Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Tercera parte, vigésima historia.

— Ya te lo dijimos, pero parece que estás sorda. Si ellos mismos no han salido de tu depresión, con una idiota como tú mucho menos. —

Eso fue lo primero que escuché de las bocas de mis amigas, de Bonnie, en este caso; después de haberles contado lo que me paso.

Al día siguiente después de pasar un rato con los chicos del grupo de auto ayuda, me fui al karaoke con mis amigas, para desahogarme y contarle las penas.

— ¿¡No sabes más que insultar o qué!? — Aunque siempre acabó más enfadada con Bonnie que por otra cosa. — Sólo creo que no lo he intentado lo suficiente. — Pero, aunque era incapaz de reconocerlo y me daba mucha rabia, ella tenía mucha razón. Intenté excusarme, a pesar de todo.

— El esfuerzo es lo único que te llevará hacia la cima. — Comentó Boudicca, mientras simulaba tocar algún tipo de instrumento. Ella a veces llega a ser muy rara.

Pero también tenía razón, no podría detenerme ahora. Dije que era verdad, mientras di un fuerte soplo y ponía una cara llena de ánimos.

— A veces me pregunto por qué me he hecho amiga de éstas…— Bonnie, por su parte, se tapo la cara con la mano y añadió muy desanimada esto.

— La amistad une a personas muy extrañas, ¡que misterioso es su poder, es pura magia! —

Las palabras de Boudicca provocaron a Bonnie, que empezó a protestar y a decirles unas cuantas cosas. En aquel momento, Hermione aprovechó el momento para hablarle:

— Candy, ¿¡por qué no les dejas en paz!? No creo que ellos sean capaces de entender lo que estás haciendo por ellos, seguro que ni quieren que le ayudes. Por eso te pidieron que dejaras de hacer actividades. —

— Tienes razón, pero…— Añadí, dubitativa.

Di un fuerte suspiro y miré al techo, preguntándome qué debería hacer. No sería capaz de dejar a esas personas así, después de haber pasado días con ellos e intentando animarlo. Aunque, ¿¡por qué lo hacía!? No tengo nada en común con ellos, no había alguna razón para querer ayudarlos.

Tampoco parecían desear algún tipo de ayuda. Tal vez lo que sentía era hacer una buena acción para sentirme conmigo mismo. Sí, eso era lo que me motivaba a hacerlo y me puse un poco triste, al darme cuenta. Tal vez lo mejor era no molestarles y dejarle esto a unos especialistas. Aún así, yo no podría hacerlo.

— ¿¡Te pasa algo, Candy!? — Hermione, al ver así, se sintió muy mal. Con muchísimo nerviosismo, se intentaba disculpar. — Perdón, no quise deprimirte, no era mi intención, ¡te lo juro! —

— ¡No, no es nada de eso! ¡Sólo que…! — Yo, cabizbaja, tuve que mirarle y replicarle esto, con el mismo nerviosismo.

Luego, me callé y me quedé pensando. Dándome cuenta de que, aunque mi propósito original era sentirme bien conmigo misma, ahora que había pasado unas horas con esas personas, sentía que les debía ayudar, porque ellos lo necesitaban, o algo parecido, no sé. Estaba tan centrado en eso que hablé en voz alta, a pleno pulmón:

— ¡Qué tengo que ayudarles! ¡Sí, como dice en cierto manga, los héroes están para entrometerse! —

Ellos necesitaban ayuda, aún cuando yo no soy una especialista ni sufro lo mismo, creo que echarles la mano seguía siendo una buena idea.

Todas las chicas se quedaron mirándome, perplejas.  Se miraron las unas a las otras, preguntándose mentalmente por qué estaba diciendo eso.

— ¡¿Has perdido la cabeza o qué!? — Añadió Bonnie, dando expresiones de agobio y lanzando quejidos. — Tú no eres ni un héroe ni mierdas parecidas…—

— Por supuesto que no. Los héroes son geniales, pero tampoco puedo aspirar a eso. — Reí como loca, mientras la maldecía por hacerme recordar que vivía en la horrible realidad. — Lo que intento decir es que debo entrometerme y ayudarlos, porque esto ya es algo personal. Eso mismo. —

Apreté el puño, llena de decisión. Boudicca me aplaudió y Hermione también, aunque ponía una cara, con una sonrisa muy forzada, que dudaba mucho de mí.

