Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimonovena parte, centésima vigésima historia.

A duras penas me desperté, mi cuerpo aún estaba resentido por el viaje y me sentía muy agotada. A pesar de eso, estaba harta de dormir, sentía que había estado durmiendo por siglos. Al intentar mover el cuerpo, sentí que tenía algo sobre mí. Abrí los ojos.

— Ah, es sólo es Karenina…— Añadí, despreocupadamente.

Estaba sobre mí, abrazándome y con su cabeza sobre mi pecho. Me aclaré los ojos un poco y miré hacia todo mi alrededor muy atontada. Estaba en una habitación de hotel, que tenía dos camas, una vacía, en la cual debería estar durmiendo Karenina. Con voz de retrasada, empecé zarandearla:

— Karenina, Karenina, despierta, ¡ya es de día! — Me daba pena despertarla, pero quería levantarme.

— Déjame dormir un poco más…— Dijo en voz baja, aunque parecía, más bien que estaba hablando en sueños que despierta. Luego, movió la cabeza de un lado para otro. Entre quejidos, seguí zarandeándola:

— ¡Vamos, que estamos en Chicago y quiero…! — Entonces, di un sobresalto. Chillé, mientras le levantaba de golpe. — ¡Es verdad, estamos en Chicago! — Aún así, Karenina, seguía sobre mí, intentando esconder su cabeza entre mi pecho. La cogí de los hombros y la zarandeé a toda velocidad: — ¡Karenina, Karenina, estamos en Chicago, la ciudad de los vientos, de los gansters, de Al-capone! ¡Despierta, despierta! —

— ¡¿Qué ocurre, qué ocurre!? — Al final, abrió los ojos. Se puso el flequillo a un lado y miró de abajo para arriba, hasta llegar a mi cara. Eso la sobresaltó muchísimo: — ¡Lo siento mucho, perdona! ¡Yo no…! ¡Yo no sé cómo he llegado hasta aquí! ¡No era mi intención, te lo juro! ¡No quería dormir sobre ti, ni sobre tus pech….! — Salió de la cama como loca, avergonzada y llena de arrepentimiento, aunque me costaba entender por qué.

Eso me daba igual, empecé a quitarme el pijama rápido: — ¡Tenemos que vestirnos rápido, hay algo que tenemos que hacer! —

Al salir de la habitación, ya vestidas, nos fuimos hacia el comedor del hotel, teniendo que cogerle del hombro a Karenina, que seguía atontada. Allí me encontré al resto del grupo, sentados en torno a una mesa:

— Por fin, las jóvenes se levantan. — Harry nos habló primero, quién se levanto de la silla, al vernos. — Llevamos esperándoos desde las siete de la mañana. —

— ¿¡Nos hemos quedado dormidas!? — Pregunté.

— Bueno, os habéis despertado a las onces y algo de la mañana. — Respondió Vicent, quién estaba viendo embobado una tele en donde echaban un partido de beisbol.

Me dio algo, no me podría creer que hubiera dormida tanto. Me acosté a las once de la noche, dormí más o menos diez horas. Chillé.

— Gritas como si tenías que ir al trabajo, recuerda que estamos de viaje. —

Harry me tapó la boca, mientras me señalaba al resto de la gente del hotel, diciéndome en señas que no debía molestar a los demás. Yo me tranquilicé, entonces. Me senté y dije:

— ¿¡Por qué no nos habéis despertado!? —

— Pegué en la puerta, varias veces, pero ni caso. Y muy fuerte. — Respondió Harry, antes de ponerse a ver el partido junto con Vicent.

— Bueno, es normal, después de estar varios días en coche…— Añadió Adeline.

La miré fijamente, ella estaba cabizbaja, jugando con sus manos, tenía una enorme expresión de angustia y de preocupación. Suspiraba cada dos por tres. Después de eso, ella comentó: — Ya estamos en Chicago, eh…—

No me gustaba mucho que ella, a pesar de haber llegado aquí, debía estar en ese estado de ánimo. Tenía que levantarle los ánimos. Me levanté y le dije esto:

— ¡Ahora vamos a buscar a tu esposo e hija! ¡Como he dicho, sé su actual localización! ¡Vamos a por ellos!  —

— ¡¿Espera, tan pronto!? ¡Pero si hemos llegado a Chicago! — Ella se puso alterada, me movía los brazos de un lado para otro en señal de negación.

