Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimoquinta parte, centésima vigésima historia.

Tras llegar a casa, caí a la cama como si fuera un saco de cemento. Lancé un gran quejido, mientras me arrastraba como una oruga. Me puse a mirar al techo y empecé a pensar sobre lo que había pasado, muy desanimada.

Aún me costaba muchísimo asimilar lo que había descubierto de Adeline Woof. A diferencia de Karenina, quién fue una víctima inocente, que estuvo a manos de personas muy malas; y de Vicent y de Harry, que fueron tocados por la desgracia de perder a seres queridos; ella había sido una agresora.

Cerré los ojos, recordando lo que leí. En la carta ponía que ella había sido denunciada por su marido por amenazas de muerte, golpes y otros tipos de delitos, que fue realizado contra él y su propia hija. Es más, uso a su propia niña para chantajearle y amenazarle. Pedía un juicio y una fianza contra ella.

También me costaba asimilar por qué me lo mostró, ¿sólo por qué ella quería que yo la rechazara al saber eso? No tenía ni idea de cómo contestar aquella pregunta que me estaba haciendo.

“Además, eres demasiado brillante para mí. No puedo ni mirarte a la cara”,  aquella frase que me dijo no dejaba de repetirse en mi cabeza una y otra vez. No le encontraba ningún sentido.

Empecé a dar vueltas por la cama, intentando pensar. Mi cabeza estaba en blanco, sólo sentía mucha molestia en mi interior.

— ¿Y ahora qué debo hacer? — Di un chillido, ya que caí de la cama. — Con el grupo ya desmontado, ya no tiene sentido seguir ayudándolos. —

En el suelo, aún seguí pensando, en vano. Me sentía muy mal para entender la situación y hacer algo. Así que decidí pasar la noche viendo animes y comics hasta reventar de sueño y al día siguiente buscaría a mis amigas para hablar del asunto. Al día siguiente:

— ¡Hace muchos días que no nos reuníamos! ¡¿Qué tal a todas!? — Entró Hermione, muy animada, saludándonos con la mano mientras entraba en la sala del karaoke. Entonces, dio un chillido al verme.

— No muy bien que digamos…— Añadí, lanzando un fuerte suspiro. Estaba cabizbaja, con los hombros caídos y con una cara que daba mucho verlo.

— ¿¡Por qué Candy está suspirando y decaída, qué le ha pasado!? — Hermione, asustada por aquella actitud impropia de mí, le preguntó al resto esto.

— No lo sé, pero seguro que tiene mucha relación con ese grupito. — Le contestó Bonnie.

— ¡¿Qué grupito!? — Tardó en decir esto, algo confundida. Al parecer, se había olvidado de lo que estaba haciendo yo.

— ¡Da igual! — Bonnie también lanzaba suspiro, mientras Hermione, con cara de no entender nada, le exigía que le explicase lo del grupito.

— ¡No estés triste, Candy! ¡Sólo tenemos una vida por delante, hay que disfrutarla! ¡Carpeta día! — Boudicca intentó animarme.

— ¡Dirás, carpe diem!  — Aunque Bonnie le corregía. — También se dice así. —

A continuación, yo alcé mi cabeza y empecé a contarles a mis amigas todo lo que paso en los últimos días. Al terminar, agregué esto:

— Y ahora no sé qué hacer, el grupo se ha disuelto y no sé si está bien ayudar a alguien como Adeline. — Di otro suspiro más.

Las chicas no tardaron a comentar:

— Eso te pasa por meter tus narices en los asuntos de los demás. — Bonnie regañándome, como siempre. — Ella no quiere ayuda, ¿por qué no la dejas en paz y que se pudra ella sola? —

— Pero…— Intenté replicar, pero Bonnie añadió algo más:

— Además si ella reconoce que ha sido una hija de puta con su familia, pues no hay remedio, ¡qué se joda! —

No pude decirle nada. Más bien, no tenía el ánimo suficiente para hacerlo. Todos habían negado mi ayuda, pero al final lo aceptaron. El caso de ella no tenía que ser distinto, pero el hecho de que Adeline hubiera hecho unas cosas muy feas a su familia me impedía darle la mano.

