Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Décima parte, vigésima centésima parte.

Nos habíamos salido del centro comercial y nos fuimos a algún parque solitario para poder hablar con más tranquilidad. Cuando lo hicimos, Karenina se quedó mirando al suelo, llenándose de valor para poder hablar:

— Si no quieres, no deberías forzarte a hacerlo…— Le decía yo, al ver lo mucho que le costaba hacerlo.

— N-no importa, y-yo deseo contártelo…— Me replicó ella. — O b-bueno, una parte de mi. —

Entonces, esperé a que hablase. Al pasar unos pocos segundos, inició:

— Yo tuve muy mala suerte de haber nacido en mi familia… No, fue una desgracia el hecho de que tuviera que haber nacido ahí, con mi madre y sobre todo con mi padre…— Al pronunciar aquella última palabra, ella se puso a temblar, con una cara que transmitía muchísimo terror.

Tardó unos cuantos segundos en seguir hablando:

— T-todos le tenían miedo, incluso su propia familia, sus hermanos y sus padres. Era una persona cruel que siempre buscaba daño como sea, no sé por qué actuaba así y no quiero saberlo. Tampoco sé cómo mi madre se junto con él, pero era muy parecida, aunque delante de él actuaba como una santa. Una v-vez me dijo que, que si se dejo embarazar era para usarme para tener atado o algo así. Ella sólo lo quería por el dinero…—

— Pero ella no hizo tanto como papá…— Cerró los ojos. — Él para desquiciarse de todos sus problemas me hizo cosas…— Se abrazó, como si estaba teniendo muchísimo frio. —…horribles…— Ahí calló, incapaz de hablar.

— ¿¡Qué cosas tan terribles…!? — Tragué saliva, aquellas me salieron sin querer, una parte de mí no deseaba escuchar lo que iba a decir. Ella se volvió a llenar de valor.

— Él me pegaba y me insultaba. No importa lo que hiciera, siempre encontraba una razón para hacerlo, diciéndome una y otra vez que era mi culpa. También me…— Le costó muchísimo decirlo, le dolía tanto recordado que escondió su rostro para que yo no lo viera. — También me…— Pero igualmente vi que volvió a llorar. — me v-vio-violaba…— Murmulló aquellas palabras, antes de quedarse muda, llorando en silencio. Yo me quedé espantada, mi cerebro era incapaz de asimilar lo que había acabado de oír.

— Lo siento…— Solamente pude decir eso. Estaba cabizbaja, con muchas ansias. Escuchar aquello me puso muy mal, ¿¡cómo podría haber gente que fuera capaz de hacer esas cosas a su propia hija!?

— N-no pasa nada…— Se limpió las lágrimas. — Al final, todo eso termino, pero…— Se puso la mano en el pecho e inspiró y respiró unas cuantas veces. — Estuve mucho tiempo así, mi madre no hizo nada, me ignoró y dejo que siguiera sufriendo, me di cuenta de que prefería que yo sufriera antes que poner en peligro su modo de vida. Mis familiares sabían lo que pasaba, pero tenían mucho miedo de él para poder reaccionar. Incluso mis tíos, esos que me tienen acogida, me ignoraron una vez que les pedí ayuda, aún cuando vieron perfectas señales de que era abusada. — Apretó los puños y los dientes, con una expresión de rabia y dolor. — Nadie me ayudaba y yo sentía que era incapaz de escapar, que no tenía salida. —

Ya entendí por qué Karenina era tan hostil con sus tíos, y yo también sentiría rencor contra ellos si estuviera en su lugar. Ella, entonces, se sacó el brazo fuera del abrigo y se remangó las mangas, mostrándome con mucha vergüenza sus heridas. Ni ella misma podría soportarlas, sus ojos intentaban no ver lo que me estaba mostrando.

— Para soportarlo, yo me hacia heridas en todo mi cuerpo, el dolor físico me ayudaba a no pensar en aquellas cosas. Pero llegaron a un punto en que decidí que lo mejor era acabar con todo…—

Rió con amargura.

— Pero el intento fue lo que me sacó de ese infierno. Ahí todos descubrieron todo lo que sufrí y mi padre acabó encerrado en la cárcel y mi madre se quitó del medio. Aún la están buscando, acusada de ser cómplice…—

— Entonces, ¿todo acabo bien, no? — Aún estaba muy aturdida por lo que me había contado, así que lancé una pregunta estúpida.