— ¡Pues claro que sí, tenemos que buscarlo ahora mismo! —

Intenté levantarla, mientras ella se resistía: — Pero, ahora, yo no, no…—

— ¡No te preocu…! — Entonces, alguien puso una mano en mi hombro. Era Harry, que se levantó de la silla.

— ¡Déjala prepararse, inconsciente! — Me dijo. — Esto es algo muy difícil para ella, ¿acaso no lo recuerdas? —

Entré en razón: — Es verdad. Lo siento. — Me sentí muy arrepentida por meterle prisas a Adeline, me disculpe ante ella.

— No pasa nada, después de todo, eres muy impaciente. Debes aprender a controlarte, Candy. — Me lo dijo como si fuera mi madre.

— Otra más que me regaña…— Susurré, avergonzada.

A continuación, yo y Karenina desayunamos, mientras tanto les preguntaba a dónde habíamos llegado. Ellos me dijeron que era una olvidadiza y les repliqué que cuando llegué a Chicago estaba medio dormida. Al parecer, estábamos situados en una calle cerca del N Milwaukee Ave y de unas vías de tren, en el vecindario de Wicker Park. Al terminar nosotras de comer, salí del hotel y vi como era su exterior. El hotel era, en realidad, una casa residencial, de color marrón claro y de ladrillos, dándole un aspecto tan clásico y tan propio de Chicago. El resto de la calle no se echaba atrás, estábamos rodeados de residencias de todo tipo de formas y colores, pero todos compartían la misma estética. Los arboles cubrían de sombras toda la calle. Les pedí a los demás que saliéramos a dar una vuelta por el barrio. Tras salir a la avenida principal y observar los cientos de tiendas y restaurantes que había en la zona, llegamos al parque:

— Aunque hace mucho frio, el día se ve muy radiante, ¿no os parece, gente? — Eso dije, en mitad de la caminata, mirando hacia atrás.

Karerina y Adeline sólo movieron la cabeza, y no dijeron nada, aunque mi intención era que hablasen y dieran conversación. Detrás de ella vi a Vicent y a Harry hablando de forma muy animada sobre equipos de béisbol y sus opiniones sobre cuáles eran los mejores.

— No sabía que le gustarán tanto el beisbol…— Comenté, algo sorprendido y feliz, al ver que estaban entusiasmados por algo.

— En verdad, ellos, al poner la tele y ver que echaban un partido, dijeron esta mañana que les gustaba, pero al final perdieron el interés y el placer por verlo. — De forma inesperada, Adeline me habló.

— Pues parece emocionados. —

— Al ver descubrir que los dos le gustaba lo mismo, empezaron a recordar los buenos tiempos del beisbol, o algo así. —

Cuando nuestra corta conversación se termino, yo me puse pensativa por unos segundos, mientras miraba la cara larga de Adeline. Me entristecía que pusiera ese rostro, me gustaría que estuviera feliz, por volver a ver a su hija y a su ex marido. Aunque lo entendía, les hizo mucho daño, no era capaz de mirarlos a la cara. Entonces, con esto en mente, le comenté:

— ¡Por cierto, cuando te sientas preparada, dímelo! — Ella me miró algo confundida. Luego, viendo su rostro, se dio cuenta de que estaba hablando yo. — No pasa nada, intentaré estar a tu lado para ese momento…— Hice un gesto de confianza para animarla.

— No sé, Candy…— Suspiró fuertemente. — No creo que lo pueda estar…—

— Yo si fuera esa chica, su hija, si la viera, no sabría qué, sería como si una pesadilla hubiera vuelto a por mí…— Karenina intervino, empeorando aún más el ánimo de Adeline, quien se detuvo y se quedó mirando al suelo, con los hombros caídos, en silencio. Fue bastante inoportuno de su parte decir eso, pero tenía lógico.

— Bueno, bueno, no podemos sacar conclusiones tan rápido…— Intenté, con nerviosismo, evitar ese desánimo que le produjo Karenina.

— Da igual, he sido traída hasta Chicago por ese motivo, ya soy incapaz de echarme para atrás…— Tras varios segundos de silencio, Adeline volvió a hablar: —…y los quiero volver a ver, pero miedo, mucho miedo, por ser rechazada, aún cuando es lo normal. — Cerró los ojos, con una expresión de sufrimiento.

No podría verla de esa forma, así que decidí soltarle esto: — Entonces, si no eres capaz, yo lo haré en tu lugar. Hablaré con ellos, seguro que lo entenderán, de que has venido sólo para pedirles perdón. —

Ella no supo responderme, sólo estuvo en silencio. Pero yo ya me decidí, por la tarde iría en busca de su familiar y hablar con ellos, creyendo que sería fácil ayudarles a comprender el genuino arrepentimiento de Adeline.

