Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Cuarta parte, centésima vigésima parte.

Al entrar en el grupo de auto-ayuda me encontré con lo de siempre, una habitación con un ambiente muy deprimente, cuyo centro, formado por un círculo de silla, se sentaban aquellas pobres personas, cabizbajas, lanzado suspiros, con los hombros caídos y miradas llenas de desesperanza y tristeza. Les di un vistazo rápido a todos los que estaban aquí y parecía que sólo faltaba Adeline, la responsable de organizar todo esto para que cumpliera su cometido, más o menos. Ahí estaba el señor mayor llamado Vicent, en total silencio; a tres sillas de distancia estaba Harry, aquel hombre de mediana edad que parecía siempre enfadado, refunfuñando; y en el otro extremo del círculo a ellos estaba la joven Karenina, temblando como un chihuahua. Parece ser que nadie se dio cuenta de su presencia, o sí, pero les daba igual.

Aún así, les saludé: — Buenas tardes…—

Con desánimo o forzados, me devolvieron el saludo y siguieron a lo suyo. Yo me quedé mirándolos, durante varios minutos. Tenía la intención de elegir a algunos de ellos para hablar. Era parte de mi nuevo plan.

Tras dudar y pensarlo dos veces, elegí la que me parecía más fácil de tratar. Me acerqué y me puse a su lado, mientras le decía esto:

— Hola, Karenina, ¿todo bien? — Fui incapaz de controlar mi tono de voz, se me salió muy enérgica. Por esa misma razón, dio un fuerte chillido al darse cuenta de que vine a hablar con ella, creo.

— ¿Q-qué, qué o-ocurre? — Miraba hacia al otro lado, sudaba un montón y tenía los brazos en alto como si estuviera protegiendo su cabeza de algún peligro. — Y-yo n-no he hecho nada malo. —

— Pero si no has hecho nada malo. — Me quedé boquiabierta, preguntándome si vio que me acerqué a ella de forma hostil. Luego, tardé en darme cuenta de que ella, como es común dentro de su aflicción, venía cualquier acción de forma negativa y tuve que dejarle claro. — Es decir, no he venido a molestar ni nada parecido, sino que sólo quería charlar contigo un rato, nada más. —

— ¿P-por qué? — Tartamudeó Karenina, mientras se ponía el flequillo a un lado, con un rostro de incomprensión.

— Pues…— Me quedé sin palabra, al ver algo horrible. Me di cuenta que uno de sus brazos estaba llenos de cicatrices, pequeñas líneas que estaban situadas en todas partes, sin ningún tipo de orden entre ellas. Me pregunté, con horror, si ella intentó suicidarse.

Me puse malísima y quedé traumada, pero luego, al ver que me estaba esperando, decidí soltar lo primero que se me ocurrió, intentando ignorar aquello. — Porque pareces alguien fácil de tratar. — Casi me di un tortazo en la cara, al ver que dije lo que pensaba.

La verdad es que sentía que era más fácil de tratar al ser una chica de mi edad, por eso la elegí como la primera. Luego, iría subiendo la dificultad, yendo de menor a mayor. De todos modos, creí que se iba a sentar mal al escuchar eso.

— Ah, ya veo. — Pero lo aceptó con una indiferencia que me dolió.

No había empezado y ya me estaban desanimando. Estuve a punto de soltar un suspiro, pero me controlé y decidí hablando:

— Espero que no te moleste en que quiera hablar contigo. —

Pensé en parar, por si le parecía muy incómoda mi conversación. Por aquella razón, le dije eso.

— N-no me molesta, pero no soy nada interesante ni sé hablar con otros ni nada parecido. — Puso las piernas sobre la silla y las abrazó con sus brazos, mientras su rostro, aún cabizbaja, se volvió desolador. — En verdad, no hay nada bueno en mí…—

Con nerviosismo, empecé a atacar sus pensamientos negativos:

— ¡No digas eso! ¡Seguro que tienes algún poder o habilidad oculta o algo así! — Me insulté mentalmente, le había dicho una cosa muy absurda. — Es decir, seguro que eres buena en algo. —

— Ni eso tengo…— Ella siguió negando. — Entonces, ¡puedes aprender a hacer alguna cosa buena! — Y yo le contradecía. — Tampoco lo podría hacer. —

Al ver que íbamos a perder el tiempo de esta forma, decidí cuestionar sus palabras:

— ¿Por qué dices eso? — Pero parecía tener los mismos resultados. — Porque es verdad. — Parecíamos estúpidas. — ¿Y por qué es verdad? —

— Porque…— Entonces, ella vaciló. Se quedó en blanco durante uno segundos, para luego añadir esto: — Porque así es. — Sólo dijo lo mismo, pero con palabras diferentes.

