Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Segunda parte, centésima vigésima primera historia.

Aquella noche tuve un sueño que recuerdo bastante bien. No lo considera una pesadilla, pero tampoco es que fuera hermoso, más bien, se sintió muy nostálgico y muy molesto, sólo volvió a reproducir un acontecimiento clave de mi pasado, con la clara intención de que le maldijera a mi cerebro.

Lo primero que recordaba del sueño es que estaba en un lugar frío y oscuro, lo único que lo alumbraba era algunas antorchas y una pequeña lámpara de petróleo que tenía entre mis manos. Yo estaba recorriendo un largo pasillo, cuyas paredes eran de piedra, siguiendo a alguien. Esa persona no era nada más ni nada menos que mi fallecida madre, la primera Zarina del Zarato, Sajonia. Sí, lo recuerdo con más claridad ahora que en mi propio sueño. Además de ella, nos acompañaban algunos carceleros, y Ranavalona.

Nuestro destino era lo más profundos de las catacumbas, que albergaban los peores delincuentes del reino. Algunos se asombraban en silencio al ver a la mujer que gobernaba cruelmente sus destinos, junto con su hija. Otros ni le dieron importancia y unos pocos se atrevían a insultarla y mover las rejas de sus cárceles violentamente con la intención de liberarse y matarla. Los gritos de agonía y de desesperación era el pan de cada día. Ese lugar era un infierno del que pocos podrían salir vivos, comparable a cualquier campo de concentración que se haya conocido. Todo eso, para mi madre, era hermoso, se deleitaba al escuchar los lamentos de los delincuentes y sus enemigos. Yo, por el contrario:

— Madre, madre, ¡por favor! ¡Dejemos este lugar, no quiero estar aquí! ¡Da miedo, mucho miedo y es horrible! ¡Te lo ruego, por favor! —

Lloraba desesperadamente, mientras me aferraba desesperadamente a su cuerpo. Sentía que si me separase de ella, sería devorada cruelmente por aquellos monstruos que habitaban en las celdas. No entendía lo que quería mi madre, por qué me estaba llevando a aquel lugar que, a mis ojos, parecía ser lo más cercano al infierno; pero sólo deseaba poder salir de ese lugar lo más rápido. Ella me ignoraba, sólo estaba sonriendo.

Apenas había pasado un año desde que me secuestraron, y yo aún sufría los efectos más inmediatos que me dejo la barbarie que me hicieron, mientras estuve secuestrada. Me aterraba estar cerca de más personas, también de alejarme de mi madre, ya que siempre intentaba estar a su lado; y cada dos por tres tenía pesadillas sobre aquellos momentos, apenas podría dormir.

Bueno, después de lo que sufrí, lo menos que desearía estar en un lugar llenos de individuos tan horribles como los que me quitaron mi ojo. Y cada minuto que pasaba, las posibilidades de que me dieron un ataque de nervios creían a una velocidad impresionante. Cerraba desesperadamente mis ojos e intentaba imaginar que estaba en un campo de flores, pero el ruido y la incapacidad de taparme las orejas no ayudaban para nada.

También recuerdo, más o menos, como Ranavalona estaba detrás de mí, intentando tranquilizarme. Pero ella estaba tan aterrada como yo, tampoco quería estar ahí; pero era mi sirvienta y mantenía la compostura, evitando observar directamente a los ojos de los condenados. Supongo que jamás podrá olvidar aquella horrible impresión, al igual que mi persona.

¿Y qué tenía planeado mi madre, trayéndome a tal lugar? Una lección de vida, una parte de mi entrenamiento especial para prepararse a ser Zarina como ella, que había comenzado hace un mes. Por supuesto, tratándose de mi madre, sería algo horrible, tanto que cualquier persona normal estaría horrorizada si se lo contase. Supongo que a ti también.

Y al final, llegamos a lo más profundo de aquel infierno. Una enorme sala céntrica, rodeada de celdas y de todo tipo de instrumentos dedicados para ejecutar a algunos presos de forma silenciosa y secreta, en vez de mostrarlo en público en la plazas de la cuidad y de las pequeñas villas, como se hace normalmente con los criminales. Había un pasillo que llevaba a otro y que era el de las torturas, desde ahí se escuchaba horribles que gritos de dolor y sufrimiento que casi provocaron que me orinara encima. De todas maneras, no se hubiera notado, porque el olor a muerte y putrefacción dominaba todo el lugar, provocando arcadas muy fuertes. Para la pequeña Elizabeth, parecía ser el preludio de una pesadilla eterna.

