Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimoctava parte, centésima vigésima historia.

— ¡Mirad, mirad! — Les gritaba a los demás, mientras le señalaba hacia al norte. — ¡Es la isla de Vancouver! ¿¡Por qué se llamará isla de Vancouver si ahí no está la ciudad que se llama así!? —

— ¡Mirad en el otro lado, es el estado de Washington! — Y luego hacia al sur. — ¡¿Ese tendrá que ser el parque nacional Olympic, no!? —

Estaba emocionada, era mi primera vez yendo en ferry, ya que yo había venido a Shelijonia en avión. El enorme barco transportaba lentamente a cientos de automóviles y personas por el estrecho de Juan de Fuca en dirección a Seattle. Estábamos situados en el centro y, aunque algo difumados, se veían las montañas de las tierras que estaban situados de un lado para otro. Lo más extraño es que, en cierta manera, nos movíamos por la frontera que separaba Canadá y Estados Unidos.

Al fondo, sin separarse de la furgoneta, casi el resto del grupo me miraba.

— Y luego se molesta de que le diga niña pequeña, no deja de ir de un lado para otro como un mono, soñándolo todo lo que ve, como si fuera un espectáculo. — Dijo Harry.

— Hay personas que aún siguen atrapadas en la infancia…— Añadió Vicent.

— ¡Yo aún conservó a mi niña interior, no como otros! — Como yo los oí, pues les dije esto. Comportarse como una niña era mejor que estar todo el día amargada.

— ¡No corras, a ver si chocas contra alguien! ¡Y tranquilízate, o si no vas a molestar a los pasajeros! — Adeline me dijo, como si fuera mi madre. La verdad es que me dijo dar cuenta de que estaba muy alterada y podría tropezarme con alguien y hacerle daño.

— ¡Vale! — Repliqué, con vergüenza. Harry y Vicent se rieron de mí. Por tanto, decidí hacer otra cosa:

— ¡Karenina, vamos a ver si hay salmones por aquí! — Ella, en silencio, no dejaba de seguirme de un lado para otro.

— ¡Ah, vale! — Movió la cabeza con una sonrisa, mientras nos pusimos a observar el mar, en busca de aquel pez que era muy abundante en esta parte del mundo.

Habían pasado horas desde que salimos de Shelijonia, desde el puerto de Bogolyubov, después de que casi metiéramos la pata y fuéramos directo a Victoria. Me sorprendió mucho de que se pudiera ver las montañas de la península Olimpic desde esa ciudad, eso decía lo muy cerca que estábamos del continente. También se veía la isla de Vancouver. Estábamos frente a ellos. Tal vez, el estrecho de Shelijonia debía tener casi la misma distancia que el de Juan de Fuca. Lo más sorprendente era ver las montañas shelijonianas mientras nos alejábamos de ella, eran gigantescas, parecían titanes.

El trayecto fue muy divertido, pero fue más largo y lento de lo que imaginé. Habíamos perdido un día entero en él. Al día siguiente, llegamos a Seatle.

— Esta ciudad quería conocerla, pero nunca tuve la oportunidad. ¡Deberíamos visitar el Space Needle, es el símbolo por excelencia de Seatle! ¡O visitar su monorraíl! ¡O el Pike Place Market! ¡O…! —

Empecé a divagar mientras observaba muy emocionada el Yesler Way, después de salir del ferry, visitar lugares nuestros era una experiencia increíble.

— ¿¡No estabas asustada por el hecho de que hemos tardado más de lo que imaginabas!? — Me replicó Harry, quién era el conductor.

