Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Treceava parte, centésima vigésima historia.

Y llegó el nuevo año, entonces, y las vacaciones de invierno terminaron. A pesar de que no me dio tiempo a realizar una reunión entre todos los del grupo que no fuera en esa fea sala. Por tanto, pensé aprovechar el primer sábado de Enero para sacarlos de ese lugar y hacer algo divertido todos juntos.

— ¡Buenas tardes a todos! — Entré con todas mis energías en la sala en donde estaba el club de autoayuda, gritando a todo volumen.

— Tan enérgica como siempre…— Me dijo Harry al verme. No sabía muy bien si se estaba quejando o no, porque esbozo una sonrisa que duró por unos momentos, forzando su cara para no verse contento. O eso creía observar en su rostro.

— Qué envidia me da esa chica, siempre actuando como si le hubiera tocado la lotería. — Vicent se veía mucho más sincero, se veía alegría en su cansado rostro.

— ¿Abrazo? — Y Karenina se levantó y fue directa hacia mí, mientras me decía esto con mucha vergüenza, haciendo gestos extraños con los brazos. Le abracé como ella quería.

Luego, me quedé mirando a los tres, muy sorprendida ante lo que estaba viendo. Por primera vez en esta sala, el ambiente desolado y deprimente que se había generado entre nosotros no estaba. Cuando entré, a todos le entraron una gran alegría, parecía como si todo eso de la depresión no había existido.

Eso me hacía sentir muy motivada y feliz, estaba consiguiendo que aquellas personas estaban superando aquel problema. Todo gracias a mí.

Pero, aún así, había algo extraño en el lugar. Era como si faltaba algo.

Empecé a mirar por todas partes buscándola. Pero, al comprobar visualmente su ausencia, les pregunte a los demás:

— ¿¡Dónde está Adeline!? —

Los tres me respondieron a la vez con un gesto, moviendo la cabeza de un lado para otro para decirme que no. Eso me preocupó un poco.

— Vamos a esperarla un poco. — Añadí, mientras me sentaba en la silla.

A continuación, pasaron casi media hora en vano, no vino a nadie entrar. La mujer que se ocupaba de nuestro grupo, Adeline, no había venido.

— Si no está ella aquí, ¿ahora qué hacemos…? — Hablé en voz alta, cansada de esperar. No dejaba de moverme en la silla, buscando una nueva postura de vez en cuando. Al final, muerta de aburrimiento y molesta, me levanté de la silla.

— Estando ella o no, nunca hemos hecho nada aquí. — Me replicó Harry, mientras veía como yo empecé a dar vueltas alrededor del círculo de sillas.

Realmente no había fastidiado mi idea de salir con el resto del grupo, pero no quería dejarla a un lado, ya lo había hecho por un largo tiempo. Necesitaba que Adeline se fuera con nosotros.

— Pero así es aburrido. — Me giré hacia la puerta y salí de la sala. Los demás me preguntaron a dónde iba. Así les respondí: — ¡Vamos a buscarla! —

Y con esto dicho, yo, Karenina, Harry y Vicent salimos del ayuntamiento en busca de Adeline. Al alejarnos unos cuantos metros del edificio, me di cuenta de algo. Me detuve, les miré a ellos, que me seguían en silencio; y les pregunté esto:

— Por cierto, ¿alguno de vosotros sabéis dónde vive ella? —

Se quedaron boquiabiertos por unos minutos, para luego agregar esto:

— ¿¡Entonces, por qué has salido corriendo!? Eso nos hizo pensar que tú sabías donde estaba ella…—

— Pues, es que se me había olvidado ese detalle…— Reí como tonta.

Vicent y Harry lanzaron un fuerte suspiro, tapando sus caras con sus manos. Karenina me miraba inmóvil, parecía ser la única que no le importaba aquella torpeza que cometí.

Tuvimos que volver hacia atrás y deje al resto en los pies del edificio, mientras yo entraba en el lugar para conseguir información sobre donde vivía. Y lo conseguí, al salir, ya sabía dónde estaba el lugar, lo puse en el GPS para no perderme.

— ¡Ahora sí que nos vamos, gente! ¡Ya sé dónde vive! —

— ¡¿Es en serio!? ¡¿Cómo has descubierto eso!? — Me preguntó muy serio Harry.

— Pues es un secreto…— Lo dije con un tono chistoso, mientras sacaba la lengua.

