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Sonrisas felices: Octava parte, vigésima centésima historia.

A la tarde del día siguiente, me pase por la casa de alguien antes de comenzar mi tarea. Mientras tartamudeaba aquella melodía de Peanuts, toqué el timbre y esperé a que abrieran la puerta.

— ¿Eres tú? ¿La única amiga de Darya? — Tras abrir la puerta, la pareja que me recibió se quedó muy sorprendidos. — ¿Qué haces aquí? —

Eran los tíos de Karenina y creo que se pasaron un poco al llamarme la única amiga de ella, aunque fuera cierto. Eso se oyó muy desolador y triste.

Con gran amabilidad y educación, me invitaron a entrar en la casa y nos fuimos al salón. Parecían muy emocionados, como si eran ellos los que yo quería visitar.

Al traerme el té, me preguntaron: — ¿Has venido a visitarla? —

— La verdad es que sí. Como iba a un lugar cerca de aquí, pensaba que sería una bueno oportunidad para molestarla. —

Entonces, ellos apoyaron sus manos contra las mesas de forma muy bruta y se me acercaron muchísimo a la cara:

— ¡Tú no molestas! — Me gritaban muy serios. — ¡Para nada! — Me dejaron muy aturdida. — ¡Siempre será bienvenida a esta casa! —

Boquiabierta, me quedé sin hablar. Tardé unos segundos en reaccionar:

— Oh, ¡vale! — Fue muy soso mi respuesta, pero fue lo único que pude decir.

A continuación, se disculparon por haberse comportado así y seguimos hablando:

— ¡¿Por cierto, qué vais a hacer en Nochebuena!? ¡¿Van a cenar con su familia o los tres juntos aquí!? —

La pareja se quedó en silencio de nuevo y tardaron en hablar. Se miraron el uno al otro y me respondieron bastante cortados:

— La verdad es que no tenemos relación con la familia…— Mostraron una expresión lleno de dolor. — Y así está mucho mejor…— Me pregunté seriamente qué había pasado en esa familia, parecía como si esa familia hubiera hecho un crimen o algo así.

Dieron una pausa y miraron hacia al techo. Luego, continuaron: — Y nosotros nos iremos a salir con unos amigos, ella se quedará aquí. —

— ¿¡También se niega a celebrar la Nochebuena con vosotros!? —  Añadí con lástima. Ellos movieron la cabeza afirmativamente.

—  Así es mejor…— Estaban mirando al suelo, con unos ojos llenos de culpabilidad. —  No tenemos el derecho a obligarla…—

Tragué saliva, evitaba muy fuerte imaginarme qué había pasado en esa maldita familia, pero no podría, empecé a pensar en cosas muy horribles. Me tuve que dar unos cuantos tortazos para detener mis pensamientos, ante la sorpresa de los tíos de Karenina, que me preguntaron qué me pasaba, algo preocupados:

—  No es nada. —  Les respondí muy nerviosa. Luego, tomé el té de golpe.  — ¿¡Ella está en su habitación!? ¡¿Ya sabe que estoy aquí!? —

Eso dije a pesar de que no vi a sus tíos a subir al segundo piso para avisarle de mi llegada. Ellos volvieron me respondieron que si con la cabeza, con una gran seguridad. Entonces, mi móvil sonó y miré, era un mensaje de Karenina.

— Sé que estas aquí desde que llegaste. Perdón por no recibirte, pero no quería bajar, lo siento mucho. — Repetí el mensaje en voz alta. Al momento, recibí este también:

No digas mis mensajes en voz alta, y menos delante de mis tíos.

Su mensaje incluyo  varios emoticonos de enfado, y puse una mueca de incomodidad. Miré hacia sus tíos y encogieron de hombros, como si hubieran adivinado lo que me lanzó su sobrina.

— Voy a visitarla, entonces. — Dije a continuación, mientras les señalaba hacia al techo.

Entonces, ellos se me acercaron y me dijeron en voz baja: — Si puedes, podrías llevártela a algún sitio para que no esté tan sola…— No me negué, es más, creo que fue una suerte para mí. Cuanta más gente, mejor.

Al ver las escaleras, la vi observando desde lo más alto de ellas, en cuatro patas, intentando ocultar su presencia. Ella se dio cuenta de esto y, muy roja, salió corriendo hacia su habitación. No me dio ni tiempo de saludarla.

