Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Primera parte, centésima vigésima primera historia.

Hasta para los más sabios, los sentimientos llegan a ser un verdadero y extraño misterio, algo que apenas se puede comprender, que está fuera de la razón. Podrás racionalizarlos y controlarlos, pero jamás entenderlos del todo. Y tengo que reconocer a mi pesar, que ni yo misma, alguien que utiliza las emociones de las personas para dominarlas, sé cómo funcionan.

Ni siquiera entiendo los míos.

De todas formas, son aterradoras, incluso las más inofensivas como el amor. Y este mismo sentimiento, es quizás el peor y el más espeluznante de todos. No importa en qué época estés ni tampoco en qué lugar, está presente por todas partes. Todos hablan de ella, la adoran, la temen y la desean. No hay apenas posibilidades de escapar de su control. Te puede hacer feliz, sentirte bien, pero también puede destrozarte cruelmente de muchas formas, hacerte sufrir hasta llegar al suicidio o cometer locuras propias de un psicópata. Y no nos olvidamos de que puede volverse en un odio espectacular.

Entiendo que esté diciendo obviedades, que te parecerán cosas de sentido común. Piensa en lo que quieras, pero hay veces que a una le entra ganas de preguntarse por lo obvio, por lo que ya establecido. Más bien, eso sería una excusa de mi parte.

Esa fue mi conclusión, cuando vi que hasta yo, que me creía inmune a este estúpido sentimiento, por lo menos hacia los demás, cayera ante él. Tal vez, lo supe desde que conocí la muerte de mi madre, que me afectó realmente, pero que no lo asimilé hasta que me pasó esto. No sé si lo que siento es de verdad, o estoy confundiendo con el miedo a quedarme sola o con un afecto no amoroso; pero es imposible sacármelo de la cabeza.

Y de eso se trata esta estúpida historia, de una sirvienta que enloqueció por esa emoción y de una chica que descubrió que sentía algo por aquella loca.

No lo entiendo ni jamás entenderé lo que hice. Esta estúpida historia es una violación en toda regla de mi lógica y de lo que entendía sobre mi persona. Es un sinsentido, una burla, pero ocurrió.

En fin, seguro que desearás que te lo cuente de una vez, pero iré a mi ritmo. Tú eres mi súbdito y por tanto este es un privilegio que se te ha concedido. Después de todo, soy la Zarina del Zarato de Shelijonia, Elizabeth von Schaffhausen, así que no quiero quejas por tu parte, ¿de acuerdo?

Todo esto comenzó cuando mis sospechas sobre el comportamiento extraño que Ranavalona estaba teniendo últimamente se confirmaron, en parte, a mediados de Marzo.

— ¡¿Entonces, solo has conseguido más que eso!? — Replicaba molesta, antes de dar un suspiro de fastidio. — ¡Se supone que eres su supuesta secretaria, deberías conseguir información! —

— ¡No me jodas, puta enana! ¡No me jodas! ¡Ese capullo es más callado que una tumba! ¡Sólo pude confirmar eso, nada más! — Me lo dijo de la forma más grosera y desagradable posible.

Después de todo, era Lafayette, no sería normal en esta salvaje hablar bien a alguien. Estábamos charlando sobre cómo iba la misión que le había encargado, mientras devorábamos comida lujosa en el comedor.

— Y además,… Tú sabes más que yo sobre eso, seguro que sí…— Luego, añadió esto. Su idiotez no tenía límites, si yo lo supiera, no estaría pidiendo información en aquellos momentos.

— De verdad, tus suposiciones siempre son bastante alejadas de la realidad, ¡qué se le va a hacer! — Y me burlé en su cara para dejarle claro que era una idiota.

— ¡Pues entonces dime quién coño es realmente ese puto! ¡Sé que sabes algo sobre él! —

Supe enseguida quién era aquel “puto” que mencionaba Lafayette, estaba hablando de Roman Pilsudki, un pez gordo de la secta en dónde se infiltró ella.