Vicent y Harry se quedaron mirándome muy feo y yo, para que no empezaran a preguntarme, les empecé a empujar, mientras les decía esto:

— Pero eso no importa ahora, ¡tenemos que irnos rápidos a su casa! ¡Vamos, vamos! — Ellos me respondía que sí, que iban a darse prisa; pero que dejara de empujarlos. Karenina nos siguió en silencio, intentando estar muy cerca de mí.

Adelina, como los demás, vivía en la otra punta de la ciudad y tuvimos que subirnos al autobús. Estaba situada en el extremo este de Springfield, en el desconocido distrito de Medezvedez. Ella vivía en otro barrio de chalets, en una zona en donde el campo y lo urbano ya se entremezclaban.

Mientras, para pasar el rato en un trayecto de autobús que se nos estaba haciendo muy largo, yo decidí hablar con los demás.

— ¿Cómo te estás yendo con tus tíos, Karenina? — Como se estaba quedando dormida, mis palabras las despertaron de un brinco.

Luego, con una expresión adormilada en su rostro, tras unos segundos algo pensativa, me respondió: — Pues bien, creo…—

— Esa respuesta no parece muy convincente…—

— Es verdad, hablamos poquito a poco, pero nunca sé que puedo hablar con ellos y me callo, y me pongo triste. Me pregunto si soy tan mala hablando o no soy nada interesante. Tal vez, tal vez,…— Mirando al suelo cabizbaja, empezó a calentarse la cabeza con esas tonterías. Se lo quite, dándole un abrazo sorpresa.

— ¡Si te pones a pensar, no te va a salir nada bien! — Ella intentó replicarme, pero me adelanté: — Di lo primero que se ocurra y punto. —

— ¿Y si meto la pata…? — Aún mostraba preocupación en su rostro.

— Pues, arréglalo o me llamas a mí, que te lo arreglo si quieres. —

Asentó con la cabeza, luego empezó a sonreír, mientras escondía su cabeza en mi pecho.

— Si fuera tú, la última persona que llamaría sería ella. — Entonces, Harry intervino, molestándome de nuevo.

Pero no protesté, porque hizo algo que me dejo muy sorprendida. Karenina se asustó un poco, se puso a temblar, mirándole también impactada, tampoco se lo esperaba, aunque creo que su reacción fue muy exagerada:

— ¡Es la primera vez que hablas con ella! ¡Es un logro desbloqueado! —

Abrió la boca, sorprendido, y agregó: — ¡¿Por qué te sorprendes tanto!? —

Como me daba pereza decírselo, decidí pasar a otra cosa.

— Bueno, eso no importa, pero siempre tienes que decir algo malo de mí, soy muy confiable. —

Era la primera vez que yo veía que un miembro le habló a otro que no fuera yo. Aquella cosa que le pareció insignificante a Harry, me dejo con toda seguridad que estábamos avanzando.

— ¡¿Y cómo te va todo!? — A continuación, decidí hablar con el cascarrabias. Éste tardó en hablar:

— Como siempre…— Se rascaba la cabeza, mientras miraba por todas partes. — Con ganas de morir. —

Oír eso me desánimo, aunque no parecía que lo estaba diciendo tan en serio como antes. Di un resoplido y recordé que estas cosas no se curaban de un día para otro, necesitaba paciencia, demasiada.

— Si quieres, te traigo esperanza para que no tenga ganas de morir por un buen rato. — Le dije esto con todo mi entusiasmo, mientras hacía gestos que dejo desconcertados a los presentes, que se quedaron mirándome.

Luego, le tocó el turno de Vicent: — ¿Y a ti, abuelito? ¿Cómo te van las cosas? —

— ¿¡Por qué ahora me llamas abuelito!? — Parpadeó y dio un gesto de desánimo: — Pues lo mismo que él. — Señaló a Harry. — Lo normal, esperando la dulce muerte. —

En serio, esta gente era capaz de hundirme la moral, provocaron que me preguntara a mí misma por qué no podrían ser más positivos.

— Aunque con mi hijo jodiendo de vez en cuando. — Luego, agrego esto, con un tono de ira.

— ¡¿Sigue pidiéndote dinero y eso!? — Le pregunté muy seria.

— No quiero hablar de eso…— Esquivó mi mirada, y puso una expresión malhumorada. Eso era suficiente para que siguiera insistiendo.

