luego, respondió con gran sequedad: — Más o menos. —

— ¿Puedo? — Entonces, le pedí permiso, después de todo, era su grupo, yo no podría hacer lo que quisiera.

— Me da igual, hazlo si quieres. — Me lo dijo con total indiferencia, como si ella no estaba al cargo. Me pregunté seriamente como acabó siendo la organizadora.

Con su autorización, puse la caja sobre la mesa y la abrí. Como si fuera un fantasma, Adeline se fue de mi lado y estaba junto con los demás, sentada en aquel circulo de sillas. Ellos me miraron por un momento, para luego volver a lo suyo.

— ¡Chicos, os quiero proponer algo que seguro que nos va a alegrar nuestra hora! — Les grité con entusiasmo, intentando mostrar una alegría que tenía que ser contagiosa.

Ellos soltaron unas risas débiles, como si eso de estar alegres era algo imposible. Sólo el hombre de mediana edad, que se llamaba Harry, se atrevió a preguntarme:

— ¿Y qué es eso? Aunque no tengo ganas de ninguna tontería…— Sus palabras se sintieron muy irritantes, pero intente controlarme.

Me llené de alegría y con mi mejor sonrisa les dije esto a todos, mientras sacaba lo que tenía dentro de mi caja:

— ¡Pues hoy vamos a leer comics! Y no unos cualquiera, sino sobre superhéroes! —

Se quedaron con la boca abierta, y estaban algo aturdidos. Lo ignoré, y empecé a dar a cada uno un comics de mi increíble colección:

— Seguro que os estaréis preguntando qué tiene que ver leer comics de superhéroes con lo nuestro, ¡os voy a explicar! —

— Superman, Batman, el Capitán América, Flash, y muchos otros nacieron en una época en la sociedad americana estaba sufriendo apuros, tras el crack del 29 y en medio de la Segunda Guerra Mundial. Crisis económica, penuria, desesperación, guerra, nazis; eran tiempos difíciles. Necesitábamos un símbolo de optimismo, algo que nos hiciera creer que el bien podría vencer, que podríamos superar todo, y barato, que costase sólo diez centavos. Entonces, es cuando nacieron los superhéroes para ayudar al estadounidense medio a olvidarse y superar la cruda realidad del momento, a hacerles ver la luz al final del túnel. Creo que ellos también podrán ayudarnos a creer en el mañana. —

Al terminar, me puse tan roja que me tape la cara, me entusiasmé tanto que di un discurso que dejó helados a los demás presentes. Me miraron como un bicho raro.

— Bueno, creo que nos puede ayudar. He traído los primeros números de personajes de Marvel y DC, salidos de su época de oro, por si nos puede ayudar. — Moviendo los brazos, exagerando con los gestos, intentaba dar una impresión diferente, pero que no ayudo mucho.

Aún así, me empezaron a aplaudir, aunque parecía que lo hacían más por obligación que por estar conmovidos.

— ¿Entonces, quieres qué leamos unos libritos en dónde salen portadas como ésta, que muestra a un hombre disfrazado pegando a Hitler? —

Harry me preguntó esto con mucha amargura, mientras me mostraba la primera portada del Capitán América.

— A mí nunca me han gustado este tipo de cosas…— La chica joven, que tenía un flequillo muy largo, de apellido Karenina; miró el comic que cogió, que era unos de los primeros de Superman, con mucha repulsión.

El anciano, de nombre Vincent, ni se dignó a mirar la portada. Adeline le dio una ojeada, pero parece que no le interesaba.

— ¡No os preocupéis! ¡Probad, seguro que os gustarán y os llenarán de esperanza! —

Y lo hicieron. Más bien, lo intentaron, pero no salió ningún resultado. Se pusieron a quejarse de todo lo que leían, lo veían inverosímil y absurdo, sobre todo por el hecho de que el bien siempre ganaba. Ninguno fue capaz de terminar la lectura. Y yo salí de ahí desanimada, sentía que ya me había entrado su negatividad.

— No pasa nada, no a todo el mundo le gusta los superhéroes, aunque cuando ellos son lo mejor que le ha pasado a América, ¡encontraré la manera de hacerles levantar el ánimos y que vean el final del túnel! —

Eso grité con todas mis fuerzas, mientras levantaba mi mano, en medio de la calle, para animarme. Di un chillido, al ver que la caja se me iba a caer, mientras todo el mundo me miraba.

Entonces, busqué otras formas. En mi casa pensé en todo tipo de actividades que intenten poner prueba en la siguiente.

— ¿¡Más comics!? — Me preguntó Adeline al ver que traje de nuevo una caja.

— ¡Materiales para dibujar! — Puse la caja en la mesa y lo saque todo, hojas de papel, rotuladores, lápices, gomas, etc. — ¡Vamos a pintar, va a ser muy estimulante! — Ellos se quedaron boquiabiertos, mientras veían como se los daba.