— Todo lo que te falta de cerebro te sobra en el pecho. —

No era la primera vez que se metía con mis pechos. Está muy acomplejada y aprovecha siempre el momento para expresar su envidia. No sé por qué, su cuerpo está bien, aunque es muy enana y tiene mucha grase en la barriga y en las piernas. O eso o es para enfadarme. Dejando de un lado todo esto, yo ignoré sus palabras y continué hablando:

— ¡Lo que tengo que hacer es cambiar mi método! ¡Debo aprender, eso sí! ¡Hay que comprender el enemigo, hay que conocer a la depresión! —

Intenté poner una pose genial, como de heroína, pero me quedó como de villano, hasta se me salió un tono de malo de alguna serie de preescolar. Y las chicas se pusieron a reír de mí, cayeron al suelo, incapaces de controlarse. Inflé mis mejillas, mientras las miraba con expresión malhumorada.

Pero eso ya daba igual, porque tenía algo más importante que hacer. Primero, debía buscar información sobre esa enfermedad. Me puse manos a la obra y empecé a buscar durante horas información en internet.

— Los síntomas son estado de ánimo muy irritable, dormir mucho o muy poco, estar siempre cansado, sentimientos de desesperanza, de inutilidad, odio a ti mismo y culpabilidad; deseos de morir o de suicidarse, pérdida de placer en lo que te gusta…— Di un gesto de fastidio, no creía que la depresión fuera tan grave, más allá de estar todo el día triste. — Esto es como tocarte la lotería, pero al revés…—

No paré de leer en cientos de páginas webs, perdiendo el poco tiempo libre que me quedaba, estaba yo delante del ordenador, mientras me tomaba mi zumo de melocotón. Y no sólo conocí cómo eran sus síntomas, sino que además vi que además la separaban en dos principalmente, en una mayor, que es la que dura unas cuantas semanas; y el trastorno depresivo persistente. Pero habían más, o eso parecida, estaban cosas como la depresión posparto, el trastorno disfórico premenstrual, el trastorno afectivo estacional y la que tiene características psicóticas. Un lio, y lo peor  es que luego esto se mezclaba con otras enfermedades mentales. Al parecer, descubrí que la depresión se podría heredar y me entraron ganas de chequear mi cabeza.

Aunque el problema que tenía en mente y que debería enfrentar era el cómo sacarlos de la depresión. Tenía que saber más, mucho más que leer blogs y páginas de médicos que sólo te decían cómo era la enfermedad.

— ¿Qué es eso del cuestionario de Beck? ¿Criterios D.S.M-IV? — Y acabé manuales y cosas muy académicas, que no entendía nada, sonaban a chino para mí. — Yo no necesito, ya se sabe que tienen depresión…—

Aunque no soy muy inteligente, y no podría comprender la jerga de psicólogos y terapeutas, o algo así, intenté retener lo que intentaban decir para sacara a la gente de su depresión.

— Así que…— Menos mal, que pude hacer una idea más o menos claro. — Cuando el paciente está depresivo provoca que esté tenga una visión distorsionada y negativo de sí mismo y del mundo. Aún cuando a la vista de los demás, e incluso él cuando no está en ese estado, es inverosímil, esas ideas y creencias le parecen una representación verídica de la realidad.

— Es decir, ¿tengo que hacerles ver que todo lo que muy  negativo es falso? Eso parece fácil…—

Se oía fácil, pero sabía que iba a hacer muy difícil. Seguí leyendo más cosas, ayudando a formar mi actuación. Para cambiar esas creencias, tengo que encontrarlas. No, primero tenía que acercarme a esa persona, mostrándome positiva, empática y congruente. Cualquier cosa negativa que diga o piense darle la vuelta, buscar evidencias para contradecirle lo que piensa de sí mismo y del mundo. Cuestionarle una y otra vez, examinar las consecuencias de sus actos depresivos, usar el humor sin provocarle daño y hacerle ver las cosas de otra manera, y muchísimas cosas que ni puedo recordar. Eso era demasiado complejo y además, ¿no debería buscar el problema que le provocó la depresión y hacerle enfrentar a ella?

— Esto es demasiado…— Y al final provocó que me pusiera a chillar de la desesperación, tras mover la silla de una forma muy brusca y caer al suelo. — Muy complejo todo, no entiendo nada. — Me puse las manos a la cabeza y alboroté mi cabello.