No se lo merecía, hasta ella misma lo dijo. Aún así, una parte de mí me pedía ayudarla.

Entonces, Hermione comentó esto: — Pero si ella ha hecho eso, ¿¡no es por qué está muy arrepentida!? —

Abrí los ojos como platos, esas palabras fueron una revelación para mí. Ahora ya entendía el por qué se comportó así, ella estaba llena de culpabilidad por lo que hizo. Se auto castigaba por todo lo que hizo.

— ¿¡Por eso no quiere mi ayuda!? — Di un brinco que me hizo levantar del sofá del karaoke, dando un gran chillido de sorpresa.

Bonnie se tapó la cara muy avergonzada, Hermione se rió de mí y Boudicca empezó a tocar un arpa que se trajo. Parecían muy sorprendidas, como si yo fuera una tonta.

— ¿¡Candy, no te diste cuenta de que eso es lo que te estaba diciendo esa mujer!? —

Me di cuenta de que había quedado como una estúpida. Tuve que añadir esto:

— Pero hay otra cosa que no entiendo de ella, por qué dice que soy muy brillante para ella. —

— ¡¿Aún no te has enterado!? — Bonnie lanzó un gran grito de exasperación. — Te envidia, mujer. —

Entonces recordé la conversación que tuve con ella en el día antes de Nochebuena, cuando ella me dijo que estaba “rabiando de envidia”. Abrí la boca, mientras me preguntaba a mí misma por qué me olvide de aquellas palabras.

— Es normal, a todas nos pasa lo mismo. — Hermione agregó esto, poniéndome colorada.

— Yo no. — Bonnie le replicó con mucha amargura, como siempre.

— ¡No te hagas la tsundere, mujer! ¡Seguro que también tienes mucha envidia de ella por lo positiva y animada que es! — A partir de este punto, Bonnie y Hermione se empezaron a pelear. Mientras tanto, yo me senté y empecé a pensar en lo que debía qué hacer, era algo muy sencillo.

El shock que me produjo conocer una parte del pasado de Adeline me paralizó. Ahora que estaba bien, debía volver a su casa y ayudarla. También tenía que reunir al grupo.

Al día siguiente, en el lunes, me dirigí hacia su casa.

— Después de lo ha pasado, me pregunto si me abrirá la puerta…— Me dije en voz baja, con la mano a punto de tocar el timbre. Después, tragué saliva. Estaba delante de la entrada, pero me entraron las dudas y estaba paralizada, era incapaz de hacerle saber que había vuelto.

Me quedé ahí durante unos cuantos segundos, como si fuera una estatua. Intentaba llenarme de valentía, pero era en vano. Entonces, algo me hizo chillar:

— Perdone, pero lleva un buen rato delante de esa casa, ¿quiere algo de ahí? —

Alcé las manos hacia arriba y di un salto, mientras le decía: — ¡No he estado haciendo nada malo, de verdad! — Metí la pata, hasta al fondo.

Giré al otro lado y vi a la persona que me dijo aquellas palabras, era una chica más o menos joven, que llevaba gafas y estaba poco arreglada, su cara me recordaba mucho a Adeline.

Me lanzó una mirada de sospecha, parecía como si estaba dudando en llamar o no a la policía. Yo abrí la boca tan rápido como pude, para evitar que hubiera malentendidos:

— Bueno, la verdad es que yo quería hablar con alguien, que vive ahí. — Le dije con muchísimo nerviosismo, mientras le señalaba la casa con el dedo. Ella se quedó algo extrañada y, haciendo lo mismo que yo, me preguntó esto:

— ¿Con la dueña de esa casa? —

— Sí, Adeline Woof. — Aunque innecesario, moví la cabeza de forma afirmativa.

— ¿Conoces a mi hermana? — Me soltó esto, muy boquiabierta, como si no se lo podría creer. Yo di un grito de sorpresa, no me esperaba encontrarme con un familiar de Adeline.

