Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimocuarta parte, centésima vigésima historia.

Al final, lo que le pasaba es que estaba sin fuerzas. Cuando la levantamos del suelo y la llevamos dentro de su casa, ella empezó a decir esto:

— ¡No me llevéis al hospital, no tengo ganas de volver allí de nuevo! — Lo decía como si fuera un muerto viviente.

— Pero te ves horrible…— Le repliqué, mientras la llevaba hacia el sofá, junto con la ayuda de Harry y Vicent, que la llevábamos como si fuera un saco de patatas.

— Bueno, es no he tenido ganas de comer, no como desde ayer, ¿o anteayer? — Escuchar eso me puso tan pálida que casi la dejé caer en el suelo.

— ¡¿Estás loca!? ¡Eso no está nada bien! — Me llené de preocupación. Al tumbarla, les supliqué a ellos dos esto: — ¡Vicent, Harry, busquen en su nevera, por favor! ¡Si no hay nada, compren algo, os lo pido! —

— ¡Ya voy! — Me respondieron tan rápido como lo oyeron. — ¡Vale! —

Unos minutos después, ella comía a desgana, ya que le obligué, algunas de las cosas que quedaba sin pudrir en su nevera.

— ¡Come, come, así te sentirás mejor! — Le decía cosas de vez en cuando, mientras le metía la cuchara en la boca.

— Como si podría sentirme mejor…— Y me respondía cosas como ésta, con todo el desanimo del mundo. Por su expresión, hasta parecía molesta por estar siendo obligada a comer.

— ¡Calla y come! — Pero eso me daba igual, no iba dejar de que ella misma se matará de hambre.

Al terminar ella de comer, yo decidí preguntarle algo: — ¿¡Qué te ha pasado, por qué no has deseado comer durante tanto tiempo!? —

Adelina miró al suelo por unos cuantos segundos, en completo silencio. Luego, dio un quejido y se dio la vuelta, respondiendo esto:

— No tenía hambre, eso es todo. No hay un motivo para hacerlo. —

Di un fuerte suspiro, supe enseguida el motivo de que ella no quisiera comer: — Lo mismo de siempre. Sólo tenías ganas de morir, ¿verdad? —

— Es lo único que deseo…— Agregó secamente.

— No digas más…— Me irrité un poco, estaba cansada de escuchar esa misma canción.

Empecé a mirar su casa, estaba muchísimo peor que la mía. Bueno, no había muchas cosas de por medio, pero estaban cubiertos de polvos. También se veía muchas cosas viejas y estropeadas, parecía una casa abandonada, sin apenas vida.

El incómodo silencio que mostraba el lugar provocó que yo volviera a abrir la boca: — Estaba tan preocupada por ti que vine hasta tu casa, ¡menos mal que he hecho eso! — Di un suspiro de alivio, mostrando una pequeña sonrisa.

— ¿¡En serio, estabas preocupada por mí!? — Ella se quedó muy sorprendida, como si le estaba contando una mentira.

— Claro que sí. —

— Pues no necesito tu preocupación. — Entonces, ella se puso borde conmigo. — Además, no quería ir allí. — Más bien, era como si su mente se resistía a aceptar mis palabras.

— Todos fuimos obligados en contra de nuestra voluntad, así que es normal, ¿no?  — De todas formas, seguí siendo muy comprensible. — Pero no deberías haber hecho eso…—

— Por favor, ¡déjalo! — Entonces, me interrumpió de forma súbdita, con un gesto de incomodidad: — Ahora hay otro motivo más…— Añadió en voz baja, mientras yo la sujetaba para que no cayera. Le quise preguntar, pero ella se me adelantó, diciéndome con mucho desagrado estas palabras: — No es nada. —

Otra vez, vino el silencio. Harry, Vicent y Karenina estuvieron dando vueltas por la casa, como si esperaban algo. Adeline también. Nadie era capaz de pronunciar ni una palabra, aunque en nuestros rostros se veían ganas de hacerlo. Al final, me tocó a mí, como siempre:

— ¡¿Y tu familia!? ¿¡O es que vives sola aquí!? —

Por cómo se veía la casa, ni siquiera era necesaria aquella pregunta. Pero es que se notaba mucho que ella era incapaz de cuidarse sola.

