Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Cuarta parte, centésima vigésima primera historia

Ya habían pasado dos horas desde que conversé con Antonina Freud y aún no había salido el sol. Con la luz de la lámpara de petróleo, estuve leyendo un libro que había cogido al tuntún. Después de haber tenido aquella charla desagradable, estaba muy alterada y era incapaz de pensar con tranquilidad sobre cómo solucionar mis problemas con Ranavalona, intentando hacer que las letras me relajasen. No fue una buena idea haber escogido al azar, porque escogí una traducción al ruso de una obra de un tal Cioran titulada “Del inconveniente de haber nacido”, y su lectura, aún cuando ya dejaba claro su título que iba a ser desagradable, sólo me causó indigestión. Por desgracia, tengo la mala costumbre de intentar terminar las obras de golpe, ya sean buenas o malas, por lo menos antes de que alguien me interrumpa, como fue en este caso, cuando tocaron la puerta de la biblioteca:

— ¡Tienes permiso de entrar! — Eso le dije a quién estaba tocando y entró.

Desde mi sillón de terciopelo, eché un vistazo, por un momento, a aquella persona y dije con toda mi sobriedad:

— ¡¿Qué quieres, Nonoma!? — Aquella sirvienta, hija de un opositor durante la guerra civil y ex-jefa de un grupo de bandido, me miraba con una mirada de odio y rencor que me deleitaba — Es raro que te presentes ante mí voluntariamente. —

— Permíteme decirle, mi querida Zarina, que yo no estoy aquí por mi voluntad, sino por órdenes de Doña Antonina, quién me ha pedido que le comuniqué algo, que se le olvidó decírselo antes. —

Tras decir esto, se quedó en silencio, como si esperaba que le dijera algo. Y tuve que hacerlo: — Continúa… —

— Que hoy es cuando ella y una servidora nos vamos a ir un pueblo del interior de su reino para atender a una petición de sus aldeanos. Quería decírselo por adelantado, pero, por diversas causas, no pudo. —

Por eso, estaba despierta tan pronto, estaba emocionado con hacerle una visita a aquella maldita niña que tuvo que salvar. Y por otra parte, aunque ya me había comunicado su salida, me molestó algo que me dijera que se iba a ir ahora. Después de todo, odio que hagan las cosas sin que yo no sea informada a tiempo.

— ¡Ya veo! — Cerré el libro y añadí: — ¡¿Cuándo volverán!? —

— Eso no se sabe, tal vez unas cuantas semanas…— No pude ninguna objeción, a pesar de que me parecía mucho tiempo. — ¿Alguna pregunta más, Zarina? — Y no dije nada más y notó mi silencio como un no.

— Si me disculpa, ya me voy. — Y entonces, la detuve: — Espera un momento, sí tengo una pregunta para ti. —

Estuve un poco pensativa, preguntándome si ella podría tener información valiosa o no en torno a Ranavalona; pero al final, opté por lo primero.

— ¡¿De qué se trata, mi querida Zarina!? — Soltó esto, mostrándose lo más sarcástica posible.

— Es sobre Ranavalona, últimamente ha estado actuando de forma extraña y me preguntaba si sabes algo en torno a esto, si ha ocurrido algo que la haya puesto así o indicios de que su comportamiento es inusual…—

— ¡Mi querida Zarina, ¿no sabe lo qué pasa con su perrita faldera?! — Rió levemente, algo que me irritó un poco. No contesté, ella continuó:

— Supongo que Vuestra Majestad aún no ha asimilado que su perra ya se está cansado de usted, desde hace meses que ha estado haciendo cosas a sus espaldas. ¡¿No se ha dado cuenta de eso!? ¡¿No sé creía capaz de controlar todo lo que pasa en este reino o qué!? —

La sirvienta se puso tan altanera y burlona que no tuve más remedio que sacar mi pistola y señalarla. Con rabia, tuvo que sellar su boca, mientras le gritaba con voz amenazante:

— Silencio, no tienes permiso a contestarme así. — Me levanté y me acerque a ella. — Háblame más sobre esas “cosas” que ella hace a mis espaldas. —

— No sé apenas nada de esa moza, ni me interesa en las bufonerías que haga. Paréceme que solo sé cosas generales, que ya no le diré. Pregúntales a las otras dos. — Me replicó muy desafiante, a pesar de que le puse mi arma sobre su pecho.