Entonces, mientras lanzaba mis quejidos y sentía como mi cerebro se quemara por la sobre información, empecé a recordar lo que me decían mis amigas.

«¡Eso se lo tienes que dejar a los profesionales!» «Vamos a ver, ¡tú no tienes ni idea de lo que es la depresión, lo que han sufrido esos! Sólo eres una completa cabeza hueca que sólo hace payasadas como ésta… »

Tenían razón, yo no debería estar haciendo esto, no era de mi incumbencia, no era una psicóloga o un médico, sólo una idiota que quería ayudar a los demás, y que seguramente metería la pata si intentará darles una mano.

Aún así, no podría detenerme.

Y luego recordé un día en el que iba a morir, en dónde casi iba a caer al vacío, cuando montaba en la noria. La puerta de la cabina se abrió y yo me resbalé, pero pude agarrarme en el filo y aguantar. Incapaz de sostenerme, pensaba que mi final estaba cerca, que eso iba a ser mi tumba. Pero dos personas me salvaron.

— ¿Quieres un… ¡autógrafo!? — Eso se lo dije a una de ellas, después de ser rescatada. — Pero si yo no soy famosa ni nada parecido…—

Ella se quedó muy sorprendida, moviendo los brazos de un lado para otro, actuando de forma tímida y humilde, al ver que le ofrecí mi cuaderno para que me lo firmara.

— Pero estuviste genial, ¡actuaste como si fuera toda una heroína! —

Era sólo una chica normal, lo único destacable era su pelo extraño y corto, que parecía ser una mezcla de agua y verde. Tenía una presencia debilucha y no era muy atractiva o tenía carisma. Pero, aún así, al oír mis gritos, se lanzó y fue a ayudarme. Eso fue heroico, digno de un personaje de comic.

Su nombre era Malia Roosevelt, se oía bastante bien y presidencial.

— Arriesgaste tu propia vida para salvarme, empezaste a caminar por los hierros de la noria para evitar que una desconocida se matará. Sin pensarlo, sin miedo, te lanzaste a por ello. Eso fue increíble, digno de un héroe de comic. Y tu amiga también, ¡las dos sois geniales! —

Ni a su amiga Nadezha, una chica albina que impone, las dos fueron increíbles. Pero, a pesar de todo, Malia fue la que me causó gran impresión.

— ¡No me hagas sonrojar! — Se tapo la cara, muerta de vergüenza. — Lo que hice fue algo imprudente y estúpido, podría haber muerto. Pero pedías ayuda, yo no pude negarme, y estoy muy feliz de todo haya salido bien. —

Ella se quedó mirándome y yo también. Hubo un corto silencio, y una atmósfera nos envolvió, una que parecía estar llena de esperanza y bondad. Entonces, Malia me volvió a hablar:

— Salvarte era mi obligación, era lo que tenía que hacer. — Puso una sonrisa que nunca olvidaré, una que parecía capaz de detener todas las guerras y atrocidades del mundo. — Cualquier persona haría lo mismo que yo. Además, Nadezha, mi amiga, me ayudo, no puedo llevarme todo el crédito. —

Yo me quedé boquiabierta, maravillada, ante aquella hermosa visión, me sentí como en un comic, como si hubiera conocido a Superman. Si yo supiera escribir y dibujar decentemente, ella sería mi protagonista, sin duda alguna.

Yo también deseé mostrarme igual de genial y brillante que aquella chica, quería ayudar a los demás.

Alcé la mano hacia al techo, intentando alcanzar algo y así estuve durante varios segundos. Luego, apreté el puño y cerré los ojos.

¿¡Qué es lo que haría aquella chica!? La respuesta era bien obvia.

— Si la tristeza les rodea, si no ven  más que oscuridad y desesperación a su alrededor, ¡alguien tendrá que encender un antorcha y llevarlos hacia la luz! —

Lancé un gran grito, llenándome de ánimos, poniendo la mejor sonrisa que se me ocurría. De forma brusca, puse mi cara sobre el ordenador y seguí leyendo.

El día en que tocaba pasar hora con el grupo de auto-ayuda, fui despertada por una llamada.