Iba a seguir cuestionándola, pero me paré, porque me di cuenta de que estaba actuando como una idiota así. Di un suspiro y comenté:

— Si sigo así, parece actuando como una niña pequeña respondona. —

Tapé mi boca tan rápido como pude y luego miré a Karenina. Por primera vez, me estaba viendo la cara, mirando muy extrañada, tal vez preguntándose por qué yo dije aquellas palabras. Al darse cuenta, volvió a mirar al suelo, mientras yo le decía:

— ¡Perdón, perdón, sólo estaba hablando en voz alta! —

Ella no me dijo nada, sólo movió la cabeza como respuesta, incapaz de seguir hablando. Yo continué hablando, necesitaba evitar que se terminara la conversación.

— Pero debe ser muy único el no saber nada. — Y saqué la primera tontería que se ocurrió. — Una habilidad asombrosa eso de no saber nada ni aprender nada. — Me entraron ganas de llorar, porque sólo decía más que simples tonterías.

— ¿¡Por qué eso sería asombroso!? — Ella se quedó boquiabierta. Se puso bien el flequillo de nuevo y me miró muy perpleja. — A mi me parece horrible. —

— Porque cualquier persona aprender y sabe cosas. Más o menos. Bueno, la verdad es que todo el mundo me dice que soy estúpida, pero incluso yo sé cosas y puedo aprender. Hasta un ignorante puede hacer eso. —

Reí como idiota, preguntándome si con decir eso pude haber salido del embrollo en el que me metí. Lo cierto es que me sentí como una verdadera estúpida.

— Eres asombrosa…—  Entonces, ella me lanzó un comentario que me dejó con los ojos abiertos como platos.

Puse a mi cerebro a trabajar, a hacerme qué cosa hice antes para que ella me soltara aquella frase de admiración. Al final, tuve que preguntarle:

— Eh, ¿por qué? No entiendo a qué te refieres…—

— A pesar de que también eres igual que nosotros, intentas actuar como si no sufres depresión, como si estuvieras normal y contenta. — Por unos momentos, ella me miró con una expresión agridulce, incluso creí ver en ella una sonrisa.

Trague saliva, se me había olvidado de que todos me creían como alguien más que sufría depresión, aunque apenas actuaba como uno. Sentí que me iba a acorralar de un momento para otro y tuve que decir algo para darle un nuevo rumbo a la conversación:

— Ah, no creo que eso increíble, ¿no es eso engañar a los demás? ¡No es bueno eso de ocultar tus verdaderos sentimiento! —

— Pero así no enfadaría a los demás por el hecho de que estuviera todo el tiempo triste, ni se sentirían obligados a hacer algo, como mandarme a este lugar, para que yo esté bien…—

Oír eso me conmovió, me provocó ganas de llorar: — ¡Ya veo, es para evitar que los demás se preocupen de ti! ¡No quieres que los demás se sientan tristes por tu culpa! —

— No quiero ser un estorbo, mejor dicho. Nadie me quiere, es normal, ya que yo…— No fue capaz de seguir hablando. Escondió la cabeza, como si no quisiera que los demás la siguieran viendo.

Yo no tardé ni un segundo en hablar, sentí que tenía que animarla:

— ¡No digas eso! ¡Si no se preocuparán por ti, no te hubieran mandado aquí! ¡Tal vez no serán capaces de entenderte, pero intentan ayudarte! —

No conocía nada de su vida, pero ella no parecía ser una mala persona. Por tanto, algunas personas deben quererla. Tal vez puede que esté equivocada, pero sentía que alguien la debe tener cariño. Y si no fuera así, siempre encontrará a otra persona.

— Pero, pero, es la verdad. — Me replicó, al sacar la cabeza y mirarme, con ojos llorosos. — Yo sólo soy una inútil, no sirvo de nada, sólo me mandan aquí para que les moleste mi presencia. —

Dio una mueca de resignación.

Perdí mi compostura. Salté hacia ella, provocando que diera un grito ahogado, y la abracé con todas mis fuerzas, sorprendiendo a todos en el acto.

— Eso es lo que tú piensas, pero, pero,… — Me costó mucho terminar la frase. — ¡la realidad es otra cosa! — Grité.

Y así nos quedamos por unos cuantos segundos, hasta que Karenina empezó a darme pequeñas palmadas en los hombros.

— ¡Ah, perdón! ¡Lo siento, no quería hacer eso! Me alteré un poco, sólo eso. — Asustada y arrepentida por lo que hice, la solté de golpe. Roja como un tomate, dio un fuerte resoplo. Por poco la iba a ahogar, porque puse su cara contra mi cuerpo.