Al final, tampoco dio el resultado que quería, todos se quedaron en blanco y tuve que darles motivación. Pero se negaron a dibujar y sólo Karenina me hizo un dibujo, que era perturbador.

— Esto es, es, es muy…— Le intentaba hablar, mientras contemplaba su aterradora obra de arte. —…muy peculiar, no tengo palabras para describirlo. — Intenté buscar una forma de no herir sus sentimientos.

El dibujo parecía estar hecho por un niño de preescolar, pero lo que observaba no parecía nada agradable, un monigote intentaba hacerle cosas a otro, rodeado de un fuerte color rojo y de mucho negro.

Ella, al ver mi reacción, cogió el dibujo de mis manos con gran desesperación y lo empezó a romper. Me quedé cuadrada, no supe reaccionar.

— No debí haber hecho esto…— Como si hubiera visto un fantasma, repetía esto una y otra vez, muerta del miedo.

Me pregunté, aterrada, qué le había pasado para que se pusiera de esa forma.

Como no tuve suerte, en el siguiente sábado que me tocaba con ellos probé con otra cosa. Llegué tarde, por culpa de un estúpido favor que le hice a Hermione para arreglarle el ordenador, me hizo perder mucho tiempo e incluso provocó que me hubiera olvidado de ellos. Entré reventada al lugar.

— ¡Vamos a hacer karaoke! — Eso les decía, mientras les mostraba los altavoces y el ordenador que traje para cantar todos juntos. — Seguro que el canto aliviará nuestras penas. —

No me esperaba que Harry se levantara de su asiento y me gritaba esto, muy alterado:

— ¡Ni en broma voy a cantar! — Parecía estar muy alterado, era una reacción tan brusca que me hizo dar un chillido de miedo.

— ¡¿Eh, por qué!? —  Estaba muy consternada, no había hecho nada malo para que se pusiera así. — No pasa nada, sólo…—

— ¡No lo haré y punto! — Gritó de nuevo, mientras salía a toda velocidad del lugar. Sudaba y estaba muy nervioso, como si quería escapar de algo.

Todo el mundo miró como se marchaba, pero nadie se atrevió a detenerle, ni parecía darle gran importancia aquel comportamiento tan radical. Ellos se quedaron en sus sitios, sin hacer nada. Yo ni fui capaz de hacerles cantar.

Después de aquello, en el sábado siguiente, vine con la idea de hacer una obra de teatro.

— ¡Vamos a intentar esto chicos! ¡Seguro que hacer teatro nos levanta el alma! — Les gritaba con todos mis ánimos, mientras ponía la caja y sacaba libros de ellas. — He traído libritos de William Shakespeare y otros más que ni me acuerdo, ¡seguro que será entretenido! —

Entonces Vicent me interrumpió, diciéndome esto: — ¡Candy, ¿puedes olvidarte de hacer actividades y todo eso?! —

— ¿¡Por qué, no está bien!? — Le pregunté, muy confundida.

— La verdad es que a ninguno nos apetece hacer algo, sólo estamos aquí por obligación, porque nuestras familias no quieren que estemos todo el día encerrados en nuestras casas. —

Todos asintieron con la cabeza, con aquella expresión triste que tenían todo el tiempo.

— Además, el teatro me trae malos recuerdos…— Añadió el anciano en voz baja, mientras ponía una expresión de sufrimiento.

— No lo intentes tan duro, Candy. No debes esforzarte tanto en traernos actividades, ni menos forzar tanto optimismo, puedes soltar esa mascara tan falsa que tienes. Aquí nadie quiere pasarlo bien ni tiene las energías suficientes para perder el tiempo. — Adeline también me habló.

Y parece ser que ellos creían que mi optimismo y alegría eran falsos, como una fachada para ocultar mi depresión. Eso me dejó muy boquiabierta. Los demás siguieron hablándome:

— Lo siento…— Temblando como un flan y cabizbaja, susurró Karenina, como si se sentía muy mal por tener esa actitud conmigo.

— Después de todo, no vamos a engañamos a nosotros mismos haciendo todo ese tipo de cosas, nada podrá ayudarnos, nada tiene sentido…— Y con un tono de voz desesperanzado, Harry también comentó.

Tardé en reaccionar. Había ignorado sus sentimientos, obsesionada con el intento  de darles ánimos, no pude comprender que ellos no lo deseaban. Sólo deseaban que terminara aquella aburrida hora para volver a casa y a seguir sufriendo entre cuatro paredes.

Entristecida, metí los libros en la caja y me senté junto a ellos, esperando en silencio que terminará la hora en aquel grupo de auto-ayuda en dónde no había ni las ganas de intentar superar sus problemas.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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