— Por favor, dilo…— Me mostraba amable, aunque con ganas de darle un golpe a su hijo por tratar tan mal a su anciano padre. — No tienes a nadie para contar tus problemas, ¿no? —

Él no fue capaz de hablarme. Y seguí insistiendo:

— Hablar con los demás te hace sacar todo lo que tienes guardado, saca todo el enfado que tienes con él, ¡¿entendido!? —

Entonces, me miró por unos segundos y asentó con la cabeza. A continuación, empezó a hablar del tema:

— Ese mamarracho que ni siquiera levantó el trasero para pasar el día conmigo en Nochebuena o en Nochevieja, se me apareció anteayer. Pidiendo de nuevo dinero, inventándose una historia más falsa que una pirita. Al ver que no lo conseguía, se puso como una furia y empezó a decirme de todo y desear que me fuera pronto a la tumba. Lo más gracioso es que me llamó agarrado porque no le dejaba ni un céntimo a él, que un viejo decrepito como yo no necesitaba tanto dinero. —

— ¡Qué imbécil, qué ganas me entra de darle un buen puñetazo! — Agregó Harry, que fue mostró una expresión de ira.

Estaba consternada. Me era incapaz de imaginar qué tipo de persona era su hijo, por sus palabras, parecía un estereotipo, me costaba creer que hubiera alguien así en la vida real.

— ¡¿Por qué te tiene que tratar de esa forma!? — Por esa razón, al igual que Harry, se me hirvió la sangre. — ¡¿Es subnormal o qué!? —

Karenina no dijo nada, pero por la expresión que mostraba en su cara se veía que ella también estaba indignada.

Vicent, cabizbajo, dio un suspiro y siguió hablando:

— Y no es eso todo. Al día siguiente, volvió y me pidió perdón, con una actuación muy lamentable. Sólo volvió para intentar sacarme dinero. Y se volvió a repetir el asunto. Salió echando pestes de mí, mientras yo le decía que me dejará en paz de una puta vez. Menos mal que lo hizo, a ver cuánto dura. —

Harry soltó todo tipo de insultos, mientras yo me quedaba en silencio, muy enfadada. Pero lo que me hizo enfadar de verdad fue esto:

— Me pregunto qué he hecho para merecer esto, qué he fallado como padre para que mi hijo se haya vuelto así, para que se haya vuelto alguien tan patético y desagradable…—

Miraba al suelo muy entristecido, en sus palabras se podría notar un sentimiento de culpabilidad, se notaba bastante que se sentía responsable de que su hijo se volviera así. También se veía rabia en sus ojos, no sabía pensar si era contra él mismo o su chico. Verlo así me puso muy mala, no podría dejarlo así, decidí hacer algo por él antes de llegar a la casa de Adeline.

— ¿¡Y ahora a adónde nos tenemos que dirigir Candy!? — Me preguntó Harry, tras bajarnos del autobús.

Habíamos llegado a la última parada y aún nos cacho para llegar a su casa. Teníamos que seguir la carretera que iba hacia al sureste. A lo lejos ya se veían, entre chalets y casas más humildes, pequeñas colinas y prados en donde comían animales o plantaban plantas. El griterío de los animales, sobre todo el de las vacas, perros o cerdos; era el sonido de fondo.

— Ya te lo digo en un momento, pero antes…— Cogí mi teléfono y miré hacia a nuestro anciano: — ¿¡Sabes el número de teléfono de tu hijo, Vicent!? —

— Pues sí, ¿¡qué quieres hacer!? — Él se quedó algo extrañado por mi pregunta. Los demás también.

— Si no es mucha molestia, quiero dejarle claro unas cuantas cosas…—

Se quedó pensativo por un rato, pero al final me lo dijo como si apenas le daba importancia darme el número de su hijo.

Harry intentó detenerme: — ¡Por el amor de Dios, no te metas en otro problema! —

Pero fue en vano, ya lo estaba llamando cuando me dijo aquello. Vicent, entonces, le habló:

— ¡Qué haga lo que ella quiera…! — Empezó a mostrar una sonrisa que parecía propia la de villano. — Además, tengo muchísimas ganas de ver como joden a mi hijo…—

Tardó en contestar, y cuando lo hizo me habló con un tono muy borde y desagradable, como si le hubiera hecho enfadar. Oía ruidos de fondo de tragaperras y gente chillando.

— ¡¿Quién es!? ¡Sea quien sea, le digo que ahora estoy ocupado! —Entonces, dio un grito que casi me iba a romper el oído, tuve que apartar de un momento la cabeza. — ¡Mierda, otros doscientos dólares más a la basura! —

No había ninguna duda, estaba pasando el rato en un casino, gastando todo el dinero que tenía, y luego tenía toda la jeta de pedirle dinero a su anciano padre.