A continuación, subí al segundo piso y vi su cabecita asomándose detrás de una puerta, que debía ser de su habitación. Con su mirada esquiva, con su cara roja por la vergüenza y temblando como un chihuahua, le dijo esto:

— P-perdón, no era mi intención estar espiando desde las escaleras…—

Yo sólo me acerqué a ella y le ofrecí mi mano, mientras añadía esto con una gran sonrisa:

— ¡Voy a hacer algo esta Nochebuena, ¿te gustaría acompañarte!? — Ella cogió mi mano al instante, moviendo su cabeza con timidez.

Tras eso, salimos de su casa y empezamos a dirigirnos a mi destino. Mientras yo me distraía viendo los copos de las nieves, Karenina, con cierta dificultad, me empezó a preguntar:

— ¿¡P-por, por cierto, a dónde v-vamos!? —

— A la casa de Vicent. —

— ¿Espera, has estado también en su casa? — Añadió muy sorprendida.

— Pues no, pero cuando supe que iba a pasarlo solo en Nochebuena, pues decidí acompañarlo. Aunque él se negó decirme su dirección. —

— Entonces, ¿cómo sabes dónde está su casa? — Le miré la cara por un momento, parecía estar algo confusa.

— Es un secreto…— Agregué, intentando mostrarme misteriosa. La verdad es que si se lo decía, pues me miraría muy mal. Aunque, igualmente, me lanzó una mirada de sospecha.

No tardamos en llegar a un edificio de cinco pisos, en donde el marrón y el rojo se mezclaban, lleno de balcones y rodeado por un pequeño jardín. Aunque estaba muy afeado, al compararlo con los chalets de su alrededor, seguía teniendo una buena imagen. Miré el número y luego mi móvil, y supe enseguida qué ese era el lugar en dónde estaba su casa.

— ¿D-de verdad, es aquí? — Me preguntó Karenina, llena de dudas.

— Eso espero. — Le dije, mientras entraba por la puerta, que estaba media abierta. — Puede que me equivoque. —

Ella me miró con mucha desconfianza, y era lo normal. Pero, aún así, hice un gesto para decirle que confiará en mí.

— ¿¡No vamos a tocar el timbre ni nada parecido!? — Me señaló los timbres y yo le respondí. — ¡Así no vamos a darle una sorpresa, mejor subiremos hasta su piso! — Ella dudó por un momento, pero me siguió.

Tras subir los tres pisos, cruzamos el pasillo de la izquierda y, al llegar a la última puerta, toqué el timbre. Pasaron unos cuantos minutos, hasta que se escuchó una voz que provenía del interior.

— ¡Aquí no hay nadie, seas quién seas! — Parece que le cogí un mal momento, por su tono de voz no se veía muy contento.

— Pero si estás ahí. — Dije aquella obviedad, mientras me preguntaba qué rayos quería decir con esa frase.

— Lo que quiero decir es que te marches de aquí, ¡no tengo ganas de perder el tiempo con un vendedor ambulante ni un testigo de Jehová! ¡Sobre todo con un testigo de Jehová! —

— No soy ninguna de las dos cosas, soy Candy. — Es la primera vez que me confundían por un testigo de Jehová, no sabía si sentirme indignada o no. De todos modos, fui directa al grano. — ¿¡Usted es Vicent, verdad!? —

A continuación, hubo un silencio qué duró casi un minuto o más. Karenina me movió con suavidad el hombro, para que girara hacia ella. Con sólo ver su mirada, supe qué me preguntaba si nos habíamos equivocado. Hice un gesto para señalarle que esperara un poquito.

Entonces, la puerta se abrió y Vicent sacó la cabeza. Con una cara perpleja, exclamó: — ¡De verdad eres tú! — Y la cerró de golpe.

— ¡Oye, no hagas eso, con todo el trabajo que me ha costado encontrar tu casa! — Aturdida, pegué en la puerta de nuevo. — Sólo quería que no pasara la Nochebuena en soledad. —

Entonces, él abrió la puerta y añadió, arrepentido: — Perdón, me has pillado desprevenido. Hace tantos meses que no había nadie que venía a visitarme que no he sabido cómo actuar. —

— No pasa nada, nada de nada. — Reí para ocultar el hecho de que me sentí muy herida por ver que me cerraron la puerta delante de mis narices.