Tardé al responder, al ver que iba a perder el tiempo en hacerlo hablar. Bajé el arma y le dije:

— Ahora si te puedes marchar, olvidaré esa actitud desagradable que has tenido con tu Zarina y vuelve con Antonina. —

Con cara de destrozarme la cara, se dio la vuelta y se quitó de mi visto, algo que me alegró, ya que me estaba costando controlar mis ganas de volarle la cabeza.

De todos modos, ella tenía razón, en vez de preguntar a esa engreída, tenía que ir a por esas debiluchas de Cammi y Zvezdá, que seguramente ellas no pudieron evitar caer en las supuestas maquinaciones que Ranavalona estaba haciendo detrás de mis espaldas. Esas estúpidas son de esas personas que apenas no pueden oponerse a los demás y son arrastradas a problemas con muchísima facilidad.

Así que decidí que le iba a hacer un interrogatorio a una de ellas, después de que saliera el sol y Antonina se fuera de aquí. Pero, primero, debía encargarme de algo.

— ¡Buenos días, Mi Señora! — Después de pasar media hora, al verse los primeros rayos de sol, Ranavalona apareció. — ¡¿Q-quiere qué le preparé su desayuno!? —

Con miedo y tartamudeando un poco, entró en la biblioteca. Intentaba comportarse como siempre, pero los recuerdos de lo que pasó el día anterior aún la turbaban. Sin siquiera mirarle a la cara, le dije con toda mi normalidad:

— Efectivamente, haz lo de siempre. —

No escuché nada, pero me imagino que hizo algún tipo de seña hacia mí antes de irse. Al escuchar que abrió la puerta, le comuniqué esto:

— Por cierto, hoy te debo ordena algo, y debes ir expresamente con Zvezdá, ¡¿entendido!? —

Ranavalona quiso decir algo, pero mi fría mirada le impedía hacerlo. Así es cómo debía ser. A continuación, decidí explicarle algo más:

— Quiero que hagas una inspección de nuestra caballeriza con ella, porque yo le voy a mandar a Cammi a hacer otra tarea. —

No me interesaba que Ranavalona estuviera acechando mientras yo estaba en mi interrogatorio con Cammi, a quién elegí. Ahora que lo pienso, no entiendo por qué mi mente decidió a esa, en vez de a la otra, que parecía ser mucha más débil de mente.

Seguramente Ranavalona quería preguntarme qué tipo de tarea quería que Cammi hiciera, vi un pequeño gesto de sospecha en su rostro. Pero eso desapareció en seguida, ya que hizo una reverencia y aceptaba encantada mis órdenes.

— ¡Lo que usted guste, Mi Señora! — Y con estas palabras, se fue. — ¡Ya iré a por su desayuno! —

Más o menos, todo marchó como planeé. Después de explicarles lo que debían Ranavalona y Zvezdá en las caballerizas, decidí llamar a Cammi y hacer que me acompañará.

— Por cierto, Zarina, si me permite,…— A mitad del camino, ella se atrevió a hablar. —…puedo preguntarle cuál es la tarea que tengo que hacer. —

— No preguntes hasta que yo te doy la orden, ¡¿no has olvidado eso!? — Le decía con un tono sancionador, mientras la miraba. Ella se estremeció muchísimo y no paraba de pedirme perdón. — Entonces, ya lo sabrás cuando hayamos llegado, ¡ahora, calla! —

Sentía que el interrogatorio que iba a hacer sería muy fácil, esa pobre ya estaba temblando con nada. Creo que ya sospechaba que algo raro pasaba.

Tras haber cambiado por varios pasillos del palacio, llegamos al lugar que me interesaba. Podríamos decir el mejor de todo el edificio, mi preferido. Aquí se encuentra mi particular tesoro.

— ¡¿Vamos a entrar ahí!? — Casi dio un grito de sorpresa, al ver que nos habíamos parado ante una enorme puerta de hierro. — ¡¿De verdad vamos a entrar en su habitación prohibida!?  —

Hablaba como si estuviera viendo ante un territorio hostil y desconocido. O como si fuera la habitación de Barba Azul en dónde guardaba los cadáveres de sus esposas. Trago saliva, con una cara al borde del miedo.

— ¡¿Prohibida!? Más bien, es privada. La única que puede limpiarlo es Ranavalona. —

Parece ser que entre los empleados del palacio este lugar se había vuelto un germen de habladurías y estúpidos rumores.