— No, es mi culpa. — Ella movió la cabeza de un lado para otro. Parecía como si ella fuera la culpable, en vez de yo. — Perdón por enfadarte…—

Quise decirle que no estaba enfadada ni nada parecido, pero no me atreví. Ella decidió también quedarse en silencio. Miré al suelo, cabizbaja, y di un fuerte suspiro, parecía que no había salido muy bien la conversación. Pero no era momento de desanimarme, apreté el puño, mientras me decía sin parar que no pasaba nada, que esto sólo era más que el principio. Luego, alcé mi cabeza, muy decidida.

Aunque perdí la compostura, ya que, al levantar mi cabeza, me encontré que la silla que estaba en el otro extremo del circulo había sido ocupada por Adeline. No me lo esperaba, ella entró y se sentó como si fuera un ninja. Di un chillido de sorpresa, después me tapé la boca.

— ¿¡Ocurre algo!? — Me preguntó, al notar que me asusté de ella.

— No, no es nada. Sólo me sorprendí, nada más. — Le respondí, mientras movía una mano de un lado para otro como señal de que no pasaba nada.

Ella dejó de mirarme a mí para hacerlo con el suelo. Los demás siguieron a lo suyo. Decidí, entonces, hablar con otras personas, pero fue bastante inútil. Ni Harry ni Adeline quisieron hablar conmigo, y Vicent se quedó dormido sobre la silla. Al final la hora pasó, y parecía que no había hecho gran cosa.

« Sólo he conseguido hacerle creer a esa chica que le caigo mal », eso pensaba yo, mientras me levantaba de mi asiento y me iba de ahí, muy preocupada; « ¿Seré capaz de poder conversar con ella la próxima vez? » Por lo que había leído y entendido, debía tener tacto y cuidado con las personas que sufrían depresión, parecía ser que fui incapaz de hacerlo.

Entonces, sentí un pequeño tirón, tras pasar por la puerta. Alguien me cogió de la camiseta para llamar mi atención y yo miré hacia atrás para ver quién. Era Karenina, que miraba al suelo bastante avergonzada. Me quedé en blanco, no se me ocurrió preguntarle qué quería de mí. Pero parecía que ella quería hablarme, así que esperé.

— ¿P-podemos…— Sin soltar mi camiseta, intentando mirar mi cara, ella tardó en ser capaz de decir eso. —…tomar un café? —

— Pues claro que sí, aceptó encantada. — Le respondí de inmediato. Después de que tuvo que vencer a su timidez para decirme algo así, no podría negarme. Aunque  me preguntaba qué quería de mí.

Y así fuimos a la primera cafetería que se encontraba más cercano de nosotras. Además, yo decidí invitarla, aún a pesar de que intentó decirme de que lo iba a pagar ella. La pobre se rindió al instante.

Tras pedir, nosotras nos quedamos en silencio, pero con ganas de hablar. Ella, que miraba a todos lados con muchísimo nerviosismo, tenía una cara que dejaba claro que deseaba hablar, pero era incapaz de hacerlo. A mí no me ocurría nada que pudiera empezar bien la conversación, así que también estaba callada. Al pasar unos minutos, decidí que tenía que empezar como fuera a hablar:

— Perdón por lo de antes, yo no estaba enfadada ni nada parecido, es que sólo quería animar y eso, pero no me salió muy bien. —

— No, no…— Intentaba mirarme a la cara. — Yo debería ser la quería pedir perdón. — No dejaba de jugar con sus manos. — P-por eso, quise invitarte a un café, aunque no he podido…—

Lancé una pequeña carcajada, al darme cuenta de que le fastidié el plan. Luego, añadí:

— Bueno, no pasa nada. La próxima vez será. —

— Aunque no me esperaba eso del abrazo…— Empezó a sonreír levemente, mientras juntaba los brazos, como si intentaba recordar aquella sensación. — A decir verdad, puede ser que sea la primera vez que alguien me haya hecho eso. No recuerdo que mis tíos me hayan abrazado. —

— ¿¡Tíos!? — Entonces, metí la pata, de nuevo. — ¿¡Y tus padres!? —

Al pronunciar sus nombres, ella cambió de forma radical. La cara se le puso morada y entró en shock. Escondió su cabeza entre sus brazos, mientras empezaba a susurrar en voz baja. Era como si volvió en ella recuerdos horribles y la estaban reprimiendo. Al ver eso, a lo primero, me quedé perpleja, preguntándome por qué actuaba así. Luego, me di cuenta de lo que pasaba y me puse muy alterada y asustada, intenté pedirle disculpas, pero nada salió de mi boca.

