Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Sexta parte, centésima vigésima historia.

— Lo siento, de verdad…— Karenina estaba temblando y con ganas de llorar. — No era mi intención espiarte ni nada parecido, sólo que… No quería volver a casa. — Era incapaz de mirarme, como si me hubiera hecho algo malo y no se atrevía a ver mi supuesta decepción.

Después de sufrir aquel susto, nos sentamos en un banco y ella intentaba explicarme por qué me estuvo siguiendo todo ese rato. Yo no paraba de decirle que no se sintiera mal, que no había cometido nada malo. Ella continuó hablando:

— En verdad, debería haber vuelto, pero no quiero…—

Al parecer, ella tuvo que irse derecho a su casa, pero no quiso y decidió seguirme, seguramente con ganas de llamar mi atención y pedirme que me quedara un rato más con ella. Karenina sólo es tímida, nada más.

— ¿¡Por qué no quieres ir a casa!? — Le pregunté, a continuación. — ¿Ahí hay algo malo o qué? —

Karenina tardó en contestar, se puso mucho más triste de lo usual y añadió muy resignada: — Soy una molestia. — Luego, intentó mirarme a los ojos y esquivó la mirada al momento, tal vez aterrada por lo que podría pensar de ella. — Aunque, después de lo que he hecho, tal vez lo sea también para ti. — Añadió en voz baja.

— ¡No, nada de eso! Tú no eres eso, Karenina. — Sin querer, le cogí de las manos y se lo dije, mirándole directamente a los ojos, con muchísima seguridad. — Y seguro que tus tíos no piensan eso de ti. — Ella no fue incapaz de esquivar mi mirada, se quedó absorta, como si no hubiera esperado haber escuchado eso.

Al ver que era incapaz de decirme algo, yo seguí hablando:

— ¿Entonces, por qué no te acompaño a casa? — Le solté las manos, aunque Karenina, por un momento, puso una cara que pedía que no lo hiciera. — Si tienes que ir cuanto antes, pues tendrás que hacerlo. Bueno, si no quieres, no pasa nada, eres mayor, puedes hacer lo que quieras. Si quieres, me quedo un ratito más. — Y me levanté del banco.

Boquiabierta, ella añadió, mientras movía su flequillo: — ¿De verdad, me quieres acompañar? —

— Es mejor ir acompañada que sola. —

Al momento, mostró una pequeña sonrisa y se levantó con ánimos, sorprendiéndome en el acto al verla de esa forma: — ¡Vamos! —

Cogimos un autobús y fuimos hacia al noreste de la ciudad, en una barrio lleno de hermosos chalets y calles limpias. Al bajar, andamos un poquito hasta llegar a lo que parecía ser su casa. Ella se detuvo a pocos metros de la puerta, sólo para soltar un sonoro suspiro:

— ¿¡Qué ocurre!? — Le pregunté.

— No es nada. — Me movió las manos de forma exagerada.

Como Karenina era incapaz de tocar el timbre, fui yo la que lo hizo. Y al abrirse, vi a sus tíos. Ellos se quedaron muy sorprendidos al verme. Con los ojos abiertos como platos, me dijeron: — ¿¡Quién eres tú!? —

— ¡Soy Candy Chiu, compañera de su sobrina en ese grupo de autoayuda y nueva amiga desde hace poco, encantada de conoceros! —

Después de dejarnos entrar, yo les saludé de la forma más amigable y animada posible, ya que cuando nos vieron el ambiente se volvió muy pesado. Karenina cerró la boca y les evitaba la mirada.

— Entonces, ¡¿ella también es una depresiva?! — Les preguntaron a su sobrina, pero ésta, de una forma muy desagradable, les ignoró.

Ellos se quedaron cabizbajos y se conformaron con el silencio. Aquella repentina e incómodo ambiente me estaba perturbando tan fuerte que decidí hablar yo:

— Pues sí. — Intentaba mostrarme lo más animada posible, para cambiar el ambiente.

— Pues no lo parece. — Pero eso provocó que ellos mostraran una mirada de extrañeza hacia mí.

— Es que soy muy buena actriz, capaz de ganar un Óscar por eso. —

Me puse tan nerviosa que empecé a mover los brazos de un lado para otro mientras se lo explicaba. Lo aceptaron sin más discusión, asintiendo en silencio. A mí me entraban ganas de llorar.

En lo más fondo de mi ser, me sentía bastante mal por haber mentido a más gente sobre mi condición psicológica, estaba muy feo engañarlos de esa forma. Además de que temía que todo el mundo se creyera que yo estaba sufriendo de verdad depresión.