Si no dejaba entrar a cualquiera, es porque yo no iba a dejar que manos inexpertas tocarán mi hermosa colección. Entonces, recordé que la única persona que le tenía permitido entrar era Ranavalona. Un extraño y molesto sentimiento me invadió por unos segundos, llenándome de rabia. Intenté no pensar más en ella y cogí las enormes llaves de hierro y lo abrí.

Por un momento, al entrar, mi cerebro no hizo caso y volví a pensar en esa estúpida, mientras me preguntaba qué haría yo con mi colección si la tenía que eliminar.

« ¡Deja de pensar en estas tonterías! ¡Tengo un interrogatorio que hacer, no debo preocuparme si me cargo a la única persona que limpia este lugar! »

Eso fue lo que pensé, mientras me introducía en el lugar y le mandaba a Cammi que entrará. Al hacerlo, cerré la puerta abrí las persianas para que la claridad entrará. Ella se quedó con la boca abierta.

— ¡Esto es…! ¡¿Es todo!? — Mostraba un gran rostro de decepción. — Solo armas…— Y a la vez estaba aterrada, ante lo que estaba viendo.

— ¡¿Qué quieres decir exactamente con eso!? — Eso me molestó y así se lo hice saber. ¿¡Qué se imaginaba ella, qué iba a tener un cuarto lleno de oro y de metales preciosos!?

— No es nada, mi Zarina. Sólo es que yo me imaginaba otra cosa, es decir, pensaba que tenía un tesoro o algo parecido…— Añadió nerviosa, al darse cuenta de que me estaba faltando el respeto.

— Pues claro que sí, ¡este es mi tesoro! — Alcé la voz, mezclada con el enfado y el orgullo. — ¡Una gran colección de armas de fuegos, ciento y veinte piezas de todas las épocas y tierras que he podido conseguir! —

Miró consternada a cada una de las armas de fuego que estaban repartidas por toda la habitación. Algunos estaban en vitrinas de cristal, la mayoría en la pared, restaurados y sin una mota de polvo. Era una colección variada, los había de todos los tipos, tamaños y forma; que me costó conseguir mucho dinero y búsqueda. Y que deseo aumentar, habían un montón más que me esperan ahí fuera, a que sean puesto para mi disfrute y gocé. No hay nada más hermoso en este mundo que aquella cantidad de escopetas, pistolas, arcabuces, entre otros muchos más. Y como era de esperar, esa idiota de Cammi no pudo comprender la belleza que había en este lugar.

Entonces, cerré la puerta y ella dio un pequeño grito, algo sorprendida por aquel gesto. Con timidez y miedo, me preguntó:

— ¿¡M-mi Zarina, por qué ha cerrado la puerta!? —

— Quiero hablar contigo sobre un tema muy peliagudo y no me interesa que nadie pueda escuchar esta conversación. —

Ella trajo saliva, con deseos de preguntarme que quería, pero incapaz de realizar tal pregunta hacia mí. Entonces, me acerqué a la colección que tenía en mi pared y, mientras observaba con satisfacción mis pequeños artefactos, le decía:

— Te estarás preguntando de qué se trata, reconozco que es muy inusual; pero necesito tu ayuda. —

— ¿¡En qué!? — Me preguntó en voz baja, temblando como un corderito.

— Sobre Ranavalona. — Se lo dije, mirándole a los ojos de la forma más seria y amenazadora posible y su rostro se volvió pálido. Sonreí, parecía que iba a estar chupado.

— Yo, yo no sé nada. — Me replicaba nerviosamente, moviendo las manos de forma desesperante para decirme que no. — No sé qué pasa con ella, ¡de verdad! ¡Tiene que creerme! — Casi me dio risa ver lo patética que era mintiéndome.

Entonces, dejé de acariciar a mis niños y cogí a una escopeta, a la adorable y hermosa Krieghoff K-20. La abracé con todas sus fuerzas y empecé a restregarla mis mejillas con gran felicidad.

— ¡¿Cómo estás, querida!? ¡¿Me has echado de menos!? ¡Espero que no te hayas sentido muy solita…! —

Ejem, ejem, ¡seguro que te habrás quedado algo boquiabierto al relatarte esa escena! ¡No me mires con esa cara, lo que hago es una cosa normal, no soy la primera que trata así a sus objetos más preciados! ¡Además, ¿cómo no puedo hacerlo ante tal belleza?! ¡Tiene hermosos grabados de bosques, es ligera y esbelta, su recámara es casi indestructible, su madera es de la mejor calidad y muchas cosas más! ¡Es imposible no enamorarse de esta preciosidad! En fin, alguien como tú no puedes apreciarlo. Y la idiota de Cammi tampoco.