— Es verdad…— Se me olvido que hace unas horas antes, mientras estábamos rodeados de islas y el paisaje estaba salpicado de pequeñas bahías, pasando por la isla Whidbey; estaba muy preocupada por el hecho de que el trayecto en ferry era mucho más largo de lo que calculé. Aún así, no quería irme de Seattle sin hace un poco de turismo: — Pero hay visitar una cosa, alguna antes de irnos de esta ciudad. —

Y accedieron, aunque lo único que pudimos visitar fue a un parque del Dr. Jose Rizal. Todo lo que me interesaba estaba al norte de nosotros y no podríamos hacer un largo rodeo. Pero al final fue una buena elección, tuvimos hermosas vistas de la ciudad y era un lugar muy bonito, con muchos árboles, pudimos hacer un picnic ahí y todo. Karenina se llevo un pequeño susto, ya que fue perseguida por dos perros que la atraparon en cuestión de minutos. No le pasó nada, porque sólo estaban jugando con ella, sólo le lamieron la cara y estuvieron muy cariñosos con ella. El dueño nos pidió perdón.

Tras salir del parque, nos perdimos durante una hora por la ciudad, buscando la autopista Interestatal 40, que estaba al lado de nosotros. Dejamos atrás Seattle, pasando por los impresionables puentes que pasaban por el Lago Washington y que unían la isla Mercer con la ciudad.

Siguiendo la autopista, cruzamos el Bosque Nacional de Wenatche, del cual saqué muchas fotos. Al pasar las montañas en donde se encontraba este tesoro nacional, el paisaje empezó a cambiar. Pasamos de unos paisajes lleno de arboles a reventar, similares a Shelijonia; a unos más seco, aunque, de vez en cuando se veía zonas de cultivos. El cambio ya era total al llegar al Rio Columbia, en el cual hicimos una foto todos juntos, con él detrás. La noche nos sorprendió pasando por un pueblo llamado Ritzville.

En los siguientes dos días, yendo a nuestro ritmo, cruzamos de este a oeste el estado de Montana y el de Dakota del norte, yendo en la Interestatal 94. Vimos muchas cosas, hablamos con un montón de gente y nos lo estábamos pasando bien, más o menos. A veces, protestábamos por el largo viaje, cansados ya de tanto coche, pero eso era lo normal. Pero yo hacía todo lo posible para que no se aburrieran, poniéndome a cantar o a hacer juegos. Aunque ellos me decían que yo parecía la que más me aburría por estar todo el rato proponiendo cosas, aparte de compararme de nuevo con una niña.

Por otra parte, el paisaje más o menos seco de Montana desapareció para dar paso a las praderas verdosas de Dakota del Norte.

A 634 millas de Chicago, nos detuvimos en Fargo, era de noche y elegimos un hotel al lado de la autopista para descansar. Después de inscribirnos en él, vi a Adeline salir del hotel, en el aparcamiento. La seguí.

— Oye, ¡¿a dónde vas Adeline!? — Le grité, mientras salía del hotel. Ella estaba mirando al cielo, con una expresión melancólica. Al notar mi presencia, se giró hacia mí y me dijo:

— A ninguna parte. — Se acercó un poco a mí. — Sólo quería salir un rato, nada más. —

— ¿Con el frio que hace? — Estaba tiroteando, con mis brazos abrazando mi cuerpo. Salía humo de mi boca.

Adeline, en vez de responderme esto, cambió de tema radicalmente:

— Aún no me puedo creer que voy a volver a verlos, ¿de verdad qué están en Chicago? —

Moví mi cabeza de arriba abajo: — Sí, me costó mucho tiempo encontrarlos, pero viven ahí. Hasta sé dónde está su casa. —

— Espero que no hayas hecho nada ilegal…— Me miró con ganas de saber cómo lo conseguí.

— ¡Por supuesto que no, me daría mucho miedo acabar en la cárcel! Una vez me confundieron con una ladrona y me eche a llorar, pensaba que mi vida había acabado y todos me odiarían. Hasta la persona que me echo la culpa, me tuvo que consolar al ver lo que hizo. Debía de tener dieciséis años. —

Ella se rió, no le di mucha importancia, aunque aquello fue una experiencia horrible, no fue nada de risa para mí. Es más, me gustó que sonriera.

