Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Quinta parte, centésima vigésima primera parte.

Tras pronto como pude controlarme y tranquilizar a Cammi, diciéndole que no le iba a golpear; me fui directa a mi habitación y vomité en mi cuarto de baño. Se me quitaron las ganas de volver a probar café durante mucho tiempo después de lo que contó ella.

Y para el colmo, empecé a sentir hormigueos y a dolerme un poco la parte derecha de mi cara, en el hueco en dónde estaba mi ojo. Empecé a sentir débilmente visiones o colores en la parte en dónde no podría ver y se me hacía muy molesto.

— Otra vez, ¡qué fastidio…! — Refunfuñé, mientras me levantaba y salía del servicio de baño. — Tal vez, perder los estribos y luego vomitar ha hecho que me empiece a pasar esto de nuevo. —

Esto era lo que los médicos llaman “síndrome del ojo fantasmal”, el cerebro sigue mandando mensajes a lo que no está ahí y pues tengo que sufrir molestas visiones o dolores y una extraña sensación, como si siguiera teniendo mi ojo derecho; aunque a veces se siente muy agradable. Por desgracia, hoy no tuve esa suerte.

Con la mano tapando parte de mi mano, pasé por el baño y observé los enormes espejos que lo ocupaban. Me quedé observando mi reflejo durante unos segundos.

— ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que…— Me mordí el labio, mientras recordaba escenas que me carcomían por dentro. —…lo perdí? — Intentaba recordar aquellos días en dónde tenía mi ojo derecho, pero era incapaz y eso me lleno de rabia e ira.

— ¡Mierda, aún me afecta eso…! — Apreté mis puños con fuerza. — No debería, tenía que haberlo superado. —

Mi madre me dijo alguna vez que debía llevar aquella deformación con orgullo, como un soldado mostraba sus heridas de guerras. Así sería capaz de mirar mi propia cara y no gritar de horror. Pero era imposible, por mucho que lo intentase, sólo vería un monstruo

« Pero, aún así, Mi Señora, usted es hermosa, sin ojo o no »; aquellas palabras de Ranavalona resonaron en mi cabeza. Luego, una imagen de ella, mirándome con una sonrisa de estúpida felicidad, mientras estábamos observando el amanecer, pérdidas en lo más profundo de las montañas.

— No, no, tú eres sólo mi muñeca, no tienes derechos a pensar que soy hermosa, ¡tú no tienes derecho a opinar nada, eres mi sirvienta, nada más que eso! — Perdí los estribos por un momento y solté con fuerza estas palabras, como si ella estaba delante de mí.

Cuando me iba a pregunta por qué me puse así, alguien pegó en la puerta de mi habitación y me habló: — ¡Zarina, Zarina, ¿está ahí?! — Era una de las incontables sirvientas de mi palacio. — He venido a avisarle de que el Estado Mayor requiere su presencia para hablar sobre asuntos estatales…—

— ¡Ya voy, adelántate y avísales de que ya voy a estar aquí! —

Solté un suspiro, necesitaba reflexionar y pensar en lo que iba a hacer con lo de Ranavalona, pero se me olvidaba de que necesitaba hacer mi trabajo. Después de todo, era una reina, una niña que tenía que ejercer como adulta. Aunque, ya no me siento como tal, dejé de serlo desde que perdí aquel ojo.

Me arreglé un poco y luego me dirigí hacia al otro extremo del palacio. Estaba una sala enorme, antesala al despacho de la Zarina, con una decoración tan cargante y lujosa que podría competir con el Palacio de Versalles, el dorado lo dominaba todo. Es uno de los pocos sitios en donde la anterior gobernante puso todos sus gustos, ya que en el resto del lugar necesitaba dar una imagen imponente, pero dando sencillez. En fin, ahí se encontraba, además de sofás largos y blandos, una mesa en donde se encontraba mi equipo de ministros y los responsables de mi corte, por así decirle.

De entre las sombras, salió Sophie Friederike, que, a pesar de su cojera, me hizo una reverencia: — Buenos días, mi Zarina. La estábamos esperando. — Los demás la imitaron en silencio.

— Perdón por mi tardanza, he estado ocupada en algunos asuntos personales, pero ahora mismo os voy a atender. Me imagino que serán sobre las cuentas del Estado…— Me fui directa a mi sitio.

— Sí, fue una propuesta de la Señora Antonina antes de marcharse. — Y me dijo, mientras pasaba por delante de ella.

Expulsé una mueca de molestia, aquella mujer siempre estaba haciendo cosas sin mi permiso, aún cuando yo soy la Zarina.

Aunque adivinó que yo llevaba tiempo deseando observar las cuentas de mi reino, en la práctica sólo las diminutas finanzas de la ciudad, de la capital del reino y sus alrededores. No iba a dejar que ninguna cuenta ni ninguna ley o decreto, cualquier ordenanza, fuera aceptada sin mi supervisión.

— Pues, vamos a empezar y terminar esto de una vez. — Me senté en la silla, sin ninguna ganas de empezar. Esa maldita de Antonina tuvo que elegir el peor momento, ya que no paraba de pensar en Ranavalona, y eso me afectaba en mi revisión de cuentas.