— Bien, ya hemos llegado. — Gritó de alivio, mientras se detenía en el centro. Entonces, les gritos a sus siervos esto: — ¡Carceleros, traedme a los condenados! — Y estos hicieron caso, saliendo en diferentes direcciones.

— ¡¿Qué intentas hacer, madre!? — Le pregunté, incapaz de entender lo que estaba haciendo, con la esperanza de que no fuera algo horrible.

— Algo que te ayudará muchísimo, hija mía. — Pero lo dijo con su sonrisa que me quitó todas las esperanzas.

Después de todo, sonreía de esa forma antes de mostrarme una prueba horrible y casi enfermo que no quería hacer, por nada del mundo.

— ¡Cada vez que dices eso, no es nada bueno! — Y añadí esto.

— Por supuesto que no, la vida no es camino de rosas, ¡recuérdalo bien! —

Una cosa era decir eso y obligarme a hacer una cosa que todo el mundo tildaría de enfermo. Bueno, así era su “educación”, algo que hasta el educador más horrible pondría el grito al cielo.

A continuación, salió una fila de hombres, encadenados los unos a los otros, con sus cabezas agachadas cubiertas con feas bolsas de patatas, caminando torpemente, como si no tuvieran más remedio. Eran conducidos por los carceleros, que llevaba palos para golpearlos como si fueran burros si se caían al suelo o si se demoraban. Y lo más chocante de todo es que estaban desnudos. Sí, definitivamente, y fue horrible para mi vista.

— ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Está desnudo! — Me peor a chillar como loco, traumatizada. Era normal, hasta aquel entonces, nunca había visto un cuerpo masculino y descubrirlo en aquellas condiciones, cuando parecía esqueletos andantes y estaban llenos de heridas y otras cosas, eso conmocionaría a cualquiera que estuviera en mi situación.

— ¡Ah, eso! ¡Es el cuerpo humano, no debes ponerte así! — Y mi madre se estaba riendo de mi reacción, le parecía muy gracioso.

— ¡Pero es asqueroso! ¡Vomitivo! ¡¿De verdad el cuerpo de los hombres es así de feo!? — Mis piernas fallaron y caí al suelo, mientras luchaba para no vomitar.

— ¡Aguante, Mi Señora! ¡Ignora el hecho de que no llevan ropa y muestren sus vergüenzas en público! — Eso me decía Ranavalona, quién se acercó a mí para ayudarme. Seguía manteniendo la compostura, pero ella también deseaba vomitar.

Nuestra reacción provoco lástima en los propios carceleros que intentaron decirle a nuestra madre esto: — ¡Querida Zarina, tal vez deberíamos taparlos! ¡Las chicas casi van a desmayarse al verlos así! —

Ella les gritó violentamente, rechazando aquella consideración hacia nosotras:

— ¡Qué se aguanten! ¡Es parte del proceso, ¿recuerdan!? ¡La ropa es una cualidad humana, que no lo tengan antes de su final, es para recodarles que traicionaron su humanidad y se volvieron en monstruos! ¡Y los monstruos no llevan ropa! —

Lo irónico es que lo decía el mayor monstruo del Zarato, mi propia madre. A continuación, después de que los carceleros acataran sus palabras, ella les preguntó esto:

— ¡¿Y el primero de la lista, que tipo de criminal es!? — Eso soltaba ella, mientras miraba de pies a cabezas al primero de la fila. Le parecía familiar.

— Ese es uno de los más viejos que tenemos, ¡¿lo recuerda!? Era un peligroso asaltante de caminos, violento y aterrador, en sus ataques hasta robaba las vidas de sus víctimas. Más bien, disfrutaba con el dolor que con los robos, destrozaba sexualmente a las mujeres o a los hijos delante de los hombres, antes de matarlos. Lleva diez años, y usted lo capturó. Su nombre es…—

— ¡Lo recuerdo, lo recuerdo! — Interrumpió mi madre. — ¿¡Y qué hace aquí!? —

Eso parece sorprendente, pero era normal en aquel infierno. Mi madre construyó y preparó este lugar para hacerlos sufrir lentamente, hasta que desean desesperadamente morir, mantenerlos vivos en unas condiciones precarias hasta pedir desesperadamente la ejecución. Para la desgracia de estos hombres, no te dejarán descansar en paz hasta que hayan pasado varios años. Muchos se han suicidado antes de tiempo, al ver que su desesperada petición tardaba meses en ser procesada. La crueldad de la Zarina no tenía límites.

— Pidió desesperadamente que lo matarán, no soporta más vivir. — Y esta vez no era una excepción.