Luego, ellos se sentaron en el sofá y yo hice lo mismo, después de pedirles permiso. Seguí manteniendo viva nuestra conversación, con la esperanza de librarse de esa ambientación.

— Si se preguntan por qué estoy aquí, es porque sólo quería acompañarla hasta su casa, nada más.  Es mi deber como amiga. —

Inflé el pecho de orgullo mientras se los decía, sentí que quedé bien al soltar esa frase.

— Gracias…— Pero lo único que recibí fue un agradecimientos forzado y soso, como si lo hubieran dicho por decir nada.

Ellos me miraban con total indiferencia, como si daba igual si estuviera ahí o no. Aquella pareja, con la mitad de su pelo en canas y sus caras llenas de arrugas muy notables, sólo se quedaron en silencio. La mujer, con una estatura como la mía y con unos kilitos de más, llevaba un vestido que la hacía parecer mucho mayor de lo que era y llevaba unas gafas enormes. El hombre estaba calvo, delgado hasta los huesos, y estaba muy desaliñado, su ropa parecía pertenecer al siglo pasado, estaba muy descolorido. La sobrina no parecía ser la única que estaba mal, al fijarse en sus aspectos.

A continuación, me di cuenta de que Karenina no estaba, miré por todo el salón, pero ella había desaparecido:

— La niña se ha ido arriba, a encerrarse en su habitación. — Sus tíos me decían esto, al verme así. — Se ha despedido de ti, pero lo ha dicho tan flojo que no te has enterrado. —

— ¿Y no os ha dicho nada? —

Ellos se quedaron callados por unos segundos, con expresión dubitativa:

— Lo de siempre. — Agregaron con resignación. — No nos hablamos. —

Eso me pareció muy feo por parte de Karenina, ella misma me dijo que ellos no le trataba mal, por lo menos debía saludarlos y no verlos como si fuera unos desconocidos.

Aún así, intenté ignorar ese sentimiento de molestia, me decía a mí misma que debía entender a esa chica, que ella sufría una enfermedad que provocaba que se aislará de los demás, mientras juntaba mis manos y las apretaba muy fuerte.

Entonces, ellos fueron los que siguieron la conversación conmigo:

— ¿Y cómo va ella ahí, mejora? — Me preguntaron con muchísimo interés: — ¿Hablas mucho con ella? —

— Pues algo, aunque ella es una persona bastante agradable de hablar…—

Se quedaron callados, sonriendo débilmente, como si hubieran visto la luz. Luego, parecía que estaban a punto de llorar:

— Eso es un milagro. Ni siquiera se digna a hablar con el psicólogo. —

— ¿Cómo lo has hecho? — Parecían incapaces de creérselo.

— Esperen, esperen un momento. — Creo que fue una reacción muy exagerada por la parte de sus tíos. — Yo no he hecho nada, sólo hemos estado hablando un poquito. —

— Debe ser porque tú le comprendes. — Pero parece ser que ni me escucharon, estaban metidos en su propio mundo. — Fue una buena decisión meterla ahí, con los suyos. — Quise decirles que estaban equivocados, pero la disimilada euforia de la pareja no me lo permitió.

Pasaron unos cuantos segundos más, en donde yo empecé a preguntarme por qué eran incapaces de hablarle a su sobrina. Ella necesitaba un empujoncito, que los demás hablasen primero, ¿o tal vez había algo que no les permitían charlar con ella? ¿O Karenina se negaba a hacerlo? Mis dudas, al final, consiguieron que añadiera algo:

— ¿¡Y por qué no habláis con ella de vez en cuando!? — Ellos me miraron, algo sorprendidos. — ¡Estáis viviendo bajo el mismo techo, deberíais tener algo comunicación! Ya que sus padres no están vivos…— Fui interrumpida de golpe:

— Sus padres están vivos…— Me lo dijeron con una expresión de dolor. Sus rostros me decían que no debía haberlo mencionado.

Me quedé aturdida, tardé unos segundos en comprender lo que me dijeron. Si los padres de Karenina estaban vivos, ¿por qué ella actuaba de esa forma y vivía con sus tíos? Trague saliva, con la mirada pérdida, sentía que no deseaba saber qué tipo de desgracia le había pasado con sus padres.

Entonces, oí dos fuertes y sonoros golpes que provenían del segundo piso, eso me hizo levantar del sofá, asustada de que a Karenina le hubiera pasado algo. Pero ellos me detuvieron.