— ¡Q-qué alguien conteste el móvil! — Entre quejidos, escondía mi cabeza entre la almohada para no escuchar el ruido. — Está siendo muy ruidoso, no me deja dormir…— Y obviamente nadie lo cogió, sonó varias veces.

A los cinco minutos, me acordé que yo vivía sola. — ¡Espera, espera! — Le gritaba al móvil, mientras palmeaba todo lo que me rodeaba, incapaz de abrir los ojos. Luego, me acordé de que estaba en la otra punta de la habitación y tuve que salir de la cama. Más bien, caí de ella.

Con esto abrí los ojos. Me levanté y lo cogí: — ¿¡Quién es!? ¿¡No crees que un poco temprano para llamar a alguien!? —

— Pero si son las doce de la mañana, ¡es tardísimo! — Al oír esas palabras, sentí que me había despertado. Aquella voz ronca era la de Bonnie.

— ¡Ah, en serio! ¡No me había dado cuenta! — Me dio un pequeño sobresalto, me pase toda la noche con el internet. Luego, me di cuenta de algo: — Es muy raro que me hables por móvil, tú siempre hablas por las redes sociales. —

Oí fue un fuerte suspiro, antes de que siguiera hablando:

— ¿Sigues con esa idea de animar a gente depresiva? —

— Pues claro que sí. — Le grité enérgicamente.

— No te detendré, siempre haces lo que quieres. Pero, enfría tu cabeza un poco  y piensa que tal vez puedes meter la pata y hundir la moral, aún más, de esas personas. —

— ¿¡No tienes confianza en mí o qué!? — Le pregunté muy molesta.

— ¿¡Por qué debería tenerlo!? — Gruñí, siempre conseguía hundir mi moral. — Tú siempre ves el mundo de una forma demasiada positiva, demasiado irreal a veces. Eso está bien y te ha ayudado, lo reconozco. Pero ignoras los inconvenientes y piensas todo el rato que va a salir bien, crees que todo saldrá genial. Y la mitad de las veces acabas metiendo la pata y empeorando el asunto de una forma horrible. —

Eso me hizo recordar muchas cosas como cuando intenté cocinar por primera vez y la cocina se quemó, cuando fuimos a buscar setas por el bosque y nos perdimos, cuando habíamos acabado encerradas en la escuela para coger mis apuntes, cuando sufrimos nuestro primer accidente de coche porque no miré si el automóvil que me compré estaba bien, con cada época de exámenes, en donde suspendía la mitad de las asignaturas, cuando elegí a un novio que sólo estaba interesado en mí por mi cuerpo, etc. En todas estas situaciones, yo siempre decía que íbamos a estar bien, que sólo teníamos que seguir hacia adelante. Siempre salí ilesa, pero siempre se liaba una barbaridad.

— Pero es que hay que pensar así, siempre positivo, nunca negativo. —

Protesté, molesta por haberme recordador todos mis fracasos. De todas maneras, ¿no era algo que todo el mundo siempre dice, que siempre había que pensar en lo positivo? Esas personas con las que me iba a reunir necesitaba eso, positividad en sus días. Y yo se los iba a dar.

— El caso no es verlo ni positivo ni negativo, sino tu ceguera de reconocer las cosas como son. Esas personas deben llevar meses, años, décadas, sumido en la total desesperación. ¿¡Tú crees que, sólo por tu estúpido positivismo,  vas a sacarlos de ahí!? —

Tardé en responder, dudé por un momento.

— Yo no estoy ciega, estoy evaluando todo. Seguro que seré capaz de hacerlo. —  Luego, añadí, llena de seguridad en mí misma.

Lo que oí fue otro sonoro y fuerte suspiro. Bonnie añadió:

— Luego, no llores como siempre. — Dio una pausa. — Eso me pasa por preocuparme por ti. — Añadió muy malhumorada

Oír aquello me provocó una sonrisa, ella sólo estaba aterrada de que yo metiera la pata. Bajo aquella brusquedad y mala leche, había una chica bastante amable.

— Gracias, pero estaré bien…— Le dije con un tono esperanzador y animado. Deseaba mostrarle lo fuerte que era mi confianza. — Todo me va a salir bien. Siempre habrá un final feliz. —

— ¿Un final feliz, eh? — Rió levemente. — Deberías comprender que ese el final más raro de todos en la vida real. — Y la llamada se cortó.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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