Él miró hacia atrás y vio a Karenina, que se puso muy asustada al ver que era observaba. Yo añadí, intentando atraer la atención del señor mayor:

— ¿Los únicos que pegan en la puerta son vendedores ambulantes y testigos de Jehová? —

Asintió en silencio. Luego, añadió, con tristeza:

— Ah, mi hijo también viene de vez en cuando, pero ese mamarracho sólo viene para pedirme dinero. Así que no cuenta. —

Le quise decir que se contradecía, porque si le visitaba alguien. Aún así, lo ignoré. Él nos hizo un gesto para que nos metiéramos en su casa. Yo miré a Karenina y se le notaba en su cara que deseaba preguntarte qué teníamos que hacer. Yo moví la mano para que se adentrara dentro de la casa de Vicent y ella me obedeció sin rechistar, aunque con una cara llena de dudas y miedo.

Su piso parecía vacio, no había gran cosa, sólo lo imprescindible. Nos fuimos al salón, tras atravesar un pasillo corto y sin nada en él, sólo estaba una mesa de comedor, un sofá muy estropeado y una televisión sobre un pequeño armario. A pesar de todo, se divisaba por todas partes de la casa varias fotos, algunas parecían ser muy antiguas, otras muy nuevas. En todas ellas se veía una mujer, ya siendo en algunas muy jovencita, otras madura o muy vieja. En algunas de esas fotografías, se veía junto a un hombre y un niño. No había duda, eran fotos de la familia de Vicent, y la señora que aparecía en ellos debía ser su esposa.

Mientras estaba ocupada en observar aquellas fotos, él empezó a hablarme: — ¿¡En serio, quieres pasar este día, que debía ser para pasarlo con tu familia, con un vejestorio como yo!? — Lanzó un fuerte suspiro. — Yo me creí que era una broma lo que dijiste ayer, pero has aparecido y hasta has traído a Karenina. —

— Mi familia está en el continente, así que me será difícil visitarlos este año. — Apenas tenía mucho dinero ahorrado para poder ir al hogar de mis padres, era bastante caro.

— Pues yo, me ha invitado Candy. — Karenina intervino también, como si intentaba justificar su presencia. — L-la verdad es que siempre la paso sola en Nochebuena, es extraño que hoy no sea así. —

— Eso ya no va a pasar, ¡vamos a pasarlo bien! — Grité con toda mi alegría, dando un brinco. Estuve a punto de caerme, pero aguanté el equilibrio. Entonces, me di cuenta de algo: — Aunque deberíamos comprar cosas…—

No creía que Vicent tuviera comida preparada para nuestra cena, pero intenté comprobarlo, mirando la cocina, con su permiso. Y estaba vacío, apenas había nada.

— Debería haber comprado comida, pero lo de ayer fue demasiado…— Di un suspiro, y mire en mi cartera. Hice una mueca de molestia, apenas me quedaba dinero. Aún así, no iba a permitir que eso aguará nuestra pequeña fiesta: — Eso no importa, ¡comprare lo que pueda! —

Grité, mirando al techo, con la mano en el pecho. Y al momento, salí corriendo hacia la puerta. Karenina me siguió, como un patito a su mamá.

— Ya es muy tarde para eso, ¡confórmate para lo que hay! — Me gritó Vicent, pero no tenía tiempo para replicarle. Él también me siguió.

Fue peor de lo que imaginaba, perdimos dos horas de nuestras vidas, buscando una buena comida y barata para poder alimentarnos, algo que fue casi imposible. Volvimos agotados a la casa de Vicent.

— ¡Ha sido horrible…! ¡Las colas han sido eternas, y no quedaba nada, sólo estas tonterías! ¡Lo siento mucho…! — Me quejé, mientras me tiraba sobre el viejo sofá, que dio un fuerte crujido, y ponía las bolsas que traje en el suelo.

— Ya te lo dije… — Añadió Vicent.

— P-pero a mí me parece bien. — Karenina no parecía ser una persona de gustos muy refinados, así que se le salía la baba con lo que habíamos comprado.

Yo sólo gruñí como un gato e intenté dar la vuelta en el sofá, pero caí. Me dolió eso. De ahí, me levanté y empecé a sacar las cosas y dejarlas en la mesa, con ellos mirándome como abobados. Miré con detalle lo que habíamos podido comprar. Lechuga, atún, maíz, carne de pollo y cerdo a la mitad de precio, cacahuetes y algunas tonterías.

