Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Onceava parte, vigésima centésima parte.

Al sábado siguiente, muy animada por los acontecimientos, me fui directa hacia el lugar en donde el grupo de auto-ayuda, como siempre. Pero la puerta de la sala no se abría y parecía que no había nadie:

— ¡Qué extraño, si he llegado muy tarde hoy…! Debería estar abierto…— Entonces, me di cuenta de que había un letrero en la puerta y lo leí en voz alta: — Cerrado por vacaciones de invierno…—

Luego di un chillido de sorpresa, al recordar que me dijeron eso estaba cerrado.

— ¡¿Y para esto he salido de mi casa…!? — Baje la cabeza y di un lamento. — ¡Con lo calentita que podría estar en mi casa…! — Soporté un frio helador y caminé como un pingüino por la calle para nada. Me maldije.

— Parece ser que no eres la única idiota en olvidarse de eso…— Entonces, escuché la voz de alguien conocido.

Giré la cabeza y vi que Harry estaba a mi lado poniendo una cara que parecía decir que yo no tenía remedio. Ignoré y me acerqué a él:

— ¡¿Así que tú también creías que era hoy, verdad!? — Le pregunté y él asintió con la cabeza. Eso me alivió e incluso me provocó carcajadas, por lo gracioso que fue eso de que él se hubiera equivocado también.

— ¿¡Qué te hace tanta gracia!? — Me pregunto con una mueca de molestia. — A ti también te ha pasado lo mismo…—

— No es nada, nada…— Me forcé a callarme. Luego, añadí, muy exigente: — Aunque deberías saludar primero. —

— Hola…— Fue la cosa más forzada y desanimado que había oído. — ¿Ya está mejor así? —

— Sí, pero no es un saludo muy motivador…— Tenía los hombros caídos, muy decepcionada.

— Aguántate con eso. — Dio una respuesta muy propia de un rascarrabias como él. Entonces, se dio la vuelta y añadió esto: — Yo me vuelvo a casa…—

Pero yo no le iba a dejar que se fuera así como así, recordé que tenía algo que hacer.

— ¡No tan rápido! — Le detuve, agarrándolo del brazo. — ¡No puedes irte así, sin más! —

— Si no está el maldito grupo ese, entonces me vuelvo. Yo ni tenía ganas de salir de casa. — Me  replicaba, mientras intentaba liberarse de mí.

— Pues eso, pero haber venido aquí y ver que ha sido para nada es un rollo, ¡vamos a comer o ir algún lado para hacer que esta caminata bajo la nieve cruel tenga sentido! — Y volver a casa sin nada planeado que hacer tampoco era plan para mí.

Él puso muy mala cara y luego me lanzó una negativa. Yo, sin soltarle el brazo, seguí insistiendo:

— ¡Por favor, haz que salir de mi casa haya servido para algo! — Le suplicaba, necesitaba conseguir aquella posibilidad que se me había aparecido, además de evitar morirme de aburrimiento.

Harry se detuvo y al ver mi cara durante unos cuantos segundos, dio un fuerte suspiro. Al final, aceptó.

— ¿¡Quieres ir a un museo!? — Eso dijo, cuando salimos del ayuntamiento y le dije adónde quería ir. — ¡¿Con las pintas que tenemos, que parecemos vagabundos, deseas ir a ese sitio!? — Yo miré por un momento nuestras ropas, exageraba, íbamos bien. La idea no le hacía mucha gracia.

— ¡Pues claro que sí, hay que culturizarse y eso! — Hacia tiempo que deseaba ir a un museo, admirar obras de arte y sentirme como toda una snob.

Y así acabamos en el museo de arte moderno de Springfield, que estaba al lado. Me quedé con la boca muy abierta cuando lo vi con mis propios ojos.

— ¡¿Aquí es el museo!? ¡Increíble, parece un palacio sacado de un cuento de hadas! —

Al momento, le saqué unas cuantas fotos con el móvil, ya que me olvidé de traer mi cámara, algo de lo que me arrepentí.

Me sentí como si estuviera de vacaciones en Europa, un enorme edificio de dos plantas, rodeado de pequeños, pero majestuosos jardines; estaba ante mí.

Tenía cientos de ventanas, que eran el doble de altas que una persona normal, y unos cuantos balcones llenos de columnas blancas, con basas y capiteles de color dorado. El azul y el blanco se repetían por el exquisito muro del edificio.

Yo no podría estar quieta, iba de un lado para otro, observando cada detalle que veía de aquel edificio y su alrededor, sacando fotos sin parar, hasta las señales de tráfico de la calle y los bancos de los jardines.