— ¡¿Z-zarina!? — Tartamudeó, ayudando a que volviera a sentar los pies sobre la tierra. Estaba boquiabierta, espantada y extrañada de verme así.

— Perdón, perdón…— Añadía entre risas, mientras seguía observando mi niña bonita. — Se me había olvidado de tu existencia. En fin, ¿¡de qué estábamos hablando!? —

Ella no contestó, entonces yo se lo ordené: — ¡Contesta! — Y puse a mi linda escopeta mirándola, después de sacar el cartucho.

Aquello casi le dio un ataque al corazón, dio un gran grito y sus brazos cubrieron medio cuerpo, mientras se agachaba y me decía, tiritando:

— V-vale, vale, usted hablo de Ranavalona y yo le dije que no sabía nada…— Lo decía con muchas ganas de llorar. — ¡Por favor, no me hagas daño! —

Esbozaba una sonrisa burlona hacia ella, estaba disfrutando de esto, esa pobre estúpida estaba a punto de gritar a su mami, el interrogatorio estaba marchando genial. Lo más gracioso es que ni siquiera estaba cargada mi niña bonita, no tenía ningún cartucho y esa idiota ya estaba cagada del susto.

— ¿¡Por qué dices eso!? ¡No tengo intención de hacerte daño, solo quiero que me hables de Ranavalona! ¡Actúa demasiada rara últimamente, su comportamiento ya raya en lo sospechoso! ¡Y creo,…! ¡No, sé que tú debes haberlo visto! ¡Es imposible que no te hayas dado cuenta! —

Me había acercado poquito a poco a ella, mientras ponía el cañón sobre su cuello sin que ella se resistiera. Sus piernas le temblaban muchísimo, pero era incapaz de salir corriendo. Aún así, siguió ocultándome la verdad:

— ¡Yo, no lo sé! ¡Se lo juro! ¡Ella me…! — Se tapó la boca de golpe, al darse cuenta de que había metido la pata. — ¡No es nada, de verdad! ¡Solo ha sido un sinsentido que he dicho, mi Zarina, nada más! —

Yo me reía mientras bajaba mi escopeta de su cuello y me alejaba de ella, quién apenas supo cómo reaccionar.

— ¡¿“Ella me…”!? ¡¿Qué significa eso, mi súbdita!? — Entonces, dejé mi querida Krieghoff  y cogí otra arma, un revólver LeMat. Ya ni se atrevió a contestarme, así que tuve que obligarla.

— ¡Te he preguntado algo, quiero que me contestes! — Le grité con furia, sin haber controlado mi tono. Y ella comprobó que la siguiente arma que portaba sí estaba cargada. ¡No puedes engañarme, tú misma te has delatado! Disparé y Cammi gritó de terror. ¡Ah, perdón por esto, solo estaba comprobando si esta preciosidad seguía disparando de maravilla, y pues lo sigue haciendo! ¡Aún puede disparar! —

Hablé de forma burlesca, mientras Cammi, que se agachó en el suelo con lágrimas en el suelo y al máximo, tapándose las orejas; se dio cuenta de que no la disparé a ella, sino a una enorme diana que la usaba para el tiro al blanco, situada en dirección contraria a dónde estaba esa idiota.

— ¿Sabes? Esta maravilla fue una innovación en su tiempo, un arma auxiliar llamada “Revólver de metralla”. — Decidí relajar un poco el ambiente, explicando sobre aquella preciosidad. — Su tambor de nueve recámaras tiene un cañón central de anima lisa, provocando que se pudiera usar como escopeta de cañón corto, ¡¿a qué es increíble!? Una puede elegir  disparar entre dos armas solo teniendo una. —

Y así lo hice, cambié del tambor al cañón y disparé de nuevo, provocando que Cammi gritara de nuevo.

— ¡P-por favor, deja el arma, se lo suplico! — Me decía con voz cortada y temerosa.

— ¿¡Por qué!? — Pregunté burlonamente. Luego, yo di un falso grito de sorpresa y añadí: — ¡Ah, es verdad, podría hacer daño a alguien! ¡Sin querer podría hacer un disparo y hacerte volar la cabeza en mil pedazos! ¡Sería una verdadera tragedia! —

Y moví el revólver hacia ella, poniéndola muy histérica: — ¡N-no lo hagas, p-por favor! — Gritaba de forma desesperada, mientras agitaba sus brazos de un lado para otro, dando chillidos de terror. La pobre no sabía que eso ya no tenía balas.