Por suerte, para mí, estaban la casa en donde estaban ellos se encontraba situado cerca de nosotros. Bueno, algo. Se encontraba en el área comunitaria de Lincoln Park, cerca del parque Oz. Usando el mapa que me compré por el camino, me fui para allá. Estuve casi una hora andando cuando llegué al parque ese y decidí cruzarlo.

— ¡Vaya con Chicago, todo es tan enorme! Springfield parece un pueblo si se le compara con ella. — Comentaba, admiraba por lo grande que era Chicago, incluso mucha más que Seattle y otras que visitamos, mientras observaba el parque de un lado y para otro.

Y en ese entonces, se produjo una enorme causalidad. En mitad del paseo, mientras estaba embobada, recibí una pelota en toda la cara que me hizo caer al suelo. Di un chillido de dolor.

— ¿¡Estás bien!? — A lo lejos escuché estas palabras.

— Sí, sí, lo estoy. — Añadí, entre pequeños quejidos de dolor, mientras me levantaba del suelo.

Se me acercó un hombre y su hija. La cara de él me sonaba muchísimo, mientras que la niña me recordaba, por algún motivo, a Adeline, tenían casi la misma cara. Cogí la pelota y se la di a la niña.

— ¡Toma la pelota, niña! ¡Ten cuidado para la próxima vez, que puedes hacer daño a alguien! — Le dije estas palabras en un tono amable.

— ¡Gracias, y lo siento, se me escapó la pelota! — Se disculpó, parecía muy educada la chica. Entonces, habló el padre:

— Lo siento mucho, yo la lancé demasiado fuerte y mi hija no pudo alcanzarlo, no ha sido su culpa. — Parecía buena gente.

— No pasa nada. — Mi cerebro no dejaba de mandarme señales, de decirme que aquella cara me era conocida. — Sólo fue un accidente, no me ha pasado nada…— Entonces, di un sobresalto, recordé dónde había visto aquella cara. — Espera un momento…—

Saqué mi móvil y empecé a buscar. Sí, lo reconocí, lo vi en fotos mientras estaba buscando información. A continuación, le pregunté esto:

— Por cierto, señor, ¿es Leisle Ouse? — Él se quedó boquiabierto. — ¿¡Y ella es tu hija Victoria, verdad!? —

Con los ojos abiertos como platos, tardó algo en reaccionar:

— ¿¡Cómo sabes nuestros nombres!? — Preguntó muy consternado.

— Pues, verás, es una historia algo larga…— Reí nerviosamente, con la mente totalmente en blanco. A pesar de que, durante toda mi caminata, había preparado, palabra por palabra, lo que quería decir, pero todo eso se me fue olvidado de golpe.

Intenté hablar, pero sólo balbuceaba como una idiota, mientras me animaba a mi misma a hacerlo, ya que cómo podría decirle yo que le había traído a su ex mujer desde Shelijonia, quién le hizo tanto daño a él y a su hija.

— ¡¿Qué ocurre, papá!? — Le preguntó la hija, mientras agarraba del brazo a su padre.

— Eso quiero saber. — Él me miraba con una expresión de intranquilidad y de impaciencia. Tenía que decir algo ya.

— Pues, verás, he venido desde Shelijonia. Desde el otro lado de los Estados Unidos, recorriendo miles de kilómetros, y es porque alguien, que lo he traído a aquí, le gustaría a pedir…— Lo intenté decir todo de golpe, pero fui interrumpida.

— ¿¡Shelijonia!? ¿¡Desde ahí!? — Su cara se puso blanca por el terror, y dio un fuerte chillido. Se puso muy alterado.

— ¡Tranquilo, no es nada malo! — Moví los brazos incluso, sorprendida ante la actitud que puso él.

— ¿¡Por qué has venido desde ahí, y ese alguien no será…!? —

Se puso las manos a la cabeza, verle así era como si estuviera viendo a alguien que estaba recordando los sucesos de la Guerra de Vietnam. Puso su brazo delante de su hija, como si estuviera protegiéndola. La niña estaba algo confundida por la reacción de su padre, parecía que no lo entendía. Quise quitarme del medio, pero decidí seguir adelante.

 

— Bueno, su nombre su Adeline Woolf. Ha venido a pedirt…— Intenté explicárselo, pero mencionarle aquel nombre fue un error.