— Pero yo seguí en este estado, a pesar de que todo acabo bien. Me encerré en mi cuarto, me sigo haciendo heridas por mi cuerpo, apenas puedo comer nada, tampoco dormir aun cuando paso todo el tiempo mirando al techo, no encontraba ningún motivo ni forma de seguir viviendo. Sólo esperaba que pasara el tiempo hasta que llegará mi muerte. —

Escondió su brazo y dio una pequeña pausa, después de lanzar algún que otro suspiro:

— T-tal vez, tal vez, después de todo lo que pase, me aterrorizaba rehacer mi vida, no quería volver a sufrir de nuevo, no quería pasar por lo mismo. Por eso, creo que no me interesaba avanzar, sólo quería quedarme en el punto que estaba. Aún así, no me sentía bien con eso, siempre me sentía mal por no seguir adelante, por convertirme en un estorbo. Llegué a un punto en que necesitaba hacerme daño físico para evitar pensar…—

Entonces, ella volvió a abrazarme, esta vez con mucha fuerzas. Me volvió a sorprender. No fui capaz de decirle nada, sobre todo de pedirle que dejara de hundir su cabeza sobre mi pecho. Ya me estaba dando mucha vergüenza y veía que los que pasaban por nuestro alrededor nos miraban muy raro.

— P-pero hoy ha sido muy divertido. Y lo de Nochebuena, y la fiesta anterior a esa. A pesar de lo negativa que soy, de decirme una y otra vez que cualquier cosa que me vea sólo piensa en mí como algo molesto o muy feo; jamás me he divertido en estos días. Gracias…— Me soltó y me agradecía, mostrándome una gran sonrisa, que me dejó boquiabierta.

Me pareció otra persona, la imagen de aquella chica temblorosa, triste, incapaz de mantener la cabeza alta, mirando a todo el mundo con miedo, había desaparecido por un momento. Me quedé boquiabierta por un momento, luego me puse a fardar.

— No hay de qué, ¡es mi deber…! — Entonces, ella, mientras me miraba fijamente, empezó a reír y yo le tuve que preguntar: — ¿¡Qué pasa!? — No comprendí muy bien aquella reacción, no sabía si era por aquel intento de mostrarme genial.

— Yo estaba muy atemorizada, tenía mucho miedo de que pensaras algo malo de mí después de lo que conté. Pero ahora me siento muy aliviada, ¡se siente muy bien! —

— ¡Por supuesto que sí! ¡Las personas necesitan sacarse todo lo que guarden en ellos, tanto lo malo como lo bueno! ¡O buena parte de eso! —

Entonces, recordé que aquella mentira de que yo también estaba en la depresión seguía en pie, me pregunté si decir eso estaba bien, mientras yo le estaba ocultando algo tan importante a ella. Karenina, no me dio ni tiempo a pensar, porque se acercó a mí de golpe, gritando esto:

— E-entonces, ¿¡puedo contarte todo lo que quiero!? —

— Pues sí, no hay problema. — Dudé si decirle o no que estaba demasiado cerca de mí.

— ¿Si aún cuando sea algo muy feo? —  Lo dijo de una forma tan seria que me hizo dudar por un momento.

— No sé, siempre hay momentos indicados para hacer eso. Pero hazlo, es necesario para ti. —

— Ah, ya veo. — Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se alejó mucho de mí. Luego, se volvió a acercar, mientras me cogía de las manos y me decía esto: — ¡Quiero hablar e ir a más lugares! ¡La próxima vez vamos a visitar a un museo! —

Tras decir eso, nosotras nos quedamos en silencio por unos cuantos minutos, mirando hacia lo que estaba delante de nuestros ojos. Eso hizo que me acordará de algo y se lo dije:

— Por cierto, espero no molestar, pero creo que entiendo a tus tíos. Ellos saben el daño que te han hecho, se arrepienten que no haberte hecho caso. Es verdad, yo lo he visto con mis propios ojos. Sé que es difícil no perdonarles, pero debes darles una oportunidad. —

Tardó en responder, una mueca de incomprensión se vio en su rostro, como si creía que yo estaba loca: — ¿Una oportunidad? —

— Sí, sincérate con ellos. Que ellos se sinceren contigo, ¡que habléis del tema! Ellos no están obligados, quieren ayudarte, pero su culpabilidad, el hecho de que no haberte ayudado en ese momento, le impiden hacerlo. —

— ¿De verdad, eso es cierto? — Con los ojos muy abiertos, me preguntó esto muy incrédula.

— Tal vez sea muy temprano. Pero si os perdonáis mutuamente, ¡seguro que podéis llevaros bien! —

Dudó por un buen rato, se le veía gestos de odio por ellos, pero también se le veía como si ella también deseaba perdonarlos.

Después de todo, me dijo que no eran mala gente, sabía que eran buenas personas, pero el hecho de haber sido abandonada por su suerte le impedía acercarse a ellos.