— Te ves preocupada, Mi Zarina, ¿ocurre algo con estas cuentas? — Me preguntó Sophie, tras mirarme un buen rato y ver que estaba refunfuñando, haciendo como si estuviera mirando a los papeles que me dieron. Había pasado una hora y, después de varias intervenciones y  explicaciones, me habían dado los papeles para que confirmara sus cuentas.

— No es nada, sólo que no entiendo que estúpida formula han creado para hacer esto. —

Mentí, era una cosa que sería capaz de hacer con los ojos cerrados, pero estaba absorta en mis propios pensamientos.

— Usted debería reconocerla, lo repasamos el otro día, ¿lo recuerda? — Ella miró los papeles y me dijo esto, con una expresión de duda hacia mí.

— Ah, es cierto. Perdón por mi parte. —

Seguí a lo mío, me era incapaz de concentrarme en lo que tenía que hacer.

Ranavalona debía ser quitada del medio, si ella seguía en este estado, se volverá contra mí, y todo por sus estúpidos sentimientos. Fui una estúpida en creer que podría ser más manejable y controlable al estar dominada por aquel amor hacia mí. Me había dado cuenta de que se volvió contra mí y ya no la podría manejar. Y tengo que reconocerlo, debajo de toda aquella ira, se encontraba el miedo, ella sabía demasiado sobre mí y me conocía bien, podría ser capaz de dominarme. Acabaría igual que aquella vez, impondría su voluntad sobre mí, me volvería en un juguete, como esos desgraciados que me secuestraron. Yo debía ser la que juega con las muñecas, la única forma de estar a salvo, o eres tú la que controla o son los demás los que te controlan a ti. Tenía que evitarlo, fuera como fuera.

Y empezó a aparecer imágenes en mi cabeza, de cuando esa maldita me beso, de cuando me reveló lo que sentía por mí, momentos en que su absurda adoración salía a flote en su máxima expresión, de todo el tiempo que pasemos juntas, enfrentándonos a bandidos y delincuentes junto con mi madre. Al rememorar todo esto, sentía un fastidioso sentimiento que me estaba destrozando el estómago. Intentaba no comprenderlo, no quería saber nada de eso, sólo quería que saliese fuera de mí cuanto antes.

« En fin, mi teoría es que usted, mi querida reina, se está mintiendo a sí mismo. El odio que presuntamente sientes, es solo una excusa, una tapadera; que pones para evitar lo que sientes de verdad. »

Recordé aquellas palabras de Antonina y lo rechacé con todas sus fuerzas, ella estaba equivocada, sólo me estaba confundiendo. Yo no siento nada por ella y jamás lo haría, ni con esa idiota ni con nadie más; no mostrare debilidad nunca más.

Y estaba a punto de perder los estribos, pero las palabras de Sophia consiguieron que volviera a la tierra:

— ¿Hay otra cuenta que no entiende,        Mi Zarina? —

— No, nada. Todo está correcto. — Me acordé de que era su reina, y como tal debía comportarme. Mande a la mierda todos esos pensamientos y revise como debería las cuentas de mi Estado.

Nuestra reunión terminó una hora y media después. Los ministros y los miembros de mi corte se pusieron a hablar entre ellos, mientras salían de la sala. En una de las múltiples conversaciones, escuché ésta, que atrajo mi interés:

— Vuestra Merced, a propósito de su invitación, tengo que rechazar su proposición. — Era la típica charla aburridas entre nobles. — Necesito un retiro a mis tierras durante varios días, asuntos importantes tengo que atender ahí. — Que, en otras condiciones, hubiera ignorado. — Ah, me apena oír eso de vuestros labios, os deseo lo mejor y que nos podamos ver en la próxima reunión de la asamblea. —

Pero fueron capaces de darme una idea sobre cómo podría solucionar el problema de Ranavalona.

Al irse todos y entrar en el despacho, le dije esto a Sophie: — Te voy a comunicar esto, creo que uno de estos días deseo retirarme del palacio e irme a las montañas. —

— Es la primera vez que oigo de sus labios, Vuestra Majestad, que desea descansar. Es muy extraño en usted…— Lanzó una mueca de extrañeza hacia mí. — Además, ¿no preferiría usted ir a una casa de campo? —

— Aunque tenga que reconocerlo, echo de menos las salidas locas que hacía con mi madre. Pero quiero una condición…— Ella asintió.

— La única que deseo que pueda acompañarme sea Ranavalona. — Hice como si tuviera los hombros rígidos, mientras me sentaba. — No tengo ganas de estar rodeada de gente. —

Mi plan era irme a las montañas y librarme de Ranavalona en aquel lugar, en otras palabras, la iba a asesinar.

— ¿No es peligro ir las dos solas, Mi Zarina? — Preguntó, algo preocupada.