Entonces, decidí ir directa al grano, ya me cansé de hacer rodeos: — Bien, ¡te lo voy a dejar todo claro! ¡¿Qué le está ocurriendo a Ranavalona, qué has visto en ella que no es normal, qué es lo que ha hecho para que estés callada!? ¡¿Estás sorprendida!? ¡Ese “ella me…” deja claro que te ha hecho callar, ya sea con amenazas o por otra cosa! —

Ella tardó un buen rato en contestar, aún así intenté controlar mi pobre impaciencia, mientras la miraba con unos ojos que le obligaban a contestar. Con gran temor en su rostro, no paraba de mirar de un lado para otra para evitar mi mirada, su respiración se hacía más rápida y un sudor fría empezó a empaparla. Tuve que darle un empujoncito más para que me lo dijera:

— ¡No te preocupes, no diré nada de lo que me hayas dicho en esta habitación! ¡Es más, que te quede claro que esta conversación jamás ha existido! ¡Tú nunca has entrado aquí, nunca me has revelado aquellos secretos que te ha dicho Ranavalona! ¡Esto quedará como un asunto entre nosotras, una charla secreta que ninguna le interesa revelar hasta que haya pasado un montón de tiempo o que debe quedar en la tumba! —

— ¿¡De verdad!? ¡¿Usted no le dirá nada a Ranavalona…!? — Cammi me preguntó con mucho miedo. Al parecer, mi sirvienta le había amenazado y lo hizo tan bien que ésta estaba callada como una tumba. Mala señal, era como si hubiera aprendido de mis tácticas de manipular a los demás por el miedo.

— Queda mucho mejor para mí decirle que lo he revelado por mí misma en vez de haberte obligado a hablar…— Añadí.

Y otra vez tardó en hablar, pero esta vez esperé. Vi cómo tragaba saliva e inspiraba y respiraba sin parar para tranquilizarse y llenarse de valentía para contarme lo que le pasaba a Ranavalona. Al fin, habló:

— La verdad es que…— Aunque le costaba mucho seguir. —…ella me pidió a mí y a Zvezdá que le enseñáramos algunos conjuros y hechizos para que… —

¡¿Conjuros!? ¡¿Hechizos!? Me quedé un poco boquiabierta, ¡¿qué se le habría metido ella en la cabeza, quería ser una bruja o qué!?

— Bueno, no sé cómo explicarle,… — Le dije con amenazas que fuera directa al asunto de una maldita vez. — V-vale, vale, ¡quiere que usted se enamoraba de ella a través del poder la magia! — Gritó asustada, mientras cerraba los ojos para no ver mi reacción.

A lo primero, me quedé sin palabras, intentando asimilarlo. Luego, me dio un gran ataque de risa, reí tanto que hasta lloré y caí al suelo, dando vueltas por el suelo, incapaz de controlar mis propias carcajadas.

Al terminar de reír, recuperé mi compostura, algo avergonzada por aquella reacción que hice y le dije esto:

— Oh, ¡ya entiendo! ¡Esto es ridículo! ¡¿En serio, se cree que me va a manipular a través de esas mierdas!? ¡Yo creía que era más lista! —

En ese momento, yo no caí en la cuenta de que mucho tenía sentido que Ranavalona creyera en esas cosas irracionales, ya que se relacionaba con la plebe y provenía de ellas. Aún así, con todos los años que estuvo conmigo, tuvo que darse cuenta de que esas eran más que simples tonterías.

— ¡Bueno, no son…!— Intentó replicarme a chillidos; pero se acobardó y me siguió hablando con aquella voz de ardillita: — Yo he visto a gente que le ha funcionado, aunque  ella lleva muchísimo tiempo haciéndolo y no le sale. Tal vez usted tiene una gran resistencia a eso o los espíritus la protegen o algo así…— Se volvió a callar.

— ¡Dejando de lado ese asunto de que si funcionan o no,…! — Me reía con solo imaginarme el hecho de que esa intentaba hechizarme. — ¡¿Sólo es eso, me lanza hechizos y nada más!? —

— Pues sí, aunque…— Parecía que ni esa idiota sabía muy bien lo que le pasaba a Ranavalona. — Ella está muy desesperada, busca alguna manera de conseguir tu amor y ha probado muchos hechizos, cada vez más fuertes que los anteriores; pociones e incluso ha invocado a espíritus poderosos. Nos obligo, a lo primero, a decirles hechizos de nuestras abuelas y termino mandándonos a buscar brujos ilegales, los que tienen contacto directo con los mismos muertos. — Tragó saliva y añadió en voz baja: — Pero nada funciona y ella cada vez da más miedo…—

— ¡¿Qué quieres decir con eso!? — Me dejó algo intrigada aquellas palabras.