Estuve durante un buen rato dudando y pensando en qué podría hacer con todo aquello, poniendo todo tipo de caras raras.

— Yo creo que podemos hacer algo muy guay con esto…— En verdad, no tenía ni idea, pero pensé que seguramente se nos ocurriría algo mientras lo hacíamos. — ¡Vamos a preparar nuestra cena! — Me remangue las mangas, llena de entusiasmo.

— Pero yo hace milenios que no he cocinado…— Replicó Vicent, quién ponía una cara de no querer hacer nada. — Y-yo también. — Agregó Karenina, muy preocupada. Para darles un poco de confianza, tuve que sincerarme: — Yo sólo sé hacerme unos huevos fritos y algo más, pero, ¡no os preocupéis! ¡La práctica hace al maestro, yo, como senpai, os enseñaré todo lo que sé! —

Se quedaron algo aturdidos. Se miraron el uno a la otra, cómo si se preguntaba con la mirada qué dije yo.

— ¿¡Senpai!? ¡¿Qué es eso!? — Me preguntaron al unísono.

Al darme cuenta de lo que dije, me puse muy avergonzada. Agitando las manos como una idiota, les decía esto: — No es nada, nada, ¡ignoren eso! ¡Vamos a hacer nuestra comida! —

Y nos pusimos manos a la obra, aunque no nos salió tan bien como creía.

— ¡¿Cómo que no hay sal!? ¡Debe de estar en alguna parte! —

— Es verdad, se me acabo hace tiempo. — Me replicó Vicent, mientras se rascaba la cabeza.

Nos faltaban muchísimos ingredientes, algunos muy esenciales. Yo estaba sacándolo todo lo que había en la despensa y en el frigorífico de Vicent. La mitad ya había caducado hace semanas, meses e incluso años y no encontraba gran cosa ahí. Aún así, no nos rendimos.

— ¡¿Qué más le podemos echar a la ensalada!? — Karenina intentaba ayudar todo lo que podría, aunque era peor de torpe que yo. Me gritaba muy asustada, como si hacer aquello era cuestión de vida o muerte. — ¡Lo que sea, mujer, lo que sea! — Eso le replicaba, pensando que la única cosa que nos ayudaría sería experimentar. Ella empezó a meter lo primero que veía.

— ¿¡Por qué pones la carne en el microondas!? — Le decía a Vicent, al ver que iba a poner las carnes en — Tienes una hornilla eléctrica ahí mismo. — Se lo señalé, y parecía nueva, a pesar de estar llena de polvo.

Vicent también hacia cosas, aunque era igual de torpe que nosotras.

— Pero no sé cómo usarla…— Me replicó. Y luego, agregó: — Además, es un horno. —

Aunque creo que yo era mucho más torpe que él, al confundir un microondas con un horno.

— Entonces, se puede utilizar. — Reí nerviosamente.

De un modo u otro, pudimos preparar nuestra cena.

— Ahora que lo veo, parece algo muy decepcionante…—

A pesar de que nuestras barrigas nos gritaban desesperadamente que le diéramos comida, tampoco parecía muy apetecible.

— Aunque no sé yo si esto es comestible…— Añadió Vicent, mientras observaba un bol lleno de atún y de un arroz muy pegajoso, mezclado con mayonesa. Un experimento que ni yo misma deseaba probar.

— T-tengo miedo…— Karenina miraba con terror hacia nuestros platos, temblando como un flan. — Y s-si nos i-intoxicamos…—

— ¡Ya, ya, vamos a probar! ¡Seguro que nos ha salido bien! — Eso deseaba, porque hasta yo me daba cuenta de que no hicimos un buen trabajo.

Con miedo, cogimos nuestros tenedores y lo acercamos a lo primero que vimos, que fue nuestra ensalada. Al probarla, casi la escupimos. Había algo muy raro en ella.

— K-Karenina, ¿l-le has echado azúcar a u-una ensalada? — Tartamudeé, tras tragar saliva.

Al momento, ella me digo esto: — Lo siento mucho, ¡no era mi intención, te he defraudado! — Y empezó a llorar, tapándose la cara como si ella hubiera hecho algo horrible. Fue muy exagerado por su parte.