— Vivo sola, pero me visitan, aún cuando no lo quiero…— Dio una pequeña pausa, sólo para lanzar un pequeño gruñido. — Se fueron a hacer una excursión el alguna parte de Shelijonia y les prometí que me podría cuidar yo sola. —

— Pues, la promesa no ha durado nada…— Añadí con un gesto de molestia.

— Los mentí, quería podrirme sola, nada más…— Eso me molestó muchísimo, pero me pude controlar.

Aquella visita que hice a Adeline junto con el resto del grupo me dejo claro una cosa, a esa mujer no se le podría dejar sola.

En los siguientes días, cuando podría, iba visitando a Adeline en su casa, le traía comida y otras cosas necesarias para el día a día, porque ella era incapaz de salir a la calle y comprar. Ni de comer, se lo tenía que obligar, se comportaba como si fuera una niña pequeña. A veces, ni siquiera salía de su propia habitación y tenía que estar tocándoles el timbre una y otra para que abriera la puerta.

— ¿¡Otra vez has venido!? — Ella parecía molesta, pero no se atrevía a decírmelo. — ¿¡No tienes otras cosas que hacer!? — También estaba bastante aturdida al ver que yo intentaba estar pendiente de ella.

— Pues claro que sí, pero sé cómo organizar mi tiempo. — Bueno, eso era una pequeña mentira, mi tiempo estaba muy jodido y me era capaz de ordenar todas las cosas que tenía que hacer. Por lo menos, tenía que estar aguantando hasta que sus familiares volvieran del viaje.

Pero, con el pasar de los días, me di cuenta de que ella me miraba como si mi simple presencia le producía mucho malestar.

— ¿¡Por qué me estás ayudando!? No he pedido tu ayuda…— Me preguntó esto con aquel rostro lleno de apatía, después de obligarla a comer. —…ni la quiero…— Miré directamente a sus ojos apagados, volcando ella su mirada hacia otro lado.

— Porque no te puedo dejar sola, me sentiría muy mal si te murieses de hambre. — Le respondí sin ningún tipo de dudas, aunque preguntándome por qué me dijo eso.

— La verdad es que debería morirme de una vez…— Sentada sobre su cama, abrazó sus piernas con sus brazos y escondió su cabeza en ellos.

— ¡No digas esas cosas! — Le repliqué algo enfadada, inflando mis mejillas.

— Si supieras lo que he hecho, tal vez…— Añadió algo en voz baja. Yo quise preguntarle a qué se refería, pero se adelanté y me dijo esto: — Da igual. —

Con esto, el silencio dominó la habitación de nuevo. Al terminar, yo le volví a hablar:

— Por cierto, ¿¡vas a pasar por allí, por el grupo de autoayuda, no!? ¡Eres la organizadora, deberías estar ahí! —

Ella no se atrevió a hablar, sólo movió su cabeza para decirme que no.

— Pues, entonces, ¡todo el grupo vamos a visitarte! ¡Debes estar muy solita aquí, además! — Después de decir yo esto, ella ni se dignó a contestarme.

Al día siguiente, vine como le prometí, junto con Vicent, Harry y Karenina.

— ¡¿No crees que estas muy pesada con el timbre!? — Eso me dijo Harry, mientras se tapaba los oídos. — ¡Ya llevas casi un minuto tocando esa maldita cosa! —

— Es que así Adeline no me abre la puerta…— Le repliqué.

— No sé yo si ella quiere que tú le visites. — Añadió Vicent.

— Pero no la puedo dejar sola. — Con esto dicho, ni Vicent ni Harry se atrevieron a hablar.

Tardó casi dos minutos, pero ella salió de su casa y nos abrió.

— ¡Deberías abrir más rápido, Adeline! ¡Ya hasta los vecinos se quejan de mi porque paso minutos tocando el timbre! —

Le comentaba, al verla. Ella pasó de mis palabras, mientras volvía de forma sigilosa a su casa y subía a su habitación.

— ¡¿Te encuentras bien, Adeline!? — Le preguntaba con preocupación. Ella se veía mucha más decaída y desanimada que de costumbre.

— No creo que esto haya sido buena idea…— Dijo Harry, mientras se rascaba la cabeza con mucha incomodidad.

— ¡¿Y si ella nos odia…!? — Intervino Karenina, cabizbaja.

— ¡No os preocupéis! Voy a subir y hablar con ella. — Les dije con todos mis ánimos, mientras subía por la escalera.