Tras pasar un buen rato pensándolo, dio un suspiro y añadió esto:

— Entonces, lo haré. — Y me miró y añadió esto: — Pero, quiero que estés a mi lado, ¡tengo mucho miedo! — Asentí con la cabeza, por supuesto que no la iba a dejar sola.

Nos levantamos del banco y fuimos a paso ligero hacia su casa. Al llegar ante su hogar, me agarró de las manos con muchísima fuerzas:

— N-no, n-no creo que pueda…— Temblaba como si ella estuviera sufriendo un terremoto. Su cara mostraba temor. — ¿¡Crees que, después de todo lo que les he hecho, de vivir en su casa, de que darme todo lo que necesito y ser incapaz de hablarles, ni de agradecerles ni nada de nada; ellos quieran hablar conmigo!? —

— Pues claro que sí. Esa es la realidad. — Ella me miró con una cara llena de duda. — Te lo demostraré…— Y con esto dicho, yo pegué en la puerta.

La pareja nos abrió en cuestión de momento, querían decirnos algo pero no se atrevieron, como si esperaban a que su sobrina se fuera a su habitación sin dirigirles la palabra, como siempre.

Karenina se quedó inmóvil, incapaz de gesticular alguna palabra, y estaba cabizbaja, con el miedo de levantar su rostro y dirigirles la mirada. Yo esperé un poco.

— ¡¿Ocurre algo!? — Preguntaron los tíos de Karenina, con muchísima preocupación. — ¡¿Qué pasa!? —

Apretó mi mano con fuerzas y cerró los ojos por un momento, al final vi que ella necesitaba un empujoncito.

— No se alarmen, es sólo que ella quiere decirles algo…—

Luego, con la mejor sonrisa y con una actitud comprensiva, me dirigí a Karenina:

— ¡Vamos, tú puedes! ¡Dile lo que sientes, yo estoy contigo! —

Entonces, Karenina se me quedó mirando y me mostró una sonrisa que me dejó boquiabierta, como si ella se hubiera liberado de golpe aquella depresión. Luego, en menos de un momento, ella miró hacia sus tíos y se lanzo hacia ellos, sorprendiendo a todos.

Los abrazó con muchísima fuerza, escondiendo su cabeza entre el pecho de sus tíos, rompiendo a llorar:

— ¡Perdón, perdón por todo…! — Gritaba con fuerzas — A p-pesar de haberme dejado vivir aquí… Os he tratado fatal. Debo de haber sido una carga para vosotros, todo este tiempo…— Se tenía que detener varias veces porque los sollozos no le dejaban hablar. —…siempre me he sentido muy mal por eso, por odiaros porque no me habéis ayudado antes, por comportarme como un parásito, por no hablar con vosotros, por todo… Lo mejor es que yo no hubiera existido, por haberos dado tantos problemas…—

Los tíos tardaron un momento en reacción, muy sorprendidos por ver a su sobrina pidiéndoles perdón. Luego, ellos también rompieron a llorar, rodeando el cuerpo de su sobrina con sus brazos:

— S-somos nosotros lo que…— Balbuceaban entre sollozos, forzando sus voces para decirles lo que ellos sentían a su sobrina. —…lo que t-tenemos la culpa. —

— N-no, no, yo, yo tengo toda la culpa, de todo…—

— ¡No te culpes por favor! — Le miraron a los ojos llorosos de Karenina. — ¡Nosotros, aún cuando sabíamos que te pasaba algo malo, a pesar de que nos pediste ayuda, nosotros te ignoramos! — Y limpiaron su cara bañada en lágrima con muchísima ternura.

— Sé que no tenemos perdón…— En sus caras se veían puras caras marcadas por el arrepentimiento y el dolor de sus errores. — P-pero, aún así, queremos hacer todo lo posible por ayudarte. —

— ¡¿Es verdad!? — Les preguntó con insistencia, su cerebro seguramente le estaba diciendo otra cosa totalmente distinta a lo que ocurría delante de sus ojos. — ¡¿Entonces, no soy una carga!? —

Pero ellos, sin decir ni una palabra más, con un simple movimiento con la cabeza, consiguieron disipar todas aquellas dudas que almacenaba en su cabeza. Ella, con una sonrisa de felicidad, los volvió a abrazar con fuerzas.

Y murmuró estas palabras: — Gracias…—

Tras presenciar aquella escena, yo fui contagiada con la atmósfera del momento, se me llenó los ojos de lágrimas y deseaba pedirle perdón a algo. Intenté controlarme, pero no pude al final:

— ¡Y-ya no puedo más! — Grité como una idiota, llorando a mares. Y salté hacia ellos, abrazándoles con fuerza, como podría. — ¡Yo también lo siento mucho, no sé por qué, pero quiero que me perdonen! —

Arruiné la bonita escena que ellos formaron, pero aquello conmovió mi corazón.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

 

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