— La información que tengo sobre él no es necesaria para este caso…—

Y eso era verdad, lo que encontramos no ayudaba mucho a entender su papel e importancia sobre la misión de Lafayette. Pero era interesante, por el simple hecho de que su información está ocultada por los servicios de inteligencia y de que hubiera sido parte de ésta en la época que cayó la URSS. Aunque bueno, para esta historia, mencionarlo no sirve de nada, es una pérdida total de tiempo.

— ¡Tus excusas cada vez son más lamentables! — Por su parte, Lafayette solo protestaba burlonamente contra mí.

Entonces, me di cuenta de algo, que nosotras estábamos siendo observadas por alguien, cuando pedí que nadie más tenía que estar en la sala, salvo yo y la bruta de Lafayette. Estaba escondida detrás de las cortinas, pero podría ver en su rostro una enorme rabia, como si no podría soportar la escena que estaba contemplando. También percibía su envidia, hacia la fea y horrible chica que estaba comiendo en la misma mesa que yo.

Era Ranavalona, mi sirvienta personal, la primera persona que sabía cuáles eran mis órdenes, ¿por qué me estaba desobedeciendo?

Mientras intentaba ignorar el hecho de haberla descubierto y terminar la comida, empecé a recordar que últimamente ella estaba extraña. Más bien, encontré momentos en que actuaba así, porque delante de mí intentaba seguir actuando como siempre. Por mucho que los escondiese, yo me daba cuenta tarde o temprano. Aún así, me parecía que eran casos muy aislados, porque Ranavalona ya era extraña de por sí, y no le daba ninguna importancia. Pero, con el tiempo, las sospechas crecieron sin parar y ya no podría evitar el preocuparme.

Era la primera vez que me la encontré espiando mi conversación privada con Lafayette. Pensé que tal vez la razón era que yo me estaba sintiendo muy amigable con esa perra en vez que a ella. Más bien, se le notaba en la cara. Entonces, decidí sacar un tema delicado y extraño para mí, solo por ver la reacción de mi sirvienta, y de paso enfurecer a Lafayette.

— Y cambiando de tema,… ¡¿cómo te están yendo las cosas con la idiota de Malia!? —

— Y a ti que te importa. — Me gritaba muy sobresaltada. — ¡¿Tú la odias, no!? Entonces, ¿¡por qué la mencionas!? — Se notaba muy bien que no le gustaba que le mencionará a su querida amiguita.

— No es nada, sólo es una advertencia de una enemiga. Seguramente tus sentimientos se estarán confundiendo al ver que hay una idiota que te nota, pero solo te están engañando. Al final, te arrepentirás de tenerlos. —

— No te entiendo, ¿qué son esos sentimientos que se están confundiendo en mí? — Decía esto totalmente confundida, al ver que su cerebro era igual de retrasado que sus modales, tuve que decírselo más claro:

— La gente normal lo llama “amor”. —

Ni yo misma me lo tome en serio cuando solté esas palabras. Al oírme, Lafayette empezó a reír como loca, mientras se burlaba de mí.

— Ja, ¡¿amor!? ¡¿Qué te has fumado hoy, Zarina!? —

— Piénsalo, es la única persona que te trata bien y que ve cosas buenas en ti. Siempre intentas evitar que descubra las cosas malas que haces, para que no se aleje de ti. Podríamos decir que sería normal que tengas cierto afecto hacia ella. — Su cara burlona cambió a una de pura enfado en cuestión de segundos. — Es más, creo firmemente que estás empezando a mezclar ese afecto con la atracción amorosa, o el romance. —

Entonces, se levantó y cogió la silla en dónde estaba sentada para romperla en mil pedazos contra la mesa. Luego, me soltó esto totalmente enfurecida:

— ¡¿Y a ti que te importa, subnormal de mierda!? ¡Yo jamás me he enamorado de nadie, ni menos de una mujer! ¡No soy lesbiana, no me gusta Malia! ¡Fin de la historia, ¿entendido?! —

Ver su rostro lleno de odio y rabia contra mí, tras soltarle tal comentario, fue bastante gratificante, aún a pesar de que me rompió una silla. Había dado en su punto débil:

— Si es eso verdad, pues mejor para ti. Porque  jamás sentirá lo mismo que tú estás sintiendo hacia ella, ¡sufrirás por el resto de tu vida, incapaz de entender esos sentimientos, ni menos de aceptarlos ni de soportar que no seas correspondidos! — Eso le replicaba con total la gratificación del mundo, me encanta imaginar aquel futuro en dónde aquellas dos iban a sufrir de lo lindo y echárselo en la cara a esa desgraciada.