— ¡Así me gusta, tener esa cara larga no te favorece! —

— Es cierto…— Ella se quedó sorprendida, como si no se hubiera dado cuenta. — Hacia tanto tiempo que no me había sentido bien… Es raro, después de pasar años en ese estado, diciéndome una y otra vez que lo mejor para mí y para los demás era estar muerta, que no había nada bueno en mi vida…— Se quedó observando sus manos. — Ahora, llevo varios días metida en una furgoneta, harta de estar sentada y ver paisajes, y aún así me encuentro mejor. Esos sentimientos aparecen menos. Sólo me asaltan cuando estoy a punto de dormir, cuando mi cabeza me dice tantas cosas horribles. Pero es cada vez menos. — Me miró y añadió: — ¿¡Qué tipo de milagro has hecho!? —

— Pues nada, de verdad. — Reí algo avergonzada. — Pero, sea lo que sea, supongo que cualquier profesional lo hubiera hecho mejor. — A pesar de haber metido tanto la pata, de haber cometido esta locura, de no entender ni siquiera la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra, pude haber alegrado la vida de ellos, eso debía ser una gran suerte. Recuerden, vayan a los profesionales, ellos seguro que le ayudarán de verdad en sus problemas.

— Pues te recuerdo que en mi caso ningún psicólogo que me atendió consiguió eso. Mi familia se ha gastado millones conmigo. — Dio un pequeño suspiro.

— Hasta estuvieron a punto de pagarme la mejor psicóloga de la ciudad, su nombre era Antonina o algo así, pero su precio era muy elevado. —

Me dio escalofríos imaginarme gastar tanto dinero para alguien que ni quiso atender a las sesiones, comprendí un poco a la hermana de Adeline.

— Cuando una es muy, muy pesada, puede hacer milagros. — Añadí esto, inflando el pecho con orgullo de forma cómica. Adeline rió, conseguí mi objetivo. Luego, hablé en serio:

— Pero supongo que también necesitabas algo, que ningún psicólogo u otro profesional podría conseguir, por muy buenos que sean. Tal vez necesitabas más apoyo por parte de lo que te quieren, que estuvieran, como fueran, a tu lado escuchándote y obligándote a observar más allá de tu visión. O algo así, no sé cómo explicarme. Tal vez, me equivoque y sólo son tonterías mías. — Me toque la nuca, mientras me reía sin ganas.

Tenía que reconocer que, a pesar de todo lo que me había pasado, aún sentía que no había aprendido gran cosa. Sólo sé que no sé nada, como decía el Platón ese, ¿o era Sócrates? Bah, uno de esos filósofos griegos.

— ¿Quieres decir que mi familia no me ha apoyado suficiente? — Me preguntó Adeline. Me sentí muy mal, porque creí que le había dicho indirectamente que su familia no se esforzó lo suficiente. Esa no era mi intención, para nada. Intenté explicárselo:

— Bueno, no exactamente. Ellos podrían haberte dejado en tu casa y pasar de ti. Pero aún así tu hermana, quién está harta de tu actitud, te visita y te soporta. Más que no te han apoyado, es que no han podido hacerlo. También tienen su propia vida, sus propios problemas, que deben hacer frente. Si tener que soportar tu propia vida es un engorro, tener que soportar a la del otro que, además se niega a mirar hacia adelante, debe ser muy agotador. —

Eso entristeció mucho a Adeline, que miró cabizbaja al suelo, con una mirada de culpabilidad:

— Lo siento mucho por ellos, por tener a alguien como yo. Debí haberles hecho mucho daño, no sólo a él y a mi hija, sino a mi hermana y al resto de toda mi familia…— Adeline se tapó la cara por un momento, creí que iba a llorar. — Debo haber sido una carga. —

Metí la pata de nuevo, la había hundido de nuevo. Alterada, moviendo los brazos de un lado para otro, intentaba pensar en algo que pudiera levantar el ánimo.