— Usted es hijo de un tal Vicent, ¡¿no!? — Intenté controlar mi tono, pero estaba muy enfadada.

— Sí, ¡¿y qué pasa!? — Me gritó con furia. Luego, se calló por unos segundos y añadió con un tono de felicidad: — Espera, ¡¿a ese viejo le ha pasado algo malo!? — Se aclaró la garganta. — Digo, ¿le ha pasado algo a mi querido padre? — Intentó verse preocupado, pero ya lo tenía pillado.

— La verdad es que no…— Al final, decidí soltar toda mi furia. — Sólo quería decirle que… ¡Eres un imbécil de mierda, un desagradecido y un malnacido por pasar de tu padre y sólo visitarle para pedirle dinero! —

— ¡¿Qué!? — Gritó muy sorprendido. Yo continué diciéndole cosas:

— ¡Eres una vergüenza de hijo, te podrirás sólo, porque nadie quiere a un desgraciado que actúa como una sanguijuela! ¡Tu madre, que en paz descanse, debe estar muy decepcionada de ti! ¡No le pidas más dinero a tu padre, no te dará ni un duro y si me entero que lo haces te daré un guantazo, ¿entendido!? —

Él intentó replicarme, pero le corté el rollo. Al terminar mi griterío, terminé con la llamada. Di un fuerte suspiro de alivio y pensé en voz alta:

— ¡Ay, ahora me siento mucho más tranquila! — Pude expulsar toda mi furia. A continuación, con mi habitual alegría, me dirigí al resto de grupo y les dije con todo mi entusiasmo: — ¡Ahora, sí o sí, vamos a ir a casa de Adeline! —

Giré hacia el camino y empecé a caminar hacia la dirección que marcaba el GPS. Karenina me siguió en silencio, parecía mi sombra. Harry y Vicent se quedaron mirándome, boquiabiertos.

— ¡¿No estarás metido en problemas al haber dejado que esa idiota le diga todas esas cosas!? — Le preguntó Harry al anciano.

— Es un cobarde, no se atreverá a visitarme por un largo tiempo. —

— ¡Qué lástima de hijo tienes…! — A continuación, terminaron la conversación y corrieron para alcanzarnos.

Tras unos veintes minutos andando llegamos finalmente a su casa. Era un chalet, pero tenía una apariencia muy poco cuidada, como si nadie lo había limpiado o arreglado durante años.

— ¡¿En serio esta es la casa de Adeline!? — Me pregunto un Harry dudoso.

— Parece tener toda la pinta…— Agrego Vicent.

Mientras ellos se quedaron mirando al chalet, yo me dirigí hacia la entrada de su casa.

— ¡Vamos a comprobarlo! — Y toqué el timbre.

Esperé por unos pocos minutos, nadie contestó ni abrió la puerta. Ellos me observaron, preguntándome con la mirada si éste era realmente el lugar.

— ¡Vamos a intentarlo de nuevo! — Y toqué de nuevo el timbre, se repitió el mismo resultado.

— Parece que te has equivocado, aquí no hay nadie…— Me habló Harry, lanzando un quejido.

 

— No puede ser, creía que había apuntado la dirección correcta. — Estaba segura de que lo había apuntado muy bien. Dudé por un momento, pero decidí seguir confiando en que esa casa era la correcta: — Tal vez esté afuera, vamos a dar una vuelta por aquí y volver a tocar. —

Cuando escucharon eso todos pusieron mala cara.

— Ni ganas tengo de seguir caminando. — Protestó Harry. — Ni yo…— Y Vicent agregó.

Sólo Karenina estuvo en silencio, pero se le veía en su rostro que tampoco quería.

— ¡No protesten, tienen que andar, es bueno para su salud! — Les repliqué.

No tenía ganas de quedarme esperando ahí, además deseaba conocer la zona, quería ver los campos, las granjas y los animales que nos rodeaban. No me podría creer que existía un lugar así en Springfield, parecía que no estábamos en la ciudad.

Ellos al final aceptaron mi propuesta y todos empezamos a alejarnos de la casa. Entonces, oímos una voz conocida:

— ¿¡Sois vosotros, q-qué hacéis aquí!? —

Giramos la cabeza y vimos a Adeline saliendo del portal, tenía un aspecto más horroroso que de costumbre. Apenas podría hablar y sus piernas temblaban.

— ¡Adeline! — Gritamos, muy sorprendidos.

Entonces, ella se desplomó delante de nuestros ojos.

FIN DE LA TRECEAVA PARTE

 

 

 

 

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