— ¡No llores, mujer! ¡No has hecho nada malo! — Y tuve que tranquilizarla.

— Habrá que comerse esto…— Balbuceó Vicent, ignorándonos, mientras se obligaba a comer nuestra comida.

Pues, al final, tuvimos que comerlo todo. No estaban tan mal, algunas cosas como la carne salieron decentes, otras no tanto. Después de eso, nos encendimos la televisión un poco, aunque no había gran cosa. Al poco tiempo, vi como Vicent salía a su pequeña terraza, a ponerse a mirar a la ciudad. Decidí aprovechar ese momento para poder hablar un poco más con él:

— ¡Oh, sí que hace fresco! — Con el abrigo puesto, salí a la terraza. Empecé a temblar de frio. — ¿¡No deberías estar dentro!? ¡Te vas a resfriar! — Estaba nevando.

— ¡Qué así sea, que llegué una enfermedad que me llevé pronto al otro mundo! — Apoyado sobre la barandilla, con una expresión llena de tristeza, agregó esto.

— ¡No digas eso! ¡¿No hay alguien de vosotros que no desea morirse, carajo!? — Le dije, algo molesta, inflando mis mejillas. Ya estaba un poco quemada por el hecho de que todos deseaban morirse pronto.

Él me miró por un momento y continuó hablando:

— En verdad, no tengo ninguno motivo para seguir viviendo. No hay nada qué tenga que hacer, y hace tiempo que me he vuelto un estorbo…— Agachó su mirada. — Además, en el otro lado, alguien debe estar… Da igual…— Cerró sus ojos, como si intentaba recordar algo.

Al momento, me di cuenta a qué se refería y, sin pensar, le dije esto:

— Su esposa, ¡¿verdad!? —

— Sí, algo así. — Se quedó un poco sorprendido, como si yo fuera tan tonta de que no haberme dado cuenta de eso. — Con ella, los días eran muy llevaderos, era una mujer muy aplicada y bastante atenta. Le encantaba muchísimo el teatro, siempre quiso ser actriz, pero la cosa no le fue muy bien. A pesar de todo, no se arrepintió, me decía que elegirme fue lo mejor que pudo hacer. Fue la única persona que siempre creyó en mí. —

Dio una pequeña pausa. Luego siguió hablando: — Cuando murió, es como si algo de mí se hubiera muerto. Ya ni me acuerdo, ¿cuánto fue? ¿Dos? ¿Tres años? — Sonreía con una expresión llena de nostalgia, mirando al cielo, como si estuviera buscando a su esposa entre las estrellas.

Yo no supe qué decir, le miraba entristecida, deje que él siguiera contándome cosas:

— Esta casa se volvió silenciosa y gris. Mi hijo, la única familia que tengo, es un malnacido. Está esperando a que muera para coger su presunta herencia, aunque lo ha intentando conmigo vivo. Si yo no fuera tan listo, me hubiera mandado a una residencia, vendido esta casa y gastado mis ahorros. —

Arqueó las cejas y dio un fuerte suspiro, como si le dolía recordarlo.

— Eso es muy feo…— Añadí, muy indignada. Aún así, tuve una duda: — Aunque, si su hijo sólo espera su muerte, ¿por qué te mando a nosotros? —

— Si me metió a ese club de auto-ayuda era solamente porque se lo obligó el médico, nada más. Él que me mando fue el psicólogo, quién me dijo que tenía depresión. — Lanzó un gruñido. — Es bastante pesado y no deja de interrogarme. —

Él, entonces, se giró y entró en la casa. Pero se detuvo por un momento, para decirme esto: — Pero la verdad es que ha sido bastante entretenido estar contigo y la otra chica. Causáis tantos problemas que uno se le olvida estar triste. — Me miró de reojo, algo avergonzado. Después de dudar por un momento, añadió en voz baja. — Muchas gracias. —

Me di cuenta de que lo necesitaba Vicent, él sólo necesitaba pasar un rato con otras personas, huir de su soledad. Con esto en mente, finalicé nuestra conversación con estas palabras:

— ¡Cuando te sientas solo, podemos acompañarte un rato en tu casa contigo! ¡Aunque tengo una agenda muy apretada, intentaré darte un hueco para visitarte! — Se lo dije con toda mi sinceridad.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

 

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