— ¡Ya he oído suficiente! ¡¿Y tú qué!? ¡¿Me llamas lesbiana, aún cuando soportas a esa fastidiosa de Ranavalona, que se nota que está colada por ti!? ¡¿No dices que odias a los homosexuales!? ¡¿Entonces, por qué estás con ella!? — Intentó atacarme con estos argumentos.

— Ja, nunca te dije que los odiara, pero si me dan asco. Y Ranavalona me es útil como sirviente. —

Eso fue una pequeña indirecta hacia mi sirvienta, recordándole cuál era su función para mí.

— ¡Eres una estúpida homofóbica, la verdad! —

Y me lo decía ella, que en el pasado también decía afirmaciones tan homofóbicas como las mías. Su intento de burla hacia mí, solo consiguió que me burlara más de esa impresentable, añadiéndole esto:

— Lo siento si me dan asco, pero no tanto como tú, perra estúpida. —

Ella solo puso una cara de puro enfado, con muchísimas ganas de lanzarse hacia mí para matarme. Menos mal que esta perra ya está aprendiendo, en el pasado se hubiera lanzado hacia mí como si fuera un león hambriento.

— En fin, al igual que Ranavalona, estás mezclando un tipo de amor por otro y caerás en la ruina por eso. Sólo eso. — Y aproveché para decir algo más.

— ¿Un tipo de amor? ¿Ahora qué te has inventado? —

La desgraciada de Lafayette siempre fue muy poco inteligente, la verdad. Normalmente, cuando normalmente hablan de amor, se refieren a que se le considera romántica. Pero si observamos más detenidamente, ese término incluye  todo tipo de afecto, desde la amistosa hasta el llamado patriotismo. Bueno, eso es algo que parece sentido común, menos para esa estúpida.

— Da igual. Después de todo, una bárbara como tú nunca lo entendería. Ni siquiera tienes la capacidad para amarte a ti misma. —

— ¡Cállate, puta zorra! ¡Como si supieras cómo es el amor! — Me gritó ella, bastante fastidiosa, mientras se dirigía hacia la salida.

— ¡Tienes razón, ninguna entiende realmente que es el amor! ¡Ni tú, que lo único que sabes es odiar, ni yo, que sólo me amo a mi misma, nada más! —

Y con esto concluyó nuestra conversación, antes de darle otra advertencia:

— ¡Por cierto, Lafayette! — Se detuvo en el mismo momento en que me oyó: — ¡Consigue buena información pronto! ¡No quiero que todo salga fatal solo porque no te enteraste bien! ¡Convertiré la vida de Malia en un infierno si fracasas en esta misión, recuérdalo! —

Ella no dijo nada más, solo salió por la puerta y la cerró violentamente. Al ver que se había ido, empecé a decirle esto a Ranavalona:

— ¿Realmente pensante que no me podría dar cuenta? Por favor, hasta un niño pequeño te descubriría. — Lafayette era una excepción, por cierto.

De todas maneras, Ranavalona no se dignó a contestarme, así que decidí seguir hablando:

— Ignoraré esto, sólo esta vez. Recuerda que solo eres mi sirvienta…—    Entonces, sentí en su rostro un gesto de dolor al oír mis palabras. —…y por tanto todos los órdenes que mande…—

Entonces, ella salió de su escondite y contra todo pronóstico, me gritó a mí, a su propia Zarina; como si me estuviera exigiendo algo:

— ¡¿Por qué!? ¡¿Por qué eres tan amigable con la señora Lafayette!? —

— ¡¿Amigable!? — Me hizo demasiada gracia esas palabras. — ¡Qué chiste tan gracioso, Ranavalona…! — Por no añadir, que eran estupideces.