El hombre me señalaba hacia al techo, indicándome que era ella la que estaba produciendo esos golpes para callarlos. Luego, añadió:

— No deberías mencionarlos delante de ella, lo que ha pasado con ellos ha sido…— Su cara se tensaba fuertemente, como si le dolía recordar ciertas cosas.

Entonces, oímos otro sonido mucho más fuerte. La mujer le susurró esto:

— No hables más, cuando hablamos de ese tema ella se pone histérica…—

Yo miré al techo, mientras escuchaba repetidos golpes. Esa era su forma de pedirnos que nos callásemos. Di un suspiro, mientras me preguntaba si las paredes y suelo eran de papel, porque me sorprendía que fuera capaz de escucharnos desde el segundo piso.

— Perdón, creo que he tocado un tema sensible. — Hice un gesto de disculpa. — Ya  me voy, entonces. — Y luego uno de despedida. Salí rauda de ahí.

Mientras volvía a casa por autobús, observando muy desanimada por la ventana las calles de la ciudad, pensaba en muchas cosas.  Era incapaz de imaginar el calvario que debe haber pasado ella. No quería imaginarlo, tuvo que ser horrible. Luego, me imaginé que los demás del grupo también estaban pasando por cosas muy feas. Es más, miles de personas deben haber estado pasando todo tipo de calvarios. Me sentí una privilegiada, como si hubiera tenido toda la suerte del mundo, como si mi vida hubiera estado llena de lujos. Nunca sufrí una horrible desgracia, a pesar de que siempre me meto en problemas, muchos siendo simples tonterías, de los cuales siempre salgo sana y salva. A pesar de todo, quiero a mi familia y a mis amigos, nadie me ha hecho algo horrible y siempre me han ayudado.

No encontraba ninguna cosa que realmente podría llamarse “desgracia”, y debía sentirme contenta, de tener aquella suerte. Pero, por alguna razón, sentí que no me lo merecía, no entendía qué hice para no haber sufrido de esa manera.

« Mierda, ¿en qué tonterías estoy pensando?, » me decía a mí misma, « no debo ponerme triste por ser feliz. Entonces, no tendría sentido ayudarlos. Sí, debo animarme y poner una sonrisa en su lugar. »

Entonces, me levanté del asiento del autobús y grité con todas mis fuerzas: — ¡No me voy a desanimar por tonterías! —

Eso me ayudo a sacar aquel estúpido sentimiento, aunque lo malo es que se me olvido que no estaba sola, el autobús estaba lleno. Los pasajeros y el conductor se quedaron pasmados, mirándome y preguntándose qué le pasaba a aquella loca. Les pedí disculpas, muy avergonzada.

Al volver a casa, lo primero que hice fue caer a la cama de un golpe y lanzar un fuerte suspiro.

— ¡Estoy agotada! — Grité. Creo que salir corriendo del autobús, dominada por la vergüenza, agotó todas mis fuerzas. Y eso que quería ver algunas series y animes antes de dormir. Sin quitarme la ropa, me tape y decidí cerrar los ojos. Pero entonces, el móvil lanzó unos cuantos pitidos y lo miré. Al parecer, alguien me estaba hablando por una red social y lo iba a ignorar, pero entonces vi que eran de Karenina.

Lo miré atentamente y leí en voz alta: — Perdón por lo de antes, no tengo palabras para explicar lo ocurrido. —

— No pasa nada, mujer. — Le contesté a toda velocidad. — Debe haber sido muy doloroso…—

Después de mandar ese mensaje, me arrepentí de haberle escrito lo de que fue muy doloroso. Creí que eso la iba a afectar y estuve esperando con muchísimo nerviosismo su respuesta, deseando que se hubiera sentido fatal.

Tardó casi diez minutos, pero me contestó. Di otro suspiro de alivio, soltando la tensión que mi cuerpo acumuló durante la espera.

— Por fin me contestas, menos mal. — Ponía emoticonos que mostraban sentimientos de alivio y alegría. — Pensaba que te ibas a alejar de mí después de actuar así. —

“¿¡Por qué dices eso!?”, le mandé esto, aunque comprendía realmente el porqué.

— Porque soy horrible…— Esta vez no tardó mucho en contestar.

— No lo eres, punto. — Hablé en voz alta, mientras se lo escribía, tan rápido como lo leí.

Luego de enviarlo, ella no dijo nada más y esperar su mensaje me desesperó. No dejaba de dar vueltas por la cama, preguntándome que si le había sentido mal mi mensaje. Tenía ganas de mandarle otro mensaje, pero no me atrevía. Al final, me quedé dormida.

FIN DE LA SEXTA PARTE

 

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