— No quiero hablar de ellos. — Entonces, Karenina, se sobrepuso y, al ver mi reacción, me decía esto, llena de sufrimiento. — Es doloroso…—

En mi interior, me pregunté a mi misma qué le había pasado a sus padres para que ella se pusiera así, ¿acaso murieron de forma trágica cuando ella era más pequeña?

— Entonces, hablemos de tus tíos. — Intenté cambiar de tema, como fuera posible. — Si quieres…—

— No tengo mucho que decir sobre ellos. — Se puso pensativa. — No son malas personas, pero nuestro trato es… — Se quedó en blanco por unos segundos. — ¿Cómo lo diría? — Y volvió a jugar con sus manos. — Ellos me dan todo lo que necesito, pero no me dan abrazos ni me lanzan ánimos ni nada por el estilo. Lo entiendo, ellos lo hacen por obligación, no me tienen porque quisieron, pero, aún así,…—

— Tal vez, sea porque ellos sean fríos. Es decir, les cuesta mucho expresar sus sentimientos y contactar a los demás. Pero si lo hubieran hecho por obligación, seguro que no te darían todo lo que necesitas, ¡estoy segura! —

— Yo no estoy tan segura…— Ella sólo puso una sonrisa agridulce.

— Bueno, olvidémonos de todos nuestros problemas por unos segundos, hablemos de las cosas que nos gustan. — Con esto dicho, decidí hablarle sobre algunos más temas más agradables.

Y empezó diciendo que no había nada que le gustaba a ella. Después, rectificó y añadió que antes había cosas que si le gustaban, pero que ahora era incapaz de disfrutar de ellos. Eso se me hizo tan triste. A continuación, yo le expliqué lo que a mí me encantaba y le deseé que pudiera recuperar el placer en aquello que disfrutaba, que la iba a ayudar en lo que fuera. Tras, estuvimos charlando sobre varias cosas más y que apenas me acuerdo de que se trataban. Mientras el café, que hace rato que lo trajeron, se estaba enfriando.

— Bueno, ¿quieres hacer algo más? — Eso le dije, cuando las dos nos tragamos nuestro café y estábamos esperando al camarero para que nos trajese la cuenta. — Yo aún tengo mucho tiempo libre. — No tenía muchas ganas de volver a casa, me iba a sentir muy solita después de aquella conversación tan buena que tuve con ella.

— La verdad es que debería volver a casa cuanto antes,… — Se calló de golpe, aunque su cara ponía claramente que ella no deseaba tampoco volver a su casa. Luego, Karenina añadió, con un desánimo mayor que de costumbre: — Tengo que volver pronto, o si no me van a regañar. —

— Pues, entonces, no te molesto más, ¡espero que vuelvas a casa sana y salva! — No quería que la regañasen por mi culpa.

Entonces, ella se levantó de la silla: — Pero, antes, podemos…— Y sacó su móvil y me lo puso delante de mi cara. — ¿¡….podemos ser amigas!? — Roja como un tomate, incapaz de mirar mi cara, me pedía esto. — Si tú quieres, lo entenderé, pero hablar contigo es… Bueno, quiero hablar conmigo. —

— Pues, claro que sí. — Eso le dije con una gran sonrisa en mi rostro. Luego, añadí, algo confundida: — Aunque no entiendo por qué me estás mostrando tu móvil. —

— E-es para que pongas t-tu número o leas el mío. — Tartamudeó.

Y le puse mi  número de teléfono. Después de aquello, con el amanecer pintando la calle de naranja, salimos a la calle y estuvimos hablando un poco, ya que ella llamó a sus tíos para que la recogieran. Al llegar ellos, ella se dio la vuelta hacia mí y, después de unos segundos sin mover ni un musculo, me despidió con la mano de una forma muy tímida. Me decía algo, pero estaba tan bajito que no pude entender.

— Hasta otro día, mujer. — Me despedía de ella muy feliz.

Tras irse, estaba tan emocionada que di brincos de felicidad, alzando la mano hacia al cielo, gritando como loca: — ¡He conseguido un gran logro, lo he conseguido, soy genial, genial! — Mientras los que pasaban por mi lado me miraban muy raro.

De alguna manera u otra, había sido capaz de haber socializado de verdad con alguien del grupo, e incluso le hice sonreír y que se sintiera bien conmigo. Esto sí que era sólo el comienzo, conseguiría que ellos pudieran superar sus depresiones. Como diría aquel astronauta llamado Dean Armstrong, o Neil, no me acuerdo bien de su nombre; “un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la humanidad”.

FIN DE LA CUARTA PARTE

 

 

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