— Ya estamos acostumbradas, después de todo. — Lo dije con muchísima seguridad. — Lo comunicaré dentro de unos días, cuando vea que tengo un hueco en mis deberes diarios. —

Con esto dicho, esperaba conseguir dar la impresión de que mi confianza fuera ciega, así la muerte de Ranavalona no se vería sospechosa. Dos niñas internándose en lo más profundo de las montañas, podría salir mal. Un oso o los lobos las atacarían, podrían sufrir un accidente, como caer por un barranco. Cientos de motivos que podrían aprovechar para ocultar la triste y lamentable muerte de mi leal sirvienta. Lloraría mucho y gritaría a pleno pulmón bajo su ataúd, maldiciéndome y culpándome por mi error; sería una farsa genial. Nadie sospecharía que yo maté a ella, sino que cometí una gran estupidez.

Sophie asintió de nuevo e hizo una reverencia en silencio. Luego, le hice un gesto para que se marchara y ella se fue directa hacia la puerta de mi despacho. Entonces, se detuvo y, sin dignarse a girar su cabeza hacia mí, me dijo esto con gran seriedad, como si hubiera adivinado que yo estaba planeando algo que no le hacía mucha gracia:

— Por cierto, debe estar más atenta en sus clases, eres nuestra gobernante, después de todo. Aunque usted sea extremadamente joven para el cargo y tiene muchísimo que aprender, no puedo permitir que se olvide unas simples fórmulas matemáticas, ya que regular y controlar el mercado depende de usted, ¿o eso es una excusa? —

— Piensa en lo quieras. — Di un suspiro.

— No dejes que los asuntos personales se te suban a la cabeza, terminarás defraudando a vuestra difunta madre, Sajonia, que en paz descanse. No, así no la superarás. Majestad, gano una guerra civil, ¿lo recuerda? Demostró, a pesar de ser una simple niña, cualidades superiores que ella. Queremos que siga por ese camino. Doña Antonina le está dando todo lo que necesita y yo, que fui aceptada por vos y por ella para ayudaros, igual. Su deber es no defraudarnos. No lo vea como una regañida, sino como simples consejos de una humilde súbdita. —

— No te preocupes, mi querida súbdita, lo que haga no afectará mi labor como reina. Además, sigo siendo una niña, no me puedes pedir mucho. —

Me daba rabia reconocerlo, pero yo necesitaba dos adultas para tener que soportar el peso de todo el reino. Dos regentes en la sombra, y una de ellas siempre haciendo lo que le da gana en las sombras. Aún cuando perdí mi inocencia hace tiempo y maduré lo más rápido posible, el peso que tenía sobre mis hombros me era demasiado pesado.

— Pero usted no es una niña más, es nuestra reina, y lamentablemente el peso que tiene que soporta es insoportable. Puede que estamos exigiendo demasiado, pero yo creo que eres capaz de superarlo. Sajonia hizo una gran hija. — Me miró por un momento, con una sonrisa de satisfacción.

— Entonces, repasaré lo que sea. Necesito perder mi tiempo, ya sea en retórica, economía, protocolos, leyes, estrategia militar, lo que sea…—

Si ese es el deber de una reina, lo haré, sea como sea. Superaré sus expectativas y las quitaré del medio cuando sea capaz de gobernar como Dios manda. Nadie se sobrepondrá a mí, todo el Zarato estará bajo mi sombra. Así es como aquella aberración que me hicieron en mi cara tendrá sentido de una vez.

Después de que ella se fuera, yo pasé unas cuantas horas encerrada en mi despacho, haciendo cosa relaciones con mi labor. Ni siquiera me digné a merendar. Al terminar, con el sol a punto de desaparecer, salí y me encontré con alguien esperándome al lado de la puerta, en cuchillas.

Ver a aquella persona me produjo todo tipo de sensaciones y sentimientos, difíciles de explicar, que estuvieron a punto de desbordarse de mi interior, dando la impresión de que iba a romper de un momento para otro. Pero, aún así, mantuve la compostura y la calma, me controlé y, actuando como siempre, le dije esto:

— ¿Qué haces aquí, Ranavalona? ¿Has terminado con las caballerizas? —

Ella, quién no se dio cuenta de mi presencia, se levantó de golpe y me dijo con una sonrisa: — Sí, Mi Señora. Todo está en orden. —

Por alguna razón, no sé si fue por la influencia de lo que me reveló Cammi u otra cosa, pero sentí en esa sonrisa algo muy extraño. Y no sólo en eso, sino en los ojos, vi algo en ellos que me dieron escalofríos.

¡Qué patético, ¿no te parece?! ¡Asustarme de aquella idiota, cuando ella debía ser la debía temblar de miedo hacia mí! No, yo no debía sentir esto, tenían que ser los demás, ¿¡cómo podría ejerce mi reinado si no daba pavor y respeto a mis propios súbditos!?

Me sobrepuse y libré mi mente de estupideces, luego le dije esto:

— Ya veo. Te aviso de que muy pronto voy  a hacer una salida hacia las montañas porque la presión de ser reina me está haciendo mella. Prepárate, ¡tú me acompañarás! —

Y me dije mentalmente que sería la última salida que ella iba a hacer con vida.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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