A continuación, ella me invito a entrar en la casa de su hermana y empezó a hacer un café.

— ¡Hermana, ya he vuelto! — Le gritaba a Adeline desde lo más debajo de las escaleras. — ¡Y mira quién ha venido! — Pero no recibía ninguna respuesta. — Una chica que se llama Candy, ¿¡es del grupo de auto-ayuda, verdad!? —

La hermana esperó unos cuantos segundos, pero no recibió respuesta, como si Adeline no estuviera ahí. Esa chica gruñó y le gritó con mucha furia:

— ¡Por lo menos, dígnate a contestar, imbécil! —

Me dejó boquiabierta el hecho de que insultará a su hermana de esa forma, quise decirle que se paso un poquito, pero no me atreví. No quería ser gritada también.

— Como siempre, ignorando a los demás, ¡hay que ser imbécil! — Se sentó con furia en la silla de una mesa que estaba en el sofá.

Entonces, me miró y dio un pequeño sobresalto, como si recordó que yo estaba ahí:

— Perdona, pero es que no puedo soportar que se comporte así, sobre todo, cuando, por primera vez en mucho tiempo, alguien ha venido con la intención de visitarla. —

— La verdad es que yo…— Y decidí contarle que estaba visitándola desde hace unos cuantos días, y todo lo que pasó el día anterior.

— Entonces, ¡¿ella me mintió!? — Apretó el puño y se mordió los labios,  luego se levantó de la silla y, mirando hacia al techo, gritó esto: — ¡¿Eres subnormal o qué, por qué no has mantenido tu promesa, mierda!? —

Casi di un brinco, al verla tan furiosa. Daba mucho miedo la chica. Luego, con la misma violencia, se volvió a sentar.

— No sé le puede dejar sola. — Empezó a mordisquearse las uñas, parecía una forma de tranquilizarse que tenía ella. — Por qué me esfuerzo tanto por alguien como ella…— Más allá de la furia que mostraba, veía en ella mucho sufrimiento, como si le doliera que se hermana se comportará así. La entendía, debía ser muy difícil soportar a alguien así.

Aún así, sabía que ella debería controlarse un poco y así se lo dije, a pesar de que me temía que se lo tomará muy mal:

— Yo no creo que deberías ser tan dura, no creo que insultarla ayude mucho…—

Ella me miró con mucha furia y yo me tape la boca de golpe, muy asustada. Cerró los ojos y dio un fuerte suspiro. No dijo nada más, al parecer vio que le estaba diciendo eso con buena intención y decidió no decir nada más.

El silencio apareció entre nosotros y no tenía muchos ánimos para romperlo. Pero necesitaba seguir hablando sobre este tema:

— Ella, de verdad, ¿hizo tanto daño a su exmarido y a su propia hija? — Pregunté con timidez. La hermana de Adeline tardó en contestar.

— Aún me es difícil aceptarlo, por el hecho de que sea mi hermana, pero sí. Ella me lo confeso, yo lo vi con mis propias manos, e incluso comparecí en su contra en el juicio. —

Miraba a la mesa con un rostro muy lamentable, debía estar recordando los horribles sentimientos que tuvo cuando tenía que comparecer contra su propia hermana. Tenía ser muy duro. Continué hablando:

— ¿¡Por qué, qué es lo qué le pasó exactamente para terminar así!? —

— Es gracioso, normalmente son los hombres que hacen este tipo de cosas, a muchos nos costaba comprender que una mujer hizo tanta cosas feas. Amenazando a su marido con cerrarle el dinero o hacerle daño a su hija, a denunciarle en falso, a pegarle, incluso con una botella de cristal. Ese hombre vivió una pesadilla por tres meses y el colmo fue cuando le hizo una herida muy grave a su niña y casi estuvo a punto de tirarla desde la ventana. —

Me quedé espantada, en mi rostro se veía una cara de completo horror. No me podría creer que aquella persona que era incapaz de salir de su cuarto o de comer fue capaz de hacer algo tan feo.