Harry se quedó mirándome, con los hombros caídos y con una cara desanimada, como si se deseaba ir de aquel lugar bien rápido.

— ¡¿A qué es bonito!? — Yo le hablaba, pero ni le daba tiempo a responder, porque yo no podría detenerme. — ¡A mí me parece hermoso, no sabía que Shelijonia podría tener joyas como ésta! — Estaba muy eufórica, la belleza del palacio me volvió loca.

Y me puse más animada cuando se me dio por leer el cartel en dónde te contaba la historia de aquel lugar:

— ¡Mira, aquí dice que fue residencia de veraneo de los Romanov! Increíble, ¡estoy ante una residencia de una familia real! —

Di un enorme chillido de fangirl, provocando que todo lo de mí alrededor diera un brinco. Yo no me di cuenta, estaba más ocupada en admirar el palacio que en otra cosa.

— ¡No grites! — Entre quejidos y gruñidos, me decía Harry, tocándose la cabeza como si le estaba doliendo. — ¡Me estás dando vergüenza ajena, pareces una niña pequeña! —

Yo ni me paré a replicarle, le cogí del brazo y me fui directa hacia a la puerta principal:

— ¡Vamos, vamos, entremos! — Le gritaba muy entusiasmada.

— ¡Vale, vale, pero no me arrastres! — Me replicaba Harry, mientras se resistía a ser empujado por mí.

Al entrar, nos llevamos una sorpresa cuando vimos la exposición de arte moderno que había dentro del palacio.

— ¡¿Y por esto he tenido que pagar quince dólares!? — Añadió con un gesto desalentador, tras entrar y ver una de las primeras obras de la exposición.

— No es “esto”, es puro arte. Si te hace sentir un sentimiento, lo es. Bueno, este debe de tener un significado my profundo, pero no puedo entender el qué. — Lo miraba fijamente, intentando comprender qué era lo que nos quería decir el autor con aquella obra. — ¿¡Será una crítica a la sociedad!? ¡¿O la muestra de un concepto revolucionario y único!? — Pero por mucho que me esforzaba no podría entenderlo, me preguntaba si era tan idiota que ni podría entender el significado de una obra de arte,

Harry arqueó las cejas, mirándome como si fuera una loca, y me dijo:

— Es sólo un cuadro con cuatro puntos en cada esquina y en el centro la foto de un perro mordiéndose la entrepierna.  —

— Eso lo será para nosotros, pero para el autor debe tener un motivo muy diferente, esto debe ser muy rebuscado. —

Si estaba en una galería de arte, debía ser por algo. Aunque ya estaba dudando de que fuera así.

Le saqué una foto y miramos al siguiente cuadro.

Mientras nosotros dos íbamos recorríamos toda la galería del primer piso, observé que Harry no lo estaba disfrutando, su cara de mala pulgas parecía mostrar que estaba más irritado que de costumbre. Miraba los cuadros como si ellos le hubieran hecho algo malo y la gente que pasaba a nuestro alrededor se alejaba de él cuando veían su cara. Me sentí muy desanimada, necesitaba conseguir que se divirtiera y lo único que veía era pura amargura.

Al llegar a unas escaleras que llevaban al segundo piso, me detuve y me giré hacia él.

— ¡¿Acaso no te gustan los museos!? — Le pregunté, muy preocupada. Él se quedó con la boca abierta por un momento.

— ¿¡A qué viene eso de repente…!? — Se rasco la cabeza, con una expresión de molestia. — Ni me van ni me viene, si eso quieres saber…—

— Entonces, ¡¿por qué no lo estás disfrutando!? —

Le repliqué,  inflando las mejillas. Harry dio un fuerte suspiro y continuó:

— Por supuesto que no lo estoy haciendo, ¡¿qué pensabas, qué me iba a divertir si me llevases a algún algo!? No disfrutaría ni aunque estuviera en un parque de atracciones. —

— ¡Pero pensaba que un adulto aburrido como tú le gustaría este tipo de lugares…! — Me tape la boca y añadí entre risas nerviosas. — ¡Ignora eso…! — Él cerró los ojos y me miró fijamente.

— Da igual, además…— Entonces, vi una expresión que me desconcertó. Sólo fueron unos segundos, pero sentí como el miraba con una expresión de dolor, como si le dolía mucho ver mi cara.  Se ocultó el rostro con la mano y añadió esto, evitando mi mirada. — ¡No es nada! Vamos a terminar de visitar este lugar lleno de idioteces que la gente admira como si fuera obras de arte. —

Y empezó a subir las escaleras tan rápido como pudo, yo me quedé paralizada, preguntándome qué fue aquello.

