Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Quinta parte, centésima vigésima historia.

— Y así fue como conseguí que la más joven del grupo se ha hecho mi amiga, ¿lo veis? ¿Lo veis? ¡Estoy consiguiendo resultados! —

Al día siguiente, les mostraba a las chicas, estando de nuevo en el karaoke, lo que había conseguido, mostrándoles mi móvil y el perfil de la chica en una red social que ahora sólo la estaba usando para hablar conmigo.

— ¡Increíble! Estaba algo dudosa de que fueras capaz de hacerlo, pero parece que lo estás haciendo. — Hermione estaba muy sorprendida.

— Cuando uno se esfuerza, poco a poco ve resultados. — Y Boudicca lanzó algunas de sus típicas frases, mientras tocaba un poco su instrumento, últimamente estaba muy pesada con él.

— ¡¿Eso es lo sorprendente!? Candy es capaz de hacerse amiga de hasta los mismos extraterrestres,…— A Bonnie le costaba reconocerlo, actuando de forma cabezona o tsundere. — Bueno, eso es lo bueno de ser sociable. —

— ¡Vamos, mujer! Tienes que reconocerlo, lo estoy consiguiendo. — Se lo decía mientras le tocaba la mejilla con un dedo, para molestarla.

— No cantes victoria tan rápido, ahora tienes a una persona depresiva como amiga, ¿¡no sabes el peso que tienes encima!? Además, sólo has conseguido hablar con uno, aún te queda el resto. —

— ¡Vaya aguafiestas! — Inflé mis mejillas, no debería hacerme recordar que aún me quedaba un largo camino.

Bonnie me quiso contestar, pero Hermione se le adelanto, diciendo esto:

— En serio, Candy es realmente sociable, ¡ella siempre hace amigos donde pasa! —

— No es para tanto…— Reí avergonzada, no me esperaba que me dijera eso.

— Y si no lo consigue, no te va a dejar hasta que lo seas, como el caso de esa china, que aún no creo que sea real. — Aunque Bonnie siempre arruina el momento.

— Pues es muy real, incluso me ha invitado a su casa, y yo la he invitado a la mía, hasta te he mostrado fotos. —

— No me lo creo hasta que lo vea en persona. — Me replicó Bonnie.

Nunca me creyeron cuando vi a Mao y a sus amigas y cuando la conocí le hice todo tipos de fotos para que ellas se dieran cuenta de que es verdad. Aún así, no se lo creían, me dijeron que podría ser un montaje. Creo que ellas les gustas meterse conmigo, diciéndome que yo me montó mis propias películas, porque si no es así, no me lo explico.

Pasaron los días y llegó el sábado siguiente. Al llegar al lugar, me encontré a Karerina en la puerta esperándome, y parecía muy impaciente, no dejaba de mirar para otros lados. Cuando me vio, se puso contenta, y estuvo a punto de correr hacia mí, pero parecía que le daba vergüenza.

Yo fue la que corrió hasta alcanzarla, aún cuando no me acordaba de que no debía correr por los pasillos, mientras le saludaba: — Buenas tardes, ¿está todo bien? —

— La verdad es que nunca está bien. — Me contestó con su habitual desánimo.

— Seguro que todos estos días te habrá salido bueno y no te habrás dado cuenta. — Le grité la más animada que pude, tenía que contagiarla con buenas vibras.

— No creo…— Susurró, nada convencida. Luego, Karenina me tiró de la manga e, incapaz de mirarme a la cara, empezó a decir esto: — ¿Puedo, puedo…? —

— ¿El qué? —

— Pues eso, lo de…— Cabizbaja, empezó a jugar con las manos, mientras me lo intentaba decir. — Me da vergüenza decirlo. — Se notaba que estaba muy roja. — Lo del otro día, lo de abra…— Entonces, me di cuenta de lo que quería. — Eso, eso…—

— Aquí tienes tu abrazo. — Y se lo di con mucho gusto. — ¡Qué no te de corte, a mi me encanta hacer abrazos! — Además, de que sientan muy bien,

Karenina ponía una pequeña sonrisa, parecía estar feliz. Cuando la solté, volvió a su tristeza habitual, mientras se metía en la sala corriendo a toda velocidad. Yo, a continuación, entré.