Pero, con una seriedad que nunca observe en su rostro, siguió gritándome:

— Siempre charlas con ella tranquilamente, te burlas y te ríes de ella, dejas que ella coma en la misma en la mesa que tú… ¡No lo entiendo,  de verdad, Mi Señora! ¡Fue su enemiga, le intento quitar el trono, mató a su madre! — Dio una pequeña pausa, antes de gritar con mucha amargada y rabia:

— Entonces, ¡¿por qué eres tan amigable con ella, Mi Señora!? —

— Creo que estás malinterpretando las cosas… — Respondí totalmente sorprendida, ante su actitud hacia mí, Y lo más desagradable de todo, es que no me dejó terminar la frase:

— ¡¿Entonces, por qué ella recibe ese trato y yo no!? —

Entonces, empezó a llorar. Me quedé boquiabierta, incapaz de entender lo que había pasado. Literalmente, lo sentí como si se hubiera rebelado contra mí y eso me puso en alerta, de empezar a observarla como un peligro para mí. Ver cómo la más leal a mi persona me gritará de ese modo, tengo que confesar que me asustó, además de enfurecerme al máximo.

Y ella se dio cuenta de eso, al ver mi reacción, y empezó a pedirme perdón desesperadamente y muy arrepentida:

— ¡Perdóneme, Mi Señora! ¡No quería ponerme así, de verdad! ¡Y-yo, yo…! —

Ranavalona ni siquiera sabía cómo explicármelo, se quedó muda.

Por mi parte, yo tenía que imponerme, necesitaba hacerlo. No podría que una herramienta como ella me dejará en ridículo de esa forma, tenía que devolvérselo. Más bien, era una necesidad hacerlo, como si estaba en peligro si no contestará como se lo merece, como si me volviera su muñeca en vez de que ella sea la mía. Por eso, le grité con todas mis fuerzas:

— Tú eres mi sirvienta, tú debes es obedecer todos mis órdenes. No tienes otra función, Ranavalona, ¡así que no exijas nada, no tienes ese derecho! ¡Ya es suficiente, y mucho, que te hubiera dejado a mi lado y seguir siendo mi sirvienta! ¡¿Entiendes, entiendes lo que te digo, Ranavalona!? —

Casi me iba a quedar afónica, se oyó como eco por todo el enorme comedor. A continuación, tuve que recuperar aire, porque esos fuertes gritos fueron demasiados para mí. Ella se quedó en shock, incapaz de decir algo.

— Y te diré de nuevo que estás confundiendo las cosas, sólo me burlo de una perra estúpida. Nada más. — Y aproveché para dejarle claro sobre sus estúpidas sospechas. Yo jamás trataría amablemente a Lafayette, solo me divierto cruelmente sobre esa perra estúpida que ya ni puede con su alma.

Y de nuevo, su reacción me dejo boquiabierta, Ranavalona empezó a reír inocentemente, como si nada hubiera pasado. Había algo en su sonrisa que no me tranquilizaba para nada. Me di cuenta de que ella estaba actuando extraño, es más, estaba cambiando hacia que no me estaba gustando, cuyo control se escapaba de mis manos. Y odio las cosas que no puedo controlar.

— Tiene razón, debo estar confundiendo la cosa. — Añadía tranquilamente, mientras me hacia una reverencia. — Perdón, Mi Señora, ¡no volverá ocurrir algo como hoy! —

— ¡Espero que así sea! ¡No quiero volver a dar un grito como ese! — Concluí, mientras me comportaba como si todo hubiera terminado bien.

Como tenía muchas cosas que hacer, decidí olvidarme de Ranavalona hasta que llegará la noche, cuando me iba a punto de dormir. Entre mis reales sabanas, empecé a murmurar en voz alta:

— Ranavalona… Parece que ese juguete está a punto de romperse. Debo averiguar más información sobre lo que le está ocurriendo, antes de que algo grave pase.  — Y con esto dicho, me quedé dormida.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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