Y aquella expresión no dejo de repetirse en mi cabeza, era incapaz de pensar en otra cosa, mi cerebro no me dejaba hacerlo. Ya ni le prestaba atención al arte y ni siquiera estaba fotos. Harry, quién empezó a protestar en voz baja de cada cuadro que veía, se dio cuenta al momento y no dejo de mirarme de reojo, como si deseaba preguntármelo pero no se atrevía.

Al dar cuenta, yo decidí que debía preguntarle lo que rondaba por mi cabeza:

— Harry, ¡¿te caigo mal!? — Estaba muy preocupada de que aquella mirada fuera como un indicativo de que le cayera mal o algo peor.

— ¡¿Por qué dices eso!? — No se inmuto, fue incapaz de mirarme a la cara.

— Es que antes me miraste de una forma rara. — Yo me puse delante de él, para mirarle los ojos. Él esquivaba como podía el contacto visual, como si me ocultaba algo. — Tal vez era porque siempre soy muy hiperactiva y siempre que puedo te arrastro a cualquier parte, como este museo…—

— ¡No es eso, no te hagas ideas raras! Aunque a veces eres muy pesada…— Intentó quitarse del medio, pero yo se lo impedía.

— Entonces, ¡¿por qué!? —

— Ignóralo, no es algo que deba interesarte…— Empezó a ponerse muy nervioso. Y yo, a pesar de que sabía que lo estaba presionando demasiado, seguí.

— ¡No puedo hacerlo, llevo un buen rato sin quitármelo de la cabeza! — Me acerqué demasiado a él, que seguía evitando mi mirada como si la vida le fuera en ello. — ¡¿Dime qué es!? ¡¿Es por qué te recuerdo a alguien te ha hecho mucho daño o qué!? —

— ¡Te he dicho que…! — Entonces, explotó. Me gritó con muchísima fuerza, mientras se alejaba de mí de un brinco. — ¡Para de una vez, maldita mocosa! —

Yo me quedé sin palabras, con la boca abierta. Aquello me asustó muchísimo, como si fuera mi propio padre el que me grito por haberme comportado mal. Me sentí fatal, como si hice algo muy mal. Parecía como si fuera una niña pequeña.

Él, al verme así, dio una mueca de molestia y con un gesto de arrepentimiento, añadió esto con muchísimo dolor:

— ¡Me recuerdas a mi hija, es lo que pasa, por el amor de Dios! ¡¿Ya estás contenta!? — Ponía una cara que decía claramente que deseaba llorar.

— ¿¡Tu hija…!? — Hablé como zombi, con los ojos bien abiertos.

— Sí, si siguiera viva, seguramente tuviera tu misma edad…— Lanzó un gruñido, se giró y se alejó de mí a paso ligero, mientras añadía muy molesto: — ¡Maldición! ¡Ya me voy, estoy harto de este maldito museo, sólo se ve más que pura basura…! —

Miré al suelo con muchísima tristeza, me costaba muchísimo imaginar lo que debía ser para un padre haber perdido un hijo, además de que me hizo recordar en los míos, que estaban viviendo muy bien en mi pueblo natal.

Pero el bloqueo se me duró poco, porque levanté la cabeza y me dirigí hacia Harry, para decirles esto con todo mi arrepentimiento:

— Lo siento muchísimo, Harry. No era mi intención decirlo. — Aunque me pregunté si estaba bien hablarle después de lo que pasó.

Él sólo se detuvo por unos cuantos segundos y agregó: — No te pongas a pedir disculpas, yo soy él que se sienta muy mal por haberte gritado…—

— Pero, por mi insistencia…— Me callé, no quería empeorar el asunto. Él no dijo nada más, se quedó esperando. Entonces, dominada por mi curiosidad, le dije esto: — Por cierto, ¡quiero saber más sobre tu hija! ¡¿Cómo fue, en qué se parece en mí!? ¡Vamos, dímelo! — Y añadí, por si acaso: — Bueno, si no quieres contarlo, no pasa nada…—

Pasó casi un minuto de silencio. Tragué saliva, preguntándome con terror qué estaba pensando Harry, si le molesta aquello que dije o era otra cosa. Entonces, abrió la boca.

— La verdad es que quiero…— Dio un resoplido. — Yo necesito sacar todo lo que tengo dentro, pero nunca he tenido a nadie a quién podría decir, o ni lo he intentado. — Y se giró hacia mí, con una expresión de enorme tristeza. — Entonces, te usaré para sacar mis penas…—

— Por mí, encantada. — Lo dije con mucha energía, intentando imitar un gesto militar, que me salió mal. Luego, entre risas nerviosas, le solté algo más: — Aunque eso suena muy mal…—

FIN DE LA ONCEAVA PARTE

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