 

Sólo estábamos yo y Karerina, quién se quedo mirándome, con ganas de decir algo, mientras se sentaba en la silla. Yo le iba a preguntar, pero alguien más apareció, aprovechando el momento para saludarle:

— ¡Buenos días, Harry! — Lo hice, a pesar de que sabía que aquella persona me iba a recibir el saludo con mucha amargura.

Sólo lanzó un molesto chasquido de su boca y se sentó en la silla, a mirar al suelo, muy cabizbajo.

— ¿Qué le pasa, no puede comportarse de manera más amable? — Pensé en voz baja.

Lancé mentalmente un insulto cuando vi que dije lo primero que pensé, pero parece ser que él no me escuchó, o me ignoró. Como fuera, me acerqué a Karenina para preguntarle algunas cosas sobre él:

— ¿Él es siempre así? — Le susurré en el oído, muy enfadada.

— Aquí, sí. No sé si es lo mismo afuera, yo no me hablo con él, ni con nadie. — Se juntó los dedos, para luego añadir esto: — Salvo contigo…—

Entonces, le miré fijamente y me dirigí hacia él. Karenina, notando mi mal humor y mis intenciones, intentó detenerme, jalándome de la manga, pero yo ni lo noté.

Al ver Harry que estaba delante de sus narices, me eché un vistazo unos segundos, para luego, mirar para otro lado, ignorándome de nuevo. Eso me  irritó mucho más y le dije esto:

— ¡Deberías ser más amable con los demás, tratarlos como la mierda sólo consigue que la gente te odie! —

— ¡Pues que me odien! A mí no me interesa hablar con los demás, quiero estar sólo. —

Escuchaba a Karerina, pidiéndome con una voz de ardilla, que me detuviera y le dejará en paz; pero ya no podría detenerme:

— ¿Pues, entonces, por qué estás aquí? —

— Porque me obligan, nada más. Como no soy la alegría de la huerta, pues ni en mi casa me quieren aguantar. —

— Pues haz el favor, estando aquí, de que seas más amable. O por lo menos, saluda bien. —

Él no me dijo nada mas, sólo lanzó unos cuantos gruñidos y siguió a lo suyo. Aún enfadada, me volví hacia Karenina y me senté a su lado. Ella ni se atrevió a hablarme, tal vez le daba miedo decirme algunas palabras después de lo que vio.

Tras entrar Vicent y Adeline, la hora pasó como siempre, todo el grupo mirando al suelo, esperando a que pasara el tiempo hasta volver a casa y seguir haciendo lo mismo ahí.

Por mi parte, al tranquilizarme, me di cuenta de que había metido la pata y me sentí muy mal por haberme comportado de esa manera. Así que, tras terminar la hora, decidí hablar un poco más con Harry. Aunque antes, Karenina me tiró de la manga de nuevo:

— ¿Quieres algo? — Le pregunté.

— Nada, solo que, ¡hasta luego! — Se despidió con la mano, antes de salir corriendo. No me dio ni tiempo para devolvérselo.

Luego, salí corriendo hacia Harry, mientras le decía esto: — ¡Harry, detente! — Pero él seguía andando. — ¡¿No me escuchas!? — Parecía como si me estuviera ignorando. — ¡Vamos, hombre, puedes detenerte un momento, necesito hablar contigo! — Y aún cuando lo alcancé, él seguía sin dignarse a escucharme. Eso me molestó tanto que me descontrolé un poco y le di una fuerte palmada en el hombro.

— ¡Idiota, ¿qué haces?! ¡No soy tu saco de boxeo! — Me gritó como siél no hubiera hecho nada malo.