— Si para mí no eres una carga que soy una perfecta desconocida, para ellos, que son tu familia, seguro que muchos menos. —

Me quedó tan genial aquella frase que sentí orgullo en mí.

— Tal vez…— Se veía dubitativa. Luego, cambié de tema:

— Al otro lado, a pocos kilómetros de nosotros, se encuentra el estado de Minessota, ahí es donde está Chicago. — Señalé hacia el este, donde estaba nuestro destino.

— No, Chicago no está en ese estado, sino en Illionis. —

Me quedé de piedra, muy avergonzada. Había cometido un error muy básico en materia de geografía. Normal, ya que nunca pasaba del seis en mis exámenes sobre ese tipo de materia.

Al día siguiente, salimos de Fargo, cruzando el estado de Minnesota, con algunas zonas en donde se veían lagos hermosos desde nuestra autopista. Al parecer, parte del estado que estábamos cruzando estaba lleno de cientos de ellos y era una pena no visitarlos, pero no podríamos detenernos. Nuestro destino estaba tan cerca, que pasamos por delante de Minneapolis sin echarle una ojeada. Había una parte de mí que deseaba visitar aquella ciudad. Pero pudimos conseguir unas fotos hermosas del rio Mississippi. Al poco tiempo, pasamos a Wisconsin. En la tarde, nos encontrábamos cerca de una ciudad llamada Medison. Sólo nos faltaba alrededor de 140 millas para llegar a Chicago.

Y finalmente, en la noche.

— ¡¿Ya estamos en Chicago!? ¡¿De verdad!? — Grité esto de golpe.

— ¡No grites, no dañes mi oído con tus gritos! — Me regañó Harry, que se encontraba a mi lado. Me quedé sorprendida, él era el conductor.

— No tienes que gritar, ya estamos en Chicago, desde hace un rato. — Pero la que estaba conduciendo era Adeline, que me dijo eso. Bostecé y me refregué los ojos, sintiéndome bastante atontada, ahí fue cuando me di cuenta de que me había quedado dormida.

Miré a mí alrededor y vi que seguíamos en la enorme autopista, rodeados de casas. A lo lejos, ocultos a medias por puentes, veíamos cientos de edificios y rascacielos enormes, brillando bajo la luz de la luna y sobre las luces de las calles, formando un espectacular escenario nocturno.

— Por fin, ¡por fin, hemos llegado! — Gritaba llena de felicidad, mientras les mostraba al resto lo que estaba viendo. — Es impresionante, ¡mirad cuantos edificios ahí! ¡Son altísimos, se ven desde aquí! —

— ¡Duerme otra vez! — Me gritaba Harry, a quién aplasté sin querer. Le pedí perdón y le pregunté esto, que también estaba a mi lado:

— ¿¡Qué habéis visto desde que dormía, Karenina!? —

Ella tardó en contestar: — Pues autopistas y muchas calles, y casas, y edificios. Hay muchísimo, es enorme. Hasta da angustias con sólo verlo. —

Le dije que no se angustiara y decidí saca la cabeza de la ventana del coche. Harry me preguntaba a gritos que estaba haciendo, porque tuve que aplastarle, ya que yo estaba en el centro del vehículo y él estaba entre esa ventana y yo. Le pedí perdón otra vez y grité esto, al sacar mi cabeza:

— ¡Buenos días, Chicago! — Grité con todas mis fuerzas. Luego, me di cuenta de que lo hice mal: — Espera, eso no…— Y dije esto: — ¡Hola, Chicago! —

Habíamos a la ciudad de los vientos, a la tercera ciudad más poblada de los Estados Unidos, nuestro recorrido de Shelijonia a Illinois había finalizado. Aunque ahora tocaba la parte más complicada del asunto.

FIN DE LA DECIMOCTAVA PARTE

 

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