— Entonces, le concederé ese deseo ahora mismo. — Preparó el rifle que llevaba entre las manos y me dijo: — ¡Mira bien, Elizabeth, esta es tu lección de hoy! —

Al ver que no quería mirar, me gritó con muy mala leche: — ¡Hija mía, abre los ojos o lo hago a la fuerza! — Yo, aterrada, tuve que hacerlo, mientras me decía sin parar que mirare hacia ella, sonriendo macabramente.

Entonces, con su rifle, disparó al condenado, quién se puso de rodillas, hacia la cabeza, cayéndose al suelo de golpe. Ríos de sangre salían de los agujeros que dejó la bala en la bolsa de patatas que ocultaba el rostro del fallecido. Aquel famélico cuerpo ya no se movía, estaba muerto.

Yo tardé unos cuantos segundos en reaccionar, incapaz de asimilar lo que había visto, mientras mi rostro mostraba poquito a poco lo horrorizada que estaba. Luego, di un gran largo y espantoso grito que se oyó por toda la fría catatumba. No podría asimilar lo que había visto en persona, alguien murió delante de mis ojos y en esas condiciones. A pesar de que fui secuestrada, me arrancaron un ojo y mis raptores sufriendo un final peor por manos de mi madre; jamás había visto una escena tan cruenta y extraña. Aún quedaba restos de pureza en mi persona, podríamos decir, que fueron destruidos por aquel entonces, y lo que me quedaba por ver. Ranavalona, por su parte, no tuvo una reacción tan exagerada como la mía, pero también se quedó muy conmocionada. Estaba temblando como un flan, con una cara que también expresaba puro terror, mientras me abrazaba fuertemente con la intención de tranquilizarme. Los carceleros, a pesar de que estaban acostumbrados a sentenciar a la muerte a los condenados, sentían mucha pena y lástima hacia nosotras, por presenciar tal cosa. Tras el chillido, tuve el valor de hablar:

— ¡Lo has matado, lo has matado! — Y no dejaba de repetir esto como un disco rayado.

— Sí, lo he matado. — Y como se esperaba de ella, me replicó con una sonrisa, como si hubiera matado a una simple mosca. — Él se fue por el mal camino, le castigue y le liberé de su desgracia. —

— ¡Vamos, levántate, hija! — Entonces, me cogió del vestido y me levantó del suelo a la fuerza. — Como hija mía, debes levantarse del suelo, ¡tienes que hacer tu lección! —

— ¿¡Qué lección!? — Pregunté con mucho miedo, aunque en lo más fondo de mi ser preveía que era lo que ella quería.

— Utiliza mi rifle para liberar a estos condenados. —

Esa fue su respuesta. No me lo podría creer, me estaba pidiendo nada más ni nada menos que yo les ejecutará. Eso me dejó tan conmocionada como ver a alguien morir delante de mis ojos.

Y hasta los carceleros se quedaron tan horrorizados por esa propuesta, que intentaron hacerla desistir:

— Pero Zarina, es una niña…—

— ¡Callaos! — Pero con un aterrador grito, les hizo callar de un golpe y empezó a hablar:

— ¡¿Es una niña y qué!? Es una niña inocente e indefensa, pero aún así la secuestraron y le quitaron el ojo, un horror del que nunca podrá recuperarse. Fue ese mismo hecho, el de ser una niña, por el cual se aprovecharon de ella y le arruinaron la vida. Por eso, debe dejar de serlo, para seguir mis pasos y convertirse en una reina digna del Zarato. — Dio una pequeña pausa para pisotear el cuerpo del condenado fallecido. — En un momento para otro, ella tendrá que ajusticiar a los que destruyen el bien común y desestabilizan la paz del Zarato. Aplicar la justicia. Esa es su lección, no debe temer a matar a estos hombres que solo han aplicado el mal y la injusticia a su favor. Cuanto antes, mejor.  Necesita madurar lo más rápido posible, ¿¡entienden!? —

Los carceleros no tuvieron más opción que decirle que sí. En definitiva, mi madre me quería hacer madurar más rápido, haciendo que matara a unos cuantos hombres con mis propias manos. Eso demuestra lo bien horrible que era aquella mujer. Aún así, esa experiencia traumática me serviría realmente de ayuda, o por lo menos formó a mi actual yo.

A continuación, se dirigió hacia mí, al ver que me negaba con la cabeza hacer tales cosas: — Es por tu bien, ¡¿no quieres ser una muñeca, no!? —

— No quiero ser una muñeca, jamás…— Añadí en voz baja, cabizbaja.