Al entrar en la habitación, la vi escondida entre las sabanas, algo que no había hecho en mis visitas anteriores y que quedaba muy ridículo para un adulto de su edad.

— ¡¿Estás bien!? — Le pregunté de nuevo.

Ella movió la cabeza, diciendo que sí. Aunque viéndola así, dudaba mucho de que estuviera bien.

Entonces, me di cuenta de que había algo sobre la mesita de noche, parecían unos papeles importantes.

— Pero, mujer. No tienes que dejar estas cartas aquí. Tienes que guardar estas importantes en algún sitio. Podría perderlas, y eso no es bueno. Lo digo por experiencia propia. —

Solté unas risitas nerviosas, al recordar los problemas que tuve con la administración de Shelijonia al perder unos papeles muy importantes para poder vivir en Springfield.

Los cogí y los iba a guardar en el primer cajón que encontré, evitando ver el contenido de las mismas, cuando ella me hablo:

— Si lo he sacado era para que lo vieses…— La entendí, a pesar de que habló en voz baja y a muchísima rapidez.

Me quedé tan extrañada por lo que dijo que tardé bastante en reaccionar. Lo miré por encima, la jerga administrativa era incomprensible y mis ojos evitaba leerlos. Lo único que pude enterarme de eso es que era una denuncia. Lo primera que pensé fue esto:

— ¡¿Espera, me has denunciado!? — Di un chillido de horror.

— No. — Me lo dijo de forma rotunda y clara.

Con el corazón en el pecho, di un fuerte suspiro de alivio, mientras los demás aparecían y llegaban a la habitación algo asustados.

— ¡¿Qué ha pasado!? — Me preguntaron.

— No pasa nada, nada de nada. — Les movía las manos de forma frenética, mientras reía como idiota. — Sólo que me confundí por algo, nada más. —

Entonces, me puse a leer con atención lo que ponía en la carta y lo que le leí me dejo en blanco, me hizo abrir los ojos como platos y la boca, dándole a mi rostro un enorme gesto de incomprensión y aturdimiento.

— ¡¿Esto qué es…!? — Aparte la mirada de aquellos papeles y la miré. Mi cerebro negaba como fuera lo que había leído, intentaba buscar otra explicación.

Mientras Adeline tardaba en contestar, mi reacción empezó a preocupar al resto del grupo:

— ¡¿Ahora qué te pasa!? — El único que se atrevió a hablar era Harry, quién se quejó.

Yo ni fui capaz de decirle algo, sólo esperaba la respuesta de Adeline. Ella lanzó un suspiro, al ver que tenía que explicarlo:

— Esa denuncia es cierta, lo que hice en todo lo que se pone en esa carta. Por tanto, no merezco tu ayuda, ni la quiero, ¡por favor, déjame sola! —

— ¿¡Alguien puede decirme que ocurre!? — Preguntó de nuevo Harry, hablando en nombre también de Vicent y Karenina.

— Bueno, la verdad es que apenas te conozco. Pero no creo que seas capaz de haber hecho esas cosas tan horribles, ¿¡verdad!? —

Ella no me contestó. Yo seguí negándome a ver la verdad, no podría aceptar que a mi lado estuviese alguien que había hecho las cosas que ponían en aquel papel.

— ¡¿No es cierto, verdad!? — Le grité, esperando alguna respuesta por su parte. Ella siguió sin hablar, escondida entre las sabanas, incapaz de mirarnos. Volví a leer el texto una y otra vez, para ver si me había confundido al leer. Era en vano.

— ¡¿Pueden escucharme!? ¡Estamos aquí! — Harry, algo enfadado, siguió mencionándonos. Aunque no sirvió de mucho, yo aún estaba en proceso de asimilación.

Ellos, entonces, se acercaron a mí y miraron a la carta para leerla. Al terminar de leer, estaban igual de aturdidos que yo. O peor, mas bien.

— ¡¿Esto es en serio…!? — Gritó encolerizado. Saltó a la cama, directo hacia Adeline, con rabia e ira en sus ojos. — ¡¿De verdad, le hiciste daño a tu propia hija!? —

Yo me quedé mirándolos, incapaz de reaccionar.

— ¡Tranquilízate, Harry! — Vicent tuvo que hacer la tarea de intentar calmar las tensiones que habían explotado de golpe. — ¡No te pongas violento! —

— ¡¿Qué te pasa, chica!? — Pero, entonces, Karenina empezó a lanzar grandes chillidos.