— ¡¿Qué esta bruja en Chicago!? — Dio un gran vozarrón. — ¿¡Cómo nos ha encontrado!? — Parecía que, de un momento para otro, me iba a coger del cuello o me iba a pegar. Me puse a temblar.

— Tranquilo, ella…— Intentaba explicarlo de nuevo, pero él ni hacia el esfuerzo por escuchar. Me interrumpió de nuevo, gritándome con mucha fueria:

— ¡¿Acaso eres amiga de ella!? —

Yo no pude responderle, me entró mucho miedo, parecía un demonio.

— ¡Mamá, ¿hablas de mamá?! ¡¿Ella ha venido!? — La niña, que se le veía muy preocupada, le preguntaba a su padre esto. Intentando controlar su tono de voz, sólo le dijo esto a ella:

— ¡Vamos a irnos, hija! — Y se alejaron de mi a toda velocidad, como si huyeran de la peste.

— ¡Esperen un momento, ni siquie…! — Aún así, tenía esperanzas de que me escuchará.

— Ni una palabra más, ¡ni loco esa loca se acerca a nosotros! ¡Aléjate de nosotros, no queremos saber nada de ti! — Hasta me hizo un gesto para indicarme que estuviera alejada de ellos.

— Ella ya no es mala persona, sólo quiere…— Susurré, cabizbaja, al ver como esos dos desaparecían de mi vista.

Tardé unos cuantos segundos en reaccionar, después de aquello. Ser tratada como si fuera un monstruo despiadado, cuando sólo quería ayudar, me hizo mucho daño.

— ¿¡Por qué me ha tratado así, yo sólo quería decirle que ella quería pedirles perdón por todo!? —

Protestaba muy indignada, con ganas de llorar, mientras volvía al hotel, andando como si estuviera sonámbula.

Pero lo peor de todo es que cómo podría comunicárselo a Adeline, si se lo decía, ella se hundiría otra vez y todo este viaje no tendría sentido y mi promesa de darle un final triste se iría al traste.

— Ya he vuelto…— Eso, dije, de una forma muy desanimada, cuando entré al hotel. Y todo el grupo apareció, al ver mi voz.

— ¡Por fin has vuelto! ¡Has tardado mucho, creíamos que te había pasado algo malo! — Habló primero, Harry, quién parecía muy preocupado por mí.

Después, fue Vicent, que comentó: — Por la cara que tienen, parece que algo le ha pasado. —

— ¡¿Qué pasa, Candy!? — Me preguntó Karenina, algo asustada.

Levanté mi cara y los miré, no sabía que decirles. Entonces, me fije en la que estaba última del grupo, de Adeline, quién me miraba muy consternada.

— ¿Te encontraste con él, verdad? — Me preguntó esto.

— ¡¿Qué quieres decir con eso!? — Sorprendido, Harry le dijo.

— Ella ha ido ha intentado a hablar con mi ex. —

— ¿¡En serio!? — Moví la cabeza afirmativamente. — ¡¿Por qué nos has mentido, dijiste que sólo era un paseo!? — Se le veía enfadado.

Sólo les dije que, al marcharme, que iba a hacer un paseo, no me atreví a decirles toda la verdad.

— Pero fue un paseo, algo largo. Viven casi al lado. — Intenté excusarme, pero vino los remordimientos. Me sentía mal por haberlos preocupado de esa manera. — Lo siento mucho, pero sólo quería ayudar. —

Adeline se quedó mirándome, en silencio, con los ojos abiertos como platos. Entonces, soltó esto: — Lo sabía, era lo normal, después de todo…— Sus ojos se le llenaron de lágrimas y puso una expresión que dio muchísima lastima. A continuación, lanzó un grito de dolor: — ¡Todo este estúpido viaje ha sido para nada! — Y salió corriendo hacia su cuarto.

— Espera, Adeline, yo no he dicho aún nada…— Intenté detenerla, quería buscar una forma para que ella no se sintiera mal, aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo. Fui detenida por Harry y Vicent.

— Tu cara lo dice muy bien, ese hombre no la quiere ver ni en pintura. — Me dijo Harry, mientras lanzaba un fuerte suspiro.

— Déjala sola, seguramente quiere estar sola. — Agregó Vicent.

Y los hice caso, estaba muy decaída para oponerme, sintiendo muy culpable de que ella se hundiera de esa forma. Adeline se encerró en la habitación del hotel y estuvo horas metida ahí, sin que nadie pudiera sacarla.

FIN DE LA DECIMONOVENA PARTE

 

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