— Pues eso, que ella da más miedo. Nos grita cuando ve que no ha salido y actúa como si estuviera endemoniada. Estuvo a punto de pegarnos en varias ocasiones y nos obliga a mantenerse todo esto en secreto… Sobre todo con usted, nos dice que nos va a matar si le decimos algo, ¡ella está loca! ¡Un día de estos venderá su alma al diablo, todo para que usted se fije en ella y estaremos todos condenados! ¡¿Por qué, por qué está así con la Zarina!? ¡No lo entiendo! — Y empezó a hablar sola, olvidándose de mí. Tuve que hacerle recordar mi presencia.

Entonces, me puse a pensar. Concluí que Ranavalona ya estaba a punto de cruzar el límite, uno que yo no creía que iba a cruzar tan pronto. Más bien, me olvidé de que algún día se cansaría de aquel comportamiento tan pasivo que tuvo conmigo, de cansarse en su estúpido papel de ser “la más fiel de todos”. Creía que había aceptado el hecho de que jamás iba a recibir mi amor y que solo tenía el trabajo de servirme. Mostré una expresión de fastidio, al ver que ya estaba a punto de salirme de mi control.

— Ya entiendo eso, creo que es suficiente con saber eso. Pero quiero saber algo más. — Le dije.

Cammi tragó saliva y no dijo nada más, solo esperaba mi pregunta.

— ¡¿Qué tipo de hechizos y pociones me manda ella!? —

— M-mejor, mejor que no lo sepa…— Añadió con un gesto de horror.

— ¡¿Tan horribles son!? — Aquella respuesta que soltó Cammi solo me dio curiosidad. — Solo dime un ejemplo, nada más. — Aunque presentí que era mejor estar en la inopia.

Entonces, ella me miró fijando y se le veía muy pensativa. Cruzó sus brazos, tocó su barbilla, cerró sus ojos una y otra vez, lanzó sonidos de duda muy molesta; irritándome bastante, me estaba entrando ganas de pegarle un tiro.

— ¡Dilo de una puta vez! — Mi paciencia no pudo más. Cogí otra de mis niñas queridas, una Colt M1911 y simulé que iba a cargarla. — ¡No te quedes todo el día así! —

— ¡V-vale, vale! — Dio un brinco de terror, mientras gritaba y volvía a a proteger su cuerpo con sus brazos. — ¡E-ella, ella…! ¡Por ejemplo, ella te introducía en el té, a veces, s-sus jugos…! — Con sus balbuceos, apenas comprendía lo que intentaba decirme exactamente.

— ¡¿Qué quieres decir con “jugos”!? ¡Dilo bien! —

— Lo de ahí abajo. —

— ¡Te he dicho que lo digas claro! — Ya estaba muy alterada por el hecho de que no lo dijera claro. Me arrepentí mucho de haberla presionado hasta ese punto, porque lo que me dijo me enfermó.

— Pues, pues…—Dio una pequeña pausa, para gritar esto con todas sus fuerzas: — Los jugos de ahí abajo, ¡del coño! —

Y lo repitió una o dos veces. A continuación, solo hubo silencio en aquella habitación. Me quedé sin habla, a punto de lanzar un grito de horror y asco. No podría asimilar que el té que veía de forma frecuente se le hubo añadido algo que sólo un enfermo haría.

— ¡¿Qué!? — Añadí, cuando pude salir del bloqueo, boquiabierta y con la cara morada. Se me revolvió el estomago y exploté de ira. Le gritaba muy enrojecida: — ¡¿No te estarás burlando de mí, verdad!? ¡Te voy a reventar a balazos! —

¡No lo podría decir en serio, eso era una estúpida invención para dejarme en ridículo! Me sentí una completa idiota al escuchar eso y perdí el control, me lancé hacia ella y casi estuve a punto de golpearla, porque la pistola que cogí no estaba cargada. Cammi no paró de chillar, llorar y pedir clemencia hasta que se quedó sin voz, mientras huía de mí de forma desesperada.

FIN DE LA CUARTA PARTE

 

 

 

 

 

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