— No, no. — No dejaba de repetir eso en bucle. — ¡Papá, eso no! — Era como si el mismo papel le trajo traumas y ella perdió la razón.

Yo me quedé mirando a Karenina, seguía sin reaccionar. Ella estaba de rodillas, con sus manos cogiendo sus pelos, mientras lloraba y gritaba con desesperación.

— ¡Por el amor de Dios, tu padre no está aquí! — Vicent intentaba tranquilarla como fuera. — ¡Vuelve a la realidad, chica! ¡Por favor! —

Pero aquello no permitió que Adeline y Harry volvieran a ser el foco de mi atención.

— Sí, yo tampoco quiero admitirlo. Pero así fue…— Se lo decía con un tono apagado, mientras Harry le tenía cogida del cuello. Éste le volvió a preguntar: — ¿¡Por qué!? —

— ¿¡Por qué!? — Adeline cerró los ojos por un momento, parecía pensativa. — Cuando perdí mi trabajo, estaba tan desolada que caí en la bebida. No paraba de beber y necesitaba sacar mis frustraciones por no ser alguien útil. — Rió con amargura. Sólo enfureció mucho más a Harry.

— ¡No te rías, desgraciada! —  La tiró al suelo y levanto el brazo: — ¡No voy a tolerar a alguien que use a su propia hija para sus frustraciones de mierda! —

Adeline ni se resistió, es más, parecía que estaba esperando ese momento.

Ahí me di cuenta de que debía salir de mi bloqueo, de que tenía que detener a Harry. Como si fuera un acto reflejo, me estire las mejillas para abrir los ojos y me fui directa a ellos.

— ¡Detente, por favor! — Agarré a Harry, con todas mis fuerzas. — ¡No le hagas daño! — Le suplicaba con desesperación, muy asustada por lo que podría terminar todo este asunto. Cerré los ojos por un momento, intentando no ver una lamentable escena que finalmente no se iba a realizar.

Él, con el puño en alto, se me quedó mirando, durante varios segundos. Luego, lo bajó poquito a poco, mientras me miraba horrorizado, como si mis ruegos le hubieran turbado muchísimo. Susurró algo, pero fui incapaz de escucharlo. Se tapo la cara y me pidió con gestos que le soltará. Lo hice, aliviada y feliz. Él estuvo a punto de acariciar mi cabeza, pero se detuvo, como si intentaba controlar algo inconsciente que salía de él.

— Yo dejo este grupo, no quiero estar cerca de alguien así, ¡que te vaya muy bien! — Con un tono molesto, se fue de ahí.

Yo busqué a Karenina y a Vicent, pero no los encontraba en la habitación, aunque si seguía escuchando los gritos de ella y al anciano intentando tranquilizarla. Entonces, oí a Adeline:

— Nunca fue mi intención organizarlo, me obligaron…— Se volvió a la cama, con un rostro lleno de pesadumbre. — Quería terminar con esto de una vez. —

Estaba confundida, no entendía por qué ella saco esos papeles y demostrarnos sus malas acciones en el paso. No fui capaz de contener mis dudas, se lo dije muy claro:

— ¡¿Por qué!? ¡¿Qué necesidad tenías de mostrarnos esto!?  —

Sin ápice de emotividad, ella me lo dijo como si fuera algo normal y corriente: — Porque era necesario, porque yo no debería ser ayudada. He hecho mucho daño para que luego venga alguien y me trate bien…—

Me miró por un momento, con unos ojos asustados, como si eran indignos de observar lo que tenía delante suya.

Escondió su cabeza entre las sabanas y añadió esto: — Además, eres demasiado brillante para mí…— El tono de su voz estaba lleno de tristeza y vergüenza. — No puedo ni mirarte a la cara. —

Y ella calló. Al pasar unos momentos, yo me di cuenta de algo:

— ¡¿Entonces, el grupo está terminado!? —

Sólo movió la cabeza para afirmarlo.

Yo no supe con qué responder, me dio muchísima pena y tristeza que terminará aquel grupo con el cual yo había aportado tantas energías para ayudarles. Me entraron ganas de llorar, pero me contuve. Decidí irme de ahí, no quería molestar más a Adeline, que parecía estar deseosa para que me fuera. Al salir de la habitación, la miré por un momento, pero sólo vi como ella intentaba evitar mis ojos.

FIN DE LA DECIMOCUARTA PARTE

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