Así que le repliqué: — El idiota eres tú, al estar ignorándome. —

— Ya eres mayor para que tengas que pedir atención. — Dio un gran suspiro y luego continuó, hablándome como si fuera yo una completa molestia: — En fin, ¿ahora qué quieres? ¡Dímelo y déjame en paz de una vez! —

— Pues, es que lamento muchísimo haberte gritado antes, ¡no quería ponerme así, perdí los estribos! Entiendo que no deseas mantener las formas ni que quieras hablar con los demás, por esa razón, creo que hice mal. Te invitaré a tomar un café y todo, ¡por favor acéptalo, para que esta dama no se sienta mal toda la semana! —

Le junté las manos, como si iba a ponerme a rezar de un momento para otro, y empecé a repetir las últimas frases una y otra vez, para que viera lo muy arrepentida que estaba. Aunque, ahora que lo pienso, creo que se sintió un poco siniestro, por eso él accedió muy rápido:

— ¡Vale, vale, pero deja de hacer eso! — Hasta me hizo gestos con la mano para que me detuviese.

Y con esto dicho, fui al bar que visité con Karenina la otra vez. Él tenía muy mala cara, con ganas de salir corriendo del lugar; dando suspiros sin parar y con la mano intentando ocultar su rostro. Eso me hacia poner una mueca de incomodidad, sintiéndome algo molesta conmigo misma por haberle puesto en esa situación. Me había dado cuenta de que le debía ser muy difícil ir a tomar al café por obligación. Tras ponerme a pensar en cómo animarlo, y al no encontrar alguna idea, decidí sacar lo primero que se me ocurrió:

— ¡Ah, ¿cómo te gusta café?! ¿Con leche, sólo, con azúcar, con cuál? —

— Con lo que sea, me da igual…— Gruñó. — Ni siquiera tengo ganas de comer café. —

Tenía que haberle preguntado si quería otra cosa, pero lo último que dijo me hizo mucha gracia, entre las risas le decía: — El café no se come, ¡hombre! ¡Se bebe! — Me miró por un momento, algo molesto. Luego, añadió:

— ¡Da igual, es la misma acción, te metes algo en la barriga, sin masticar en este caso! — Entonces, sacó de sus bolsillos una billetera. — ¿Qué es lo que vas a pedir? —

— Oye, ¡yo soy la que invita! — Le repliqué, no tenía sentido haberle llevado a la cafetería si él, al final, invitaba.

— ¡Te fastidias! Lo hago yo. — Sacó el billete y llamó al camarero. — Además, te voy a invitar como compensación con haberme puesto así. —

Iba a decirle algo más, pero el camarero apareció. Tras irse, Harry me dijo esto. Parecía arrepentido, oculto entre su malhumor: — No te tomes mal lo que ha pasado hoy, soy así con todos, ¡yo no discrimino! — Sé puso a mirar a la calle, con una expresión de fuerte tristeza. — Sólo soy un viejo amargado, que no tiene amigos, que está enfadado con el mundo y que espera que mañana sea el último día de su vida; a estas alturas me es incapaz de comportarme como debe un ciudadano.  —

No pude decir algo más, aquellas palabras y verlo mirando afuera, como si buscaba el significado de la vida en vano, me entristecieron y provocaron que mirara cabizbaja hacia la mesa.

Tan pronto como terminó de tomar el café, él se levantó y me dijo:

— ¿Ya estás contenta, chiquilla? — Se iba a ir del lugar. — Ahora, con tu permiso,… —

Como era incapaz de hablarle después de lo que me dijo, pues perdí una buena oportunidad para tratar con él y hacerle menos hostil. Me había dado cuenta de que aquella actitud inaguantable era una fachada por la cual Harry se escondía. Si quería ayudarlo, como al resto del grupo, y sacarlo de su depresión, tenía que darle más conversación.

— Espera un momento. — Por esa razón, le detuve. — ¿¡Por qué no nos quedamos a charlar un rato más!? —

— ¡Qué pesada eres! — Protestó. — ¿Por qué no te buscas un novio para poder hablar cuando quieras? —

— ¡Por favor! — Le rogué con las manos, tenía que seguir hablando más con él. Además de que sacó un tema peliagudo para mí: — Por otra parte, es mejor no tener novio…— Comenté, con ganas de llorar, con una expresión llena de dolor y enfado, al ver recordar la ruptura que tuve hace unos cuantos meses. Él se quedó con la boca abierta, con una expresión de culpabilidad. A continuación, gruñó, fastidiado y accedió.