No quería ser como antes, una chica estúpida y débil, que acabó en manos de unos criminales que hicieron todo lo que le dieran la gana conmigo. Pero, aún así, no quería mancharme las manos. Ella siguió hablando:

— Eso está bien. Todos estos hombres le encantan jugar con muñecas, si estuviéramos indefensas y ellos armados hasta los dientes, jugarían tanto con nosotras que nos romperían en mil pedazos. En este mundo, si no quieres acabar así, ellos deben ser tus muñecos y tú la que juega. —

Yo miré por todas las celdas que nos rodeaban y me ponía a temblar con solo pensar que aquellos hombres estuvieran libres y nos atacasen.

— Y por tanto, hay muñecos que debes eliminar, por tu propio bien y el del pueblo. — Añadió finalmente mi madre, mientras me daba la escopeta que había traído.

— ¿De verdad, es necesario hacer esto…? — Le pregunté dudosa, mientras miraba con miedo el arma que me estaba dando. Ya me estaba planteando hacerlo, a la vez que recordaba con tristeza y horror lo de mi secuestro.

Ella movió la cabeza afirmativamente y añadió algo: — Imagínate, que ellos son los que secuestraron. Después de todo, estos monstruos son igual de miserables que ellos. Haz de esto tu venganza, ¡qué reciban tu ira y tu dolor, en nombre tuyo y de todos los que han sufrido con sus crímenes! —

Y me los imaginé, me llené de ira y de frustración, deseosa de devolverles todo el daño que me hicieron esos malditos, ¡por arruinar mi infancia y mi vida de distintas formas, por destruir mi persona por dentro y por fuera; y sobre todo, por haberme quitado mi ojo! Esos sentimientos que despertó mi madre a conciencia, consiguieron que aceptara bien fácil aquella idea de ajusticiarlos. Tenía que calmar mi sed de venganza que nunca podré realizar.

— L-lo haré mamá, los mataré. — Le dije esto de forma determinante y lista para hacer tal tarea. Mi madre puso una gran sonrisa de oreja a oreja.

— ¡Bien dicho, hija mía! — Añadía ella, entre risas. — ¡Y lo haremos juntas! —

Entonces, entonces se agachó y se puso detrás de mí. Me puso en una buena postura para disparar, mientras me ayudaba a sostenerlo y ponerlo en hacia una buena dirección. Los guardias cogieron al siguiente condenado, preparado para morir, y lo pusieron delante de nosotras. Y mi madre me dijo esto:

— ¡Haz los honores! — Moví afirmativamente la cabeza, antes de apretar el gatillo.

Se oyó un sonido y el condenado cayó al suelo, sin vida, porque la bala le atravesó el cráneo. Yo fui sorprendida por una impresionante fuerza que intentó empujarse hacia atrás, y podría haberlo hecho, si no fuera porque tenía a mi madre cubriéndome y soportando para del impacto.

Luego, me quedé sin habla, incapaz de reaccionar de alguna forma, porque miles de sentimientos dominaron mi cuerpo a la vez. No solo por el horror que sentí al haber matado a una persona y de una forma muy fácil, también había euforia en mí, ganas de reír alegremente a toda voz. Me sentí muy liberada, como si me hubiera cargado de un plumazo mis preocupaciones, por primera vez en mucho tiempo me sentía así, a pesar de que me entraron ganas de vomitar y de llorar. Me costaba muchísimo asimilarlo, mientras el silencio dominaba la zona durante varios segundos:

— ¡¿Cómo te siente!? — Al final, mi madre decidió interrumpir el silencio con aquella pregunta.

— P-pues, pues…— Tuve que tranquilizarme y racionalizar bien mis sentimientos. Cuando creía que lo hizo, grité esto: — ¡Pues realmente bien, mamá! — Y me puse a reír como loca, mis carcajadas se oyeron por todo el calabozo.

Fue aquí en dónde se termino el sueño y comprobé que estaba acostada en mi cama, siendo molestada por los molestos rayos de sol que atravesaban mi ventana. Al abrir los ojos y levantarme un poco de la cama, exclamé a gritos, muy molesta y enfadada:

— ¡Maldición, ¿por qué he tenido que soñar esto?! —

En realidad, yo sabía exactamente perfectamente por qué tuve que soñar tal cosa, era un molesto recordatorio de mi mente sobre aquella preocupación que estaba creciendo en mí, de que si no hacia algo pronto podría acabar siendo el juguete de otra persona. Porque, en aquel día, me dejé claro a mí misma de que jamás sería una muñeca, de nadie más.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

 

 

 

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s