— Acabó un año en la cárcel. Padre e hija se fueron lejos de aquí. — Entonces, ella dio un gran golpe contra la mesa, mientras concluía con mucho dolor e ira, estas palabras:

— Pero todo eso fue culpa del alcohol, ¡esas estúpidas bebidas la trastocaron y la volvieron en una persona violenta y desagradable! —

— ¡¿Ahora sigue con la bebida!? — Le pregunté a continuación.

— Gracias a Dios que no. Después de salir de la cárcel, ya no volvió a tomar, pero ella ha acabado encerrada en sí misma. —

Entonces, ella empezó a hablarme sobre el odio que obtuvo con el alcohol por culpa de aquella experiencia, no dejó de hablarme que debería prohibirse, que eran una de las peores lacras de la sociedad y que sólo ha servido para mal. También comentaba que no entendía a la gente que defendía la bebida y que le repelía muchísimo los que tomaban alcohol. Yo empecé a sentirme muy incómoda, sobre todo por el hecho de que a mí me encanta beber. Tenía que cambiar de tema cuanto antes:

— ¡¿Y cómo era antes de empezar a beber!? —

— Pues era una mujer normal y corriente, era una mujer inteligente y animada que se sacó una buena carrera y obtuvo un trabajo igual de bueno. Con el tiempo, conoció a un chico maravilloso y con él tuvo una hija. Pero la crisis afecto a la empresa y a la profesión que ella profesaba y todo se hundió para ella. Era incapaz de encontrar trabajo. Su marido, quién también tenía un buen sueldo, también fue despedido y tuvo que trabajar trabajos mal remunerados. El orgullo de mi hermana le era impedía aceptar trabajos como camarera o limpiadora. Incapaz de encontrar algo digno para ella y negándose a ser una simple ama de casa, se hundió en la desesperación. Y empezó a beber, sin parar. —

Dio una pequeña pausa, para luego finalizar con esto:

— La verdad es que ella nunca conoció el fracaso, siempre le salía bien las cosas en la escuela, y eso parecía en la vida real, en un principio. Pero al descubrir cómo eran las cosas en la realidad, pues no resistió. —

Ella finalizó de hablar, intentando terminar el café. Miré cabizbaja al suelo por unos segundos. Luego, inspiré muy fuerte y me levanté de la silla con mucha decisión:

— Si no le importa, ¿puedo subir a la habitación de su hermana? —

Me miró raro y, tras varios segundos de duda, me dijo esto:

— Inténtalo si quieres, ella se negará. Es una imbécil que pasa de todos. Si no quiere ser ayudada, pues que se pudra. Las personas que se ponen en ese plan no merecen que nadie les ayude. —

— Aún así, tú vienes todos los días a traerle comida y hacer las tareas, en esta casa que ya parece abandonada. — Añadí llena de compasión hacia ella.

Aún cuando lo que dijo fue bastante hiriente, entendía perfectamente que aquello era una actitud normal. Si alguien muy querido se niega a recibir ningún tipo de ayuda, a pesar de que lo necesitan desesperadamente; te agotarías y desearías mandarle a la mierda a esa persona.

Ella no se atrevió a contestar, sólo miró hacia al otro lado en silencio. Aproveché el momento para subir al segundo piso.

— ¡Hora de levantarse, Adeline! ¡Hace un día precioso para salir a dar una vuelta, no te quedes ahí! —

Entré, gritando a todo volumen. Entre gruñidos y otros ruidos extraños, una sombra se alzó en la habitación.

— ¿¡Tú, de nuevo!? — Me miró boquiabierta, mientras se restregaba los ojos. Yo me fui a la ventana y abrí las cortinas para llenar de luz la habitación. Chilló como un vampiro, mientras se tapaba la cara. — ¿¡Por qué has venido, no te he dejado claro que no necesitaba tu ayuda!? —

Me giré y la miré a la cara. Le dije esto con una gran sonrisa:

— Perdón, perdón, pero soy una chica muy pesada. Necesitarás algo más que eso para librarte de mí. —

FIN DE LA DECIMOQUINTA PARTE

 

 

 

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