Salimos de la cafetería y yo le conté todo lo que me pasó con mi relación anterior, mientras entrabamos a un parque. Yo estaba fuera de mí misma, olvidándome del hecho de que le estaba hablando de cosas muy personales a alguien que apenas conocía. Fue culpa del dolor, cuando lo recuerdo, tengo que desahogarme de aquellos sentimientos que aún me producía eso.

Lo sorprendente es que el gruñón de Harry me escuchó atentamente, no sentí que me ignoraba mientras le hablaba. Cuando terminé, él me preguntó esto:

— ¿Entonces, te liaste con un idiota que sólo le interesaba tu cuerpo, o algo así? —

— No… ¡Sí! Pero, él me dijo que era sólo por mis pechos. Se ponía a fardar de mi como si fuera un premio, y luego no toleraba mis aficiones y se burlaba de mí. Nunca me regalaba nada, salvo sólo para satisfacerle. Al final, cuando me fui a aquí, cuando no estaba a su disposición, me dejó de querer y rompió conmigo. Ahí fui cuando pude abrir los ojos y ver que esa relación no tenía sentido. —

Dio un fuerte suspiro, mientras se tapaba la cara. Luego, añadió: — Como son los chicos y las chicas de hoy en día…— Le miré a la cara, estaba rojo, mientras intentaba mirar hacia al otro lado. — ¿Y no te parece un sinsentido que estés contándole esto a un viejo, de cuarenta años y algo, amargado? ¡Estas cosas se lo tienes que contar a tus amiguitas, no a mí! —

— Ah, ¡es verdad! — Entonces, me di cuenta de que le había incomodado con mi desahogo. — ¡Perdón, es que cuando hablo de ese tema, necesito sacarlo todo! — Y le había hablado de un tema muy íntimo, sentí muchísima vergüenza, tanto que me tape la cara y deseaba ser tragada por la tierra.

Él, al verme así, lanzó otro comentario: — Esto se siente como si mi hija estuviera hablando sobre su nov…—

Se detuvo al momento, su cara se puso muy pálida, como si hubiera recordado algo horrible.

— ¿Hija? — Aún cuando vi esa reacción, no fui capaz de callarme. Me di cuenta de que había tocado un tema peliagudo.

— No es nada…— Se puso muy nervioso. — Seguramente, ella debería tener tu edad…— Se puso muy alterado, con una expresión llena de dolor, y luego gritó: — ¡Mierda! Eso me pasa por ponerme a hablar contigo. —

Empezó a alejarse de mí con pasos apresurados. Yo intenté pedirle disculpas, pero él se adelantó y me dijo:

 

— ¡Lo siento mucho, no quiero hablar! —  Se detuvo por un momento. — ¡Ya es suficiente! — Luego, siguió corriendo.

Yo no fui incapaz de detenerle, al parecer, el tenía una hija y, por cómo reaccionó, le había pasado algo horrible.

— Parece que he metido la pata otra vez…— Di un fuerte suspiro después de comentar. Bajé los hombros, algo desanimada. Al verle salir de ese modo, parecía que sólo le había hecho un mal rato, no parecía que había acortado la distancia con él. Aún así, con aquella charla, me di cuenta de que Harry no era tan mala gente como parecía.

Entonces, escuché una voz débil detrás de mí: — Yo creo que no…—

Giré hacia atrás y, al ver que había alguien ahí, di un gran grito de sorpresa. Ella hizo lo mismo al escucharme. Con la mano en el pecho, con el corazón a mil, la observé. Era Karenina, que cayó al suelo por el susto.

— Perdón. — Me decía muy arrepentida. — Yo, yo no quería hacer eso…— Parecía más asustada que yo.

FIN DE LA QUINTA PARTE

 

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